JAIME MUÑOZ PRESENTA “MI FUNERAL”, UNA CANCIÓN CON LA QUE EL COMPOSITOR LUIS ROHENES HERAZO INCURSIONA EN LA MÚSICA POPULAR

Hoy, 21 de octubre, se realiza el lanzamiento de “Mi Funeral”, una canción de la autoría de Luis Rohenes Herazo, compositor que incursiona en el género de la música popular con una propuesta cargada de reflexión y sentimiento, interpretada por Jaime Muñoz, reconocido cantante de este género musical.

La canción aborda una temática que despierta curiosidad desde su título y lleva al oyente a pensar en la vida, las apariencias y la manera en que seremos recordados cuando ya no estemos. A través de su mensaje, la obra invita a valorar el presente, disfrutar de los seres queridos y comprender que, más allá de lo material, lo verdaderamente importante es la huella que dejamos en el corazón de quienes nos conocieron.

Luis Rohenes Herazo explora nuevos horizontes musicales

Con “Mi Funeral”, el compositor Luis Rohenes Herazo abre una nueva etapa en su camino creativo al incursionar en la música popular, apostándole a una composición que busca conectar con las emociones del público y generar reflexión a partir de una temática universal.

La obra plantea una mirada sobre las formalidades sociales y las apariencias, recordándonos que la vida tiene un valor que va más allá de los bienes materiales y los reconocimientos. Su título, directo y provocador, se convierte en una invitación a pensar en cómo vivimos y en el recuerdo que deseamos dejar.

Jaime Muñoz, la voz de esta propuesta musical

La interpretación está a cargo de Jaime Muñoz, artista reconocido dentro del género popular, quien asume el reto de transmitir el sentimiento y el mensaje de esta composición.

Su participación da vida a una propuesta que une la creatividad autoral de Luis Rohenes Herazo con la experiencia interpretativa de un cantante que conoce el lenguaje emocional de la música popular y su capacidad para conectar con el público.

Hoy es el lanzamiento de “Mi Funeral”

Este 21 de octubre, los seguidores de Jaime Muñoz y los amantes de la música popular tienen una nueva canción para escuchar, compartir y reflexionar.

Desde Estampas Vallenatas del Folclor, destacamos este lanzamiento y extendemos nuestros mejores deseos de éxito al compositor Luis Rohenes Herazo en esta incursión en el género popular, así como al intérprete Jaime Muñoz por poner su voz al servicio de esta obra.

“Mi Funeral”: una canción que nos recuerda que la vida se vive hoy y que el legado más importante es el que construimos con nuestras acciones y sentimientos.

Por: Lic. Belinda Olano Barrera
Estampas Vallenatas del Folclor

Beto Jamaica, Rey Vallenato 2006, presenta dos propuestas musicales en su faceta como intérprete

El reconocido acordeonero presenta el Mosaico Homenaje a los Corraleros de Majagual, junto a Hernán Cárdenas, y el clásico puertorriqueño En mi viejo San Juan, en una apuesta por seguir expandiendo su proyección musical a nivel internacional.

El talento y la versatilidad de Beto Jamaica, Rey Vallenato 2006, fueron protagonistas de una velada musical llena de emociones, recuerdos y novedades. El reconocido artista presentó nuevamente al público dos propuestas musicales en su faceta como intérprete, reafirmando su interés por explorar diferentes sonoridades y llegar a nuevas audiencias.

El lanzamiento se realizó a través de Estampas Vallenatas del Folclor, medio de comunicación dirigido por la licenciada Belinda Olano Barrera, durante una transmisión en vivo por Facebook en la que se compartieron los videos oficiales de ambas canciones, disponibles en el canal de YouTube de Beto Jamaica, Rey Vallenato.

Un homenaje a los Corraleros de Majagual

Una de las propuestas presentadas fue el Mosaico Homenaje a los Corraleros de Majagual, interpretado por Beto Jamaica junto a Hernán Cárdenas. Esta producción rinde tributo a una agrupación emblemática de la música tropical colombiana y ofrece una alternativa musical alegre y festiva, ideal para acompañar las celebraciones de fin de año.

Con esta interpretación, los artistas buscan mantener vivo el legado de una agrupación que dejó una huella importante en la historia musical de Colombia.

«En mi viejo San Juan»: una canción que conecta con los migrantes

La segunda propuesta musical fue En mi viejo San Juan, el reconocido clásico puertorriqueño que Beto Jamaica interpreta con su voz, evocando los sentimientos de amor por la tierra natal, los recuerdos y la nostalgia de quienes viven lejos de su país.

Esta canción adquiere un significado especial para la comunidad migrante, pues representa ese vínculo emocional con las raíces, la familia y los lugares que permanecen en la memoria, incluso cuando la distancia separa a las personas de su tierra.

Beto Jamaica amplía sus horizontes musicales

Reconocido por su talento con el acordeón y por haber obtenido la corona de Rey Vallenato en 2006, Beto Jamaica también se ha desempeñado como compositor, productor e intérprete.

La presentación de estas dos canciones reafirma su versatilidad y su intención de continuar fortaleciendo su trayectoria musical, explorando nuevas posibilidades interpretativas y proyectando su trabajo hacia públicos nacionales e internacionales.

Durante la entrevista, la licenciada Belinda Olano Barrera conversó con el artista sobre sus inicios, su recorrido profesional, sus experiencias en el folclor y los retos que acompañan sus proyectos actuales.

Fue un encuentro ameno, enriquecido con anécdotas y reflexiones sobre su carrera, en el que los seguidores tuvieron la oportunidad de conocer más de cerca al artista y expresar su admiración a través de numerosos mensajes.

Una velada musical con gran aceptación

La transmisión por la página de Facebook de Estampas Vallenatas del Folclor contó con una respuesta positiva de los seguidores conectados, quienes disfrutaron de la entrevista y de la presentación de los videos oficiales.

La jornada se convirtió en un espacio para celebrar la música, reconocer la trayectoria de Beto Jamaica y acompañar sus nuevas apuestas artísticas.

¿Dónde escuchar las canciones de Beto Jamaica?

El público está invitado a disfrutar del Mosaico Homenaje a los Corraleros de Majagual, junto a Hernán Cárdenas, y de En mi viejo San Juan en el canal oficial de YouTube de Beto Jamaica, Rey Vallenato, así como en las plataformas musicales donde se encuentran disponibles.

Los seguidores también pueden suscribirse al canal, compartir los videos y apoyar la difusión de estas producciones.

Con estas dos propuestas, Beto Jamaica continúa demostrando que la experiencia, el talento y la pasión por la música permiten explorar nuevos caminos y conectar con públicos de distintas generaciones y culturas.

Estampas Vallenatas del Folclor continúa comprometido con la promoción y difusión de los artistas, sus trayectorias y sus producciones musicales, llevando el folclor y la música colombiana a nuevas audiencias.

Por: Lcda. Belinda Olano Barrera

NÁFER DURÁN: CUANDO UN JUGLAR SE VA, EL VALLENATO QUEDA CON SU MEMORIA

“Los juglares no se llevan sus canciones cuando parten; las dejan caminando para que el tiempo no consiga borrar sus huellas.” Ramiro  Álvarez Mercado

*Por Ramiro Elías Álvarez Mercado*
El vallenato está de luto y con un vacío que no se llena con palabras. Se nos fue un hombre que llevó la música como se lleva la sangre: sin hacer ruido, pero sin poder vivir sin ella. Este 29 de septiembre de 2026, a los 93 años, murió en Valledupar el maestro Náfer Santiago Durán Díaz, nacido en El Paso, Cesar, el 26 de diciembre de 1932.
Pero escribir hoy sobre Náfer Durán no debería consistir en enumerar sus títulos. Fue Rey Vallenato en 1976, fue compositor, fue cantante, fue acordeonista, fue padre y hermano de una de las figuras fundamentales de la historia del vallenato. Todo eso es cierto, pero falta lo más importante: fue juglar. Y esa palabra contiene una forma de vivir que difícilmente cabe en una biografía.
*El Paso como raíz*
Para hablar de Náfer Santiago hay que comenzar por El Paso. No como quien ubica un punto en un mapa, sino como quien busca la raíz de un árbol. Porque él no fue un músico que simplemente nació en una tierra y después se marchó. El Paso permaneció dentro de sus entrañas durante toda su existencia. Su infancia, sus primeros aprendizajes y buena parte de la materia de sus canciones estuvieron ligados a ese territorio. Allí comenzó a familiarizarse con el acordeón. Allí aprendió que la música también podía ser conversación, que una parranda podía convertirse en relato, que una melodía podía guardar el recuerdo de una persona y que una canción podía viajar mucho más lejos que quien la había compuesto. Desde niño entendió el instrumento como parte de la vida cotidiana, no como una pieza destinada exclusivamente a un escenario, sino como un compañero de camino. Quizás por eso, cuando llegó a la vejez, seguía hablando del acordeón con la familiaridad con que se habla de un viejo amigo.
*Una familia donde la música tenía raíces*
Naferito nació en una familia vinculada profundamente con la música. Fue hijo de Náfer Donato Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villarreal, y hermano de Luis Felipe y Alejandro Durán, el inolvidable Alejo, primer Rey Vallenato. Pero sería injusto contar la historia de Náfer desde la sombra de su hermano. Los dos pertenecieron a una misma raíz, pero cada uno encontró su propio camino. Alejo escribió páginas inmortales y Náfer también lo hizo. La historia de los hermanos Durán es hermosa porque demuestra que una misma familia puede producir distintas maneras de entender la música.
*La corona llegó, pero la historia había comenzado mucho antes*
En 1976 llegó una de las grandes distinciones de su vida. Náfer Durán se coronó Rey Vallenato. Su nombre entró entonces en la historia del Festival y quedó unido para siempre a una de las páginas fundamentales del acordeón profesional. Pero una corona solamente puede señalar un momento, no puede explicar una vida entera. En 1983, su trayectoria alcanzó otra distinción significativa al ser declarado fuera de concurso en el Festival de la Leyenda Vallenata. Aquello decía algo que ninguna corona por sí sola podía decir: que ya no se estaba frente a un competidor cualquiera, se estaba frente a un maestro cuya trayectoria había adquirido otro significado.
*El lenguaje particular de Náfer*
Cuando escribí meses atrás sobre Náfer Durán, lo hice alrededor de una característica fascinante: su manera de interpretar en modalidad menor. Hoy quiero volver sobre ella, pero desde otro lugar. No para repetir aquel análisis, sino para comprender lo que esa particularidad significó en su legado. Náfer encontró en la modalidad menor un territorio donde podía expresar otra dimensión del sentimiento vallenato. En una música acostumbrada a celebrar, él encontró también espacio para la introspección. Su interpretación podía adquirir una profundidad distinta, una forma diferente de mirar la nostalgia y de convertir una melodía en pensamiento. Por eso su manera de tocar era inconfundible. Había en ella una personalidad. No necesitó apartarse de la tradición para encontrar su identidad, la encontró dentro de ella.
*Un compositor que convirtió la vida en canciones*
Náfer Durán fue también un compositor prolífico. Su repertorio contiene numerosas obras que hablan de amores, lugares y personajes. Entre sus composiciones aparecen Sin ti, Déjala vení, Con sentimiento, La Grabadora, El Estanquillo, La Chimichaguera, Ariguaní, Mi Patria Chica y Teresita. Pero más allá de la cantidad existe algo más importante: la capacidad de convertir la experiencia en canción. El compositor entrega una experiencia particular y el público la convierte en memoria colectiva.
*El juglar no era solamente el músico*
Quizás hemos reducido demasiado la palabra juglar. La usamos para referirnos a un acordeonista. Pero un juglar es algo más. Es un hombre que lleva consigo historias, que convierte la experiencia en relato, que camina con una memoria que después entrega a los demás. Náfer perteneció a esa generación que aprendió el vallenato desde la cercanía, desde el patio, desde la fiesta, desde la parranda y desde la conversación. Por eso su partida supera la tristeza familiar. Con este maestro también se va uno de los hombres que podía contar, desde su propia experiencia, cómo era ese mundo que hoy intentamos reconstruir.
*Una vida entera al lado del acordeón*
Quizás ninguna imagen explica mejor a Náfer Santiago que aquella de sus últimos años con el acordeón todavía cerca del pecho. A los 93 años seguía vinculado al instrumento que lo acompañó desde la infancia. Hay relaciones que el tiempo desgasta. La de Naferito con su acordeón parecía funcionar al revés. Mientras más años pasaban, más profunda se volvía. Eso no es simplemente longevidad artística, es fidelidad a una forma de vida, a una tierra, a una familia y a una expresión musical.
*La herencia que no cabe en una corona*
Náfer deja una familia numerosa y varios de sus hijos, nietos y bisnietos están vinculados a la música. Ese detalle tiene una importancia especial. La verdadera herencia de un músico no siempre se encuentra en las grabaciones. A veces está en las manos de sus descendientes, en las historias que escucharon y en las costumbres que decidieron conservar. Una tradición puede sobrevivir en un festival, en un disco, pero también puede sobrevivir en una casa, en un padre que enseña y en un hijo que escucha. El maestro Náfer Durán deja precisamente eso: un legado musical que no termina con su muerte.
*El Paso no pierde solamente a un músico*
Pienso en lo que significa para un pueblo despedir a uno de sus hijos más reconocidos. El menor de los Durán Díaz llevó a El Paso consigo. Lo llevó en sus canciones, en sus recuerdos y en esa manera de sentirse perteneciente a una tierra que no dejó de ser su casa. Y hoy, cuando su vida llega al final, también regresa simbólicamente a ese lugar.
*Lo que queda cuando el músico ya no está*
Ahora comienza otra etapa, la más difícil para cualquier artista. Ya no habrá nuevas interpretaciones ni otra oportunidad de preguntarle cómo entendía determinada melodía. Pero existe algo que la muerte no puede llevarse: la obra y la memoria. Las canciones de Náfer Durán seguirán disponibles para quien quiera escucharlas, su nombre continuará en la historia del Festival y los músicos seguirán encontrando en sus interpretaciones motivos para aprender. Así se construye la permanencia, de generación en generación.
*Adiós, maestro Naferito*
Hoy el vallenato despide a un juglar, El Paso despide a uno de sus hijos predilectos y la familia Durán despide a uno de sus grandes portadores de memoria. Pero las despedidas no siempre significan olvido, a veces significan comenzar a recordar de otra manera. Náfer ya no estará físicamente para poner el acordeón contra su pecho, pero sus canciones seguirán teniendo camino. Su modalidad menor seguirá hablando desde esa zona íntima donde la música deja de ser solamente sonido y comienza a convertirse en pensamiento. Por eso hoy no quisiera que la última palabra fuera muerte, prefiero que sea memoria. Porque la muerte puede llevarse al hombre, pero no necesariamente consigue llevarse aquello que el hombre sembró.
Que Dios reciba al maestro Náfer Santiago Durán Díaz y le conceda descanso después de una vida larga, intensa y entregada al folclor. Que El Paso lo recuerde con orgullo, que su familia encuentre consuelo en la obra que deja y que quienes seguimos creyendo que la música también es una forma de memoria sepamos volver a sus canciones cuando necesitemos escuchar de dónde viene una parte de lo que somos. Porque un juglar no desaparece completamente cuando muere, se queda en las canciones que alguien vuelve a escuchar. Y mientras una sola nota de Náfer Durán Díaz vuelva a sonar, su historia continuará caminando.
Naferito se fue de la vida, pero el vallenato se quedó en su memoria.

