Rafael Escalona: el hombre que convirtió al Caribe colombiano en eternidad

«Una canción es como un sueño. Te lleva a un lugar donde la música no entra»:
Bob Dylan (cantante, compositor y poeta estadounidense)

Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay fechas que no celebran un año más, sino un siglo de memoria convertida en canto. El 26 de mayo de 2026 no fue solo un aniversario. Fue el día en que Colombia volvió a escuchar el eco de un hombre que entendió que la eternidad no se construye con mármol, sino con versos que el pueblo se aprende de memoria.

Ese hombre es Rafael Escalona. Y su historia empieza en Patillal, ese pequeño pueblo rural, apacible, donde el tiempo parece detenerse entre montañas. Patillal no es solo un corregimiento de Valledupar. Es cuna de grandes compositores del vallenato, tierra que ha parido cantores y poetas inspirados por el paisaje que la rodea: la Sierra Nevada vigilando desde lejos, el viento que baja limpio por los valles, los ríos que cuentan historias a quien se detiene a escuchar. Allí, el 26 de mayo de 1926, en el hogar de Clemente Escalona Labarces y Margarita Martínez Celedón, nació Rafael Calixto Escalona Martínez. Un niño que no necesitó conservatorios ni academicismos para volverse inmortal.

Las canciones del maestro no surgieron desde la técnica fría de un escritorio. Nacieron desde la oralidad, desde el relato vivo, desde la costumbre ancestral de contar historias bajo la sombra de un árbol o en medio de una parranda. Por eso sus composiciones parecen hablar más que cantar. Es la voz del pueblo que aprendió a rimar, el que convierte  en verso las alegrías y dolores que todos callan. Su pluma no necesitó grandes academias porque su musa fue siempre el latido diario de su comunidad. En cada verso hay personajes reales, caminos, nostalgias, amores, dolores y paisajes que terminaron siendo la autobiografía sentimental del Caribe colombiano.

Lo sorprendente es que Escalona logró todo eso sin tocar un solo instrumento. Se apoyó únicamente en su memoria prodigiosa y en una intuición que le permitía escuchar la melodía donde otros solo oían conversación. Era un alquimista que transformaba cualquier anécdota en leyenda, el guardián de los secretos del pueblo que sabía traducir en palabras exactas lo que el alma siente cuando suena el acordeón. Por eso, mientras otros escribían la historia en libros, él la guardaba en pentagramas invisibles.

Ya lo había intuido Gabriel García Márquez cuando, en marzo de 1950, escribió para El Heraldo de Barranquilla: “Escalona es el intelectual de nuestros aires populares, el que se impuso un proceso de maduración hasta alcanzar ese estado de gracia en que su música respira ya el aire de la pura poesía”.

El Juglar de Patillal transformó el vallenato a través de sus historias y letras e inspiró a muchos compositores que hoy brillan con luz propia en esta expresión musical.

Superó el centenar de canciones y dejó una estela que aún ilumina el vallenato en las mejores voces y agrupaciones. Desde Guillermo Buitrago, pasando por Bovea y sus Vallenatos y la inolvidable voz de Alberto Fernández Mindiola, el legendario Alejandro Durán, hasta Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Diomedes Díaz, Rafael Orozco, Carlos Vives e Iván Villazón. Y su eco cruzó el mar: la española Lola Flórez y su hija Rosario, la orquesta venezolana Billo’s Caracas Boys, la cantante hispano-francesa Sole Giménez, el bolerista venezolano Nelson Henríquez, Roberto Torres y su Charanga Vallenata, Los Melódicos de Venezuela y la legendaria Sonora Matancera de Cuba en la voz de Nelson Pinedo, grabaron su obra, llevándola a oídos que no conocían el Magdalena Grande pero entendían el idioma universal del sentimiento.

¿Cómo olvidar La Casa en el Aire, ese himno que convirtió el amor de un padre en metáfora de protección eterna? ¿Cómo no estremecerse con El Testamento, donde la ironía y la picardía popular bailan juntas? ¿Cómo ignorar la profundidad de Elegía a Jaime Molina, considerada por muchos una de las canciones más hermosas escritas por la partida de un amigo en la música vallenata? También quedan para siempre El Almirante Padilla, El Manantial, Honda Herida, La Creciente del Cesar y La Estrella de Patillal, capítulos vivos de la identidad colombiana.

En cada canción de Escalona sigue latiendo el Caribe, la tradición oral y la historia cultural de un país que habría olvidado a muchos de sus pueblos si no fuera por su música. Él fue el pintor de la memoria; con cada palabra rescató los colores, olores y latidos de una época que se niega a morir. Conocía la geografía de su tierra no por los mapas, sino por los pasos y las nostalgias de su gente, y pintaba el mundo con los colores de su terruño, convirtiendo el paisaje local en un refugio para el alma.

Él entendió algo que pocos artistas descubren: la verdadera inmortalidad no se alcanza en los monumentos, sino en la memoria afectiva de la gente. Por eso sus canciones siguen sonando en patios, cantinas, festivales, emisoras y parrandas. Siguen heredándose como se heredan las historias de los abuelos: con respeto, con emoción y con orgullo.

El maestro no fue solo un compositor. Fue un narrador del alma popular, un poeta sin pretensiones académicas y un filósofo espontáneo de la provincia colombiana. Su obra demuestra que la cultura más profunda nace lejos de las universidades y cerca de la sensibilidad de los pueblos. Sus palabras no habitan en torres de marfil, sino en las calles, en los recuerdos y en el alma de su comunidad.

A cien años de su nacimiento, Escalona continúa vivo. Vive en el acordeón que aún suspira sus melodías, en el campesino que canta sus versos sin darse cuenta, en el Caribe que aprendió a reconocerse en sus canciones. Murió el cuerpo, pero quedó la voz.

Porque mientras exista alguien capaz de cantar una de sus historias bajo el cielo azul de Colombia, Rafael Calixto Escalona Martínez jamás será un recuerdo. Seguirá siendo una conversación eterna entre el pueblo y la música.

Y hoy, desde esta Copa de Folclor, brindo por él con la certeza de que cada vez que tarareamos “La Casa en el Aire” estamos brindando también con su sombra, sentada a la mesa de nuestra memoria.

Con respeto y admiración, 
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Rafael Orozco: 34 años después, la voz que sigue cantando en el alma de Colombia

