Desde hace 40 años ‘Ausencia sentimental’ no se borra del corazón vallenato

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

“Ya comienza el Festival, vinieron a invitarme, ya se van los provincianos que estudian conmigo, ayer tarde que volvieron preferí negarme, pa’ no tene’ que contarle a nadie mis motivos. Yo que me muero por ir y es mi deber quedarme, me quedo en la Capital por cosas del destino”.

Cuando el compositor Rafael Manjarréz tomó su guitarra e interpretó las primeras líneas de su canción ‘Ausencia sentimental’, un terremoto de tristeza sacudió todo su ser y fue por una poderosa razón que escondía en su interior.

“Pensar que no iba al Festival Vallenato era algo que sabía, pero no asimilaba porque todos esperábamos integrarnos y sentir de cerca a nuestra amada música vallenata con todo lo que eso significa”, expresó lleno de añoranzas.

El compositor también se alegró cuando recordó que su canción ganadora la noche del miércoles 30 de abril del año 1986, fue declarada mediante el Acuerdo No. 03 del martes 16 de marzo de 2010, como himno del Festival de la Leyenda Vallenata.

Las razones que tuvo la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata se fundamentaron en que ‘Ausencia sentimental’ se convirtió en corto tiempo en el más grande mensaje lleno de miles de recuerdos para los que se encontraban ausentes, y no podían llegar a finales de abril hasta la Capital Mundial del Vallenato.

Rafa, como todos lo llaman, sobre este hecho anotó. “El reconocimiento siempre ha sido motivo de complacencia para mí, y el agradecimiento será eterno para la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, para los que les llena mi canción, especialmente a los ausentes por diversos motivos, tal como me sucedió a mí”.

Reflejo nostálgico

La canción ‘Ausencia sentimental’ es el reflejo de una fiel nostalgia donde el silencio se amarra a los recuerdos apareciendo sueños despiertos, y hasta una melodía se calca en el alma. Es el himno del guayabo, ese que no produce el trago, sino que permite andar por los caminos recorridos por el compositor a la distancia hasta caer en cuenta que “hay cosas que hasta que no se viven no se saben”.

Yendo más al fondo de la composición, ella tiene sabor a parranda, a música, a encuentro con amigos, a paseos en el balneario ‘Hurtado’; ingredientes que la incrustaron en el corazón de un pueblo como la más querida de las canciones inéditas. Es así como personas, lugares y hechos hacen parte vital de la estructura de la inspiración que nació muy lejos de Valledupar, pero cuando fue escuchada por la multitud se sembró para siempre en la plaza Alfonso López, al lado del legendario palo e’ mango.

La canción sigue dejando regados pedazos del alma vallenata porque muchas de las personas por quienes pregunta el compositor partieron hacia la eternidad. Ellas, siguen presentes en la memoria de todos desde que la voz del cantante Silvio Brito y el acordeón del Rey Vallenato Orangel “El Pangue” Maestre, la divulgaron por los medios de comunicación, y se metió en los que saben que “el que nunca ha estado ausente no ha sufrío un guayabo”.

En ese sentido, Rafael Manjarrez resumió su historia cantada. “Aquella ocasión fueron demasiados hechos que llenaron mi sentimiento por no estar presente en el Festival Vallenato. ¿Se imagina, estando en Bogotá y que llegaran a invitarme? Pudo más la razón que el corazón y me tocó encerrarme porque la melancolía era grande. Entonces dejé fluir mi tristeza en la soledad de mi habitación, naciendo la canción que me ha dado inmensas satisfacciones y una cantidad de anécdotas».

Hizo un alto en el camino y luego siguió. “De ahí la frase donde digo que encerrado y temblando escribí una letra que detallaba mi tristeza, mi ausencia sentimental”. Esa frase fue la base para esbozar todo su trasegar por un hecho que lo tenía en una tierra lejana, pero queriendo estar en Valledupar. Claro, que les hizo una petición a sus compañeros para que le llevaran algunas razones. Esas razones que solamente cabían en el marco de su corazón.

Definitivamente, la canción es la identidad sonora del Festival de la Leyenda Vallenata, y la que hace que las lágrimas no se apuren en salir, los recuerdos estén en primera fila y en estos días el ambiente tenga la marca de la ausencia. Rafa como el poeta, solamente le regaló eternidad a esa experiencia de versos untados de melodía.

El agradecimiento

El compositor y abogado Rafael Enrique Manjarréz Mendoza, oriundo de La Jagua del Pilar, La Guajira, agradeció el detalle de convocarlo a repasar aquella historia que ahora se hace más real, teniendo en cuenta esta fecha donde los acordeones suenan sin cesar, las canciones cuelgan en el oído del folclor y se asoman los sentimientos flotando en el ayer.

Después de cuatro décadas que el jurado integrado por Isaac ‘Tijito’ Carrillo Vega, Roberto Calderón Cujia, Marina Quintero y Humberto Díaz Daza, declarara como ganadora a la canción ‘Ausencia sentimental’ cantada por el propio compositor teniendo el seudónimo de ‘Uno de tantos’, con el acordeón de Gustavo Maestre, sigue escuchándose como se hizo por primera vez en el teatro Cesar. “Ya comienza el Festival y vinieron a invitarme. Ya se van los provincianos que estudian conmigo”. …Y como paradoja de la vida, es la única ‘Ausencia sentimental’ que nunca ha quedado sola y por ende no se borra del corazón vallenato.


El gran Martín Elías’, comenzó a cantar desde los seis años


Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

Diomedes Diaz a través de sus canciones hizo mención de sus padres, esposa, hijos, ahijados, amigos y todo lo que giraba en su entorno. Hasta le cantó a su primera cana y pudo sacar de su memoria a un cóndor herido para que se curara del dolor de amor.

En ese proceso tuvo gran deferencia con el hijo menor que tuvo con su esposa Patricia Isabel Acosta Solano, a quien desde que nació el 18 de junio de 1990, dijo que se llamaría ‘El gran Martín Elías’ en homenaje a su tío y papá musical Martín Elías Maestre Hinojosa.

Diomedes supo la noticia de la llegada al mundo de su hijo en una de sus presentaciones musicales y enseguida manifestó que se iba a llamar ‘El gran Martín Elías’. Esa era su decisión, pero al momento de registrarlo, el notario le explicó que debía ser nada más Martín Elías. ‘El Cacique de La Junta’ insistió e insistió hasta ponerse bravo. Al final quedó registrado como Martín Elías, pero su papá siempre lo llamó como quería, contrariando al registro civil y después a la cédula de ciudadanía.

En los registros sonoros de sus grabaciones, año 1990, en la canción ‘Llegó el verano’ de la autoría de Gustavo Gutiérrez, en una de sus animaciones lo nombró como ‘El gran Martín Elías’. También en versos de la canción ‘Mi primera cana’ que hizo parte del trabajo musical ‘Titulo de amor’ (1993) lo oficializó, y así se quedó para siempre. “Por ejemplo, me diste una mujer que ha sido como la madre mía, de Luis Ángel, de Santo Rafael de Diomedes y El gran Martín Elías”.

La primera vez que Martín Elías subió a una tarima fue a los seis años porque su papá lo llevó a cantar a una presentación realizada en Valledupar, pero su aparición en la pasta sonora sucedió a los 11 años por iniciativa de su tío Elver Díaz, quien era el director del grupo ‘La familia de Diomedes’.

En esa ocasión grabó la canción ‘Amor inocente’ del compositor Gaby Arregocés. Siguió grabando con la agrupación familiar hasta que se unió con el acordeonero Rolando Ochoa y después con Juancho de la Espriella, regresando nuevamente con el hijo de Calixto Ochoa. En total grabó nueve producciones musicales.

Diomedes tenía a su hijo ‘El gran Martín Elías’ en un lugar destacado. Lo adoraba tanto que siempre lo tuvo en cuenta en sus grabaciones, incluso en su última producción musical ‘La vida del artista’ grabaron la canción ‘Ni amigos, ni novios’. Es así como quedaron para la historia cantos, versos, lugares y hechos donde la inspiración tuvo su nido con el apellido Díaz.

Vida rápida

En su corta carrera musical el amor visitó a Martín Elías bien temprano y se casó con Claudia Isabel Varón Sánchez, conocida como ‘Caya’, el seis de julio de 2007. De esa unión nació Martín Elías Díaz Varón, el 14 de noviembre de ese mismo año. Después se separó y se casó el 24 de octubre de 2014 con Dayana Jaimes García, de cuya unión nació el 21 de mayo de 2015, su hija Paula Elena, ‘La Purri’, como solía llamarla su progenitor.

Todo lo de Martín Elías Díaz fue rápido y de esa manera también corrió a despedirse de la vida, el viernes 14 de abril de 2017, sin una segunda oportunidad porque la gloria se le había adelantado a la velocidad de un rayo, quedando para el recuerdo momentos felices y tristes como cuando el hijo despidió al padre el 22 de diciembre de 2013 y pocos días después manifestó: “Mi papá me dijo en un sueño que no lo llorara”.

En esa cadena de episodios gracias al lente de Hernando Vergara, aparece la fotografía de Diomedes Díaz con ‘El gran Martín Elías’ sentado en sus piernas, ese joven que se paseó por el universo vallenato dejando un mensaje de alegría donde los retazos del sentimiento cantado los bordaba con amor. “Martín Elías fuiste grande, nadie te va a remplazar, y ahora cantas con tu padre en el coro celestial”.

Llevando la bandera

Pasados los años Martín Elías Jr. está consolidando su carrera musical vallenata honrando el legado de su padre, con presentaciones y grabaciones propias. Muy bien lo ha venido señalando. “La historia continúa por medio de mi cantar, y voy a seguir los pasos que dejó mi papá”. Hace pocos días también dejó sentada una significativa frase. “Te amaré, así pasen mil años”.

Entre los recuerdos de su papá, manifestó que lo llamaba “El negrito” y de sus canciones grabadas se queda con ‘El látigo’, ‘El boom del momento’, ‘Ábrete’ y ‘10 razones para amarte’. Seguidamente añadió, “A mi papá lo sigo recordando por su bella manera de tratarme y por el último regalo que me hizo que fue una manilla”.

En otro contexto todavía Rodrigo Contreras, el único testigo del accidente que le costó la vida a Martín Elías a unos siete kilómetros de San Onofre hacía Tolú, Sucre, en un sector rural conocido como ‘Aguas negras’, recuerda el hecho. “Me encontraba junto a dos de mis hijos sentado en la terraza. El día despuntaba, cuando de pronto ví un carro blanco acercarse, luego veinte metros antes de llegar al frente de mi casa el tiempo pareció detenerse y sucedió una escena de segundos, pero que parecieron horas; escenas marcadas que uno ni se imagina poder vivir”.

Continuó diciendo. “Salí corriendo con el ánimo de ayudar; decir en ese momento que sabía de quien se trataba, seria mentir. Cinco minutos después apareció el acordeonero Rolando Ochoa, y fue quien identificó a los accidentados. Después se supo de la muerte de Martín Elías”.

Nueve años sin el artista carismático, querendón y que supo ganarse un lugar propio en la historia del vallenato. En su tumba se vuelven a repetir lágrimas, cantos, recuerdos y la tristeza que no se mide en palabras, sino en el vacío que dejó.

Máximo Movil “El Indio de Oro”: el hombre que sembró canciones en la memoria del vallenato.

«En los pueblos donde canta el acordeón, los compositores no escriben canciones: escriben la memoria sentimental de su tierra»: Ramiro Álvarez Mercado

Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Hay compositores que escriben canciones y hay otros que terminan escribiendo la memoria de un lugar. En el sur de La Guajira, donde la brisa atraviesa sabanas abiertas, un oasis de contraste paisajístico, en el que se destaca el valle del río Cesar, tierras verdes y fértiles, manantiales cristalinos y balnearios naturales, contrastando con el desierto típico del departamento, nacen a veces hombres destinados a contar la vida en forma de canción.

Uno de ellos fue Máximo Rafael Movil Mendoza, conocido en el universo vallenato como “El Indio de Oro”: un compositor que convirtió la experiencia cotidiana, la bohemia, las mujeres y la parranda en versos que hoy forman parte del corazón mismo del vallenato.

Nació el 29 de mayo de 1935 en Guamachal, corregimiento del municipio de San Juan del Cesar, en La Guajira, al norte del territorio colombiano, hijo de Máximo Manuel Movil y Rosa Ermelinda Mendoza. Su infancia estuvo marcada por la sencillez del campo y por la presencia de su abuela Cornelia Epieyú Orcasitas, mujer perteneciente a la etnia Wayúu, tejedora de hamacas y pellones. Fue ella quien, sin saberlo, lo crió entre los hilos invisibles de la tradición y la memoria ancestral, como si cada tejido fuera también una forma silenciosa de contar historias. La abuela Cornelia, con su sabiduría ancestral, le enseñó a escuchar el susurro del viento, el canto de los pájaros y el ritmo de la lluvia, elementos que más tarde se reflejarían en sus composiciones.

Su formación académica fue escasa pero la vida se encargó de darle otra clase de sabiduría. Se convirtió en un autodidacta del mundo, un hombre que aprendió escuchando, observando y caminando los senderos de la provincia. Antes de que la música lo hiciera conocido, conoció el peso del trabajo y la dignidad de los oficios humildes: fue aserrador de madera, agricultor y chofer.

De trato amable, buen conversador y de mirada tranquila, parecía uno de esos hombres que llevan historias guardadas detrás de cada silencio. En las letras de Máximo Movil habitan la bohemia, el amor, las mujeres y la parranda. Se destacó entre los grandes cultores del merengue: uno de los cuatro aires fundamentales de la música vallenata, un aire que, con el paso del tiempo, los nuevos exponentes del género graban cada vez menos, como si la modernidad fuera olvidando uno de los latidos más alegres del vallenato.

La historia lo registra también como ganador del Primer Festival de Compositores de Música Vallenata en San Juan del Cesar, en el año 1977, con el tema “Penas de mi tierra”, una canción que parecía contener la nostalgia profunda de un compositor que convirtió la vida sencilla en eternidad cantada.

Su destino dentro del vallenato comenzó a abrirse cuando el primer Rey de Reyes de la Leyenda Vallenata, Nicolás «Colacho» Mendoza, le grabó su primera canción titulada «Cecilia Mercedes»: un encuentro mágico que despertó el interés de otra luminaria del universo vallenato, el maestro Alfredo Gutiérrez Vital, el tres veces Rey Vallenato con su acordeón maravilloso le dio vida a “Mujeres que me dejaron”, la segunda canción que lo llevó a conquistar el corazón de los vallenateros. A partir de ese momento su obra empezó a recorrer el país en las voces de algunos de los intérpretes más grandes de esta expresión musical, como Jorge Oñate, Diomedes Díaz, Poncho Zuleta, Beto Zabaleta, Iván Villazón, Rafael Orozco, Miguel Herrera, Silvio Brito, Elías Rosado, Juan Piña, entre muchos otros que encontraron en su inspiración un caudal de historias para cantar.

De su pluma nacieron composiciones que hoy forman parte del repertorio sentimental del vallenato: ‘Aunque sufriendo te olvido’, ‘El firme’, ‘La vecina’, ‘Gallo de riña’, ‘Mujer conforme’, ‘El errante’, ‘Viernes cultural’, ‘Mujeres de mi recuerdo’, ‘El gallo chino’, ‘La vida del artista’, ‘El sobrecito’, ‘Presentimiento’, ‘Que me mate el dolor»,  ‘Pedacito de mi cielo’, ‘Mensaje aventurero’, ‘Mi huerto’, ‘El pájaro pescador’, ‘Cecilia Mercedes’, ‘Pulso a pulso’, ‘El visitante’, ‘Ni lo intentes’, Compartiendo un pena, ‘De fiesta mi pueblo’, ‘Así es como vivo yo’, entre muchas otras canciones donde el amor, la nostalgia y la vida de la región quedaron sembradas para siempre en la memoria musical de Colombia.

Este poeta popular con su escasa formación académica pero con inmensa sabiduría vital, convirtió la vida cotidiana en un cancionero eterno. Sus obras musicales, nacidas del campo, la calle, el entorno y el corazón, son aplaudidas y admiradas porque hablan con la voz honesta y auténtica del terruño. Demostrando que la verdadera poesía muchas veces no reside en las aulas sino en el sentimiento.

Máximo fue uno de esos compositores que no aprendieron poesía en los libros, lo hizo en el trasegar de la vida misma. Sus versos nacieron de la conversación de la gente de las historias contadas en las parrandas y de esa sensibilidad que solo poseen quienes saben escuchar el alma del entorno que lo rodea.

Porque en el vallenato hay hombres que escriben canciones y hay otros que terminan escribiendo la historia emocional de la tierra en la que nacieron y crecieron. Máximo Rafael Móvil Mendoza se convirtió en uno de ellos. Y quizá por eso, cuando sus canciones vuelven a sonar entre acordeones y parrandas pareciera que el tiempo se detuviera un instante para recordarnos que la verdadera riqueza de un compositor no está en la fama sino en la capacidad de convertir la vida sencilla en eternidad cantada.

El 4 de enero de 2002, aquejado por diversas dolencias que finalmente desencadenaron en un paro cardíaco, el corazón de este compositor insigne dejó de latir. Ese corazón que muchas veces fue golpeado por el desamor y la incomprensión pero que también conoció la alegría profunda que le producían sus canciones cuando encontraban eco en la voz de la gente.

Pero los compositores verdaderos no mueren del todo. Porque cuando un público sigue cantando sus canciones ese hombre continúa viviendo en la memoria colectiva, viajando de parranda en parranda, de acordeón en acordeón y de voz en voz. San Juan del Cesar, con su belleza encantadora, su riqueza musical y el cariño de sus coterráneos, sigue siendo el territorio donde esa memoria respira.

Allí, entre la música y el paisaje, todavía parece escucharse el eco de los versos del Indio de Oro, como si el vallenato se encargara de recordarnos que hay compositores cuya verdadera patria termina siendo su canción.Y es entonces cuando comprendemos que algunos hombres no nacen solamente para vivir su tiempo lo hacen para quedarse habitando en la partitura de la memoria musical colectiva de su público.

Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado

Nafer Durán: el juglar que hizo pensar al acordeón en modo menor

«A veces pienso que mi padre es un acordeón porque oigo sus notas cuando me mira, sonríe y respira»: Markus Zusak (escritor australiano)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado.

En el universo sonoro de la música vallenata existen hombres que no se limitan a interpretar el acordeón: terminan encarnando el espíritu mismo del juglar. Con el paso de los años dejan de ser simples músicos para transformarse en memoria viva de una tradición. Entre esas figuras mayores se levanta, con la serenidad que dan los años y la sabiduría que concede la experiencia, el maestro Nafer Santiago Durán Díaz, conocido con afecto en su tierra como Naferito.

Hablar de este maestro es hablar de una época, de una estirpe musical y de una forma limpia y auténtica de comprender el vallenato. Hay músicos que transitan por la historia y otros que, con el tiempo, terminan formando parte esencial de ella. Entre estos últimos camina todavía este juglar, con el acordeón abrazado al pecho como si fuera una prolongación de su propio corazón.

Nacido el 26 de diciembre de 1932 en El Paso, Cesar, al norte de Colombia, llegó al mundo lejos de academias y conservatorios. Su primera escuela fue la sabana abierta, los caminos polvorientos, el trabajo del campo y esas madrugadas campesinas en las que el canto de los gallos anuncia el comienzo de la jornada. En ese paisaje sencillo, entre el rumor del viento y la paciencia de la vida rural, fue creciendo una sensibilidad musical que parecía venir desde muy lejos, como si el acordeón lo estuviera aguardando desde antes de su nacimiento.

La música, en realidad, ya habitaba en su casa y en su familia. Su padre, Nafer Donato Durán Mojica, era acordeonista; su madre, Juana Francisca Díaz Villarreal, bailadora y cantaora del aire musical conocido como tambora. Su tío Octavio Mendoza, al igual que su hermano mayor Luis Felipe, también fueron destacados intérpretes del acordeón. En ese hogar donde el ritmo y la melodía formaban parte de la vida cotidiana, el destino parecía ya escrito: Naferito estaba predestinado para la música.

Además de ser hermano del legendario Alejandro Durán Díaz, el primer Rey Vallenato, lo que confirma que en aquella familia el acordeón no era simplemente un instrumento: era casi una manera natural de respirar. De esa herencia aprendió una lección esencial: el vallenato no se toca únicamente con los dedos; se vive, se siente y se cuenta como quien narra la vida misma.

Cuando en 1976 fue coronado Rey del Festival de la Leyenda Vallenata, aquel reconocimiento no recaía solamente sobre la habilidad de un intérprete. Aquella corona simbolizaba la consagración de un estilo, de una forma de tocar el acordeón que conservaba intacta la esencia campesina de la música vallenata. Naferito pertenece a esa generación de juglares que no salían al camino en busca de fama; más bien llevaban de pueblo en pueblo noticias, recuerdos y sentimientos convertidos en canciones.

Hay algo particularmente singular en su estilo: su profundo dominio del modo menor, conocido popularmente en el lenguaje musical de los pueblos como tono menor. En su tiempo fue, sin duda, el acordeonista más destacado en la ejecución de ese registro emocional dentro del vallenato tradicional. Mientras muchos intérpretes se inclinaban por los aires festivos y luminosos del repertorio alegre, Nafer Santiago se adentró con naturalidad en las zonas más íntimas del sentimiento.

Pero en su acordeón ocurría algo más profundo. No era solo sensibilidad: había también intuición musical. En sus manos el instrumento parecía pensar. Por momentos daba la impresión de que el acordeón exploraba caminos que todavía no existían dentro del lenguaje tradicional. Naferito hizo cosas en su acordeón propias de un músico adelantado a su tiempo: se aventuró por escalas, giros melódicos y modulaciones que no eran habituales entre los acordeonistas de su generación.

Nafer Durán ha sido, además, uno de esos juglares completos: de los que cantan, componen y tocan el acordeón. Un músico nacido para contar la vida, y cuyo instrumento le ha servido también para recordarla; allí, en la hondura expresiva del modo menor, su habilidad terminó hablando de la memoria del pueblo.

Había en su forma de tocar algo del espíritu del explorador. Como si, mientras muchos caminaban por senderos ya conocidos del vallenato, él se atreviera a abrir pequeñas rutas nuevas dentro de la misma tradición. Modernidades discretas, casi silenciosas, que no rompían con la raíz campesina del género, pero ampliaban su horizonte musical.

Por eso composiciones como “Sin Ti”, “Mi Patria Chica”, “Déjala Vení”, “Ariguaní”, “El Estanquillo”, “La Chimichaguera”, “La Grabadora”, “La Zoológica”, “Ojitos cautivadores” y “Clavelito” trascienden la condición de simples canciones: son estampas emocionales de la vida rural del Caribe colombiano, retratos musicales donde habitan la nostalgia, el amor y la memoria de la tierra.

Su manera de adornar las notas tiene algo de artesanía antigua. Cada giro melódico parece trabajado con paciencia, como quien talla lentamente la madera o abre surcos en la tierra con manos curtidas por el sol. Nada sobra en su estilo, nada resulta exagerado. En su acordeón habita una elegancia silenciosa que solo poseen los verdaderos maestros, aquellos que comprenden que la grandeza del arte muchas veces se encuentra en la sencillez.

La historia del vallenato también guarda un episodio significativo ligado a su nombre: fue el primer acordeonista que acompañó en una grabación al entonces joven Diomedes Díaz, cuando apenas comenzaba a abrirse camino una de las voces más influyentes que tendría este género.

Con todo, la importancia de Nafer Santiago no se limita a las grabaciones ni a las coronas obtenidas a lo largo de su trayectoria. Su legado más profundo reside en la fidelidad con la que ha defendido el espíritu original del vallenato. En tiempos donde la música suele dejarse seducir por los brillos de la industria y las distorsiones comerciales, él ha permanecido fiel a la esencia: ese vallenato que nace del campo, del trabajo cotidiano, del amor sencillo y de la nostalgia que habita en la vida rural.

Hoy, cuando el calendario de la vida lo acerca lentamente al umbral de un siglo, este juglar se parece a esos árboles antiguos que permanecen firmes en el paisaje después de haber visto pasar muchas estaciones, árboles cuya sombra protege la memoria de la tierra.

Después de haber vivido durante más de dos décadas en Valledupar, Naferito regresó hace algún tiempo a su pueblo natal, El Paso. Allí, rodeado nuevamente por la naturaleza y por la gente que lo quiere, admira y respeta, transcurre su vida en un ambiente sereno, como si el tiempo hubiera decidido caminar más despacio a su alrededor.

En ese sosiego del terruño, el marcapasos que acompaña el latido de su corazón parece haberle regalado una nueva energía. Pero más sorprendente que la resistencia de su cuerpo es la claridad de su memoria. Su lucidez sigue siendo admirable: recuerda episodios de su vida con una precisión que asombra, como si cada recuerdo estuviera guardado en algún rincón invisible del acordeón que lo ha acompañado durante toda su existencia.

Nafer Durán es, en muchos sentidos, un puente vivo entre generaciones. Un hombre que continúa conectado a los músicos y oyentes de hoy con la herencia cultural de los antepasados. Su música, al igual que su propia vida, enlaza épocas y mantiene abierta la conversación entre el pasado y el presente del vallenato.

Y quizá por eso, cuando su acordeón respira en modo menor, no solo escuchamos música: escuchamos también el paso del tiempo, los caminos de la Costa Atlántica colombiana, el viento de la sabana y la memoria de aquellos juglares que iban de pueblo en pueblo llevando la vida convertida en canción.

Porque hay músicos que pasan por el mundo dejando canciones.
Otros, muy pocos, terminan convirtiéndose ellos mismos en una leyenda.

Nafer Santiago Durán Díaz pertenece a esa escasa estirpe de juglares cuyo acordeón no solo suena: también piensa.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Leandro Díaz: el cardón guajiro que floreció en las sombras

“La música es el acto social de comunicación entre personas. Es un gesto de amistad. El más fuerte que existe”.
Malcolm Arnold (compositor británico)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay hombres que nacen con los ojos abiertos y jamás aprenden a mirar. Y hay otros que, privados de la luz exterior, desarrollan una visión más honda, más penetrante, más humana. Ciegos de pupilas, pero videntes de metáforas. La oscuridad es su lienzo; la imaginación, su pincel. No miran el mundo: lo imaginan y, al imaginarlo, lo hacen más bello. En esa estirpe luminosa se inscribe el nombre de Leandro José Díaz Duarte, llamado con justicia “El Homero del Vallenato”, porque, como el antiguo aedo, cantó lo que no vio y vio lo que otros nunca supieron cantar.

Leandro llegó a este mundo en el departamento de La Guajira, en el extremo noreste del territorio colombiano, donde el sol parece escribir su propio evangelio sobre la arena. Fue un hombre humilde que jamás vio el horizonte y, sin embargo, lo describió con asombrosa claridad. Como diría en una de sus canciones: “ Yo nací una mañana cualquiera allá por mi tierra, día de carnaval; pero ya yo venía con la estrella de componer y cantar a mi mal”. Ese lugar fue la Finca Alto Pino, en el área rural de Lagunita de la Sierra, corregimiento del municipio de Hatonuevo, que en ese entonces pertenecía a Barrancas. Allí, el 20 de febrero de 1928, como si el ambiente festivo presagiara su destino, llegó a este plano terrenal envuelto en la noche perpetua de la ceguera. Pero esa sombra inicial no fue sentencia: fue semilla. En él, la oscuridad no fue clausura; fue revelación. No fue un hombre sin luz: fue un hombre con una luz distinta.

Aquel entorno rural, rodeado de naturaleza viva, de verdes campos ondulantes, de animales silvestres y de corral, de flores cuyo aroma se mezclaba con el pasto recién humedecido, fue la cuna sensorial que modeló su espíritu. Aunque no podía contemplar con los ojos las aguas cristalinas o turbias de los ríos y riachuelos de su región, según la estación invernal o veraniega, las sentía con la piel de su universo íntimo. Describía el murmullo cambiante de las corrientes, el silbar del viento entre los cardones, los rumores secretos de los arroyos cuando crecían con la lluvia o se adelgazaban bajo el sol ardiente. De esos sonidos tomaba melodías; de esos aromas y brisas, metáforas. En esa creación invisible desarrolló un mundo mágico que más tarde convirtió en canciones.

Como el cardón que desafía la aridez y se levanta erguido en medio del desierto, Leandro floreció en las sombras. No conoció el verde de los cardonales ni el rojo encendido de los crepúsculos guajiros; no contempló el rostro de las mujeres que cantó con devoción ni el azul limpio del cielo. Y, sin embargo, todo eso habitó en su palabra. Porque si los ojos le fueron negados, el alma le fue concedida con creces. Mientras otros describían lo que miraban, él revelaba lo que su espíritu intuía.

Su infancia tuvo el color lúgubre de la pobreza y la incomprensión. Fue un tiempo de silencios impuestos, de caminos cuesta arriba, de una sociedad que no siempre sabía cómo abrazar la diferencia. Pero el dolor, en lugar de quebrarlo, lo templó. El niño que creció entre privaciones comenzó a descubrir que en su interior palpitaba un universo intacto. Allí empezó a forjarse el vate, el poeta lírico capaz de transformar la herida en canto y la ausencia en metáfora. Lo que la retina no capturó, lo guardó la memoria sensible del corazón.

Y aquel color sombrío y profundamente triste de su infancia, con el paso del tiempo, se tornó en una variedad de colores vivos. Lo que comenzó en penumbra terminó iluminando escenarios, festivales y corazones. El hombre que nunca vio el mundo logró que el mundo lo mirara con respeto. Esa es, quizá, su mayor paradoja y su más alta poesía.

Leandro describía la naturaleza con la precisión de quien la ha visto mil veces. Pintó el verano ardiente, el rumor de la brisa, el polvo que danza sobre los caminos, las lluvias benditas, los pueblos detenidos en el tiempo. Cantó a los amigos con gratitud sincera y a las mujeres con una mezcla de admiración y ternura que rozaba lo sagrado. En sus versos, la belleza femenina no era simple halago: era revelación. Supo cantar al amor con dulzura, al desamor con dignidad y a la soledad con una honestidad que aún conmueve. No necesitó ojos para ver el horizonte; le bastó el alma para describirlo.

En «Matilde Lina», convirtió el amor imposible en un paisaje sentimental donde la nostalgia tiene nombre propio. Matilde no es solo una mujer: es el símbolo de aquello que se ama aun sabiendo que no será. En «La Diosa Coronada», elevó la figura femenina a dimensión mitológica, demostrando que la belleza no necesita ojos cuando existe sensibilidad. En «A mí no me consuela nadie», el dolor se vuelve confesión limpia, sin artificios, como si el alma hablara sin intermediarios.

También está la súplica serena de «Olvídame», donde el adiós no es rencor, sino aceptación; la introspección casi filosófica de «Mi memoria», en la que el recuerdo se convierte en territorio de lucha interior; la fe inquebrantable de «Dios no me deja», que revela su confianza en una providencia silenciosa; y la pintura ardiente de «El verano», donde el paisaje guajiro vibra con una vitalidad que asombra viniendo de un hombre que nunca vio el sol.

Pero su memoria merece una pausa más honda. En ella se percibe el prodigio creativo de un hombre que jamás aprendió a leer ni a escribir. Su composición no pasó por el papel: pasó por la arquitectura invisible de la mente. Allí, en la memoria viva, organizaba versos, medía silencios, afinaba imágenes. Es una obra que confirma que la oralidad, cuando está sostenida por el talento, puede alcanzar alturas literarias insospechadas. La memoria fue su cuaderno; la musicalidad, su ortografía; la sensibilidad, su gramática.

La genialidad descriptiva y narrativa de Leandro alcanza otra dimensión en «Los Tocaimeros». En ese merengue vallenato logra enlazar, con asombrosa precisión rítmica y métrica, a la totalidad de los habitantes de la población de Tocaimo, mencionando más de cincuenta nombres como si levantara un censo poético de su gente. No es una simple enumeración: es una arquitectura verbal donde cada nombre encuentra su lugar exacto dentro del verso y la rima. La canción se convierte así en memoria colectiva, en retrato sonoro de una comunidad inmortalizada en la cadencia de su canto.

Algo similar ocurre en «¿Dónde?», en el que este genio creador recorre con la palabra varios pueblos de La Guajira: Barrancas, Papayal, Hatonuevo, Oreganal, Surimena, Roche, Manantial, Angostura, Las Pavas, Lagunita, entre otros. Es un itinerario sentimental y geográfico. En ese recorrido antológico, todas esas poblaciones se regodean con su presencia simbólica. Leandro las nombra en busca de una mujer que pudiera quererlo y sentencia con una frase de belleza conmovedora: “tiene Barrancas bellos caseríos donde viven mujeres que se pueden ver”. Aparentemente es una expresión sencilla, pero cobra una dimensión extraordinaria si recordamos que quien la pronuncia es un hombre que nació ciego. Allí la ironía del destino se transforma en poesía pura: habla de ver quien jamás vio y, sin embargo, nos enseña a mirar.

Pero Leandro no le cantó únicamente al amor y a la belleza; también fue cronista de la realidad social. En «Adelante» y «Soy» se percibe un tono distinto: allí habla el hombre consciente de su tiempo, el ciudadano que entiende las grietas de su entorno y decide no callar. Son cantos que invitan a la dignidad, a la afirmación del ser, a la resistencia íntima frente a la adversidad. Su voz se convierte en identidad.

Y si en esas composiciones hay firmeza y reflexión, en «La Contra» y «El Negativo» emerge el Caribe pícaro, el hombre agudo que señala inconformidades con una sonrisa ladeada. Allí la crítica se vuelve ironía, y la inconformidad se disfraza de humor inteligente.

Esa misma fuerza desafiante alcanza un punto alto en «El Bozal». Allí no solo compone: reta. Desafía a cantantes y compositores demostrando dominio técnico en la estructura de la décima, esa forma poética exigente que requiere precisión métrica y rítmica. Un hombre que no escribía sobre papel, pero que construía décimas con rigor casi académico. «El Bozal» no es solo canción: es declaración de maestría, afirmación de autoridad en el oficio.

Su canto no fue evasión: fue testimonio. No se limitó a embellecer el mundo; también lo denunció con la serenidad firme de quien conoce la intemperie.

A pesar de las adversidades, llegó a ser uno de los compositores más laureados y ovacionados del vallenato. Su nombre dejó de asociarse exclusivamente a la condición de invidente para instalarse en la memoria colectiva como sinónimo de profundidad lírica. Su obra no fue breve ni circunstancial: fue vasta y fecunda, extendida a lo largo de los años con una constancia admirable. Decenas y decenas de canciones brotaron de su memoria prodigiosa, conformando un repertorio amplio que atraviesa generaciones y permanece vivo en la voz del Caribe. La música no fue para él un simple oficio: fue destino, lenguaje y redención.

En «Cómo yo no hay dos» dejó acaso su autorretrato más hondo:

“Yo no he podido contemplar la luz
cómo lo has hecho tú en un bello amanecer,
no he podido ver el cielo azul
ni mirar la tristeza de un atardecer;
solo he vivido tratando de hallar
la forma de olvidar tantas penas de ayer
y solamente suelo recordar
aquel trágico andar de mi vida sin ver…

Acompañado de mi dolor
siempre he vivido en la oscuridad,
sin ver la luna, sin ver el sol
puse a pensar a la humanidad;
por eso es que como yo no hay dos
se los digo en mi cantar,
que las cosas que hace Dios
nadie las puede cambiar”.

Allí reconoce su condición sin victimismo y transforma la limitación en singularidad. Muchos pudieron pensar que sería un inútil, una carga para la sociedad; sin embargo, el tiempo demostró lo contrario. Aquel hombre que no vio la luz del amanecer llegó a ser profundamente útil para su pueblo, para su cultura y para la historia musical de Colombia. Su obra fue servicio, identidad y conciencia.

En esos versos no hay queja estéril, sino aceptación trascendida. No hay lamento vacío, sino conciencia del misterio. Allí está el hombre que nunca vio la luz del amanecer, pero que hizo pensar a la humanidad; el que no contempló el cielo azul, pero lo pintó con palabras; el que vivió en la oscuridad y, aun así, iluminó el corazón de un pueblo.

Y así como el cardón permanece erguido frente al viento salobre y al sol incansable de La Guajira, la obra de Leandro Díaz seguirá en pie frente al paso del tiempo. Porque mientras haya un acorde que evoque su nombre, mientras una voz entone sus versos en cualquier rincón del Caribe, seguirá floreciendo en la memoria colectiva.

Leandro no vio el paisaje guajiro, pero lo hizo eterno. No contempló el horizonte; lo ensanchó para todos. Y en la vasta geografía del vallenato, su figura permanece como ese cardón firme, austero y majestuoso que, aun en la sequía más severa, demuestra que la vida verdadera siempre encuentra la manera de florecer.

El 22 de junio de 2013, el silencio creyó llevarse su aliento; pero fue apenas el cuerpo el que descansó. Porque el alma de Leandro José Díaz Duarte, sembrada en versos y melodías, no conoce sepultura.

Y mientras un acordeón respire entre las manos de un acordeonista y una voz vuelva a pronunciar sus palabras, él seguirá cantando desde la eternidad. Porque hay hombres que mueren, y hay otros, como «El Homero del Vallenato», que se vuelven canción.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado