Desde hace 40 años ‘Ausencia sentimental’ no se borra del corazón vallenato

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

“Ya comienza el Festival, vinieron a invitarme, ya se van los provincianos que estudian conmigo, ayer tarde que volvieron preferí negarme, pa’ no tene’ que contarle a nadie mis motivos. Yo que me muero por ir y es mi deber quedarme, me quedo en la Capital por cosas del destino”.

Cuando el compositor Rafael Manjarréz tomó su guitarra e interpretó las primeras líneas de su canción ‘Ausencia sentimental’, un terremoto de tristeza sacudió todo su ser y fue por una poderosa razón que escondía en su interior.

“Pensar que no iba al Festival Vallenato era algo que sabía, pero no asimilaba porque todos esperábamos integrarnos y sentir de cerca a nuestra amada música vallenata con todo lo que eso significa”, expresó lleno de añoranzas.

El compositor también se alegró cuando recordó que su canción ganadora la noche del miércoles 30 de abril del año 1986, fue declarada mediante el Acuerdo No. 03 del martes 16 de marzo de 2010, como himno del Festival de la Leyenda Vallenata.

Las razones que tuvo la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata se fundamentaron en que ‘Ausencia sentimental’ se convirtió en corto tiempo en el más grande mensaje lleno de miles de recuerdos para los que se encontraban ausentes, y no podían llegar a finales de abril hasta la Capital Mundial del Vallenato.

Rafa, como todos lo llaman, sobre este hecho anotó. “El reconocimiento siempre ha sido motivo de complacencia para mí, y el agradecimiento será eterno para la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, para los que les llena mi canción, especialmente a los ausentes por diversos motivos, tal como me sucedió a mí”.

Reflejo nostálgico

La canción ‘Ausencia sentimental’ es el reflejo de una fiel nostalgia donde el silencio se amarra a los recuerdos apareciendo sueños despiertos, y hasta una melodía se calca en el alma. Es el himno del guayabo, ese que no produce el trago, sino que permite andar por los caminos recorridos por el compositor a la distancia hasta caer en cuenta que “hay cosas que hasta que no se viven no se saben”.

Yendo más al fondo de la composición, ella tiene sabor a parranda, a música, a encuentro con amigos, a paseos en el balneario ‘Hurtado’; ingredientes que la incrustaron en el corazón de un pueblo como la más querida de las canciones inéditas. Es así como personas, lugares y hechos hacen parte vital de la estructura de la inspiración que nació muy lejos de Valledupar, pero cuando fue escuchada por la multitud se sembró para siempre en la plaza Alfonso López, al lado del legendario palo e’ mango.

La canción sigue dejando regados pedazos del alma vallenata porque muchas de las personas por quienes pregunta el compositor partieron hacia la eternidad. Ellas, siguen presentes en la memoria de todos desde que la voz del cantante Silvio Brito y el acordeón del Rey Vallenato Orangel “El Pangue” Maestre, la divulgaron por los medios de comunicación, y se metió en los que saben que “el que nunca ha estado ausente no ha sufrío un guayabo”.

En ese sentido, Rafael Manjarrez resumió su historia cantada. “Aquella ocasión fueron demasiados hechos que llenaron mi sentimiento por no estar presente en el Festival Vallenato. ¿Se imagina, estando en Bogotá y que llegaran a invitarme? Pudo más la razón que el corazón y me tocó encerrarme porque la melancolía era grande. Entonces dejé fluir mi tristeza en la soledad de mi habitación, naciendo la canción que me ha dado inmensas satisfacciones y una cantidad de anécdotas».

Hizo un alto en el camino y luego siguió. “De ahí la frase donde digo que encerrado y temblando escribí una letra que detallaba mi tristeza, mi ausencia sentimental”. Esa frase fue la base para esbozar todo su trasegar por un hecho que lo tenía en una tierra lejana, pero queriendo estar en Valledupar. Claro, que les hizo una petición a sus compañeros para que le llevaran algunas razones. Esas razones que solamente cabían en el marco de su corazón.

Definitivamente, la canción es la identidad sonora del Festival de la Leyenda Vallenata, y la que hace que las lágrimas no se apuren en salir, los recuerdos estén en primera fila y en estos días el ambiente tenga la marca de la ausencia. Rafa como el poeta, solamente le regaló eternidad a esa experiencia de versos untados de melodía.

El agradecimiento

El compositor y abogado Rafael Enrique Manjarréz Mendoza, oriundo de La Jagua del Pilar, La Guajira, agradeció el detalle de convocarlo a repasar aquella historia que ahora se hace más real, teniendo en cuenta esta fecha donde los acordeones suenan sin cesar, las canciones cuelgan en el oído del folclor y se asoman los sentimientos flotando en el ayer.

Después de cuatro décadas que el jurado integrado por Isaac ‘Tijito’ Carrillo Vega, Roberto Calderón Cujia, Marina Quintero y Humberto Díaz Daza, declarara como ganadora a la canción ‘Ausencia sentimental’ cantada por el propio compositor teniendo el seudónimo de ‘Uno de tantos’, con el acordeón de Gustavo Maestre, sigue escuchándose como se hizo por primera vez en el teatro Cesar. “Ya comienza el Festival y vinieron a invitarme. Ya se van los provincianos que estudian conmigo”. …Y como paradoja de la vida, es la única ‘Ausencia sentimental’ que nunca ha quedado sola y por ende no se borra del corazón vallenato.


Máximo Movil “El Indio de Oro”: el hombre que sembró canciones en la memoria del vallenato.

«En los pueblos donde canta el acordeón, los compositores no escriben canciones: escriben la memoria sentimental de su tierra»: Ramiro Álvarez Mercado

Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Hay compositores que escriben canciones y hay otros que terminan escribiendo la memoria de un lugar. En el sur de La Guajira, donde la brisa atraviesa sabanas abiertas, un oasis de contraste paisajístico, en el que se destaca el valle del río Cesar, tierras verdes y fértiles, manantiales cristalinos y balnearios naturales, contrastando con el desierto típico del departamento, nacen a veces hombres destinados a contar la vida en forma de canción.

Uno de ellos fue Máximo Rafael Movil Mendoza, conocido en el universo vallenato como “El Indio de Oro”: un compositor que convirtió la experiencia cotidiana, la bohemia, las mujeres y la parranda en versos que hoy forman parte del corazón mismo del vallenato.

Nació el 29 de mayo de 1935 en Guamachal, corregimiento del municipio de San Juan del Cesar, en La Guajira, al norte del territorio colombiano, hijo de Máximo Manuel Movil y Rosa Ermelinda Mendoza. Su infancia estuvo marcada por la sencillez del campo y por la presencia de su abuela Cornelia Epieyú Orcasitas, mujer perteneciente a la etnia Wayúu, tejedora de hamacas y pellones. Fue ella quien, sin saberlo, lo crió entre los hilos invisibles de la tradición y la memoria ancestral, como si cada tejido fuera también una forma silenciosa de contar historias. La abuela Cornelia, con su sabiduría ancestral, le enseñó a escuchar el susurro del viento, el canto de los pájaros y el ritmo de la lluvia, elementos que más tarde se reflejarían en sus composiciones.

Su formación académica fue escasa pero la vida se encargó de darle otra clase de sabiduría. Se convirtió en un autodidacta del mundo, un hombre que aprendió escuchando, observando y caminando los senderos de la provincia. Antes de que la música lo hiciera conocido, conoció el peso del trabajo y la dignidad de los oficios humildes: fue aserrador de madera, agricultor y chofer.

De trato amable, buen conversador y de mirada tranquila, parecía uno de esos hombres que llevan historias guardadas detrás de cada silencio. En las letras de Máximo Movil habitan la bohemia, el amor, las mujeres y la parranda. Se destacó entre los grandes cultores del merengue: uno de los cuatro aires fundamentales de la música vallenata, un aire que, con el paso del tiempo, los nuevos exponentes del género graban cada vez menos, como si la modernidad fuera olvidando uno de los latidos más alegres del vallenato.

La historia lo registra también como ganador del Primer Festival de Compositores de Música Vallenata en San Juan del Cesar, en el año 1977, con el tema “Penas de mi tierra”, una canción que parecía contener la nostalgia profunda de un compositor que convirtió la vida sencilla en eternidad cantada.

Su destino dentro del vallenato comenzó a abrirse cuando el primer Rey de Reyes de la Leyenda Vallenata, Nicolás «Colacho» Mendoza, le grabó su primera canción titulada «Cecilia Mercedes»: un encuentro mágico que despertó el interés de otra luminaria del universo vallenato, el maestro Alfredo Gutiérrez Vital, el tres veces Rey Vallenato con su acordeón maravilloso le dio vida a “Mujeres que me dejaron”, la segunda canción que lo llevó a conquistar el corazón de los vallenateros. A partir de ese momento su obra empezó a recorrer el país en las voces de algunos de los intérpretes más grandes de esta expresión musical, como Jorge Oñate, Diomedes Díaz, Poncho Zuleta, Beto Zabaleta, Iván Villazón, Rafael Orozco, Miguel Herrera, Silvio Brito, Elías Rosado, Juan Piña, entre muchos otros que encontraron en su inspiración un caudal de historias para cantar.

De su pluma nacieron composiciones que hoy forman parte del repertorio sentimental del vallenato: ‘Aunque sufriendo te olvido’, ‘El firme’, ‘La vecina’, ‘Gallo de riña’, ‘Mujer conforme’, ‘El errante’, ‘Viernes cultural’, ‘Mujeres de mi recuerdo’, ‘El gallo chino’, ‘La vida del artista’, ‘El sobrecito’, ‘Presentimiento’, ‘Que me mate el dolor»,  ‘Pedacito de mi cielo’, ‘Mensaje aventurero’, ‘Mi huerto’, ‘El pájaro pescador’, ‘Cecilia Mercedes’, ‘Pulso a pulso’, ‘El visitante’, ‘Ni lo intentes’, Compartiendo un pena, ‘De fiesta mi pueblo’, ‘Así es como vivo yo’, entre muchas otras canciones donde el amor, la nostalgia y la vida de la región quedaron sembradas para siempre en la memoria musical de Colombia.

Este poeta popular con su escasa formación académica pero con inmensa sabiduría vital, convirtió la vida cotidiana en un cancionero eterno. Sus obras musicales, nacidas del campo, la calle, el entorno y el corazón, son aplaudidas y admiradas porque hablan con la voz honesta y auténtica del terruño. Demostrando que la verdadera poesía muchas veces no reside en las aulas sino en el sentimiento.

Máximo fue uno de esos compositores que no aprendieron poesía en los libros, lo hizo en el trasegar de la vida misma. Sus versos nacieron de la conversación de la gente de las historias contadas en las parrandas y de esa sensibilidad que solo poseen quienes saben escuchar el alma del entorno que lo rodea.

Porque en el vallenato hay hombres que escriben canciones y hay otros que terminan escribiendo la historia emocional de la tierra en la que nacieron y crecieron. Máximo Rafael Móvil Mendoza se convirtió en uno de ellos. Y quizá por eso, cuando sus canciones vuelven a sonar entre acordeones y parrandas pareciera que el tiempo se detuviera un instante para recordarnos que la verdadera riqueza de un compositor no está en la fama sino en la capacidad de convertir la vida sencilla en eternidad cantada.

El 4 de enero de 2002, aquejado por diversas dolencias que finalmente desencadenaron en un paro cardíaco, el corazón de este compositor insigne dejó de latir. Ese corazón que muchas veces fue golpeado por el desamor y la incomprensión pero que también conoció la alegría profunda que le producían sus canciones cuando encontraban eco en la voz de la gente.

Pero los compositores verdaderos no mueren del todo. Porque cuando un público sigue cantando sus canciones ese hombre continúa viviendo en la memoria colectiva, viajando de parranda en parranda, de acordeón en acordeón y de voz en voz. San Juan del Cesar, con su belleza encantadora, su riqueza musical y el cariño de sus coterráneos, sigue siendo el territorio donde esa memoria respira.

Allí, entre la música y el paisaje, todavía parece escucharse el eco de los versos del Indio de Oro, como si el vallenato se encargara de recordarnos que hay compositores cuya verdadera patria termina siendo su canción.Y es entonces cuando comprendemos que algunos hombres no nacen solamente para vivir su tiempo lo hacen para quedarse habitando en la partitura de la memoria musical colectiva de su público.

Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado

Nafer Durán: el juglar que hizo pensar al acordeón en modo menor

«A veces pienso que mi padre es un acordeón porque oigo sus notas cuando me mira, sonríe y respira»: Markus Zusak (escritor australiano)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado.

En el universo sonoro de la música vallenata existen hombres que no se limitan a interpretar el acordeón: terminan encarnando el espíritu mismo del juglar. Con el paso de los años dejan de ser simples músicos para transformarse en memoria viva de una tradición. Entre esas figuras mayores se levanta, con la serenidad que dan los años y la sabiduría que concede la experiencia, el maestro Nafer Santiago Durán Díaz, conocido con afecto en su tierra como Naferito.

Hablar de este maestro es hablar de una época, de una estirpe musical y de una forma limpia y auténtica de comprender el vallenato. Hay músicos que transitan por la historia y otros que, con el tiempo, terminan formando parte esencial de ella. Entre estos últimos camina todavía este juglar, con el acordeón abrazado al pecho como si fuera una prolongación de su propio corazón.

Nacido el 26 de diciembre de 1932 en El Paso, Cesar, al norte de Colombia, llegó al mundo lejos de academias y conservatorios. Su primera escuela fue la sabana abierta, los caminos polvorientos, el trabajo del campo y esas madrugadas campesinas en las que el canto de los gallos anuncia el comienzo de la jornada. En ese paisaje sencillo, entre el rumor del viento y la paciencia de la vida rural, fue creciendo una sensibilidad musical que parecía venir desde muy lejos, como si el acordeón lo estuviera aguardando desde antes de su nacimiento.

La música, en realidad, ya habitaba en su casa y en su familia. Su padre, Nafer Donato Durán Mojica, era acordeonista; su madre, Juana Francisca Díaz Villarreal, bailadora y cantaora del aire musical conocido como tambora. Su tío Octavio Mendoza, al igual que su hermano mayor Luis Felipe, también fueron destacados intérpretes del acordeón. En ese hogar donde el ritmo y la melodía formaban parte de la vida cotidiana, el destino parecía ya escrito: Naferito estaba predestinado para la música.

Además de ser hermano del legendario Alejandro Durán Díaz, el primer Rey Vallenato, lo que confirma que en aquella familia el acordeón no era simplemente un instrumento: era casi una manera natural de respirar. De esa herencia aprendió una lección esencial: el vallenato no se toca únicamente con los dedos; se vive, se siente y se cuenta como quien narra la vida misma.

Cuando en 1976 fue coronado Rey del Festival de la Leyenda Vallenata, aquel reconocimiento no recaía solamente sobre la habilidad de un intérprete. Aquella corona simbolizaba la consagración de un estilo, de una forma de tocar el acordeón que conservaba intacta la esencia campesina de la música vallenata. Naferito pertenece a esa generación de juglares que no salían al camino en busca de fama; más bien llevaban de pueblo en pueblo noticias, recuerdos y sentimientos convertidos en canciones.

Hay algo particularmente singular en su estilo: su profundo dominio del modo menor, conocido popularmente en el lenguaje musical de los pueblos como tono menor. En su tiempo fue, sin duda, el acordeonista más destacado en la ejecución de ese registro emocional dentro del vallenato tradicional. Mientras muchos intérpretes se inclinaban por los aires festivos y luminosos del repertorio alegre, Nafer Santiago se adentró con naturalidad en las zonas más íntimas del sentimiento.

Pero en su acordeón ocurría algo más profundo. No era solo sensibilidad: había también intuición musical. En sus manos el instrumento parecía pensar. Por momentos daba la impresión de que el acordeón exploraba caminos que todavía no existían dentro del lenguaje tradicional. Naferito hizo cosas en su acordeón propias de un músico adelantado a su tiempo: se aventuró por escalas, giros melódicos y modulaciones que no eran habituales entre los acordeonistas de su generación.

Nafer Durán ha sido, además, uno de esos juglares completos: de los que cantan, componen y tocan el acordeón. Un músico nacido para contar la vida, y cuyo instrumento le ha servido también para recordarla; allí, en la hondura expresiva del modo menor, su habilidad terminó hablando de la memoria del pueblo.

Había en su forma de tocar algo del espíritu del explorador. Como si, mientras muchos caminaban por senderos ya conocidos del vallenato, él se atreviera a abrir pequeñas rutas nuevas dentro de la misma tradición. Modernidades discretas, casi silenciosas, que no rompían con la raíz campesina del género, pero ampliaban su horizonte musical.

Por eso composiciones como “Sin Ti”, “Mi Patria Chica”, “Déjala Vení”, “Ariguaní”, “El Estanquillo”, “La Chimichaguera”, “La Grabadora”, “La Zoológica”, “Ojitos cautivadores” y “Clavelito” trascienden la condición de simples canciones: son estampas emocionales de la vida rural del Caribe colombiano, retratos musicales donde habitan la nostalgia, el amor y la memoria de la tierra.

Su manera de adornar las notas tiene algo de artesanía antigua. Cada giro melódico parece trabajado con paciencia, como quien talla lentamente la madera o abre surcos en la tierra con manos curtidas por el sol. Nada sobra en su estilo, nada resulta exagerado. En su acordeón habita una elegancia silenciosa que solo poseen los verdaderos maestros, aquellos que comprenden que la grandeza del arte muchas veces se encuentra en la sencillez.

La historia del vallenato también guarda un episodio significativo ligado a su nombre: fue el primer acordeonista que acompañó en una grabación al entonces joven Diomedes Díaz, cuando apenas comenzaba a abrirse camino una de las voces más influyentes que tendría este género.

Con todo, la importancia de Nafer Santiago no se limita a las grabaciones ni a las coronas obtenidas a lo largo de su trayectoria. Su legado más profundo reside en la fidelidad con la que ha defendido el espíritu original del vallenato. En tiempos donde la música suele dejarse seducir por los brillos de la industria y las distorsiones comerciales, él ha permanecido fiel a la esencia: ese vallenato que nace del campo, del trabajo cotidiano, del amor sencillo y de la nostalgia que habita en la vida rural.

Hoy, cuando el calendario de la vida lo acerca lentamente al umbral de un siglo, este juglar se parece a esos árboles antiguos que permanecen firmes en el paisaje después de haber visto pasar muchas estaciones, árboles cuya sombra protege la memoria de la tierra.

Después de haber vivido durante más de dos décadas en Valledupar, Naferito regresó hace algún tiempo a su pueblo natal, El Paso. Allí, rodeado nuevamente por la naturaleza y por la gente que lo quiere, admira y respeta, transcurre su vida en un ambiente sereno, como si el tiempo hubiera decidido caminar más despacio a su alrededor.

En ese sosiego del terruño, el marcapasos que acompaña el latido de su corazón parece haberle regalado una nueva energía. Pero más sorprendente que la resistencia de su cuerpo es la claridad de su memoria. Su lucidez sigue siendo admirable: recuerda episodios de su vida con una precisión que asombra, como si cada recuerdo estuviera guardado en algún rincón invisible del acordeón que lo ha acompañado durante toda su existencia.

Nafer Durán es, en muchos sentidos, un puente vivo entre generaciones. Un hombre que continúa conectado a los músicos y oyentes de hoy con la herencia cultural de los antepasados. Su música, al igual que su propia vida, enlaza épocas y mantiene abierta la conversación entre el pasado y el presente del vallenato.

Y quizá por eso, cuando su acordeón respira en modo menor, no solo escuchamos música: escuchamos también el paso del tiempo, los caminos de la Costa Atlántica colombiana, el viento de la sabana y la memoria de aquellos juglares que iban de pueblo en pueblo llevando la vida convertida en canción.

Porque hay músicos que pasan por el mundo dejando canciones.
Otros, muy pocos, terminan convirtiéndose ellos mismos en una leyenda.

Nafer Santiago Durán Díaz pertenece a esa escasa estirpe de juglares cuyo acordeón no solo suena: también piensa.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Juan Manuel Pérez Sánchez: El Catedrático

«La música es una forma de soñar juntos y de ir a otra dimensión»: Cecilia Bartoli (mezzosoprano italiana)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Desde el ritmo primitivo de los tambores tribales hasta la resonancia melódica de una gran sinfonía universal, el poder de la música ha sido una fuerza profunda, casi mística, en la historia de la humanidad. La música es mucho más que una colección organizada de sonidos: es emoción convertida en lenguaje, es identidad hecha melodía, es memoria colectiva y experiencia compartida que atraviesa generaciones. Durante siglos, la música ha servido como un puente invisible que une culturas diversas, territorios distantes y almas que jamás se han visto pero que se reconocen en una misma vibración sonora. Su influencia en el comportamiento, en las emociones humanas y en la construcción espiritual de los pueblos no tiene comparación. La música es en esencia la forma más pura de conversación entre el corazón y el tiempo.

La música es como una autopista que une el pasado de luces y sombras con el futuro incierto, y es clave para aprender a vivir en paz con uno mismo, con quienes te rodean y con el mundo exterior; por eso hay que buscarla, seguirla y no abandonarla jamás.

En el género vallenato existen compositores que llevan en su ADN la música que parecen haber sido elegidos por el destino para traducir la vida en versos y acordes. Es justamente el caso de Juan Manuel Pérez Sánchez, hijo de Chiriguaná, municipio colombiano ubicado en el centro del departamento del Cesar, al norte del país. Un territorio que respira Caribe por cada poro de su historia, un epicentro de riqueza cultural donde las tradiciones folclóricas son herencia viva, donde la tambora es latido ancestral y donde la conexión con la majestuosa Ciénaga de Zapatosa define el carácter espiritual de su gente.

Chiriguaná es un cruce de caminos culturales donde resalta la herencia indígena y afrodescendiente manifestada en danzas, bandas de viento, cantos tradicionales, vallenato y en una fuente musical que parece no agotarse jamás. Allí, la música no es entretenimiento: es identidad, es raíz, es destino. Y fue precisamente en medio de esa riqueza sonora donde Juan Manuel abrió los ojos a la vida un viernes 23 de junio en el hogar conformado por Miguel Pérez Arévalo y Juana María Sánchez Ravadán. Su padre, compositor, decimero y poeta; su madre, cantadora de tamboras. Es decir, la música no solo estaba en su entorno: estaba en su sangre, en su herencia genética, en la memoria ancestral de su familia.

Su inclinación musical se manifestó desde muy temprana edad. A los cuatro años ya cantaba las canciones de moda que escuchaba en la radio, repitiendo melodías como si el oído hubiese nacido entrenado. A los ocho años apareció su musa por primera vez, inspirándolo a crear su primera canción: “El sentir de mi tonada”, un hecho que no puede desligarse del ambiente musical permanente de su hogar, donde la música era tan natural como el aire que se respiraba.

Juan Manuel, es el menor de ocho hermanos, pero fue quien cumplió el sueño más profundo de su padre: tener un hijo compositor. Desde ese momento contó con el respaldo absoluto de su familia. La emoción de su padre fue tan profunda que, entre lágrimas, se arrodilló, lo abrazó y le dio gracias a Dios, entendiendo que aquel niño no solo heredaba su apellido, sino también su misión musical.

Su primera gran prueba llegó cuando se presentó en el ‘Primer Encuentro de la Cultura y el Deporte’ realizado en su pueblo, en la modalidad de canción inédita. Compitió contra compositores reconocidos y, contra todo pronóstico, obtuvo el primer lugar. Ese festival se convirtió en el trampolín que lanzó al naciente artista al panorama musical. El premio sorprendió a muchos, pues hasta ese momento Juan Manuel era conocido principalmente por ser un estudiante brillante y un sobresaliente futbolista, un goleador que con su talento rompía las redes contrarias con la misma contundencia con la que luego rompería corazones a través de sus canciones.

Si algo ha caracterizado a Juan Manuel Pérez Sánchez es su disciplina para llevar de la mano su carrera musical y su formación académica. Culminó sus estudios de bachillerato en el ‘CONALCHI’ (Colegio Nacional de Bachillerato de Chiriguaná). Luego se graduó como Comunicador Social y Periodista de la Universidad Autónoma del Caribe, en Barranquilla, y posteriormente se especializó en Gobierno y Gestión Pública. Un equilibrio entre la sensibilidad artística y el pensamiento estructurado, entre la emoción del compositor y la responsabilidad del ciudadano.

Fue precisamente en su etapa universitaria cuando tuvo un acercamiento con el dos veces Rey Vallenato, Julio César Rojas Buendía que buscaba canciones para su nuevo trabajo discográfico. Sin embargo, cuando Juan Manuel llegó, la selección de temas ya estaba cerrada. Aun así, su talento dejó huella, y fue recomendado con Miguel Herrera, quien hacía pareja musical con el acordeonista Luis “El Negrito” Villa. Así lograron llevar al acetato un paseo vallenato romántico titulado “Solo tú me puedes curar”, en el año 1992. Ese momento marcó el verdadero despegue de su carrera musical.

La canción empezó a sonar en emisoras, y el nombre de Juan Manuel comenzó a recorrer los pasillos de la industria vallenata. Nacía así un compositor con identidad propia, con sensibilidad narrativa y con una profunda capacidad para convertir emociones humanas en poesía cantada. Su pluma no tardó en multiplicarse en obras que hoy hacen parte del cancionero sentimental del vallenato.

Títulos como “Despacito linda”, “90 – 60 – 90”, “Reina de reinas”, “Estás muy buena”, “Pa’ cogerte cría”, “Me quieren y no me quieren”, “Corona de espinas”, “Solterito y a la orden”, “A mi viejo”, “Carta de Navidad”, “Necesito verte”, “Quién te calentó el oído”, “Linda” y “La que me quita el sueño”, entre muchas otras composiciones, confirman la versatilidad temática de un autor capaz de navegar entre el amor romántico, la picardía caribeña, la nostalgia familiar y la reflexión existencial.

Voces consagradas del canto vallenato han llevado su obra al corazón del pueblo. En ese selecto listado se destacan leyendas como Poncho Zuleta, Jorge Oñate, Diomedes Díaz, Beto Zabaleta, Iván Villazón, Silvio Brito, Farid Ortiz, Robinson Damián, Miguel Herrera, Joaco Pertuz, Luis “El Pade” Vence y Fabián Corrales. A la vez, nuevas figuras del vallenato han encontrado en su obra una fuente viva de repertorio, entre ellos Silvestre Dangond, Peter Manjarrés y el recordado Martín Elías, demostrando que su música no pertenece a una época, sino a la esencia misma del sentimiento vallenato.

Después de graduarse y ejercer su profesión, tuvo la oportunidad de desempeñarse como profesor en la Universidad de Pamplona, en Norte de Santander, en modalidad a distancia, y posteriormente en la Universidad Popular del Cesar, en Valledupar. Fue precisamente en ese contexto académico donde el reconocido locutor Javier Fernández Maestre decidió bautizarlo con un apodo que terminaría definiendo su esencia pública y profesional: “El Catedrático”. Un nombre que no solo hace referencia a su ejercicio docente, sino a su manera de componer: con estructura, con profundidad conceptual, con narrativa emocional y con la capacidad de enseñar a través de cada verso.

Porque Pérez Sánchez no solo escribe canciones: escribe lecciones de vida envueltas en melodía. En él convergen el aula y la tarima, la teoría y el sentimiento, la academia y la sabiduría popular del Caribe profundo. Su obra demuestra que el vallenato no es solo música para bailar o enamorar, sino también un archivo emocional de los pueblos, una bitácora sentimental donde se registran alegrías, nostalgias, amores y despedidas. En ese orden de ideas, es menester destacar que el cantautor soñador tuvo la oportunidad de grabar 2 producciones musicales: una al lado del acordeonista mariangolero Marcos Jiménez, titulada ‘ Mi Mejor Jugada’ en el año 2002 y la segunda en 2005 titulada ‘De La Mano de Dios’, acompañado del Rey Vallenato 2005 Juan José Granados.
“El catedrático” Juan Manuel Pérez también ha tenido el honor de haber sido elegido en dos ocasiones como Mejor Compositor del Año en Colombia, en los años 1998 y 2002.

Juan Manuel Pérez Sánchez representa esa figura del compositor que entiende que la música es memoria viva, documento emocional y puente entre generaciones. Un hombre que nació en un territorio donde la música no se aprende: se hereda, se respira y se honra. Porque hay compositores que escriben canciones, y hay otros, como «El Catedrático», que construyen reflejos emocionales donde generaciones enteras aprenden a amar, recordar y resistir. Su obra no sólo suena: permanece. No sólo emociona: trasciende. Y mientras exista un acordeón contando historias y una voz llevando sus versos al viento del Caribe, su música seguirá latiendo, en el corazón mismo del vallenato.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado