NÁFER DURÁN: CUANDO UN JUGLAR SE VA, EL VALLENATO QUEDA CON SU MEMORIA

“Los juglares no se llevan sus canciones cuando parten; las dejan caminando para que el tiempo no consiga borrar sus huellas.” Ramiro  Álvarez Mercado

*Por Ramiro Elías Álvarez Mercado*
El vallenato está de luto y con un vacío que no se llena con palabras. Se nos fue un hombre que llevó la música como se lleva la sangre: sin hacer ruido, pero sin poder vivir sin ella. Este 29 de septiembre de 2026, a los 93 años, murió en Valledupar el maestro Náfer Santiago Durán Díaz, nacido en El Paso, Cesar, el 26 de diciembre de 1932.
Pero escribir hoy sobre Náfer Durán no debería consistir en enumerar sus títulos. Fue Rey Vallenato en 1976, fue compositor, fue cantante, fue acordeonista, fue padre y hermano de una de las figuras fundamentales de la historia del vallenato. Todo eso es cierto, pero falta lo más importante: fue juglar. Y esa palabra contiene una forma de vivir que difícilmente cabe en una biografía.
*El Paso como raíz*
Para hablar de Náfer Santiago hay que comenzar por El Paso. No como quien ubica un punto en un mapa, sino como quien busca la raíz de un árbol. Porque él no fue un músico que simplemente nació en una tierra y después se marchó. El Paso permaneció dentro de sus entrañas durante toda su existencia. Su infancia, sus primeros aprendizajes y buena parte de la materia de sus canciones estuvieron ligados a ese territorio. Allí comenzó a familiarizarse con el acordeón. Allí aprendió que la música también podía ser conversación, que una parranda podía convertirse en relato, que una melodía podía guardar el recuerdo de una persona y que una canción podía viajar mucho más lejos que quien la había compuesto. Desde niño entendió el instrumento como parte de la vida cotidiana, no como una pieza destinada exclusivamente a un escenario, sino como un compañero de camino. Quizás por eso, cuando llegó a la vejez, seguía hablando del acordeón con la familiaridad con que se habla de un viejo amigo.
*Una familia donde la música tenía raíces*
Naferito nació en una familia vinculada profundamente con la música. Fue hijo de Náfer Donato Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villarreal, y hermano de Luis Felipe y Alejandro Durán, el inolvidable Alejo, primer Rey Vallenato. Pero sería injusto contar la historia de Náfer desde la sombra de su hermano. Los dos pertenecieron a una misma raíz, pero cada uno encontró su propio camino. Alejo escribió páginas inmortales y Náfer también lo hizo. La historia de los hermanos Durán es hermosa porque demuestra que una misma familia puede producir distintas maneras de entender la música.
*La corona llegó, pero la historia había comenzado mucho antes*
En 1976 llegó una de las grandes distinciones de su vida. Náfer Durán se coronó Rey Vallenato. Su nombre entró entonces en la historia del Festival y quedó unido para siempre a una de las páginas fundamentales del acordeón profesional. Pero una corona solamente puede señalar un momento, no puede explicar una vida entera. En 1983, su trayectoria alcanzó otra distinción significativa al ser declarado fuera de concurso en el Festival de la Leyenda Vallenata. Aquello decía algo que ninguna corona por sí sola podía decir: que ya no se estaba frente a un competidor cualquiera, se estaba frente a un maestro cuya trayectoria había adquirido otro significado.
*El lenguaje particular de Náfer*
Cuando escribí meses atrás sobre Náfer Durán, lo hice alrededor de una característica fascinante: su manera de interpretar en modalidad menor. Hoy quiero volver sobre ella, pero desde otro lugar. No para repetir aquel análisis, sino para comprender lo que esa particularidad significó en su legado. Náfer encontró en la modalidad menor un territorio donde podía expresar otra dimensión del sentimiento vallenato. En una música acostumbrada a celebrar, él encontró también espacio para la introspección. Su interpretación podía adquirir una profundidad distinta, una forma diferente de mirar la nostalgia y de convertir una melodía en pensamiento. Por eso su manera de tocar era inconfundible. Había en ella una personalidad. No necesitó apartarse de la tradición para encontrar su identidad, la encontró dentro de ella.
*Un compositor que convirtió la vida en canciones*
Náfer Durán fue también un compositor prolífico. Su repertorio contiene numerosas obras que hablan de amores, lugares y personajes. Entre sus composiciones aparecen Sin ti, Déjala vení, Con sentimiento, La Grabadora, El Estanquillo, La Chimichaguera, Ariguaní, Mi Patria Chica y Teresita. Pero más allá de la cantidad existe algo más importante: la capacidad de convertir la experiencia en canción. El compositor entrega una experiencia particular y el público la convierte en memoria colectiva.
*El juglar no era solamente el músico*
Quizás hemos reducido demasiado la palabra juglar. La usamos para referirnos a un acordeonista. Pero un juglar es algo más. Es un hombre que lleva consigo historias, que convierte la experiencia en relato, que camina con una memoria que después entrega a los demás. Náfer perteneció a esa generación que aprendió el vallenato desde la cercanía, desde el patio, desde la fiesta, desde la parranda y desde la conversación. Por eso su partida supera la tristeza familiar. Con este maestro también se va uno de los hombres que podía contar, desde su propia experiencia, cómo era ese mundo que hoy intentamos reconstruir.
*Una vida entera al lado del acordeón*
Quizás ninguna imagen explica mejor a Náfer Santiago que aquella de sus últimos años con el acordeón todavía cerca del pecho. A los 93 años seguía vinculado al instrumento que lo acompañó desde la infancia. Hay relaciones que el tiempo desgasta. La de Naferito con su acordeón parecía funcionar al revés. Mientras más años pasaban, más profunda se volvía. Eso no es simplemente longevidad artística, es fidelidad a una forma de vida, a una tierra, a una familia y a una expresión musical.
*La herencia que no cabe en una corona*
Náfer deja una familia numerosa y varios de sus hijos, nietos y bisnietos están vinculados a la música. Ese detalle tiene una importancia especial. La verdadera herencia de un músico no siempre se encuentra en las grabaciones. A veces está en las manos de sus descendientes, en las historias que escucharon y en las costumbres que decidieron conservar. Una tradición puede sobrevivir en un festival, en un disco, pero también puede sobrevivir en una casa, en un padre que enseña y en un hijo que escucha. El maestro Náfer Durán deja precisamente eso: un legado musical que no termina con su muerte.
*El Paso no pierde solamente a un músico*
Pienso en lo que significa para un pueblo despedir a uno de sus hijos más reconocidos. El menor de los Durán Díaz llevó a El Paso consigo. Lo llevó en sus canciones, en sus recuerdos y en esa manera de sentirse perteneciente a una tierra que no dejó de ser su casa. Y hoy, cuando su vida llega al final, también regresa simbólicamente a ese lugar.
*Lo que queda cuando el músico ya no está*
Ahora comienza otra etapa, la más difícil para cualquier artista. Ya no habrá nuevas interpretaciones ni otra oportunidad de preguntarle cómo entendía determinada melodía. Pero existe algo que la muerte no puede llevarse: la obra y la memoria. Las canciones de Náfer Durán seguirán disponibles para quien quiera escucharlas, su nombre continuará en la historia del Festival y los músicos seguirán encontrando en sus interpretaciones motivos para aprender. Así se construye la permanencia, de generación en generación.
*Adiós, maestro Naferito*
Hoy el vallenato despide a un juglar, El Paso despide a uno de sus hijos predilectos y la familia Durán despide a uno de sus grandes portadores de memoria. Pero las despedidas no siempre significan olvido, a veces significan comenzar a recordar de otra manera. Náfer ya no estará físicamente para poner el acordeón contra su pecho, pero sus canciones seguirán teniendo camino. Su modalidad menor seguirá hablando desde esa zona íntima donde la música deja de ser solamente sonido y comienza a convertirse en pensamiento. Por eso hoy no quisiera que la última palabra fuera muerte, prefiero que sea memoria. Porque la muerte puede llevarse al hombre, pero no necesariamente consigue llevarse aquello que el hombre sembró.
Que Dios reciba al maestro Náfer Santiago Durán Díaz y le conceda descanso después de una vida larga, intensa y entregada al folclor. Que El Paso lo recuerde con orgullo, que su familia encuentre consuelo en la obra que deja y que quienes seguimos creyendo que la música también es una forma de memoria sepamos volver a sus canciones cuando necesitemos escuchar de dónde viene una parte de lo que somos. Porque un juglar no desaparece completamente cuando muere, se queda en las canciones que alguien vuelve a escuchar. Y mientras una sola nota de Náfer Durán Díaz vuelva a sonar, su historia continuará caminando.
Naferito se fue de la vida, pero el vallenato se quedó en su memoria.

Con aprecio y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Malbi Blanco Romero presentó dos nuevas canciones de “Voces Femeninas del Folclor Internacional Vol. 5”

El pasado sábado 26 de septiembre se realizó, a través de la página de Facebook Live de Estampas Vallenatas del Folclor, el lanzamiento de las canciones “Un adiós a la diosa”, de la autoría del compositor Manuel Romero, y “El Rey de los Cachos”, del compositor Luis Sierra Maestre.

Ambas obras hacen parte de la producción musical “Voces Femeninas del Folclor Internacional Vol. 5” y fueron interpretadas por la reconocida cantante cartagenera Malbi Blanco Romero,prima hermana de la recordada artista Patricia Teherán Romero, quien dejó una importante huella en la música vallenata.

El encuentro contó con la participación especial de Glenda Zavala, directora del proyecto y compositora de origen arubeño, el compositor Luis Sierra Maestre y la intérprete Malbi Blanco Romero.

La entrevista estuvo a cargo de la periodista Belinda Olano, quien condujo una amena conversación en la que se conocieron detalles de las canciones, el proceso de producción, el significado y el mensaje de cada una de estas obras musicales.

Durante el encuentro también se destacó la gran versatilidad de Malbi Blanco Romero, quien demuestra su capacidad para adaptarse a diferentes estilos y propuestas musicales, imprimiendo en cada interpretación su personalidad, su estilo y ese sello vocal que la identifica como una artista en todo su esplendor.

Este lanzamiento representa un nuevo aporte a la promoción y difusión del talento femenino dentro del folclor, exaltando el trabajo de intérpretes, compositores y todas aquellas mujeres que continúan llevando nuestra música a nuevos escenarios.

Los invitamos a disfrutar de los videos de “Un adiós a la diosa” y “El rey de los cachos”, disponibles en YouTube, y a seguir apoyando el folclor vallenato y, especialmente, a todas las mujeres que día a día trabajan con pasión para mantenerlo vivo y llevarlo siempre en alto.

HERNANDO MARÍN LACOUTURE:* el poeta que convirtió la rebeldía en canto

«La voz del campo que cantó al amor con ternura, al pueblo con dignidad y a la injusticia con valentía»: Ramiro Elías Álvarez

Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Los grandes compositores no escriben únicamente canciones; escriben la biografía emocional de un pueblo. Por eso, en su obra el amor encuentra refugio, las costumbres conservan su memoria, la picaresca celebra la alegría de vivir y la inconformidad recuerda que el arte también tiene la misión de interpelar a la sociedad. Hernando José Marín Lacouture entendió eso mejor que nadie.

No todos los hombres nacen para dejar una huella; algunos llegan al mundo con la extraña misión de darle voz a quienes nunca fueron escuchados. Marín Lacouture perteneció a ese tipo de creadores capaces de transformar la vida cotidiana en poesía, la inconformidad en filosofía y el dolor colectivo en canciones que terminaron convirtiéndose en patrimonio sentimental del pueblo vallenato. Su obra no fue únicamente una sucesión de éxitos musicales: fue una manera de entender la existencia, de cuestionar las injusticias, de exaltar la belleza de la tierra y de recordarnos que el folclor también puede ser un acto de conciencia.

Nacido el primero de septiembre de 1944 entre los paisajes rurales de El Tablazo, jurisdicción de San Juan del Cesar, en La Guajira, el barro fue su primera escuela y la naturaleza su primer libro de poesía. Fue, además, un destacado intérprete de la guitarra. No fue un virtuoso de academia, pero sí un artesano de las cuerdas. Con su guitarra dialogaba: la acariciaba para arrullar un romance, la golpeaba para denunciar una injusticia, la hacía llorar para contar una despedida. Con ese instrumento de cuerdas se apoyaba para hacer sus letras y melodías. Las noches, el monte y el silencio eran sus maestros, y en cada rasgueo encontraba la nota exacta para vestir un sentimiento.

Y esa misma autenticidad la tenía en la voz. Aunque no era una voz «perfecta» técnicamente, era una voz con alma. Una voz que no cantaba para lucirse, sino para transmitir. Y cuando Hernando cantaba, el mensaje llegaba contundente, directo al pecho. Por eso terminó siendo no solo compositor: fue cantautor. Un hombre que escribía, componía, interpretaba y defendía sus propias verdades con guitarra en mano.

Antes de conquistar las parrandas y los escenarios, conoció el esfuerzo del campesino, el calor de los sembrados y el lenguaje silencioso de los árboles, del viento y de los caminos. Quizá por eso sus versos nunca sonaron artificiales: llevaban el aroma de la tierra recién labrada y la autenticidad de quien escribía desde la experiencia y no desde la imaginación distante.

La poesía de Hernando José nunca necesitó esconderse detrás de palabras grandilocuentes. Descubrió que la belleza también habita en la sencillez, en el paisaje guajiro, en la amistad, en el amor y en los pequeños acontecimientos de la vida. Su inspiración no conocía fronteras: unas veces enamoraba con versos románticos, otras retrataba la cotidianidad del Caribe, arrancaba sonrisas con su ingenio o despertaba conciencias con su inconformidad frente a las injusticias. Su sensibilidad florece en obras como «Villanueva mía», un himno de pertenencia; «El Girasol», donde la naturaleza se convierte en metáfora de la esperanza; «Lluvia de verano», cargada de nostalgia y delicadeza; «Lo que siento», un homenaje a la nobleza y a la resiliencia, donde expresa su deseo de transformar el dolor y la tristeza en cantos alegres para ocultar sus penas; «El Ángel del Camino», donde el sentimiento camina con la espiritualidad; y «La Creciente», esa canción dedicada a la conquista amorosa.

Su pluma, sin embargo, no se conformó con cantarle al amor. Comprendió que la poesía pierde parte de su sentido cuando permanece indiferente frente al sufrimiento humano. Entonces apareció el Hernando Marín filósofo y contestatario, el compositor que hizo de la música una tribuna para denunciar las desigualdades y defender la dignidad de los más humildes.

En «Los Maestros» levantó un sentido homenaje y, a la vez, un reclamo por la precaria situación laboral y el mal pago que vivían los profesores. Su letra expresa la falta de garantías de los gobiernos para con los educadores y convierte el agradecimiento en denuncia. 
En «La Ley del Embudo» lanzó una dura crítica a la desigualdad y a la injusticia social. Tomó el famoso dicho popular para señalar que la ley siempre es «ancha para unos y angosta para otros», favoreciendo a los más poderosos y oprimiendo a la clase más vulnerable. 
En «Canta conmigo», más que una canción festiva, dejó una plegaria social por la paz. Denuncia la violencia y hace un llamado a la reconciliación, expresando que con armas no se logran milagros sociales y abogando por el diálogo sin distingo de razas ni colores. 
Y en «Campesino parrandero», por medio de la cotidianidad desnudó la realidad del hombre del campo, reivindicando su forma de ser frente a la indiferencia de las élites urbanas.

Sus canciones jamás señalaron desde el resentimiento, sino desde una profunda conciencia social alimentada por la compasión y la esperanza.

Pero Hernando también fue poeta del amor. Y en esa faceta nos dejó «Tempestad».

«Tempestad» es Hernando Marín en su estado más elemental: comparando el clima con el corazón. 
El maestro no canta un despecho. Canta una fuerza de la naturaleza. Si en el cielo truena, en su pecho también. Si en la cordillera las nubes están espesas y va a llover, en su alma también está por desatarse algo.

Y ahí está la frase que lo explica todo: 
*»La lluvia tiene derecho a la tierra, mi amor al tuyo lo tiene también»* 
No pide permiso. Así como la lluvia moja porque debe mojar, el amor llega porque tiene que llegar.

Pero el verso que desarma es este: 
*»Siento en mis ojos la corriente del Cesar cuando se crece porque me pongo a llorar»* 
Hernando no dice «lloro mucho». Dice que sus lágrimas son río crecido. Que el dolor y la emoción le desbordan como el Cesar en invierno. Convirtió su llanto en geografía.

Y cierra con una verdad de hombre de pueblo: 
*»Uno se enamora muchas veces, ay una mujer que tiene para el hombre tempestad»* 
Esa es la mujer-huracán. La que te estremece como se estremece el monte, la que no escampa. 
«Tempestad» no habla de tristeza. Habla de intensidad. De ese amor que no pregunta, que no espera, que simplemente cae.

Poseía, además, esa picaresca inteligente tan característica del Caribe colombiano. Sabía reírse de las contradicciones humanas y convertir el humor en una elegante forma de crítica. Tenía la capacidad de narrar las debilidades del ser humano con ironía y una enorme riqueza narrativa, logrando que el oyente sonriera mientras, casi sin advertirlo, terminaba reflexionando sobre sí mismo.

Su grandeza también puede medirse por la cantidad de voces que encontraron en sus composiciones un camino hacia la inmortalidad. Su estilo, marcado por rasgos de rebeldía, romance y costumbrismo, se volvió universo en la garganta de los más grandes.

Rafael Orozco le dio vida eterna a «La Creciente», «Déjame quererte», «Yo no sé», «Luz Mary», «Recuerdos» y «Juramento». 
Jorge Oñate engrandeció «Lo que siento», «Campesino parrandero», «Locura de amor», «Destino», «Tú no sabes amar» y «Sanjuanerita». 
Diomedes Díaz convirtió en clásicos «Canta conmigo», «Acompáñame», «El gavilán mayor», «Lluvia de verano», «Ventana de cristal» y «El invencible». 
Poncho Zuleta se hizo presente en «Bebiendo yo», «Mis muchachitas», «El girasol», «La vecina de Chavita», «Los maestros» y «El arbolito». 
Beto Zabaleta encontró en Marín a uno de sus compositores más certeros, con «La ley del embudo», «Desengañado», «Malas y buenas», «El enfermo», «Rina», «A mi guajira», «Olvida esa pena» y «Lágrimas de sangre». 
Y la voz morena del vallenato, Silvio Brito, dejó una estela de éxitos como «El ángel del camino», «Sentencia», «El mocoso», «Pecadora», «Tempestad», «Enamorados», «Los años», «Mal de amores» y «Villanueva mía».

Y así, muchos otros grandes intérpretes comprendieron que aquellas letras trascendían el simple entretenimiento para convertirse en auténticos testimonios de la identidad caribe.

Resulta admirable que un hombre con escasa formación académica alcanzara semejante profundidad literaria. A pesar de que no llegó a ser sexagenario, como lo deseó y plasmó en una de sus canciones, ya se había convertido en un maestro de la composición. Demostró que la sensibilidad no se gradúa en las universidades, sino en la escuela de la vida; que la poesía puede brotar de unas manos curtidas por el trabajo del campo y por las cuerdas de una guitarra, con la misma fuerza con la que nace de la pluma de los grandes escritores.

Hernando Marín perdió la vida en un fatal accidente automovilístico el 5 de septiembre de 1999 en carreteras del departamento de Sucre. Pero la muerte no pudo con él, porque los versos verdaderos no se entierran.

Hernando José Marín Lacouture terminó siendo mucho más que un extraordinario compositor vallenato. Fue cronista del Caribe, defensor de los olvidados, poeta del paisaje, filósofo de la cotidianidad y conciencia crítica de un pueblo que encontró en sus canciones una voz para expresar aquello que muchas veces callaba.

Hoy su obra sigue viva porque sigue siendo necesaria. Mientras haya amor que cantar, injusticias que nombrar, costumbres que preservar y risas que compartir, la voz de Hernando Marín seguirá sonando en cada parranda, en cada protesta y en cada rincón del Caribe. Él no escribió para su tiempo: escribió para todos los tiempos. Y por eso el pueblo no lo recuerda: lo sigue cantando.

Con admiración, 
*Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Javier Payares Castro… Un compositor que le canta a sus raices

Javier Enrique Payares Castro nació el 25 de febrero de 1964 en Lorica, Córdoba. Aunque inició su camino como compositor en una etapa poco convencional de su vida, fue a los 45 años cuando descubrió el talento que llevaba dentro y escribió su primera obra musical, El Humilde, marcando así el comienzo de una fructífera carrera dentro del folclor vallenato.

Inspirado por sus vivencias, sus raíces y el amor por la música, Javier ha logrado consolidarse como un compositor de letras auténticas, cargadas de sentimiento y sencillez. Además de escribir, también ha incursionado como intérprete de sus propias canciones, debutando con Aquí Estoy Yo, tema que refleja su esencia artística y su compromiso con el vallenato.

Desde hace 19 años se encuentra radicado en España, donde ha construido una nueva etapa de su vida. Sin embargo, la distancia nunca ha sido un obstáculo para mantener vivo el amor por su tierra. A pesar de vivir en otra cultura y en un espacio geográfico muy diferente a su amada Colombia, Javier Payares nunca ha olvidado sus raíces. Lleva el folclor vallenato en el corazón, lo vive, lo siente y lo proyecta a través de cada una de sus composiciones, convirtiéndose en un fiel embajador de la música colombiana desde el exterior.

Hasta la fecha, 30 obras musicales de su autoría han sido grabadas por destacados intérpretes del género y por el propio compositor. Entre ellas se destacan: Una Fecha Especial, interpretada por Jhonny Salgado; Me Voy pa Cali, por Alberto Miranda; Puyando el Burro, por Big Baxxy; Ni Novios Ni Amigos por el reconocido cantante Miguel Herrera, Que Me Mate el Cacho, Está Enganchada, Mi Mejor Regalo y Belinda la Periodista, grabadas por Carlos Correa; Cuando Me Muera, Nido de Palomas, Las Bonitas y las Feítas y Propio, por Eusebio Guerrero; Perseverancia y Camperín con Mucho Swing, por Álvaro El Bárbaro; Desilusión, junto a Pello Lara; La Bonita y la Fea, con autoría compartida con Eliezer Hernández; además de numerosas interpretaciones realizadas por el propio Javier Payares Castro, entre ellas El Traidor, Isabela, Fiesta Agradera, La Sabrosa, La Sigo Queriendo, No Dejes que Me Muera, No Tiene Comparación, La Vejez No Viene Sola, Las Agraderas, Es Mi Mujer, El Humilde, Mi Tierra Linda y No Te Detengas.

Aunque no ejecuta ningún instrumento musical, Javier ha demostrado que el verdadero talento nace de la inspiración y la sensibilidad para escribir. Su pluma ha enriquecido el repertorio vallenato con canciones que exaltan el amor, la familia, la vida cotidiana y las tradiciones de su tierra.

Con humildad, perseverancia y un profundo amor por la composición, Javier Enrique Payares Castro continúa escribiendo nuevas historias convertidas en canciones, con el firme propósito de seguir aportando al crecimiento y preservación del vallenato, demostrando que el amor por la música y por la tierra donde se nace no conoce fronteras.

Luis Enrique Martínez Argote: El rector de los acordeonistas vallenatos

«No es cuánto rápido puedes tocar. Es lo que dices»: Yuja Wang (pianista clásica china).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

El vallenato tiene fundadores visibles y arquitectos invisibles. Los primeros, aparecen en las fotografías, en los homenajes y en las coronas festivaleras; los segundos, habitan en la respiración secreta de la música: allí donde nace el estilo, donde se ordena el lenguaje y donde una cultura aprende a reconocerse a sí misma.

Luis Enrique Martínez Argote perteneció a esa segunda categoría.

No necesitó conservatorios, ni cátedras universitarias, ni tratados musicales. Su escuela fue el viento ardiente del Magdalena Grande, la polvareda de los caminos, las madrugadas de parranda donde el acordeón no se interpreta: se confiesa. Allí, entre pueblos dispersos y patios iluminados por mechones de kerosene, comenzó a levantar la estructura invisible de lo que hoy entendemos como acordeón vallenato moderno.

Lo llamaron “El Pollo Vallenato”, y el apodo no era casual ni folclóricamente decorativo. En distintos lugares del Caribe, el pollo fino de pelea representa bravura, resistencia y jerarquía en la cuerda. Y así era Luis Enrique frente a otros músicos: desafiante, preciso, elegante y temible en la ejecución. No necesitaba alardes. Bastaba verlo abrir el fuelle para entender que allí había un dominio distinto una autoridad musical que no venía de la fuerza, sino del conocimiento profundo del instrumento.

Porque mientras otros tocaban el acordeón, Luis Enrique ya conversaba con él.

El Pollo Vallenato no solo interpretó un instrumento, lo ordenó y lo convirtió en lenguaje eterno.

Nació el 24 de febrero de 1922 en El Hatico, jurisdicción de Fonseca, y murió el 25 de marzo de 1995 en Santa Marta. Pero las fechas resultan insuficientes cuando se habla de un hombre que no dejó únicamente canciones, sino también una escuela estética completa. Los grandes maestros no se miden por los años que vivieron, sino por las generaciones que continúan respirando su pensamiento musical.

Y Luis Enrique Martínez todavía respira en el acordeón de Colombia.

Antes de él, el acordeón vallenato caminaba casi por intuición. Había talento, inspiración campesina y oralidad popular, pero faltaba organización musical. Fue entonces cuando apareció este juglar zurdo y visionario para construir la gramática definitiva del vallenato.

Él trazó la ruta.

Inventó la introducción que anuncia la emoción antes de que llegue la palabra. Creó puentes musicales que no eran simples conexiones, también diálogos entre el canto y el silencio. Refinó el remate y el contrarremate como quien cierra un poema con exactitud perfecta. Organizó la digitación, la entrada a las estrofas, los adornos, las pausas, el acompañamiento armónico y la estructura narrativa del acordeón.

Lo que hoy parece natural en un paseo, en un merengue, en un son o en una puya, fue primero una intuición genial en las manos de Luis Enrique Martínez Argote.

Por eso me atrevo a llamarlo el rector de los acordeonistas vallenatos.

Porque todos sin excepción han pasado por su aula invisible.

El acordeón de los festivales se abre y se cierra con «El Pollo Vallenato». Sus recursos melódicos sobreviven en las introducciones modernas, en los giros armónicos, en los bajos elegantes, en las respuestas musicales que hacen hoy los nuevos intérpretes creyendo innovar sobre caminos que él había descubierto hace más de siete décadas.

Muchos estilos contemporáneos no son otra cosa que ecos sofisticados de su pensamiento musical.

Y quizá una de sus revoluciones más grandes fue haber comprendido el verdadero papel de los bajos. En una época donde muchos los ignoraban o los reducían a acompañamiento elemental, Luis Enrique los convirtió en voz y melodía. Hizo que el acordeón sonara completo, profundo, tridimensional. Comprendió que el instrumento había sido creado para usar toda su anatomía sonora y no apenas una parte de él.

Fue un adelantado de su tiempo.

El hombre que le puso mapa al fuelle. Porque sin su estructura, el acordeón seguía siendo intuición suelta. Con él, se volvió geografía, camino, escuela.

Pero además tenía algo todavía más raro: sensibilidad.

Porque la técnica sin alma produce ruido elegante; en cambio, el arte verdadero nace cuando la precisión se encuentra con la emoción. Y eso ocurría en su ejecución. Había en su pulsación una mezcla irrepetible de sabrosura, nostalgia, firmeza y melancolía campesina.

Su acordeón parecía respirar.

Por eso no fue solamente ejecutante. También fue compositor, cantante y verseador. Más del centenar de canciones nacieron de su inspiración: La tijera, Los Morrocoyos, El cimarrón, La corocito, Jardín de Fundación, La vaciladora, Mi despedida, El gallo jabao, El Pollo Vallenato, Francisco el hombre, Merenguito sabroso, entre muchas otras obras que todavía recorren las venas sentimentales del Caribe colombiano.

Y aunque en 1973 alcanzó la corona del Festival de la Leyenda Vallenata, su verdadero reinado nunca dependió de un jurado ni de una tarima. Su corona auténtica está en el oído colectivo del vallenato.

Porque después de él, todos aprendieron y siguen aprendiendo de su legado.

Emiliano Alcides Zuleta Díaz, Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza Daza, Israel Romero Ospino, Alfredo De Jesús Gutiérrez Vital, Orangel ‘El Pangue’ Maestre Socarrás, Gonzalo Arturo ‘Cocha’ Molina Mejía, Alberto «Beto» Villa Payares, Miguel López Gutiérrez, Juan Humberto Rois Zúñiga, entre tantos otros, bebieron de esa fuente melódica que hoy me permito llamar Escuela Enriquemartiana.

No una escuela de paredes y diplomas.

Una escuela espiritual.

Una manera de entender que el acordeón no es solo velocidad ni virtuosismo. Es intención, es carácter, es contar una historia con cada nota. Martínez Argote enseñó que una nota puede llorar sin perder elegancia y que un remate puede decir más que muchas palabras.

Por eso fue el papá de los acordeonistas, aunque incluso ese título parece quedarse corto.

Los padres heredan la sangre. Los rectores forman generaciones.

Hoy existen casas-museo en Fonseca y en El Copey. Hoy sus restos descansan en El Hatico bajo la admiración de quienes peregrinan buscando la memoria del juglar. Pero su verdadero monumento no está hecho de cemento, barro, yeso, o madera.

Está hecho de fuelle.

Cada vez que un joven acordeonista sube a una tarima y ejecuta una introducción elegante, cada vez que un paseo entra con precisión melódica, cada vez que un acordeón sabe cuándo acompañar, cuándo responder y cuándo callar para dejar hablar el verso, allí sigue vivo Luis Enrique Martínez.

Invisible. Magistral. Irremplazable.

Porque el vallenato no se construyó solo desde la inspiración. También necesitó pensamiento, estructura y visión artística.

Y quien organizó ese lenguaje fue él.

Hay hombres que no pasan por la historia de un instrumento: la reorganizan.
Luis Enrique no había que explicarlo mucho, bastaba escucharlo una vez para que todos los amantes de la música vallenata termináramos siguiéndolo.

El rector de los acordeonistas vallenatos no se fue.

Sigue ahí, en cada fuelle que se abre con respeto.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado