Miguel Emiro Naranjo Montes: el hombre que le puso pentagrama al viento de la Sabana

«El porro no se toca: se siembra. Y lo que se siembra con amor, algún día hace bailar al mundo»: Ramiro Álvarez Mercado

Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Hay músicas que nacen para la tarima y otras que nacen para la vida. Las primeras buscan aplauso. Las segundas, memoria.

En la sabana cordobesa, donde el calor se aprende a caminar despacio y los ríos enseñan a los hombres a no apurar el paso, la música no es adorno. Es oficio, es rito, es forma de contar lo que no cabe en palabras. Allí, el porro no se aprende en libros. Se hereda en el aire, se canta con el cuerpo, se entiende con los pies.

Y cuando una tierra produce ese tipo de sonido, tarde o temprano levanta un hombre que lo traduzca al pentagrama. Que le ponga orden a lo que siempre fue impulso. Que convierta la polvareda del ensayo en escuela, el sudor del campesino en partitura, la alegría del fandango en patrimonio.

Hoy, ese hombre es una institución inscrita en la historia, y su vida sigue sonando. Hablamos de quien hizo del porro sabanero un idioma universal sin dejar de ser monte, río y pueblo.

Nació con los pies en la tierra y  con el viento adentro.
Miguel Emiro Naranjo Montes pertenece  a los que no caminan, más bien resuenan.

Llegó a este mundo terrenal en Ciénaga de Oro, Córdoba, el 17 de mayo de 1944, un día en que el Caribe colombiano, ese territorio donde la música no se aprende, se hereda, decidió sembrar en él una semilla de bronce y aliento. Desde entonces, su vida no ha sido otra cosa que una conversación ininterrumpida entre el hombre y la trompeta, entre el silencio y la fiesta.

Pero no se puede hablar de su historia sin nombrar a Planeta Rica, Córdoba, su tierra adoptiva. Ese lugar donde el polvo de las calles parece levantarse al ritmo de una banda, donde cada esquina guarda un ensayo invisible y cada madrugada tiene memoria de porro. Allí, Miguel Emiro no solo encontró un hogar: encontró su resonancia.

El porro sabanero, ese género que no siempre se escribe en partituras sino en la piel, es la voz de la Sabana. No es música de salón ni de tarima lejana. Es música de cosecha, de río crecido, de amanecer en el corral. Nace en la cadencia del ganado que camina por los potreros, en el zapateo de la fiestas de corralejas, en el sudor del campesino que después de arar agarra el clarinete y le da forma al cansancio. El porro sabanero no apura: camina. No grita: cuenta. Tiene un compás de tierra, un aire de palma, un alma que baila sin perder la compostura. Por eso, cuando suena, no solo se mueve el cuerpo: se mueve la memoria de un pueblo.

En el universo del porro sabanero, el nombre de Miguel Emiro Naranjo Montes se ha convertido en referencia, en faro, en escuela. No por decreto: por persistencia. Porque ha sido, además, formador; un maestro en el sentido más amplio de la palabra. De esos que no solo enseñan técnica, sino que transmiten una manera de escuchar el mundo.

No fue músico por imposición. Fue músico por oído e inspiración. Su madre, Placidia María Montes, tenía voz de bolero y de rancheras, y mientras lo arrullaba en una hamaca de cepa de plátano, el niño Miguel se quedaba despierto para no perderse el concierto. Su padre, Francisco Miguel Naranjo, campesino sembrador de yuca, ñame, maíz y arroz, le trajo en una Navidad una violina. Entre el canto de la madre y el regalo del padre, el camino quedó trazado: no iba a labrar tierra, iba a labrar sonidos.

Y los labró. Primero con la dulzaina que lo hizo imprescindible en la escuela. Después con un cornetín prestado, aprendió La Diana porque un rector de la escuela procedente del Chocó le dijo que el talento no se entierra.

Pero antes de convertirse en director de banda, Miguel Emiro fue maestro de aula. Llegó siendo apenas un joven bachiller al corregimiento de Laguneta, y allí, entre salones humildes y patios donde el sol parecía quedarse a vivir, comenzó a descubrir que la música ya habitaba en los muchachos. Los escuchaba silbar porros aprendidos de la radio, repetir melodías de las fiestas patronales y golpear pupitres como si cada recreo escondiera una tambor invisible.

Fue entonces cuando entendió que la Sabana también necesitaba quien organizara sus sonidos.

Donde otros veían niños campesinos, él vio músicos en estado de semilla. Y esa mirada cambió destinos. Porque Miguel Emiro comprendió muy temprano que enseñar no era únicamente transmitir conocimientos: era despertar pertenencias, darle dirección al talento disperso, enseñarle al hijo del jornalero que también podía hablarle al mundo a través de un instrumento.

Aquella experiencia en Laguneta no solo marcó el inicio de su camino musical; marcó también el nacimiento de su vocación pedagógica. Años más tarde, esa intuición del joven maestro encontraría respaldo en la academia cuando se licenció en Español y Literatura en la Universidad de Pamplona, Norte de Santander, y posteriormente realizó una especialización en Pedagogía del Folclor. Pero antes de los títulos, ya existía el maestro. La universidad solamente vino a ponerle nombre a una misión que él ya ejercía de manera natural: enseñar desde la música y preservar la memoria cultural de su pueblo.

Y en 1966, con apenas 21 años, fundó en el corregimiento de Laguneta lo que sería su obra mayor: la Banda 19 de Marzo. No reclutó músicos: reunió hijos de campesinos y les enseñó que el porro era un oficio digno, que la trompeta, el clarinete y el redoblante también eran herramientas de labranza espiritual.

Decir que es trompetista sería quedarse corto.
Decir que es compositor, apenas rozar la superficie.
Decir que es arreglista, insinuar una parte del todo.

Porque su verdadera dimensión está en la suma: en esa capacidad de entender la música como un organismo vivo, donde cada instrumento tiene voz y cada silencio intención. Su trompeta no irrumpe: persuade. No impone: convoca. Y en esa forma de tocar hay algo antiguo, casi ceremonial, como si cada nota supiera de dónde viene.

Desde entonces, Miguel Emiro es muchos hombres en uno.
Compositor de decenas de porros y fandangos, con  alrededor de 89 grabaciones registradas antes de perder la cuenta. Arreglista que viste cada melodía con traje de gala sin quitarle las abarcas tres puntá y el sombrero vueltiao. Trompetista que cuando sopla hace que el metal recuerde que viene de la tierra. Director que convirtió una banda de pueblo en embajadora sin visa. Profesor de escuela que usó el pentagrama como tablero y enseñó que “Casa” más “Pan” podía ser el principio de Río Sinú, su porro más aclamado. Escritor y vigía del porro, fundador de la Casa Museo del Porro en Laguneta, su antigua casa donada para que las nuevas generaciones aprendan que la música también se hereda en partituras. Y gestor cultural, creador del Concurso Nacional de Bandas Folclóricas que lleva su nombre, con sede en Planeta Rica.

El maestro es un extraordinario trompetista, pero su vocación de formador lo llevó a ir mucho más allá de su instrumento. Para enseñar a nuevas generaciones tomó también el clarinete entre las manos, no con la pretensión de exhibirse como virtuoso absoluto, sino con la humildad de quien entiende que un maestro debe conocer el lenguaje de cada sonido. Del mismo modo orientó el trombón, el bombo, el redoblante y la percusión , enseñando posiciones, respiraciones, emisión del aire, golpes rítmicos y secretos básicos que luego florecían en las bandas. No necesitaba tocar cada instrumento como solista consagrado: le bastaba comprender su alma para despertar músicos.

En las escuelas, en las bandas, en los ensayos interminables bajo el sol o la sombra, su figura ha sido la de un sembrador. Y no hay siembra más compleja que la del oído: esa que tarda años en florecer, pero que, cuando lo hace, no se marchita.

Sus composiciones llevan la huella de lo vivido: no son piezas, son relatos. Cada porro suyo parece contar una historia que no necesita palabras, porque está hecha de giros melódicos, de pausas exactas, de ese pulso que solo tienen quienes han aprendido a escuchar antes de hablar.

Entre sus porros, la sabana entera cabe en un pentagrama: ‘La banqueta’, donde el pueblo se reúne a conversar con el viento. ‘El lagunetero’, homenaje a los moradores del corregimiento que fue cuna de su banda. ‘Laguneta en San Pelayo’, dos pueblos abrazándose en un tresillo. ‘Gloria’, que levanta el alma como quien levanta una bandera. ‘Volver al campo’, una promesa de regreso a la raíz. ‘El sebucán’, juego y danza enredada en notas. ‘Amelia Ricardo’, nombre de mujer que suena a río y a esperanza. ‘El veterano’, retrato del hombre que no se rinde. ‘Clarita Sáenz’, memoria hecha melodía. Cada uno es un acta de bautismo de la tierra sabanera: tiene nombres de pueblos, de aguas, de amores, de gente que él se negó a dejar en el olvido.

Hay en su obra una alegría que no es ingenua, sino conquistada. Una alegría que conoce el cansancio, la dificultad, el paso del tiempo y aun así decide quedarse. Por eso su música no solo se baila: se recuerda.

Pero si algo lo define es que no se guardó la música. Se la llevó a París, Francia, donde vivió cinco años enseñando a tocar porro a músicos franceses en La Belle Image. También a Bélgica, Grecia, España, Alemania e Inglaterra. Y cuando la Banda 19 de Marzo sonó en Europa, la prensa escribió: “Colombia con su música es mucho más”. Cambió la mirada que el mundo tenía de nosotros, nota por nota. Hoy, la banda francesa De Belle toca porro como si hubiera nacido en San Pelayo. Esa es su victoria: no conquistó, contagió.

A su madre le compuso Porro a mamá, obra que él mismo considera la mejor de su repertorio. Al río que lo vio crecer, Río Sinú. Al río que lo adoptó, Río San Jorge. Por eso la Universidad de Córdoba le otorgó el título Honoris Causa en Licenciatura en Música. Porque no solo tocó: enseñó. No solo compuso: fundó.

A lo largo de su vida ha sido muchas cosas: intérprete, creador, guía, testigo. Pero, sobre todo, puente. Puente entre generaciones, entre lo tradicional y aquello que insiste en renovarse sin perder la esencia, entre el pasado que respira en las bandas y el futuro que aprende a soplar.

Miguel Emiro es el Rey del Porro, aunque él se esconda en su prudencia infinita. Es el vigía que no dejó morir el fandango cuando las luces del mechón se apagaron y quedó solo la luna. Es el hombre que entendió que el porro también es economía, esperanza y paz.

En la actualidad, este octogenario maestro sigue retratando paisanos con la misma cámara con la que antes dirigía la banda. Continúa escribiendo antologías del porro. Continúa creyendo que el sueño permanece vigente.

Porque Miguel Emiro no hizo música para la fama. Hizo música para que no olvidáramos. Para que el hijo del campesino supiera que su apellido también podía caber en un pentagrama. Para que Europa entendiera que Colombia igualmente se pronuncia en notas musicales unidas por el sentimiento. Para que Planeta Rica supiera que adoptó a un hombre, y el hombre le devolvió un universo.

Hablar del maestro Miguel Emiro Naranjo es hablar de una forma de entender la música como destino y no como oficio. Como una vocación que no se elige: simplemente se acepta.

Y quizás ahí radique su grandeza: en haber sabido escuchar ese llamado y responderle durante toda una vida.

Este maestro no solo pasó por la música: se quedó viviendo en ella.

El porro, en sus manos, no es solamente ritmo: es archivo, escuela y patria.
Y él, Miguel Emiro Naranjo Montes, es una leyenda viviente de esta expresión musical, cultural y folclórica.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Conversatorio centenario del maestro Rafael Escalona versará sobre canto, relato y memoria

Con la declaratoria del Centenario Escalona, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes reconoció al maestro Rafael Calixto Escalona Martínez, no solo como a uno de los grandes compositores de Colombia, sino también una figura decisiva en la configuración simbólica del país. Con su obra el vallenato adquirió una densidad singular, dejando de ser únicamente canto para afirmarse también como narración, crónica sensible, memoria territorial y forma de imaginación colectiva.

Este acontecimiento del centenario del maestro Escalona, se extenderá durante todo el año, teniendo su inicio en Bogotá el sábado 23 de mayo de 2026, contando con el respaldo del Ministerio de las Culturas y el acompañamiento de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata.

A las 4:00 de la tarde en la plazoleta del Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella, el Rey Vallenato Fernando Rangel Molina, con su voz y su acordeón hará un recorrido por diversas canciones del maestro Rafael Escalona, donde relataba historias reales, amores, tristezas y anécdotas de su cotidianidad en distintos pueblos.

A partir de las 7:00 de la noche en el Teatro Colón tendrá lugar el conversatorio a cargo de versados sobre la vida y obra del célebre compositor y estará a cargo del vicepresidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata Efraín Quintero Molina, el compositor e investigador cultural Julio Oñate Martínez, y la cantante y sobrina del maestro Escalona, Estela Durán Escalona.

El conversatorio Rafael Escalona: un centenario de canto, relato y memoria musicalizado con el acordeón del Rey Vallenato Julián Mojica Galvis, el canto de Jorge Antonio Oñate y el Coro Nacional de Colombia, tocará detalles de su infancia y adolescencia, amigos del colegio Loperena, Poncho Cotes en Manaure, las parrandas en el Hotel América y Manaure, su amplia trayectoria y reconocimientos.

El maestro Escalona, nacido en Patillal se proyectó hacia la cultura nacional convirtiendo al Caribe en materia poética, dotando a sus canciones de una fuerza narrativa y patrimonial que hoy sigue modelando la musicalidad de Colombia.

Desde esa comprensión, la programación del Centenario del maestro Escalona, será una activación contemporánea de su legado y su presencia viva sigue reverberando en la creación, la escucha y la memoria cultural del país.

Al maestro Rafael Escalona, creador del Festival de la Leyenda Vallenata junto a Consuelo Araujonoguera y Alfonso López Michelsen, lo definió el escritor Gabriel García Márquez, como “el intelectual del vallenato», porque sus canciones son crónicas y relatos autobiográficos de los pueblos de la región.

La entrada al Teatro Colón es gratuita, pero debido al aforo favor llenar el siguiente formulario. https://forms.cloud.microsoft/r/PirZM2PMyV

A los 99 años parte, Ana Bermúdez Daza, la madre del compositor “Yeyo” Núñez

Por Alcibiades Nuñez.
Hay mujeres que nacen para dejar huellas imborrables en la historia de sus familias y de sus pueblos. Mujeres que, sin ocupar cargos públicos ni aparecer en grandes titulares, terminan convirtiéndose en símbolo de lucha, dignidad y amor infinito. Así fue Ana Dolores Bermúdez Daza, quien falleció a los 99 años dejando un profundo vacío en el corazón de sus hijos, nietos, familiares y amigos.
La noticia de su partida ha causado tristeza en quienes conocieron a esta mujer noble y trabajadora, especialmente en el reconocido compositor Aurelio “Yeyo” Núñez, quien hoy despide a la madre que no solo le dio la vida, sino también las enseñanzas y valores que marcaron su camino humano y artístico.
Doña Ana Dolores pertenecía a esa generación de mujeres fuertes que hicieron de la necesidad una oportunidad para salir adelante. En tiempos difíciles, cuando el sacrificio era parte de la cotidianidad, levantó a su familia con esfuerzo, disciplina y una admirable capacidad de emprendimiento. Su vida giró alrededor del trabajo honrado y del bienestar de sus hijos: Heriberto, Yunis, Alfredo, Federico, Alida, Aurelio, Dariel y Omaida (QEPD).
Con una visión emprendedora poco común para su época, viajaba hasta Maicao para adquirir mercancías que luego comercializaba en San Juan del Cesar y Zambrano. Aquella actividad comercial no solo representaba el sustento de su hogar, sino también una escuela de responsabilidad y compromiso para sus hijos, especialmente Alida y Aurelio, quienes colaboraban en la distribución de los productos y en el cobro de la cartera de clientes.
Detrás de cada venta y de cada jornada de trabajo existía una madre que luchaba silenciosamente para ofrecerle un mejor futuro a su familia. Nunca buscó reconocimientos, porque su mayor satisfacción era ver a sus hijos crecer como personas de bien.
Quienes compartieron con ella la recuerdan como una mujer cariñosa, amable y cordial. Su sonrisa sincera y su disposición permanente para ayudar hicieron de su hogar un refugio de afecto y solidaridad. Fue una madre que educó con el ejemplo, enseñando que la honestidad, el respeto y la perseverancia son las mayores riquezas que puede tener un ser humano.
La historia de doña Ana Dolores también refleja la grandeza de muchas madres guajiras y caribeñas que, desde el anonimato, construyeron familias enteras a punta de sacrificios y esperanza. Mujeres capaces de convertir las dificultades en oportunidades y de sostener sus hogares con valentía admirable.
Hoy, la partida de doña Ana Dolores Bermúdez Daza enluta profundamente a la familia Núñez Bermúdez y a todos aquellos que tuvieron el privilegio de conocerla. Sin embargo, más allá del dolor, queda la inmensa gratitud por una vida ejemplar y por un legado humano que seguirá vivo en cada consejo, en cada recuerdo y en cada enseñanza sembrada a lo largo de casi un siglo de existencia.
Porque hay seres humanos que nunca mueren del todo. Permanecen eternamente en la memoria de quienes aprendieron de su bondad, de su lucha y de su amor incondicional. Ana Dolores Bermúdez Daza fue, sin duda, una de esas mujeres extraordinarias.








Desde hace 40 años ‘Ausencia sentimental’ no se borra del corazón vallenato

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

“Ya comienza el Festival, vinieron a invitarme, ya se van los provincianos que estudian conmigo, ayer tarde que volvieron preferí negarme, pa’ no tene’ que contarle a nadie mis motivos. Yo que me muero por ir y es mi deber quedarme, me quedo en la Capital por cosas del destino”.

Cuando el compositor Rafael Manjarréz tomó su guitarra e interpretó las primeras líneas de su canción ‘Ausencia sentimental’, un terremoto de tristeza sacudió todo su ser y fue por una poderosa razón que escondía en su interior.

“Pensar que no iba al Festival Vallenato era algo que sabía, pero no asimilaba porque todos esperábamos integrarnos y sentir de cerca a nuestra amada música vallenata con todo lo que eso significa”, expresó lleno de añoranzas.

El compositor también se alegró cuando recordó que su canción ganadora la noche del miércoles 30 de abril del año 1986, fue declarada mediante el Acuerdo No. 03 del martes 16 de marzo de 2010, como himno del Festival de la Leyenda Vallenata.

Las razones que tuvo la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata se fundamentaron en que ‘Ausencia sentimental’ se convirtió en corto tiempo en el más grande mensaje lleno de miles de recuerdos para los que se encontraban ausentes, y no podían llegar a finales de abril hasta la Capital Mundial del Vallenato.

Rafa, como todos lo llaman, sobre este hecho anotó. “El reconocimiento siempre ha sido motivo de complacencia para mí, y el agradecimiento será eterno para la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, para los que les llena mi canción, especialmente a los ausentes por diversos motivos, tal como me sucedió a mí”.

Reflejo nostálgico

La canción ‘Ausencia sentimental’ es el reflejo de una fiel nostalgia donde el silencio se amarra a los recuerdos apareciendo sueños despiertos, y hasta una melodía se calca en el alma. Es el himno del guayabo, ese que no produce el trago, sino que permite andar por los caminos recorridos por el compositor a la distancia hasta caer en cuenta que “hay cosas que hasta que no se viven no se saben”.

Yendo más al fondo de la composición, ella tiene sabor a parranda, a música, a encuentro con amigos, a paseos en el balneario ‘Hurtado’; ingredientes que la incrustaron en el corazón de un pueblo como la más querida de las canciones inéditas. Es así como personas, lugares y hechos hacen parte vital de la estructura de la inspiración que nació muy lejos de Valledupar, pero cuando fue escuchada por la multitud se sembró para siempre en la plaza Alfonso López, al lado del legendario palo e’ mango.

La canción sigue dejando regados pedazos del alma vallenata porque muchas de las personas por quienes pregunta el compositor partieron hacia la eternidad. Ellas, siguen presentes en la memoria de todos desde que la voz del cantante Silvio Brito y el acordeón del Rey Vallenato Orangel “El Pangue” Maestre, la divulgaron por los medios de comunicación, y se metió en los que saben que “el que nunca ha estado ausente no ha sufrío un guayabo”.

En ese sentido, Rafael Manjarrez resumió su historia cantada. “Aquella ocasión fueron demasiados hechos que llenaron mi sentimiento por no estar presente en el Festival Vallenato. ¿Se imagina, estando en Bogotá y que llegaran a invitarme? Pudo más la razón que el corazón y me tocó encerrarme porque la melancolía era grande. Entonces dejé fluir mi tristeza en la soledad de mi habitación, naciendo la canción que me ha dado inmensas satisfacciones y una cantidad de anécdotas».

Hizo un alto en el camino y luego siguió. “De ahí la frase donde digo que encerrado y temblando escribí una letra que detallaba mi tristeza, mi ausencia sentimental”. Esa frase fue la base para esbozar todo su trasegar por un hecho que lo tenía en una tierra lejana, pero queriendo estar en Valledupar. Claro, que les hizo una petición a sus compañeros para que le llevaran algunas razones. Esas razones que solamente cabían en el marco de su corazón.

Definitivamente, la canción es la identidad sonora del Festival de la Leyenda Vallenata, y la que hace que las lágrimas no se apuren en salir, los recuerdos estén en primera fila y en estos días el ambiente tenga la marca de la ausencia. Rafa como el poeta, solamente le regaló eternidad a esa experiencia de versos untados de melodía.

El agradecimiento

El compositor y abogado Rafael Enrique Manjarréz Mendoza, oriundo de La Jagua del Pilar, La Guajira, agradeció el detalle de convocarlo a repasar aquella historia que ahora se hace más real, teniendo en cuenta esta fecha donde los acordeones suenan sin cesar, las canciones cuelgan en el oído del folclor y se asoman los sentimientos flotando en el ayer.

Después de cuatro décadas que el jurado integrado por Isaac ‘Tijito’ Carrillo Vega, Roberto Calderón Cujia, Marina Quintero y Humberto Díaz Daza, declarara como ganadora a la canción ‘Ausencia sentimental’ cantada por el propio compositor teniendo el seudónimo de ‘Uno de tantos’, con el acordeón de Gustavo Maestre, sigue escuchándose como se hizo por primera vez en el teatro Cesar. “Ya comienza el Festival y vinieron a invitarme. Ya se van los provincianos que estudian conmigo”. …Y como paradoja de la vida, es la única ‘Ausencia sentimental’ que nunca ha quedado sola y por ende no se borra del corazón vallenato.


El 59° Festival de la Leyenda Vallenata tendrá concursantes de siete países y 19 departamentos

Queridos amigos,
tengo el gusto de presentarles esta hermosa canción titulada “No voy a llorar”, interpretada magistralmente por el maestro Silvio Brito, con el impecable acompañamiento en el acordeón de Oscar Correa. Una obra musical del talentoso compositor Eduardo Padilla Bermúdez que hoy quiero compartir con todos ustedes.Cada año aumenta el número de concursantes para el Festival de la Leyenda Vallenata que llega a su versión 59 en homenaje a Israel Romero, Rafael Orozco y El Binomio de Oro de América. Es así las cifras de inscritos son elocuentes y superaron las del año anterior en diversas categorías.

De esta manera, continúa el trabajo de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata en su misión de conservar y promover el vallenato raizal, teniendo como base principal al Festival de la Leyenda Vallenata, que ha sido pieza vital para que sus exponentes puedan mostrar su talento. Todo se inició desde el año 1968 cuando se inscribieron nueve acordeoneros. En esta ocasión lo hicieron 254 entre acordeoneros y acordeoneras.

Este año en el registro de inscritos se tiene la procedencia de siete países: Argentina, Australia, Aruba, Chile, Estados Unidos, México y Venezuela. A su vez de 19 departamentos. Antioquia, Atlántico, Arauca, Bolívar, Boyacá, Caldas, Cesar, Chocó, Córdoba, Cundinamarca, Huila, La Guajira, Magdalena, Nariño, Norte de Santander, Risaralda, Santander, Sucre y Tolima.

Mayor y menor

Entre los miles de concursantes del 59° Festival de la Leyenda Vallenata, se hizo el registro del mayor y el menor que estarán presentes en el 59° Festival de la Leyenda Vallenata.  El de mayor edad es el compositor Julio Cesar Romo Mendoza, nacido hace 78 años, 18 de noviembre de 1947, en El Piñón, Magdalena, y quien ha estado concursando en distintas oportunidades siendo protagonista de esta competencia.

El menor es el niño Jasub David Gutiérrez Lobo, nacido en Valledupar el 24 de marzo de 2019, quien cuenta con siete años y acompañará como cantante al acordeonero infantil Jostin Mateo Campo Quintero.

Cambio de instrumento musical

Como dato interesante dos concursantes no participarán en la misma categoría como lo hicieron el año pasado. Se trata de la niña guacharaquera Emelyn Fortich Arrieta, de Arjona, Bolívar, quien ahora cuenta con 9 años, y acompañó al acordeonero infantil Gabriel Alberto Ovalle Martínez. En esta oportunidad se inscribió en el concurso de acordeonera menor.  Ella tendrá el acordeón al pecho para interpretar paseos, merengues, sones puyas.

Por su parte el Rey Vallenato Juan David ‘El Pollito’ Herrera Pimentel en esta ocasión estará como cajero del acordeonero Arismalder Loperena Vega. Así mismo, dentro del Festival de la Leyenda Vallenata, tiene un récord al ganar en el año 1986 la corona de Rey Infantil, y en esa misma final acompañó en la caja al acordeonero Gregorio ‘Goyo’ Oviedo, quien ocupó el tercer puesto. El segundo lugar le correspondió a Madeleine Bolaño. El jurado de ese año lo conformaron Mario Zuleta Díaz, Rodolfo Cabas Pumarejo, Alberto Muñoz Peñaloza, Gonzalo Sierra Rodríguez y Ciro Meza Monsalvo.

Gran convocatoria

Este año los concursos de Piloneras y Pintura Infantil aumentaron considerablemente el número de inscritos. En Piloneras estarán 171 grupos mayores, 52 juveniles y 42 infantiles. El rescate de la danza tradicional de Valledupar se inició en 1981 y 13 años después se convirtió en concurso.

Por su parte, el concurso de Pintura Infantil, ‘Los niños pintan el Festival de la Leyenda Vallenata’ se inició hace 16 años con 12 estudiantes y en esta ocasión se tendrán en acción a 332. Todo un esfuerzo y dedicación por unir cultura y folclor en estos espacios del imaginario colectivo.

Gratitud

Respecto a esta numerosa convocatoria para la versión 59 del certamen el presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, Rodolfo Molina Araújo, “Esta alta cifra de inscritos de siete países y 19 departamentos nos demuestra que la labor desarrollada a lo largo de los años viene arrojando los mejores frutos. Nuestra gratitud es inmensa para todos y más viendo que Valledupar se llenará de notas de acordeones, cantos y versos. Queremos agradecer a todas las autoridades por su valioso acompañamiento”.

Valledupar está preparada para volver a hacerse sentir a través de su verdadera manifestación cultural, folclórica y musical, convirtiéndose en un encuentro de tradiciones, historias y sonoridades en acordeón que se preservan a través de los cuatro aires: paseo, merengue, son y puya, junto con la piqueria y las canciones.

El concursante más pequeño
Julio Romo compositor veterano