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Abiertas las inscripciones para el 54° Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje a Rosendo Romero ‘El Poeta de Villanueva’

-El periodo de inscripciones para los distintos concursos será del 26 de julio hasta el 18 de septiembre de 2021-

Con la finalidad de continuar con la tarea de conservar y promover la auténtica música vallenata y reactivar con responsabilidad la economía de Valledupar, guardando todas las medidas de bioseguridad, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata da apertura a las inscripciones de los distintos concursos del 54° Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje al cantautor Rosendo Romero Ospino, ‘El poeta de Villanueva’ que se llevará a cabo del 13 al 17 de octubre de 2021.

Las inscripciones serán por un periodo de 55 días iniciando desde el lunes 26 de julio y concluyendo el sábado 18 de septiembre de 2021. Se recibirán únicamente a través del correo electrónico: inscripcionesfestival@hotmail.com

Por otra parte los formatos de inscripción, requisitos y reglamentos de los distintos concursos se encuentran en la página web www.festvalvallenato,com

Concursos

El 54° Festival de la Leyenda Vallenata que cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Valledupar, tendrá los siguientes concursos: Acordeón Profesional, Acordeonera Mayor, Acordeón Aficionado, Acordeón Juvenil, Acordeón Infantil, Acordeonera Menor, Piqueria Mayores, Piqueria Menor y Canción Vallenata Inédita.

Como la novedad de este año, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata debido a que las circunstancias de la pandemia no permiten realizar el Desfile de Piloneras, hará en la plaza Alfonso López, tarima Francisco El Hombre, el concurso de Piloneras, para el cual se invitarán a los 10 grupos ganadores de la categoría mayor, y cinco de juvenil e infantil, respectivamente, desde el año 2019 para atrás.

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Aquel ‘Misterio’ que le pusieron a Leandro Díaz para nunca quererlo

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

El maestro Leandro Díaz tuvo la virtud de inspirarse en las mujeres dedicándoles diversas canciones, teniendo como ejemplo ‘El poder del pensamiento’ donde plasmó su sentimiento. “Yo siempre tuve la costumbre de ser amable con la mujer, y cuando me enamoraba, yo me entregaba sin condición”. Así pudo reflejar su filosofía de vida describiendo el mundo con los ojos del alma.

‘El cantor de Altopino’, construyó una cantidad de versos que nacieron con melodías propias para descifrar los secretos del amor, pero en una ocasión el destino le planteó un ‘Misterio’ y la conquista no aterrizó, conformándose con agarrarle las manos a la mujer o solamente escuchar su voz.

Todo sucedió en San Diego, Cesar, aquel pueblo hermoso y colmado de bendiciones, como lo describió el poeta-cantor Gustavo Gutiérrez Cabello. El asunto se puso tan complicado que utilizó algunas estrategias, pero a ella nada logró convencerla para que abriera su corazón. Al no poder superar las murallas emocionales, optó por hacerle un canto alegre, demostrando su inconformidad por el tiempo perdido.

Es así como nació el merengue ‘Misterio’, canción grabada inicialmente en el año 1975, por Jorge Oñate y Emiliano Zuleta Díaz, en el disco ‘La parranda y la mujer’. “Cada vez que vengo a visitarte te pones esquiva morena mía. He venido a preguntarte qué te sucede María. Sé es que estás arrepentida o no quieres ser mi amante. Yo quisiera saber negra linda, la pena que acosa tu corazón”. En los cuatro minutos y 36 segundos del recorrido del tema pidió explicaciones y formuló soluciones.

La preocupación corría a paso firme. “Un día me pone atención, otro día está retraída. Que tremenda confusión, la que yo tengo en la vida. Qué misterio tiene mi morena me pone problemas para querer. Me preocupa María Elena, ese raro proceder. Si es que ya no quieres negra, dímelo pa’ no volver”.

Después de más de 50 años del hecho que no floreció quedándose en el intento, se encontró a la protagonista María Elena Daza de Iceda, hoy con 84 años a cuestas, y quien todavía vive en San Diego. Ella, muy amablemente aceptó contar el secreto que tenía guardado, el cual según Leandro Díaz la mantenía martirizada.

El encuentro en su casa fue con una sonrisa de su parte accediendo a retroceder el tiempo. “Leandro llegaba a la casa porque era gran amigo de Bladismiro, un hermano mío, y muchas veces habló conmigo. Comenzó a frecuentar la casa y en una de esas ocasiones se me declaró”.

Se quedó callada adjuntando más recuerdos. “Le dije que no estaba para eso, y además él vivía con una amiga mía, Clementina, la mamá de Ivo Díaz, y yo quería seguir sola con mis dos hijos, ya que mi esposo había muerto. Él continuó y como no pasó nada me saco una canción de nombre ‘Misterio’, que era su punto de vista de lo que había pasado”.

Siguió narrando su propia historia. “Cuando él hizo la canción me llamó y me la cantó diciéndome que era mía. Más adelante, escuché la canción en la voz de Jorge Oñate y comenzó la preguntadera de los paisanos. Es más, Martín Iceda, mi hijo, gran amigo de Ivo Díaz, jocosamente se decían hermanos”. Soltó una sonora carcajada.

En aquel momento de la entrevista dijo que en la canción dijo la verdad y para corroborarlo cantó un verso. Después, continuó siendo amiga de Leandro a quien admiraba porque supo sobresalir en la vida. “Era todo un genio que alcanzó la gloria”, añadió.

Ese día estuvo en el monumento a Leandro Díaz, ubicado en San Diego, donde María Elena volvió a platicar del hombre callado y quien, a pesar de su ceguera, poseía una capacidad única para describir paisajes, emociones en sus canciones y el amor mediante los sentidos. Tenía la más grande conexión emocional.

Era el mismo hombre que encontró en el momento preciso de su existencia la táctica para derrotar las penas, exaltar a las mujeres, así algunas lo despreciaran tal como sucedió con la famosa gordita. Efectivamente, a ella optó por castigarla cantando porque no podía maldecirla, debido a que era un acto de cobardía.

La historia de Leandro Díaz, homenajeado en el Festival de la Leyenda Vallenata del año 2011, se puede contar de mil maneras, pero siempre aparecen dos ojos sin oficio que tenían la connotación de ser del alma, una memoria lúcida y versos maravillosos que dieron cuenta de la belleza interior de la mujer destilando perfume, y con el encanto que la hace única.

La historia se quedó corta, pero en el ambiente pueblerino se calcó un pedazo de la obra de ese ser inigualable, quien se comparó con el cardón guajiro, al que nunca ni el sol lo marchitó. Tampoco el tiempo tuvo la potestad de esconderlo en el olvido al recordarse la frase. “Si Dios no me puso ojos en la cara, fue porque se demoró lo necesario para ponérmelos en el alma”.

Al final cuando María Elena Daza de Iceda, así indicó que apareciera escrito, iba camino a su casa después de la visita al monumento, sorprendió con una reflexión. “En todo este rato he hablado de una historia verdadera en la que serví de inspiración, pero ahora el amor anda en el aire y cuando cae se vuelve nada, nada”.
Esas son las paradojas de la vida porque para Leandro Díaz, la verdadera visión nacía del sentimiento y se alojaba en la memoria creando su propia luz interior.

Luis José Hernández Bornachera: semilla del acordeón vallenato.

Con apenas 12 años de edad, Luis José Hernández Bornachera se consolida como uno de los talentos infantiles más destacados del acordeón vallenato. Nació en Barranquilla, pero a los 20 días de nacido se trasladó a Valledupar, ciudad en la que ha crecido y se ha formado musicalmente, abrazando desde muy temprano la tradición vallenata que identifica a la región.

Actualmente cursa séptimo grado de educación básica y su acercamiento al acordeón se dio a los 7 años, cuando descubrió que la música vallenata despertaba en él una pasión especial. Un vecino, al notar su amor por la música, le obsequió su primer acordeón de dos teclados, gesto que marcó el inicio de un camino artístico lleno de disciplina, constancia y sueños.

Formación musical y disciplina

Luis José ha tenido la oportunidad de recibir enseñanzas de reconocidos maestros del folclor vallenato como Andrés “El Turco” Gil, Romario Munive, Jairo Suárez, Víctor Campo, Hildemaro Bolaño, Carlos Bracho y Marcos Jiménez, quienes han contribuido de manera significativa a su formación técnica y musical.

Su proceso de aprendizaje se caracteriza por la disciplina. Practica alrededor de dos horas diarias en las tardes y, antes de asistir al colegio, realiza un repaso de sus estudios musicales, convencido de que la constancia es clave para mejorar cada día. Además, forma parte del grupo Los Niños del Vallenato del “Turco” Gil, semillero donde continúa fortaleciendo su talento.

El ritmo que más disfruta interpretar es el merengue vallenato, al que considera alegre, dinámico y exigente en destreza. Para él, este aire transmite energía, anima al público y permite demostrar la agilidad del acordeonero en el escenario.

Influencias y sensibilidad artística

Entre sus principales referentes musicales se encuentran grandes figuras del acordeón como Emiliano Zuleta, Gonzalo Arturo Molina “Cocha Molina” y Juancho Rois, acordeoneros que han dejado una huella profunda en la historia del vallenato y en su inspiración personal.

Cuando Luis José interpreta el acordeón experimenta una mezcla de alegría, orgullo y una conexión muy especial con la música y el público. Es un sentimiento que, según expresa, va más allá de las palabras y se manifiesta en cada nota que ejecuta.

Experiencia en festivales y escenario

A su corta edad, Luis José Hernández Bornachera cuenta con una destacada trayectoria en festivales vallenatos, donde ha demostrado su talento y madurez musical. Ha sido coronado rey en certámenes realizados en El Molino, La Distracción, Centro Comercial Guatapurí, Don Alberto, Albania y Mariangola. Asimismo, ha obtenido segundos y terceros lugares en otros concursos, logros que lo motivan a seguir perfeccionándose.

Su participación en el Festival Vallenato representa para él una experiencia llena de emoción y orgullo, ya que considera este escenario como una gran oportunidad para mostrar su talento y representar la música que ama. Lo que más disfruta de tocar frente al público es observar las sonrisas, los aplausos y el disfrute de quienes se conectan con su interpretación.

Sueños, proyección y mensaje

El gran sueño de Luis José es convertirse en un acordeonero profesional y, si Dios se lo permite, alcanzar algún día el título de Rey Vallenato en el Festival de la Leyenda Vallenata. Su visión está marcada por la fe, el trabajo constante y el amor por el folclor.

A los niños que sueñan con aprender música vallenata, les envía un mensaje claro y sincero: nunca rendirse, practicar con disciplina y amar lo que hacen, porque con esfuerzo y dedicación los sueños sí se cumplen.

El apoyo familiar ha sido fundamental en su proceso artístico. Sus padres, su hermana y toda su familia representan su mayor fortaleza y motivación. Para Luis José, su familia lo es todo, ya que sin su respaldo constante no sería posible avanzar y alcanzar las metas que se ha propuesto en su carrera musical.

Juan Manuel Pérez Sánchez: El Catedrático

«La música es una forma de soñar juntos y de ir a otra dimensión»: Cecilia Bartoli (mezzosoprano italiana)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Desde el ritmo primitivo de los tambores tribales hasta la resonancia melódica de una gran sinfonía universal, el poder de la música ha sido una fuerza profunda, casi mística, en la historia de la humanidad. La música es mucho más que una colección organizada de sonidos: es emoción convertida en lenguaje, es identidad hecha melodía, es memoria colectiva y experiencia compartida que atraviesa generaciones. Durante siglos, la música ha servido como un puente invisible que une culturas diversas, territorios distantes y almas que jamás se han visto pero que se reconocen en una misma vibración sonora. Su influencia en el comportamiento, en las emociones humanas y en la construcción espiritual de los pueblos no tiene comparación. La música es en esencia la forma más pura de conversación entre el corazón y el tiempo.

La música es como una autopista que une el pasado de luces y sombras con el futuro incierto, y es clave para aprender a vivir en paz con uno mismo, con quienes te rodean y con el mundo exterior; por eso hay que buscarla, seguirla y no abandonarla jamás.

En el género vallenato existen compositores que llevan en su ADN la música que parecen haber sido elegidos por el destino para traducir la vida en versos y acordes. Es justamente el caso de Juan Manuel Pérez Sánchez, hijo de Chiriguaná, municipio colombiano ubicado en el centro del departamento del Cesar, al norte del país. Un territorio que respira Caribe por cada poro de su historia, un epicentro de riqueza cultural donde las tradiciones folclóricas son herencia viva, donde la tambora es latido ancestral y donde la conexión con la majestuosa Ciénaga de Zapatosa define el carácter espiritual de su gente.

Chiriguaná es un cruce de caminos culturales donde resalta la herencia indígena y afrodescendiente manifestada en danzas, bandas de viento, cantos tradicionales, vallenato y en una fuente musical que parece no agotarse jamás. Allí, la música no es entretenimiento: es identidad, es raíz, es destino. Y fue precisamente en medio de esa riqueza sonora donde Juan Manuel abrió los ojos a la vida un viernes 23 de junio en el hogar conformado por Miguel Pérez Arévalo y Juana María Sánchez Ravadán. Su padre, compositor, decimero y poeta; su madre, cantadora de tamboras. Es decir, la música no solo estaba en su entorno: estaba en su sangre, en su herencia genética, en la memoria ancestral de su familia.

Su inclinación musical se manifestó desde muy temprana edad. A los cuatro años ya cantaba las canciones de moda que escuchaba en la radio, repitiendo melodías como si el oído hubiese nacido entrenado. A los ocho años apareció su musa por primera vez, inspirándolo a crear su primera canción: “El sentir de mi tonada”, un hecho que no puede desligarse del ambiente musical permanente de su hogar, donde la música era tan natural como el aire que se respiraba.

Juan Manuel, es el menor de ocho hermanos, pero fue quien cumplió el sueño más profundo de su padre: tener un hijo compositor. Desde ese momento contó con el respaldo absoluto de su familia. La emoción de su padre fue tan profunda que, entre lágrimas, se arrodilló, lo abrazó y le dio gracias a Dios, entendiendo que aquel niño no solo heredaba su apellido, sino también su misión musical.

Su primera gran prueba llegó cuando se presentó en el ‘Primer Encuentro de la Cultura y el Deporte’ realizado en su pueblo, en la modalidad de canción inédita. Compitió contra compositores reconocidos y, contra todo pronóstico, obtuvo el primer lugar. Ese festival se convirtió en el trampolín que lanzó al naciente artista al panorama musical. El premio sorprendió a muchos, pues hasta ese momento Juan Manuel era conocido principalmente por ser un estudiante brillante y un sobresaliente futbolista, un goleador que con su talento rompía las redes contrarias con la misma contundencia con la que luego rompería corazones a través de sus canciones.

Si algo ha caracterizado a Juan Manuel Pérez Sánchez es su disciplina para llevar de la mano su carrera musical y su formación académica. Culminó sus estudios de bachillerato en el ‘CONALCHI’ (Colegio Nacional de Bachillerato de Chiriguaná). Luego se graduó como Comunicador Social y Periodista de la Universidad Autónoma del Caribe, en Barranquilla, y posteriormente se especializó en Gobierno y Gestión Pública. Un equilibrio entre la sensibilidad artística y el pensamiento estructurado, entre la emoción del compositor y la responsabilidad del ciudadano.

Fue precisamente en su etapa universitaria cuando tuvo un acercamiento con el dos veces Rey Vallenato, Julio César Rojas Buendía que buscaba canciones para su nuevo trabajo discográfico. Sin embargo, cuando Juan Manuel llegó, la selección de temas ya estaba cerrada. Aun así, su talento dejó huella, y fue recomendado con Miguel Herrera, quien hacía pareja musical con el acordeonista Luis “El Negrito” Villa. Así lograron llevar al acetato un paseo vallenato romántico titulado “Solo tú me puedes curar”, en el año 1992. Ese momento marcó el verdadero despegue de su carrera musical.

La canción empezó a sonar en emisoras, y el nombre de Juan Manuel comenzó a recorrer los pasillos de la industria vallenata. Nacía así un compositor con identidad propia, con sensibilidad narrativa y con una profunda capacidad para convertir emociones humanas en poesía cantada. Su pluma no tardó en multiplicarse en obras que hoy hacen parte del cancionero sentimental del vallenato.

Títulos como “Despacito linda”, “90 – 60 – 90”, “Reina de reinas”, “Estás muy buena”, “Pa’ cogerte cría”, “Me quieren y no me quieren”, “Corona de espinas”, “Solterito y a la orden”, “A mi viejo”, “Carta de Navidad”, “Necesito verte”, “Quién te calentó el oído”, “Linda” y “La que me quita el sueño”, entre muchas otras composiciones, confirman la versatilidad temática de un autor capaz de navegar entre el amor romántico, la picardía caribeña, la nostalgia familiar y la reflexión existencial.

Voces consagradas del canto vallenato han llevado su obra al corazón del pueblo. En ese selecto listado se destacan leyendas como Poncho Zuleta, Jorge Oñate, Diomedes Díaz, Beto Zabaleta, Iván Villazón, Silvio Brito, Farid Ortiz, Robinson Damián, Miguel Herrera, Joaco Pertuz, Luis “El Pade” Vence y Fabián Corrales. A la vez, nuevas figuras del vallenato han encontrado en su obra una fuente viva de repertorio, entre ellos Silvestre Dangond, Peter Manjarrés y el recordado Martín Elías, demostrando que su música no pertenece a una época, sino a la esencia misma del sentimiento vallenato.

Después de graduarse y ejercer su profesión, tuvo la oportunidad de desempeñarse como profesor en la Universidad de Pamplona, en Norte de Santander, en modalidad a distancia, y posteriormente en la Universidad Popular del Cesar, en Valledupar. Fue precisamente en ese contexto académico donde el reconocido locutor Javier Fernández Maestre decidió bautizarlo con un apodo que terminaría definiendo su esencia pública y profesional: “El Catedrático”. Un nombre que no solo hace referencia a su ejercicio docente, sino a su manera de componer: con estructura, con profundidad conceptual, con narrativa emocional y con la capacidad de enseñar a través de cada verso.

Porque Pérez Sánchez no solo escribe canciones: escribe lecciones de vida envueltas en melodía. En él convergen el aula y la tarima, la teoría y el sentimiento, la academia y la sabiduría popular del Caribe profundo. Su obra demuestra que el vallenato no es solo música para bailar o enamorar, sino también un archivo emocional de los pueblos, una bitácora sentimental donde se registran alegrías, nostalgias, amores y despedidas. En ese orden de ideas, es menester destacar que el cantautor soñador tuvo la oportunidad de grabar 2 producciones musicales: una al lado del acordeonista mariangolero Marcos Jiménez, titulada ‘ Mi Mejor Jugada’ en el año 2002 y la segunda en 2005 titulada ‘De La Mano de Dios’, acompañado del Rey Vallenato 2005 Juan José Granados.
“El catedrático” Juan Manuel Pérez también ha tenido el honor de haber sido elegido en dos ocasiones como Mejor Compositor del Año en Colombia, en los años 1998 y 2002.

Juan Manuel Pérez Sánchez representa esa figura del compositor que entiende que la música es memoria viva, documento emocional y puente entre generaciones. Un hombre que nació en un territorio donde la música no se aprende: se hereda, se respira y se honra. Porque hay compositores que escriben canciones, y hay otros, como «El Catedrático», que construyen reflejos emocionales donde generaciones enteras aprenden a amar, recordar y resistir. Su obra no sólo suena: permanece. No sólo emociona: trasciende. Y mientras exista un acordeón contando historias y una voz llevando sus versos al viento del Caribe, su música seguirá latiendo, en el corazón mismo del vallenato.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Biografía Artística- Eliecer Rada Serpa (Compositor)

Eliécer Rada Serpa nació en la ciudad de Montería en el año 1963. Hijo de padres campesinos, cultivadores de la tierra, su infancia transcurrió en el entorno rural, donde se forjaron valores fundamentales y una sensibilidad especial hacia la vida y el arte. De su padre heredó el amor por la música y la composición, semillas que más adelante darían frutos en su quehacer creativo.

Desde muy temprana edad se formó como lector, teniendo contacto con grandes obras de la literatura universal. Entre los versos de autores como Unamuno, Bécquer y Mutis, fue construyendo una mirada propia y una manera distinta de expresar las ideas y los sentimientos. Sus primeros pasos en la escritura se dieron a través de cuentos, relatos y poemas cortos, hasta que, seducido por las melodías, encontró en la composición vallenata un camino definitivo.

Se formó como bachiller y posteriormente obtuvo el título de Licenciado en Ciencias de la Educación. En la actualidad se desempeña como rector de una institución educativa en la ciudad de Montería, labor que combina con su permanente vínculo con la cultura y el folclor de la región.

Dentro del ámbito musical, ha tenido actuaciones destacadas en la improvisación como verseador, siendo la décima su mayor fortaleza. Asimismo, ha ejercido en varias oportunidades el cargo de jurado en importantes festivales realizados en los departamentos de Córdoba, Sucre y Bolívar, aportando su conocimiento y experiencia al fortalecimiento de las tradiciones musicales.

En su más reciente inventario creativo registra un total de 53 canciones, de las cuales 12 han sido grabadas. La mayoría de estas obras han sido interpretadas por Fredy Hernández Moreno. Entre las excepciones se encuentra la ranchera La dama de la cantina, grabada por los Hermanos Muñoz, y el paseo Tu regreso, interpretado por el grupo El Jotismo.

Fredy Hernández ha grabado, entre otras, las siguientes composiciones de su autoría: El caminante (pasaje), Con otro amor, Gitana mía, Vuelvo al ruedo (merengue), La dama de la cantina, El fin de la historia, Pasa la página, Voy a ganar, Qué hago con los recuerdos, La totumita (merengue, de su padre), Se vale llorar y Cuál es mi pecado (merengue).

La canción «Se vale llorar», surge de una vivencia personal profunda, de momentos recientes en los que el llanto parecía imposible de contener. Al escribirla, el autor dejó fluir el alma sin reservas, dando como resultado una obra cargada de sentimiento y tristeza auténtica. En ese proceso recordó al maestro Gustavo Gutiérrez, quien tampoco se detuvo nunca a la hora de desnudar el alma en sus composiciones.

La interpretación de «Se vale llorar» en la voz de Fredy Hernández es considerada por el propio autor como una de las mejores de su carrera musical. Al escucharla, la emoción fue tal que lo llevó a las lágrimas, destacando la versión como excelente, majestuosa e impecable, fiel reflejo de la profundidad emocional de la obra.

Cuando los versos encuentran su voz: la alianza musical entre Beto Zabaleta y Rafa Manjarrés

«La música es el único placer sensual sin vicios»: Samuel Johnson (poeta y ensayista inglés)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

En la música universal siempre ha existido un misterio hermoso: ese instante en que un compositor y un intérprete se reconocen sin haberse buscado. Uno escribe desde la entraña, desde una herida, la felicidad, el amor o la nostalgia; el otro toma ese verso ajeno y lo vuelve propio, lo habita, lo respira y lo entrega al mundo como si hubiese nacido en su garganta. Es un entendimiento que trasciende géneros y fronteras, una comunión donde la inspiración encuentra su destino.

La historia de la música está llena de esos matrimonios artísticos que marcaron épocas: la voz de Rocío Dúrcal convertida en eco eterno de las canciones de Juan Gabriel; Manuel Alejandro escribiendo para que Raphael desgarrara el alma con cada interpretación; Martín Urieta encontrando en Vicente Fernández al cantor perfecto de la épica ranchera; Agustín Lara eternizado en la voz profunda de Toña La Negra; Omar Alfanno viajando en el soneo elegante de Gilberto Santa Rosa; Alfredo Le Pera fundido para siempre en los tangos con Carlos Gardel; o Tite Curet Alonso diciendo verdades que Héctor Lavoe volvió inmortales.

En todos esos casos ocurrió lo mismo: cuando el verso encuentra su voz, la canción deja de ser canción y se convierte en destino.

Ese mismo fenómeno, con identidad propia y raíz caribe, ha ocurrido en el vallenato. Y en esta oportunidad me voy a referir a la alianza musical entre Rafael Enrique Manjarrés Mendoza y Alberto Luis Zabaleta Celedón. Un encuentro que no se explica con lógica, sino con destino; donde la palabra nace herida de amor y la melodía aprende a respirar con alma. Una unión que parece haber sido escrita antes de que Beto y Rafa se conocieran.

Es una de esas coincidencias raras que no obedecen al azar, sino a una afinidad profunda, casi espiritual, entre quien escribe el sentimiento y quien lo pronuncia con su canto. Ambos nacieron en el extremo norte del territorio colombiano, allí donde La Guajira se vuelve canto cotidiano y la música corre por las venas como una herencia inevitable. Beto Zabaleta vio la luz un 17 de mayo de 1957 en El Molino, pueblo pintoresco donde la voz se forma entre parrandas y silencios largos. Rafael Manjarrés nació el 24 de marzo de 1960 en La Jagua del Pilar, tierra de poetas naturales, donde la palabra aprende temprano a doler y a enamorar. Dos pueblos distintos, una misma pasión. Dos caminos que, sin saberlo, iban rumbo al mismo canto.

Pero más allá de la música, entre ellos se tejió algo aún más fuerte: una amistad profunda, un compadrazgo sincero y unos lazos de hermandad que han sabido resistir el paso del tiempo. No solo se admiran como artistas; se respetan como hombres y se quieren como hermanos de vida. Esa cercanía humana ha sido, quizás, el verdadero secreto de su permanencia: la confianza, la lealtad y el afecto que trasciende los escenarios y los estudios de grabación.

Zabaleta, intérprete de raza, genuino, portento del canto, todo terreno del vallenato, encontró en las letras de Manjarrés un espejo perfecto para su sensibilidad. Y Rafael Enrique, poeta mayor de este folclor, halló en la voz de Beto al intérprete que mejor lo entiende, lo siente y lo traduce en emoción colectiva. No se trata solo de cantar bien: se trata de comprender el alma del verso, de saber dónde duele, dónde suspira y dónde se queda callado.

La historia de esta simbiosis comenzó en 1979, cuando la agrupación Los Betos, con Zabaleta como voz líder, grabó la canción titulada “Indecisión” en el trabajo discográfico Triunfadores, con el acordeón de Beto Villa. A partir de ahí se abrió una luna de miel musical que hoy se acerca a cinco décadas, cerca de cuarenta canciones grabadas y una amistad que ha resistido el paso del tiempo, las modas y los silencios.

Desde entonces, cada etapa de esta alianza eterna ha dejado huellas imborrables en el cancionero vallenato: ‘Desenlace’, ‘Aquel amor’, ‘Vuelve’, ‘Volví a tenerla’, ‘Puñados de oro’, ‘Como cambia el tiempo’, ‘Benditos versos’, ‘A una querida amiga’, ‘Canciones lindas’, ‘Dos vidas’, ‘Mi media naranja’, ‘Vuelve corazón’, ‘Así no es ella’, ‘Mil versos de olvido’, ‘Mentira’, ‘Dueña de mi felicidad’, ‘No quiero perderte’, ‘Con toda el alma’, ‘Ausencia’, ‘Amor ciento por ciento’, ‘La vida es así’, ‘Fuiste tú’, ‘Ella es’. Cada una es una estación distinta del alma, un testimonio de cómo el tiempo también puede escribirse en canciones.

Y aunque los años siguen pasando, la confirmación de este vínculo sigue intacta, recordándonos que hay duetos que no envejecen, que solo se profundizan. Porque cuando un compositor escribe pensando en una voz, y esa voz canta como si hubiera escrito la canción, ocurre algo raro y poderoso: la música deja de ser interpretación y se convierte en verdad.

Rafa Manjarrés y Beto Zabaleta no son solo grandes figuras del vallenato, son maestros y baluartes de un folclor que se sostiene gracias a alianzas como la de ellos. Uno, poeta de versos claros con profundidad literaria; el otro, cantor que les otorga vida y memoria. Juntos han regalado un repertorio que no solo se escucha: se siente, se recuerda, se hereda.

Cuarenta y siete años después, su unión sigue siendo ejemplo de respeto, empatía y amor por la música. Un matrimonio artístico donde ninguno eclipsa al otro, porque ambos brillan desde su verdad. Una alianza musical escrita en canciones y sellada en la memoria del pueblo.

Y si esta unión eterna ha perdurado más allá de las décadas es porque descansa sobre dos pilares irrepetibles. Rafael Manjarrés no escribe canciones: construye historias. Cada verso suyo posee la arquitectura emocional de un guion de telenovela, con planteamiento, conflicto y desenlace; con personajes que aman, dudan, caen, regresan y vuelven a amar. Sus composiciones no se limitan a mencionar el amor: lo narran, lo desarrollan y lo dejan suspendido en la memoria colectiva como una escena que nunca se borra.

Beto Zabaleta, por su parte, no solo interpreta esas historias: las encarna. Su voz grave, templada, profundamente humana, es prácticamente inimitable porque no responde a fórmulas ni a técnicas impostadas, sino a una verdad interior que no se puede copiar. En su canto hay autoridad sin ruido, sentimiento sin exageración y una manera única de decir el verso que solo pertenece a quien ha vivido cada palabra antes de cantarla.

Por eso, cuando el guion perfecto de Manjarrés se encuentra con la voz irrepetible de Zabaleta, el vallenato alcanza una de sus expresiones más altas. No es solo música: es dramaturgia hecha canción, es memoria sentimental de un pueblo, es arte popular elevado a categoría de obra mayor.

Y ahí, en ese punto exacto donde el verso toma cuerpo y la voz se vuelve destino, queda sellada para siempre una alianza eterna que ya forma parte de la historia grande del folclor colombiano.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado