Gabi Cuicchi: una voz argentina que aprendió a cantar con el corazón de Colombia

«Hay voces que nacen para cantar canciones y otras que, cuando cantan, consiguen que las canciones vuelvan a nacer»:
Ramiro Álvarez Mercado

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Algunos encuentros no necesitan de un apretón de manos ni de una conversación frente a frente para dejar una huella. A veces basta escuchar una voz, descubrir la sensibilidad que habita detrás de ella y comprender que, aunque los mapas levanten fronteras, la música se encarga de derribarlas. Eso me ocurrió al acercarme a la historia de Gabriela Cuicchi, una artista argentina que encontró en la música colombiana, y particularmente en el vallenato, la cumbia, el porro y el bullerengue, un territorio del alma donde su propia sensibilidad pudo reconocerse.

Porque la música tiene esa extraña manera de acercar las distancias: una melodía puede viajar miles de kilómetros, cruzar fronteras, atravesar montañas y mares, y llegar hasta un corazón que quizá nunca ha pisado la tierra donde nació aquella canción. Así, desde Mar del Plata, una mujer argentina fue descubriendo que en Colombia también había una parte de su propia historia musical por encontrar.

Gabriela Florencia Cuicchi nació el 23 de marzo de 1992, en la ciudad de Mar del Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina. Allí realizó sus estudios primarios en el colegio María Auxiliadora y cursó la secundaria en Nueva Pompeya.

A los 17 años se animó a tomar clases de canto. Cuatro años más tarde ingresó al Instituto Polivalente de Arte “IPA” Adolfo Ábalos, de su ciudad natal, donde realizó su formación musical y obtuvo la Tecnicatura de Canto con orientación en canto jazz.

En su familia, la música no llegó como una herencia transmitida de generación en generación. Gabi es la menor de cuatro hermanos varones y la única artista de la familia. Su madre, Patricia, fue empleada pública, y su padre, Fernando, veterinario. En su casa se escuchaba música variada, pero ninguno de sus familiares tuvo una inclinación particular hacia el arte musical. El gusto por el canto, por la música y por la historia que existe detrás de ella nació en Gabriela como una inquietud profundamente personal, como una especie de llamado interior que fue creciendo con el paso del tiempo.

Quizá por eso su historia musical tiene algo de búsqueda, de descubrimiento y también de viaje.

Cuando comenzó a cantar, sintió una profunda fascinación por las voces afroamericanas, por esas voces negras que parecían traer consigo la memoria de pueblos enteros: el blues, el jazz, el soul, el góspel. Siempre se sintió cautivada por esa energía afrodescendiente, por esa fuerza que parece convertir el dolor en canto y la historia en melodía.

Pero un día, casi como quien abre una puerta sin imaginar lo que existe detrás de ella, la canción “Los caminos de la vida”, del compositor vallenato Omar Geles Suárez, le mostró otro horizonte.

Y entonces su universo musical comenzó a ensancharse.

Gabriela Florencia se considera una mujer abierta a los diferentes sonidos, una artista de gustos musicales amplios, una exploradora permanente de melodías y culturas. Poco a poco fue encontrándose con el folclor de su propia tierra, con el rock nacional argentino, la zamba, el tango y el chamamé, géneros que analiza y que le hablan de la memoria de su país, y por supuesto, con las voces y las historias de la tierra que la vio nacer.

Siempre le ha causado una enorme curiosidad conocer aquello que se esconde detrás de las canciones: la historia de quienes las escribieron, las circunstancias que inspiraron sus letras, las melodías que las hicieron eternas y la vida de los compositores que consiguieron transformar sus experiencias en patrimonio colectivo.

Por eso también realizó algunas versiones de canciones como homenaje a la patria donde nació y nacieron sus ancestros.

Y como buena argentina, la cumbia de su país también hizo parte de ese camino. Pero la búsqueda continuaba. Y en ese andar musical terminó encontrándose con la cumbia colombiana, con sus raíces, con su riqueza, con su belleza cautivadora y, sobre todo, con Colombia, esa tierra que para muchos es reconocida como cuna y madre de la cumbia.

Desde su natal Mar del Plata, Gabriela también tuvo la oportunidad de compartir escenarios y alternar con agrupaciones colombianas durante las temporadas de verano. Aquellas experiencias terminaron reforzando aún más su admiración y su profundo gusto por la música del Caribe colombiano.

Cuando comenzó sus clases de canto, paralelamente tomó clases de guitarra y piano. Nunca pretendió convertirse en una gran guitarrista o pianista; aquellos instrumentos fueron, más bien, herramientas que le permitieron acompañarse y comprender mejor el lenguaje musical. Tiene una noción básica de ambos, pero sabe perfectamente cuál es su verdadero instrumento.

Su voz.

El canto es su manera de expresarse, su forma de decir lo que siente, de ponerle palabras a aquello que muchas veces no las tiene. Su voz está empapada de sus emociones y sentimientos, y quizá allí reside su mayor fortaleza: en entender que cantar no consiste únicamente en emitir sonidos afinados, sino en dejar que el corazón encuentre una manera de hacerse audible. En esa voz hay un brillo que le da un condimento muy especial a su interpretación, una luz que no solo canta: alumbra la canción por dentro.

Después de terminar sus estudios secundarios comenzó a estudiar psicología. Sin embargo, no llegó a completar los dos primeros años. En algún momento comprendió que su alma le gritaba otra cosa. Le pedía otro camino. Le reclamaba música.

Y decidió escucharla.

Tomó entonces la determinación de hacer del arte musical su forma de vida, aun sabiendo todas las dificultades que implica vivir del arte y construir una carrera siendo una artista independiente. Continuó su formación en el Instituto Adolfo Ábalos, realizó su profesorado en música y finalmente obtuvo la tecnicatura.

Durante más de diez años participó en distintas agrupaciones musicales de su ciudad y también realizó coros para otros artistas en producciones locales. Pero Gabriela no solamente es intérprete: también se destaca como compositora. Sus propias canciones comenzaron a encontrar espacio en bares y restaurantes, lugares donde la música suele encontrarse con la vida cotidiana, con las conversaciones, con las copas y con las historias de quienes escuchan.

También hizo parte de una orquesta, llamada, «Orquesta Cumbia Grande», en la que se rendía homenaje, a través del repertorio, a grandes figuras de la música tropical y de salón colombiana de las décadas de los años 50, 60 y 70, entre ellos Lucho Bermúdez, Clímaco Sarmiento, Pacho Galán, entre otros. Allí además de cantar, interpretaba las maracas.

Y fue precisamente allí, entre canciones, ritmos y maracas, donde sin saberlo estaba naciendo una de las conexiones más fuertes de su vida artística con la música colombiana.

Ese fue el Génesis de todo.

Después de aquel recorrido decidió dar un paso al costado y emprender su propio proyecto como solista. Quería elegir sus canciones, construir su propio repertorio y encontrar una manera personal de comunicar aquello que estaba haciendo y sintiendo.

Fue a finales de 2022 cuando se dijo: “Bueno, hasta acá llego”.

Y entonces comenzó una nueva etapa.

Empezó a producir su propia música, porque Gabriela también es productora. En este camino cuenta con una persona que se ha convertido en su mano derecha, su colega y su compañero fundamental en la construcción de su proyecto artístico: el músico Martín Amenta, con quien asegura tener una gran conexión y un profundo entendimiento musical.

La primera canción que abrió este nuevo camino fue una cumbia de su autoría titulada “La cumbia quedó conmigo”, una obra en la que narra sus propias vivencias hasta ese momento, aquello que la cumbia despierta en ella y todo lo que ha aprendido a través de este género, especialmente su acercamiento, admiración y valoración de la música colombiana y de la historia que la sostiene.

Después compuso una cumbia santafesina, impregnada del estilo propio de esa provincia argentina, titulada “Mi cumbia nostalgia”.

Pero la historia no termina allí.

Su proyecto actual la encuentra trabajando en la producción de un álbum compuesto por cinco canciones clásicas del vallenato, junto a la agrupación «Gabi y La Junta Vallenata». Es una nueva aventura artística para Gabriela, pues anteriormente había trabajado principalmente con sencillos de una canción o con covers en formato de mosaicos.
Canciones vallenatas que ya se pueden escuchar en plataformas digitales: «Voy a olvidarme de mí», «Quiero que seas mi estrella», «No voy a llorar», «Los caminos de la vida», «Mi presidio» y «Tatuaje del alma».

Ahora ha decidido internarse de lleno en el universo vallenato.

Y lo hace como un homenaje nacido del respeto y la admiración hacia este género musical colombiano de origen provinciano, que ha encontrado en ella no solamente una intérprete, sino una mujer profundamente conmovida por sus historias y por la sensibilidad de sus composiciones.

En esta decisión también existe una hermosa reciprocidad.

Gabriela cuenta con una comunidad de miles de seguidores colombianos que han creído en su búsqueda artística, en su manera de hacer las cosas, con seriedad y profesionalismo. Y ese respaldo ha sido fundamental para una artista independiente que ha autogestionado sus propios proyectos y que, para la realización de este nuevo álbum, también ha contado con el apoyo financiero de sus seguidores.

Por eso este trabajo la tiene especialmente emocionada y profundamente agradecida con la gente colombiana.

Y hay algo que quizás explique por qué su voz consigue acercarse con tanta naturalidad a estas músicas.

Gabi Cuicchi es una mujer de sensibilidad a flor de piel. Tiene una particular capacidad para conectar y empatizar con aquello que la rodea. Es nostálgica, y esa nostalgia la conduce hacia la zamba de su tierra, pero también hacia los paseos vallenatos románticos, dos expresiones musicales que parecen conversar con su propia manera de sentir.

Y es allí donde aparece esa voz suya.

Una voz dulce, melódica, cálida y profundamente expresiva.

Una voz que no parece limitarse a cantar una canción, sino que se adentra en ella para buscar lo que existe detrás de las palabras. Una voz que puede acariciar una melodía y, al mismo tiempo, dejar en ella la huella de una mujer que siente intensamente aquello que interpreta.

Tal vez por eso la zamba y el paseo vallenato encuentran en su garganta un territorio propicio. Porque ambos géneros tienen algo en común con su sensibilidad: saben hablar de la nostalgia, del amor, de la ausencia, de la memoria y de esas pequeñas heridas que, cuando pasan por la música, dejan de doler para convertirse en belleza.

Pero la mirada de Gabriela va mucho más allá de Argentina y Colombia.
Con su música también ha visitado otros países como Brasil, Paraguay, Uruguay, entre otros, llevando en su voz el eco de dos pueblos y dejando en cada escenario la certeza de que el folclor latinoamericano no conoce fronteras.

Ella aprecia el folclor latinoamericano en toda su dimensión. Entiende que en las músicas de nuestros pueblos existe un patrimonio que muchas veces permanece escondido, esperando que alguien vuelva a descubrirlo.

Para ella, el folclor es la expresión de los pueblos.

Es memoria.

Es identidad.

Es la historia contada por quienes quizá nunca tuvieron un libro para escribirla.

En cada melodía, en cada instrumento, en cada letra y en cada compositor encuentra esas pequeñas perlas escondidas que hablan de quiénes somos. Por eso considera que el folclor es uno de los grandes guardianes de la identidad de los pueblos y, al mismo tiempo, uno de nuestros tesoros más valiosos.

Su misión, entonces, no es solamente cantar.

Es visibilizar.

Es mostrarle a la gente el valor inmenso de la cultura, recordarnos que nuestras raíces merecen ser admiradas, respetadas y protegidas. Es insistir en que no debemos permitir que nuestro folclor muera, porque dentro de él habitan historias que merecen ser contadas y recordadas.

Y en esa misión aparece otra faceta de Gabi que vale la pena nombrar.
«Ella no reseña canciones. Rescata memorias.»
Gabi Cuicchi es también creadora de contenido musical. De las que investigan, que llaman al compositor, que cuentan la historia detrás de la letra, los pormenores del Caribe colombiano, de Argentina y de toda Latinoamérica.
Tiene fluidez verbal, tiene carisma, y sobre todo tiene credibilidad. Porque respeta la obra, nombra al autor y entiende que el folclor no se hace viral: se hace eterno cuando alguien decide contarlo bien.
Su voz es puente. Puente entre el compositor y el oyente, entre el disco viejo y el celular nuevo. Porque Gabi comprendió algo: Latinoamérica canta con muchos acentos, pero con un solo corazón. Y ella no es «influencer» por los números. Es influencia porque cada vez que habla, alguien vuelve a valorar sus raíces.

Y también viven los nombres de tantos artistas y compositores que entregaron su vida a la cultura y a la música de estas tierras.

Por eso, cuando Gabriela Cuicchi canta una cumbia colombiana, un paseo vallenato o una canción de raíz latinoamericana, no está simplemente interpretando una melodía que nació lejos de su Mar del Plata natal.

Está tendiendo un puente.

Un puente entre el Río de la Plata y el Caribe.

Entre Argentina y Colombia.

Entre su propia historia y la historia de otros pueblos.

Entre una mujer que nació en el sur del continente y una música que nació en las entrañas del Caribe colombiano.

Y es como si brindáramos con un Malbec argentino y lo mezcláramos con el aguardiente y el ron colombiano: dos mundos distintos que al encontrarse encienden la misma celebración. Porque la música, como el buen trago, no divide: une. Y en esa mezcla nace el sabor de dos pueblos que decidieron cantarse el uno al otro.

Y quizá allí radique la verdadera grandeza de la música: en demostrarnos que las raíces pueden viajar, que los sentimientos no necesitan pasaporte y que una canción puede convertir a un extranjero en un hermano.

Hoy, mientras Gabriela prepara ese álbum de cinco clásicos vallenatos junto a «Gabi y La Junta Vallenata», su voz parece estar escribiendo una nueva página de ese largo diálogo musical entre dos naciones que, aunque separadas por la geografía, comparten una misma capacidad para cantar la vida, la nostalgia y el amor.

Y mientras la escucho, pienso que quizá la música colombiana no llegó a Gabriela Cuicchi por casualidad.

Tal vez estaba esperándola.

Porque existen canciones que uno escucha por primera vez, pero que el corazón reconoce como si las hubiera estado esperando desde siempre.

Y cuando una voz argentina encuentra su camino en el vallenato y la cumbia colombiana, no es Colombia la que viaja hasta Argentina, ni Argentina la que llega hasta Colombia: es la música, esa patria sin fronteras, la que vuelve a recordarnos que todos los pueblos del continente tienen una misma manera de sentir cuando el corazón aprende a cantar.

Con aprecio y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

HERNANDO MARÍN LACOUTURE:* el poeta que convirtió la rebeldía en canto

«La voz del campo que cantó al amor con ternura, al pueblo con dignidad y a la injusticia con valentía»: Ramiro Elías Álvarez

Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Los grandes compositores no escriben únicamente canciones; escriben la biografía emocional de un pueblo. Por eso, en su obra el amor encuentra refugio, las costumbres conservan su memoria, la picaresca celebra la alegría de vivir y la inconformidad recuerda que el arte también tiene la misión de interpelar a la sociedad. Hernando José Marín Lacouture entendió eso mejor que nadie.

No todos los hombres nacen para dejar una huella; algunos llegan al mundo con la extraña misión de darle voz a quienes nunca fueron escuchados. Marín Lacouture perteneció a ese tipo de creadores capaces de transformar la vida cotidiana en poesía, la inconformidad en filosofía y el dolor colectivo en canciones que terminaron convirtiéndose en patrimonio sentimental del pueblo vallenato. Su obra no fue únicamente una sucesión de éxitos musicales: fue una manera de entender la existencia, de cuestionar las injusticias, de exaltar la belleza de la tierra y de recordarnos que el folclor también puede ser un acto de conciencia.

Nacido el primero de septiembre de 1944 entre los paisajes rurales de El Tablazo, jurisdicción de San Juan del Cesar, en La Guajira, el barro fue su primera escuela y la naturaleza su primer libro de poesía. Fue, además, un destacado intérprete de la guitarra. No fue un virtuoso de academia, pero sí un artesano de las cuerdas. Con su guitarra dialogaba: la acariciaba para arrullar un romance, la golpeaba para denunciar una injusticia, la hacía llorar para contar una despedida. Con ese instrumento de cuerdas se apoyaba para hacer sus letras y melodías. Las noches, el monte y el silencio eran sus maestros, y en cada rasgueo encontraba la nota exacta para vestir un sentimiento.

Y esa misma autenticidad la tenía en la voz. Aunque no era una voz «perfecta» técnicamente, era una voz con alma. Una voz que no cantaba para lucirse, sino para transmitir. Y cuando Hernando cantaba, el mensaje llegaba contundente, directo al pecho. Por eso terminó siendo no solo compositor: fue cantautor. Un hombre que escribía, componía, interpretaba y defendía sus propias verdades con guitarra en mano.

Antes de conquistar las parrandas y los escenarios, conoció el esfuerzo del campesino, el calor de los sembrados y el lenguaje silencioso de los árboles, del viento y de los caminos. Quizá por eso sus versos nunca sonaron artificiales: llevaban el aroma de la tierra recién labrada y la autenticidad de quien escribía desde la experiencia y no desde la imaginación distante.

La poesía de Hernando José nunca necesitó esconderse detrás de palabras grandilocuentes. Descubrió que la belleza también habita en la sencillez, en el paisaje guajiro, en la amistad, en el amor y en los pequeños acontecimientos de la vida. Su inspiración no conocía fronteras: unas veces enamoraba con versos románticos, otras retrataba la cotidianidad del Caribe, arrancaba sonrisas con su ingenio o despertaba conciencias con su inconformidad frente a las injusticias. Su sensibilidad florece en obras como «Villanueva mía», un himno de pertenencia; «El Girasol», donde la naturaleza se convierte en metáfora de la esperanza; «Lluvia de verano», cargada de nostalgia y delicadeza; «Lo que siento», un homenaje a la nobleza y a la resiliencia, donde expresa su deseo de transformar el dolor y la tristeza en cantos alegres para ocultar sus penas; «El Ángel del Camino», donde el sentimiento camina con la espiritualidad; y «La Creciente», esa canción dedicada a la conquista amorosa.

Su pluma, sin embargo, no se conformó con cantarle al amor. Comprendió que la poesía pierde parte de su sentido cuando permanece indiferente frente al sufrimiento humano. Entonces apareció el Hernando Marín filósofo y contestatario, el compositor que hizo de la música una tribuna para denunciar las desigualdades y defender la dignidad de los más humildes.

En «Los Maestros» levantó un sentido homenaje y, a la vez, un reclamo por la precaria situación laboral y el mal pago que vivían los profesores. Su letra expresa la falta de garantías de los gobiernos para con los educadores y convierte el agradecimiento en denuncia. 
En «La Ley del Embudo» lanzó una dura crítica a la desigualdad y a la injusticia social. Tomó el famoso dicho popular para señalar que la ley siempre es «ancha para unos y angosta para otros», favoreciendo a los más poderosos y oprimiendo a la clase más vulnerable. 
En «Canta conmigo», más que una canción festiva, dejó una plegaria social por la paz. Denuncia la violencia y hace un llamado a la reconciliación, expresando que con armas no se logran milagros sociales y abogando por el diálogo sin distingo de razas ni colores. 
Y en «Campesino parrandero», por medio de la cotidianidad desnudó la realidad del hombre del campo, reivindicando su forma de ser frente a la indiferencia de las élites urbanas.

Sus canciones jamás señalaron desde el resentimiento, sino desde una profunda conciencia social alimentada por la compasión y la esperanza.

Pero Hernando también fue poeta del amor. Y en esa faceta nos dejó «Tempestad».

«Tempestad» es Hernando Marín en su estado más elemental: comparando el clima con el corazón. 
El maestro no canta un despecho. Canta una fuerza de la naturaleza. Si en el cielo truena, en su pecho también. Si en la cordillera las nubes están espesas y va a llover, en su alma también está por desatarse algo.

Y ahí está la frase que lo explica todo: 
*»La lluvia tiene derecho a la tierra, mi amor al tuyo lo tiene también»* 
No pide permiso. Así como la lluvia moja porque debe mojar, el amor llega porque tiene que llegar.

Pero el verso que desarma es este: 
*»Siento en mis ojos la corriente del Cesar cuando se crece porque me pongo a llorar»* 
Hernando no dice «lloro mucho». Dice que sus lágrimas son río crecido. Que el dolor y la emoción le desbordan como el Cesar en invierno. Convirtió su llanto en geografía.

Y cierra con una verdad de hombre de pueblo: 
*»Uno se enamora muchas veces, ay una mujer que tiene para el hombre tempestad»* 
Esa es la mujer-huracán. La que te estremece como se estremece el monte, la que no escampa. 
«Tempestad» no habla de tristeza. Habla de intensidad. De ese amor que no pregunta, que no espera, que simplemente cae.

Poseía, además, esa picaresca inteligente tan característica del Caribe colombiano. Sabía reírse de las contradicciones humanas y convertir el humor en una elegante forma de crítica. Tenía la capacidad de narrar las debilidades del ser humano con ironía y una enorme riqueza narrativa, logrando que el oyente sonriera mientras, casi sin advertirlo, terminaba reflexionando sobre sí mismo.

Su grandeza también puede medirse por la cantidad de voces que encontraron en sus composiciones un camino hacia la inmortalidad. Su estilo, marcado por rasgos de rebeldía, romance y costumbrismo, se volvió universo en la garganta de los más grandes.

Rafael Orozco le dio vida eterna a «La Creciente», «Déjame quererte», «Yo no sé», «Luz Mary», «Recuerdos» y «Juramento». 
Jorge Oñate engrandeció «Lo que siento», «Campesino parrandero», «Locura de amor», «Destino», «Tú no sabes amar» y «Sanjuanerita». 
Diomedes Díaz convirtió en clásicos «Canta conmigo», «Acompáñame», «El gavilán mayor», «Lluvia de verano», «Ventana de cristal» y «El invencible». 
Poncho Zuleta se hizo presente en «Bebiendo yo», «Mis muchachitas», «El girasol», «La vecina de Chavita», «Los maestros» y «El arbolito». 
Beto Zabaleta encontró en Marín a uno de sus compositores más certeros, con «La ley del embudo», «Desengañado», «Malas y buenas», «El enfermo», «Rina», «A mi guajira», «Olvida esa pena» y «Lágrimas de sangre». 
Y la voz morena del vallenato, Silvio Brito, dejó una estela de éxitos como «El ángel del camino», «Sentencia», «El mocoso», «Pecadora», «Tempestad», «Enamorados», «Los años», «Mal de amores» y «Villanueva mía».

Y así, muchos otros grandes intérpretes comprendieron que aquellas letras trascendían el simple entretenimiento para convertirse en auténticos testimonios de la identidad caribe.

Resulta admirable que un hombre con escasa formación académica alcanzara semejante profundidad literaria. A pesar de que no llegó a ser sexagenario, como lo deseó y plasmó en una de sus canciones, ya se había convertido en un maestro de la composición. Demostró que la sensibilidad no se gradúa en las universidades, sino en la escuela de la vida; que la poesía puede brotar de unas manos curtidas por el trabajo del campo y por las cuerdas de una guitarra, con la misma fuerza con la que nace de la pluma de los grandes escritores.

Hernando Marín perdió la vida en un fatal accidente automovilístico el 5 de septiembre de 1999 en carreteras del departamento de Sucre. Pero la muerte no pudo con él, porque los versos verdaderos no se entierran.

Hernando José Marín Lacouture terminó siendo mucho más que un extraordinario compositor vallenato. Fue cronista del Caribe, defensor de los olvidados, poeta del paisaje, filósofo de la cotidianidad y conciencia crítica de un pueblo que encontró en sus canciones una voz para expresar aquello que muchas veces callaba.

Hoy su obra sigue viva porque sigue siendo necesaria. Mientras haya amor que cantar, injusticias que nombrar, costumbres que preservar y risas que compartir, la voz de Hernando Marín seguirá sonando en cada parranda, en cada protesta y en cada rincón del Caribe. Él no escribió para su tiempo: escribió para todos los tiempos. Y por eso el pueblo no lo recuerda: lo sigue cantando.

Con admiración, 
*Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Ovidio Granados vivió metido en el corazón de los acordeones

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

Por más de 60 años Ovidio Enrique Granados Melo, ‘El viejo Villo’, en menos de lo que cantaba un gallo abría los acordeones, y empezaba a dar clases sobre sus elementos ocultos, sin decir cómo se reparaban. Por eso se ganó el interesante título de ‘Cirujano de los acordeones’.

Sabía esculcar a fondo el corazón de ese instrumento dando el diagnóstico adecuado y hasta el valor que tenía la reparación. Nunca pasó de 20 mil pesos. “Y me pedían rebaja”, decía jocosamente.

Como todo alumno tuvo su profesor llamado Ismael Rudas Jaramillo, quien vivía en el pueblo de Caracolicito, municipio de El Copey, Cesar. Ese trabajo le gustó tanto que en vez de dedicarse a tocar con dedicación el acordeón donde era un gran creativo, optó por repararlo con éxito absoluto, teniendo la más grande clientela. De eso vivió gran parte de su vida.

En esos diálogos sobre su oficio nunca quiso decir cuál era el secreto para llegar al punto preciso y no demorar en el arreglo del acordeón, pero entregó una pista que sus hijos lo sabían, especialmente Ovidio Raúl, quien sin duda sería el sucesor.

Para Ovidio Granados el mes de abril era bendito, no solamente por el Festival de la Leyenda Vallenata, sino porque el desfile de acordeoneros por su casa en el barrio Los Caciques de Valledupar, era grande. Todos querían que le pusiera su acordeón 10 puntos, para estar listos para los concursos o parrandas.

Cuando hablaba del Festival de la Leyenda Vallenata se emocionaba porque durante tres años fue protagonista en el concurso de acordeón profesional. Como cosa curiosa participó en tres ocasiones ocupando el segundo puesto, exactamente en los años 1968, 1975 y 1983. En esas oportunidades ganaron Alejandro Durán Díaz, Julio Enrique de la Ossa Domínguez y Julio César Rojas Buendía.

Eso lo hizo comentar. “Yo, siempre estuve ensegundao”. Claro que tiempo después vinieron grandes alegrías con los triunfos en el Festival de la Leyenda Vallenata de sus hijos Hugo Carlos, Juan José y de su hermano Almes.

Ovidio Granados, en medio del arreglo de los acordeones, tarea que también desempeñaba su fallecido hijo Eudes, hizo su incursión en la pasta sonora en tres ocasiones con Los Playoneros del Cesar y Diomedes Díaz, con quien grabó las canciones ‘Diana’ (Calixto Ochoa), ‘Las cosas del amor’ (Marciano Martínez), ‘Palmina’ (Joaquín Betín) y ‘La guajirita’ (Diomedes Díaz). También, participó en la producción musical ‘Granados, Dinastía de Reyes’, en unión de los músicos de su familia.

Para el juglar mariangolero había una frase de Gabriel García Márquez, que le gustaba porque era realidad.  “No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo escuchamos se nos arruga el sentimiento”. Todo se encerraba en las bondades emocionales de ese viejo instrumento que nunca pasa de moda regalando notas alegres, románticas y tristes.

Las añoranzas flotaban en su entorno y citó la vez cuando estuvo en Alemania, exactamente en la fábrica de acordeones Hohner, donde se maravillaron por su forma artesanal de arreglarlos con pocas herramientas. Alla, era diferente por la manera técnica de ensamblarlas. De todas maneras, ‘El viejo Villao’ demostró ser el mejor arreglador de pitos, bajos y fuelles que componen esa caja bendita.

Los recuerdos

El era un hombre serio, calmado, de poco hablar y en una entrevista entregó su concepto sobre los mejores acordeoneros citando en su orden a Luís Enrique Martínez, Calixto Ochoa, Alfredo Gutiérrez y Emiliano Zuleta Díaz. También marcó su territorio. “A mis hijos Hugo Carlos, Juan José, y a mi hermano Almes, no los meto en la lista porque tocan más bonito y son unos tigres”.

Luego pasó a las canciones que más le gustaban, haciendo un extenso recorderis. ‘Lirio rojo’ (Calixto Ochoa), ‘Matildelina’ (Leandro Díaz), ‘El cachaquito’ (Miguel Yaneth) y ‘El vicio’, de su autoría. “Si acaso me mata el vicio, me entierran con mi acordeón, porque pa’ tocar bonito, tengo que tomar el ron”.

También destacó a Mariangola, de quien anotó era el pueblo más bello del mundo y producía de todo. De ser padre de 12 hijos y de tener 21 nietos, de los cuales dos Hugo Carlos Granados Jr. y Jairo José Lobo Granados, son acordeoneros. La dinastía continua en marcha.

Rey Vallenato Vitalicio

Para Ovidio Enrique Granados Melo, la noche del sábado siete de junio de 2025 fue gloriosa porque recibió por parte de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, el título de Rey Vallenato Vitalicio.

Entonces sus palabras fueron elocuentes. “La gracia de Dios es grande y todo en su momento. Que mejor que sea en vida para alegrarme por este reconocimiento de Rey Vallenato Vitalicio. Estoy feliz y este título lo comparto con los seguidores de la dinastía Granados”.

En la despedida del juglar que dejó una inmensa huella, se exalta su nombre y su extensa tarea a favor del folclor vallenato, donde fue la figura principal de su dinastía y hasta sus últimos días estuvo como guardián de los acordeones a los que consintió como a sus hijos.

Allá en el famoso kiosko de su casa quedaron registrados miles de historias, notas de acordeones y esos versos de la canción de Calixto Ochoa, ‘Diana’ que interpretó con Diomedes Díaz. “Si acaso yo no regreso más por aquí, díganle a Diana que rece, y ruegue por mí”. Decir adiós nunca es fácil, porque el mañana no cura los recuerdos.


Rafael Orozco: 34 años después, la voz que sigue cantando en el alma de Colombia

Por Alcibiades Nuñez.
El 11 de junio no es una fecha cualquiera para el vallenato. Es un día que se pronuncia con nostalgia, respeto y profunda emoción. Un día en el que la memoria colectiva del Caribe colombiano vuelve inevitablemente a una de sus figuras más emblemáticas: Rafael Orozco Maestre.
Han transcurrido 34 años desde su partida, pero su voz permanece intacta en el corazón de millones de seguidores. Su legado ha demostrado que existen artistas cuya obra trasciende el tiempo y las circunstancias, convirtiéndose en patrimonio sentimental de un pueblo. Rafael Orozco es uno de ellos.
Hablar de Orozco no es únicamente hablar de música. Es hablar de disciplina, de talento, de liderazgo y de identidad cultural. Es también hablar de Zambrano, el corregimiento del municipio de San Juan del Cesar, en La Guajira, tierra de sus raíces familiares y escenario fundamental en la construcción de su historia personal.
Quienes compartieron con él coinciden en describir a un hombre de carácter firme, alejado de los excesos que suelen rodear la fama y comprometido de manera absoluta con su profesión. La responsabilidad era una exigencia permanente dentro de su agrupación. La puntualidad, el respeto y la sana convivencia no eran simples recomendaciones, sino principios inquebrantables que guiaban su trabajo diario.
Sobre los escenarios, Rafael Orozco poseía una virtud que pocos artistas logran alcanzar: conectar emocionalmente con el público. Cada presentación era una experiencia única. No se limitaba a cantar canciones; interpretaba historias, sentimientos y vivencias que reflejaban la esencia del Caribe colombiano.
A través de sus letras, habló del amor, de la familia, de la naturaleza y de las alegrías y tristezas que acompañan la vida cotidiana. Su voz transmitía cercanía, sensibilidad y autenticidad.
En apenas 17 años de carrera artística construyó una obra monumental. Más de 200 canciones forman parte de un repertorio que hoy integra la memoria musical de Colombia. Temas como Solo para ti, Dime pajarito, Estar enamorado y Te seguiré queriendo, continúan sonando con la misma fuerza de hace décadas, demostrando que las grandes canciones no envejecen.
Los reconocimientos llegaron como consecuencia natural de su éxito. Tres Congos de Oro en el Carnaval de Barranquilla, dieciséis discos de oro, dos discos de platino y numerosos galardones internacionales en Venezuela, Panamá y Estados Unidos confirmaron lo que el público ya sabía: Rafael Orozco no era simplemente una estrella del vallenato; era un fenómeno cultural.
Sin embargo, su historia resulta inseparable de la de Israel Romero, el legendario «Pollo Isra». Juntos protagonizaron una de las alianzas artísticas más exitosas de la música colombiana. Al frente de El Binomio de Oro de América revolucionaron el vallenato contemporáneo, incorporando nuevos arreglos musicales, fortaleciendo la temática romántica y proyectando el género hacia escenarios internacionales.
La combinación de la voz de Orozco y el acordeón de Romero marcó una época irrepetible. Gracias a ellos, el vallenato dejó de ser una expresión exclusivamente regional para convertirse en una manifestación artística admirada en distintos países.
Cada 11 de junio, la ausencia de Rafael Orozco vuelve a sentirse con intensidad. Su nombre sigue vivo en Valledupar, Barranquilla, en San Juan del Cesar, en La Guajira y en cada rincón donde una canción del Binomio de Oro evoca recuerdos imborrables.
Su aporte fue determinante en tres dimensiones fundamentales. Primero, porque impulsaron una etapa de modernización que amplió los horizontes musicales del género. Segundo, porque construyeron una de las épocas más brillantes y recordadas de la música vallenata. Y tercero, porque contribuyeron decisivamente a que esta expresión cultural alcanzara reconocimiento internacional.
Pero más allá de los logros artísticos, el homenaje tiene una dimensión profundamente humana. Rafael Orozco se convirtió en un símbolo que trasciende generaciones. Su trágica muerte no silenció su voz; por el contrario, la transformó en un eco permanente que continúa acompañando la historia musical de Colombia.
Treinta y cuatro años después, Rafael Orozco Maestre sigue demostrando que las leyendas no mueren. Simplemente aprenden a vivir para siempre en la memoria de su pueblo.



Falleció el maestro Ovidio Granados Melo, leyenda del acordeón vallenato

El folclor vallenato está de luto. En las últimas horas falleció el maestro Ovidio Enrique “Villo” Granados Melo, legendario acordeonero y destacado exponente de la música tradicional colombiana. Su deceso se produjo en el Instituto Cardiovascular del Cesar, donde permanecía bajo atención médica debido a complicaciones derivadas de una isquemia que padecía desde el pasado lunes.

A sus 85 años, el hijo ilustre de Mariangola, corregimiento de Valledupar, deja un legado invaluable para la música del Caribe colombiano. Su talento, disciplina y amor por el acordeón lo convirtieron en una de las figuras más respetadas y admiradas del vallenato tradicional.

En la década de los años sesenta fue uno de los fundadores de la histórica agrupación Los Playoneros del Cesar, junto a Miguel Yanet, Wicho Sánchez y Rodolfo Castilla, agrupación que marcó una época dorada dentro del folclor vallenato.

El maestro Ovidio Granados perteneció a una de las dinastías más importantes de la música vallenata. Fue padre de los Reyes Vallenatos Hugo Carlos Granados, Rey de Reyes, y Juan José Granados. También fue padre de Ovidio “Villito” Granados y de Eudes Granados, quien falleció en el trágico accidente aéreo en el que también perdió la vida el acordeonero Juancho Rois. Estos últimos heredaron de su padre el oficio de reparar acordeones, labor que él desempeñó con maestría durante décadas.

Su linaje musical se remonta a su abuelo paterno, Juancito Granados, conocido como “El Gallo de Camperucho”, reconocido por los investigadores del folclor por su magistral interpretación del acordeón. Su padre, Juan Francisco Granados Ochoa, también fue acordeonero y familiar del inolvidable Calixto Ochoa. Por parte materna, su madre Isabel Melo mantenía vínculos familiares con el legendario Alejandro Durán, mientras que su tío Martiniano Melo también sobresalió como ejecutante del acordeón.

Además, era hermano de Almes Granados y de Adelmo “Memo” Granados, destacado percusionista que hizo parte de importantes agrupaciones vallenatas, entre ellas la de Silvestre Dangond.

Una vida dedicada al acordeón

La trayectoria del maestro Ovidio Granados estuvo marcada por la perseverancia. Participó en el primer Festival de la Leyenda Vallenata, realizado en 1968, donde ocupó el segundo lugar detrás de Alejo Durán. Regresó al certamen en 1975 y nuevamente alcanzó el subcampeonato, siendo coronado Julio De La Ossa.

Su espíritu competitivo lo llevó a participar una vez más en 1983, logrando por tercera ocasión el segundo puesto, mientras Julio Rojas obtenía la corona. Aunque nunca alcanzó el máximo título, su nombre quedó grabado para siempre entre los grandes protagonistas de la historia del Festival de la Leyenda Vallenata.

Reconocido como un auténtico juglar del vallenato, también dejó una huella imborrable al participar en grabaciones junto a Diomedes Díaz, aportando su talento en canciones como Diana, Las Cosas del Amor, Palmina y La Guajirita.

Dentro de su trabajo con Los Playoneros del Cesar participó en producciones que hoy son consideradas verdaderas joyas del folclor. En 1968 hizo parte del álbum Alegres Creaciones de Los Playoneros del Cesar, donde sobresalieron temas como Penas Negras, Campesina Ibaguereña y El Buey Mariposo, composiciones de Wicho Sánchez.

Posteriormente, en 1969, integró la producción Solo por Quererte, recordada por incluir la primera canción grabada al compositor Edilberto Daza, además de obras como Pena de Amor, La Realidad de la Vida y Tiempos Viejos. Estas grabaciones ayudaron a consolidar el estilo auténtico del conjunto y permanecen en la memoria de los amantes del vallenato tradicional.

Guardián del acordeón

El periodista e investigador musical Agustín Bustamante destacó el invaluable aporte del maestro Granados:

«Fue un referente que trascendió el papel de intérprete del acordeón para convertirse en guardián de este instrumento. Entendía el acordeón como un organismo vivo, capaz de narrar la historia de la música vallenata. Reconocidos músicos de la región acudieron a él para mantener la esencia del instrumento de fuelle.»

El folclor lamenta su partida

Tras conocerse la noticia, la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata expresó su pesar por el fallecimiento de quien fuera Rey Vitalicio y una de las figuras más representativas del folclor vallenato.

«Lamentamos el fallecimiento del juglar y Rey Vitalicio del Festival de la Leyenda Vallenata, Ovidio Enrique ‘Villo’ Granados Melo. Presentamos nuestras condolencias a sus hijos, hermanos y demás familiares, deseando paz en su tumba.»

Con la partida del maestro Ovidio Granados Melo se apaga una de las voces más auténticas del acordeón vallenato, pero su legado permanecerá vivo en cada nota, en cada canción y en las nuevas generaciones que continúan enriqueciendo la tradición musical que él ayudó a construir.