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Abiertas las inscripciones para el 54° Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje a Rosendo Romero ‘El Poeta de Villanueva’
-El periodo de inscripciones para los distintos concursos será del 26 de julio hasta el 18 de septiembre de 2021-
Con la finalidad de continuar con la tarea de conservar y promover la auténtica música vallenata y reactivar con responsabilidad la economía de Valledupar, guardando todas las medidas de bioseguridad, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata da apertura a las inscripciones de los distintos concursos del 54° Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje al cantautor Rosendo Romero Ospino, ‘El poeta de Villanueva’ que se llevará a cabo del 13 al 17 de octubre de 2021.

Las inscripciones serán por un periodo de 55 días iniciando desde el lunes 26 de julio y concluyendo el sábado 18 de septiembre de 2021. Se recibirán únicamente a través del correo electrónico: inscripcionesfestival@hotmail.com
Por otra parte los formatos de inscripción, requisitos y reglamentos de los distintos concursos se encuentran en la página web www.festvalvallenato,com
Concursos
El 54° Festival de la Leyenda Vallenata que cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Valledupar, tendrá los siguientes concursos: Acordeón Profesional, Acordeonera Mayor, Acordeón Aficionado, Acordeón Juvenil, Acordeón Infantil, Acordeonera Menor, Piqueria Mayores, Piqueria Menor y Canción Vallenata Inédita.
Como la novedad de este año, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata debido a que las circunstancias de la pandemia no permiten realizar el Desfile de Piloneras, hará en la plaza Alfonso López, tarima Francisco El Hombre, el concurso de Piloneras, para el cual se invitarán a los 10 grupos ganadores de la categoría mayor, y cinco de juvenil e infantil, respectivamente, desde el año 2019 para atrás.
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Grupos de Piloneras y Jeep Willys Parranderos, tienen listas sus rutas para el 59° Festival de la Leyenda Vallenata
Con el objetivo de garantizar la seguridad de más de 12 mil personas que participarán en el tradicional desfile de piloneras del 59° Festival de la Leyenda Vallenata, la Gobernación del Cesar, la Alcaldía de Valledupar y la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata anunciaron la implementación de medidas especiales que garanticen la seguridad y movilidad de los concursantes que cada tras año engalanan el tradicional recorrido donde se baila y se canta.
Desde la institucionalidad se reiteró el compromiso con Valledupar y la preservación de esta fiesta insignia, asegurando que el evento se desarrolle con todas las garantías necesarias y se pueda disfrutar por muchas horas al ritmo de las piloneras y piloneros.
Aunque se planteó realizar el desfile por la avenida Simón Bolívar, las limitaciones de espacio y alumbrado público, impiden contar con las condiciones óptimas, lo que afectaría la movilidad y el desarrollo del recorrido.
Recorridos Desfiles de Piloneras
En consecuencia, de lo anterior se determinó que el desfile de piloneras en las categorías Infantil y Juvenil, que se llevará a cabo el martes 28 de abril desde las 2:00 de la tarde, tendrá como punto de partida la esquina del Hotel Sicarare, recorriendo toda la carrera novena hasta la glorieta ‘Pedazo de Acordeón’. Para la categoría Mayor, el miércoles 29 de abril a la 1:00 de la tarde, la salida será desde el Hotel Sicarare, recorriendo la carrera novena hasta la glorieta de la Pilonera Mayor. En diferentes puntos del recorrido estarán ubicados los jurados.
Desfile de Jeep Willys parranderos
Por su parte, el desfile de Jeep Willys Parranderos iniciará el sábado 25 de abril en el Parque de la Leyenda Vallenata ‘Consuelo Araujonoguera’ a las 3:00 de la tarde y recorrerá importantes vías como la calle 12, la carrera cuarta y la carrera 12, pasando por sectores como el Parque de Los Algarrobillos, el Centro Comercial Mayales Plaza, la glorieta de Los Músicos, el Obelisco y el barrio Los Fundadores.
El trayecto continuará por la avenida Juventud y Simón Bolívar, atravesando zonas como el Coliseo Cubierto, el Parque de la Vida y Los Cortijos, hasta llegar a la glorieta ‘Pedazo de Acordeón’, para finalmente retornar a la glorieta de la Pilonera Mayor y concluir nuevamente en el Parque de la Leyenda Vallenata ‘Consuelo Araujonoguera’, donde se llevará a cabo la inauguración del 59° del Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje a Israel Romero, Rafael Orozco y El Binomio de Oro de América, con una extraordinaria programación y cuya entrada será gratuita.
La Fundación Festival de la Leyenda Vallenata que preside Rodolfo Molina Araújo, invita a este acontecimiento que suma 59 versiones, teniendo como meta principal la conservación y promoción del vallenato raizal que hoy es la cara musical de Colombia ante el mundo.

El acordeón como ética del rostro: Máximo Jiménez en clave levinasiana
Por Ramiro Elías Álvarez Mercado
En el fondo de esta investigación late algo más que una hipótesis: una intuición que se va abriendo paso con fuerza. El vallenato, cuando logra desprenderse de su función meramente festiva, no solo canta: piensa. Y en ese tránsito, la obra de Máximo Jiménez deja de ser únicamente expresión artística para convertirse en una forma de conciencia viva.
El análisis del profesor Eduardo López Vergara, desarrollado a partir de su tesis de Maestría en Filosofía en la Universidad del Atlántico “La ética como resistencia: la alteridad levinasiana en Máximo Jiménez Hernández”, no se limita a describir una estética musical. Más bien, se adentra en una zona más honda: allí donde la música comienza a rozar lo ético. Su lectura, atravesada por el pensamiento de Emmanuel Levinas, permite entender que en estas canciones no solo hay relatos, sino una manera de responder al mundo y, sobre todo, al otro. La tesis, disponible en el repositorio de la Universidad del Atlántico, ofrece un desarrollo más amplio de estas ideas para quien desee seguir ese camino de lectura.
Desde este enfoque, la ética deja de ocupar un lugar secundario dentro de la filosofía. Ya no es una derivación ni una consecuencia: es el punto de partida. Se trata de una responsabilidad que no elegimos del todo, que aparece incluso antes de cualquier decisión consciente. López Vergara sitúa esta idea en el corazón del vallenato de Máximo Jiménez, mostrando cómo su obra establece un vínculo profundo con aquellos que han sido históricamente relegados.
Es ahí donde el acordeón empieza a decir algo distinto. Deja de ser solo instrumento y se vuelve una auténtica epifanía: una revelación, una irrupción significativa en la que algo oculto se manifiesta con claridad. En este caso, el acordeón no solo acompaña el canto: llega a revelar al otro. En sus notas emergen el campesino, el indígena, las voces que durante mucho tiempo han sido empujadas al margen. No como figuras decorativas, sino como presencias que interpelan y reclaman ser reconocidas.
Por eso el concepto del “Rostro”, en clave levinasiana, no aparece aquí como una simple metáfora. En estas canciones, el otro no es una representación lejana: es alguien que irrumpe, que incomoda, que exige una respuesta. La música ya no se limita a contar: llama, convoca, obliga a escuchar de otra manera. Y quien escucha, si realmente lo hace, deja de ser un espectador pasivo.
Hay, casi sin estridencias, una ruptura importante: la música deja de girar en torno al goce y se orienta hacia el otro. Esto no significa que desaparezca lo estético; su centro, más bien, se desplaza. En lugar de cerrar el mundo en una forma acabada, el canto se abre a lo que no puede ser reducido ni explicado del todo: la alteridad. De ahí que este vallenato inquieta más de lo que complace; deja preguntas donde antes había certezas.
Un punto especialmente sugerente del análisis es la idea de “ontocidio”, entendida como esa forma de negación en la que el otro no solo es oprimido, sino borrado simbólicamente. Frente a ello, la canción opera como un gesto contrario: nombra, recuerda, restituye. Al mencionar al niño campesino, al indígena sinuano o al despojado, no solo los visibiliza, también les devuelve un lugar en el mundo compartido. En ese sentido, cantar se acerca mucho a resistir.
Así, la obra de Máximo Jiménez no se limita a sostener una idea de la ética: la encarna. En sus versos no hay distancia cómoda; hay implicación. El cantor no observa desde afuera, responde desde adentro. Y en ese acto, su propia subjetividad se transforma.

La distinción que propone López Vergara entre el vallenato social crítico y el revolucionario ayuda a precisar aún más esta lectura. El primero denuncia, señala la herida; el segundo intenta ir un poco más allá: busca incidir, transformar, impedir que esa herida se normalice en el silencio. No se trata únicamente de una diferencia estética, revela una forma distinta de asumir el compromiso.
También resulta significativo el recorrido académico del profesor López Vergara: formado en filosofía en la Universidad de Cartagena y posteriormente Magíster por la Universidad del Atlántico, ha orientado su trabajo hacia la ética, la estética y la tecnología, siempre desde una perspectiva formativa y crítica. Su labor como docente y su vínculo con el programa radial Música del Patio en UdeCRadio refuerzan esa conexión entre pensamiento y territorio.
Al final, el llamado “vallenato revolucionario” no es solo una etiqueta: es, en realidad, una manera de estar en el mundo. Una forma de hospitalidad que se expresa en sonidos, una pedagogía silenciosa de la dignidad. El acordeón, en este contexto, deja de ser festivo sin perder su esencia musical: se vuelve conciencia.
Y quizá ahí reside su fuerza más profunda. En recordarnos que hay cantos que no se agotan en lo que dicen, sino en lo que nos exigen. Porque cuando el arte logra nombrar al otro, ya no es tan fácil volver intactos a la indiferencia.
Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado
Luis Durán Escorcia: la herencia que canta en la sangre
«La música es suficiente para toda una vida, pero una vida no es suficiente para toda la música»: Serguéi Rajmáninov (músico, pianista y director de orquesta ruso)
Por Ramiro Elías Álvarez Mercado
En la geografía espiritual del vallenato, donde la memoria se vuelve canto y el canto se transforma en destino, hay nombres que no solo pertenecen a una tradición: la prolongan como un río que insiste en su cauce. Así ocurre con Luis Durán Escorcia, nacido el viernes 12 de febrero de 1960 en El Paso, Cesar, un territorio al norte de Colombia donde el viento parece aprender primero a silbar melodías antes que a guardar silencio.
Hijo del maestro Nafer Durán y sobrino del legendario Alejandro Durán, integrante de una de las familias más representativas de la música vallenata: los Durán, su historia no empieza con él; lo atraviesa desde mucho antes de su nacimiento. Es heredero de juglares que no solo hicieron historia, también la sembraron como una manera de entender el mundo; la vida como relato cantado, el dolor convertido en verso necesario, la alegría asumida como una forma de resistencia.
Dentro de esa estirpe, Luis no repite: continúa con conciencia; no es eco, es una voz que reconoce su origen para orientar su canto. Hablar de su herencia musical implica entender que, en su caso, no se trata únicamente de una filiación familiar, sino de una transmisión profunda de sensibilidad. En la tradición de los Durán, el vallenato no es únicamente un género: es una ética del sentir. De Nafer, la sobriedad expresiva; de Alejandro, la raíz juglaresca que conecta con la tierra y la oralidad. En Luis confluyen esas corrientes, pero filtradas por su propia experiencia, lo que le permite construir una obra que respeta la tradición sin quedar atrapada en ella. Su música no mira el pasado con nostalgia inmóvil: lo conversa, lo interpreta y lo proyecta hacia nuevas sensibilidades.

En esa misma línea de herencias que no siempre se nombran, pero que resuenan, también se percibe en algunas de sus canciones la influencia de la tambora, esa manifestación cultural que late como memoria rítmica de su pueblo, El Paso. No es un aprendizaje académico ni una adopción consciente: es una huella que habita en la sangre, heredada de su abuela paterna, Juana Francisca Díaz, y de un linaje que hizo de la celebración una forma de existencia. Allí, en ese pulso festivo que atraviesa generaciones, se origina una alegría que no es superficial, pero sí profundamente identitaria; una energía que se filtra en ciertas composiciones como un eco del territorio, como si el tambor ancestral siguiera marcando el compás invisible de su sensibilidad.
Sin embargo, su destino no se limitó a la música. Como ingeniero civil, formado con disciplina y rigor, aprendió a construir desde la materia lo que en la música levanta desde el alma. Hay en ello una dualidad reveladora: mientras el ingeniero edifica estructuras que desafían el tiempo, el compositor levanta emociones que lo trascienden. Dos formas de permanencia, dos maneras de dejar huella que, lejos de contradecirse, dialogan en su vida con naturalidad.
Su formación académica inició en la escuela John F. Kennedy de Santa Marta, continuó en el colegio Hugo J. Bermúdez de la misma ciudad y se consolidó profesionalmente en la Corporación Universitaria de la Costa (C.U.C.), en Barranquilla, donde se forjó como ingeniero civil. Ese recorrido no solo evidencia disciplina intelectual, también revela una personalidad capaz de habitar distintos mundos sin perder coherencia.
Su obra musical, extendida en decenas de canciones, ha encontrado morada en algunas de las voces más representativas del vallenato. Intérpretes como Jorge Oñate, Diomedes Díaz, Silvio Brito, Iván Villazón, Poncho Zuleta, Farid Ortiz, Beto Zabaleta, Peter Manjarrés, Ivo Díaz, Robinson Damián, Carlos Malo y Martín Elías han sido vehículos de su sensibilidad. Sin embargo, es en la voz de Jorge Oñate donde su poesía parece encontrar un cauce privilegiado, como si entre compositor e intérprete existiera una complicidad silenciosa que convierte cada canción en una forma compartida de destino.
Canciones como “El amor de mi vida”, “Orgulloso de ti”, “Unidos de nuevo”, “Me mata el dolor”, “Qué es lo que quieren”, “La negra de dos amores”, “La enamorada”, “Tanto como la adoraba”, “Del rey es la reina”, “No llores”, “Tanto como la quería”, “El que busca encuentra”, “Mi corazón eres tú”, “Árbol deshojado”, “Cómo quieres que te olvide”, “Gracias a Dios”, “La más linda” o “El bohemio”, entre muchas otras, no son únicamente composiciones: son fragmentos de existencia traducidos en melodía. En ellas habita una mirada que no le teme a la emoción directa, que entiende el amor como una verdad vulnerable y el desamor como una forma de conocimiento.
Aunque sabe pulsar el acordeón, instrumento que en el vallenato no es objeto, es lenguaje, lo hace con la humildad de quien no busca protagonismo en la ejecución, más bien cuida el espíritu de la parranda. Toca, por decirlo así, para sostener la noche, para que la fiesta no se apague, para que la conversación entre amigos conserve la música como fondo y como sentido. No es el acordeonista de oficio: es el músico que comprende que el vallenato no siempre exige virtuosismo, requiere autenticidad.
Además, su condición de cantautor reafirma su vínculo integral con la música: no solo escribe, también interpreta su propio universo. Ha dejado testimonio de ello en trabajos discográficos como “La Piquería”, “De Parranda con Luis Durán Escorcia”, “Ahora canto mejor”, “Volvió mi canto”, “Vida y obra de Nafer Durán” y “Mi mejor momento”, donde su voz se convierte en extensión natural del verso y en afirmación de su identidad artística.

Hay, en todo ello, una dimensión menos visible pero igualmente profunda: Durán Escorcia representa la continuidad de una memoria que no se archiva, se canta. Su obra no se limita a registrar emociones individuales; también recoge una experiencia colectiva donde el vallenato funciona como archivo vivo de la región Caribe. En sus canciones persiste la conversación entre generaciones, el diálogo entre lo vivido y lo heredado, entre lo íntimo y lo comunitario.
Luis Durán Escorcia encarna, en esencia, una forma de fidelidad: a la tradición que lo antecede, a la palabra que lo habita y al sentimiento que lo impulsa. En él, la música vallenata no es una nostalgia detenida, es una memoria en movimiento, una revelación constante donde la vida se manifiesta en cada canción. Porque hay compositores que escriben canciones, y hay otros, como él, que escriben la vida para que otros la canten.
Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado
El gran Martín Elías’, comenzó a cantar desde los seis años
Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv
Diomedes Diaz a través de sus canciones hizo mención de sus padres, esposa, hijos, ahijados, amigos y todo lo que giraba en su entorno. Hasta le cantó a su primera cana y pudo sacar de su memoria a un cóndor herido para que se curara del dolor de amor.
En ese proceso tuvo gran deferencia con el hijo menor que tuvo con su esposa Patricia Isabel Acosta Solano, a quien desde que nació el 18 de junio de 1990, dijo que se llamaría ‘El gran Martín Elías’ en homenaje a su tío y papá musical Martín Elías Maestre Hinojosa.
Diomedes supo la noticia de la llegada al mundo de su hijo en una de sus presentaciones musicales y enseguida manifestó que se iba a llamar ‘El gran Martín Elías’. Esa era su decisión, pero al momento de registrarlo, el notario le explicó que debía ser nada más Martín Elías. ‘El Cacique de La Junta’ insistió e insistió hasta ponerse bravo. Al final quedó registrado como Martín Elías, pero su papá siempre lo llamó como quería, contrariando al registro civil y después a la cédula de ciudadanía.
En los registros sonoros de sus grabaciones, año 1990, en la canción ‘Llegó el verano’ de la autoría de Gustavo Gutiérrez, en una de sus animaciones lo nombró como ‘El gran Martín Elías’. También en versos de la canción ‘Mi primera cana’ que hizo parte del trabajo musical ‘Titulo de amor’ (1993) lo oficializó, y así se quedó para siempre. “Por ejemplo, me diste una mujer que ha sido como la madre mía, de Luis Ángel, de Santo Rafael de Diomedes y El gran Martín Elías”.
La primera vez que Martín Elías subió a una tarima fue a los seis años porque su papá lo llevó a cantar a una presentación realizada en Valledupar, pero su aparición en la pasta sonora sucedió a los 11 años por iniciativa de su tío Elver Díaz, quien era el director del grupo ‘La familia de Diomedes’.
En esa ocasión grabó la canción ‘Amor inocente’ del compositor Gaby Arregocés. Siguió grabando con la agrupación familiar hasta que se unió con el acordeonero Rolando Ochoa y después con Juancho de la Espriella, regresando nuevamente con el hijo de Calixto Ochoa. En total grabó nueve producciones musicales.
Diomedes tenía a su hijo ‘El gran Martín Elías’ en un lugar destacado. Lo adoraba tanto que siempre lo tuvo en cuenta en sus grabaciones, incluso en su última producción musical ‘La vida del artista’ grabaron la canción ‘Ni amigos, ni novios’. Es así como quedaron para la historia cantos, versos, lugares y hechos donde la inspiración tuvo su nido con el apellido Díaz.
Vida rápida
En su corta carrera musical el amor visitó a Martín Elías bien temprano y se casó con Claudia Isabel Varón Sánchez, conocida como ‘Caya’, el seis de julio de 2007. De esa unión nació Martín Elías Díaz Varón, el 14 de noviembre de ese mismo año. Después se separó y se casó el 24 de octubre de 2014 con Dayana Jaimes García, de cuya unión nació el 21 de mayo de 2015, su hija Paula Elena, ‘La Purri’, como solía llamarla su progenitor.
Todo lo de Martín Elías Díaz fue rápido y de esa manera también corrió a despedirse de la vida, el viernes 14 de abril de 2017, sin una segunda oportunidad porque la gloria se le había adelantado a la velocidad de un rayo, quedando para el recuerdo momentos felices y tristes como cuando el hijo despidió al padre el 22 de diciembre de 2013 y pocos días después manifestó: “Mi papá me dijo en un sueño que no lo llorara”.
En esa cadena de episodios gracias al lente de Hernando Vergara, aparece la fotografía de Diomedes Díaz con ‘El gran Martín Elías’ sentado en sus piernas, ese joven que se paseó por el universo vallenato dejando un mensaje de alegría donde los retazos del sentimiento cantado los bordaba con amor. “Martín Elías fuiste grande, nadie te va a remplazar, y ahora cantas con tu padre en el coro celestial”.
Llevando la bandera
Pasados los años Martín Elías Jr. está consolidando su carrera musical vallenata honrando el legado de su padre, con presentaciones y grabaciones propias. Muy bien lo ha venido señalando. “La historia continúa por medio de mi cantar, y voy a seguir los pasos que dejó mi papá”. Hace pocos días también dejó sentada una significativa frase. “Te amaré, así pasen mil años”.
Entre los recuerdos de su papá, manifestó que lo llamaba “El negrito” y de sus canciones grabadas se queda con ‘El látigo’, ‘El boom del momento’, ‘Ábrete’ y ‘10 razones para amarte’. Seguidamente añadió, “A mi papá lo sigo recordando por su bella manera de tratarme y por el último regalo que me hizo que fue una manilla”.
En otro contexto todavía Rodrigo Contreras, el único testigo del accidente que le costó la vida a Martín Elías a unos siete kilómetros de San Onofre hacía Tolú, Sucre, en un sector rural conocido como ‘Aguas negras’, recuerda el hecho. “Me encontraba junto a dos de mis hijos sentado en la terraza. El día despuntaba, cuando de pronto ví un carro blanco acercarse, luego veinte metros antes de llegar al frente de mi casa el tiempo pareció detenerse y sucedió una escena de segundos, pero que parecieron horas; escenas marcadas que uno ni se imagina poder vivir”.
Continuó diciendo. “Salí corriendo con el ánimo de ayudar; decir en ese momento que sabía de quien se trataba, seria mentir. Cinco minutos después apareció el acordeonero Rolando Ochoa, y fue quien identificó a los accidentados. Después se supo de la muerte de Martín Elías”.
Nueve años sin el artista carismático, querendón y que supo ganarse un lugar propio en la historia del vallenato. En su tumba se vuelven a repetir lágrimas, cantos, recuerdos y la tristeza que no se mide en palabras, sino en el vacío que dejó.


Becerril rindió homenaje al legado del Binomio de Oro en el lanzamiento del Festival de la Leyenda Vallenata 2026
Con un ambiente cargado de música y sentimiento el municipio de Becerril fue escenario del lanzamiento de la versión 59 del Festival de la Leyenda Vallenata que este año rinde un merecido homenaje a Israel Romero, Rafael Orozco y a El Binomio de Oro de América.
La tierra que vió nacer a Rafael Orozco se convirtió en el epicentro de un emotivo encuentro cultural donde la música vallenata fue protagonista a través de muestras folclóricas y presentaciones artísticas que exaltaron la identidad de la región.
Durante la jornada se destacó la participación de la Escuela de Música y Arte Filemón Quiroz de Becerril y del Centro Orquestal Rafael Orozco, cuyos integrantes rindieron un homenaje sentido interpretando los mejores éxitos del Binomio de Oro. Está presentación reafirmó el compromiso de las nuevas generaciones con la preservación del folclor vallenato.
El evento también contó con la presentación del Rey Vallenato 2025 Iván Zuleta y del Rey Juvenil 2025 Santiago Oñate, quienes deleitaron a los asistentes con su talento, demostrando su habilidad excepcional para tocar el acordeón y del grupo de piloneras, categoría mayor de la población. De igual manera, la puesta en escena del actor, músico, acordeonero y escritor Víctor José Navarro Jiménez, quien asumió el papel de un juglar narrador, donde su voz fue el puente entre la tradición y el presente, guiando al público por un recorrido sensible, evocador en el que la música y la palabra estuvieron entrelazadas.
Uno de los momentos más significativos del evento fue la presencia del acordeonero Israel Romero, quien visiblemente emocionado, compartió unas sentidas palabras. “Como saben todos soy villanuevero, pero también soy mitad becerrilero. Mi familia también está aquí, mis raíces están aquí. Estoy muy emocionado de visitar esta querida tierra, en este homenaje que le hace la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata en compañía de la Alcaldía de Becerril a mi compadre querido Rafa Orozco. Sé que en el cielo está muy feliz”.
El coordinador de cultura del municipio de Becerril José Salatiel Madrid, sobre el certamen, señaló. “La alcaldía de Becerril y su primera autoridad Fabián Martínez, la primera gestora municipal Carmela García Romero y todo el equipo de gobierno queremos agradecer a la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata por permitirnos llevar a cabo este acto de lanzamiento donde quedó sentado el amor a la cultura, la música y el gran legado de Rafael Orozco”.
El Festival de la Leyenda Vallenata en su versión 59 será un amplio espacio de encuentro para honrar la historia, celebrar la música y mantener viva la esencia de un género que identifica a todo un país.
Del 29 de abril al 2 de mayo de 2026, Valledupar abrirá sus puertas para vivir una fiesta inolvidable, en la que el legado de Rafael Orozco, Israel Romero y el Binomio de Oro volverán a latir con fuerza en cada acorde de los acordeones, en cada canto, en cada verso y en cada corazón. Todos están invitados.















