Desde hace 40 años ‘Ausencia sentimental’ no se borra del corazón vallenato

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

“Ya comienza el Festival, vinieron a invitarme, ya se van los provincianos que estudian conmigo, ayer tarde que volvieron preferí negarme, pa’ no tene’ que contarle a nadie mis motivos. Yo que me muero por ir y es mi deber quedarme, me quedo en la Capital por cosas del destino”.

Cuando el compositor Rafael Manjarréz tomó su guitarra e interpretó las primeras líneas de su canción ‘Ausencia sentimental’, un terremoto de tristeza sacudió todo su ser y fue por una poderosa razón que escondía en su interior.

“Pensar que no iba al Festival Vallenato era algo que sabía, pero no asimilaba porque todos esperábamos integrarnos y sentir de cerca a nuestra amada música vallenata con todo lo que eso significa”, expresó lleno de añoranzas.

El compositor también se alegró cuando recordó que su canción ganadora la noche del miércoles 30 de abril del año 1986, fue declarada mediante el Acuerdo No. 03 del martes 16 de marzo de 2010, como himno del Festival de la Leyenda Vallenata.

Las razones que tuvo la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata se fundamentaron en que ‘Ausencia sentimental’ se convirtió en corto tiempo en el más grande mensaje lleno de miles de recuerdos para los que se encontraban ausentes, y no podían llegar a finales de abril hasta la Capital Mundial del Vallenato.

Rafa, como todos lo llaman, sobre este hecho anotó. “El reconocimiento siempre ha sido motivo de complacencia para mí, y el agradecimiento será eterno para la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, para los que les llena mi canción, especialmente a los ausentes por diversos motivos, tal como me sucedió a mí”.

Reflejo nostálgico

La canción ‘Ausencia sentimental’ es el reflejo de una fiel nostalgia donde el silencio se amarra a los recuerdos apareciendo sueños despiertos, y hasta una melodía se calca en el alma. Es el himno del guayabo, ese que no produce el trago, sino que permite andar por los caminos recorridos por el compositor a la distancia hasta caer en cuenta que “hay cosas que hasta que no se viven no se saben”.

Yendo más al fondo de la composición, ella tiene sabor a parranda, a música, a encuentro con amigos, a paseos en el balneario ‘Hurtado’; ingredientes que la incrustaron en el corazón de un pueblo como la más querida de las canciones inéditas. Es así como personas, lugares y hechos hacen parte vital de la estructura de la inspiración que nació muy lejos de Valledupar, pero cuando fue escuchada por la multitud se sembró para siempre en la plaza Alfonso López, al lado del legendario palo e’ mango.

La canción sigue dejando regados pedazos del alma vallenata porque muchas de las personas por quienes pregunta el compositor partieron hacia la eternidad. Ellas, siguen presentes en la memoria de todos desde que la voz del cantante Silvio Brito y el acordeón del Rey Vallenato Orangel “El Pangue” Maestre, la divulgaron por los medios de comunicación, y se metió en los que saben que “el que nunca ha estado ausente no ha sufrío un guayabo”.

En ese sentido, Rafael Manjarrez resumió su historia cantada. “Aquella ocasión fueron demasiados hechos que llenaron mi sentimiento por no estar presente en el Festival Vallenato. ¿Se imagina, estando en Bogotá y que llegaran a invitarme? Pudo más la razón que el corazón y me tocó encerrarme porque la melancolía era grande. Entonces dejé fluir mi tristeza en la soledad de mi habitación, naciendo la canción que me ha dado inmensas satisfacciones y una cantidad de anécdotas».

Hizo un alto en el camino y luego siguió. “De ahí la frase donde digo que encerrado y temblando escribí una letra que detallaba mi tristeza, mi ausencia sentimental”. Esa frase fue la base para esbozar todo su trasegar por un hecho que lo tenía en una tierra lejana, pero queriendo estar en Valledupar. Claro, que les hizo una petición a sus compañeros para que le llevaran algunas razones. Esas razones que solamente cabían en el marco de su corazón.

Definitivamente, la canción es la identidad sonora del Festival de la Leyenda Vallenata, y la que hace que las lágrimas no se apuren en salir, los recuerdos estén en primera fila y en estos días el ambiente tenga la marca de la ausencia. Rafa como el poeta, solamente le regaló eternidad a esa experiencia de versos untados de melodía.

El agradecimiento

El compositor y abogado Rafael Enrique Manjarréz Mendoza, oriundo de La Jagua del Pilar, La Guajira, agradeció el detalle de convocarlo a repasar aquella historia que ahora se hace más real, teniendo en cuenta esta fecha donde los acordeones suenan sin cesar, las canciones cuelgan en el oído del folclor y se asoman los sentimientos flotando en el ayer.

Después de cuatro décadas que el jurado integrado por Isaac ‘Tijito’ Carrillo Vega, Roberto Calderón Cujia, Marina Quintero y Humberto Díaz Daza, declarara como ganadora a la canción ‘Ausencia sentimental’ cantada por el propio compositor teniendo el seudónimo de ‘Uno de tantos’, con el acordeón de Gustavo Maestre, sigue escuchándose como se hizo por primera vez en el teatro Cesar. “Ya comienza el Festival y vinieron a invitarme. Ya se van los provincianos que estudian conmigo”. …Y como paradoja de la vida, es la única ‘Ausencia sentimental’ que nunca ha quedado sola y por ende no se borra del corazón vallenato.


El 59° Festival de la Leyenda Vallenata tendrá concursantes de siete países y 19 departamentos

Queridos amigos,
tengo el gusto de presentarles esta hermosa canción titulada “No voy a llorar”, interpretada magistralmente por el maestro Silvio Brito, con el impecable acompañamiento en el acordeón de Oscar Correa. Una obra musical del talentoso compositor Eduardo Padilla Bermúdez que hoy quiero compartir con todos ustedes.Cada año aumenta el número de concursantes para el Festival de la Leyenda Vallenata que llega a su versión 59 en homenaje a Israel Romero, Rafael Orozco y El Binomio de Oro de América. Es así las cifras de inscritos son elocuentes y superaron las del año anterior en diversas categorías.

De esta manera, continúa el trabajo de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata en su misión de conservar y promover el vallenato raizal, teniendo como base principal al Festival de la Leyenda Vallenata, que ha sido pieza vital para que sus exponentes puedan mostrar su talento. Todo se inició desde el año 1968 cuando se inscribieron nueve acordeoneros. En esta ocasión lo hicieron 254 entre acordeoneros y acordeoneras.

Este año en el registro de inscritos se tiene la procedencia de siete países: Argentina, Australia, Aruba, Chile, Estados Unidos, México y Venezuela. A su vez de 19 departamentos. Antioquia, Atlántico, Arauca, Bolívar, Boyacá, Caldas, Cesar, Chocó, Córdoba, Cundinamarca, Huila, La Guajira, Magdalena, Nariño, Norte de Santander, Risaralda, Santander, Sucre y Tolima.

Mayor y menor

Entre los miles de concursantes del 59° Festival de la Leyenda Vallenata, se hizo el registro del mayor y el menor que estarán presentes en el 59° Festival de la Leyenda Vallenata.  El de mayor edad es el compositor Julio Cesar Romo Mendoza, nacido hace 78 años, 18 de noviembre de 1947, en El Piñón, Magdalena, y quien ha estado concursando en distintas oportunidades siendo protagonista de esta competencia.

El menor es el niño Jasub David Gutiérrez Lobo, nacido en Valledupar el 24 de marzo de 2019, quien cuenta con siete años y acompañará como cantante al acordeonero infantil Jostin Mateo Campo Quintero.

Cambio de instrumento musical

Como dato interesante dos concursantes no participarán en la misma categoría como lo hicieron el año pasado. Se trata de la niña guacharaquera Emelyn Fortich Arrieta, de Arjona, Bolívar, quien ahora cuenta con 9 años, y acompañó al acordeonero infantil Gabriel Alberto Ovalle Martínez. En esta oportunidad se inscribió en el concurso de acordeonera menor.  Ella tendrá el acordeón al pecho para interpretar paseos, merengues, sones puyas.

Por su parte el Rey Vallenato Juan David ‘El Pollito’ Herrera Pimentel en esta ocasión estará como cajero del acordeonero Arismalder Loperena Vega. Así mismo, dentro del Festival de la Leyenda Vallenata, tiene un récord al ganar en el año 1986 la corona de Rey Infantil, y en esa misma final acompañó en la caja al acordeonero Gregorio ‘Goyo’ Oviedo, quien ocupó el tercer puesto. El segundo lugar le correspondió a Madeleine Bolaño. El jurado de ese año lo conformaron Mario Zuleta Díaz, Rodolfo Cabas Pumarejo, Alberto Muñoz Peñaloza, Gonzalo Sierra Rodríguez y Ciro Meza Monsalvo.

Gran convocatoria

Este año los concursos de Piloneras y Pintura Infantil aumentaron considerablemente el número de inscritos. En Piloneras estarán 171 grupos mayores, 52 juveniles y 42 infantiles. El rescate de la danza tradicional de Valledupar se inició en 1981 y 13 años después se convirtió en concurso.

Por su parte, el concurso de Pintura Infantil, ‘Los niños pintan el Festival de la Leyenda Vallenata’ se inició hace 16 años con 12 estudiantes y en esta ocasión se tendrán en acción a 332. Todo un esfuerzo y dedicación por unir cultura y folclor en estos espacios del imaginario colectivo.

Gratitud

Respecto a esta numerosa convocatoria para la versión 59 del certamen el presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, Rodolfo Molina Araújo, “Esta alta cifra de inscritos de siete países y 19 departamentos nos demuestra que la labor desarrollada a lo largo de los años viene arrojando los mejores frutos. Nuestra gratitud es inmensa para todos y más viendo que Valledupar se llenará de notas de acordeones, cantos y versos. Queremos agradecer a todas las autoridades por su valioso acompañamiento”.

Valledupar está preparada para volver a hacerse sentir a través de su verdadera manifestación cultural, folclórica y musical, convirtiéndose en un encuentro de tradiciones, historias y sonoridades en acordeón que se preservan a través de los cuatro aires: paseo, merengue, son y puya, junto con la piqueria y las canciones.

El concursante más pequeño
Julio Romo compositor veterano

Alcides Romero presenta el libro ‘José Vásquez ‘Quevaz’’ en el 59° Festival de la Leyenda Vallenata

En el marco del 59° Festival de la Leyenda Vallenata, el escritor Alcides Romero presentará el libro ‘José Vásquez ‘Quevaz’’, una obra de 300 páginas que documenta la vida del bajista que revolucionó el género. El evento se llevará a cabo el próximo martes 28 de abril en la Casa de la Cultura de Valledupar, a partir de las 8:30 a. m.

La obra explora la genialidad de Vásquez, un virtuoso que debutó a los 16 años junto a Jorge Oñate y Miguel López. Fue en 1972, con la puya ‘La vieja Gabriela’, donde el músico inmortalizó el «andante» del bajo, estableciendo el patrón rítmico que define al vallenato moderno.

A través de 24 entrevistas detalladas, el autor narra la evolución del artista nacido en Aracataca (Magdalena) y formado en Chiriguaná (Cesar). Vásquez no solo dominó las cuerdas, sino que brilló como compositor de himnos para el Binomio de Oro, tales como ‘Esa’, ‘La candelosa’ y ‘Colombia’.

‘Quevaz’ fue el arquitecto sonoro detrás de los éxitos de leyendas como Diomedes Díaz, Los Hermanos Zuleta, Iván Villazón y Silvestre Dangond. El libro se presenta como un tributo necesario al hombre que le imprimió una nueva pulsación al folclor.

El prólogo, escrito por Carlos Vives, resalta la relevancia de este trabajo para la industria musical y las nuevas generaciones. “Al tocar con él, entendí la importancia de su obra y la revolución que causó en el bajo; una escuela que hoy continúan músicos como Luis Ángel ‘El Papa’ Pastor”, expresó el cantante samario.

Para Vives, el legado de Vásquez trasciende el género: “Su enseñanza está viva en nuestros discos. Fue fundamental para quienes decidimos trabajar nuestra música local”, puntualizó.

Este lanzamiento se consolida como un aporte significativo a la memoria del vallenato y una oportunidad para rendir homenaje a uno de sus más grandes exponentes.

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El acordeón como ética del rostro: Máximo Jiménez en clave levinasiana

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

En el fondo de esta investigación late algo más que una hipótesis: una intuición que se va abriendo paso con fuerza. El vallenato, cuando logra desprenderse de su función meramente festiva, no solo canta: piensa. Y en ese tránsito, la obra de Máximo Jiménez deja de ser únicamente expresión artística para convertirse en una forma de conciencia viva.

El análisis del profesor Eduardo López Vergara, desarrollado a partir de su tesis de Maestría en Filosofía en la Universidad del Atlántico “La ética como resistencia: la alteridad levinasiana en Máximo Jiménez Hernández”, no se limita a describir una estética musical. Más bien, se adentra en una zona más honda: allí donde la música comienza a rozar lo ético. Su lectura, atravesada por el pensamiento de Emmanuel Levinas, permite entender que en estas canciones no solo hay relatos, sino una manera de responder al mundo y, sobre todo, al otro. La tesis, disponible en el repositorio de la Universidad del Atlántico, ofrece un desarrollo más amplio de estas ideas para quien desee seguir ese camino de lectura.

Desde este enfoque, la ética deja de ocupar un lugar secundario dentro de la filosofía. Ya no es una derivación ni una consecuencia: es el punto de partida. Se trata de una responsabilidad que no elegimos del todo, que aparece incluso antes de cualquier decisión consciente. López Vergara sitúa esta idea en el corazón del vallenato de Máximo Jiménez, mostrando cómo su obra establece un vínculo profundo con aquellos que han sido históricamente relegados.

Es ahí donde el acordeón empieza a decir algo distinto. Deja de ser solo instrumento y se vuelve una auténtica epifanía: una revelación, una irrupción significativa en la que algo oculto se manifiesta con claridad. En este caso, el acordeón no solo acompaña el canto: llega a revelar al otro. En sus notas emergen el campesino, el indígena, las voces que durante mucho tiempo han sido empujadas al margen. No como figuras decorativas, sino como presencias que interpelan y reclaman ser reconocidas.

Por eso el concepto del “Rostro”, en clave levinasiana, no aparece aquí como una simple metáfora. En estas canciones, el otro no es una representación lejana: es alguien que irrumpe, que incomoda, que exige una respuesta. La música ya no se limita a contar: llama, convoca, obliga a escuchar de otra manera. Y quien escucha, si realmente lo hace, deja de ser un espectador pasivo.

Hay, casi sin estridencias, una ruptura importante: la música deja de girar en torno al goce y se orienta hacia el otro. Esto no significa que desaparezca lo estético; su centro, más bien, se desplaza. En lugar de cerrar el mundo en una forma acabada, el canto se abre a lo que no puede ser reducido ni explicado del todo: la alteridad. De ahí que este vallenato inquieta más de lo que complace; deja preguntas donde antes había certezas.

Un punto especialmente sugerente del análisis es la idea de “ontocidio”, entendida como esa forma de negación en la que el otro no solo es oprimido, sino borrado simbólicamente. Frente a ello, la canción opera como un gesto contrario: nombra, recuerda, restituye. Al mencionar al niño campesino, al indígena sinuano o al despojado, no solo los visibiliza, también les devuelve un lugar en el mundo compartido. En ese sentido, cantar se acerca mucho a resistir.

Así, la obra de Máximo Jiménez no se limita a sostener una idea de la ética: la encarna. En sus versos no hay distancia cómoda; hay implicación. El cantor no observa desde afuera, responde desde adentro. Y en ese acto, su propia subjetividad se transforma.

La distinción que propone López Vergara entre el vallenato social crítico y el revolucionario ayuda a precisar aún más esta lectura. El primero denuncia, señala la herida; el segundo intenta ir un poco más allá: busca incidir, transformar, impedir que esa herida se normalice en el silencio. No se trata únicamente de una diferencia estética, revela una forma distinta de asumir el compromiso.

También resulta significativo el recorrido académico del profesor López Vergara: formado en filosofía en la Universidad de Cartagena y posteriormente Magíster por la Universidad del Atlántico, ha orientado su trabajo hacia la ética, la estética y la tecnología, siempre desde una perspectiva formativa y crítica. Su labor como docente y su vínculo con el programa radial Música del Patio en UdeCRadio refuerzan esa conexión entre pensamiento y territorio.

Al final, el llamado “vallenato revolucionario” no es solo una etiqueta: es, en realidad, una manera de estar en el mundo. Una forma de hospitalidad que se expresa en sonidos, una pedagogía silenciosa de la dignidad. El acordeón, en este contexto, deja de ser festivo sin perder su esencia musical: se vuelve conciencia.

Y quizá ahí reside su fuerza más profunda. En recordarnos que hay cantos que no se agotan en lo que dicen, sino en lo que nos exigen. Porque cuando el arte logra nombrar al otro, ya no es tan fácil volver intactos a la indiferencia.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Luis Durán Escorcia: la herencia que canta en la sangre

«La música es suficiente para toda una vida, pero una vida no es suficiente para toda la música»: Serguéi Rajmáninov (músico, pianista y director de orquesta ruso)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

En la geografía espiritual del vallenato, donde la memoria se vuelve canto y el canto se transforma en destino, hay nombres que no solo pertenecen a una tradición: la prolongan como un río que insiste en su cauce. Así ocurre con Luis Durán Escorcia, nacido el viernes 12 de febrero de 1960 en El Paso, Cesar, un territorio al norte de Colombia donde el viento parece aprender primero a silbar melodías antes que a guardar silencio.

Hijo del maestro Nafer Durán y sobrino del legendario Alejandro Durán, integrante de una de las familias más representativas de la música vallenata: los Durán, su historia no empieza con él; lo atraviesa desde mucho antes de su nacimiento. Es heredero de juglares que no solo hicieron historia, también la sembraron como una manera de entender el mundo; la vida como relato cantado, el dolor convertido en verso necesario, la alegría asumida como una forma de resistencia.

Dentro de esa estirpe, Luis no repite: continúa con conciencia; no es eco, es una voz que reconoce su origen para orientar su canto. Hablar de su herencia musical implica entender que, en su caso, no se trata únicamente de una filiación familiar, sino de una transmisión profunda de sensibilidad. En la tradición de los Durán, el vallenato no es únicamente un género: es una ética del sentir. De Nafer, la sobriedad expresiva; de Alejandro, la raíz juglaresca que conecta con la tierra y la oralidad. En Luis confluyen esas corrientes, pero filtradas por su propia experiencia, lo que le permite construir una obra que respeta la tradición sin quedar atrapada en ella. Su música no mira el pasado con nostalgia inmóvil: lo conversa, lo interpreta y lo proyecta hacia nuevas sensibilidades.

En esa misma línea de herencias que no siempre se nombran, pero que resuenan, también se percibe en algunas de sus canciones la influencia de la tambora, esa manifestación cultural que late como memoria rítmica de su pueblo, El Paso. No es un aprendizaje académico ni una adopción consciente: es una huella que habita en la sangre, heredada de su abuela paterna, Juana Francisca Díaz, y de un linaje que hizo de la celebración una forma de existencia. Allí, en ese pulso festivo que atraviesa generaciones, se origina una alegría que no es superficial, pero sí profundamente identitaria; una energía que se filtra en ciertas composiciones como un eco del territorio, como si el tambor ancestral siguiera marcando el compás invisible de su sensibilidad.

Sin embargo, su destino no se limitó a la música. Como ingeniero civil, formado con disciplina y rigor, aprendió a construir desde la materia lo que en la música levanta desde el alma. Hay en ello una dualidad reveladora: mientras el ingeniero edifica estructuras que desafían el tiempo, el compositor levanta emociones que lo trascienden. Dos formas de permanencia, dos maneras de dejar huella que, lejos de contradecirse, dialogan en su vida con naturalidad.

Su formación académica inició en la escuela John F. Kennedy de Santa Marta, continuó en el colegio Hugo J. Bermúdez de la misma ciudad y se consolidó profesionalmente en la Corporación Universitaria de la Costa (C.U.C.), en Barranquilla, donde se forjó como ingeniero civil. Ese recorrido no solo evidencia disciplina intelectual, también revela una personalidad capaz de habitar distintos mundos sin perder coherencia.

Su obra musical, extendida en decenas de canciones, ha encontrado morada en algunas de las voces más representativas del vallenato. Intérpretes como Jorge Oñate, Diomedes Díaz, Silvio Brito, Iván Villazón, Poncho Zuleta, Farid Ortiz, Beto Zabaleta, Peter Manjarrés, Ivo Díaz, Robinson Damián, Carlos Malo y Martín Elías han sido vehículos de su sensibilidad. Sin embargo, es en la voz de Jorge Oñate donde su poesía parece encontrar un cauce privilegiado, como si entre compositor e intérprete existiera una complicidad silenciosa que convierte cada canción en una forma compartida de destino.

Canciones como “El amor de mi vida”, “Orgulloso de ti”, “Unidos de nuevo”, “Me mata el dolor”, “Qué es lo que quieren”, “La negra de dos amores”, “La enamorada”, “Tanto como la adoraba”, “Del rey es la reina”, “No llores”, “Tanto como la quería”, “El que busca encuentra”, “Mi corazón eres tú”, “Árbol deshojado”, “Cómo quieres que te olvide”, “Gracias a Dios”, “La más linda” o “El bohemio”, entre muchas otras, no son únicamente composiciones: son fragmentos de existencia traducidos en melodía. En ellas habita una mirada que no le teme a la emoción directa, que entiende el amor como una verdad vulnerable y el desamor como una forma de conocimiento.

Aunque sabe pulsar el acordeón, instrumento que en el vallenato no es objeto, es lenguaje, lo hace con la humildad de quien no busca protagonismo en la ejecución, más bien cuida el espíritu de la parranda. Toca, por decirlo así, para sostener la noche, para que la fiesta no se apague, para que la conversación entre amigos conserve la música como fondo y como sentido. No es el acordeonista de oficio: es el músico que comprende que el vallenato no siempre exige virtuosismo, requiere autenticidad.

Además, su condición de cantautor reafirma su vínculo integral con la música: no solo escribe, también interpreta su propio universo. Ha dejado testimonio de ello en trabajos discográficos como “La Piquería”, “De Parranda con Luis Durán Escorcia”, “Ahora canto mejor”, “Volvió mi canto”, “Vida y obra de Nafer Durán” y “Mi mejor momento”, donde su voz se convierte en extensión natural del verso y en afirmación de su identidad artística.

Hay, en todo ello, una dimensión menos visible pero igualmente profunda: Durán Escorcia representa la continuidad de una memoria que no se archiva, se canta. Su obra no se limita a registrar emociones individuales; también recoge una experiencia colectiva donde el vallenato funciona como archivo vivo de la región Caribe. En sus canciones persiste la conversación entre generaciones, el diálogo entre lo vivido y lo heredado, entre lo íntimo y lo comunitario.

Luis Durán Escorcia encarna, en esencia, una forma de fidelidad: a la tradición que lo antecede, a la palabra que lo habita y al sentimiento que lo impulsa. En él, la música vallenata no es una nostalgia detenida, es una memoria en movimiento, una revelación constante donde la vida se manifiesta en cada canción. Porque hay compositores que escriben canciones, y hay otros, como él, que escriben la vida para que otros la canten.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado