“Los juglares no se llevan sus canciones cuando parten; las dejan caminando para que el tiempo no consiga borrar sus huellas.” Ramiro Álvarez Mercado
*Por Ramiro Elías Álvarez Mercado*
El vallenato está de luto y con un vacío que no se llena con palabras. Se nos fue un hombre que llevó la música como se lleva la sangre: sin hacer ruido, pero sin poder vivir sin ella. Este 29 de septiembre de 2026, a los 93 años, murió en Valledupar el maestro Náfer Santiago Durán Díaz, nacido en El Paso, Cesar, el 26 de diciembre de 1932.
Pero escribir hoy sobre Náfer Durán no debería consistir en enumerar sus títulos. Fue Rey Vallenato en 1976, fue compositor, fue cantante, fue acordeonista, fue padre y hermano de una de las figuras fundamentales de la historia del vallenato. Todo eso es cierto, pero falta lo más importante: fue juglar. Y esa palabra contiene una forma de vivir que difícilmente cabe en una biografía.
*El Paso como raíz*
Para hablar de Náfer Santiago hay que comenzar por El Paso. No como quien ubica un punto en un mapa, sino como quien busca la raíz de un árbol. Porque él no fue un músico que simplemente nació en una tierra y después se marchó. El Paso permaneció dentro de sus entrañas durante toda su existencia. Su infancia, sus primeros aprendizajes y buena parte de la materia de sus canciones estuvieron ligados a ese territorio. Allí comenzó a familiarizarse con el acordeón. Allí aprendió que la música también podía ser conversación, que una parranda podía convertirse en relato, que una melodía podía guardar el recuerdo de una persona y que una canción podía viajar mucho más lejos que quien la había compuesto. Desde niño entendió el instrumento como parte de la vida cotidiana, no como una pieza destinada exclusivamente a un escenario, sino como un compañero de camino. Quizás por eso, cuando llegó a la vejez, seguía hablando del acordeón con la familiaridad con que se habla de un viejo amigo.
*Una familia donde la música tenía raíces*
Naferito nació en una familia vinculada profundamente con la música. Fue hijo de Náfer Donato Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villarreal, y hermano de Luis Felipe y Alejandro Durán, el inolvidable Alejo, primer Rey Vallenato. Pero sería injusto contar la historia de Náfer desde la sombra de su hermano. Los dos pertenecieron a una misma raíz, pero cada uno encontró su propio camino. Alejo escribió páginas inmortales y Náfer también lo hizo. La historia de los hermanos Durán es hermosa porque demuestra que una misma familia puede producir distintas maneras de entender la música.
*La corona llegó, pero la historia había comenzado mucho antes*
En 1976 llegó una de las grandes distinciones de su vida. Náfer Durán se coronó Rey Vallenato. Su nombre entró entonces en la historia del Festival y quedó unido para siempre a una de las páginas fundamentales del acordeón profesional. Pero una corona solamente puede señalar un momento, no puede explicar una vida entera. En 1983, su trayectoria alcanzó otra distinción significativa al ser declarado fuera de concurso en el Festival de la Leyenda Vallenata. Aquello decía algo que ninguna corona por sí sola podía decir: que ya no se estaba frente a un competidor cualquiera, se estaba frente a un maestro cuya trayectoria había adquirido otro significado.
*El lenguaje particular de Náfer*
Cuando escribí meses atrás sobre Náfer Durán, lo hice alrededor de una característica fascinante: su manera de interpretar en modalidad menor. Hoy quiero volver sobre ella, pero desde otro lugar. No para repetir aquel análisis, sino para comprender lo que esa particularidad significó en su legado. Náfer encontró en la modalidad menor un territorio donde podía expresar otra dimensión del sentimiento vallenato. En una música acostumbrada a celebrar, él encontró también espacio para la introspección. Su interpretación podía adquirir una profundidad distinta, una forma diferente de mirar la nostalgia y de convertir una melodía en pensamiento. Por eso su manera de tocar era inconfundible. Había en ella una personalidad. No necesitó apartarse de la tradición para encontrar su identidad, la encontró dentro de ella.
