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Abiertas las inscripciones para el 54° Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje a Rosendo Romero ‘El Poeta de Villanueva’
-El periodo de inscripciones para los distintos concursos será del 26 de julio hasta el 18 de septiembre de 2021-
Con la finalidad de continuar con la tarea de conservar y promover la auténtica música vallenata y reactivar con responsabilidad la economía de Valledupar, guardando todas las medidas de bioseguridad, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata da apertura a las inscripciones de los distintos concursos del 54° Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje al cantautor Rosendo Romero Ospino, ‘El poeta de Villanueva’ que se llevará a cabo del 13 al 17 de octubre de 2021.

Las inscripciones serán por un periodo de 55 días iniciando desde el lunes 26 de julio y concluyendo el sábado 18 de septiembre de 2021. Se recibirán únicamente a través del correo electrónico: inscripcionesfestival@hotmail.com
Por otra parte los formatos de inscripción, requisitos y reglamentos de los distintos concursos se encuentran en la página web www.festvalvallenato,com
Concursos
El 54° Festival de la Leyenda Vallenata que cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Valledupar, tendrá los siguientes concursos: Acordeón Profesional, Acordeonera Mayor, Acordeón Aficionado, Acordeón Juvenil, Acordeón Infantil, Acordeonera Menor, Piqueria Mayores, Piqueria Menor y Canción Vallenata Inédita.
Como la novedad de este año, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata debido a que las circunstancias de la pandemia no permiten realizar el Desfile de Piloneras, hará en la plaza Alfonso López, tarima Francisco El Hombre, el concurso de Piloneras, para el cual se invitarán a los 10 grupos ganadores de la categoría mayor, y cinco de juvenil e infantil, respectivamente, desde el año 2019 para atrás.
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Nafer Durán: el juglar que hizo pensar al acordeón en modo menor
«A veces pienso que mi padre es un acordeón porque oigo sus notas cuando me mira, sonríe y respira»: Markus Zusak (escritor australiano)
Por Ramiro Elías Álvarez Mercado.
En el universo sonoro de la música vallenata existen hombres que no se limitan a interpretar el acordeón: terminan encarnando el espíritu mismo del juglar. Con el paso de los años dejan de ser simples músicos para transformarse en memoria viva de una tradición. Entre esas figuras mayores se levanta, con la serenidad que dan los años y la sabiduría que concede la experiencia, el maestro Nafer Santiago Durán Díaz, conocido con afecto en su tierra como Naferito.
Hablar de este maestro es hablar de una época, de una estirpe musical y de una forma limpia y auténtica de comprender el vallenato. Hay músicos que transitan por la historia y otros que, con el tiempo, terminan formando parte esencial de ella. Entre estos últimos camina todavía este juglar, con el acordeón abrazado al pecho como si fuera una prolongación de su propio corazón.
Nacido el 26 de diciembre de 1932 en El Paso, Cesar, al norte de Colombia, llegó al mundo lejos de academias y conservatorios. Su primera escuela fue la sabana abierta, los caminos polvorientos, el trabajo del campo y esas madrugadas campesinas en las que el canto de los gallos anuncia el comienzo de la jornada. En ese paisaje sencillo, entre el rumor del viento y la paciencia de la vida rural, fue creciendo una sensibilidad musical que parecía venir desde muy lejos, como si el acordeón lo estuviera aguardando desde antes de su nacimiento.
La música, en realidad, ya habitaba en su casa y en su familia. Su padre, Nafer Donato Durán Mojica, era acordeonista; su madre, Juana Francisca Díaz Villarreal, bailadora y cantaora del aire musical conocido como tambora. Su tío Octavio Mendoza, al igual que su hermano mayor Luis Felipe, también fueron destacados intérpretes del acordeón. En ese hogar donde el ritmo y la melodía formaban parte de la vida cotidiana, el destino parecía ya escrito: Naferito estaba predestinado para la música.
Además de ser hermano del legendario Alejandro Durán Díaz, el primer Rey Vallenato, lo que confirma que en aquella familia el acordeón no era simplemente un instrumento: era casi una manera natural de respirar. De esa herencia aprendió una lección esencial: el vallenato no se toca únicamente con los dedos; se vive, se siente y se cuenta como quien narra la vida misma.
Cuando en 1976 fue coronado Rey del Festival de la Leyenda Vallenata, aquel reconocimiento no recaía solamente sobre la habilidad de un intérprete. Aquella corona simbolizaba la consagración de un estilo, de una forma de tocar el acordeón que conservaba intacta la esencia campesina de la música vallenata. Naferito pertenece a esa generación de juglares que no salían al camino en busca de fama; más bien llevaban de pueblo en pueblo noticias, recuerdos y sentimientos convertidos en canciones.
Hay algo particularmente singular en su estilo: su profundo dominio del modo menor, conocido popularmente en el lenguaje musical de los pueblos como tono menor. En su tiempo fue, sin duda, el acordeonista más destacado en la ejecución de ese registro emocional dentro del vallenato tradicional. Mientras muchos intérpretes se inclinaban por los aires festivos y luminosos del repertorio alegre, Nafer Santiago se adentró con naturalidad en las zonas más íntimas del sentimiento.
Pero en su acordeón ocurría algo más profundo. No era solo sensibilidad: había también intuición musical. En sus manos el instrumento parecía pensar. Por momentos daba la impresión de que el acordeón exploraba caminos que todavía no existían dentro del lenguaje tradicional. Naferito hizo cosas en su acordeón propias de un músico adelantado a su tiempo: se aventuró por escalas, giros melódicos y modulaciones que no eran habituales entre los acordeonistas de su generación.
Nafer Durán ha sido, además, uno de esos juglares completos: de los que cantan, componen y tocan el acordeón. Un músico nacido para contar la vida, y cuyo instrumento le ha servido también para recordarla; allí, en la hondura expresiva del modo menor, su habilidad terminó hablando de la memoria del pueblo.
Había en su forma de tocar algo del espíritu del explorador. Como si, mientras muchos caminaban por senderos ya conocidos del vallenato, él se atreviera a abrir pequeñas rutas nuevas dentro de la misma tradición. Modernidades discretas, casi silenciosas, que no rompían con la raíz campesina del género, pero ampliaban su horizonte musical.
Por eso composiciones como “Sin Ti”, “Mi Patria Chica”, “Déjala Vení”, “Ariguaní”, “El Estanquillo”, “La Chimichaguera”, “La Grabadora”, “La Zoológica”, “Ojitos cautivadores” y “Clavelito” trascienden la condición de simples canciones: son estampas emocionales de la vida rural del Caribe colombiano, retratos musicales donde habitan la nostalgia, el amor y la memoria de la tierra.
Su manera de adornar las notas tiene algo de artesanía antigua. Cada giro melódico parece trabajado con paciencia, como quien talla lentamente la madera o abre surcos en la tierra con manos curtidas por el sol. Nada sobra en su estilo, nada resulta exagerado. En su acordeón habita una elegancia silenciosa que solo poseen los verdaderos maestros, aquellos que comprenden que la grandeza del arte muchas veces se encuentra en la sencillez.
La historia del vallenato también guarda un episodio significativo ligado a su nombre: fue el primer acordeonista que acompañó en una grabación al entonces joven Diomedes Díaz, cuando apenas comenzaba a abrirse camino una de las voces más influyentes que tendría este género.
Con todo, la importancia de Nafer Santiago no se limita a las grabaciones ni a las coronas obtenidas a lo largo de su trayectoria. Su legado más profundo reside en la fidelidad con la que ha defendido el espíritu original del vallenato. En tiempos donde la música suele dejarse seducir por los brillos de la industria y las distorsiones comerciales, él ha permanecido fiel a la esencia: ese vallenato que nace del campo, del trabajo cotidiano, del amor sencillo y de la nostalgia que habita en la vida rural.
Hoy, cuando el calendario de la vida lo acerca lentamente al umbral de un siglo, este juglar se parece a esos árboles antiguos que permanecen firmes en el paisaje después de haber visto pasar muchas estaciones, árboles cuya sombra protege la memoria de la tierra.
Después de haber vivido durante más de dos décadas en Valledupar, Naferito regresó hace algún tiempo a su pueblo natal, El Paso. Allí, rodeado nuevamente por la naturaleza y por la gente que lo quiere, admira y respeta, transcurre su vida en un ambiente sereno, como si el tiempo hubiera decidido caminar más despacio a su alrededor.
En ese sosiego del terruño, el marcapasos que acompaña el latido de su corazón parece haberle regalado una nueva energía. Pero más sorprendente que la resistencia de su cuerpo es la claridad de su memoria. Su lucidez sigue siendo admirable: recuerda episodios de su vida con una precisión que asombra, como si cada recuerdo estuviera guardado en algún rincón invisible del acordeón que lo ha acompañado durante toda su existencia.
