El vallenato romántico vuelve a encontrar en las voces femeninas una manera especial de expresar el amor, los sentimientos y esas historias que permanecen en el corazón. Es precisamente en este escenario donde aparece Yissell, “La Voz Rosa”, quien se suma al Volumen 5 de Voces Femeninas del Folclor Internacional con una hermosa canción titulada “Mi Pedazo de Cielo”, de la autoría y composición del cantautor paisa Juancho Roldán.
“Mi Pedazo de Cielo” es de esas canciones que nacen para dedicar. Un vallenato romántico, cargado de ternura, poesía e inspiración, que habla desde el amor más sincero y convierte a esa persona especial en el centro del universo: “Eres mi pedazo de cielo, mi pedazo de luna, mi pedazo de sol”.
La canción tiene esa esencia del vallenato romántico que logra conectar con quienes alguna vez han amado profundamente. No necesita grandes artificios: su fuerza está en una letra que habla de admiración, entrega y sentimiento, acompañada por una melodía que permite que cada palabra llegue directamente al corazón.
«La voz del campo que cantó al amor con ternura, al pueblo con dignidad y a la injusticia con valentía»: Ramiro Elías Álvarez
Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*
Los grandes compositores no escriben únicamente canciones; escriben la biografía emocional de un pueblo. Por eso, en su obra el amor encuentra refugio, las costumbres conservan su memoria, la picaresca celebra la alegría de vivir y la inconformidad recuerda que el arte también tiene la misión de interpelar a la sociedad. Hernando José Marín Lacouture entendió eso mejor que nadie.
No todos los hombres nacen para dejar una huella; algunos llegan al mundo con la extraña misión de darle voz a quienes nunca fueron escuchados. Marín Lacouture perteneció a ese tipo de creadores capaces de transformar la vida cotidiana en poesía, la inconformidad en filosofía y el dolor colectivo en canciones que terminaron convirtiéndose en patrimonio sentimental del pueblo vallenato. Su obra no fue únicamente una sucesión de éxitos musicales: fue una manera de entender la existencia, de cuestionar las injusticias, de exaltar la belleza de la tierra y de recordarnos que el folclor también puede ser un acto de conciencia.
Nacido el primero de septiembre de 1944 entre los paisajes rurales de El Tablazo, jurisdicción de San Juan del Cesar, en La Guajira, el barro fue su primera escuela y la naturaleza su primer libro de poesía. Fue, además, un destacado intérprete de la guitarra. No fue un virtuoso de academia, pero sí un artesano de las cuerdas. Con su guitarra dialogaba: la acariciaba para arrullar un romance, la golpeaba para denunciar una injusticia, la hacía llorar para contar una despedida. Con ese instrumento de cuerdas se apoyaba para hacer sus letras y melodías. Las noches, el monte y el silencio eran sus maestros, y en cada rasgueo encontraba la nota exacta para vestir un sentimiento.
Y esa misma autenticidad la tenía en la voz. Aunque no era una voz «perfecta» técnicamente, era una voz con alma. Una voz que no cantaba para lucirse, sino para transmitir. Y cuando Hernando cantaba, el mensaje llegaba contundente, directo al pecho. Por eso terminó siendo no solo compositor: fue cantautor. Un hombre que escribía, componía, interpretaba y defendía sus propias verdades con guitarra en mano.
Antes de conquistar las parrandas y los escenarios, conoció el esfuerzo del campesino, el calor de los sembrados y el lenguaje silencioso de los árboles, del viento y de los caminos. Quizá por eso sus versos nunca sonaron artificiales: llevaban el aroma de la tierra recién labrada y la autenticidad de quien escribía desde la experiencia y no desde la imaginación distante.
La poesía de Hernando José nunca necesitó esconderse detrás de palabras grandilocuentes. Descubrió que la belleza también habita en la sencillez, en el paisaje guajiro, en la amistad, en el amor y en los pequeños acontecimientos de la vida. Su inspiración no conocía fronteras: unas veces enamoraba con versos románticos, otras retrataba la cotidianidad del Caribe, arrancaba sonrisas con su ingenio o despertaba conciencias con su inconformidad frente a las injusticias. Su sensibilidad florece en obras como «Villanueva mía», un himno de pertenencia; «El Girasol», donde la naturaleza se convierte en metáfora de la esperanza; «Lluvia de verano», cargada de nostalgia y delicadeza; «Lo que siento», un homenaje a la nobleza y a la resiliencia, donde expresa su deseo de transformar el dolor y la tristeza en cantos alegres para ocultar sus penas; «El Ángel del Camino», donde el sentimiento camina con la espiritualidad; y «La Creciente», esa canción dedicada a la conquista amorosa.
Su pluma, sin embargo, no se conformó con cantarle al amor. Comprendió que la poesía pierde parte de su sentido cuando permanece indiferente frente al sufrimiento humano. Entonces apareció el Hernando Marín filósofo y contestatario, el compositor que hizo de la música una tribuna para denunciar las desigualdades y defender la dignidad de los más humildes.
En «Los Maestros» levantó un sentido homenaje y, a la vez, un reclamo por la precaria situación laboral y el mal pago que vivían los profesores. Su letra expresa la falta de garantías de los gobiernos para con los educadores y convierte el agradecimiento en denuncia. En «La Ley del Embudo» lanzó una dura crítica a la desigualdad y a la injusticia social. Tomó el famoso dicho popular para señalar que la ley siempre es «ancha para unos y angosta para otros», favoreciendo a los más poderosos y oprimiendo a la clase más vulnerable. En «Canta conmigo», más que una canción festiva, dejó una plegaria social por la paz. Denuncia la violencia y hace un llamado a la reconciliación, expresando que con armas no se logran milagros sociales y abogando por el diálogo sin distingo de razas ni colores. Y en «Campesino parrandero», por medio de la cotidianidad desnudó la realidad del hombre del campo, reivindicando su forma de ser frente a la indiferencia de las élites urbanas.
Sus canciones jamás señalaron desde el resentimiento, sino desde una profunda conciencia social alimentada por la compasión y la esperanza.
Pero Hernando también fue poeta del amor. Y en esa faceta nos dejó «Tempestad».
«Tempestad» es Hernando Marín en su estado más elemental: comparando el clima con el corazón. El maestro no canta un despecho. Canta una fuerza de la naturaleza. Si en el cielo truena, en su pecho también. Si en la cordillera las nubes están espesas y va a llover, en su alma también está por desatarse algo.
Y ahí está la frase que lo explica todo: *»La lluvia tiene derecho a la tierra, mi amor al tuyo lo tiene también»* No pide permiso. Así como la lluvia moja porque debe mojar, el amor llega porque tiene que llegar.
Pero el verso que desarma es este: *»Siento en mis ojos la corriente del Cesar cuando se crece porque me pongo a llorar»* Hernando no dice «lloro mucho». Dice que sus lágrimas son río crecido. Que el dolor y la emoción le desbordan como el Cesar en invierno. Convirtió su llanto en geografía.
Y cierra con una verdad de hombre de pueblo: *»Uno se enamora muchas veces, ay una mujer que tiene para el hombre tempestad»* Esa es la mujer-huracán. La que te estremece como se estremece el monte, la que no escampa. «Tempestad» no habla de tristeza. Habla de intensidad. De ese amor que no pregunta, que no espera, que simplemente cae.
Poseía, además, esa picaresca inteligente tan característica del Caribe colombiano. Sabía reírse de las contradicciones humanas y convertir el humor en una elegante forma de crítica. Tenía la capacidad de narrar las debilidades del ser humano con ironía y una enorme riqueza narrativa, logrando que el oyente sonriera mientras, casi sin advertirlo, terminaba reflexionando sobre sí mismo.
Su grandeza también puede medirse por la cantidad de voces que encontraron en sus composiciones un camino hacia la inmortalidad. Su estilo, marcado por rasgos de rebeldía, romance y costumbrismo, se volvió universo en la garganta de los más grandes.
Rafael Orozco le dio vida eterna a «La Creciente», «Déjame quererte», «Yo no sé», «Luz Mary», «Recuerdos» y «Juramento». Jorge Oñate engrandeció «Lo que siento», «Campesino parrandero», «Locura de amor», «Destino», «Tú no sabes amar» y «Sanjuanerita». Diomedes Díaz convirtió en clásicos «Canta conmigo», «Acompáñame», «El gavilán mayor», «Lluvia de verano», «Ventana de cristal» y «El invencible». Poncho Zuleta se hizo presente en «Bebiendo yo», «Mis muchachitas», «El girasol», «La vecina de Chavita», «Los maestros» y «El arbolito». Beto Zabaleta encontró en Marín a uno de sus compositores más certeros, con «La ley del embudo», «Desengañado», «Malas y buenas», «El enfermo», «Rina», «A mi guajira», «Olvida esa pena» y «Lágrimas de sangre». Y la voz morena del vallenato, Silvio Brito, dejó una estela de éxitos como «El ángel del camino», «Sentencia», «El mocoso», «Pecadora», «Tempestad», «Enamorados», «Los años», «Mal de amores» y «Villanueva mía».
Y así, muchos otros grandes intérpretes comprendieron que aquellas letras trascendían el simple entretenimiento para convertirse en auténticos testimonios de la identidad caribe.
Resulta admirable que un hombre con escasa formación académica alcanzara semejante profundidad literaria. A pesar de que no llegó a ser sexagenario, como lo deseó y plasmó en una de sus canciones, ya se había convertido en un maestro de la composición. Demostró que la sensibilidad no se gradúa en las universidades, sino en la escuela de la vida; que la poesía puede brotar de unas manos curtidas por el trabajo del campo y por las cuerdas de una guitarra, con la misma fuerza con la que nace de la pluma de los grandes escritores.
Hernando Marín perdió la vida en un fatal accidente automovilístico el 5 de septiembre de 1999 en carreteras del departamento de Sucre. Pero la muerte no pudo con él, porque los versos verdaderos no se entierran.
Hernando José Marín Lacouture terminó siendo mucho más que un extraordinario compositor vallenato. Fue cronista del Caribe, defensor de los olvidados, poeta del paisaje, filósofo de la cotidianidad y conciencia crítica de un pueblo que encontró en sus canciones una voz para expresar aquello que muchas veces callaba.
Hoy su obra sigue viva porque sigue siendo necesaria. Mientras haya amor que cantar, injusticias que nombrar, costumbres que preservar y risas que compartir, la voz de Hernando Marín seguirá sonando en cada parranda, en cada protesta y en cada rincón del Caribe. Él no escribió para su tiempo: escribió para todos los tiempos. Y por eso el pueblo no lo recuerda: lo sigue cantando.
«La música excava el cielo»: Charles Baudelaire (poeta y ensayista francés).
Por Ramiro Elías Álvarez Mercado.
Hay canciones que no se escriben: simplemente llegan. Golpean la puerta como un viento fuerte, arrastrando polvo de recuerdos que uno creía dormidos. En el silencio de la noche, donde la luna se desvanece en el horizonte, resuena el eco de una canción que es un adiós a la música del alma. «Si Me Ven Llorar» es un paseo vallenato sentimental, la segunda entrega autoral de Valeria Lozano, que nos lleva por un viaje a través de la memoria, donde el dolor y la nostalgia se entrelazan como el fuelle de un acordeón que llora. Pertenece a esa estirpe de cantos que nacen desde lo hondo, desde un duelo que todavía respira y que, aún así, se atreve a volverse melodía.
En esta pieza, Valeria canta no sólo con la garganta, sino con la herencia entera de su sangre. Su voz, fuerte y recia como la tierra de la que viene, pero dulce y tierna como la hija que aún se sabe niña, avanza clara entre los silencios, sosteniendo una emoción que jamás se quiebra, pero tiembla. Y en este temblor está su verdad. Vocaliza con precisión, pero también con hondura espiritual: cada verso es un lamento que se abre sin desbordarse, un dolor que se convierte en canto y no en grito.
Su padre, Pepe Lozano, un hombre de campo y de música, un parrandero amante del folclor vallenato, se hace presente en cada nota, en cada palabra. La canción es un homenaje a su legado, a su pasión por la música, a su amor por la vida. La letra es un poema a la ausencia, a la pérdida, a la búsqueda de un abrazo que ya no está. «Quedaron tantas cosas por decir / Quedaron mil canciones que cantar», canta Valeria, como si las palabras se le escaparan de las manos, como si la música fuera la única forma de retener a su padre. Y es que la música es el lenguaje universal, y en este caso, es la lengua que habla de amor, de dolor, de recuerdos.
El acordeón de Carlos Olivera es un acompañamiento perfecto; él es un acordeonista joven, pero que lleva en su interior el murmullo de los juglares. Su instrumento es un susurro que se mezcla con la voz de Valeria, creando un espacio íntimo, un lugar donde el dolor y la nostalgia se hacen uno. Sus notas sostienen la voz de Valeria como un hombro que entiende, como un viento que empuja sin invadir. La melodía es simple, pero profunda, como un río que fluye suavemente, llevando consigo los recuerdos y las emociones.
La figura de Pepe Lozano se hace presente en cada nota, en cada palabra. Un hombre que amaba la música, que amaba la vida, que amaba a su familia. Un hombre que dejó un legado, que Valeria lleva en su corazón, en su voz, en su música, en su andar.
«Si Me Ven Llorar» es más que una canción, es un adiós que sale de lo más profundo del alma, un adiós a un ser querido. Es un recordatorio de que la música es la guía del espíritu, y que el amor y el dolor son universales. Valeria Lozano nos ha regalado una letra, un poema que es un homenaje a su padre, a la música, a la vida.
Al final, «Si Me Ven Llorar» parece decirnos que lo que amamos nunca se marcha del todo: se queda suspendido en un punto secreto del espíritu, donde habitan los afectos que resisten la muerte. Allí, en esa zona donde lo visible se mezcla con lo sagrado, su voz se vuelve un puente: une el mundo de los vivos con la memoria vibrante de los que ya partieron. El acordeón de Olivera, por momentos suave y por momentos fuerte, abre una grieta luminosa por donde Pepe vuelve a asomarse. Es como si el canto fuera una oración sin templo, un rito íntimo donde la música se convierte en un territorio de encuentro. Y en ese encuentro, la tristeza deja de ser peso: se vuelve luz, se vuelve testimonio, se vuelve camino.
Así, esta canción no solo honra una ausencia: inaugura una presencia distinta. Una presencia que no toca la tierra, pero toca el alma. Una presencia que no vuelve en cuerpo, pero regresa en sonido. Y es ahí, justo ahí, donde el folclor demuestra su poder más antiguo: hacer que la vida continúe aun cuando la vida parece haberse ido. Porque mientras Valeria cante, mientras su voz tiemble con verdad, mientras el acordeón y la guitarra la envuelvan como un abrazo que no caduca, su padre seguirá parrandeando en el silencio, en la brisa, en la eternidad que sólo la música sabe abrir.
«Una canción es como un sueño. Te lleva a un lugar donde la música no entra»: Bob Dylan (cantante, compositor y poeta estadounidense)
Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado
Hay fechas que no celebran un año más, sino un siglo de memoria convertida en canto. El 26 de mayo de 2026 no fue solo un aniversario. Fue el día en que Colombia volvió a escuchar el eco de un hombre que entendió que la eternidad no se construye con mármol, sino con versos que el pueblo se aprende de memoria.
Ese hombre es Rafael Escalona. Y su historia empieza en Patillal, ese pequeño pueblo rural, apacible, donde el tiempo parece detenerse entre montañas. Patillal no es solo un corregimiento de Valledupar. Es cuna de grandes compositores del vallenato, tierra que ha parido cantores y poetas inspirados por el paisaje que la rodea: la Sierra Nevada vigilando desde lejos, el viento que baja limpio por los valles, los ríos que cuentan historias a quien se detiene a escuchar. Allí, el 26 de mayo de 1926, en el hogar de Clemente Escalona Labarces y Margarita Martínez Celedón, nació Rafael Calixto Escalona Martínez. Un niño que no necesitó conservatorios ni academicismos para volverse inmortal.
Las canciones del maestro no surgieron desde la técnica fría de un escritorio. Nacieron desde la oralidad, desde el relato vivo, desde la costumbre ancestral de contar historias bajo la sombra de un árbol o en medio de una parranda. Por eso sus composiciones parecen hablar más que cantar. Es la voz del pueblo que aprendió a rimar, el que convierte en verso las alegrías y dolores que todos callan. Su pluma no necesitó grandes academias porque su musa fue siempre el latido diario de su comunidad. En cada verso hay personajes reales, caminos, nostalgias, amores, dolores y paisajes que terminaron siendo la autobiografía sentimental del Caribe colombiano.
Lo sorprendente es que Escalona logró todo eso sin tocar un solo instrumento. Se apoyó únicamente en su memoria prodigiosa y en una intuición que le permitía escuchar la melodía donde otros solo oían conversación. Era un alquimista que transformaba cualquier anécdota en leyenda, el guardián de los secretos del pueblo que sabía traducir en palabras exactas lo que el alma siente cuando suena el acordeón. Por eso, mientras otros escribían la historia en libros, él la guardaba en pentagramas invisibles.
Ya lo había intuido Gabriel García Márquez cuando, en marzo de 1950, escribió para El Heraldo de Barranquilla: “Escalona es el intelectual de nuestros aires populares, el que se impuso un proceso de maduración hasta alcanzar ese estado de gracia en que su música respira ya el aire de la pura poesía”.
El Juglar de Patillal transformó el vallenato a través de sus historias y letras e inspiró a muchos compositores que hoy brillan con luz propia en esta expresión musical.
Superó el centenar de canciones y dejó una estela que aún ilumina el vallenato en las mejores voces y agrupaciones. Desde Guillermo Buitrago, pasando por Bovea y sus Vallenatos y la inolvidable voz de Alberto Fernández Mindiola, el legendario Alejandro Durán, hasta Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Diomedes Díaz, Rafael Orozco, Carlos Vives e Iván Villazón. Y su eco cruzó el mar: la española Lola Flórez y su hija Rosario, la orquesta venezolana Billo’s Caracas Boys, la cantante hispano-francesa Sole Giménez, el bolerista venezolano Nelson Henríquez, Roberto Torres y su Charanga Vallenata, Los Melódicos de Venezuela y la legendaria Sonora Matancera de Cuba en la voz de Nelson Pinedo, grabaron su obra, llevándola a oídos que no conocían el Magdalena Grande pero entendían el idioma universal del sentimiento.
¿Cómo olvidar La Casa en el Aire, ese himno que convirtió el amor de un padre en metáfora de protección eterna? ¿Cómo no estremecerse con El Testamento, donde la ironía y la picardía popular bailan juntas? ¿Cómo ignorar la profundidad de Elegía a Jaime Molina, considerada por muchos una de las canciones más hermosas escritas por la partida de un amigo en la música vallenata? También quedan para siempre El Almirante Padilla, El Manantial, Honda Herida, La Creciente del Cesar y La Estrella de Patillal, capítulos vivos de la identidad colombiana.
En cada canción de Escalona sigue latiendo el Caribe, la tradición oral y la historia cultural de un país que habría olvidado a muchos de sus pueblos si no fuera por su música. Él fue el pintor de la memoria; con cada palabra rescató los colores, olores y latidos de una época que se niega a morir. Conocía la geografía de su tierra no por los mapas, sino por los pasos y las nostalgias de su gente, y pintaba el mundo con los colores de su terruño, convirtiendo el paisaje local en un refugio para el alma.
Él entendió algo que pocos artistas descubren: la verdadera inmortalidad no se alcanza en los monumentos, sino en la memoria afectiva de la gente. Por eso sus canciones siguen sonando en patios, cantinas, festivales, emisoras y parrandas. Siguen heredándose como se heredan las historias de los abuelos: con respeto, con emoción y con orgullo.
El maestro no fue solo un compositor. Fue un narrador del alma popular, un poeta sin pretensiones académicas y un filósofo espontáneo de la provincia colombiana. Su obra demuestra que la cultura más profunda nace lejos de las universidades y cerca de la sensibilidad de los pueblos. Sus palabras no habitan en torres de marfil, sino en las calles, en los recuerdos y en el alma de su comunidad.
A cien años de su nacimiento, Escalona continúa vivo. Vive en el acordeón que aún suspira sus melodías, en el campesino que canta sus versos sin darse cuenta, en el Caribe que aprendió a reconocerse en sus canciones. Murió el cuerpo, pero quedó la voz.
Porque mientras exista alguien capaz de cantar una de sus historias bajo el cielo azul de Colombia, Rafael Calixto Escalona Martínez jamás será un recuerdo. Seguirá siendo una conversación eterna entre el pueblo y la música.
Y hoy, desde esta Copa de Folclor, brindo por él con la certeza de que cada vez que tarareamos “La Casa en el Aire” estamos brindando también con su sombra, sentada a la mesa de nuestra memoria.
Con respeto y admiración, Ramiro Elías Álvarez Mercado
Por más de 60 años Ovidio Enrique Granados Melo, ‘El viejo Villo’, en menos de lo que cantaba un gallo abría los acordeones, y empezaba a dar clases sobre sus elementos ocultos, sin decir cómo se reparaban. Por eso se ganó el interesante título de ‘Cirujano de los acordeones’.
Sabía esculcar a fondo el corazón de ese instrumento dando el diagnóstico adecuado y hasta el valor que tenía la reparación. Nunca pasó de 20 mil pesos. “Y me pedían rebaja”, decía jocosamente.
Como todo alumno tuvo su profesor llamado Ismael Rudas Jaramillo, quien vivía en el pueblo de Caracolicito, municipio de El Copey, Cesar. Ese trabajo le gustó tanto que en vez de dedicarse a tocar con dedicación el acordeón donde era un gran creativo, optó por repararlo con éxito absoluto, teniendo la más grande clientela. De eso vivió gran parte de su vida.
En esos diálogos sobre su oficio nunca quiso decir cuál era el secreto para llegar al punto preciso y no demorar en el arreglo del acordeón, pero entregó una pista que sus hijos lo sabían, especialmente Ovidio Raúl, quien sin duda sería el sucesor.
Para Ovidio Granados el mes de abril era bendito, no solamente por el Festival de la Leyenda Vallenata, sino porque el desfile de acordeoneros por su casa en el barrio Los Caciques de Valledupar, era grande. Todos querían que le pusiera su acordeón 10 puntos, para estar listos para los concursos o parrandas.
Cuando hablaba del Festival de la Leyenda Vallenata se emocionaba porque durante tres años fue protagonista en el concurso de acordeón profesional. Como cosa curiosa participó en tres ocasiones ocupando el segundo puesto, exactamente en los años 1968, 1975 y 1983. En esas oportunidades ganaron Alejandro Durán Díaz, Julio Enrique de la Ossa Domínguez y Julio César Rojas Buendía.
Eso lo hizo comentar. “Yo, siempre estuve ensegundao”. Claro que tiempo después vinieron grandes alegrías con los triunfos en el Festival de la Leyenda Vallenata de sus hijos Hugo Carlos, Juan José y de su hermano Almes.
Ovidio Granados, en medio del arreglo de los acordeones, tarea que también desempeñaba su fallecido hijo Eudes, hizo su incursión en la pasta sonora en tres ocasiones con Los Playoneros del Cesar y Diomedes Díaz, con quien grabó las canciones ‘Diana’ (Calixto Ochoa), ‘Las cosas del amor’ (Marciano Martínez), ‘Palmina’ (Joaquín Betín) y ‘La guajirita’ (Diomedes Díaz). También, participó en la producción musical ‘Granados, Dinastía de Reyes’, en unión de los músicos de su familia.
Para el juglar mariangolero había una frase de Gabriel García Márquez, que le gustaba porque era realidad. “No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo escuchamos se nos arruga el sentimiento”. Todo se encerraba en las bondades emocionales de ese viejo instrumento que nunca pasa de moda regalando notas alegres, románticas y tristes.
Las añoranzas flotaban en su entorno y citó la vez cuando estuvo en Alemania, exactamente en la fábrica de acordeones Hohner, donde se maravillaron por su forma artesanal de arreglarlos con pocas herramientas. Alla, era diferente por la manera técnica de ensamblarlas. De todas maneras, ‘El viejo Villao’ demostró ser el mejor arreglador de pitos, bajos y fuelles que componen esa caja bendita.
Los recuerdos
El era un hombre serio, calmado, de poco hablar y en una entrevista entregó su concepto sobre los mejores acordeoneros citando en su orden a Luís Enrique Martínez, Calixto Ochoa, Alfredo Gutiérrez y Emiliano Zuleta Díaz. También marcó su territorio. “A mis hijos Hugo Carlos, Juan José, y a mi hermano Almes, no los meto en la lista porque tocan más bonito y son unos tigres”.
Luego pasó a las canciones que más le gustaban, haciendo un extenso recorderis. ‘Lirio rojo’ (Calixto Ochoa), ‘Matildelina’ (Leandro Díaz), ‘El cachaquito’ (Miguel Yaneth) y ‘El vicio’, de su autoría. “Si acaso me mata el vicio, me entierran con mi acordeón, porque pa’ tocar bonito, tengo que tomar el ron”.
También destacó a Mariangola, de quien anotó era el pueblo más bello del mundo y producía de todo. De ser padre de 12 hijos y de tener 21 nietos, de los cuales dos Hugo Carlos Granados Jr. y Jairo José Lobo Granados, son acordeoneros. La dinastía continua en marcha.
Rey Vallenato Vitalicio
Para Ovidio Enrique Granados Melo, la noche del sábado siete de junio de 2025 fue gloriosa porque recibió por parte de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, el título de Rey Vallenato Vitalicio.
Entonces sus palabras fueron elocuentes. “La gracia de Dios es grande y todo en su momento. Que mejor que sea en vida para alegrarme por este reconocimiento de Rey Vallenato Vitalicio. Estoy feliz y este título lo comparto con los seguidores de la dinastía Granados”.
En la despedida del juglar que dejó una inmensa huella, se exalta su nombre y su extensa tarea a favor del folclor vallenato, donde fue la figura principal de su dinastía y hasta sus últimos días estuvo como guardián de los acordeones a los que consintió como a sus hijos.
Allá en el famoso kiosko de su casa quedaron registrados miles de historias, notas de acordeones y esos versos de la canción de Calixto Ochoa, ‘Diana’ que interpretó con Diomedes Díaz. “Si acaso yo no regreso más por aquí, díganle a Diana que rece, y ruegue por mí”. Decir adiós nunca es fácil, porque el mañana no cura los recuerdos.