“Los juglares no se llevan sus canciones cuando parten; las dejan caminando para que el tiempo no consiga borrar sus huellas.” Ramiro Álvarez Mercado
*Por Ramiro Elías Álvarez Mercado*
El vallenato está de luto y con un vacío que no se llena con palabras. Se nos fue un hombre que llevó la música como se lleva la sangre: sin hacer ruido, pero sin poder vivir sin ella. Este 29 de septiembre de 2026, a los 93 años, murió en Valledupar el maestro Náfer Santiago Durán Díaz, nacido en El Paso, Cesar, el 26 de diciembre de 1932.
Pero escribir hoy sobre Náfer Durán no debería consistir en enumerar sus títulos. Fue Rey Vallenato en 1976, fue compositor, fue cantante, fue acordeonista, fue padre y hermano de una de las figuras fundamentales de la historia del vallenato. Todo eso es cierto, pero falta lo más importante: fue juglar. Y esa palabra contiene una forma de vivir que difícilmente cabe en una biografía.
*El Paso como raíz*
Para hablar de Náfer Santiago hay que comenzar por El Paso. No como quien ubica un punto en un mapa, sino como quien busca la raíz de un árbol. Porque él no fue un músico que simplemente nació en una tierra y después se marchó. El Paso permaneció dentro de sus entrañas durante toda su existencia. Su infancia, sus primeros aprendizajes y buena parte de la materia de sus canciones estuvieron ligados a ese territorio. Allí comenzó a familiarizarse con el acordeón. Allí aprendió que la música también podía ser conversación, que una parranda podía convertirse en relato, que una melodía podía guardar el recuerdo de una persona y que una canción podía viajar mucho más lejos que quien la había compuesto. Desde niño entendió el instrumento como parte de la vida cotidiana, no como una pieza destinada exclusivamente a un escenario, sino como un compañero de camino. Quizás por eso, cuando llegó a la vejez, seguía hablando del acordeón con la familiaridad con que se habla de un viejo amigo.
*Una familia donde la música tenía raíces*
Naferito nació en una familia vinculada profundamente con la música. Fue hijo de Náfer Donato Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villarreal, y hermano de Luis Felipe y Alejandro Durán, el inolvidable Alejo, primer Rey Vallenato. Pero sería injusto contar la historia de Náfer desde la sombra de su hermano. Los dos pertenecieron a una misma raíz, pero cada uno encontró su propio camino. Alejo escribió páginas inmortales y Náfer también lo hizo. La historia de los hermanos Durán es hermosa porque demuestra que una misma familia puede producir distintas maneras de entender la música.
*La corona llegó, pero la historia había comenzado mucho antes*
En 1976 llegó una de las grandes distinciones de su vida. Náfer Durán se coronó Rey Vallenato. Su nombre entró entonces en la historia del Festival y quedó unido para siempre a una de las páginas fundamentales del acordeón profesional. Pero una corona solamente puede señalar un momento, no puede explicar una vida entera. En 1983, su trayectoria alcanzó otra distinción significativa al ser declarado fuera de concurso en el Festival de la Leyenda Vallenata. Aquello decía algo que ninguna corona por sí sola podía decir: que ya no se estaba frente a un competidor cualquiera, se estaba frente a un maestro cuya trayectoria había adquirido otro significado.
*El lenguaje particular de Náfer*
Cuando escribí meses atrás sobre Náfer Durán, lo hice alrededor de una característica fascinante: su manera de interpretar en modalidad menor. Hoy quiero volver sobre ella, pero desde otro lugar. No para repetir aquel análisis, sino para comprender lo que esa particularidad significó en su legado. Náfer encontró en la modalidad menor un territorio donde podía expresar otra dimensión del sentimiento vallenato. En una música acostumbrada a celebrar, él encontró también espacio para la introspección. Su interpretación podía adquirir una profundidad distinta, una forma diferente de mirar la nostalgia y de convertir una melodía en pensamiento. Por eso su manera de tocar era inconfundible. Había en ella una personalidad. No necesitó apartarse de la tradición para encontrar su identidad, la encontró dentro de ella.
*Un compositor que convirtió la vida en canciones*
Náfer Durán fue también un compositor prolífico. Su repertorio contiene numerosas obras que hablan de amores, lugares y personajes. Entre sus composiciones aparecen Sin ti, Déjala vení, Con sentimiento, La Grabadora, El Estanquillo, La Chimichaguera, Ariguaní, Mi Patria Chica y Teresita. Pero más allá de la cantidad existe algo más importante: la capacidad de convertir la experiencia en canción. El compositor entrega una experiencia particular y el público la convierte en memoria colectiva.
*El juglar no era solamente el músico*
Quizás hemos reducido demasiado la palabra juglar. La usamos para referirnos a un acordeonista. Pero un juglar es algo más. Es un hombre que lleva consigo historias, que convierte la experiencia en relato, que camina con una memoria que después entrega a los demás. Náfer perteneció a esa generación que aprendió el vallenato desde la cercanía, desde el patio, desde la fiesta, desde la parranda y desde la conversación. Por eso su partida supera la tristeza familiar. Con este maestro también se va uno de los hombres que podía contar, desde su propia experiencia, cómo era ese mundo que hoy intentamos reconstruir.
*Una vida entera al lado del acordeón*
Quizás ninguna imagen explica mejor a Náfer Santiago que aquella de sus últimos años con el acordeón todavía cerca del pecho. A los 93 años seguía vinculado al instrumento que lo acompañó desde la infancia. Hay relaciones que el tiempo desgasta. La de Naferito con su acordeón parecía funcionar al revés. Mientras más años pasaban, más profunda se volvía. Eso no es simplemente longevidad artística, es fidelidad a una forma de vida, a una tierra, a una familia y a una expresión musical.
*La herencia que no cabe en una corona*
Náfer deja una familia numerosa y varios de sus hijos, nietos y bisnietos están vinculados a la música. Ese detalle tiene una importancia especial. La verdadera herencia de un músico no siempre se encuentra en las grabaciones. A veces está en las manos de sus descendientes, en las historias que escucharon y en las costumbres que decidieron conservar. Una tradición puede sobrevivir en un festival, en un disco, pero también puede sobrevivir en una casa, en un padre que enseña y en un hijo que escucha. El maestro Náfer Durán deja precisamente eso: un legado musical que no termina con su muerte.
*El Paso no pierde solamente a un músico*
Pienso en lo que significa para un pueblo despedir a uno de sus hijos más reconocidos. El menor de los Durán Díaz llevó a El Paso consigo. Lo llevó en sus canciones, en sus recuerdos y en esa manera de sentirse perteneciente a una tierra que no dejó de ser su casa. Y hoy, cuando su vida llega al final, también regresa simbólicamente a ese lugar.
*Lo que queda cuando el músico ya no está*
Ahora comienza otra etapa, la más difícil para cualquier artista. Ya no habrá nuevas interpretaciones ni otra oportunidad de preguntarle cómo entendía determinada melodía. Pero existe algo que la muerte no puede llevarse: la obra y la memoria. Las canciones de Náfer Durán seguirán disponibles para quien quiera escucharlas, su nombre continuará en la historia del Festival y los músicos seguirán encontrando en sus interpretaciones motivos para aprender. Así se construye la permanencia, de generación en generación.
*Adiós, maestro Naferito*
Hoy el vallenato despide a un juglar, El Paso despide a uno de sus hijos predilectos y la familia Durán despide a uno de sus grandes portadores de memoria. Pero las despedidas no siempre significan olvido, a veces significan comenzar a recordar de otra manera. Náfer ya no estará físicamente para poner el acordeón contra su pecho, pero sus canciones seguirán teniendo camino. Su modalidad menor seguirá hablando desde esa zona íntima donde la música deja de ser solamente sonido y comienza a convertirse en pensamiento. Por eso hoy no quisiera que la última palabra fuera muerte, prefiero que sea memoria. Porque la muerte puede llevarse al hombre, pero no necesariamente consigue llevarse aquello que el hombre sembró.
Que Dios reciba al maestro Náfer Santiago Durán Díaz y le conceda descanso después de una vida larga, intensa y entregada al folclor. Que El Paso lo recuerde con orgullo, que su familia encuentre consuelo en la obra que deja y que quienes seguimos creyendo que la música también es una forma de memoria sepamos volver a sus canciones cuando necesitemos escuchar de dónde viene una parte de lo que somos. Porque un juglar no desaparece completamente cuando muere, se queda en las canciones que alguien vuelve a escuchar. Y mientras una sola nota de Náfer Durán Díaz vuelva a sonar, su historia continuará caminando.
Naferito se fue de la vida, pero el vallenato se quedó en su memoria.
Con aprecio y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado
Etiqueta: compositor
HERNANDO MARÍN LACOUTURE:* el poeta que convirtió la rebeldía en canto
«La voz del campo que cantó al amor con ternura, al pueblo con dignidad y a la injusticia con valentía»: Ramiro Elías Álvarez
Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*
Los grandes compositores no escriben únicamente canciones; escriben la biografía emocional de un pueblo. Por eso, en su obra el amor encuentra refugio, las costumbres conservan su memoria, la picaresca celebra la alegría de vivir y la inconformidad recuerda que el arte también tiene la misión de interpelar a la sociedad. Hernando José Marín Lacouture entendió eso mejor que nadie.
No todos los hombres nacen para dejar una huella; algunos llegan al mundo con la extraña misión de darle voz a quienes nunca fueron escuchados. Marín Lacouture perteneció a ese tipo de creadores capaces de transformar la vida cotidiana en poesía, la inconformidad en filosofía y el dolor colectivo en canciones que terminaron convirtiéndose en patrimonio sentimental del pueblo vallenato. Su obra no fue únicamente una sucesión de éxitos musicales: fue una manera de entender la existencia, de cuestionar las injusticias, de exaltar la belleza de la tierra y de recordarnos que el folclor también puede ser un acto de conciencia.
Nacido el primero de septiembre de 1944 entre los paisajes rurales de El Tablazo, jurisdicción de San Juan del Cesar, en La Guajira, el barro fue su primera escuela y la naturaleza su primer libro de poesía. Fue, además, un destacado intérprete de la guitarra. No fue un virtuoso de academia, pero sí un artesano de las cuerdas. Con su guitarra dialogaba: la acariciaba para arrullar un romance, la golpeaba para denunciar una injusticia, la hacía llorar para contar una despedida. Con ese instrumento de cuerdas se apoyaba para hacer sus letras y melodías. Las noches, el monte y el silencio eran sus maestros, y en cada rasgueo encontraba la nota exacta para vestir un sentimiento.
Y esa misma autenticidad la tenía en la voz. Aunque no era una voz «perfecta» técnicamente, era una voz con alma. Una voz que no cantaba para lucirse, sino para transmitir. Y cuando Hernando cantaba, el mensaje llegaba contundente, directo al pecho. Por eso terminó siendo no solo compositor: fue cantautor. Un hombre que escribía, componía, interpretaba y defendía sus propias verdades con guitarra en mano.
Antes de conquistar las parrandas y los escenarios, conoció el esfuerzo del campesino, el calor de los sembrados y el lenguaje silencioso de los árboles, del viento y de los caminos. Quizá por eso sus versos nunca sonaron artificiales: llevaban el aroma de la tierra recién labrada y la autenticidad de quien escribía desde la experiencia y no desde la imaginación distante.
La poesía de Hernando José nunca necesitó esconderse detrás de palabras grandilocuentes. Descubrió que la belleza también habita en la sencillez, en el paisaje guajiro, en la amistad, en el amor y en los pequeños acontecimientos de la vida. Su inspiración no conocía fronteras: unas veces enamoraba con versos románticos, otras retrataba la cotidianidad del Caribe, arrancaba sonrisas con su ingenio o despertaba conciencias con su inconformidad frente a las injusticias. Su sensibilidad florece en obras como «Villanueva mía», un himno de pertenencia; «El Girasol», donde la naturaleza se convierte en metáfora de la esperanza; «Lluvia de verano», cargada de nostalgia y delicadeza; «Lo que siento», un homenaje a la nobleza y a la resiliencia, donde expresa su deseo de transformar el dolor y la tristeza en cantos alegres para ocultar sus penas; «El Ángel del Camino», donde el sentimiento camina con la espiritualidad; y «La Creciente», esa canción dedicada a la conquista amorosa.
Su pluma, sin embargo, no se conformó con cantarle al amor. Comprendió que la poesía pierde parte de su sentido cuando permanece indiferente frente al sufrimiento humano. Entonces apareció el Hernando Marín filósofo y contestatario, el compositor que hizo de la música una tribuna para denunciar las desigualdades y defender la dignidad de los más humildes.
En «Los Maestros» levantó un sentido homenaje y, a la vez, un reclamo por la precaria situación laboral y el mal pago que vivían los profesores. Su letra expresa la falta de garantías de los gobiernos para con los educadores y convierte el agradecimiento en denuncia.
En «La Ley del Embudo» lanzó una dura crítica a la desigualdad y a la injusticia social. Tomó el famoso dicho popular para señalar que la ley siempre es «ancha para unos y angosta para otros», favoreciendo a los más poderosos y oprimiendo a la clase más vulnerable.
En «Canta conmigo», más que una canción festiva, dejó una plegaria social por la paz. Denuncia la violencia y hace un llamado a la reconciliación, expresando que con armas no se logran milagros sociales y abogando por el diálogo sin distingo de razas ni colores.
Y en «Campesino parrandero», por medio de la cotidianidad desnudó la realidad del hombre del campo, reivindicando su forma de ser frente a la indiferencia de las élites urbanas.
Sus canciones jamás señalaron desde el resentimiento, sino desde una profunda conciencia social alimentada por la compasión y la esperanza.
Pero Hernando también fue poeta del amor. Y en esa faceta nos dejó «Tempestad».
«Tempestad» es Hernando Marín en su estado más elemental: comparando el clima con el corazón.
El maestro no canta un despecho. Canta una fuerza de la naturaleza. Si en el cielo truena, en su pecho también. Si en la cordillera las nubes están espesas y va a llover, en su alma también está por desatarse algo.
Y ahí está la frase que lo explica todo:
*»La lluvia tiene derecho a la tierra, mi amor al tuyo lo tiene también»*
No pide permiso. Así como la lluvia moja porque debe mojar, el amor llega porque tiene que llegar.
Pero el verso que desarma es este:
*»Siento en mis ojos la corriente del Cesar cuando se crece porque me pongo a llorar»*
Hernando no dice «lloro mucho». Dice que sus lágrimas son río crecido. Que el dolor y la emoción le desbordan como el Cesar en invierno. Convirtió su llanto en geografía.
Y cierra con una verdad de hombre de pueblo:
*»Uno se enamora muchas veces, ay una mujer que tiene para el hombre tempestad»*
Esa es la mujer-huracán. La que te estremece como se estremece el monte, la que no escampa.
«Tempestad» no habla de tristeza. Habla de intensidad. De ese amor que no pregunta, que no espera, que simplemente cae.
Poseía, además, esa picaresca inteligente tan característica del Caribe colombiano. Sabía reírse de las contradicciones humanas y convertir el humor en una elegante forma de crítica. Tenía la capacidad de narrar las debilidades del ser humano con ironía y una enorme riqueza narrativa, logrando que el oyente sonriera mientras, casi sin advertirlo, terminaba reflexionando sobre sí mismo.
Su grandeza también puede medirse por la cantidad de voces que encontraron en sus composiciones un camino hacia la inmortalidad. Su estilo, marcado por rasgos de rebeldía, romance y costumbrismo, se volvió universo en la garganta de los más grandes.
Rafael Orozco le dio vida eterna a «La Creciente», «Déjame quererte», «Yo no sé», «Luz Mary», «Recuerdos» y «Juramento».
Jorge Oñate engrandeció «Lo que siento», «Campesino parrandero», «Locura de amor», «Destino», «Tú no sabes amar» y «Sanjuanerita».
Diomedes Díaz convirtió en clásicos «Canta conmigo», «Acompáñame», «El gavilán mayor», «Lluvia de verano», «Ventana de cristal» y «El invencible».
Poncho Zuleta se hizo presente en «Bebiendo yo», «Mis muchachitas», «El girasol», «La vecina de Chavita», «Los maestros» y «El arbolito».
Beto Zabaleta encontró en Marín a uno de sus compositores más certeros, con «La ley del embudo», «Desengañado», «Malas y buenas», «El enfermo», «Rina», «A mi guajira», «Olvida esa pena» y «Lágrimas de sangre».
Y la voz morena del vallenato, Silvio Brito, dejó una estela de éxitos como «El ángel del camino», «Sentencia», «El mocoso», «Pecadora», «Tempestad», «Enamorados», «Los años», «Mal de amores» y «Villanueva mía».
Y así, muchos otros grandes intérpretes comprendieron que aquellas letras trascendían el simple entretenimiento para convertirse en auténticos testimonios de la identidad caribe.
Resulta admirable que un hombre con escasa formación académica alcanzara semejante profundidad literaria. A pesar de que no llegó a ser sexagenario, como lo deseó y plasmó en una de sus canciones, ya se había convertido en un maestro de la composición. Demostró que la sensibilidad no se gradúa en las universidades, sino en la escuela de la vida; que la poesía puede brotar de unas manos curtidas por el trabajo del campo y por las cuerdas de una guitarra, con la misma fuerza con la que nace de la pluma de los grandes escritores.
Hernando Marín perdió la vida en un fatal accidente automovilístico el 5 de septiembre de 1999 en carreteras del departamento de Sucre. Pero la muerte no pudo con él, porque los versos verdaderos no se entierran.
Hernando José Marín Lacouture terminó siendo mucho más que un extraordinario compositor vallenato. Fue cronista del Caribe, defensor de los olvidados, poeta del paisaje, filósofo de la cotidianidad y conciencia crítica de un pueblo que encontró en sus canciones una voz para expresar aquello que muchas veces callaba.
Hoy su obra sigue viva porque sigue siendo necesaria. Mientras haya amor que cantar, injusticias que nombrar, costumbres que preservar y risas que compartir, la voz de Hernando Marín seguirá sonando en cada parranda, en cada protesta y en cada rincón del Caribe. Él no escribió para su tiempo: escribió para todos los tiempos. Y por eso el pueblo no lo recuerda: lo sigue cantando.
Con admiración,
*Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Rafael Escalona: el hombre que convirtió al Caribe colombiano en eternidad
«Una canción es como un sueño. Te lleva a un lugar donde la música no entra»:
Bob Dylan (cantante, compositor y poeta estadounidense)
Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado
Hay fechas que no celebran un año más, sino un siglo de memoria convertida en canto. El 26 de mayo de 2026 no fue solo un aniversario. Fue el día en que Colombia volvió a escuchar el eco de un hombre que entendió que la eternidad no se construye con mármol, sino con versos que el pueblo se aprende de memoria.
Ese hombre es Rafael Escalona. Y su historia empieza en Patillal, ese pequeño pueblo rural, apacible, donde el tiempo parece detenerse entre montañas. Patillal no es solo un corregimiento de Valledupar. Es cuna de grandes compositores del vallenato, tierra que ha parido cantores y poetas inspirados por el paisaje que la rodea: la Sierra Nevada vigilando desde lejos, el viento que baja limpio por los valles, los ríos que cuentan historias a quien se detiene a escuchar. Allí, el 26 de mayo de 1926, en el hogar de Clemente Escalona Labarces y Margarita Martínez Celedón, nació Rafael Calixto Escalona Martínez. Un niño que no necesitó conservatorios ni academicismos para volverse inmortal.
Las canciones del maestro no surgieron desde la técnica fría de un escritorio. Nacieron desde la oralidad, desde el relato vivo, desde la costumbre ancestral de contar historias bajo la sombra de un árbol o en medio de una parranda. Por eso sus composiciones parecen hablar más que cantar. Es la voz del pueblo que aprendió a rimar, el que convierte en verso las alegrías y dolores que todos callan. Su pluma no necesitó grandes academias porque su musa fue siempre el latido diario de su comunidad. En cada verso hay personajes reales, caminos, nostalgias, amores, dolores y paisajes que terminaron siendo la autobiografía sentimental del Caribe colombiano.
Lo sorprendente es que Escalona logró todo eso sin tocar un solo instrumento. Se apoyó únicamente en su memoria prodigiosa y en una intuición que le permitía escuchar la melodía donde otros solo oían conversación. Era un alquimista que transformaba cualquier anécdota en leyenda, el guardián de los secretos del pueblo que sabía traducir en palabras exactas lo que el alma siente cuando suena el acordeón. Por eso, mientras otros escribían la historia en libros, él la guardaba en pentagramas invisibles.
Ya lo había intuido Gabriel García Márquez cuando, en marzo de 1950, escribió para El Heraldo de Barranquilla: “Escalona es el intelectual de nuestros aires populares, el que se impuso un proceso de maduración hasta alcanzar ese estado de gracia en que su música respira ya el aire de la pura poesía”.
El Juglar de Patillal transformó el vallenato a través de sus historias y letras e inspiró a muchos compositores que hoy brillan con luz propia en esta expresión musical.
Superó el centenar de canciones y dejó una estela que aún ilumina el vallenato en las mejores voces y agrupaciones. Desde Guillermo Buitrago, pasando por Bovea y sus Vallenatos y la inolvidable voz de Alberto Fernández Mindiola, el legendario Alejandro Durán, hasta Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Diomedes Díaz, Rafael Orozco, Carlos Vives e Iván Villazón. Y su eco cruzó el mar: la española Lola Flórez y su hija Rosario, la orquesta venezolana Billo’s Caracas Boys, la cantante hispano-francesa Sole Giménez, el bolerista venezolano Nelson Henríquez, Roberto Torres y su Charanga Vallenata, Los Melódicos de Venezuela y la legendaria Sonora Matancera de Cuba en la voz de Nelson Pinedo, grabaron su obra, llevándola a oídos que no conocían el Magdalena Grande pero entendían el idioma universal del sentimiento.
¿Cómo olvidar La Casa en el Aire, ese himno que convirtió el amor de un padre en metáfora de protección eterna? ¿Cómo no estremecerse con El Testamento, donde la ironía y la picardía popular bailan juntas? ¿Cómo ignorar la profundidad de Elegía a Jaime Molina, considerada por muchos una de las canciones más hermosas escritas por la partida de un amigo en la música vallenata? También quedan para siempre El Almirante Padilla, El Manantial, Honda Herida, La Creciente del Cesar y La Estrella de Patillal, capítulos vivos de la identidad colombiana.
En cada canción de Escalona sigue latiendo el Caribe, la tradición oral y la historia cultural de un país que habría olvidado a muchos de sus pueblos si no fuera por su música. Él fue el pintor de la memoria; con cada palabra rescató los colores, olores y latidos de una época que se niega a morir. Conocía la geografía de su tierra no por los mapas, sino por los pasos y las nostalgias de su gente, y pintaba el mundo con los colores de su terruño, convirtiendo el paisaje local en un refugio para el alma.
Él entendió algo que pocos artistas descubren: la verdadera inmortalidad no se alcanza en los monumentos, sino en la memoria afectiva de la gente. Por eso sus canciones siguen sonando en patios, cantinas, festivales, emisoras y parrandas. Siguen heredándose como se heredan las historias de los abuelos: con respeto, con emoción y con orgullo.
El maestro no fue solo un compositor. Fue un narrador del alma popular, un poeta sin pretensiones académicas y un filósofo espontáneo de la provincia colombiana. Su obra demuestra que la cultura más profunda nace lejos de las universidades y cerca de la sensibilidad de los pueblos. Sus palabras no habitan en torres de marfil, sino en las calles, en los recuerdos y en el alma de su comunidad.
A cien años de su nacimiento, Escalona continúa vivo. Vive en el acordeón que aún suspira sus melodías, en el campesino que canta sus versos sin darse cuenta, en el Caribe que aprendió a reconocerse en sus canciones. Murió el cuerpo, pero quedó la voz.
Porque mientras exista alguien capaz de cantar una de sus historias bajo el cielo azul de Colombia, Rafael Calixto Escalona Martínez jamás será un recuerdo. Seguirá siendo una conversación eterna entre el pueblo y la música.
Y hoy, desde esta Copa de Folclor, brindo por él con la certeza de que cada vez que tarareamos “La Casa en el Aire” estamos brindando también con su sombra, sentada a la mesa de nuestra memoria.
Con respeto y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado
Un poeta un sentimiento: el día que la sangre recordó que sabía cantar
«A veces hay que subir al balcón de un pueblo para ver el patio de donde uno viene»: Ramiro Álvarez Mercado
Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*
El doctor Ignacio Cantillo Vázquez, abogado de oficio y poeta de nacimiento, me contó la historia que años después se volvió canto. «Un poeta un sentimiento», en la voz transparente de Ivo Luis Díaz y el acordeón cadencioso y pulcro del Rey de Reyes Almes Granados, no nació en un escritorio: nació en una pregunta de niño.
Fue en Manaure, “El Balcón del Cesar”. Allí donde el paisaje se asoma y el aire parece detenido para que uno escuche mejor. Ignacio tenía apenas siete años cuando fue con su madre a la finca “Bella Luz”, tierra que había sido de su abuelo materno. Y fue en ese paradisíaco lugar donde el destino le puso una voz en el camino.
De una casa vecina llegaba un murmullo que no era rezo ni queja: eran versos. Una voz mayor, gastada por el tiempo pero intacta en el don, soltaba coplas como si abriera una llave. El niño, perplejo, preguntó quién era. Y la respuesta fue doble revelación: aquel hombre era medio hermano de su abuelo materno, tío de su madre. Le decían “Chemingo”. Ese día, su madre supo por primera vez de la existencia de ese tío. Ese día, Ignacio supo que la poesía también era herencia.
Lo llevaron a conocerlo. Y vieron al poeta natural: sin título, sin escuela, sin miedo a la hoja en blanco porque no usaba hoja. Los versos le fluían como el agua de un manantial. De eso vivía. Hacía coplas por encargo para el enamorado tímido, para el que quería alabar un árbol, para el que necesitaba nombrar la vida cotidiana sin que se le quebrara en la boca. Era abogado del sentimiento ajeno: escuchaba el caso, lo alegaba en décima y ganaba.
Ignacio Cantillo Vázquez, “El Poeta Raizal”, guardó aquella escena durante décadas. La dejó quieta, como se deja el vino en la tinaja. Mientras tanto estudió leyes, aprendió a defender con códigos y artículos lo que otros defendían con versos. Pero la toga nunca le tapó la raíz. Porque hay cosas que no se escogen: se heredan.
Tal vez por eso su canto tiene ese equilibrio extraño entre la razón y el arrebato. El abogado organiza, el poeta desordena para volver a nombrar. Y en medio de los dos, “Chemingo” aparece como eslabón perdido: la prueba de que antes de la universidad hubo una universidad del patio, antes del alegato hubo la copla, antes del doctor hubo un tío abuelo que le enseñó sin saberlo que las palabras también curan.
Y cuando esa historia se hizo canción, encontró el cuerpo que necesitaba. La melodía de «Un poeta un sentimiento» no camina: se arrastra con una melancolía limpia, de las que no pesan sino que alumbran. Tiene el paso lento de quien regresa a un lugar que no existe, pero que duele igual. Cada nota parece escrita para que la nostalgia no grite: para que hable bajito, como se habla con los muertos que uno quiere.
Ahí entra Ivo Díaz. Su voz no interpreta: confiesa. Es transparente no por delgada, sino por honesta. No le pone adornos al verso porque sabe que el verso ya viene vestido. Ivo canta como si le debiera una explicación al silencio. Cada palabra la suelta con el cuidado de quien sabe que hay recuerdos que se rompen si uno sube la voz. Por eso no hay exceso, hay verdad. Y la verdad, en su garganta, suena a casa.
Y sosteniendo todo, el acordeón del Rey de Reyes Almes Granados. Pulcro, cadencioso, sin una nota que sobre. Almes no acompaña: conversa. Su fuelle respira donde la voz calla. Tiene la maestría de no competir con el verso sino de abrirle camino, como quien aparta la maleza para que pase el que sabe. En sus bajos va la tierra, en sus pitos va el viento de Manaure, y en cada fraseo va la paciencia de quien entiende que la música, como la justicia, es cosa de tiempo y de medida. Cuando Almes adorna, no adorna: recuerda.
«Un poeta un sentimiento» no es solo canción: es expediente abierto. Es la confesión de que uno no se hace solo. Que a veces basta una voz escuchada a los siete años para que, mucho tiempo después, el hombre entienda por qué escribe. Que la sangre recuerda aunque la memoria no sepa.
Porque el arte, como la justicia, llega tarde a veces. Pero llega.
Y cuando llega, trae el nombre de todos los que hablaron antes.
Y la música de los que supieron escucharlos.
Atentamente,
*Ramiro Elías Álvarez Mercado*
Fundación Cocha Molina y la Universidad de La Guajira forman a los nuevos talentos del vallenato
Con la participación de más de cien estudiantes, la Fundación Cocha Molina y la Universidad de La Guajira iniciaron un ciclo de aprendizaje en acordeón, canto y composición. Esta iniciativa busca descubrir y proyectar a las futuras promesas de la música vallenata, género declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.
El Rey Vallenato Gonzalo Arturo ‘El Cocha’ Molina, el maestro de la composición Rosendo Romero y la gerente de la fundación, Julieth Peraza, lideraron el equipo que recorrió las sedes de Fonseca, Villanueva y Riohacha para afianzar este proceso académico junto a los docentes universitarios.
Los resultados del proyecto ya son visibles. En apenas su primer mes de clases, los alumnos aprendieron a interpretar ‘Brindo con el alma’, el icónico éxito que ‘El Cocha’ Molina grabó junto al recordado Diomedes Díaz.
“Estamos fomentando la pasión y el amor por nuestra música. Formamos a nuevos talentos para salvaguardar esta identidad cultural que nos representa ante el mundo”, destacó ‘El Cocha’ Molina.
Por su parte, Jhon Jairo De La Rosa, docente de la sede Maicao de la Universidad de La Guajira, manifestó su admiración por el avance del convenio: “Estoy muy sorprendido con el progreso de los estudiantes. La muestra musical que presentaron nos deja muy contentos y con altas expectativas para continuar este proceso tan importante”.
OFICINA COMUNIRED
Cel: 3157494904