Nafer Durán es, en muchos sentidos, un puente vivo entre generaciones. Un hombre que continúa conectado a los músicos y oyentes de hoy con la herencia cultural de los antepasados. Su música, al igual que su propia vida, enlaza épocas y mantiene abierta la conversación entre el pasado y el presente del vallenato.
Y quizá por eso, cuando su acordeón respira en modo menor, no solo escuchamos música: escuchamos también el paso del tiempo, los caminos de la Costa Atlántica colombiana, el viento de la sabana y la memoria de aquellos juglares que iban de pueblo en pueblo llevando la vida convertida en canción.
Porque hay músicos que pasan por el mundo dejando canciones.
Otros, muy pocos, terminan convirtiéndose ellos mismos en una leyenda.
Nafer Santiago Durán Díaz pertenece a esa escasa estirpe de juglares cuyo acordeón no solo suena: también piensa.
Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Leandro Díaz: el cardón guajiro que floreció en las sombras
“La música es el acto social de comunicación entre personas. Es un gesto de amistad. El más fuerte que existe”.
Malcolm Arnold (compositor británico)
Por Ramiro Elías Álvarez Mercado
Hay hombres que nacen con los ojos abiertos y jamás aprenden a mirar. Y hay otros que, privados de la luz exterior, desarrollan una visión más honda, más penetrante, más humana. Ciegos de pupilas, pero videntes de metáforas. La oscuridad es su lienzo; la imaginación, su pincel. No miran el mundo: lo imaginan y, al imaginarlo, lo hacen más bello. En esa estirpe luminosa se inscribe el nombre de Leandro José Díaz Duarte, llamado con justicia “El Homero del Vallenato”, porque, como el antiguo aedo, cantó lo que no vio y vio lo que otros nunca supieron cantar.
Leandro llegó a este mundo en el departamento de La Guajira, en el extremo noreste del territorio colombiano, donde el sol parece escribir su propio evangelio sobre la arena. Fue un hombre humilde que jamás vio el horizonte y, sin embargo, lo describió con asombrosa claridad. Como diría en una de sus canciones: “ Yo nací una mañana cualquiera allá por mi tierra, día de carnaval; pero ya yo venía con la estrella de componer y cantar a mi mal”. Ese lugar fue la Finca Alto Pino, en el área rural de Lagunita de la Sierra, corregimiento del municipio de Hatonuevo, que en ese entonces pertenecía a Barrancas. Allí, el 20 de febrero de 1928, como si el ambiente festivo presagiara su destino, llegó a este plano terrenal envuelto en la noche perpetua de la ceguera. Pero esa sombra inicial no fue sentencia: fue semilla. En él, la oscuridad no fue clausura; fue revelación. No fue un hombre sin luz: fue un hombre con una luz distinta.
Aquel entorno rural, rodeado de naturaleza viva, de verdes campos ondulantes, de animales silvestres y de corral, de flores cuyo aroma se mezclaba con el pasto recién humedecido, fue la cuna sensorial que modeló su espíritu. Aunque no podía contemplar con los ojos las aguas cristalinas o turbias de los ríos y riachuelos de su región, según la estación invernal o veraniega, las sentía con la piel de su universo íntimo. Describía el murmullo cambiante de las corrientes, el silbar del viento entre los cardones, los rumores secretos de los arroyos cuando crecían con la lluvia o se adelgazaban bajo el sol ardiente. De esos sonidos tomaba melodías; de esos aromas y brisas, metáforas. En esa creación invisible desarrolló un mundo mágico que más tarde convirtió en canciones.
Como el cardón que desafía la aridez y se levanta erguido en medio del desierto, Leandro floreció en las sombras. No conoció el verde de los cardonales ni el rojo encendido de los crepúsculos guajiros; no contempló el rostro de las mujeres que cantó con devoción ni el azul limpio del cielo. Y, sin embargo, todo eso habitó en su palabra. Porque si los ojos le fueron negados, el alma le fue concedida con creces. Mientras otros describían lo que miraban, él revelaba lo que su espíritu intuía.
Su infancia tuvo el color lúgubre de la pobreza y la incomprensión. Fue un tiempo de silencios impuestos, de caminos cuesta arriba, de una sociedad que no siempre sabía cómo abrazar la diferencia. Pero el dolor, en lugar de quebrarlo, lo templó. El niño que creció entre privaciones comenzó a descubrir que en su interior palpitaba un universo intacto. Allí empezó a forjarse el vate, el poeta lírico capaz de transformar la herida en canto y la ausencia en metáfora. Lo que la retina no capturó, lo guardó la memoria sensible del corazón.
Y aquel color sombrío y profundamente triste de su infancia, con el paso del tiempo, se tornó en una variedad de colores vivos. Lo que comenzó en penumbra terminó iluminando escenarios, festivales y corazones. El hombre que nunca vio el mundo logró que el mundo lo mirara con respeto. Esa es, quizá, su mayor paradoja y su más alta poesía.
Leandro describía la naturaleza con la precisión de quien la ha visto mil veces. Pintó el verano ardiente, el rumor de la brisa, el polvo que danza sobre los caminos, las lluvias benditas, los pueblos detenidos en el tiempo. Cantó a los amigos con gratitud sincera y a las mujeres con una mezcla de admiración y ternura que rozaba lo sagrado. En sus versos, la belleza femenina no era simple halago: era revelación. Supo cantar al amor con dulzura, al desamor con dignidad y a la soledad con una honestidad que aún conmueve. No necesitó ojos para ver el horizonte; le bastó el alma para describirlo.
En «Matilde Lina», convirtió el amor imposible en un paisaje sentimental donde la nostalgia tiene nombre propio. Matilde no es solo una mujer: es el símbolo de aquello que se ama aun sabiendo que no será. En «La Diosa Coronada», elevó la figura femenina a dimensión mitológica, demostrando que la belleza no necesita ojos cuando existe sensibilidad. En «A mí no me consuela nadie», el dolor se vuelve confesión limpia, sin artificios, como si el alma hablara sin intermediarios.
También está la súplica serena de «Olvídame», donde el adiós no es rencor, sino aceptación; la introspección casi filosófica de «Mi memoria», en la que el recuerdo se convierte en territorio de lucha interior; la fe inquebrantable de «Dios no me deja», que revela su confianza en una providencia silenciosa; y la pintura ardiente de «El verano», donde el paisaje guajiro vibra con una vitalidad que asombra viniendo de un hombre que nunca vio el sol.
Pero su memoria merece una pausa más honda. En ella se percibe el prodigio creativo de un hombre que jamás aprendió a leer ni a escribir. Su composición no pasó por el papel: pasó por la arquitectura invisible de la mente. Allí, en la memoria viva, organizaba versos, medía silencios, afinaba imágenes. Es una obra que confirma que la oralidad, cuando está sostenida por el talento, puede alcanzar alturas literarias insospechadas. La memoria fue su cuaderno; la musicalidad, su ortografía; la sensibilidad, su gramática.
La genialidad descriptiva y narrativa de Leandro alcanza otra dimensión en «Los Tocaimeros». En ese merengue vallenato logra enlazar, con asombrosa precisión rítmica y métrica, a la totalidad de los habitantes de la población de Tocaimo, mencionando más de cincuenta nombres como si levantara un censo poético de su gente. No es una simple enumeración: es una arquitectura verbal donde cada nombre encuentra su lugar exacto dentro del verso y la rima. La canción se convierte así en memoria colectiva, en retrato sonoro de una comunidad inmortalizada en la cadencia de su canto.
Algo similar ocurre en «¿Dónde?», en el que este genio creador recorre con la palabra varios pueblos de La Guajira: Barrancas, Papayal, Hatonuevo, Oreganal, Surimena, Roche, Manantial, Angostura, Las Pavas, Lagunita, entre otros. Es un itinerario sentimental y geográfico. En ese recorrido antológico, todas esas poblaciones se regodean con su presencia simbólica. Leandro las nombra en busca de una mujer que pudiera quererlo y sentencia con una frase de belleza conmovedora: “tiene Barrancas bellos caseríos donde viven mujeres que se pueden ver”. Aparentemente es una expresión sencilla, pero cobra una dimensión extraordinaria si recordamos que quien la pronuncia es un hombre que nació ciego. Allí la ironía del destino se transforma en poesía pura: habla de ver quien jamás vio y, sin embargo, nos enseña a mirar.
Pero Leandro no le cantó únicamente al amor y a la belleza; también fue cronista de la realidad social. En «Adelante» y «Soy» se percibe un tono distinto: allí habla el hombre consciente de su tiempo, el ciudadano que entiende las grietas de su entorno y decide no callar. Son cantos que invitan a la dignidad, a la afirmación del ser, a la resistencia íntima frente a la adversidad. Su voz se convierte en identidad.
Y si en esas composiciones hay firmeza y reflexión, en «La Contra» y «El Negativo» emerge el Caribe pícaro, el hombre agudo que señala inconformidades con una sonrisa ladeada. Allí la crítica se vuelve ironía, y la inconformidad se disfraza de humor inteligente.
Esa misma fuerza desafiante alcanza un punto alto en «El Bozal». Allí no solo compone: reta. Desafía a cantantes y compositores demostrando dominio técnico en la estructura de la décima, esa forma poética exigente que requiere precisión métrica y rítmica. Un hombre que no escribía sobre papel, pero que construía décimas con rigor casi académico. «El Bozal» no es solo canción: es declaración de maestría, afirmación de autoridad en el oficio.
Su canto no fue evasión: fue testimonio. No se limitó a embellecer el mundo; también lo denunció con la serenidad firme de quien conoce la intemperie.
A pesar de las adversidades, llegó a ser uno de los compositores más laureados y ovacionados del vallenato. Su nombre dejó de asociarse exclusivamente a la condición de invidente para instalarse en la memoria colectiva como sinónimo de profundidad lírica. Su obra no fue breve ni circunstancial: fue vasta y fecunda, extendida a lo largo de los años con una constancia admirable. Decenas y decenas de canciones brotaron de su memoria prodigiosa, conformando un repertorio amplio que atraviesa generaciones y permanece vivo en la voz del Caribe. La música no fue para él un simple oficio: fue destino, lenguaje y redención.
En «Cómo yo no hay dos» dejó acaso su autorretrato más hondo:
“Yo no he podido contemplar la luz
cómo lo has hecho tú en un bello amanecer,
no he podido ver el cielo azul
ni mirar la tristeza de un atardecer;
solo he vivido tratando de hallar
la forma de olvidar tantas penas de ayer
y solamente suelo recordar
aquel trágico andar de mi vida sin ver…
Acompañado de mi dolor
siempre he vivido en la oscuridad,
sin ver la luna, sin ver el sol
puse a pensar a la humanidad;
por eso es que como yo no hay dos
se los digo en mi cantar,
que las cosas que hace Dios
nadie las puede cambiar”.
Allí reconoce su condición sin victimismo y transforma la limitación en singularidad. Muchos pudieron pensar que sería un inútil, una carga para la sociedad; sin embargo, el tiempo demostró lo contrario. Aquel hombre que no vio la luz del amanecer llegó a ser profundamente útil para su pueblo, para su cultura y para la historia musical de Colombia. Su obra fue servicio, identidad y conciencia.
En esos versos no hay queja estéril, sino aceptación trascendida. No hay lamento vacío, sino conciencia del misterio. Allí está el hombre que nunca vio la luz del amanecer, pero que hizo pensar a la humanidad; el que no contempló el cielo azul, pero lo pintó con palabras; el que vivió en la oscuridad y, aun así, iluminó el corazón de un pueblo.
Y así como el cardón permanece erguido frente al viento salobre y al sol incansable de La Guajira, la obra de Leandro Díaz seguirá en pie frente al paso del tiempo. Porque mientras haya un acorde que evoque su nombre, mientras una voz entone sus versos en cualquier rincón del Caribe, seguirá floreciendo en la memoria colectiva.
Leandro no vio el paisaje guajiro, pero lo hizo eterno. No contempló el horizonte; lo ensanchó para todos. Y en la vasta geografía del vallenato, su figura permanece como ese cardón firme, austero y majestuoso que, aun en la sequía más severa, demuestra que la vida verdadera siempre encuentra la manera de florecer.
El 22 de junio de 2013, el silencio creyó llevarse su aliento; pero fue apenas el cuerpo el que descansó. Porque el alma de Leandro José Díaz Duarte, sembrada en versos y melodías, no conoce sepultura.
Y mientras un acordeón respire entre las manos de un acordeonista y una voz vuelva a pronunciar sus palabras, él seguirá cantando desde la eternidad. Porque hay hombres que mueren, y hay otros, como «El Homero del Vallenato», que se vuelven canción.
Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado
PROGRAMACIÓN 59° FESTIVAL DE LA LEYENDA VALLENATA HOMENAJE A ISRAEL ROMERO, RAFAEL OROZCO Y EL BINOMIO DE ORO DE AMÉRICA
Sábado 25 de abril
Parque de La Leyenda Vallenata ‘Consuelo Araujonoguera’
Desfile de Jeep Willys Parranderos – 3:00 PM
Domingo 26 de abril
Centro Comercial Mayales Plaza – 8:00 AM
Concurso de Pintura Infantil ‘Los niños pintan el Festival de La Leyenda Vallenata’
Lunes 27 de abril
Centro Recreacional La Pedregosa – Primera Ronda Concursos – 8:00 AM
Acordeón Infantil
Acordeonera Menor
Acordeón Juvenil
Aires: Paseo y Merengue
Parque Los Algarrobillos – Primera Ronda Concurso – 8:00 AM
Acordeón Aficionado
Aires: Paseo y Merengue
Martes 28 de abril
Centro Recreacional La Pedregosa – Primera Ronda Concursos – 8:00 AM
Acordeón Infantil
Acordeonera Menor
Acordeón Juvenil
Aires: Son y Puya
Parque Los Algarrobillos – Primera Ronda Concursos – 8:00 AM
Acordeón Aficionado
Aires: Son y Puya
Primera Ronda Concurso – 2:00 PM
Acordeonera Mayor
Aires: Paseo y Merengue
Desfile de Piloneras – 1:00 PM
Categorías Infantil y Juvenil
Inicia: Colegio Alfonso López
Termina: Glorieta Pedazo de Acordeón
Miércoles 29 de abril
Centro Recreacional La Pedregosa – Segunda Ronda Concursos – 8:00 AM
Acordeón Infantil
Acordeonera Menor
Acordeón Juvenil
Aires: Paseo, Merengue, Son y Puya
Parque Los Algarrobillos – Segunda Ronda Concurso – 8:00 AM
Acordeonero Aficionado
Aires: Paseo, Merengue, Son y Puya
Parque Los Algarrobillos – Primera Ronda – 8:00 AM
Piqueria Mayor
Plaza Alfonso López – Primera Ronda Concurso – 8:00 AM
Acordeón Profesional
Aires: Paseo y Merengue
Parque Los Algarrobillos – Primera Ronda – 2:00 PM
Acordeonera Mayor
Aires: Son y Puya
Desfile de Piloneras – 12:00 PM
Categoría Mayores
Inicia: Colegio Alfonso López
Termina: Glorieta de La Pilonera Mayor
Parque de La Leyenda Vallenata ‘Consuelo Araujonoguera’
Ceremonia de Inauguración – 6:00 PM
59°Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje a Israel Romero, Rafael Orozco y El Binomio de Oro de América
Jueves 30 de abril
Centro Recreacional La Pedregosa 8:00 AM
Ronda eliminatoria Piqueria Infantil
Semifinal Concursos
Acordeón Infantil
Acordeonera Menor
Acordeón Juvenil
Aires: Paseo, Merengue, Son y Puya
Parque Los Algarrobillos – Semifinal Concurso – 8:00 AM
Acordeón Aficionado
Aires: Paseo, Merengue, Son y Puya
Parque Los Algarrobillos – Segunda Ronda Concurso – 8:00 AM
Acordeonera Mayor
Aires: Paseo, Merengue, Son y Puya
Parque Los Algarrobillos
Segunda Ronda – 8:00 AM
Piqueria Mayor
Coliseo de Ferias Pedro Castro Monsalvo – Primera Ronda Concurso – 8:00 AM
Canción Vallenata Inédita
Plaza Alfonso López – Primera Ronda Concurso – 8:00 AM
Acordeón Profesional
Aires: Son y Puya
Centro Recreacional La Pedregosa – Gran Final Concursos – 2:00 PM
Piqueria Infantil
Acordeón Infantil
Acordeón Juvenil
Acordeonera Menor
Aires: Paseo, Merengue, Son y Puya
Gran Cabalgata en el marco del 59° Festival de la Leyenda Vallenata – 4:00 PM
Salida. Lote Sinaltrainal (Carrera 23 con calle 14).
Organiza: Riendas Valledupar
Plaza Alfonso López – 4:00 PM
Escenificación del milagro de la leyenda vallenata
Universidad del Área Andina – 4:00 PM
Auditorio Macondo
Foro. Del Binomio de Oro a la IA: Construyendo un futuro creativo
Ecoparque del río Guatapurí – 5:30 PM
Develación escultura en homenaje a Israel Romero y Rafael Orozco El Binomio de Oro – Alcaldía de Valledupar
Parque de La Leyenda Vallenata ‘Consuelo Araujonoguera’
Gran Final Concurso – 6:00 PM
Acordeón Aficionado
Aires: Paseo, Merengue, Son y Puya
Espectáculo Musical, Cultural y Folclórico: Silvestre Dangond – Juancho de la Espriella, Danny Ocean, Peter Manjarrés, Aria Vega e Iván Villazón
Viernes 1 de mayo
Parque Los Algarrobillos
Semifinal de Concurso – 8:00 AM
Acordeonera Mayor
Aires: Paseo, Merengue, Son y Puya
Semifinal Concurso – 8:00 AM
Piqueria Mayor
Coliseo de Ferias Pedro Castro Monsalvo
Segunda Ronda Concurso – 8:00 AM
Canción Vallenata Inédita
Plaza Alfonso López Segunda Ronda Concurso – 8:00 AM
Acordeón Profesional
Aires: Paseo, Merengue, Son y Puya
Parque de La Leyenda Vallenata ‘Consuelo Araujonoguera’
Gran Final Concursos – 8:00 PM
Piqueria Mayor
Acordeonera Mayor
Aires: Paseo, Merengue, Son y Puya
Espectáculo Musical, Cultural y Folclórico: Silvestre Dangond – Juancho de la Espriella, Guayacán Orquesta y Jean Carlos Centeno.
Sábado 2 de mayo
Coliseo de Ferias Pedro Castro Monsalvo Semifinal Concurso – 8:00 AM
Acordeón Profesional
Aires: Paseo, Merengue, Son y Puya
Plaza Alfonso López Semifinal Concurso – 10:00 AM
Canción Vallenata Inédita
Parque de La Leyenda Vallenata ‘Consuelo Araujonoguera’
Gran Final Concursos – 8:00 PM
Canción Vallenata Inédita
Acordeón Profesional
Aires: Paseo, Merengue, Son y Puya
Espectáculo Musical, Cultural y Folclórico: J Balvin, Binomio de Oro de América, Churo Díaz y Elder Dayán.
EXPOSICIONES DE ARTE INTERNACIONAL. Del 25 de abril al 5 de mayo de 2026 Primer Baldot Festival Arte – Carrera 19C No. 10-43 – Frente a Los Poporos. (Estudio Taller Baldot) – Casa Castro Monsalvo, Carrera sexta con calle 15 Esquina, Plaza Alfonso López.
*Programación sujeta a cambios*
Cuando la primavera florecía en San Juan del Cesar, una niña inspiró a Hernando Marín a componer “Sanjuanerita”.
Por Alcibiades Núñez.
Hablar de Hernando José Marín Lacouture es evocar a uno de esos compositores que parecían tener el corazón afinado como una guitarra. De esos juglares modernos que, con una libreta improvisada y una inspiración repentina, convertían momentos sencillos de la vida en canciones eternas del vallenato.
Así nació “Sanjuanerita”, una de esas composiciones que, con el paso del tiempo, se volvieron parte del alma musical del Caribe. La canción fue grabada inicialmente por Jorge Oñate y Juancho Rois en el álbum “El Ruiseñor de mi Valle” en 1981, y años después volvió a resonar en los tocadiscos del país cuando Rafael Orozco e Israel Romero, con el Binomio de Oro, la incluyeron en el álbum “Por Siempre” en 1992.
Pero detrás de esa melodía hay una historia sencilla, casi doméstica, que comenzó en una tarde luminosa de abril de 1980.
Ese día, Saúl Enrique Hinojosa Fernández, junto a su esposa Josefina Mendoza y sus hijos Jorge Eliecer, Eliris Elena “Lili” y Nasly Mercedes, decidieron hacer un paseo familiar al corregimiento de Los Pondores, en la finca Los Anones, propiedad de José María “Chemita” Daza.
La escena parecía sacada de un cuadro caribeño: el río Cesar corría claro y generoso, el cielo era amplio y las flores amarillas de los cañahuates y guayacanes pintaban el paisaje con el color de la primavera guajira.
Entre los invitados que acompañaban el paseo estaban Hernando Marín, Lucho Gutiérrez, Pablo Ariza, Julio Tata y el doctor Urbano Manuel Bermúdez. Como suele suceder en la Guajira cuando se juntan amigos, no tardaron en aparecer las guitarras.
Sentados cerca del río, con el instrumento apoyado en el pecho, comenzaron a tocar y cantar. Mientras tanto, Lili y Nasly, las hijas de Saúl, se bañaban felices en las aguas diáfanas del Cesar, riendo y salpicando la arena blanca de la orilla.
En medio de aquel ambiente de música, sol y risas, ocurrió el momento que cambiaría la historia.
La pequeña Nasly, con la espontaneidad de la juventud, se acercó a Hernando Marín y le dijo con tono de reclamo cariñoso:Tío, usted le ha hecho canciones a todo el mundo… menos a mí.
Marín sonrió. Al principio le respondió que él componía canciones para sus enamoradas, y que a ellas las quería como si fueran sus propias hijas. Pero aquella tarde algo en el ambiente lo conmovió.
Quizás fue el brillo del río, la alegría de las muchachas o el perfume de los árboles florecidos. Lo cierto es que la musa apareció.
Entonces tomó el cartón de una caja de Old Parr, buscó un bolígrafo y comenzó a escribir. Mientras lo hacía, observaba el paisaje: las flores amarillas que tanto evocaban la tierra de Gabriel García Márquez, la brisa suave que acariciaba la orilla del río y la risa de Nasly y Lili jugando en el agua.
Así, casi sin darse cuenta, nació una de las canciones más bellas del repertorio vallenato.
En “Sanjuanerita”, Hernando Marín comparó la frescura de aquellas hermanas con las aguas cristalinas y la arena blanca del río Cesar, y las retrató como flores de la Guajira, afirmando con orgullo que, entre todas ellas, la Sanjuanerita es la más bonita.
De esta manera, una tarde de paseo familiar se transformó en inspiración eterna.
Hernando Marín, nacido en El Tablazo, zona rural de San Juan del Cesar, dejó un legado inmenso para el vallenato. Fue autor de más de doscientas composiciones, muchas de ellas convertidas en clásicos interpretados por grandes figuras del género.
Entre sus obras se destacan “La creciente”, grabada por Rafael Orozco e Israel Romero con el Binomio de Oro; “Villanueva mía”, ganadora del concurso de Canción Inédita del Festival Vallenato en 1992 con el tema “Valledupar del alma”; “Campesino parrandero”, inmortalizada por Jorge Oñate; “Los maestros”, convertida en himno de los docentes en la voz de los Hermanos Zuleta; y “El invencible”, grabada por Diomedes Díaz.
A esa larga lista se suman canciones como “El ángel del camino”, “Bebiendo yo”, “Mis muchachitas”, “Lluvias de verano”, “La primera piedra”, “Canta conmigo”, “El gavilán mayor”, “El arbolito”, “La vecina de Chavita”, “El cantante del pueblo” y “La ley de embudo”.
Sin embargo, entre todas esas obras, “Sanjuanerita” guarda un encanto especial: el de haber nacido de una tarde sencilla, de una petición inocente y del paisaje generoso de la Guajira.
Porque a veces, las canciones más grandes no nacen en estudios de grabación ni en escenarios multitudinarios.
Nacen en la orilla de un río, entre risas, guitarras y la inspiración de un compositor que supo escuchar el latido de su tierra.

Ampliadas las inscripciones para los concursos del 59° Festival de la Leyenda Vallenata
La Fundación Festival de la Leyenda Vallenata se permite informar que hasta el viernes 13 de marzo a las 6:00 de la tarde se ampliaron las inscripciones para los distintos concursos del 59° Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje a Israel Romero, Rafael Orozco y El Binomio de Oro de América.
Las mencionadas inscripciones, a excepción de los grupos de piloneras en sus distintas categorías, se reciben de manera presencial de lunes a viernes en las oficinas de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata ubicadas en la Carrera 19 No. 6N-39 vía al puente de Hurtado de Valledupar. De igual manera, a través del correo certificado o en el correo electrónico: inscripcionesfesvallenato@gmail.com
Por su parte, los formatos de inscripción y requisitos de los concursos estarán disponibles llamando al número celular: 315 7580186 con Inés Amaya.
Los concursos que tendrán cabida en este certamen son: Acordeón Profesional, Acordeonera Mayor, Canción Vallenata Inédita, Piqueria Mayor, Acordeón Aficionado, Acordeón Juvenil, Acordeón Infantil, Acordeonera Menor, Piqueria Infantil y Piloneras en las categorías de Mayores, Juvenil e Infantil.
De otra parte, los concursantes en todas las categorías de acordeón, no podrán repetir ninguna canción de los cuatro aires en su orden (Paseo, Merengue, Son y Puya) en las distintas rondas ni en la semifinal.
A su vez, el presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, Rodolfo Molina Araújo, manifestó. “Ante la gran cantidad de concursantes interesados en estar presentes en la versión 59 del Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje a Israel Romero, Rafael Orozco y El Binomio de Oro de América, decidimos ampliar las inscripciones hasta el 13 de marzo, a excepción de los grupos de piloneras en sus distintas categorías. Nuestro agradecimiento a todos los que se unen a este acontecimiento cultural, folclórico y musical”.
Valledupar del 29 de abril al dos de mayo de 2026, se prepara para recibir a miles de visitantes que vendrán a vivir de cerca esta fiesta donde se respirará alegría, paz y confraternidad.