Por Alcibiades Nuñez.
El 11 de junio no es una fecha cualquiera para el vallenato. Es un día que se pronuncia con nostalgia, respeto y profunda emoción. Un día en el que la memoria colectiva del Caribe colombiano vuelve inevitablemente a una de sus figuras más emblemáticas: Rafael Orozco Maestre.
Han transcurrido 34 años desde su partida, pero su voz permanece intacta en el corazón de millones de seguidores. Su legado ha demostrado que existen artistas cuya obra trasciende el tiempo y las circunstancias, convirtiéndose en patrimonio sentimental de un pueblo. Rafael Orozco es uno de ellos.
Hablar de Orozco no es únicamente hablar de música. Es hablar de disciplina, de talento, de liderazgo y de identidad cultural. Es también hablar de Zambrano, el corregimiento del municipio de San Juan del Cesar, en La Guajira, tierra de sus raíces familiares y escenario fundamental en la construcción de su historia personal.
Quienes compartieron con él coinciden en describir a un hombre de carácter firme, alejado de los excesos que suelen rodear la fama y comprometido de manera absoluta con su profesión. La responsabilidad era una exigencia permanente dentro de su agrupación. La puntualidad, el respeto y la sana convivencia no eran simples recomendaciones, sino principios inquebrantables que guiaban su trabajo diario.
Sobre los escenarios, Rafael Orozco poseía una virtud que pocos artistas logran alcanzar: conectar emocionalmente con el público. Cada presentación era una experiencia única. No se limitaba a cantar canciones; interpretaba historias, sentimientos y vivencias que reflejaban la esencia del Caribe colombiano.
A través de sus letras, habló del amor, de la familia, de la naturaleza y de las alegrías y tristezas que acompañan la vida cotidiana. Su voz transmitía cercanía, sensibilidad y autenticidad.
En apenas 17 años de carrera artística construyó una obra monumental. Más de 200 canciones forman parte de un repertorio que hoy integra la memoria musical de Colombia. Temas como Solo para ti, Dime pajarito, Estar enamorado y Te seguiré queriendo, continúan sonando con la misma fuerza de hace décadas, demostrando que las grandes canciones no envejecen.
Los reconocimientos llegaron como consecuencia natural de su éxito. Tres Congos de Oro en el Carnaval de Barranquilla, dieciséis discos de oro, dos discos de platino y numerosos galardones internacionales en Venezuela, Panamá y Estados Unidos confirmaron lo que el público ya sabía: Rafael Orozco no era simplemente una estrella del vallenato; era un fenómeno cultural.
Sin embargo, su historia resulta inseparable de la de Israel Romero, el legendario «Pollo Isra». Juntos protagonizaron una de las alianzas artísticas más exitosas de la música colombiana. Al frente de El Binomio de Oro de América revolucionaron el vallenato contemporáneo, incorporando nuevos arreglos musicales, fortaleciendo la temática romántica y proyectando el género hacia escenarios internacionales.
La combinación de la voz de Orozco y el acordeón de Romero marcó una época irrepetible. Gracias a ellos, el vallenato dejó de ser una expresión exclusivamente regional para convertirse en una manifestación artística admirada en distintos países.
Cada 11 de junio, la ausencia de Rafael Orozco vuelve a sentirse con intensidad. Su nombre sigue vivo en Valledupar, Barranquilla, en San Juan del Cesar, en La Guajira y en cada rincón donde una canción del Binomio de Oro evoca recuerdos imborrables.
Su aporte fue determinante en tres dimensiones fundamentales. Primero, porque impulsaron una etapa de modernización que amplió los horizontes musicales del género. Segundo, porque construyeron una de las épocas más brillantes y recordadas de la música vallenata. Y tercero, porque contribuyeron decisivamente a que esta expresión cultural alcanzara reconocimiento internacional.
Pero más allá de los logros artísticos, el homenaje tiene una dimensión profundamente humana. Rafael Orozco se convirtió en un símbolo que trasciende generaciones. Su trágica muerte no silenció su voz; por el contrario, la transformó en un eco permanente que continúa acompañando la historia musical de Colombia.
Treinta y cuatro años después, Rafael Orozco Maestre sigue demostrando que las leyendas no mueren. Simplemente aprenden a vivir para siempre en la memoria de su pueblo.



Falleció el maestro Ovidio Granados Melo, leyenda del acordeón vallenato

El folclor vallenato está de luto. En las últimas horas falleció el maestro Ovidio Enrique “Villo” Granados Melo, legendario acordeonero y destacado exponente de la música tradicional colombiana. Su deceso se produjo en el Instituto Cardiovascular del Cesar, donde permanecía bajo atención médica debido a complicaciones derivadas de una isquemia que padecía desde el pasado lunes.

A sus 85 años, el hijo ilustre de Mariangola, corregimiento de Valledupar, deja un legado invaluable para la música del Caribe colombiano. Su talento, disciplina y amor por el acordeón lo convirtieron en una de las figuras más respetadas y admiradas del vallenato tradicional.

En la década de los años sesenta fue uno de los fundadores de la histórica agrupación Los Playoneros del Cesar, junto a Miguel Yanet, Wicho Sánchez y Rodolfo Castilla, agrupación que marcó una época dorada dentro del folclor vallenato.

El maestro Ovidio Granados perteneció a una de las dinastías más importantes de la música vallenata. Fue padre de los Reyes Vallenatos Hugo Carlos Granados, Rey de Reyes, y Juan José Granados. También fue padre de Ovidio “Villito” Granados y de Eudes Granados, quien falleció en el trágico accidente aéreo en el que también perdió la vida el acordeonero Juancho Rois. Estos últimos heredaron de su padre el oficio de reparar acordeones, labor que él desempeñó con maestría durante décadas.

Su linaje musical se remonta a su abuelo paterno, Juancito Granados, conocido como “El Gallo de Camperucho”, reconocido por los investigadores del folclor por su magistral interpretación del acordeón. Su padre, Juan Francisco Granados Ochoa, también fue acordeonero y familiar del inolvidable Calixto Ochoa. Por parte materna, su madre Isabel Melo mantenía vínculos familiares con el legendario Alejandro Durán, mientras que su tío Martiniano Melo también sobresalió como ejecutante del acordeón.

Además, era hermano de Almes Granados y de Adelmo “Memo” Granados, destacado percusionista que hizo parte de importantes agrupaciones vallenatas, entre ellas la de Silvestre Dangond.

Una vida dedicada al acordeón

La trayectoria del maestro Ovidio Granados estuvo marcada por la perseverancia. Participó en el primer Festival de la Leyenda Vallenata, realizado en 1968, donde ocupó el segundo lugar detrás de Alejo Durán. Regresó al certamen en 1975 y nuevamente alcanzó el subcampeonato, siendo coronado Julio De La Ossa.

Su espíritu competitivo lo llevó a participar una vez más en 1983, logrando por tercera ocasión el segundo puesto, mientras Julio Rojas obtenía la corona. Aunque nunca alcanzó el máximo título, su nombre quedó grabado para siempre entre los grandes protagonistas de la historia del Festival de la Leyenda Vallenata.

Reconocido como un auténtico juglar del vallenato, también dejó una huella imborrable al participar en grabaciones junto a Diomedes Díaz, aportando su talento en canciones como Diana, Las Cosas del Amor, Palmina y La Guajirita.

Dentro de su trabajo con Los Playoneros del Cesar participó en producciones que hoy son consideradas verdaderas joyas del folclor. En 1968 hizo parte del álbum Alegres Creaciones de Los Playoneros del Cesar, donde sobresalieron temas como Penas Negras, Campesina Ibaguereña y El Buey Mariposo, composiciones de Wicho Sánchez.

Posteriormente, en 1969, integró la producción Solo por Quererte, recordada por incluir la primera canción grabada al compositor Edilberto Daza, además de obras como Pena de Amor, La Realidad de la Vida y Tiempos Viejos. Estas grabaciones ayudaron a consolidar el estilo auténtico del conjunto y permanecen en la memoria de los amantes del vallenato tradicional.

Guardián del acordeón

El periodista e investigador musical Agustín Bustamante destacó el invaluable aporte del maestro Granados:

«Fue un referente que trascendió el papel de intérprete del acordeón para convertirse en guardián de este instrumento. Entendía el acordeón como un organismo vivo, capaz de narrar la historia de la música vallenata. Reconocidos músicos de la región acudieron a él para mantener la esencia del instrumento de fuelle.»

El folclor lamenta su partida

Tras conocerse la noticia, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata expresó su pesar por el fallecimiento de quien fuera Rey Vitalicio y una de las figuras más representativas del folclor vallenato.

«Lamentamos el fallecimiento del juglar y Rey Vitalicio del Festival de la Leyenda Vallenata, Ovidio Enrique ‘Villo’ Granados Melo. Presentamos nuestras condolencias a sus hijos, hermanos y demás familiares, deseando paz en su tumba.»

Con la partida del maestro Ovidio Granados Melo se apaga una de las voces más auténticas del acordeón vallenato, pero su legado permanecerá vivo en cada nota, en cada canción y en las nuevas generaciones que continúan enriqueciendo la tradición musical que él ayudó a construir.

A los 99 años parte, Ana Bermúdez Daza, la madre del compositor “Yeyo” Núñez

Por Alcibiades Nuñez.
Hay mujeres que nacen para dejar huellas imborrables en la historia de sus familias y de sus pueblos. Mujeres que, sin ocupar cargos públicos ni aparecer en grandes titulares, terminan convirtiéndose en símbolo de lucha, dignidad y amor infinito. Así fue Ana Dolores Bermúdez Daza, quien falleció a los 99 años dejando un profundo vacío en el corazón de sus hijos, nietos, familiares y amigos.
La noticia de su partida ha causado tristeza en quienes conocieron a esta mujer noble y trabajadora, especialmente en el reconocido compositor Aurelio “Yeyo” Núñez, quien hoy despide a la madre que no solo le dio la vida, sino también las enseñanzas y valores que marcaron su camino humano y artístico.
Doña Ana Dolores pertenecía a esa generación de mujeres fuertes que hicieron de la necesidad una oportunidad para salir adelante. En tiempos difíciles, cuando el sacrificio era parte de la cotidianidad, levantó a su familia con esfuerzo, disciplina y una admirable capacidad de emprendimiento. Su vida giró alrededor del trabajo honrado y del bienestar de sus hijos: Heriberto, Yunis, Alfredo, Federico, Alida, Aurelio, Dariel y Omaida (QEPD).
Con una visión emprendedora poco común para su época, viajaba hasta Maicao para adquirir mercancías que luego comercializaba en San Juan del Cesar y Zambrano. Aquella actividad comercial no solo representaba el sustento de su hogar, sino también una escuela de responsabilidad y compromiso para sus hijos, especialmente Alida y Aurelio, quienes colaboraban en la distribución de los productos y en el cobro de la cartera de clientes.
Detrás de cada venta y de cada jornada de trabajo existía una madre que luchaba silenciosamente para ofrecerle un mejor futuro a su familia. Nunca buscó reconocimientos, porque su mayor satisfacción era ver a sus hijos crecer como personas de bien.
Quienes compartieron con ella la recuerdan como una mujer cariñosa, amable y cordial. Su sonrisa sincera y su disposición permanente para ayudar hicieron de su hogar un refugio de afecto y solidaridad. Fue una madre que educó con el ejemplo, enseñando que la honestidad, el respeto y la perseverancia son las mayores riquezas que puede tener un ser humano.
La historia de doña Ana Dolores también refleja la grandeza de muchas madres guajiras y caribeñas que, desde el anonimato, construyeron familias enteras a punta de sacrificios y esperanza. Mujeres capaces de convertir las dificultades en oportunidades y de sostener sus hogares con valentía admirable.
Hoy, la partida de doña Ana Dolores Bermúdez Daza enluta profundamente a la familia Núñez Bermúdez y a todos aquellos que tuvieron el privilegio de conocerla. Sin embargo, más allá del dolor, queda la inmensa gratitud por una vida ejemplar y por un legado humano que seguirá vivo en cada consejo, en cada recuerdo y en cada enseñanza sembrada a lo largo de casi un siglo de existencia.
Porque hay seres humanos que nunca mueren del todo. Permanecen eternamente en la memoria de quienes aprendieron de su bondad, de su lucha y de su amor incondicional. Ana Dolores Bermúdez Daza fue, sin duda, una de esas mujeres extraordinarias.








Desde hace 40 años ‘Ausencia sentimental’ no se borra del corazón vallenato

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

“Ya comienza el Festival, vinieron a invitarme, ya se van los provincianos que estudian conmigo, ayer tarde que volvieron preferí negarme, pa’ no tene’ que contarle a nadie mis motivos. Yo que me muero por ir y es mi deber quedarme, me quedo en la Capital por cosas del destino”.

Cuando el compositor Rafael Manjarréz tomó su guitarra e interpretó las primeras líneas de su canción ‘Ausencia sentimental’, un terremoto de tristeza sacudió todo su ser y fue por una poderosa razón que escondía en su interior.

“Pensar que no iba al Festival Vallenato era algo que sabía, pero no asimilaba porque todos esperábamos integrarnos y sentir de cerca a nuestra amada música vallenata con todo lo que eso significa”, expresó lleno de añoranzas.

El compositor también se alegró cuando recordó que su canción ganadora la noche del miércoles 30 de abril del año 1986, fue declarada mediante el Acuerdo No. 03 del martes 16 de marzo de 2010, como himno del Festival de la Leyenda Vallenata.

Las razones que tuvo la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata se fundamentaron en que ‘Ausencia sentimental’ se convirtió en corto tiempo en el más grande mensaje lleno de miles de recuerdos para los que se encontraban ausentes, y no podían llegar a finales de abril hasta la Capital Mundial del Vallenato.

Rafa, como todos lo llaman, sobre este hecho anotó. “El reconocimiento siempre ha sido motivo de complacencia para mí, y el agradecimiento será eterno para la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, para los que les llena mi canción, especialmente a los ausentes por diversos motivos, tal como me sucedió a mí”.

Reflejo nostálgico

La canción ‘Ausencia sentimental’ es el reflejo de una fiel nostalgia donde el silencio se amarra a los recuerdos apareciendo sueños despiertos, y hasta una melodía se calca en el alma. Es el himno del guayabo, ese que no produce el trago, sino que permite andar por los caminos recorridos por el compositor a la distancia hasta caer en cuenta que “hay cosas que hasta que no se viven no se saben”.

Yendo más al fondo de la composición, ella tiene sabor a parranda, a música, a encuentro con amigos, a paseos en el balneario ‘Hurtado’; ingredientes que la incrustaron en el corazón de un pueblo como la más querida de las canciones inéditas. Es así como personas, lugares y hechos hacen parte vital de la estructura de la inspiración que nació muy lejos de Valledupar, pero cuando fue escuchada por la multitud se sembró para siempre en la plaza Alfonso López, al lado del legendario palo e’ mango.

La canción sigue dejando regados pedazos del alma vallenata porque muchas de las personas por quienes pregunta el compositor partieron hacia la eternidad. Ellas, siguen presentes en la memoria de todos desde que la voz del cantante Silvio Brito y el acordeón del Rey Vallenato Orangel “El Pangue” Maestre, la divulgaron por los medios de comunicación, y se metió en los que saben que “el que nunca ha estado ausente no ha sufrío un guayabo”.

En ese sentido, Rafael Manjarrez resumió su historia cantada. “Aquella ocasión fueron demasiados hechos que llenaron mi sentimiento por no estar presente en el Festival Vallenato. ¿Se imagina, estando en Bogotá y que llegaran a invitarme? Pudo más la razón que el corazón y me tocó encerrarme porque la melancolía era grande. Entonces dejé fluir mi tristeza en la soledad de mi habitación, naciendo la canción que me ha dado inmensas satisfacciones y una cantidad de anécdotas».

Hizo un alto en el camino y luego siguió. “De ahí la frase donde digo que encerrado y temblando escribí una letra que detallaba mi tristeza, mi ausencia sentimental”. Esa frase fue la base para esbozar todo su trasegar por un hecho que lo tenía en una tierra lejana, pero queriendo estar en Valledupar. Claro, que les hizo una petición a sus compañeros para que le llevaran algunas razones. Esas razones que solamente cabían en el marco de su corazón.

Definitivamente, la canción es la identidad sonora del Festival de la Leyenda Vallenata, y la que hace que las lágrimas no se apuren en salir, los recuerdos estén en primera fila y en estos días el ambiente tenga la marca de la ausencia. Rafa como el poeta, solamente le regaló eternidad a esa experiencia de versos untados de melodía.

El agradecimiento

El compositor y abogado Rafael Enrique Manjarréz Mendoza, oriundo de La Jagua del Pilar, La Guajira, agradeció el detalle de convocarlo a repasar aquella historia que ahora se hace más real, teniendo en cuenta esta fecha donde los acordeones suenan sin cesar, las canciones cuelgan en el oído del folclor y se asoman los sentimientos flotando en el ayer.

Después de cuatro décadas que el jurado integrado por Isaac ‘Tijito’ Carrillo Vega, Roberto Calderón Cujia, Marina Quintero y Humberto Díaz Daza, declarara como ganadora a la canción ‘Ausencia sentimental’ cantada por el propio compositor teniendo el seudónimo de ‘Uno de tantos’, con el acordeón de Gustavo Maestre, sigue escuchándose como se hizo por primera vez en el teatro Cesar. “Ya comienza el Festival y vinieron a invitarme. Ya se van los provincianos que estudian conmigo”. …Y como paradoja de la vida, es la única ‘Ausencia sentimental’ que nunca ha quedado sola y por ende no se borra del corazón vallenato.