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Abiertas las inscripciones para el 54° Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje a Rosendo Romero ‘El Poeta de Villanueva’
-El periodo de inscripciones para los distintos concursos será del 26 de julio hasta el 18 de septiembre de 2021-
Con la finalidad de continuar con la tarea de conservar y promover la auténtica música vallenata y reactivar con responsabilidad la economía de Valledupar, guardando todas las medidas de bioseguridad, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata da apertura a las inscripciones de los distintos concursos del 54° Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje al cantautor Rosendo Romero Ospino, ‘El poeta de Villanueva’ que se llevará a cabo del 13 al 17 de octubre de 2021.

Las inscripciones serán por un periodo de 55 días iniciando desde el lunes 26 de julio y concluyendo el sábado 18 de septiembre de 2021. Se recibirán únicamente a través del correo electrónico: inscripcionesfestival@hotmail.com
Por otra parte los formatos de inscripción, requisitos y reglamentos de los distintos concursos se encuentran en la página web www.festvalvallenato,com
Concursos
El 54° Festival de la Leyenda Vallenata que cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Valledupar, tendrá los siguientes concursos: Acordeón Profesional, Acordeonera Mayor, Acordeón Aficionado, Acordeón Juvenil, Acordeón Infantil, Acordeonera Menor, Piqueria Mayores, Piqueria Menor y Canción Vallenata Inédita.
Como la novedad de este año, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata debido a que las circunstancias de la pandemia no permiten realizar el Desfile de Piloneras, hará en la plaza Alfonso López, tarima Francisco El Hombre, el concurso de Piloneras, para el cual se invitarán a los 10 grupos ganadores de la categoría mayor, y cinco de juvenil e infantil, respectivamente, desde el año 2019 para atrás.
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PABLO FLÓREZ CAMARGO: EL HOMBRE QUE LE PUSO PALABRAS AL RÍO Y MEMORIA AL PORRO
El juglar eterno del Valle del Sinú
«Pablo Flórez no escribió para vencer al tiempo; escribió para que el tiempo no pudiera vencer la memoria de su pueblo».
Ramiro Álvarez Mercado
Por Ramiro Elías Álvarez Mercado
El Sinú no solo lleva agua. Lleva nombres, lleva historias, lleva hombres que entendieron que cantar también es una forma de defender la tierra. Pablo José Flórez Camargo fue uno de esos. No fue únicamente un compositor, un cantor o un guitarrista. Fue un hombre que comprendió que la música tiene la misión de impedir que los pueblos olviden quiénes son.
Nació en Ciénaga de Oro, Córdoba, al Norte de Colombia, el 27 de junio de 1926. Allí donde el Caño Aguas Prietas parece conversar con los árboles y con la memoria del pueblo. Caño que es uno de los símbolos más representativos de este municipio. Sus puentes, que en época decembrina son iluminados con luces de colores y le dan un aire mágico, resaltando su importancia histórica y cultural. Su nombre proviene del color oscuro de sus aguas, descritas como prietas, que han sido testigos de la vida cotidiana, las tradiciones y el desarrollo de este pueblo cordobés.
Y es que en Ciénaga de Oro el porro no se aprende en las escuelas, sino en el rumor del viento, en el golpe de los tambores y en las historias que la gente cuenta al caer la tarde. Desde muy joven Pablo Flórez entendió que la inspiración no vivía encerrada entre cuatro paredes, sino caminando por las calles polvorientas, sentada en los corredores, navegando en las canoas o escondida en esas aguas prietas.
Pablito, como lo llamaron cariñosamente, empezó como vocalista y baterista al lado de su coterráneo Antolín Lenes: en la Sonora Cienaguera, en el Combo Los Galleros y en Antolín y su Combo Orense. Tanto cantó y tanto tocó, que don Antonio Fuentes, dueño de Discos Fuentes, lo vio y le dijo: «este es cantante». Y lo puso al lado de Lucy González, la Cieguita de Oro.
Pero Pablo no solo componía para que otros cantaran. Era cantautor en el sentido más completo. Son muchos los trabajos discográficos donde se escucha su voz sentida, su guitarra compañera de siempre y el respaldo de una banda que entendía su cadencia. No buscaba el virtuosismo vacío, prefería conversar con el pueblo antes que deslumbrarlo. Cada acorde parecía caminar al mismo ritmo del Sinú y del Caño Aguas Prietas.
Su universo creativo fue inmenso y versátil. Compuso muchos temas entre porros, cumbias, vallenatos, boleros, fandangos, tangos, valses y pasillos. Un maestro que impresiona por la cantidad y la calidad de sus obras, pero sobre todo por su manera de ser. Era a la vez costumbrista cuando describía con picardía a su gente, narrativo cuando convertía una anécdota de pueblo en una crónica cantada, y profundamente poeta cuando hablaba del amor, del río y de la nostalgia. Ahí radica su vigencia.
Obras como «La Aventurera», «Los Sabores del Porro», «Fiesta Vieja», «Cabeza’e Gato», «Goza Plinio Sierra», «La Muerte de María Varilla», «Tres Clarinetes», «María Marzola», «Luna Primaveral» y «Edita», terminaron formando parte del patrimonio afectivo del Caribe colombiano.
«La Aventurera» dejó de pertenecerle desde el instante en que el pueblo la hizo suya. Inspirada en Ninfa del Valle Corcho Ruiz, esa mujer que se fue de Ciénaga de Oro, trascendió el tiempo hasta convertirse en símbolo popular, con muchas versiones. Hoy tiene una estatua en Montería. Es la prueba de que cuando una canción nace de una emoción verdadera, deja de ser propiedad del compositor para volverse memoria colectiva.
Pero lo que hace única a «La Aventurera» dentro de la música popular colombiana es que Pablo Flórez no la dejó morir en una sola canción. Como si se tratara de una novela por entregas o de una saga cinematográfica algo poco usual en nuestro folclor, le dio continuidad a esa historia de amor tormentoso en dos composiciones más: «El reencuentro con la aventurera» y «Me encontré con la aventurera». Tres canciones para un mismo amor, tres tiempos de una misma mujer.
En la primera entrega, «La Aventurera» (la original), Pablo nos presenta el mito fundacional:
Ay hace tiempo que ha salido de mi tierra una mujer aventurera y no se sabe dónde está, se ha perdido de todas las carreteras, pueblos y provincias y no se sabe dónde está, la mujer tiene cara de ser buena porque así lo ha demostrado y presenciado, una vez que se fue pa’ Cartagena supo que me moría y enseguida regresó, si supiera que la quiero volvería por estas tierras, al pueblo Ciénaga de Oro donde tiene quién la quiera. Ay la última vez que la pude ver de cerca, fue en el puerto e’ Montería y enseguida se embarcó ay rumbo directico pa’ Tierralta muchas veces le escribía y jamás me contestó, voy a ir a la fiesta el Caramelo, donde dicen que es preciso que sale a aventurar, para de nuevo decirle que la quiero conquistármela de necio y poderme regresar.
Aquí la mujer es todavía joven, deseada, inalcanzable. Es la Ninfa que se va para Cartagena, que aparece en el puerto de Montería rumbo a Tierralta, que no contesta cartas. El narrador está enamorado y obsesionado, la busca en la fiesta del Caramelo, quiere «conquistármela de necio». Es el canto del amor idealizado, de la ausencia que duele pero que aún guarda esperanza. La letra es sencilla y crónica, casi como un aviso de pueblo: se fue la mujer buena, la que todos quieren y nadie encuentra.
Años después, en «El reencuentro con la aventurera», el tono cambia radicalmente. Ya no hay idealización, hay desgarro:
Me encontré de nuevo con Ninfa Isabel y me contó una historia desgarradora, pero ya no es la hembra del tiempo aquel, cuando nos tropezamos donde Petrona, ya tiene perdido el brillo de su piel y el de su mirada encantadora, el tiempo no perdona, el tiempo es muy cruel, nos va consumiendo de aurora en aurora, se fueron sus años, junto a su hermosura, su pelo castaño ahora es como espuma. Me dijo que venía de allá de muy lejos, porque quería morir en su tierra amada, se miró su cuerpo frente de un espejo y volteó la cara decepcionada, yo le dije entonces pa’ consolarla, no ves que yo también estoy acabado, ya no somos flores de aquel ayer, que con este encuentro vamos a lograrlo, con un beso sin aroma me entregó aturdida, tu boca sabe ahora a rancias mentiras.
Aquí Pablo se vuelve cronista del tiempo. La describe sin piedad pero con ternura: «ya tiene perdido el brillo de su piel y el de su mirada encantadora», «su pelo castaño ahora es como espuma». Es el reencuentro del juglar con su musa ya acabada por la vida. Y él también se reconoce acabado: «no ves que yo también estoy acabado, ya no somos flores de aquel ayer». El verso final es demoledor y profundamente humano: «con un beso sin aroma me entregó aturdida, tu boca sabe ahora a rancias mentiras». Ya no es la aventura, es el desencanto.
Y el cierre definitivo llega con «Me encontré con la aventurera», el tercer capítulo, donde la saga se vuelve redención y melancolía:
Ay así termina toda la famosa historia, de la hermosa aventurera que un día me enloqueció, anduve loco por montes y veredas, yo perseguí su huella, pero todo ya acabó, ahora vive en el barrio de la Granja, cerca de la capilla y se la pasa en rezar, una mujer que tanto gozó la vida, se ha puesto arrepentida pero todo es tarde ya, solo han quedado recuerdos añoranzas del ayer, ya tiene blanco su pelo trasnochado en el burdel. Ay me vio pasar y ni siquiera saludarme, se paró de donde estaba en un viejo mecedor, ay pero vi que dos lágrimas saltaban tocando la vieja cara que un día me enloqueció, ay yo también alejé dudando pasos, lleno de incertidumbre de aquel triste lugar y en mi pecho sentí los tramojazos de un corazón con cacho con ganas de saltar.
Aquí la mujer que «tanto gozó la vida, se ha puesto arrepentida pero todo es tarde ya». La imagen es poderosa: la antigua reina de los burdeles, ahora de pelo blanco, en un viejo mecedor, en el barrio La Granja , rezando cerca de la capilla. Dos lágrimas le saltan cuando lo ve pasar. Y él siente «los tramojazos de un corazón con cacho con ganas de saltar». Es el círculo que se cierra: del amor loco y juvenil al perdón silencioso de la vejez.
Pocas veces en la música colombiana una historia de amor ha tenido una trilogía así. Pablo Flórez hizo lo que hacen los grandes novelistas: no dejó a su personaje congelado en una sola foto. Lo hizo envejecer, lo hizo volver, lo hizo arrepentirse. Convirtió a Ninfa del Valle en un personaje literario completo, con principio, nudo y desenlace. Por eso La Aventurera no es solo una canción, es una saga del Caribe.
Pero si existe una obra donde Pablo Flórez parece resumir toda una filosofía de vida, es «Los Sabores del Porro». Allí no habla únicamente de un ritmo musical; habla del sabor de una cultura entera. Comprendió que el porro no solamente se escucha: también se huele, se baila, se cocina, se conversa y se vive. En esa canción el Caribe aparece servido como un banquete: el bollo poloco, el queso amasado, la panela de Colomboy, la yuca asá, la leche esperá en corrá.
Y es en ese punto donde Pablo se vuelve embajador gastronómico de la sabana sin que él mismo se lo propusiera. Él no hizo una lista de alimentos; hizo un mapa del paladar orense. Cuando canta al bollo, al mote de queso, a la yuca asada, a la chicha de maíz, al casabe y al suero atollabuey, no está adornando la canción: está documentando la cocina de su tierra. Convirtió el fogón de leña, la batea de amasar y el caldero de la abuela en partitura. Gracias a sus porros, quien nunca ha pisado Ciénaga de Oro sabe qué se come allí, cómo huele una cocina a las cinco de la mañana y por qué la comida sabanera no es solo alimento, sino identidad, familia y fiesta.
Pablito fue de los primeros en darle letra al porro, un género que durante mucho tiempo había sido predominantemente instrumental. Con ello abrió nuevas posibilidades expresivas y permitió que ese ritmo contara historias y perpetuara la tradición oral de las sabanas sinuanas.
Fue también en esa lucidez donde el juglar nos dejó sus dos espejos más humanos: el de la nostalgia y el de la risa.
En «Cosas de Ayer» el maestro se vuelve ecologista y profeta. No es solo una canción, es una elegía. Con una botánica y una fauna ya casi extinta, el quiñao, el paco paco, el bebehumo, el manzano curí, el maíz negrito, el venado, la liebre, la paloma, el grillo verde y la avispa amarilla construye el inventario de un paraíso perdido. Y en su estribillo más dolido resume la tragedia de nuestro tiempo: «comparemos tiempos y verán maluco, los asesinatos, bombas y bazuco».
Ese sentido ecológico de Pablo Flórez es quizá lo más vigente de su obra. Mucho antes de que la palabra ecología se pusiera de moda en discursos y foros, él ya estaba haciendo denuncia cantada. En «Cosas de Ayer» y en «La cumbia está herida» no habla como un biólogo, habla como un campesino que ve morir su patio. Cada pájaro que menciona, cada árbol que nombra, cada semilla criolla que evoca, es un acta de defunción de lo que el progreso arrasó. Nos enseñó que el porro también puede ser una forma de defender el monte, de llorar el caño que se seca, de reclamar por la tierra que ya no da fruto porque la envenenaron. Su canto es una botánica sentimental, un herbario musical donde guarda lo que la deforestación y la violencia nos quitaron.
Y como si quisiera equilibrar esa tristeza, en la otra orilla nos entrega «El Hombre Aquel». Con sátira, ironía y un humor sabanero sin pudores, se atreve a burlarse de la vejez y, con picardía infinita, bautiza a su propio aparato reproductor como «El Hombre Aquel». Al convertir un tabú en chiste y la decadencia en poesía, nos enseña que al tiempo no se le gana con solemnidad, se le gana con la capacidad de reírse de uno mismo.
También cantó a la herida social. En «La cumbia está herida» alzó la voz por su tierra: «Mis campos eran sanos, no estaban manchados… llegaron foráneos con el graje en la mano». El juglar no calla cuando el pueblo llora.
No resulta extraño que sus composiciones hayan encontrado tantas voces para multiplicarse. Las cantaron: Totó la Momposina, Alfredo Gutiérrez, Iván Villazón, Adriana Lucía, María Mulata, La Sonora Ponceña, Moisés Ángulo, Oswaldo «El Aparato» Rojano, Miguel Durán, Carlos Vives, Gabriel «Rumba» Romero y Aglaé Caraballo, entre muchos otros. Las grandes canciones siempre encuentran nuevas voces porque pertenecen al tiempo y no a una sola generación.
Él se definía como «un pescador de momentos». Y así fue. Pescaba melodías y letras donde otros eran incapaces de ver. Por eso siempre sostuvo: «Yo descanso de la vida y de sus pesares es haciendo música, cantando y tocando mi guitarra. Además, no sé hacer otra cosa».
En 2008 recibió el Premio Nacional Vida y Obra. Poco antes de partir fue distinguido con la Gran Orden Maestros del Patrimonio Cultural de Colombia. Se nos fue el 14 de diciembre del año 2011, en Montería, como se van los juglares: dejando el cuerpo en la tierra que tanto cantó, pero dejando el alma repartida en cada porro que su pueblo no olvida.
Los juglares nunca desaparecen. Simplemente dejan de caminar entre nosotros para comenzar a recorrer los caminos invisibles de la memoria.
Pablo Flórez Camargo comprendió que un pueblo no se sostiene únicamente sobre la historia escrita en los libros, sino también sobre las canciones que sus hijos aprenden sin darse cuenta.
Con respeto y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado
PALABRAS MAYORES: EL CANTO QUE SE ARRODILLA PARA AGRADECER
Cuando la canción se vuelve oración en la voz de Joaquín Rodríguez Martínez, «El Poeta del Sinú», con el acordeón reverencial de Óscar Ortega.
«Las canciones no nacen únicamente para ser escuchadas; nacen para recordarnos que la gratitud también puede convertirse en música»: Ramiro Álvarez Mercado
Por Ramiro Elías Álvarez Mercado
Toda vida de cantor llega a un instante de recogimiento, a esa hora sagrada en que el artista deja de cantarle al mundo para cantarle a aquello que le permitió cantar. «Palabras Mayores» pertenece a esa hora. A ese tipo escaso y luminoso de obras que no buscan aplausos, sino bendición, memoria y trascendencia.
Joaquín Cristóbal Rodríguez Martínez, con la dignidad artística que le ha valido el nombre de «El Poeta del Sinú», realiza aquí un gesto poco común y profundamente humano: detenerse en mitad del camino para mirar hacia atrás y agradecer. No agradece el éxito, ni los escenarios recorridos, ni siquiera el cariño del público. Agradece a las canciones mismas, esas compañeras invisibles que caminaron junto a él durante toda una vida de cantor.
Es un acto de humildad filosófica. El creador se inclina ante su propia creación para reconocer que no le pertenece por completo. Porque las canciones, cuando nacen de la verdad del alma, dejan de ser propiedad del artista y pasan a formar parte de un misterio mayor.
Desde los versos iniciales se percibe el tono confesional de la obra:
«No se me había ocurrido
Tomar mi pluma, pulsar mi guitarra
Pa’ dedicarle versos
A mis canciones…»
La revelación es sencilla y, precisamente por eso, conmovedora. Durante años le cantó al amor, a la vida, a los recuerdos y a las emociones humanas, pero nunca se había detenido a cantarle a aquellas melodías que hicieron posible su existencia artística. Es el reencuentro del hombre con su espejo más fiel.
Porque, al final, ¿qué son las canciones sino las viejas tonadas del corazón que nos acompañan mientras el tiempo pasa? Joaquín comprende algo que solo la madurez permite entender: él no hizo únicamente las canciones; las canciones también lo hicieron a él. Lo moldearon, lo acompañaron, le dieron identidad y le permitieron dialogar con el mundo.
En esa conciencia nace una de las reflexiones más hermosas de la obra. Las canciones aparecen como seres vivos, traviesos y juguetones, capaces de brotar del alma, arrancar lágrimas y transformar a un hombre común en cantor. Filosóficamente, la imagen es poderosa porque nos recuerda que el arte no siempre obedece a quien lo crea. Muchas veces parece tener voluntad propia. El artista cree conducir la inspiración, cuando en realidad es la inspiración la que termina conduciendo su destino.
De allí surge la segunda gran revelación de este paseo romántico.
«Yo siempre me he sentido
Dueño del mundo sobre una tarima…»
La expresión podría interpretarse como una declaración de grandeza, pero en realidad encierra una profunda verdad espiritual. Sobre la tarima el cantor no se siente dueño del mundo por soberbia, sino por plenitud. Es la sensación que experimenta quien encuentra el lugar exacto para el cual fue llamado.
Cada instante vivido, cada canción que brotaba juguetona desde el alma, lo hacía crecer interiormente. Lo convertía en gigante porque le permitía compartir emociones que ya no le pertenecían únicamente a él.
Por eso resulta tan significativa la afirmación:
«El público me amaba
Y era conmigo una sola canción».
Aquí desaparece la distancia entre el artista y quienes lo escuchan. El cantor deja de ser individuo para convertirse en voz colectiva. El público deja de ser espectador para transformarse en parte de la obra. En esa comunión desaparece el ego y surge uno de los milagros más hermosos del vallenato: una emoción individual se convierte en sentimiento compartido.
Pero la canción no se queda en la nostalgia ni en la evocación de los escenarios recorridos. Llega un momento en que se eleva hacia una dimensión aún más profunda. Entonces el paseo se convierte en plegaria.
«Señor, dame canciones
Muchas canciones que adornen mi vida
Y sean como oraciones…»
Es quizá el instante más luminoso de toda la composición.
El maestro «Joaco» no le pide al Todopoderoso riquezas, reconocimientos ni fama. Tampoco le pide más años de vida. Pide canciones. Pero no cualquier canción. Pide aquellas capaces de adornar la existencia humana y convertir la inspiración en oración. Pide versos que lo hagan mejor hombre. Pide argumentos, palabras mayores y elementos precisos para seguir ejerciendo con dignidad el oficio de cantor.
La petición encierra una lección extraordinaria: la verdadera creación artística no nace de la vanidad, sino de la gratitud. Para el autor, la canción es una forma de conversar con Dios. Cada melodía se convierte en una plegaria cantada; cada verso, en una manera de agradecer las bendiciones recibidas.
Por eso solicita que en todas sus canciones existan mensajes de agradecimiento y que de cada verso broten los «muchas gracias» que guarda el corazón.
La gratitud atraviesa toda la obra como un río sereno. El amor, la inspiración, la posibilidad de cantar, el cariño del público y la propia existencia aparecen como dones concedidos por la Providencia. Nada parece atribuirse exclusivamente a sí mismo. Todo es recibido como regalo.
En tiempos donde muchas canciones parecen obsesionadas con lo efímero, «Palabras Mayores» nos recuerda que la música también puede ser un acto de reflexión espiritual. Que el arte puede agradecer. Que una canción puede convertirse en oración sin perder belleza ni emoción.
Esa atmósfera encuentra un complemento perfecto en el acordeón de Óscar Ortega. Su interpretación posee la sensibilidad de quien comprende la naturaleza profunda de la obra. No intenta imponerse ni exhibirse. Tampoco busca protagonismo. Su acordeón escucha antes de hablar.
Los arreglos melódicos llenan los espacios con delicadeza, como si cada nota estuviera llamada a completar aquello que las palabras no alcanzan a expresar. En los silencios, el acordeón respira; en las pausas, reflexiona; en los remates melódicos, parece prolongar el eco de los sentimientos del poeta.
Ortega entiende que en el vallenato nostálgico los silencios también cuentan historias. Por eso su ejecución resulta tan acertada. No compite con la letra: la abraza. No se distrae con la emoción: la profundiza. Su acordeón se convierte en una segunda voz que acompaña reverencialmente la confesión espiritual del compositor.
De esa unión entre palabra y melodía nace una obra de notable madurez artística. Un paseo vallenato donde la nostalgia no es tristeza, más bien memoria agradecida; donde la fe no es discurso, sino experiencia vivida; donde la música deja de ser entretenimiento para convertirse en una forma de contemplación.
Por eso el cierre adquiere la fuerza de una filosofía de vida:
«Muchas gracias canciones
Regalo eterno que me dio El Señor».
Allí está resumida toda la esencia de la obra. Las canciones no aparecen como éxitos ni como trofeos. Aparecen como bendiciones. Como regalos eternos que fueron llegando cada vez que, cantando, brotaba el amor.
Y no es casual que una canción como esta nazca en este momento de su vida. El Poeta del Sinú está próximo a cumplir 79 años, y lo hace con una lucidez mental admirable, con la pluma intacta y el corazón todavía dispuesto a la canción. Con más de un centenar de obras musicales que llevan su rúbrica, además de poemas y poesías que atestiguan una existencia consagrada a la palabra, Joaquín Cristóbal Rodríguez Martínez sigue componiendo como quien reza: con serenidad, con gratitud y con la certeza de que cada verso nuevo es todavía un regalo.
«Palabras Mayores» no es solo un homenaje a sus canciones. Es la prueba viva de que la inspiración no envejece cuando el alma permanece agradecida. Es la confesión de un hombre que, a las puertas de sus ocho décadas, no le pide a la vida otra cosa que seguir cantando.
Y lo ha logrado exactamente con aquello que le pidió al Señor: con palabras mayores.
Con respeto y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado.
“Mi Florecita”: una historia de amor entre el jardinero y su bella flor del Cantautor Rafael De León Vertel
El cantautor Rafael de León Vertel, conocido musicalmente como “El Señor de la Sabana”, presenta “Mi Florecita”, una canción que hace parte de un álbum musical de seis canciones, todas interpretadas por el propio artista.
Con el sabor y la alegría del ritmo sabanero, “Mi Florecita” nos lleva por una historia cargada de amor, nostalgia y poesía, en la que la mujer es representada como una hermosa flor y el hombre como su jardinero.
A través de esta romántica metáfora, el cantautor expresa el sentimiento de quien no quiere que esa flor se marchite ni que muera el jardinero, porque todavía existe un lugar reservado para ese amor. Una historia donde el recuerdo, el deseo y la esperanza se entrelazan para mantener viva una relación que permanece en el corazón.
Esta nueva propuesta de Rafael de León Vertel conserva la esencia romántica y poética que caracteriza sus composiciones, con una maravillosa producción musical y el acompañamiento en el acordeón de Dair Dáger.
“Mi Florecita” ya está disponible en YouTube.
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El 60° Festival de la Leyenda Vallenata será del 28 de abril al 1° de mayo de 2027
La Fundación Festival de la Leyenda Vallenata anuncia oficialmente que el 60° Festival de la Leyenda Vallenata se llevará a cabo del 28 de abril al 1° de mayo de 2027, teniendo la connotación de ser Rey de Reyes en los concursos de Acordeón Profesional, Canción Vallenata Inédita, Piqueria Mayor y por primera vez Reina de Reinas.
De otra parte, el próximo año no se harán homenajes, sino que se exaltará la historia de las 60 versiones del Festival de la Leyenda Vallenata que se inició en el año 1968 donde se tuvo en cuenta este amplio acervo musical con sus principales bases como son el acordeón, la caja, la guacharaca, los versos y los cantos, que han recreado la magia de una tierra donde los mitos, las costumbres, vivencias y el lenguaje oral nutren cada día el pentagrama donde se tejen las letras y las melodías del vallenato. Es así como desde distintos lugares hombres y mujeres han contribuido con su talento a darle la trascendencia a esta música que es considerada por la UNESCO como Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad.
En ese sentido el presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, Rodolfo Molina Araújo, anotó. “Nosotros, venimos diseñando el próximo certamen con motivo de las 60 versiones, donde se contará puntualmente su historia y la manera como se avanzó hasta llegar a tener la mayor importancia en el orden local, nacional e internacional. Hoy, el Festival de la Leyenda Vallenata es el guardián encargado de preservar los cuatro aires tradicionales como son el paseo, el merengue, el son y la puya. Desde ya les cursamos la invitación a Valledupar”.
La historia
Desde su primera versión la cual tuvo la iniciativa de Consuelo Araujonoguera, Alfonso López Michelsen y Rafael Escalona, el Festival de la Leyenda Vallenata arrancó con firmeza coronándose como primer Rey Vallenato Alejandro Durán Díaz. En esa ocasión concursaron nueve acordeoneros. El auge del evento año tras año llevó a crear nuevas categorías.
En el año 1969 se inició el concurso de canción vallenata inédita ocupando el primer puesto el compositor Gustavo Gutiérrez Cabello, con el paseo ‘Rumores de viejas voces’. Ese año también se inició el concurso de acordeón aficionado y el ganador fue Emiliano Zuleta Díaz.
En 1970 se creó la categoría de acordeón infantil ocupando el primer puesto Ciro Meza Reales. Un año después se creó la categoría adolescente siendo el ganador Antolín Arias López.
En 1972 se inició la categoría de acordeón semiprofesional ocupando el primer lugar Alberto Rada Ospino. En 1979 comenzó el concurso de piqueria siendo su ganador Andrés Emilio Beleño Paba.
En 1981 aparecieron por primera vez en la inauguración del Festival de la Leyenda Vallenata, los grupos de piloneras que ahora cuentan con las categorías mayores, juveniles e infantiles. Desde el año 1994, la danza del pilón se convirtió en concurso.
En el 2003 se comenzó a realizar el concurso de acordeón juvenil siendo el ganador Luis José Villa Guette. Después, se aprobaron las categorías de piqueria infantil (2018); acordeonera mayor y acordeonera menor (2019). Cabe anotar que hace 16 años se inició el concurso de pintura infantil, ‘Los niños pintan el Festival de la Leyenda Vallenata’. La integración de los estudiantes de Valledupar al certamen.
Desde Valledupar, la Capital Mundial del Vallenato, el 60° Festival de la Leyenda Vallenata será el escenario ideal para auscultar esos años de historia, que han sido la base principal para conservar y promover el vallenato raizal, siendo replicado en distintos lugares del país y el exterior.
El Festival de la Leyenda Vallenata es Patrimonio Cultural de la Nación a través de la ley 739 de abril 26 de 2002, y se convirtió en la mayor oportunidad para exaltar además de la música y sus raíces, lo que significa Valledupar como epicentro del vallenato en Colombia y el mundo.
La fecha del próximo Festival de la Leyenda Vallenata se estableció por parte de la Fundación Festival con siete meses de antelación, para que todos se preparen y vengan a concursar y visitar a Valledupar, la tierra donde se enamora cantando bajo el sombrío de un Cañaguate florecido y el sonido del rio Guatapurí crecido.
Abierta ‘La Casona’, llena de historias y recuerdos que engrandecieron la música vallenata
En todo un acontecimiento en Valledupar se constituyó la apertura de ‘La Casona’, ubicada en la Plaza Alfonso López, amplio espacio de la memoria y recuerdos que engrandecieron la música vallenata partiendo del año 1968, con la creación del Festival de la Leyenda Vallenata, teniendo como protagonista a Consuelo Araujonoguera, ‘La Cacica’.
Dieciocho años después, en ese mismo lugar se constituyó formalmente el 26 de abril de 1986, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, ente creado para asumir la defensa, conservación y proyección de este patrimonio cultural.
La apertura fue realizada con un compromiso y sentido de pertenencia, que permitirá unir a la comunidad alrededor de la historia y el patrimonio cultural de Valledupar. No solamente será habilitar un espacio físico, sino regresar al lugar donde una idea comenzó a tomar forma; es reencontrarnos con nuestras raíces y reconocer la visión de quienes entendieron que el vallenato debía ser protegido, celebrado y compartido con el mundo.
Durante más de dos horas se resaltó su nombre a través de sentidas palabras, por haber logrado el propósito de darle identidad a Valledupar dejando un legado que permanece en el recuerdo de todos. También se llevaron a cabo presentaciones musicales, dramatizadas y se develó un cuadro de ‘La Cacica’.
Este concurrido acto fue promovido por la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, la Fundación Universitaria del Área Andina y la Alcaldía de Valledupar a través de la Oficina Municipal de Cultura, teniendo el respaldo del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, Radio Guatapurí y Cacica Stereo.
Todo comprende la programación ‘Consuelo vive’ al cumplirse 25 años de la partida de Consuelo Araujonoguera, hecho sucedido el 29 de septiembre de 2001 y tendrá un concierto inmersivo en la Plaza Alfonso López, ofrenda floral en el
monumento ‘La Pilonera Mayor’ y el conversatorio ‘Del juglar a la memoria: la cadena que salvaguarda el vallenato’.

En el acto tomaron la palabra el presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, Rodolfo Molina Araújo; la arquitecta y gestora cultural Yarime Lobo Baute; y Yanelis González, secretaria de cultura de Valledupar.
El presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, en su intervención, dijo. “No estamos solamente frente a un lugar que hace parte de la historia de Valledupar. Estamos frente a un espacio que guarda la memoria, los afectos y los sueños de una generación que entendió que esta tierra tenía una identidad cultural que debía ser preservada para siempre. Hablar de La Casona de don Hernando Molina Céspedes, es adentrarnos en uno de los escenarios donde se tejieron historias, conversaciones y encuentros que marcaron para siempre el rumbo cultural y folclórico de Valledupar. Entre sus paredes quedaron las voces de hombres y mujeres que soñaron con darle al vallenato el lugar que merecía y con convertir nuestras tradiciones en motivo de orgullo para Colombia”.
“Y allí está profundamente ligada a esta historia, la figura de Consuelo Araujonoguera, ‘La Cacica’: escritora, periodista, gestora cultural y defensora incansable de nuestras raíces. Una mujer que supo interpretar el sentimiento de un pueblo y que, junto con Alfonso López Michelsen y Rafael Escalona, hizo realidad en 1968 una idea que cambiaría para siempre la historia de nuestra música al crearse el Festival de la Leyenda Vallenata. La Casona fue testigo de aquellos tiempos en los que el vallenato todavía recorría caminos, patios y parrandas, y en los que comenzaba a tomar forma el sueño de reunir en Valledupar a sus grandes intérpretes, compositores y juglares”.

“De esos encuentros nació una fiesta que con el paso de los años se convirtió en una de las mayores expresiones culturales de Colombia y en una verdadera embajadora del Caribe ante el mundo. Cada año, a finales de abril el acordeón, la caja y la guacharaca vuelven a encontrarse con los cantos, los versos y la memoria de nuestros juglares. Pero hablar de La Casona también es hablar de nuestros padres, de nuestros mayores y de una generación que trabajó por Valledupar desde diferentes escenarios. Es reconocer que detrás de las grandes
obras existen conversaciones, amistades, ilusiones y seres humanos que alguna vez se atrevieron a soñar”.
“En esta casa también permanece la memoria de Consuelo. Aquí se siente la presencia de aquella mujer rigurosa, noble, generosa y apasionada que nos enseñó a querer a Valledupar, a defender sus tradiciones y a comprender que el vallenato no es solamente música: es una manera de contar nuestra historia y de reconocernos como pueblo.

Desde estos espacios escribió, pensó y soñó muchas de las páginas que la hicieron conocida en Colombia, entre ellas su inolvidable ‘Carta Vallenata’, a través de la cual llevó el sentir de nuestra tierra a miles de lectores”.
“Por eso, mirar sus fotografías, recorrer estos espacios y recordar a quienes alguna vez estuvieron aquí puede producir nostalgia. Pero, sobre todo, produce orgullo. Orgullo de saber que hubo una generación que creyó en su tierra. Orgullo de saber que de aquellos sueños nació un Festival que hoy es Patrimonio Cultural de la Nación y que ha llevado el nombre de Valledupar y del vallenato a Colombia y al mundo. Y orgullo de saber que el legado de quienes hicieron posible esta historia continúa vivo en cada acordeón, en cada caja, en cada guacharaca, en cada canción y en cada niño que aprende a amar nuestra música. Porque las casas pueden cambiar con el paso del tiempo, pero las historias que se construyeron en ellas permanecen”.

“La Casona seguirá siendo entonces, mucho más que una edificación: será un lugar de memoria, un testimonio de nuestra historia y un símbolo de aquellos días en que un grupo de visionarios comenzó a darle forma a un sueño que hoy pertenece a todos”.
“Y cuando volvamos la mirada hacia aquellos años, podremos decir con orgullo que aquí también se escribió parte de la historia del Festival de la Leyenda Vallenata. Porque La Cacica vive. Vive en el Festival. Vive en Valledupar. Vive en el vallenato. Y vive, para siempre, en la memoria de quienes entendemos que conservar su legado es también honrar la historia de nuestra tierra”.