Con aprecio y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Malbi Blanco Romero presentó dos nuevas canciones de “Voces Femeninas del Folclor Internacional Vol. 5”

El pasado sábado 26 de septiembre se realizó, a través de la página de Facebook Live de Estampas Vallenatas del Folclor, el lanzamiento de las canciones “Un adiós a la diosa”, de la autoría del compositor Manuel Romero, y “El Rey de los Cachos”, del compositor Luis Sierra Maestre.

Ambas obras hacen parte de la producción musical “Voces Femeninas del Folclor Internacional Vol. 5” y fueron interpretadas por la reconocida cantante cartagenera Malbi Blanco Romero,prima hermana de la recordada artista Patricia Teherán Romero, quien dejó una importante huella en la música vallenata.

El encuentro contó con la participación especial de Glenda Zavala, directora del proyecto y compositora de origen arubeño, el compositor Luis Sierra Maestre y la intérprete Malbi Blanco Romero.

La entrevista estuvo a cargo de la periodista Belinda Olano, quien condujo una amena conversación en la que se conocieron detalles de las canciones, el proceso de producción, el significado y el mensaje de cada una de estas obras musicales.

Durante el encuentro también se destacó la gran versatilidad de Malbi Blanco Romero, quien demuestra su capacidad para adaptarse a diferentes estilos y propuestas musicales, imprimiendo en cada interpretación su personalidad, su estilo y ese sello vocal que la identifica como una artista en todo su esplendor.

Este lanzamiento representa un nuevo aporte a la promoción y difusión del talento femenino dentro del folclor, exaltando el trabajo de intérpretes, compositores y todas aquellas mujeres que continúan llevando nuestra música a nuevos escenarios.

Los invitamos a disfrutar de los videos de “Un adiós a la diosa” y “El rey de los cachos”, disponibles en YouTube, y a seguir apoyando el folclor vallenato y, especialmente, a todas las mujeres que día a día trabajan con pasión para mantenerlo vivo y llevarlo siempre en alto.

PABLO FLÓREZ CAMARGO: EL HOMBRE QUE LE PUSO PALABRAS AL RÍO Y MEMORIA AL PORRO

El juglar eterno del Valle del Sinú

«Pablo Flórez no escribió para vencer al tiempo; escribió para que el tiempo no pudiera vencer la memoria de su pueblo».
Ramiro Álvarez Mercado

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

El Sinú no solo lleva agua. Lleva nombres, lleva historias, lleva hombres que entendieron que cantar también es una forma de defender la tierra. Pablo José Flórez Camargo fue uno de esos. No fue únicamente un compositor, un cantor o un guitarrista. Fue un hombre que comprendió que la música tiene la misión de impedir que los pueblos olviden quiénes son.

Nació en Ciénaga de Oro, Córdoba, al Norte de Colombia, el 27 de junio de 1926. Allí donde el Caño Aguas Prietas parece conversar con los árboles y con la memoria del pueblo. Caño que es uno de los símbolos más representativos de este municipio. Sus puentes, que en época decembrina son iluminados con luces de colores y le dan un aire mágico, resaltando su importancia histórica y cultural. Su nombre proviene del color oscuro de sus aguas, descritas como prietas, que han sido testigos de la vida cotidiana, las tradiciones y el desarrollo de este pueblo cordobés.

Y es que en Ciénaga de Oro el porro no se aprende en las escuelas, sino en el rumor del viento, en el golpe de los tambores y en las historias que la gente cuenta al caer la tarde. Desde muy joven Pablo Flórez entendió que la inspiración no vivía encerrada entre cuatro paredes, sino caminando por las calles polvorientas, sentada en los corredores, navegando en las canoas o escondida en esas aguas prietas.

Pablito, como lo llamaron cariñosamente, empezó como vocalista y baterista al lado de su coterráneo Antolín Lenes: en la Sonora Cienaguera, en el Combo Los Galleros y en Antolín y su Combo Orense. Tanto cantó y tanto tocó, que don Antonio Fuentes, dueño de Discos Fuentes, lo vio y le dijo: «este es cantante». Y lo puso al lado de Lucy González, la Cieguita de Oro.

Pero Pablo no solo componía para que otros cantaran. Era cantautor en el sentido más completo. Son muchos los trabajos discográficos donde se escucha su voz sentida, su guitarra compañera de siempre y el respaldo de una banda que entendía su cadencia. No buscaba el virtuosismo vacío, prefería conversar con el pueblo antes que deslumbrarlo. Cada acorde parecía caminar al mismo ritmo del Sinú y del Caño Aguas Prietas.

Su universo creativo fue inmenso y versátil. Compuso muchos temas entre porros, cumbias, vallenatos, boleros, fandangos, tangos, valses y pasillos. Un maestro que impresiona por la cantidad y la calidad de sus obras, pero sobre todo por su manera de ser. Era a la vez costumbrista cuando describía con picardía a su gente, narrativo cuando convertía una anécdota de pueblo en una crónica cantada, y profundamente poeta cuando hablaba del amor, del río y de la nostalgia. Ahí radica su vigencia.

Obras como «La Aventurera», «Los Sabores del Porro», «Fiesta Vieja», «Cabeza’e Gato», «Goza Plinio Sierra», «La Muerte de María Varilla», «Tres Clarinetes», «María Marzola», «Luna Primaveral» y «Edita», terminaron formando parte del patrimonio afectivo del Caribe colombiano.

«La Aventurera» dejó de pertenecerle desde el instante en que el pueblo la hizo suya. Inspirada en Ninfa del Valle Corcho Ruiz, esa mujer que se fue de Ciénaga de Oro, trascendió el tiempo hasta convertirse en símbolo popular, con muchas versiones. Hoy tiene una estatua en Montería. Es la prueba de que cuando una canción nace de una emoción verdadera, deja de ser propiedad del compositor para volverse memoria colectiva.

Pero lo que hace única a «La Aventurera» dentro de la música popular colombiana es que Pablo Flórez no la dejó morir en una sola canción. Como si se tratara de una novela por entregas o de una saga cinematográfica algo poco usual en nuestro folclor, le dio continuidad a esa historia de amor tormentoso en dos composiciones más: «El reencuentro con la aventurera» y «Me encontré con la aventurera». Tres canciones para un mismo amor, tres tiempos de una misma mujer.

En la primera entrega, «La Aventurera» (la original), Pablo nos presenta el mito fundacional:

Ay hace tiempo que ha salido de mi tierra una mujer aventurera y no se sabe dónde está, se ha perdido de todas las carreteras, pueblos y provincias y no se sabe dónde está, la mujer tiene cara de ser buena porque así lo ha demostrado y presenciado, una vez que se fue pa’ Cartagena supo que me moría y enseguida regresó, si supiera que la quiero volvería por estas tierras, al pueblo Ciénaga de Oro donde tiene quién la quiera. Ay la última vez que la pude ver de cerca, fue en el puerto e’ Montería y enseguida se embarcó ay rumbo directico pa’ Tierralta muchas veces le escribía y jamás me contestó, voy a ir a la fiesta el Caramelo, donde dicen que es preciso que sale a aventurar, para de nuevo decirle que la quiero conquistármela de necio y poderme regresar.

Aquí la mujer es todavía joven, deseada, inalcanzable. Es la Ninfa que se va para Cartagena, que aparece en el puerto de Montería rumbo a Tierralta, que no contesta cartas. El narrador está enamorado y obsesionado, la busca en la fiesta del Caramelo, quiere «conquistármela de necio». Es el canto del amor idealizado, de la ausencia que duele pero que aún guarda esperanza. La letra es sencilla y crónica, casi como un aviso de pueblo: se fue la mujer buena, la que todos quieren y nadie encuentra.

Años después, en «El reencuentro con la aventurera», el tono cambia radicalmente. Ya no hay idealización, hay desgarro:

Me encontré de nuevo con Ninfa Isabel y me contó una historia desgarradora, pero ya no es la hembra del tiempo aquel, cuando nos tropezamos donde Petrona, ya tiene perdido el brillo de su piel y el de su mirada encantadora, el tiempo no perdona, el tiempo es muy cruel, nos va consumiendo de aurora en aurora, se fueron sus años, junto a su hermosura, su pelo castaño ahora es como espuma. Me dijo que venía de allá de muy lejos, porque quería morir en su tierra amada, se miró su cuerpo frente de un espejo y volteó la cara decepcionada, yo le dije entonces pa’ consolarla, no ves que yo también estoy acabado, ya no somos flores de aquel ayer, que con este encuentro vamos a lograrlo, con un beso sin aroma me entregó aturdida, tu boca sabe ahora a rancias mentiras.

Aquí Pablo se vuelve cronista del tiempo. La describe sin piedad pero con ternura: «ya tiene perdido el brillo de su piel y el de su mirada encantadora», «su pelo castaño ahora es como espuma». Es el reencuentro del juglar con su musa ya acabada por la vida. Y él también se reconoce acabado: «no ves que yo también estoy acabado, ya no somos flores de aquel ayer». El verso final es demoledor y profundamente humano: «con un beso sin aroma me entregó aturdida, tu boca sabe ahora a rancias mentiras». Ya no es la aventura, es el desencanto.

Y el cierre definitivo llega con «Me encontré con la aventurera», el tercer capítulo, donde la saga se vuelve redención y melancolía:

Ay así termina toda la famosa historia, de la hermosa aventurera que un día me enloqueció, anduve loco por montes y veredas, yo perseguí su huella, pero todo ya acabó, ahora vive en el barrio de la Granja, cerca de la capilla y se la pasa en rezar, una mujer que tanto gozó la vida, se ha puesto arrepentida pero todo es tarde ya, solo han quedado recuerdos añoranzas del ayer, ya tiene blanco su pelo trasnochado en el burdel. Ay me vio pasar y ni siquiera saludarme, se paró de donde estaba en un viejo mecedor, ay pero vi que dos lágrimas saltaban tocando la vieja cara que un día me enloqueció, ay yo también alejé dudando pasos, lleno de incertidumbre de aquel triste lugar y en mi pecho sentí los tramojazos de un corazón con cacho con ganas de saltar.

Aquí la mujer que «tanto gozó la vida, se ha puesto arrepentida pero todo es tarde ya». La imagen es poderosa: la antigua reina de los burdeles, ahora de pelo blanco, en un viejo mecedor, en el barrio La Granja , rezando cerca de la capilla. Dos lágrimas le saltan cuando lo ve pasar. Y él siente «los tramojazos de un corazón con cacho con ganas de saltar». Es el círculo que se cierra: del amor loco y juvenil al perdón silencioso de la vejez.

Pocas veces en la música colombiana una historia de amor ha tenido una trilogía así. Pablo Flórez hizo lo que hacen los grandes novelistas: no dejó a su personaje congelado en una sola foto. Lo hizo envejecer, lo hizo volver, lo hizo arrepentirse. Convirtió a Ninfa del Valle en un personaje literario completo, con principio, nudo y desenlace. Por eso La Aventurera no es solo una canción, es una saga del Caribe.

Pero si existe una obra donde Pablo Flórez parece resumir toda una filosofía de vida, es «Los Sabores del Porro». Allí no habla únicamente de un ritmo musical; habla del sabor de una cultura entera. Comprendió que el porro no solamente se escucha: también se huele, se baila, se cocina, se conversa y se vive. En esa canción el Caribe aparece servido como un banquete: el bollo poloco, el queso amasado, la panela de Colomboy, la yuca asá, la leche esperá en corrá.

Y es en ese punto donde Pablo se vuelve embajador gastronómico de la sabana sin que él mismo se lo propusiera. Él no hizo una lista de alimentos; hizo un mapa del paladar orense. Cuando canta al bollo, al mote de queso, a la yuca asada, a la chicha de maíz, al casabe y al suero atollabuey, no está adornando la canción: está documentando la cocina de su tierra. Convirtió el fogón de leña, la batea de amasar y el caldero de la abuela en partitura. Gracias a sus porros, quien nunca ha pisado Ciénaga de Oro sabe qué se come allí, cómo huele una cocina a las cinco de la mañana y por qué la comida sabanera no es solo alimento, sino identidad, familia y fiesta.

Pablito fue de los primeros en darle letra al porro, un género que durante mucho tiempo había sido predominantemente instrumental. Con ello abrió nuevas posibilidades expresivas y permitió que ese ritmo contara historias y perpetuara la tradición oral de las sabanas sinuanas.

Fue también en esa lucidez donde el juglar nos dejó sus dos espejos más humanos: el de la nostalgia y el de la risa.

En «Cosas de Ayer» el maestro se vuelve ecologista y profeta. No es solo una canción, es una elegía. Con una botánica y una fauna ya casi extinta, el quiñao, el paco paco, el bebehumo, el manzano curí, el maíz negrito, el venado, la liebre, la paloma, el grillo verde y la avispa amarilla construye el inventario de un paraíso perdido. Y en su estribillo más dolido resume la tragedia de nuestro tiempo: «comparemos tiempos y verán maluco, los asesinatos, bombas y bazuco».

Ese sentido ecológico de Pablo Flórez es quizá lo más vigente de su obra. Mucho antes de que la palabra ecología se pusiera de moda en discursos y foros, él ya estaba haciendo denuncia cantada. En «Cosas de Ayer» y en «La cumbia está herida» no habla como un biólogo, habla como un campesino que ve morir su patio. Cada pájaro que menciona, cada árbol que nombra, cada semilla criolla que evoca, es un acta de defunción de lo que el progreso arrasó. Nos enseñó que el porro también puede ser una forma de defender el monte, de llorar el caño que se seca, de reclamar por la tierra que ya no da fruto porque la envenenaron. Su canto es una botánica sentimental, un herbario musical donde guarda lo que la deforestación y la violencia nos quitaron.

Y como si quisiera equilibrar esa tristeza, en la otra orilla nos entrega «El Hombre Aquel». Con sátira, ironía y un humor sabanero sin pudores, se atreve a burlarse de la vejez y, con picardía infinita, bautiza a su propio aparato reproductor como «El Hombre Aquel». Al convertir un tabú en chiste y la decadencia en poesía, nos enseña que al tiempo no se le gana con solemnidad, se le gana con la capacidad de reírse de uno mismo.

También cantó a la herida social. En «La cumbia está herida» alzó la voz por su tierra: «Mis campos eran sanos, no estaban manchados… llegaron foráneos con el graje en la mano». El juglar no calla cuando el pueblo llora.

No resulta extraño que sus composiciones hayan encontrado tantas voces para multiplicarse. Las cantaron: Totó la Momposina, Alfredo Gutiérrez, Iván Villazón, Adriana Lucía, María Mulata, La Sonora Ponceña, Moisés Ángulo, Oswaldo «El Aparato» Rojano, Miguel Durán, Carlos Vives, Gabriel «Rumba» Romero y Aglaé Caraballo, entre muchos otros. Las grandes canciones siempre encuentran nuevas voces porque pertenecen al tiempo y no a una sola generación.

Él se definía como «un pescador de momentos». Y así fue. Pescaba melodías y letras donde otros eran incapaces de ver. Por eso siempre sostuvo: «Yo descanso de la vida y de sus pesares es haciendo música, cantando y tocando mi guitarra. Además, no sé hacer otra cosa».

En 2008 recibió el Premio Nacional Vida y Obra. Poco antes de partir fue distinguido con la Gran Orden Maestros del Patrimonio Cultural de Colombia. Se nos fue el 14 de diciembre del año 2011, en Montería, como se van los juglares: dejando el cuerpo en la tierra que tanto cantó, pero dejando el alma repartida en cada porro que su pueblo no olvida.

Los juglares nunca desaparecen. Simplemente dejan de caminar entre nosotros para comenzar a recorrer los caminos invisibles de la memoria.

Pablo Flórez Camargo comprendió que un pueblo no se sostiene únicamente sobre la historia escrita en los libros, sino también sobre las canciones que sus hijos aprenden sin darse cuenta.

Con respeto y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado