NÁFER DURÁN: CUANDO UN JUGLAR SE VA, EL VALLENATO QUEDA CON SU MEMORIA

“Los juglares no se llevan sus canciones cuando parten; las dejan caminando para que el tiempo no consiga borrar sus huellas.” Ramiro  Álvarez Mercado

*Por Ramiro Elías Álvarez Mercado*
El vallenato está de luto y con un vacío que no se llena con palabras. Se nos fue un hombre que llevó la música como se lleva la sangre: sin hacer ruido, pero sin poder vivir sin ella. Este 29 de septiembre de 2026, a los 93 años, murió en Valledupar el maestro Náfer Santiago Durán Díaz, nacido en El Paso, Cesar, el 26 de diciembre de 1932.
Pero escribir hoy sobre Náfer Durán no debería consistir en enumerar sus títulos. Fue Rey Vallenato en 1976, fue compositor, fue cantante, fue acordeonista, fue padre y hermano de una de las figuras fundamentales de la historia del vallenato. Todo eso es cierto, pero falta lo más importante: fue juglar. Y esa palabra contiene una forma de vivir que difícilmente cabe en una biografía.
*El Paso como raíz*
Para hablar de Náfer Santiago hay que comenzar por El Paso. No como quien ubica un punto en un mapa, sino como quien busca la raíz de un árbol. Porque él no fue un músico que simplemente nació en una tierra y después se marchó. El Paso permaneció dentro de sus entrañas durante toda su existencia. Su infancia, sus primeros aprendizajes y buena parte de la materia de sus canciones estuvieron ligados a ese territorio. Allí comenzó a familiarizarse con el acordeón. Allí aprendió que la música también podía ser conversación, que una parranda podía convertirse en relato, que una melodía podía guardar el recuerdo de una persona y que una canción podía viajar mucho más lejos que quien la había compuesto. Desde niño entendió el instrumento como parte de la vida cotidiana, no como una pieza destinada exclusivamente a un escenario, sino como un compañero de camino. Quizás por eso, cuando llegó a la vejez, seguía hablando del acordeón con la familiaridad con que se habla de un viejo amigo.
*Una familia donde la música tenía raíces*
Naferito nació en una familia vinculada profundamente con la música. Fue hijo de Náfer Donato Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villarreal, y hermano de Luis Felipe y Alejandro Durán, el inolvidable Alejo, primer Rey Vallenato. Pero sería injusto contar la historia de Náfer desde la sombra de su hermano. Los dos pertenecieron a una misma raíz, pero cada uno encontró su propio camino. Alejo escribió páginas inmortales y Náfer también lo hizo. La historia de los hermanos Durán es hermosa porque demuestra que una misma familia puede producir distintas maneras de entender la música.
*La corona llegó, pero la historia había comenzado mucho antes*
En 1976 llegó una de las grandes distinciones de su vida. Náfer Durán se coronó Rey Vallenato. Su nombre entró entonces en la historia del Festival y quedó unido para siempre a una de las páginas fundamentales del acordeón profesional. Pero una corona solamente puede señalar un momento, no puede explicar una vida entera. En 1983, su trayectoria alcanzó otra distinción significativa al ser declarado fuera de concurso en el Festival de la Leyenda Vallenata. Aquello decía algo que ninguna corona por sí sola podía decir: que ya no se estaba frente a un competidor cualquiera, se estaba frente a un maestro cuya trayectoria había adquirido otro significado.
*El lenguaje particular de Náfer*
Cuando escribí meses atrás sobre Náfer Durán, lo hice alrededor de una característica fascinante: su manera de interpretar en modalidad menor. Hoy quiero volver sobre ella, pero desde otro lugar. No para repetir aquel análisis, sino para comprender lo que esa particularidad significó en su legado. Náfer encontró en la modalidad menor un territorio donde podía expresar otra dimensión del sentimiento vallenato. En una música acostumbrada a celebrar, él encontró también espacio para la introspección. Su interpretación podía adquirir una profundidad distinta, una forma diferente de mirar la nostalgia y de convertir una melodía en pensamiento. Por eso su manera de tocar era inconfundible. Había en ella una personalidad. No necesitó apartarse de la tradición para encontrar su identidad, la encontró dentro de ella.
*Un compositor que convirtió la vida en canciones*
Náfer Durán fue también un compositor prolífico. Su repertorio contiene numerosas obras que hablan de amores, lugares y personajes. Entre sus composiciones aparecen Sin ti, Déjala vení, Con sentimiento, La Grabadora, El Estanquillo, La Chimichaguera, Ariguaní, Mi Patria Chica y Teresita. Pero más allá de la cantidad existe algo más importante: la capacidad de convertir la experiencia en canción. El compositor entrega una experiencia particular y el público la convierte en memoria colectiva.
*El juglar no era solamente el músico*
Quizás hemos reducido demasiado la palabra juglar. La usamos para referirnos a un acordeonista. Pero un juglar es algo más. Es un hombre que lleva consigo historias, que convierte la experiencia en relato, que camina con una memoria que después entrega a los demás. Náfer perteneció a esa generación que aprendió el vallenato desde la cercanía, desde el patio, desde la fiesta, desde la parranda y desde la conversación. Por eso su partida supera la tristeza familiar. Con este maestro también se va uno de los hombres que podía contar, desde su propia experiencia, cómo era ese mundo que hoy intentamos reconstruir.
*Una vida entera al lado del acordeón*
Quizás ninguna imagen explica mejor a Náfer Santiago que aquella de sus últimos años con el acordeón todavía cerca del pecho. A los 93 años seguía vinculado al instrumento que lo acompañó desde la infancia. Hay relaciones que el tiempo desgasta. La de Naferito con su acordeón parecía funcionar al revés. Mientras más años pasaban, más profunda se volvía. Eso no es simplemente longevidad artística, es fidelidad a una forma de vida, a una tierra, a una familia y a una expresión musical.
*La herencia que no cabe en una corona*
Náfer deja una familia numerosa y varios de sus hijos, nietos y bisnietos están vinculados a la música. Ese detalle tiene una importancia especial. La verdadera herencia de un músico no siempre se encuentra en las grabaciones. A veces está en las manos de sus descendientes, en las historias que escucharon y en las costumbres que decidieron conservar. Una tradición puede sobrevivir en un festival, en un disco, pero también puede sobrevivir en una casa, en un padre que enseña y en un hijo que escucha. El maestro Náfer Durán deja precisamente eso: un legado musical que no termina con su muerte.
*El Paso no pierde solamente a un músico*
Pienso en lo que significa para un pueblo despedir a uno de sus hijos más reconocidos. El menor de los Durán Díaz llevó a El Paso consigo. Lo llevó en sus canciones, en sus recuerdos y en esa manera de sentirse perteneciente a una tierra que no dejó de ser su casa. Y hoy, cuando su vida llega al final, también regresa simbólicamente a ese lugar.
*Lo que queda cuando el músico ya no está*
Ahora comienza otra etapa, la más difícil para cualquier artista. Ya no habrá nuevas interpretaciones ni otra oportunidad de preguntarle cómo entendía determinada melodía. Pero existe algo que la muerte no puede llevarse: la obra y la memoria. Las canciones de Náfer Durán seguirán disponibles para quien quiera escucharlas, su nombre continuará en la historia del Festival y los músicos seguirán encontrando en sus interpretaciones motivos para aprender. Así se construye la permanencia, de generación en generación.
*Adiós, maestro Naferito*
Hoy el vallenato despide a un juglar, El Paso despide a uno de sus hijos predilectos y la familia Durán despide a uno de sus grandes portadores de memoria. Pero las despedidas no siempre significan olvido, a veces significan comenzar a recordar de otra manera. Náfer ya no estará físicamente para poner el acordeón contra su pecho, pero sus canciones seguirán teniendo camino. Su modalidad menor seguirá hablando desde esa zona íntima donde la música deja de ser solamente sonido y comienza a convertirse en pensamiento. Por eso hoy no quisiera que la última palabra fuera muerte, prefiero que sea memoria. Porque la muerte puede llevarse al hombre, pero no necesariamente consigue llevarse aquello que el hombre sembró.
Que Dios reciba al maestro Náfer Santiago Durán Díaz y le conceda descanso después de una vida larga, intensa y entregada al folclor. Que El Paso lo recuerde con orgullo, que su familia encuentre consuelo en la obra que deja y que quienes seguimos creyendo que la música también es una forma de memoria sepamos volver a sus canciones cuando necesitemos escuchar de dónde viene una parte de lo que somos. Porque un juglar no desaparece completamente cuando muere, se queda en las canciones que alguien vuelve a escuchar. Y mientras una sola nota de Náfer Durán Díaz vuelva a sonar, su historia continuará caminando.
Naferito se fue de la vida, pero el vallenato se quedó en su memoria.

Con aprecio y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Malbi Blanco Romero presentó dos nuevas canciones de “Voces Femeninas del Folclor Internacional Vol. 5”

El pasado sábado 26 de septiembre se realizó, a través de la página de Facebook Live de Estampas Vallenatas del Folclor, el lanzamiento de las canciones “Un adiós a la diosa”, de la autoría del compositor Manuel Romero, y “El Rey de los Cachos”, del compositor Luis Sierra Maestre.

Ambas obras hacen parte de la producción musical “Voces Femeninas del Folclor Internacional Vol. 5” y fueron interpretadas por la reconocida cantante cartagenera Malbi Blanco Romero,prima hermana de la recordada artista Patricia Teherán Romero, quien dejó una importante huella en la música vallenata.

El encuentro contó con la participación especial de Glenda Zavala, directora del proyecto y compositora de origen arubeño, el compositor Luis Sierra Maestre y la intérprete Malbi Blanco Romero.

La entrevista estuvo a cargo de la periodista Belinda Olano, quien condujo una amena conversación en la que se conocieron detalles de las canciones, el proceso de producción, el significado y el mensaje de cada una de estas obras musicales.

Durante el encuentro también se destacó la gran versatilidad de Malbi Blanco Romero, quien demuestra su capacidad para adaptarse a diferentes estilos y propuestas musicales, imprimiendo en cada interpretación su personalidad, su estilo y ese sello vocal que la identifica como una artista en todo su esplendor.

Este lanzamiento representa un nuevo aporte a la promoción y difusión del talento femenino dentro del folclor, exaltando el trabajo de intérpretes, compositores y todas aquellas mujeres que continúan llevando nuestra música a nuevos escenarios.

Los invitamos a disfrutar de los videos de “Un adiós a la diosa” y “El rey de los cachos”, disponibles en YouTube, y a seguir apoyando el folclor vallenato y, especialmente, a todas las mujeres que día a día trabajan con pasión para mantenerlo vivo y llevarlo siempre en alto.

Gabi Cuicchi: una voz argentina que aprendió a cantar con el corazón de Colombia

«Hay voces que nacen para cantar canciones y otras que, cuando cantan, consiguen que las canciones vuelvan a nacer»:
Ramiro Álvarez Mercado

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Algunos encuentros no necesitan de un apretón de manos ni de una conversación frente a frente para dejar una huella. A veces basta escuchar una voz, descubrir la sensibilidad que habita detrás de ella y comprender que, aunque los mapas levanten fronteras, la música se encarga de derribarlas. Eso me ocurrió al acercarme a la historia de Gabriela Cuicchi, una artista argentina que encontró en la música colombiana, y particularmente en el vallenato, la cumbia, el porro y el bullerengue, un territorio del alma donde su propia sensibilidad pudo reconocerse.

Porque la música tiene esa extraña manera de acercar las distancias: una melodía puede viajar miles de kilómetros, cruzar fronteras, atravesar montañas y mares, y llegar hasta un corazón que quizá nunca ha pisado la tierra donde nació aquella canción. Así, desde Mar del Plata, una mujer argentina fue descubriendo que en Colombia también había una parte de su propia historia musical por encontrar.

Gabriela Florencia Cuicchi nació el 23 de marzo de 1992, en la ciudad de Mar del Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina. Allí realizó sus estudios primarios en el colegio María Auxiliadora y cursó la secundaria en Nueva Pompeya.

A los 17 años se animó a tomar clases de canto. Cuatro años más tarde ingresó al Instituto Polivalente de Arte “IPA” Adolfo Ábalos, de su ciudad natal, donde realizó su formación musical y obtuvo la Tecnicatura de Canto con orientación en canto jazz.

En su familia, la música no llegó como una herencia transmitida de generación en generación. Gabi es la menor de cuatro hermanos varones y la única artista de la familia. Su madre, Patricia, fue empleada pública, y su padre, Fernando, veterinario. En su casa se escuchaba música variada, pero ninguno de sus familiares tuvo una inclinación particular hacia el arte musical. El gusto por el canto, por la música y por la historia que existe detrás de ella nació en Gabriela como una inquietud profundamente personal, como una especie de llamado interior que fue creciendo con el paso del tiempo.

Quizá por eso su historia musical tiene algo de búsqueda, de descubrimiento y también de viaje.

Cuando comenzó a cantar, sintió una profunda fascinación por las voces afroamericanas, por esas voces negras que parecían traer consigo la memoria de pueblos enteros: el blues, el jazz, el soul, el góspel. Siempre se sintió cautivada por esa energía afrodescendiente, por esa fuerza que parece convertir el dolor en canto y la historia en melodía.

Pero un día, casi como quien abre una puerta sin imaginar lo que existe detrás de ella, la canción “Los caminos de la vida”, del compositor vallenato Omar Geles Suárez, le mostró otro horizonte.

Y entonces su universo musical comenzó a ensancharse.

Gabriela Florencia se considera una mujer abierta a los diferentes sonidos, una artista de gustos musicales amplios, una exploradora permanente de melodías y culturas. Poco a poco fue encontrándose con el folclor de su propia tierra, con el rock nacional argentino, la zamba, el tango y el chamamé, géneros que analiza y que le hablan de la memoria de su país, y por supuesto, con las voces y las historias de la tierra que la vio nacer.

Siempre le ha causado una enorme curiosidad conocer aquello que se esconde detrás de las canciones: la historia de quienes las escribieron, las circunstancias que inspiraron sus letras, las melodías que las hicieron eternas y la vida de los compositores que consiguieron transformar sus experiencias en patrimonio colectivo.

Por eso también realizó algunas versiones de canciones como homenaje a la patria donde nació y nacieron sus ancestros.

Y como buena argentina, la cumbia de su país también hizo parte de ese camino. Pero la búsqueda continuaba. Y en ese andar musical terminó encontrándose con la cumbia colombiana, con sus raíces, con su riqueza, con su belleza cautivadora y, sobre todo, con Colombia, esa tierra que para muchos es reconocida como cuna y madre de la cumbia.

Desde su natal Mar del Plata, Gabriela también tuvo la oportunidad de compartir escenarios y alternar con agrupaciones colombianas durante las temporadas de verano. Aquellas experiencias terminaron reforzando aún más su admiración y su profundo gusto por la música del Caribe colombiano.

Cuando comenzó sus clases de canto, paralelamente tomó clases de guitarra y piano. Nunca pretendió convertirse en una gran guitarrista o pianista; aquellos instrumentos fueron, más bien, herramientas que le permitieron acompañarse y comprender mejor el lenguaje musical. Tiene una noción básica de ambos, pero sabe perfectamente cuál es su verdadero instrumento.

Su voz.

El canto es su manera de expresarse, su forma de decir lo que siente, de ponerle palabras a aquello que muchas veces no las tiene. Su voz está empapada de sus emociones y sentimientos, y quizá allí reside su mayor fortaleza: en entender que cantar no consiste únicamente en emitir sonidos afinados, sino en dejar que el corazón encuentre una manera de hacerse audible. En esa voz hay un brillo que le da un condimento muy especial a su interpretación, una luz que no solo canta: alumbra la canción por dentro.

Después de terminar sus estudios secundarios comenzó a estudiar psicología. Sin embargo, no llegó a completar los dos primeros años. En algún momento comprendió que su alma le gritaba otra cosa. Le pedía otro camino. Le reclamaba música.

Y decidió escucharla.

Tomó entonces la determinación de hacer del arte musical su forma de vida, aun sabiendo todas las dificultades que implica vivir del arte y construir una carrera siendo una artista independiente. Continuó su formación en el Instituto Adolfo Ábalos, realizó su profesorado en música y finalmente obtuvo la tecnicatura.

Durante más de diez años participó en distintas agrupaciones musicales de su ciudad y también realizó coros para otros artistas en producciones locales. Pero Gabriela no solamente es intérprete: también se destaca como compositora. Sus propias canciones comenzaron a encontrar espacio en bares y restaurantes, lugares donde la música suele encontrarse con la vida cotidiana, con las conversaciones, con las copas y con las historias de quienes escuchan.

También hizo parte de una orquesta, llamada, «Orquesta Cumbia Grande», en la que se rendía homenaje, a través del repertorio, a grandes figuras de la música tropical y de salón colombiana de las décadas de los años 50, 60 y 70, entre ellos Lucho Bermúdez, Clímaco Sarmiento, Pacho Galán, entre otros. Allí además de cantar, interpretaba las maracas.

Y fue precisamente allí, entre canciones, ritmos y maracas, donde sin saberlo estaba naciendo una de las conexiones más fuertes de su vida artística con la música colombiana.

Ese fue el Génesis de todo.

Después de aquel recorrido decidió dar un paso al costado y emprender su propio proyecto como solista. Quería elegir sus canciones, construir su propio repertorio y encontrar una manera personal de comunicar aquello que estaba haciendo y sintiendo.

Fue a finales de 2022 cuando se dijo: “Bueno, hasta acá llego”.

Y entonces comenzó una nueva etapa.

Empezó a producir su propia música, porque Gabriela también es productora. En este camino cuenta con una persona que se ha convertido en su mano derecha, su colega y su compañero fundamental en la construcción de su proyecto artístico: el músico Martín Amenta, con quien asegura tener una gran conexión y un profundo entendimiento musical.

La primera canción que abrió este nuevo camino fue una cumbia de su autoría titulada “La cumbia quedó conmigo”, una obra en la que narra sus propias vivencias hasta ese momento, aquello que la cumbia despierta en ella y todo lo que ha aprendido a través de este género, especialmente su acercamiento, admiración y valoración de la música colombiana y de la historia que la sostiene.

Después compuso una cumbia santafesina, impregnada del estilo propio de esa provincia argentina, titulada “Mi cumbia nostalgia”.

Pero la historia no termina allí.

Su proyecto actual la encuentra trabajando en la producción de un álbum compuesto por cinco canciones clásicas del vallenato, junto a la agrupación «Gabi y La Junta Vallenata». Es una nueva aventura artística para Gabriela, pues anteriormente había trabajado principalmente con sencillos de una canción o con covers en formato de mosaicos.
Canciones vallenatas que ya se pueden escuchar en plataformas digitales: «Voy a olvidarme de mí», «Quiero que seas mi estrella», «No voy a llorar», «Los caminos de la vida», «Mi presidio» y «Tatuaje del alma».

Ahora ha decidido internarse de lleno en el universo vallenato.

Y lo hace como un homenaje nacido del respeto y la admiración hacia este género musical colombiano de origen provinciano, que ha encontrado en ella no solamente una intérprete, sino una mujer profundamente conmovida por sus historias y por la sensibilidad de sus composiciones.

En esta decisión también existe una hermosa reciprocidad.

Gabriela cuenta con una comunidad de miles de seguidores colombianos que han creído en su búsqueda artística, en su manera de hacer las cosas, con seriedad y profesionalismo. Y ese respaldo ha sido fundamental para una artista independiente que ha autogestionado sus propios proyectos y que, para la realización de este nuevo álbum, también ha contado con el apoyo financiero de sus seguidores.

Por eso este trabajo la tiene especialmente emocionada y profundamente agradecida con la gente colombiana.

Y hay algo que quizás explique por qué su voz consigue acercarse con tanta naturalidad a estas músicas.

Gabi Cuicchi es una mujer de sensibilidad a flor de piel. Tiene una particular capacidad para conectar y empatizar con aquello que la rodea. Es nostálgica, y esa nostalgia la conduce hacia la zamba de su tierra, pero también hacia los paseos vallenatos románticos, dos expresiones musicales que parecen conversar con su propia manera de sentir.

Y es allí donde aparece esa voz suya.

Una voz dulce, melódica, cálida y profundamente expresiva.

Una voz que no parece limitarse a cantar una canción, sino que se adentra en ella para buscar lo que existe detrás de las palabras. Una voz que puede acariciar una melodía y, al mismo tiempo, dejar en ella la huella de una mujer que siente intensamente aquello que interpreta.

Tal vez por eso la zamba y el paseo vallenato encuentran en su garganta un territorio propicio. Porque ambos géneros tienen algo en común con su sensibilidad: saben hablar de la nostalgia, del amor, de la ausencia, de la memoria y de esas pequeñas heridas que, cuando pasan por la música, dejan de doler para convertirse en belleza.

Pero la mirada de Gabriela va mucho más allá de Argentina y Colombia.
Con su música también ha visitado otros países como Brasil, Paraguay, Uruguay, entre otros, llevando en su voz el eco de dos pueblos y dejando en cada escenario la certeza de que el folclor latinoamericano no conoce fronteras.

Ella aprecia el folclor latinoamericano en toda su dimensión. Entiende que en las músicas de nuestros pueblos existe un patrimonio que muchas veces permanece escondido, esperando que alguien vuelva a descubrirlo.

Para ella, el folclor es la expresión de los pueblos.

Es memoria.

Es identidad.

Es la historia contada por quienes quizá nunca tuvieron un libro para escribirla.

En cada melodía, en cada instrumento, en cada letra y en cada compositor encuentra esas pequeñas perlas escondidas que hablan de quiénes somos. Por eso considera que el folclor es uno de los grandes guardianes de la identidad de los pueblos y, al mismo tiempo, uno de nuestros tesoros más valiosos.

Su misión, entonces, no es solamente cantar.

Es visibilizar.

Es mostrarle a la gente el valor inmenso de la cultura, recordarnos que nuestras raíces merecen ser admiradas, respetadas y protegidas. Es insistir en que no debemos permitir que nuestro folclor muera, porque dentro de él habitan historias que merecen ser contadas y recordadas.

Y en esa misión aparece otra faceta de Gabi que vale la pena nombrar.
«Ella no reseña canciones. Rescata memorias.»
Gabi Cuicchi es también creadora de contenido musical. De las que investigan, que llaman al compositor, que cuentan la historia detrás de la letra, los pormenores del Caribe colombiano, de Argentina y de toda Latinoamérica.
Tiene fluidez verbal, tiene carisma, y sobre todo tiene credibilidad. Porque respeta la obra, nombra al autor y entiende que el folclor no se hace viral: se hace eterno cuando alguien decide contarlo bien.
Su voz es puente. Puente entre el compositor y el oyente, entre el disco viejo y el celular nuevo. Porque Gabi comprendió algo: Latinoamérica canta con muchos acentos, pero con un solo corazón. Y ella no es «influencer» por los números. Es influencia porque cada vez que habla, alguien vuelve a valorar sus raíces.

Y también viven los nombres de tantos artistas y compositores que entregaron su vida a la cultura y a la música de estas tierras.

Por eso, cuando Gabriela Cuicchi canta una cumbia colombiana, un paseo vallenato o una canción de raíz latinoamericana, no está simplemente interpretando una melodía que nació lejos de su Mar del Plata natal.

Está tendiendo un puente.

Un puente entre el Río de la Plata y el Caribe.

Entre Argentina y Colombia.

Entre su propia historia y la historia de otros pueblos.

Entre una mujer que nació en el sur del continente y una música que nació en las entrañas del Caribe colombiano.

Y es como si brindáramos con un Malbec argentino y lo mezcláramos con el aguardiente y el ron colombiano: dos mundos distintos que al encontrarse encienden la misma celebración. Porque la música, como el buen trago, no divide: une. Y en esa mezcla nace el sabor de dos pueblos que decidieron cantarse el uno al otro.

Y quizá allí radique la verdadera grandeza de la música: en demostrarnos que las raíces pueden viajar, que los sentimientos no necesitan pasaporte y que una canción puede convertir a un extranjero en un hermano.

Hoy, mientras Gabriela prepara ese álbum de cinco clásicos vallenatos junto a «Gabi y La Junta Vallenata», su voz parece estar escribiendo una nueva página de ese largo diálogo musical entre dos naciones que, aunque separadas por la geografía, comparten una misma capacidad para cantar la vida, la nostalgia y el amor.

Y mientras la escucho, pienso que quizá la música colombiana no llegó a Gabriela Cuicchi por casualidad.

Tal vez estaba esperándola.

Porque existen canciones que uno escucha por primera vez, pero que el corazón reconoce como si las hubiera estado esperando desde siempre.

Y cuando una voz argentina encuentra su camino en el vallenato y la cumbia colombiana, no es Colombia la que viaja hasta Argentina, ni Argentina la que llega hasta Colombia: es la música, esa patria sin fronteras, la que vuelve a recordarnos que todos los pueblos del continente tienen una misma manera de sentir cuando el corazón aprende a cantar.

Con aprecio y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Javier Payares Castro… Un compositor que le canta a sus raices

Javier Enrique Payares Castro nació el 25 de febrero de 1964 en Lorica, Córdoba. Aunque inició su camino como compositor en una etapa poco convencional de su vida, fue a los 45 años cuando descubrió el talento que llevaba dentro y escribió su primera obra musical, El Humilde, marcando así el comienzo de una fructífera carrera dentro del folclor vallenato.

Inspirado por sus vivencias, sus raíces y el amor por la música, Javier ha logrado consolidarse como un compositor de letras auténticas, cargadas de sentimiento y sencillez. Además de escribir, también ha incursionado como intérprete de sus propias canciones, debutando con Aquí Estoy Yo, tema que refleja su esencia artística y su compromiso con el vallenato.

Desde hace 19 años se encuentra radicado en España, donde ha construido una nueva etapa de su vida. Sin embargo, la distancia nunca ha sido un obstáculo para mantener vivo el amor por su tierra. A pesar de vivir en otra cultura y en un espacio geográfico muy diferente a su amada Colombia, Javier Payares nunca ha olvidado sus raíces. Lleva el folclor vallenato en el corazón, lo vive, lo siente y lo proyecta a través de cada una de sus composiciones, convirtiéndose en un fiel embajador de la música colombiana desde el exterior.

Hasta la fecha, 30 obras musicales de su autoría han sido grabadas por destacados intérpretes del género y por el propio compositor. Entre ellas se destacan: Una Fecha Especial, interpretada por Jhonny Salgado; Me Voy pa Cali, por Alberto Miranda; Puyando el Burro, por Big Baxxy; Ni Novios Ni Amigos por el reconocido cantante Miguel Herrera, Que Me Mate el Cacho, Está Enganchada, Mi Mejor Regalo y Belinda la Periodista, grabadas por Carlos Correa; Cuando Me Muera, Nido de Palomas, Las Bonitas y las Feítas y Propio, por Eusebio Guerrero; Perseverancia y Camperín con Mucho Swing, por Álvaro El Bárbaro; Desilusión, junto a Pello Lara; La Bonita y la Fea, con autoría compartida con Eliezer Hernández; además de numerosas interpretaciones realizadas por el propio Javier Payares Castro, entre ellas El Traidor, Isabela, Fiesta Agradera, La Sabrosa, La Sigo Queriendo, No Dejes que Me Muera, No Tiene Comparación, La Vejez No Viene Sola, Las Agraderas, Es Mi Mujer, El Humilde, Mi Tierra Linda y No Te Detengas.

Aunque no ejecuta ningún instrumento musical, Javier ha demostrado que el verdadero talento nace de la inspiración y la sensibilidad para escribir. Su pluma ha enriquecido el repertorio vallenato con canciones que exaltan el amor, la familia, la vida cotidiana y las tradiciones de su tierra.

Con humildad, perseverancia y un profundo amor por la composición, Javier Enrique Payares Castro continúa escribiendo nuevas historias convertidas en canciones, con el firme propósito de seguir aportando al crecimiento y preservación del vallenato, demostrando que el amor por la música y por la tierra donde se nace no conoce fronteras.

Luis Enrique Martínez Argote: El rector de los acordeonistas vallenatos

«No es cuánto rápido puedes tocar. Es lo que dices»: Yuja Wang (pianista clásica china).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

El vallenato tiene fundadores visibles y arquitectos invisibles. Los primeros, aparecen en las fotografías, en los homenajes y en las coronas festivaleras; los segundos, habitan en la respiración secreta de la música: allí donde nace el estilo, donde se ordena el lenguaje y donde una cultura aprende a reconocerse a sí misma.

Luis Enrique Martínez Argote perteneció a esa segunda categoría.

No necesitó conservatorios, ni cátedras universitarias, ni tratados musicales. Su escuela fue el viento ardiente del Magdalena Grande, la polvareda de los caminos, las madrugadas de parranda donde el acordeón no se interpreta: se confiesa. Allí, entre pueblos dispersos y patios iluminados por mechones de kerosene, comenzó a levantar la estructura invisible de lo que hoy entendemos como acordeón vallenato moderno.

Lo llamaron “El Pollo Vallenato”, y el apodo no era casual ni folclóricamente decorativo. En distintos lugares del Caribe, el pollo fino de pelea representa bravura, resistencia y jerarquía en la cuerda. Y así era Luis Enrique frente a otros músicos: desafiante, preciso, elegante y temible en la ejecución. No necesitaba alardes. Bastaba verlo abrir el fuelle para entender que allí había un dominio distinto una autoridad musical que no venía de la fuerza, sino del conocimiento profundo del instrumento.

Porque mientras otros tocaban el acordeón, Luis Enrique ya conversaba con él.

El Pollo Vallenato no solo interpretó un instrumento, lo ordenó y lo convirtió en lenguaje eterno.

Nació el 24 de febrero de 1922 en El Hatico, jurisdicción de Fonseca, y murió el 25 de marzo de 1995 en Santa Marta. Pero las fechas resultan insuficientes cuando se habla de un hombre que no dejó únicamente canciones, sino también una escuela estética completa. Los grandes maestros no se miden por los años que vivieron, sino por las generaciones que continúan respirando su pensamiento musical.

Y Luis Enrique Martínez todavía respira en el acordeón de Colombia.

Antes de él, el acordeón vallenato caminaba casi por intuición. Había talento, inspiración campesina y oralidad popular, pero faltaba organización musical. Fue entonces cuando apareció este juglar zurdo y visionario para construir la gramática definitiva del vallenato.

Él trazó la ruta.

Inventó la introducción que anuncia la emoción antes de que llegue la palabra. Creó puentes musicales que no eran simples conexiones, también diálogos entre el canto y el silencio. Refinó el remate y el contrarremate como quien cierra un poema con exactitud perfecta. Organizó la digitación, la entrada a las estrofas, los adornos, las pausas, el acompañamiento armónico y la estructura narrativa del acordeón.

Lo que hoy parece natural en un paseo, en un merengue, en un son o en una puya, fue primero una intuición genial en las manos de Luis Enrique Martínez Argote.

Por eso me atrevo a llamarlo el rector de los acordeonistas vallenatos.

Porque todos sin excepción han pasado por su aula invisible.

El acordeón de los festivales se abre y se cierra con «El Pollo Vallenato». Sus recursos melódicos sobreviven en las introducciones modernas, en los giros armónicos, en los bajos elegantes, en las respuestas musicales que hacen hoy los nuevos intérpretes creyendo innovar sobre caminos que él había descubierto hace más de siete décadas.

Muchos estilos contemporáneos no son otra cosa que ecos sofisticados de su pensamiento musical.

Y quizá una de sus revoluciones más grandes fue haber comprendido el verdadero papel de los bajos. En una época donde muchos los ignoraban o los reducían a acompañamiento elemental, Luis Enrique los convirtió en voz y melodía. Hizo que el acordeón sonara completo, profundo, tridimensional. Comprendió que el instrumento había sido creado para usar toda su anatomía sonora y no apenas una parte de él.

Fue un adelantado de su tiempo.

El hombre que le puso mapa al fuelle. Porque sin su estructura, el acordeón seguía siendo intuición suelta. Con él, se volvió geografía, camino, escuela.

Pero además tenía algo todavía más raro: sensibilidad.

Porque la técnica sin alma produce ruido elegante; en cambio, el arte verdadero nace cuando la precisión se encuentra con la emoción. Y eso ocurría en su ejecución. Había en su pulsación una mezcla irrepetible de sabrosura, nostalgia, firmeza y melancolía campesina.

Su acordeón parecía respirar.

Por eso no fue solamente ejecutante. También fue compositor, cantante y verseador. Más del centenar de canciones nacieron de su inspiración: La tijera, Los Morrocoyos, El cimarrón, La corocito, Jardín de Fundación, La vaciladora, Mi despedida, El gallo jabao, El Pollo Vallenato, Francisco el hombre, Merenguito sabroso, entre muchas otras obras que todavía recorren las venas sentimentales del Caribe colombiano.

Y aunque en 1973 alcanzó la corona del Festival de la Leyenda Vallenata, su verdadero reinado nunca dependió de un jurado ni de una tarima. Su corona auténtica está en el oído colectivo del vallenato.

Porque después de él, todos aprendieron y siguen aprendiendo de su legado.

Emiliano Alcides Zuleta Díaz, Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza Daza, Israel Romero Ospino, Alfredo De Jesús Gutiérrez Vital, Orangel ‘El Pangue’ Maestre Socarrás, Gonzalo Arturo ‘Cocha’ Molina Mejía, Alberto «Beto» Villa Payares, Miguel López Gutiérrez, Juan Humberto Rois Zúñiga, entre tantos otros, bebieron de esa fuente melódica que hoy me permito llamar Escuela Enriquemartiana.

No una escuela de paredes y diplomas.

Una escuela espiritual.

Una manera de entender que el acordeón no es solo velocidad ni virtuosismo. Es intención, es carácter, es contar una historia con cada nota. Martínez Argote enseñó que una nota puede llorar sin perder elegancia y que un remate puede decir más que muchas palabras.

Por eso fue el papá de los acordeonistas, aunque incluso ese título parece quedarse corto.

Los padres heredan la sangre. Los rectores forman generaciones.

Hoy existen casas-museo en Fonseca y en El Copey. Hoy sus restos descansan en El Hatico bajo la admiración de quienes peregrinan buscando la memoria del juglar. Pero su verdadero monumento no está hecho de cemento, barro, yeso, o madera.

Está hecho de fuelle.

Cada vez que un joven acordeonista sube a una tarima y ejecuta una introducción elegante, cada vez que un paseo entra con precisión melódica, cada vez que un acordeón sabe cuándo acompañar, cuándo responder y cuándo callar para dejar hablar el verso, allí sigue vivo Luis Enrique Martínez.

Invisible. Magistral. Irremplazable.

Porque el vallenato no se construyó solo desde la inspiración. También necesitó pensamiento, estructura y visión artística.

Y quien organizó ese lenguaje fue él.

Hay hombres que no pasan por la historia de un instrumento: la reorganizan.
Luis Enrique no había que explicarlo mucho, bastaba escucharlo una vez para que todos los amantes de la música vallenata termináramos siguiéndolo.

El rector de los acordeonistas vallenatos no se fue.

Sigue ahí, en cada fuelle que se abre con respeto.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado