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Abiertas las inscripciones para el 54° Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje a Rosendo Romero ‘El Poeta de Villanueva’
-El periodo de inscripciones para los distintos concursos será del 26 de julio hasta el 18 de septiembre de 2021-
Con la finalidad de continuar con la tarea de conservar y promover la auténtica música vallenata y reactivar con responsabilidad la economía de Valledupar, guardando todas las medidas de bioseguridad, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata da apertura a las inscripciones de los distintos concursos del 54° Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje al cantautor Rosendo Romero Ospino, ‘El poeta de Villanueva’ que se llevará a cabo del 13 al 17 de octubre de 2021.

Las inscripciones serán por un periodo de 55 días iniciando desde el lunes 26 de julio y concluyendo el sábado 18 de septiembre de 2021. Se recibirán únicamente a través del correo electrónico: inscripcionesfestival@hotmail.com
Por otra parte los formatos de inscripción, requisitos y reglamentos de los distintos concursos se encuentran en la página web www.festvalvallenato,com
Concursos
El 54° Festival de la Leyenda Vallenata que cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Valledupar, tendrá los siguientes concursos: Acordeón Profesional, Acordeonera Mayor, Acordeón Aficionado, Acordeón Juvenil, Acordeón Infantil, Acordeonera Menor, Piqueria Mayores, Piqueria Menor y Canción Vallenata Inédita.
Como la novedad de este año, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata debido a que las circunstancias de la pandemia no permiten realizar el Desfile de Piloneras, hará en la plaza Alfonso López, tarima Francisco El Hombre, el concurso de Piloneras, para el cual se invitarán a los 10 grupos ganadores de la categoría mayor, y cinco de juvenil e infantil, respectivamente, desde el año 2019 para atrás.
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Conversatorio centenario del maestro Rafael Escalona versará sobre canto, relato y memoria
Con la declaratoria del Centenario Escalona, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes reconoció al maestro Rafael Calixto Escalona Martínez, no solo como a uno de los grandes compositores de Colombia, sino también una figura decisiva en la configuración simbólica del país. Con su obra el vallenato adquirió una densidad singular, dejando de ser únicamente canto para afirmarse también como narración, crónica sensible, memoria territorial y forma de imaginación colectiva.
Este acontecimiento del centenario del maestro Escalona, se extenderá durante todo el año, teniendo su inicio en Bogotá el sábado 23 de mayo de 2026, contando con el respaldo del Ministerio de las Culturas y el acompañamiento de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata.
A las 4:00 de la tarde en la plazoleta del Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella, el Rey Vallenato Fernando Rangel Molina, con su voz y su acordeón hará un recorrido por diversas canciones del maestro Rafael Escalona, donde relataba historias reales, amores, tristezas y anécdotas de su cotidianidad en distintos pueblos.
A partir de las 7:00 de la noche en el Teatro Colón tendrá lugar el conversatorio a cargo de versados sobre la vida y obra del célebre compositor y estará a cargo del vicepresidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata Efraín Quintero Molina, el compositor e investigador cultural Julio Oñate Martínez, y la cantante y sobrina del maestro Escalona, Estela Durán Escalona.
El conversatorio Rafael Escalona: un centenario de canto, relato y memoria musicalizado con el acordeón del Rey Vallenato Julián Mojica Galvis, el canto de Jorge Antonio Oñate y el Coro Nacional de Colombia, tocará detalles de su infancia y adolescencia, amigos del colegio Loperena, Poncho Cotes en Manaure, las parrandas en el Hotel América y Manaure, su amplia trayectoria y reconocimientos.

El maestro Escalona, nacido en Patillal se proyectó hacia la cultura nacional convirtiendo al Caribe en materia poética, dotando a sus canciones de una fuerza narrativa y patrimonial que hoy sigue modelando la musicalidad de Colombia.
Desde esa comprensión, la programación del Centenario del maestro Escalona, será una activación contemporánea de su legado y su presencia viva sigue reverberando en la creación, la escucha y la memoria cultural del país.
Al maestro Rafael Escalona, creador del Festival de la Leyenda Vallenata junto a Consuelo Araujonoguera y Alfonso López Michelsen, lo definió el escritor Gabriel García Márquez, como “el intelectual del vallenato», porque sus canciones son crónicas y relatos autobiográficos de los pueblos de la región.
La entrada al Teatro Colón es gratuita, pero debido al aforo favor llenar el siguiente formulario. https://forms.cloud.microsoft/r/PirZM2PMyV
El Defensor del Vallenato Iván Ovalle lanza ‘Nuestra Playa’, un clásico de los 70 llevado al vallenato con maestría
Su pasión por la música no tiene límites. El destacado cantautor Iván Ovalle presenta una majestuosa versión de ‘Nuestra playa’, una célebre balada del artista español José Emilio López Delgado, adaptada con maestría al género vallenato.
Este gran éxito de los años 70 marcó la juventud del cantautor y hoy renace con arreglos propios. La producción conserva la profunda carga lírica y emocional que la hizo memorable, pero la traslada con total naturalidad al lenguaje y sentimiento del acordeón.
“‘Nuestra playa’ es una balada que canté a los 12 años en un concurso de la emisora Ondas de Macondo, en Valledupar”, explica Ovalle. “Esta nueva versión es un sueño realizado, ya que en aquella época la canción me trazó un sendero lírico muy importante”.
El artista asumió personalmente la dirección musical, logrando un puente armónico perfecto entre ambos géneros sin alterar la esencia de la obra original. “Es un ejercicio muy interesante pasar de la balada al vallenato. Espero que esta propuesta sea del total agrado del público latinoamericano”, puntualizó el compositor.
Con este lanzamiento, Iván Ovalle reafirma su título como ‘El Defensor del Vallenato’. El maestro demuestra su compromiso con la evolución del folclor, rescatando melodías eternas para darles una nueva vida a través de su voz y su pluma.
Sobre Iván Ovalle
Iván Ovalle es cantautor, compositor y acordeonero, reconocido por su defensa del vallenato tradicional y por canciones que hacen parte del cancionero colombiano. Su trabajo como compositor lo ha posicionado como una de las voces más respetadas del género.
OFICINA COMUNIRED
Cel. 3157494904
Biografia Artística Jeison Mancilla
Nacido el 4 de marzo de 1999 en Planeta Rica, Córdoba, Jeison Rafael Mancilla Sáenz es un joven cantautor que ha venido construyendo una sólida trayectoria dentro del folclor vallenato gracias a su talento, sensibilidad artística y herencia musical.
Criado en el seno de una familia humilde y amorosa, Jeison recuerda su infancia como una etapa llena de felicidad junto a sus padres y sus cuatro hermanos, siendo él, el menor del hogar. Desde muy pequeño mostró inclinación por la música, dejando huellas imborrables en su vida artística. Uno de esos primeros recuerdos ocurrió cuando tenía apenas cinco años y se presentó en el parque principal de Planeta Rica, donde fue premiado con una bicicleta tras su actuación. Más adelante, durante su etapa escolar, ocupó el primer lugar en un concurso de canción balada, reafirmando así su vocación por el canto.
La principal influencia musical de Jeison ha sido su padre, Omar Mancilla, reconocido acordeonista, cantante y compositor, de quien heredó el amor por el vallenato. También han sido pilares importantes en su formación artística sus tíos Fredy Mancilla y Amaury Mancilla, además de la inspiración de grandes figuras de la música vallenata como el maestro Enrique Díaz. Tras el fallecimiento de su padre, Jeison encontró respaldo y motivación en destacados artistas y reyes vallenatos como Fredy Sierra y Ciro Meza, así como en compositores de gran trayectoria como Marciano Martínez, Roberto Calderón y Adolfo Pacheco.
Su pasión por la composición nació desde temprana edad. A los diez años escribió su primera canción, descubriendo en las letras una manera de expresar sentimientos, experiencias y mensajes positivos. Para Jeison Mancilla, ser cantautor del folclor vallenato representa amor, identidad y compromiso con una música que le permite transmitir emociones sinceras a través de cada verso.
A lo largo de su carrera, Jeison Mancilla ha sido ganador de varios festivales vallenatos en la región de La Sabana y también ha tenido la oportunidad de presentarse en cuatro ocasiones en Valledupar, cuna del vallenato. Entre sus logros más importantes se destaca el primer lugar obtenido en el Festival Vallenato de Sahagún, acompañando al acordeonero Alberto Mario Zuleta. Asimismo, fue reconocido en La Apartada como Mejor Voz Revelación, consolidándose como una de las nuevas promesas del género vallenato.
Otro momento significativo en su trayectoria artística fue el privilegio de grabar en vida una canción inédita del maestro Romualdo Brito, titulada Un amor de pacotilla. Esta experiencia marcó profundamente su carrera, convirtiéndose en un honor interpretar una obra entregada personalmente por uno de los compositores más importantes e influyentes de la música vallenata.
Hoy, Jeison Mancilla presenta su nueva canción Al pie de tu ventana, una obra cargada de sentimiento y autenticidad con la que continúa fortaleciendo su propuesta musical y reafirmando su compromiso con las raíces del vallenato romántico y tradicional. Su voz, inspirada en las vivencias del pueblo y en el legado de su familia, busca llegar al corazón de quienes aman la música hecha con el alma.
A los 99 años parte, Ana Bermúdez Daza, la madre del compositor “Yeyo” Núñez
Por Alcibiades Nuñez.
Hay mujeres que nacen para dejar huellas imborrables en la historia de sus familias y de sus pueblos. Mujeres que, sin ocupar cargos públicos ni aparecer en grandes titulares, terminan convirtiéndose en símbolo de lucha, dignidad y amor infinito. Así fue Ana Dolores Bermúdez Daza, quien falleció a los 99 años dejando un profundo vacío en el corazón de sus hijos, nietos, familiares y amigos.
La noticia de su partida ha causado tristeza en quienes conocieron a esta mujer noble y trabajadora, especialmente en el reconocido compositor Aurelio “Yeyo” Núñez, quien hoy despide a la madre que no solo le dio la vida, sino también las enseñanzas y valores que marcaron su camino humano y artístico.
Doña Ana Dolores pertenecía a esa generación de mujeres fuertes que hicieron de la necesidad una oportunidad para salir adelante. En tiempos difíciles, cuando el sacrificio era parte de la cotidianidad, levantó a su familia con esfuerzo, disciplina y una admirable capacidad de emprendimiento. Su vida giró alrededor del trabajo honrado y del bienestar de sus hijos: Heriberto, Yunis, Alfredo, Federico, Alida, Aurelio, Dariel y Omaida (QEPD).
Con una visión emprendedora poco común para su época, viajaba hasta Maicao para adquirir mercancías que luego comercializaba en San Juan del Cesar y Zambrano. Aquella actividad comercial no solo representaba el sustento de su hogar, sino también una escuela de responsabilidad y compromiso para sus hijos, especialmente Alida y Aurelio, quienes colaboraban en la distribución de los productos y en el cobro de la cartera de clientes.
Detrás de cada venta y de cada jornada de trabajo existía una madre que luchaba silenciosamente para ofrecerle un mejor futuro a su familia. Nunca buscó reconocimientos, porque su mayor satisfacción era ver a sus hijos crecer como personas de bien.
Quienes compartieron con ella la recuerdan como una mujer cariñosa, amable y cordial. Su sonrisa sincera y su disposición permanente para ayudar hicieron de su hogar un refugio de afecto y solidaridad. Fue una madre que educó con el ejemplo, enseñando que la honestidad, el respeto y la perseverancia son las mayores riquezas que puede tener un ser humano.
La historia de doña Ana Dolores también refleja la grandeza de muchas madres guajiras y caribeñas que, desde el anonimato, construyeron familias enteras a punta de sacrificios y esperanza. Mujeres capaces de convertir las dificultades en oportunidades y de sostener sus hogares con valentía admirable.
Hoy, la partida de doña Ana Dolores Bermúdez Daza enluta profundamente a la familia Núñez Bermúdez y a todos aquellos que tuvieron el privilegio de conocerla. Sin embargo, más allá del dolor, queda la inmensa gratitud por una vida ejemplar y por un legado humano que seguirá vivo en cada consejo, en cada recuerdo y en cada enseñanza sembrada a lo largo de casi un siglo de existencia.
Porque hay seres humanos que nunca mueren del todo. Permanecen eternamente en la memoria de quienes aprendieron de su bondad, de su lucha y de su amor incondicional. Ana Dolores Bermúdez Daza fue, sin duda, una de esas mujeres extraordinarias.

Alberto De Jesús Fernández Mindiola: el hombre que le prestó su voz al tiempo.
«Antes de que el tiempo se atreva a bajar el telón a la vida, su voz ya aprendió a quedarse viviendo en la eternidad»: Ramiro Álvarez Mercado
Por Ramiro Elías Álvarez Mercado
Hay nombres que uno no dice: se dejan caer, como si al pronunciarlos pudiera alterarse algo invisible.
Y hay vidas que no caben en una línea de tiempo; necesitan silencio, pausa, una forma de respeto que no siempre sabemos conceder.
Cuando se habla del tiempo, casi siempre se habla de pérdida: de lo que se va, de lo que no regresa, de lo que apenas sobrevive en fragmentos. Pero, en ocasiones pocas, ocurre lo contrario: el tiempo no borra, aclara. En lugar de desgastar, retira capas. Deja, al final, solo lo esencial.
Este es uno de esos casos.
El maestro Alberto De Jesús Fernández Mindiola acaba de cumplir 99 años. Decirlo así parece suficiente, pero no lo es. En él, la edad no se acumula: se ordena. El tiempo no lo ha golpeado, lo ha pulido con una paciencia que ya casi no existe. Su palabra llega sin tropiezos, su memoria no necesita buscarse y su espíritu permanece encendido sin estridencias.
Hay una lucidez que no se aprende. Tampoco se ensaya.
Se alcanza después de una larga fidelidad.
Y antes de todo eso, antes de la voz que conocemos, estuvo el origen.
Atánquez, en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, departamento del Cesar, al norte de Colombia. 7 de abril de 1927.
Ahí empieza todo, aunque entonces nadie lo supiera.
La Sierra no es paisaje: es ley. Es el corazón del mundo para los cuatro pueblos que la custodian. Los kankuamos, habitantes de Atánquez, saben que cada pico es un padre antiguo y cada río una vena de la madre. Allí la vida se teje. Las mujeres hacen mochilas que no son adorno: son pensamiento. Cada rombo es una montaña; cada línea, un camino de agua; cada color, un rezo. La mochila kankuama no se compra: se hereda.
En ese mundo de hilos, silencios y montañas sagradas nació Alberto Fernández. Su voz también fue tejida, puntada a puntada, entre cantos de casa y niebla de páramo.
La música no llegó como descubrimiento: estaba ahí desde antes. Su madre, María Mindiola, cantaba con una naturalidad que no requería escenario, eran cantos que parecían quedarse suspendidos en la casa, como si el aire los resguardara. Su padre, Luis Fernández González, hacía lo propio con la trompeta, el redoblante y el bombo: instrumentos que no solo sonaban, también imponían presencia, como el aire que se respira.
Entre esos dos mundos el canto íntimo y la fuerza del ritmo empezó a formarse algo que aún no tenía nombre.
Después vendría lo demás.
Atánquez seguía siendo pequeño, pero ya no le bastaba. Cantó boleros, tangos, rancheras, no por versatilidad, sino por búsqueda. Como quien recorre caminos sin saber con certeza qué está persiguiendo. Y, sin embargo, allí estaba la voz encontrando su forma sin proponérselo.
Su traslado a Valledupar, para estudiar en el tradicional colegio Loperena, no fue una parada más. Fue el momento en que todo comenzó a cobrar sentido.
Entonces ocurrió el encuentro con Rafael Calixto Escalona Martínez. La amistad se volvió hermandad. Escalona no encontró en Fernández a un intérprete: encontró una continuidad. Algo que no se planifica: sucede o no sucede. Y, en este caso, sucedió con una naturalidad que aún asombra. Rafael escribía desde adentro, desde la memoria, desde la gente. Y Alberto no “cantaba” esos versos: dejaba que lo atravesaran.
No hubo esfuerzo por coincidir. Coincidieron.
De ahí nacieron cantos que ya no pertenecen a nadie: ‘La Casa en el aire’, ‘El testamento’, ‘La Maye’, ‘La brasilera’. Canciones que no requieren explicación porque forman parte de algo mayor. En su voz no había interpretación: había permanencia.
Luego vino el movimiento.
Barranquilla lo recibió. La radio.
Ese lugar donde una voz puede existir sin cuerpo; donde alguien canta en un punto y aparece en otro sin desplazarse. Allí su canto dejó de ser cercano para volverse colectivo.
En 1946, junto a Guillermo De Jesús Buitrago Henríquez, comprendió algo difícil de explicar: el vallenato no era un estilo, era una forma de decir. Y al año siguiente, con Julio César Bovea y Ángel Fontanilla, esa intuición tomó forma. No era un trío en el sentido habitual. Era otra cosa.
Llevar el acordeón a la guitarra sin perder el alma no es adaptación: es comprensión.
Lo que hicieron todavía resuena.
Y, sin embargo, hay un gesto que completa esa imagen y que rara vez se subraya: Alberto no solo fue voz, también fue pulso.
Fue un notable intérprete de la guacharaca, ese idiófono de fricción que, en sus manos, dejaba de ser simple acompañamiento para convertirse en lenguaje. Con ella sostenía el latido preciso que acompañaba las guitarras de Bovea y Fontanilla, como si entre los tres existiera una conversación invisible donde cada rasgueo encontraba su eco en el raspado exacto de la caña. No era únicamente ritmo: era dirección, era respiración, era ese hilo sutil que impide que la música se disperse.
Gran parte de su producción quedó resguardada en distintos sellos discográficos: Caliente (Sonolux), Caribe (Fuentes), Discos Curro, Lyra (Sonolux), Rival (Estados Unidos), Discos Tropical y Discos Vergara. Como si cada casa disquera hubiese sido apenas una estación de paso para una voz que no estaba hecha para permanecer en un solo lugar.
Allí quedaron registros que hoy parecen inevitables: ‘El Montañero’, ‘Los barrancos’, ‘La marimba’, ‘Mi vallenata’, ‘El tigre guapo’, ‘La llorona loca’, ‘El pájaro amarillo’, ‘El hombre marinero’, ‘El gallo tuerto’, ‘La viajerita’. Canciones que no buscaron trascender y terminaron haciéndolo.

Pero su vínculo con Escalona siguió abriendo caminos.
Otras composiciones como ‘La molinera’, ‘La creciente del Cesar’, ‘El Almirante Padilla’, ‘La Vieja Sara’ y ‘El villanuevero’ encontraron en su voz un lugar definitivo. En ellas, Alberto no se limitaba a narrar: encarnaba. Su canto podía habitar con la misma naturalidad lo romántico, lo jocoso y lo costumbrista, sin exageraciones ni ropajes prestados. Había en su manera de decir una elegancia silenciosa: la de quien entiende que la emoción no se impone, se revela.
Porque su voz maravillosa no buscaba destacarse sino permanecer.
Y permanecer en el vallenato es otra forma de fundar.
También están los otros nombres: José María Peñaranda Márquez, José Benito Barros Palomino, Julio Salvador Erazo Cuevas, Leandro José Díaz Duarte, Alejandro Durán Díaz, Rafael Campo Miranda. En todos dejó algo que no figura en los créditos: una manera de respirar cada verso.
Y luego llega ese momento inevitable en el que todo encaja:
Escalona y Alberto encontrándose definitivamente en la memoria de la gente.
Ahí el vallenato dejó de ser lugar para convertirse en sentimiento compartido.
Bogotá lo acogió en 1948. Otra siembra.
Durante años, su voz ocupó espacios donde antes no había nada semejante. Más adelante vendrían los viajes: Argentina, Paraguay, Uruguay, Brasil, Venezuela, Puerto Rico. Pero es en Argentina donde la historia se prolonga. Ocho años no pasan en vano. La televisión, los escenarios, el reconocimiento: una música nacida en lo rural encontrando eco en el sur.
Y aun así nada de eso lo transformó.
Cantó con Celia Cruz, con Edmundo Arias, con Luis Enrique Martínez, con Aniceto Molina, con Colacho Mendoza, pero nunca dejó de sonar como él.
Más adelante, cuando se separó de Bovea y sus Vallenatos, no hubo ruptura sino continuidad. En Bogotá formó su propia agrupación: Los Auténticos Vallenatos, acompañado por los guitarristas Carlos Julio Guevara y Alberto Moya. Allí reafirmó su camino sin depender de nada distinto a su propia esencia.
Hay voces que compiten. La suya acompaña.
Entonces aparece ese canto que ya no le pertenece: ‘Te olvidé’.
El Carnaval de Barranquilla repitiéndose cada año, y su voz ahí, como si el tiempo no avanzara del todo.
A sus 99 años, Fernández Mindiola no es recuerdo: es presencia.
Su lucidez no impresiona por excepcional, impresiona por natural. Como si todo hubiese sido un proceso lento y silencioso para llegar a este punto en el que nada sobra.
Hay una belleza particular en ello. No en la edad sino en lo que la edad deja.
Porque hay hombres que no atraviesan el tiempo: permanecen en él.
Y en Alberto De Jesús Fernández Mindiola, en su voz, en su manera de decir sin exceso, el vallenato deja de ser música para convertirse en comprensión.
Como la sierra que lo vio nacer su vida tiene cumbres y nacederos. Como la mochila kankuama que se teje en Atánquez, cada año fue una puntada, cada canción un color, cada silencio un nudo que sostiene la figura completa. El tejido no presume: resguarda. Y resguarda para que otros vivan.
Tal vez esa sea la lección, aunque no la diga: el arte verdadero no necesita prisa ni explicaciones. Solo fidelidad.
Lo demás llega o no.
Que su casi centenario sea celebración.
Que su claridad continúe alumbrando sin proponérselo.
Y que su voz, esa que un día encontró en Escalona algo más que canciones, siga ahí, en alguna parte, haciendo lo que siempre ha hecho: no repetir,
fundar.
Al borde de sus cien años, cuando el tiempo parece inclinar la cabeza ante su historia, su voz sigue negándose a despedirse y se mantiene intacta, viviendo en la eternidad.










