Muy buenos días les digo con el alma henchida de gozo, a todos los miembros de este grupo y a quienes sienten el palpitar de la música vallenata en el corazón, que en este nuevo amanecer que nos regala la vida, aún me encuentro profundamente conmovido y, por qué no decirlo, gratamente sorprendido por las palabras pronunciadas anoche por mi pariente y homónimo, Iván Zuleta, en el majestuoso Parque de la Leyenda Vallenata, allí en nuestra inmortal ciudad de Valledupar.
Si hoy me levanto con una emoción que desborda las palabras, por lo que anoche sucedió en el Parque de la Leyenda Vallenata. Fue allí donde mi pariente elevó su voz no solo para cantar, sino para hablar con la fuerza de quien lleva historia en las venas y pronunció unas palabras que retumbaron más allá de los micrófonos, más allá de las fronteras, tocando directamente el alma de quienes amamos este arte noble y profundo.
No fueron simples frases las que dijo. Si; realmente lo que expresó no fue un simple discurso. No.
Fue un acto de pertenencia, un homenaje a la historia, un canto a la sangre que lo habita. Fue una declaración de identidad, una exaltación del linaje, una voz que se alzó distinta entre todos los Reyes Vallenatos que han sido coronados. Con su verbo trazó una raya en el tiempo y en la memoria colectiva: lo que Iván dijo anoche lo llevó, sin duda alguna, más allá del trono de acordeones; lo elevó al sitial de los hombres que dejan huella.
Quienes estuvieron presentes, tanto en cuerpo como a través del eco virtual que conecta a los amantes del vallenato en cada rincón del mundo, sintieron que algo distinto sucedía. Porque, con el solo poder de su palabra, Iván marcó una diferencia que ningún otro Rey Vallenato, hasta ahora, había logrado dejar tan nítidamente estampada en la memoria de este arte noble y entrañable.
Hoy me dirijo a todos los que sienten latir en sus pechos la cadencia del acordeón, para contarles algo que hace ya tiempo compartí con su tío, mi querido pariente Emilianito: la historia de nuestra ascendencia familiar, que es también un testimonio vivo de cómo los caminos del destino forjan leyendas.
Por eso hoy quiero compartir con ustedes una historia que hace tiempo narré a su tío, Emilianito. Comencemos así:
Nuestra familia —los Zuleta— es originaria de la madre patria: España. Fue Juan Casimiro Zulueta, repito, Zulueta —pues así se escribía antes de que el apellido adoptara la forma que hoy todos reconocen— quien decidió partir junto a los suyos hacia Venezuela, en busca de nuevos horizontes. Pero el destino, sabio y misterioso, les trazó otro rumbo: durante una época de implacable sequía, cruzaron la frontera hacia la Guajira media de Colombia. Y fue allí donde comenzó la verdadera siembra de sus hatos.
Con el paso de los años, nuestros antepasados, guiados por la esperanza de tierras más fértiles y futuro más próspero, llegaron al entonces desconocido y promisorio globo de La Paz. Se establecieron junto a otras familias venidas de Valledupar y, como las semillas buenas, se multiplicaron con fuerza, con honra, con raíz. Tanto así, que hoy, con humildad y asombro, les comparto que cuento con 186 sobrinos: descendientes directos de esta estirpe que se ha vuelto parte del alma de nuestro pueblo.
Y para quienes aún dudan del poder de la sangre, les revelo un dato que no es cuento, sino historia: Iván Zuleta es tataranieto de Job Zuleta, Un primo hermano de mi padre Bernardo Zuleta Araujo. Visnieto Te Cristóbal Zuleta. Nieto del viejo Emiliano, e hijo de Fabio Zuleta, quien con sus hermanos, Hector, Poncho, Carmen Zuleta Diaz. Etc. dieron origen a la dinastía de la familia Zuleta.
Así pues, queridos amigos, cuando escuchen el nombre de Iván Zuleta, no lo vean solo como el Rey Vallenato del momento, sino como el heredero legítimo de una herencia de esfuerzo, de cultura y de lucha. Y cuando suene su acordeón, que se escuche también la voz de nuestros ancestros, cantando desde el fondo de los siglos.
Job Zuleta , un hombre brillante, valiente y visionario. Siendo alcalde, tuvo el carácter y la osadía de trasladar en cuatro sacos de tres rayas sobre un burro la cabecera del municipio del Espíritu Santo desde San Diego hasta el corazón de La Paz. ¿La razón? Simple, humana y digna: no quiso en los crudos inviernos seguir mojándose cada mañana al salir a despachar sus funciones públicas, ni volver empapado en las tardes. Así, con decisión, transformó la geografía política del territorio… y, sin saberlo, sembró desde La Paz, la raíz de lo que hoy como un árbol de cañaguate florece con la música, en la palabra y en la historia.
Claro. Aquí tienes una versión literaria del mensaje, escrita con un estilo elevado, evocador y con tono de leyenda costeña:
Job Zuleta, además de político avezado y emprendedor de alma inquieta, era también un galán de verbo florido y mirada encendida. Dondequiera que iba, dejaba tras de sí la estela de sus conquistas unas veces en las plazas públicas, otras bajo la sombra cómplice de los almendros, porque su corazón, aunque generoso, era indómito.
En sus andanzas por los caminos polvorientos de la región de sus actividades, llegó una tarde al pueblo de El Plan, cerca de Manaure Cesar, y allí el destino le tendió una emboscada: se cruzó con una mujer de temple y belleza que lo desarmó sin tocarlo. Era una adolescente llamada Sarita esa misma que más adelante daría a luz al inmortal Emiliano Zuleta Díaz y que viviría en la historia como la famosa “vieja Sara” inmortalizada en los cantos de Rafael Escalona.
En un día cualquiera, de esos que pasan sin anunciar que marcarán destinos, el viejo Job decidió llevar consigo a su hijo Cristóbal durante una visita a la madre de Sarita, su compañera ocasional de confidencias y silencios compartidos. Cristóbal, un muchacho de unos dieciocho años, alto, delgado y con una mirada aún no endurecida por la vida, congenió de inmediato con Sarita. Entre ellos nació esa chispa sutil que no necesita palabras ni tiempo, apenas una sonrisa compartida, un gesto, una tarde.
La madre de Sarita, mujer práctica y sagaz, notó con agrado aquella complicidad juvenil. Por eso, en la siguiente visita, al ver llegar a Job sin su hijo, no dudó en preguntarle por él. “¿Y Cristóbal? ¿Por qué no lo has traído? Podría hacerle compañía a Sarita mientras yo me ocupo de atenderte como mereces”, dijo con una sonrisa apenas disimulada.
Desde entonces, Job comenzó a llevar al joven cada vez que iba a ver a su amiga. Las visitas se hicieron costumbre. El viejo se entregaba al sosiego de una conversación adulta mientras, en otro rincón de la casa, dos adolescentes tejían con gestos y promesas un hilo invisible que los envolvía sin saberlo.
Hasta que ocurrió lo inevitable.
Sarita quedó embarazada. La noticia cayó como un rayo sobre el corazón del joven Cristóbal. No era la dicha lo que lo invadió, sino un miedo ancestral, casi instintivo. No supo qué hacer. No quiso enfrentar las consecuencias. Temió la reacción de Job, de la madre, del pueblo entero. Temió la vida misma. Y así, con la cobardía de los que aún no han vivido suficiente para sostener sus actos, desapareció. Se fue sin despedirse, sin dejar rastro, sin más explicación que el silencio.
En aquellos días, el mundo de Sarita se convirtió en un territorio de sombras. Era la época del miedo, del juicio sin voz, de la muerte simbólica de una niña a la que aún no le habían crecido las alas, y a la que ya habían cortado el vuelo.
Dicen los viejos del pueblo que fue un amor tan fugaz como profundo, de esos que no se olvidan ni en la otra vida. De esta unión marital entre Sarita y Cristóbal nació Emiliano Zuleta Baquero. “El viejo Mile” Quien hacia la posteridad fue conocido por su padre Cristóbal cuando ya tenía 28 años.
Job Zuleta dejó sembrada una leyenda más, una huella indeleble en la historia de una dinastía y en la memoria del vallenato eterno.
Comparto la imagen de una de las reuniones familiares que suelo organizar en La Paz: integraciones donde el apellido se vuelve música, y el afecto, melodía

Excelente crónica convertida y historia, mito y leyenda vivida en una familia de nuestro folclor vallenato. Felicitaciones con aplausos a Belinda OLANO Barrera, la guerrera del vallenato.
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