Danielito, acordeonero mexicano fiel seguidor de El Binomio de Oro


Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

El niño Erick Daniel Martínez Martínez, quien nació el 23 de junio de 2018 en Sabana Hidalgo, Nuevo León, México, desde muy niño se enamoró del acordeón comenzándolo a tocar con una facilidad extraordinaria. Sus padres Luis Ángel Martínez de la Rosa y Yasmith Alejandra Martínez Navas, al verle ese talento supieron encaminarlo y fue así como se le presentaron al acordeonero Israel Romero Ospino, especialmente porque interpreta una cantidad de canciones de El Binomio de Oro, siendo las que más le gustan ‘Relicario de besos’, ‘Momentos de amor’ y ‘Sombra perdida’.

Cuando a Danielito acordeonero como es conocido, le indicaron que las canciones que más le gustaban eran de la autoría de Fernando Meneses y Rita Fernández, expresó que su ilusión era conocerlos porque todos los días las tocaba en su acordeón. “Esas canciones son muy bonitas”.

En la historia aparece Israel Romero Ospino contando como conoció al niño en Monterey, México, quedando admirado de la facilidad como toca las canciones de El Binomio de Oro y ante esto lo invitó con sus padres a Valledupar, para que aprendiera el vallenato tradicional.

“Al niño talentoso le dicen Danielito acordeonero. Es una lumbrera para la música. Le das una nota en el acordeón y se la aprende inmediatamente. Es una cosa no vista y sobre todo que la música mía es un poquito más difícil porque uso muchos sostenidos, bemoles y cosas así, lo que llaman disminuidos y aumentados. Y ese pelaito los agarra completamente”, indicó Israel Romero.

Enseguida siguió contando sin parar. “Me llama la atención que con los dedos tan pequeños que tiene, pueda hacer todas esas cosas que hago yo con los dedos largos. Es así como la canción ‘De rodillas’, que tiene cambio de tono y muchas cosas. Tonos relativos y todo eso, y él las hace con lujo de detalles”.

El mejor acordeonero del mundo no ahorró palabras para definir el ingenio de Danielito. “Lo vi emocionarse cuando tocó ‘Sombra Perdida’. Al llegar a Valledupar le estoy enseñando muchas cosas, y las hace con los mismos acordes. Tiene una digitación bonita y casi no mira el teclado. Todavía le falta para tocar el vallenato, ese de los juglares Luis Enrique Martínez, Nicolás ‘Colacho’ Mendoza y Miguel López, entre otros”.

Al final Israel Romero, manifestó. “Lo estoy llevando a conocer este bello territorio y estuvo en mi tierra Villanueva, donde se admiró del acordeón gigante que hicieron en mi honor. Sé que llegará lejos con ese talento inigualable que tiene. Todo lo que yo diga se queda corto para un niño de siete años que ama el vallenato y lo toca maravillosamente bien”.

Habilidad natural

Para Luis Ángel Martínez de la Rosa, padre de Danielito acordeonero, vivir esta experiencia maravillosa al lado de su familia es algo que no tiene precio. “Las atenciones y cariño con mi hijo son muy bellas acá en Valledupar, y en todos los sitios donde hemos ido. Todo gracias al maestro Israel Romero”.

Enseguida se remitió a contar los hechos. “Yo compré un acordeón porque hacía 12 años había dejado de tocarlo. Al hacerlo, Danielito empezó a decirme que se lo prestara. Lo hice y le noté una habilidad natural. En poco tiempo ya tocaba una bella canción llamada ‘Los caminos de la vida’ de Omar Geles. Ese día comprendí que era un niño prodigio y bendecido por Dios sin tener ninguna formación musical”.

Lo más bello para la familia Martínez fue cuando en el escenario Israel Romero cargó a Danielito y le hizo la invitación a Colombia, para que la conociera y además darle clases de acordeón. “Por eso nos animamos a venir y estamos pasando días maravillosos e inolvidables”.

Danielito, estando en ese proceso de conocer otra cultura y aprender más del acordeón, se encontró con el son ‘Alicia adorada’ de Juancho Polo Valencia. En pocos instantes lo interpretó y comentó. “No sabía de marcar con los bajos una canción así, pero me gusta y más la historia que cuenta de adorarla toda la vida”. Ahora, el siguiente paso después de tocar es cantar. “El canta muy poco, porque dice que tiene voz de ardillita, pero cuando esté más grande lo hará. Hay que esperarlo porque todo es a su tiempo”, señaló su papá.

Lo más bello para Danielito fue conocer a Israel Romero, a pesar de que lo había visto infinidad de veces en videos al lado de Rafael Orozco, y seguía las notas de su acordeón al pie de la letra. “Es su punto en la música y hasta copia sus movimientos. Con el maestro Israel estamos agradecidos por su gesto grande de humildad y cariño. Eso no tiene precio y es algo muy bonito”, anotó Luis Ángel Martínez de la Rosa.

La gran ilusión de Danielito acordeonero es tocar con El Binomio de Oro de América. “Es el grupo que más me gusta y tocó muchas de sus canciones con la nota precisa. El Binomio es mi favorito y Dios me dará el honor de lograrlo”.

Danielito acordeonero, quien estudia segundo de primaria en el Gimnasio de La Llave, en la despedida se quedó sonriendo y dijo. «Se pasó de lanza, que buena onda», al agradecer tenerlo en cuenta para resaltar su talento que es más grande que el acordeón que le hicieron a Israel Romero en su tierra Villanueva. Este pequeño exponente del acordeón representa la inocencia, el don innato y la pasión por el folclor vallenato. Tiene su cerebro lleno de música.

Luis Durán Escorcia: la herencia que canta en la sangre

«La música es suficiente para toda una vida, pero una vida no es suficiente para toda la música»: Serguéi Rajmáninov (músico, pianista y director de orquesta ruso)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

En la geografía espiritual del vallenato, donde la memoria se vuelve canto y el canto se transforma en destino, hay nombres que no solo pertenecen a una tradición: la prolongan como un río que insiste en su cauce. Así ocurre con Luis Durán Escorcia, nacido el viernes 12 de febrero de 1960 en El Paso, Cesar, un territorio al norte de Colombia donde el viento parece aprender primero a silbar melodías antes que a guardar silencio.

Hijo del maestro Nafer Durán y sobrino del legendario Alejandro Durán, integrante de una de las familias más representativas de la música vallenata: los Durán, su historia no empieza con él; lo atraviesa desde mucho antes de su nacimiento. Es heredero de juglares que no solo hicieron historia, también la sembraron como una manera de entender el mundo; la vida como relato cantado, el dolor convertido en verso necesario, la alegría asumida como una forma de resistencia.

Dentro de esa estirpe, Luis no repite: continúa con conciencia; no es eco, es una voz que reconoce su origen para orientar su canto. Hablar de su herencia musical implica entender que, en su caso, no se trata únicamente de una filiación familiar, sino de una transmisión profunda de sensibilidad. En la tradición de los Durán, el vallenato no es únicamente un género: es una ética del sentir. De Nafer, la sobriedad expresiva; de Alejandro, la raíz juglaresca que conecta con la tierra y la oralidad. En Luis confluyen esas corrientes, pero filtradas por su propia experiencia, lo que le permite construir una obra que respeta la tradición sin quedar atrapada en ella. Su música no mira el pasado con nostalgia inmóvil: lo conversa, lo interpreta y lo proyecta hacia nuevas sensibilidades.

En esa misma línea de herencias que no siempre se nombran, pero que resuenan, también se percibe en algunas de sus canciones la influencia de la tambora, esa manifestación cultural que late como memoria rítmica de su pueblo, El Paso. No es un aprendizaje académico ni una adopción consciente: es una huella que habita en la sangre, heredada de su abuela paterna, Juana Francisca Díaz, y de un linaje que hizo de la celebración una forma de existencia. Allí, en ese pulso festivo que atraviesa generaciones, se origina una alegría que no es superficial, pero sí profundamente identitaria; una energía que se filtra en ciertas composiciones como un eco del territorio, como si el tambor ancestral siguiera marcando el compás invisible de su sensibilidad.

Sin embargo, su destino no se limitó a la música. Como ingeniero civil, formado con disciplina y rigor, aprendió a construir desde la materia lo que en la música levanta desde el alma. Hay en ello una dualidad reveladora: mientras el ingeniero edifica estructuras que desafían el tiempo, el compositor levanta emociones que lo trascienden. Dos formas de permanencia, dos maneras de dejar huella que, lejos de contradecirse, dialogan en su vida con naturalidad.

Su formación académica inició en la escuela John F. Kennedy de Santa Marta, continuó en el colegio Hugo J. Bermúdez de la misma ciudad y se consolidó profesionalmente en la Corporación Universitaria de la Costa (C.U.C.), en Barranquilla, donde se forjó como ingeniero civil. Ese recorrido no solo evidencia disciplina intelectual, también revela una personalidad capaz de habitar distintos mundos sin perder coherencia.

Su obra musical, extendida en decenas de canciones, ha encontrado morada en algunas de las voces más representativas del vallenato. Intérpretes como Jorge Oñate, Diomedes Díaz, Silvio Brito, Iván Villazón, Poncho Zuleta, Farid Ortiz, Beto Zabaleta, Peter Manjarrés, Ivo Díaz, Robinson Damián, Carlos Malo y Martín Elías han sido vehículos de su sensibilidad. Sin embargo, es en la voz de Jorge Oñate donde su poesía parece encontrar un cauce privilegiado, como si entre compositor e intérprete existiera una complicidad silenciosa que convierte cada canción en una forma compartida de destino.

Canciones como “El amor de mi vida”, “Orgulloso de ti”, “Unidos de nuevo”, “Me mata el dolor”, “Qué es lo que quieren”, “La negra de dos amores”, “La enamorada”, “Tanto como la adoraba”, “Del rey es la reina”, “No llores”, “Tanto como la quería”, “El que busca encuentra”, “Mi corazón eres tú”, “Árbol deshojado”, “Cómo quieres que te olvide”, “Gracias a Dios”, “La más linda” o “El bohemio”, entre muchas otras, no son únicamente composiciones: son fragmentos de existencia traducidos en melodía. En ellas habita una mirada que no le teme a la emoción directa, que entiende el amor como una verdad vulnerable y el desamor como una forma de conocimiento.

Aunque sabe pulsar el acordeón, instrumento que en el vallenato no es objeto, es lenguaje, lo hace con la humildad de quien no busca protagonismo en la ejecución, más bien cuida el espíritu de la parranda. Toca, por decirlo así, para sostener la noche, para que la fiesta no se apague, para que la conversación entre amigos conserve la música como fondo y como sentido. No es el acordeonista de oficio: es el músico que comprende que el vallenato no siempre exige virtuosismo, requiere autenticidad.

Además, su condición de cantautor reafirma su vínculo integral con la música: no solo escribe, también interpreta su propio universo. Ha dejado testimonio de ello en trabajos discográficos como “La Piquería”, “De Parranda con Luis Durán Escorcia”, “Ahora canto mejor”, “Volvió mi canto”, “Vida y obra de Nafer Durán” y “Mi mejor momento”, donde su voz se convierte en extensión natural del verso y en afirmación de su identidad artística.

Hay, en todo ello, una dimensión menos visible pero igualmente profunda: Durán Escorcia representa la continuidad de una memoria que no se archiva, se canta. Su obra no se limita a registrar emociones individuales; también recoge una experiencia colectiva donde el vallenato funciona como archivo vivo de la región Caribe. En sus canciones persiste la conversación entre generaciones, el diálogo entre lo vivido y lo heredado, entre lo íntimo y lo comunitario.

Luis Durán Escorcia encarna, en esencia, una forma de fidelidad: a la tradición que lo antecede, a la palabra que lo habita y al sentimiento que lo impulsa. En él, la música vallenata no es una nostalgia detenida, es una memoria en movimiento, una revelación constante donde la vida se manifiesta en cada canción. Porque hay compositores que escriben canciones, y hay otros, como él, que escriben la vida para que otros la canten.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

El gran Martín Elías’, comenzó a cantar desde los seis años


Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

Diomedes Diaz a través de sus canciones hizo mención de sus padres, esposa, hijos, ahijados, amigos y todo lo que giraba en su entorno. Hasta le cantó a su primera cana y pudo sacar de su memoria a un cóndor herido para que se curara del dolor de amor.

En ese proceso tuvo gran deferencia con el hijo menor que tuvo con su esposa Patricia Isabel Acosta Solano, a quien desde que nació el 18 de junio de 1990, dijo que se llamaría ‘El gran Martín Elías’ en homenaje a su tío y papá musical Martín Elías Maestre Hinojosa.

Diomedes supo la noticia de la llegada al mundo de su hijo en una de sus presentaciones musicales y enseguida manifestó que se iba a llamar ‘El gran Martín Elías’. Esa era su decisión, pero al momento de registrarlo, el notario le explicó que debía ser nada más Martín Elías. ‘El Cacique de La Junta’ insistió e insistió hasta ponerse bravo. Al final quedó registrado como Martín Elías, pero su papá siempre lo llamó como quería, contrariando al registro civil y después a la cédula de ciudadanía.

En los registros sonoros de sus grabaciones, año 1990, en la canción ‘Llegó el verano’ de la autoría de Gustavo Gutiérrez, en una de sus animaciones lo nombró como ‘El gran Martín Elías’. También en versos de la canción ‘Mi primera cana’ que hizo parte del trabajo musical ‘Titulo de amor’ (1993) lo oficializó, y así se quedó para siempre. “Por ejemplo, me diste una mujer que ha sido como la madre mía, de Luis Ángel, de Santo Rafael de Diomedes y El gran Martín Elías”.

La primera vez que Martín Elías subió a una tarima fue a los seis años porque su papá lo llevó a cantar a una presentación realizada en Valledupar, pero su aparición en la pasta sonora sucedió a los 11 años por iniciativa de su tío Elver Díaz, quien era el director del grupo ‘La familia de Diomedes’.

En esa ocasión grabó la canción ‘Amor inocente’ del compositor Gaby Arregocés. Siguió grabando con la agrupación familiar hasta que se unió con el acordeonero Rolando Ochoa y después con Juancho de la Espriella, regresando nuevamente con el hijo de Calixto Ochoa. En total grabó nueve producciones musicales.

Diomedes tenía a su hijo ‘El gran Martín Elías’ en un lugar destacado. Lo adoraba tanto que siempre lo tuvo en cuenta en sus grabaciones, incluso en su última producción musical ‘La vida del artista’ grabaron la canción ‘Ni amigos, ni novios’. Es así como quedaron para la historia cantos, versos, lugares y hechos donde la inspiración tuvo su nido con el apellido Díaz.

Vida rápida

En su corta carrera musical el amor visitó a Martín Elías bien temprano y se casó con Claudia Isabel Varón Sánchez, conocida como ‘Caya’, el seis de julio de 2007. De esa unión nació Martín Elías Díaz Varón, el 14 de noviembre de ese mismo año. Después se separó y se casó el 24 de octubre de 2014 con Dayana Jaimes García, de cuya unión nació el 21 de mayo de 2015, su hija Paula Elena, ‘La Purri’, como solía llamarla su progenitor.

Todo lo de Martín Elías Díaz fue rápido y de esa manera también corrió a despedirse de la vida, el viernes 14 de abril de 2017, sin una segunda oportunidad porque la gloria se le había adelantado a la velocidad de un rayo, quedando para el recuerdo momentos felices y tristes como cuando el hijo despidió al padre el 22 de diciembre de 2013 y pocos días después manifestó: “Mi papá me dijo en un sueño que no lo llorara”.

En esa cadena de episodios gracias al lente de Hernando Vergara, aparece la fotografía de Diomedes Díaz con ‘El gran Martín Elías’ sentado en sus piernas, ese joven que se paseó por el universo vallenato dejando un mensaje de alegría donde los retazos del sentimiento cantado los bordaba con amor. “Martín Elías fuiste grande, nadie te va a remplazar, y ahora cantas con tu padre en el coro celestial”.

Llevando la bandera

Pasados los años Martín Elías Jr. está consolidando su carrera musical vallenata honrando el legado de su padre, con presentaciones y grabaciones propias. Muy bien lo ha venido señalando. “La historia continúa por medio de mi cantar, y voy a seguir los pasos que dejó mi papá”. Hace pocos días también dejó sentada una significativa frase. “Te amaré, así pasen mil años”.

Entre los recuerdos de su papá, manifestó que lo llamaba “El negrito” y de sus canciones grabadas se queda con ‘El látigo’, ‘El boom del momento’, ‘Ábrete’ y ‘10 razones para amarte’. Seguidamente añadió, “A mi papá lo sigo recordando por su bella manera de tratarme y por el último regalo que me hizo que fue una manilla”.

En otro contexto todavía Rodrigo Contreras, el único testigo del accidente que le costó la vida a Martín Elías a unos siete kilómetros de San Onofre hacía Tolú, Sucre, en un sector rural conocido como ‘Aguas negras’, recuerda el hecho. “Me encontraba junto a dos de mis hijos sentado en la terraza. El día despuntaba, cuando de pronto ví un carro blanco acercarse, luego veinte metros antes de llegar al frente de mi casa el tiempo pareció detenerse y sucedió una escena de segundos, pero que parecieron horas; escenas marcadas que uno ni se imagina poder vivir”.

Continuó diciendo. “Salí corriendo con el ánimo de ayudar; decir en ese momento que sabía de quien se trataba, seria mentir. Cinco minutos después apareció el acordeonero Rolando Ochoa, y fue quien identificó a los accidentados. Después se supo de la muerte de Martín Elías”.

Nueve años sin el artista carismático, querendón y que supo ganarse un lugar propio en la historia del vallenato. En su tumba se vuelven a repetir lágrimas, cantos, recuerdos y la tristeza que no se mide en palabras, sino en el vacío que dejó.

Nafer Durán: el juglar que hizo pensar al acordeón en modo menor

«A veces pienso que mi padre es un acordeón porque oigo sus notas cuando me mira, sonríe y respira»: Markus Zusak (escritor australiano)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado.

En el universo sonoro de la música vallenata existen hombres que no se limitan a interpretar el acordeón: terminan encarnando el espíritu mismo del juglar. Con el paso de los años dejan de ser simples músicos para transformarse en memoria viva de una tradición. Entre esas figuras mayores se levanta, con la serenidad que dan los años y la sabiduría que concede la experiencia, el maestro Nafer Santiago Durán Díaz, conocido con afecto en su tierra como Naferito.

Hablar de este maestro es hablar de una época, de una estirpe musical y de una forma limpia y auténtica de comprender el vallenato. Hay músicos que transitan por la historia y otros que, con el tiempo, terminan formando parte esencial de ella. Entre estos últimos camina todavía este juglar, con el acordeón abrazado al pecho como si fuera una prolongación de su propio corazón.

Nacido el 26 de diciembre de 1932 en El Paso, Cesar, al norte de Colombia, llegó al mundo lejos de academias y conservatorios. Su primera escuela fue la sabana abierta, los caminos polvorientos, el trabajo del campo y esas madrugadas campesinas en las que el canto de los gallos anuncia el comienzo de la jornada. En ese paisaje sencillo, entre el rumor del viento y la paciencia de la vida rural, fue creciendo una sensibilidad musical que parecía venir desde muy lejos, como si el acordeón lo estuviera aguardando desde antes de su nacimiento.

La música, en realidad, ya habitaba en su casa y en su familia. Su padre, Nafer Donato Durán Mojica, era acordeonista; su madre, Juana Francisca Díaz Villarreal, bailadora y cantaora del aire musical conocido como tambora. Su tío Octavio Mendoza, al igual que su hermano mayor Luis Felipe, también fueron destacados intérpretes del acordeón. En ese hogar donde el ritmo y la melodía formaban parte de la vida cotidiana, el destino parecía ya escrito: Naferito estaba predestinado para la música.

Además de ser hermano del legendario Alejandro Durán Díaz, el primer Rey Vallenato, lo que confirma que en aquella familia el acordeón no era simplemente un instrumento: era casi una manera natural de respirar. De esa herencia aprendió una lección esencial: el vallenato no se toca únicamente con los dedos; se vive, se siente y se cuenta como quien narra la vida misma.

Cuando en 1976 fue coronado Rey del Festival de la Leyenda Vallenata, aquel reconocimiento no recaía solamente sobre la habilidad de un intérprete. Aquella corona simbolizaba la consagración de un estilo, de una forma de tocar el acordeón que conservaba intacta la esencia campesina de la música vallenata. Naferito pertenece a esa generación de juglares que no salían al camino en busca de fama; más bien llevaban de pueblo en pueblo noticias, recuerdos y sentimientos convertidos en canciones.

Hay algo particularmente singular en su estilo: su profundo dominio del modo menor, conocido popularmente en el lenguaje musical de los pueblos como tono menor. En su tiempo fue, sin duda, el acordeonista más destacado en la ejecución de ese registro emocional dentro del vallenato tradicional. Mientras muchos intérpretes se inclinaban por los aires festivos y luminosos del repertorio alegre, Nafer Santiago se adentró con naturalidad en las zonas más íntimas del sentimiento.

Pero en su acordeón ocurría algo más profundo. No era solo sensibilidad: había también intuición musical. En sus manos el instrumento parecía pensar. Por momentos daba la impresión de que el acordeón exploraba caminos que todavía no existían dentro del lenguaje tradicional. Naferito hizo cosas en su acordeón propias de un músico adelantado a su tiempo: se aventuró por escalas, giros melódicos y modulaciones que no eran habituales entre los acordeonistas de su generación.

Nafer Durán ha sido, además, uno de esos juglares completos: de los que cantan, componen y tocan el acordeón. Un músico nacido para contar la vida, y cuyo instrumento le ha servido también para recordarla; allí, en la hondura expresiva del modo menor, su habilidad terminó hablando de la memoria del pueblo.

Había en su forma de tocar algo del espíritu del explorador. Como si, mientras muchos caminaban por senderos ya conocidos del vallenato, él se atreviera a abrir pequeñas rutas nuevas dentro de la misma tradición. Modernidades discretas, casi silenciosas, que no rompían con la raíz campesina del género, pero ampliaban su horizonte musical.

Por eso composiciones como “Sin Ti”, “Mi Patria Chica”, “Déjala Vení”, “Ariguaní”, “El Estanquillo”, “La Chimichaguera”, “La Grabadora”, “La Zoológica”, “Ojitos cautivadores” y “Clavelito” trascienden la condición de simples canciones: son estampas emocionales de la vida rural del Caribe colombiano, retratos musicales donde habitan la nostalgia, el amor y la memoria de la tierra.

Su manera de adornar las notas tiene algo de artesanía antigua. Cada giro melódico parece trabajado con paciencia, como quien talla lentamente la madera o abre surcos en la tierra con manos curtidas por el sol. Nada sobra en su estilo, nada resulta exagerado. En su acordeón habita una elegancia silenciosa que solo poseen los verdaderos maestros, aquellos que comprenden que la grandeza del arte muchas veces se encuentra en la sencillez.

La historia del vallenato también guarda un episodio significativo ligado a su nombre: fue el primer acordeonista que acompañó en una grabación al entonces joven Diomedes Díaz, cuando apenas comenzaba a abrirse camino una de las voces más influyentes que tendría este género.

Con todo, la importancia de Nafer Santiago no se limita a las grabaciones ni a las coronas obtenidas a lo largo de su trayectoria. Su legado más profundo reside en la fidelidad con la que ha defendido el espíritu original del vallenato. En tiempos donde la música suele dejarse seducir por los brillos de la industria y las distorsiones comerciales, él ha permanecido fiel a la esencia: ese vallenato que nace del campo, del trabajo cotidiano, del amor sencillo y de la nostalgia que habita en la vida rural.

Hoy, cuando el calendario de la vida lo acerca lentamente al umbral de un siglo, este juglar se parece a esos árboles antiguos que permanecen firmes en el paisaje después de haber visto pasar muchas estaciones, árboles cuya sombra protege la memoria de la tierra.

Después de haber vivido durante más de dos décadas en Valledupar, Naferito regresó hace algún tiempo a su pueblo natal, El Paso. Allí, rodeado nuevamente por la naturaleza y por la gente que lo quiere, admira y respeta, transcurre su vida en un ambiente sereno, como si el tiempo hubiera decidido caminar más despacio a su alrededor.

En ese sosiego del terruño, el marcapasos que acompaña el latido de su corazón parece haberle regalado una nueva energía. Pero más sorprendente que la resistencia de su cuerpo es la claridad de su memoria. Su lucidez sigue siendo admirable: recuerda episodios de su vida con una precisión que asombra, como si cada recuerdo estuviera guardado en algún rincón invisible del acordeón que lo ha acompañado durante toda su existencia.

Nafer Durán es, en muchos sentidos, un puente vivo entre generaciones. Un hombre que continúa conectado a los músicos y oyentes de hoy con la herencia cultural de los antepasados. Su música, al igual que su propia vida, enlaza épocas y mantiene abierta la conversación entre el pasado y el presente del vallenato.

Y quizá por eso, cuando su acordeón respira en modo menor, no solo escuchamos música: escuchamos también el paso del tiempo, los caminos de la Costa Atlántica colombiana, el viento de la sabana y la memoria de aquellos juglares que iban de pueblo en pueblo llevando la vida convertida en canción.

Porque hay músicos que pasan por el mundo dejando canciones.
Otros, muy pocos, terminan convirtiéndose ellos mismos en una leyenda.

Nafer Santiago Durán Díaz pertenece a esa escasa estirpe de juglares cuyo acordeón no solo suena: también piensa.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Ya no es Esclava: Homenaje a la mujer (Cantautor Alvaro Orozco)

En el Mes de la Mujer rendimos un homenaje especial a todas esas mujeres que salen adelante, que luchan, perseveran y no se rinden ante las adversidades. Mujeres empoderadas que avanzan firmes hacia sus metas; madres, hijas, esposas y profesionales que, día tras día, se superan y construyen su propio camino.

Bajo el lema “Ya no es esclava”, se exalta la transformación de una mujer que en otros tiempos fue menospreciada o privada de derechos iguales a los del hombre. Hoy, la mujer se abre paso con determinación, defiende su dignidad, alcanza sus sueños y surge de manera independiente, demostrando su fortaleza y valor en todos los ámbitos de la vida.

Este mensaje se ve reflejado en esta obra musical del cantautor Álvaro Orozco, una canción que honra la esencia, la lucha y la grandeza de la mujer.

Recomienda Estampas Vallenatas, exaltando el folclor como una voz viva que también celebra la historia, el sentimiento y el empoderamiento femenino.