*Un compositor que convirtió la vida en canciones*
Náfer Durán fue también un compositor prolífico. Su repertorio contiene numerosas obras que hablan de amores, lugares y personajes. Entre sus composiciones aparecen Sin ti, Déjala vení, Con sentimiento, La Grabadora, El Estanquillo, La Chimichaguera, Ariguaní, Mi Patria Chica y Teresita. Pero más allá de la cantidad existe algo más importante: la capacidad de convertir la experiencia en canción. El compositor entrega una experiencia particular y el público la convierte en memoria colectiva.
*El juglar no era solamente el músico*
Quizás hemos reducido demasiado la palabra juglar. La usamos para referirnos a un acordeonista. Pero un juglar es algo más. Es un hombre que lleva consigo historias, que convierte la experiencia en relato, que camina con una memoria que después entrega a los demás. Náfer perteneció a esa generación que aprendió el vallenato desde la cercanía, desde el patio, desde la fiesta, desde la parranda y desde la conversación. Por eso su partida supera la tristeza familiar. Con este maestro también se va uno de los hombres que podía contar, desde su propia experiencia, cómo era ese mundo que hoy intentamos reconstruir.
*Una vida entera al lado del acordeón*
Quizás ninguna imagen explica mejor a Náfer Santiago que aquella de sus últimos años con el acordeón todavía cerca del pecho. A los 93 años seguía vinculado al instrumento que lo acompañó desde la infancia. Hay relaciones que el tiempo desgasta. La de Naferito con su acordeón parecía funcionar al revés. Mientras más años pasaban, más profunda se volvía. Eso no es simplemente longevidad artística, es fidelidad a una forma de vida, a una tierra, a una familia y a una expresión musical.
*La herencia que no cabe en una corona*
Náfer deja una familia numerosa y varios de sus hijos, nietos y bisnietos están vinculados a la música. Ese detalle tiene una importancia especial. La verdadera herencia de un músico no siempre se encuentra en las grabaciones. A veces está en las manos de sus descendientes, en las historias que escucharon y en las costumbres que decidieron conservar. Una tradición puede sobrevivir en un festival, en un disco, pero también puede sobrevivir en una casa, en un padre que enseña y en un hijo que escucha. El maestro Náfer Durán deja precisamente eso: un legado musical que no termina con su muerte.
*El Paso no pierde solamente a un músico*
Pienso en lo que significa para un pueblo despedir a uno de sus hijos más reconocidos. El menor de los Durán Díaz llevó a El Paso consigo. Lo llevó en sus canciones, en sus recuerdos y en esa manera de sentirse perteneciente a una tierra que no dejó de ser su casa. Y hoy, cuando su vida llega al final, también regresa simbólicamente a ese lugar.
*Lo que queda cuando el músico ya no está*
Ahora comienza otra etapa, la más difícil para cualquier artista. Ya no habrá nuevas interpretaciones ni otra oportunidad de preguntarle cómo entendía determinada melodía. Pero existe algo que la muerte no puede llevarse: la obra y la memoria. Las canciones de Náfer Durán seguirán disponibles para quien quiera escucharlas, su nombre continuará en la historia del Festival y los músicos seguirán encontrando en sus interpretaciones motivos para aprender. Así se construye la permanencia, de generación en generación.
*Adiós, maestro Naferito*
Hoy el vallenato despide a un juglar, El Paso despide a uno de sus hijos predilectos y la familia Durán despide a uno de sus grandes portadores de memoria. Pero las despedidas no siempre significan olvido, a veces significan comenzar a recordar de otra manera. Náfer ya no estará físicamente para poner el acordeón contra su pecho, pero sus canciones seguirán teniendo camino. Su modalidad menor seguirá hablando desde esa zona íntima donde la música deja de ser solamente sonido y comienza a convertirse en pensamiento. Por eso hoy no quisiera que la última palabra fuera muerte, prefiero que sea memoria. Porque la muerte puede llevarse al hombre, pero no necesariamente consigue llevarse aquello que el hombre sembró.
Que Dios reciba al maestro Náfer Santiago Durán Díaz y le conceda descanso después de una vida larga, intensa y entregada al folclor. Que El Paso lo recuerde con orgullo, que su familia encuentre consuelo en la obra que deja y que quienes seguimos creyendo que la música también es una forma de memoria sepamos volver a sus canciones cuando necesitemos escuchar de dónde viene una parte de lo que somos. Porque un juglar no desaparece completamente cuando muere, se queda en las canciones que alguien vuelve a escuchar. Y mientras una sola nota de Náfer Durán Díaz vuelva a sonar, su historia continuará caminando.
Naferito se fue de la vida, pero el vallenato se quedó en su memoria.
Con aprecio y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado
Categoría: noticias vallenatas
Javier Payares Castro… Un compositor que le canta a sus raices
Javier Enrique Payares Castro nació el 25 de febrero de 1964 en Lorica, Córdoba. Aunque inició su camino como compositor en una etapa poco convencional de su vida, fue a los 45 años cuando descubrió el talento que llevaba dentro y escribió su primera obra musical, El Humilde, marcando así el comienzo de una fructífera carrera dentro del folclor vallenato.
Inspirado por sus vivencias, sus raíces y el amor por la música, Javier ha logrado consolidarse como un compositor de letras auténticas, cargadas de sentimiento y sencillez. Además de escribir, también ha incursionado como intérprete de sus propias canciones, debutando con Aquí Estoy Yo, tema que refleja su esencia artística y su compromiso con el vallenato.
Desde hace 19 años se encuentra radicado en España, donde ha construido una nueva etapa de su vida. Sin embargo, la distancia nunca ha sido un obstáculo para mantener vivo el amor por su tierra. A pesar de vivir en otra cultura y en un espacio geográfico muy diferente a su amada Colombia, Javier Payares nunca ha olvidado sus raíces. Lleva el folclor vallenato en el corazón, lo vive, lo siente y lo proyecta a través de cada una de sus composiciones, convirtiéndose en un fiel embajador de la música colombiana desde el exterior.
Hasta la fecha, 30 obras musicales de su autoría han sido grabadas por destacados intérpretes del género y por el propio compositor. Entre ellas se destacan: Una Fecha Especial, interpretada por Jhonny Salgado; Me Voy pa Cali, por Alberto Miranda; Puyando el Burro, por Big Baxxy; Ni Novios Ni Amigos por el reconocido cantante Miguel Herrera, Que Me Mate el Cacho, Está Enganchada, Mi Mejor Regalo y Belinda la Periodista, grabadas por Carlos Correa; Cuando Me Muera, Nido de Palomas, Las Bonitas y las Feítas y Propio, por Eusebio Guerrero; Perseverancia y Camperín con Mucho Swing, por Álvaro El Bárbaro; Desilusión, junto a Pello Lara; La Bonita y la Fea, con autoría compartida con Eliezer Hernández; además de numerosas interpretaciones realizadas por el propio Javier Payares Castro, entre ellas El Traidor, Isabela, Fiesta Agradera, La Sabrosa, La Sigo Queriendo, No Dejes que Me Muera, No Tiene Comparación, La Vejez No Viene Sola, Las Agraderas, Es Mi Mujer, El Humilde, Mi Tierra Linda y No Te Detengas.
Aunque no ejecuta ningún instrumento musical, Javier ha demostrado que el verdadero talento nace de la inspiración y la sensibilidad para escribir. Su pluma ha enriquecido el repertorio vallenato con canciones que exaltan el amor, la familia, la vida cotidiana y las tradiciones de su tierra.
Con humildad, perseverancia y un profundo amor por la composición, Javier Enrique Payares Castro continúa escribiendo nuevas historias convertidas en canciones, con el firme propósito de seguir aportando al crecimiento y preservación del vallenato, demostrando que el amor por la música y por la tierra donde se nace no conoce fronteras.
Ovidio Granados vivió metido en el corazón de los acordeones
Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv
Por más de 60 años Ovidio Enrique Granados Melo, ‘El viejo Villo’, en menos de lo que cantaba un gallo abría los acordeones, y empezaba a dar clases sobre sus elementos ocultos, sin decir cómo se reparaban. Por eso se ganó el interesante título de ‘Cirujano de los acordeones’.
Sabía esculcar a fondo el corazón de ese instrumento dando el diagnóstico adecuado y hasta el valor que tenía la reparación. Nunca pasó de 20 mil pesos. “Y me pedían rebaja”, decía jocosamente.
Como todo alumno tuvo su profesor llamado Ismael Rudas Jaramillo, quien vivía en el pueblo de Caracolicito, municipio de El Copey, Cesar. Ese trabajo le gustó tanto que en vez de dedicarse a tocar con dedicación el acordeón donde era un gran creativo, optó por repararlo con éxito absoluto, teniendo la más grande clientela. De eso vivió gran parte de su vida.
En esos diálogos sobre su oficio nunca quiso decir cuál era el secreto para llegar al punto preciso y no demorar en el arreglo del acordeón, pero entregó una pista que sus hijos lo sabían, especialmente Ovidio Raúl, quien sin duda sería el sucesor.
Para Ovidio Granados el mes de abril era bendito, no solamente por el Festival de la Leyenda Vallenata, sino porque el desfile de acordeoneros por su casa en el barrio Los Caciques de Valledupar, era grande. Todos querían que le pusiera su acordeón 10 puntos, para estar listos para los concursos o parrandas.
Cuando hablaba del Festival de la Leyenda Vallenata se emocionaba porque durante tres años fue protagonista en el concurso de acordeón profesional. Como cosa curiosa participó en tres ocasiones ocupando el segundo puesto, exactamente en los años 1968, 1975 y 1983. En esas oportunidades ganaron Alejandro Durán Díaz, Julio Enrique de la Ossa Domínguez y Julio César Rojas Buendía.
Eso lo hizo comentar. “Yo, siempre estuve ensegundao”. Claro que tiempo después vinieron grandes alegrías con los triunfos en el Festival de la Leyenda Vallenata de sus hijos Hugo Carlos, Juan José y de su hermano Almes.
Ovidio Granados, en medio del arreglo de los acordeones, tarea que también desempeñaba su fallecido hijo Eudes, hizo su incursión en la pasta sonora en tres ocasiones con Los Playoneros del Cesar y Diomedes Díaz, con quien grabó las canciones ‘Diana’ (Calixto Ochoa), ‘Las cosas del amor’ (Marciano Martínez), ‘Palmina’ (Joaquín Betín) y ‘La guajirita’ (Diomedes Díaz). También, participó en la producción musical ‘Granados, Dinastía de Reyes’, en unión de los músicos de su familia.
Para el juglar mariangolero había una frase de Gabriel García Márquez, que le gustaba porque era realidad. “No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo escuchamos se nos arruga el sentimiento”. Todo se encerraba en las bondades emocionales de ese viejo instrumento que nunca pasa de moda regalando notas alegres, románticas y tristes.
Las añoranzas flotaban en su entorno y citó la vez cuando estuvo en Alemania, exactamente en la fábrica de acordeones Hohner, donde se maravillaron por su forma artesanal de arreglarlos con pocas herramientas. Alla, era diferente por la manera técnica de ensamblarlas. De todas maneras, ‘El viejo Villao’ demostró ser el mejor arreglador de pitos, bajos y fuelles que componen esa caja bendita.
Los recuerdos
El era un hombre serio, calmado, de poco hablar y en una entrevista entregó su concepto sobre los mejores acordeoneros citando en su orden a Luís Enrique Martínez, Calixto Ochoa, Alfredo Gutiérrez y Emiliano Zuleta Díaz. También marcó su territorio. “A mis hijos Hugo Carlos, Juan José, y a mi hermano Almes, no los meto en la lista porque tocan más bonito y son unos tigres”.
Luego pasó a las canciones que más le gustaban, haciendo un extenso recorderis. ‘Lirio rojo’ (Calixto Ochoa), ‘Matildelina’ (Leandro Díaz), ‘El cachaquito’ (Miguel Yaneth) y ‘El vicio’, de su autoría. “Si acaso me mata el vicio, me entierran con mi acordeón, porque pa’ tocar bonito, tengo que tomar el ron”.
También destacó a Mariangola, de quien anotó era el pueblo más bello del mundo y producía de todo. De ser padre de 12 hijos y de tener 21 nietos, de los cuales dos Hugo Carlos Granados Jr. y Jairo José Lobo Granados, son acordeoneros. La dinastía continua en marcha.
Rey Vallenato Vitalicio
Para Ovidio Enrique Granados Melo, la noche del sábado siete de junio de 2025 fue gloriosa porque recibió por parte de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, el título de Rey Vallenato Vitalicio.
Entonces sus palabras fueron elocuentes. “La gracia de Dios es grande y todo en su momento. Que mejor que sea en vida para alegrarme por este reconocimiento de Rey Vallenato Vitalicio. Estoy feliz y este título lo comparto con los seguidores de la dinastía Granados”.
En la despedida del juglar que dejó una inmensa huella, se exalta su nombre y su extensa tarea a favor del folclor vallenato, donde fue la figura principal de su dinastía y hasta sus últimos días estuvo como guardián de los acordeones a los que consintió como a sus hijos.
Allá en el famoso kiosko de su casa quedaron registrados miles de historias, notas de acordeones y esos versos de la canción de Calixto Ochoa, ‘Diana’ que interpretó con Diomedes Díaz. “Si acaso yo no regreso más por aquí, díganle a Diana que rece, y ruegue por mí”. Decir adiós nunca es fácil, porque el mañana no cura los recuerdos.


Falleció el maestro Ovidio Granados Melo, leyenda del acordeón vallenato
El folclor vallenato está de luto. En las últimas horas falleció el maestro Ovidio Enrique “Villo” Granados Melo, legendario acordeonero y destacado exponente de la música tradicional colombiana. Su deceso se produjo en el Instituto Cardiovascular del Cesar, donde permanecía bajo atención médica debido a complicaciones derivadas de una isquemia que padecía desde el pasado lunes.
A sus 85 años, el hijo ilustre de Mariangola, corregimiento de Valledupar, deja un legado invaluable para la música del Caribe colombiano. Su talento, disciplina y amor por el acordeón lo convirtieron en una de las figuras más respetadas y admiradas del vallenato tradicional.
En la década de los años sesenta fue uno de los fundadores de la histórica agrupación Los Playoneros del Cesar, junto a Miguel Yanet, Wicho Sánchez y Rodolfo Castilla, agrupación que marcó una época dorada dentro del folclor vallenato.
El maestro Ovidio Granados perteneció a una de las dinastías más importantes de la música vallenata. Fue padre de los Reyes Vallenatos Hugo Carlos Granados, Rey de Reyes, y Juan José Granados. También fue padre de Ovidio “Villito” Granados y de Eudes Granados, quien falleció en el trágico accidente aéreo en el que también perdió la vida el acordeonero Juancho Rois. Estos últimos heredaron de su padre el oficio de reparar acordeones, labor que él desempeñó con maestría durante décadas.
Su linaje musical se remonta a su abuelo paterno, Juancito Granados, conocido como “El Gallo de Camperucho”, reconocido por los investigadores del folclor por su magistral interpretación del acordeón. Su padre, Juan Francisco Granados Ochoa, también fue acordeonero y familiar del inolvidable Calixto Ochoa. Por parte materna, su madre Isabel Melo mantenía vínculos familiares con el legendario Alejandro Durán, mientras que su tío Martiniano Melo también sobresalió como ejecutante del acordeón.
Además, era hermano de Almes Granados y de Adelmo “Memo” Granados, destacado percusionista que hizo parte de importantes agrupaciones vallenatas, entre ellas la de Silvestre Dangond.
Una vida dedicada al acordeón
La trayectoria del maestro Ovidio Granados estuvo marcada por la perseverancia. Participó en el primer Festival de la Leyenda Vallenata, realizado en 1968, donde ocupó el segundo lugar detrás de Alejo Durán. Regresó al certamen en 1975 y nuevamente alcanzó el subcampeonato, siendo coronado Julio De La Ossa.
Su espíritu competitivo lo llevó a participar una vez más en 1983, logrando por tercera ocasión el segundo puesto, mientras Julio Rojas obtenía la corona. Aunque nunca alcanzó el máximo título, su nombre quedó grabado para siempre entre los grandes protagonistas de la historia del Festival de la Leyenda Vallenata.
Reconocido como un auténtico juglar del vallenato, también dejó una huella imborrable al participar en grabaciones junto a Diomedes Díaz, aportando su talento en canciones como Diana, Las Cosas del Amor, Palmina y La Guajirita.
Dentro de su trabajo con Los Playoneros del Cesar participó en producciones que hoy son consideradas verdaderas joyas del folclor. En 1968 hizo parte del álbum Alegres Creaciones de Los Playoneros del Cesar, donde sobresalieron temas como Penas Negras, Campesina Ibaguereña y El Buey Mariposo, composiciones de Wicho Sánchez.
Posteriormente, en 1969, integró la producción Solo por Quererte, recordada por incluir la primera canción grabada al compositor Edilberto Daza, además de obras como Pena de Amor, La Realidad de la Vida y Tiempos Viejos. Estas grabaciones ayudaron a consolidar el estilo auténtico del conjunto y permanecen en la memoria de los amantes del vallenato tradicional.
Guardián del acordeón
El periodista e investigador musical Agustín Bustamante destacó el invaluable aporte del maestro Granados:
«Fue un referente que trascendió el papel de intérprete del acordeón para convertirse en guardián de este instrumento. Entendía el acordeón como un organismo vivo, capaz de narrar la historia de la música vallenata. Reconocidos músicos de la región acudieron a él para mantener la esencia del instrumento de fuelle.»
El folclor lamenta su partida
Tras conocerse la noticia, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata expresó su pesar por el fallecimiento de quien fuera Rey Vitalicio y una de las figuras más representativas del folclor vallenato.
«Lamentamos el fallecimiento del juglar y Rey Vitalicio del Festival de la Leyenda Vallenata, Ovidio Enrique ‘Villo’ Granados Melo. Presentamos nuestras condolencias a sus hijos, hermanos y demás familiares, deseando paz en su tumba.»
Con la partida del maestro Ovidio Granados Melo se apaga una de las voces más auténticas del acordeón vallenato, pero su legado permanecerá vivo en cada nota, en cada canción y en las nuevas generaciones que continúan enriqueciendo la tradición musical que él ayudó a construir.




Fundación Cocha Molina y la Universidad de La Guajira forman a los nuevos talentos del vallenato
Con la participación de más de cien estudiantes, la Fundación Cocha Molina y la Universidad de La Guajira iniciaron un ciclo de aprendizaje en acordeón, canto y composición. Esta iniciativa busca descubrir y proyectar a las futuras promesas de la música vallenata, género declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
El Rey Vallenato Gonzalo Arturo ‘El Cocha’ Molina, el maestro de la composición Rosendo Romero y la gerente de la fundación, Julieth Peraza, lideraron el equipo que recorrió las sedes de Fonseca, Villanueva y Riohacha para afianzar este proceso académico junto a los docentes universitarios.
Los resultados del proyecto ya son visibles. En apenas su primer mes de clases, los alumnos aprendieron a interpretar ‘Brindo con el alma’, el icónico éxito que ‘El Cocha’ Molina grabó junto al recordado Diomedes Díaz.
“Estamos fomentando la pasión y el amor por nuestra música. Formamos a nuevos talentos para salvaguardar esta identidad cultural que nos representa ante el mundo”, destacó ‘El Cocha’ Molina.
Por su parte, Jhon Jairo De La Rosa, docente de la sede Maicao de la Universidad de La Guajira, manifestó su admiración por el avance del convenio: “Estoy muy sorprendido con el progreso de los estudiantes. La muestra musical que presentaron nos deja muy contentos y con altas expectativas para continuar este proceso tan importante”.
OFICINA COMUNIRED
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