Rafael Escalona: el hombre que convirtió al Caribe colombiano en eternidad

«Una canción es como un sueño. Te lleva a un lugar donde la música no entra»:
Bob Dylan (cantante, compositor y poeta estadounidense)

Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay fechas que no celebran un año más, sino un siglo de memoria convertida en canto. El 26 de mayo de 2026 no fue solo un aniversario. Fue el día en que Colombia volvió a escuchar el eco de un hombre que entendió que la eternidad no se construye con mármol, sino con versos que el pueblo se aprende de memoria.

Ese hombre es Rafael Escalona. Y su historia empieza en Patillal, ese pequeño pueblo rural, apacible, donde el tiempo parece detenerse entre montañas. Patillal no es solo un corregimiento de Valledupar. Es cuna de grandes compositores del vallenato, tierra que ha parido cantores y poetas inspirados por el paisaje que la rodea: la Sierra Nevada vigilando desde lejos, el viento que baja limpio por los valles, los ríos que cuentan historias a quien se detiene a escuchar. Allí, el 26 de mayo de 1926, en el hogar de Clemente Escalona Labarces y Margarita Martínez Celedón, nació Rafael Calixto Escalona Martínez. Un niño que no necesitó conservatorios ni academicismos para volverse inmortal.

Las canciones del maestro no surgieron desde la técnica fría de un escritorio. Nacieron desde la oralidad, desde el relato vivo, desde la costumbre ancestral de contar historias bajo la sombra de un árbol o en medio de una parranda. Por eso sus composiciones parecen hablar más que cantar. Es la voz del pueblo que aprendió a rimar, el que convierte  en verso las alegrías y dolores que todos callan. Su pluma no necesitó grandes academias porque su musa fue siempre el latido diario de su comunidad. En cada verso hay personajes reales, caminos, nostalgias, amores, dolores y paisajes que terminaron siendo la autobiografía sentimental del Caribe colombiano.

Lo sorprendente es que Escalona logró todo eso sin tocar un solo instrumento. Se apoyó únicamente en su memoria prodigiosa y en una intuición que le permitía escuchar la melodía donde otros solo oían conversación. Era un alquimista que transformaba cualquier anécdota en leyenda, el guardián de los secretos del pueblo que sabía traducir en palabras exactas lo que el alma siente cuando suena el acordeón. Por eso, mientras otros escribían la historia en libros, él la guardaba en pentagramas invisibles.

Ya lo había intuido Gabriel García Márquez cuando, en marzo de 1950, escribió para El Heraldo de Barranquilla: “Escalona es el intelectual de nuestros aires populares, el que se impuso un proceso de maduración hasta alcanzar ese estado de gracia en que su música respira ya el aire de la pura poesía”.

El Juglar de Patillal transformó el vallenato a través de sus historias y letras e inspiró a muchos compositores que hoy brillan con luz propia en esta expresión musical.

Superó el centenar de canciones y dejó una estela que aún ilumina el vallenato en las mejores voces y agrupaciones. Desde Guillermo Buitrago, pasando por Bovea y sus Vallenatos y la inolvidable voz de Alberto Fernández Mindiola, el legendario Alejandro Durán, hasta Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Diomedes Díaz, Rafael Orozco, Carlos Vives e Iván Villazón. Y su eco cruzó el mar: la española Lola Flórez y su hija Rosario, la orquesta venezolana Billo’s Caracas Boys, la cantante hispano-francesa Sole Giménez, el bolerista venezolano Nelson Henríquez, Roberto Torres y su Charanga Vallenata, Los Melódicos de Venezuela y la legendaria Sonora Matancera de Cuba en la voz de Nelson Pinedo, grabaron su obra, llevándola a oídos que no conocían el Magdalena Grande pero entendían el idioma universal del sentimiento.

¿Cómo olvidar La Casa en el Aire, ese himno que convirtió el amor de un padre en metáfora de protección eterna? ¿Cómo no estremecerse con El Testamento, donde la ironía y la picardía popular bailan juntas? ¿Cómo ignorar la profundidad de Elegía a Jaime Molina, considerada por muchos una de las canciones más hermosas escritas por la partida de un amigo en la música vallenata? También quedan para siempre El Almirante Padilla, El Manantial, Honda Herida, La Creciente del Cesar y La Estrella de Patillal, capítulos vivos de la identidad colombiana.

En cada canción de Escalona sigue latiendo el Caribe, la tradición oral y la historia cultural de un país que habría olvidado a muchos de sus pueblos si no fuera por su música. Él fue el pintor de la memoria; con cada palabra rescató los colores, olores y latidos de una época que se niega a morir. Conocía la geografía de su tierra no por los mapas, sino por los pasos y las nostalgias de su gente, y pintaba el mundo con los colores de su terruño, convirtiendo el paisaje local en un refugio para el alma.

Él entendió algo que pocos artistas descubren: la verdadera inmortalidad no se alcanza en los monumentos, sino en la memoria afectiva de la gente. Por eso sus canciones siguen sonando en patios, cantinas, festivales, emisoras y parrandas. Siguen heredándose como se heredan las historias de los abuelos: con respeto, con emoción y con orgullo.

El maestro no fue solo un compositor. Fue un narrador del alma popular, un poeta sin pretensiones académicas y un filósofo espontáneo de la provincia colombiana. Su obra demuestra que la cultura más profunda nace lejos de las universidades y cerca de la sensibilidad de los pueblos. Sus palabras no habitan en torres de marfil, sino en las calles, en los recuerdos y en el alma de su comunidad.

A cien años de su nacimiento, Escalona continúa vivo. Vive en el acordeón que aún suspira sus melodías, en el campesino que canta sus versos sin darse cuenta, en el Caribe que aprendió a reconocerse en sus canciones. Murió el cuerpo, pero quedó la voz.

Porque mientras exista alguien capaz de cantar una de sus historias bajo el cielo azul de Colombia, Rafael Calixto Escalona Martínez jamás será un recuerdo. Seguirá siendo una conversación eterna entre el pueblo y la música.

Y hoy, desde esta Copa de Folclor, brindo por él con la certeza de que cada vez que tarareamos “La Casa en el Aire” estamos brindando también con su sombra, sentada a la mesa de nuestra memoria.

Con respeto y admiración, 
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Un poeta un sentimiento: el día que la sangre recordó que sabía cantar

«A veces hay que subir al balcón de un pueblo para ver el patio de donde uno viene»: Ramiro Álvarez Mercado

Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*

El doctor Ignacio Cantillo Vázquez, abogado de oficio y poeta de nacimiento, me contó la historia que años después se volvió canto. «Un poeta un sentimiento», en la voz transparente de Ivo Luis Díaz y el acordeón cadencioso y pulcro del Rey de Reyes Almes Granados, no nació en un escritorio: nació en una pregunta de niño.

Fue en Manaure, “El Balcón del Cesar”. Allí donde el paisaje se asoma y el aire parece detenido para que uno escuche mejor. Ignacio tenía apenas siete años cuando fue con su madre a la finca “Bella Luz”, tierra que había sido de su abuelo materno. Y fue en ese paradisíaco lugar donde el destino le puso una voz en el camino.

De una casa vecina llegaba un murmullo que no era rezo ni queja: eran versos. Una voz mayor, gastada por el tiempo pero intacta en el don, soltaba coplas como si abriera una llave. El niño, perplejo, preguntó quién era. Y la respuesta fue doble revelación: aquel hombre era medio hermano de su abuelo materno, tío de su madre. Le decían “Chemingo”. Ese día, su madre supo por primera vez de la existencia de ese tío. Ese día, Ignacio supo que la poesía también era herencia.

Lo llevaron a conocerlo. Y vieron al poeta natural: sin título, sin escuela, sin miedo a la hoja en blanco porque no usaba hoja. Los versos le fluían como el agua de un manantial. De eso vivía. Hacía coplas por encargo para el enamorado tímido, para el que quería alabar un árbol, para el que necesitaba nombrar la vida cotidiana sin que se le quebrara en la boca. Era abogado del sentimiento ajeno: escuchaba el caso, lo alegaba en décima y ganaba.

Ignacio Cantillo Vázquez, “El Poeta Raizal”, guardó aquella escena durante décadas. La dejó quieta, como se deja el vino en la tinaja. Mientras tanto estudió leyes, aprendió a defender con códigos y artículos lo que otros defendían con versos. Pero la toga nunca le tapó la raíz. Porque hay cosas que no se escogen: se heredan.

Tal vez por eso su canto tiene ese equilibrio extraño entre la razón y el arrebato. El abogado organiza, el poeta desordena para volver a nombrar. Y en medio de los dos, “Chemingo” aparece como eslabón perdido: la prueba de que antes de la universidad hubo una universidad del patio, antes del alegato hubo la copla, antes del doctor hubo un tío abuelo que le enseñó sin saberlo que las palabras también curan.

Y cuando esa historia se hizo canción, encontró el cuerpo que necesitaba. La melodía de «Un poeta un sentimiento» no camina: se arrastra con una melancolía limpia, de las que no pesan sino que alumbran. Tiene el paso lento de quien regresa a un lugar que no existe, pero que duele igual. Cada nota parece escrita para que la nostalgia no grite: para que hable bajito, como se habla con los muertos que uno quiere.

Ahí entra Ivo Díaz. Su voz no interpreta: confiesa. Es transparente no por delgada, sino por honesta. No le pone adornos al verso porque sabe que el verso ya viene vestido. Ivo canta como si le debiera una explicación al silencio. Cada palabra la suelta con el cuidado de quien sabe que hay recuerdos que se rompen si uno sube la voz. Por eso no hay exceso, hay verdad. Y la verdad, en su garganta, suena a casa.

Y sosteniendo todo, el acordeón del Rey de Reyes Almes Granados. Pulcro, cadencioso, sin una nota que sobre. Almes no acompaña: conversa. Su fuelle respira donde la voz calla. Tiene la maestría de no competir con el verso sino de abrirle camino, como quien aparta la maleza para que pase el que sabe. En sus bajos va la tierra, en sus pitos va el viento de Manaure, y en cada fraseo va la paciencia de quien entiende que la música, como la justicia, es cosa de tiempo y de medida. Cuando Almes adorna, no adorna: recuerda.

«Un poeta un sentimiento» no es solo canción: es expediente abierto. Es la confesión de que uno no se hace solo. Que a veces basta una voz escuchada a los siete años para que, mucho tiempo después, el hombre entienda por qué escribe. Que la sangre recuerda aunque la memoria no sepa.

Porque el arte, como la justicia, llega tarde a veces. Pero llega. 
Y cuando llega, trae el nombre de todos los que hablaron antes. 
Y la música de los que supieron escucharlos.

Atentamente, 
*Ramiro Elías Álvarez Mercado*

https://youtu.be/NCEAzGYrYa8?si=V9LZwlwxIvqyNSj7

Miguel Emiro Naranjo Montes: el hombre que le puso pentagrama al viento de la Sabana

«El porro no se toca: se siembra. Y lo que se siembra con amor, algún día hace bailar al mundo»: Ramiro Álvarez Mercado

Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Hay músicas que nacen para la tarima y otras que nacen para la vida. Las primeras buscan aplauso. Las segundas, memoria.

En la sabana cordobesa, donde el calor se aprende a caminar despacio y los ríos enseñan a los hombres a no apurar el paso, la música no es adorno. Es oficio, es rito, es forma de contar lo que no cabe en palabras. Allí, el porro no se aprende en libros. Se hereda en el aire, se canta con el cuerpo, se entiende con los pies.

Y cuando una tierra produce ese tipo de sonido, tarde o temprano levanta un hombre que lo traduzca al pentagrama. Que le ponga orden a lo que siempre fue impulso. Que convierta la polvareda del ensayo en escuela, el sudor del campesino en partitura, la alegría del fandango en patrimonio.

Hoy, ese hombre es una institución inscrita en la historia, y su vida sigue sonando. Hablamos de quien hizo del porro sabanero un idioma universal sin dejar de ser monte, río y pueblo.

Nació con los pies en la tierra y  con el viento adentro.
Miguel Emiro Naranjo Montes pertenece  a los que no caminan, más bien resuenan.

Llegó a este mundo terrenal en Ciénaga de Oro, Córdoba, el 17 de mayo de 1944, un día en que el Caribe colombiano, ese territorio donde la música no se aprende, se hereda, decidió sembrar en él una semilla de bronce y aliento. Desde entonces, su vida no ha sido otra cosa que una conversación ininterrumpida entre el hombre y la trompeta, entre el silencio y la fiesta.

Pero no se puede hablar de su historia sin nombrar a Planeta Rica, Córdoba, su tierra adoptiva. Ese lugar donde el polvo de las calles parece levantarse al ritmo de una banda, donde cada esquina guarda un ensayo invisible y cada madrugada tiene memoria de porro. Allí, Miguel Emiro no solo encontró un hogar: encontró su resonancia.

El porro sabanero, ese género que no siempre se escribe en partituras sino en la piel, es la voz de la Sabana. No es música de salón ni de tarima lejana. Es música de cosecha, de río crecido, de amanecer en el corral. Nace en la cadencia del ganado que camina por los potreros, en el zapateo de la fiestas de corralejas, en el sudor del campesino que después de arar agarra el clarinete y le da forma al cansancio. El porro sabanero no apura: camina. No grita: cuenta. Tiene un compás de tierra, un aire de palma, un alma que baila sin perder la compostura. Por eso, cuando suena, no solo se mueve el cuerpo: se mueve la memoria de un pueblo.

En el universo del porro sabanero, el nombre de Miguel Emiro Naranjo Montes se ha convertido en referencia, en faro, en escuela. No por decreto: por persistencia. Porque ha sido, además, formador; un maestro en el sentido más amplio de la palabra. De esos que no solo enseñan técnica, sino que transmiten una manera de escuchar el mundo.

No fue músico por imposición. Fue músico por oído e inspiración. Su madre, Placidia María Montes, tenía voz de bolero y de rancheras, y mientras lo arrullaba en una hamaca de cepa de plátano, el niño Miguel se quedaba despierto para no perderse el concierto. Su padre, Francisco Miguel Naranjo, campesino sembrador de yuca, ñame, maíz y arroz, le trajo en una Navidad una violina. Entre el canto de la madre y el regalo del padre, el camino quedó trazado: no iba a labrar tierra, iba a labrar sonidos.

Y los labró. Primero con la dulzaina que lo hizo imprescindible en la escuela. Después con un cornetín prestado, aprendió La Diana porque un rector de la escuela procedente del Chocó le dijo que el talento no se entierra.

Pero antes de convertirse en director de banda, Miguel Emiro fue maestro de aula. Llegó siendo apenas un joven bachiller al corregimiento de Laguneta, y allí, entre salones humildes y patios donde el sol parecía quedarse a vivir, comenzó a descubrir que la música ya habitaba en los muchachos. Los escuchaba silbar porros aprendidos de la radio, repetir melodías de las fiestas patronales y golpear pupitres como si cada recreo escondiera una tambor invisible.

Fue entonces cuando entendió que la Sabana también necesitaba quien organizara sus sonidos.

Donde otros veían niños campesinos, él vio músicos en estado de semilla. Y esa mirada cambió destinos. Porque Miguel Emiro comprendió muy temprano que enseñar no era únicamente transmitir conocimientos: era despertar pertenencias, darle dirección al talento disperso, enseñarle al hijo del jornalero que también podía hablarle al mundo a través de un instrumento.

Aquella experiencia en Laguneta no solo marcó el inicio de su camino musical; marcó también el nacimiento de su vocación pedagógica. Años más tarde, esa intuición del joven maestro encontraría respaldo en la academia cuando se licenció en Español y Literatura en la Universidad de Pamplona, Norte de Santander, y posteriormente realizó una especialización en Pedagogía del Folclor. Pero antes de los títulos, ya existía el maestro. La universidad solamente vino a ponerle nombre a una misión que él ya ejercía de manera natural: enseñar desde la música y preservar la memoria cultural de su pueblo.

Y en 1966, con apenas 21 años, fundó en el corregimiento de Laguneta lo que sería su obra mayor: la Banda 19 de Marzo. No reclutó músicos: reunió hijos de campesinos y les enseñó que el porro era un oficio digno, que la trompeta, el clarinete y el redoblante también eran herramientas de labranza espiritual.

Decir que es trompetista sería quedarse corto.
Decir que es compositor, apenas rozar la superficie.
Decir que es arreglista, insinuar una parte del todo.

Porque su verdadera dimensión está en la suma: en esa capacidad de entender la música como un organismo vivo, donde cada instrumento tiene voz y cada silencio intención. Su trompeta no irrumpe: persuade. No impone: convoca. Y en esa forma de tocar hay algo antiguo, casi ceremonial, como si cada nota supiera de dónde viene.

Desde entonces, Miguel Emiro es muchos hombres en uno.
Compositor de decenas de porros y fandangos, con  alrededor de 89 grabaciones registradas antes de perder la cuenta. Arreglista que viste cada melodía con traje de gala sin quitarle las abarcas tres puntá y el sombrero vueltiao. Trompetista que cuando sopla hace que el metal recuerde que viene de la tierra. Director que convirtió una banda de pueblo en embajadora sin visa. Profesor de escuela que usó el pentagrama como tablero y enseñó que “Casa” más “Pan” podía ser el principio de Río Sinú, su porro más aclamado. Escritor y vigía del porro, fundador de la Casa Museo del Porro en Laguneta, su antigua casa donada para que las nuevas generaciones aprendan que la música también se hereda en partituras. Y gestor cultural, creador del Concurso Nacional de Bandas Folclóricas que lleva su nombre, con sede en Planeta Rica.

El maestro es un extraordinario trompetista, pero su vocación de formador lo llevó a ir mucho más allá de su instrumento. Para enseñar a nuevas generaciones tomó también el clarinete entre las manos, no con la pretensión de exhibirse como virtuoso absoluto, sino con la humildad de quien entiende que un maestro debe conocer el lenguaje de cada sonido. Del mismo modo orientó el trombón, el bombo, el redoblante y la percusión , enseñando posiciones, respiraciones, emisión del aire, golpes rítmicos y secretos básicos que luego florecían en las bandas. No necesitaba tocar cada instrumento como solista consagrado: le bastaba comprender su alma para despertar músicos.

En las escuelas, en las bandas, en los ensayos interminables bajo el sol o la sombra, su figura ha sido la de un sembrador. Y no hay siembra más compleja que la del oído: esa que tarda años en florecer, pero que, cuando lo hace, no se marchita.

Sus composiciones llevan la huella de lo vivido: no son piezas, son relatos. Cada porro suyo parece contar una historia que no necesita palabras, porque está hecha de giros melódicos, de pausas exactas, de ese pulso que solo tienen quienes han aprendido a escuchar antes de hablar.

Entre sus porros, la sabana entera cabe en un pentagrama: ‘La banqueta’, donde el pueblo se reúne a conversar con el viento. ‘El lagunetero’, homenaje a los moradores del corregimiento que fue cuna de su banda. ‘Laguneta en San Pelayo’, dos pueblos abrazándose en un tresillo. ‘Gloria’, que levanta el alma como quien levanta una bandera. ‘Volver al campo’, una promesa de regreso a la raíz. ‘El sebucán’, juego y danza enredada en notas. ‘Amelia Ricardo’, nombre de mujer que suena a río y a esperanza. ‘El veterano’, retrato del hombre que no se rinde. ‘Clarita Sáenz’, memoria hecha melodía. Cada uno es un acta de bautismo de la tierra sabanera: tiene nombres de pueblos, de aguas, de amores, de gente que él se negó a dejar en el olvido.

Hay en su obra una alegría que no es ingenua, sino conquistada. Una alegría que conoce el cansancio, la dificultad, el paso del tiempo y aun así decide quedarse. Por eso su música no solo se baila: se recuerda.

Pero si algo lo define es que no se guardó la música. Se la llevó a París, Francia, donde vivió cinco años enseñando a tocar porro a músicos franceses en La Belle Image. También a Bélgica, Grecia, España, Alemania e Inglaterra. Y cuando la Banda 19 de Marzo sonó en Europa, la prensa escribió: “Colombia con su música es mucho más”. Cambió la mirada que el mundo tenía de nosotros, nota por nota. Hoy, la banda francesa De Belle toca porro como si hubiera nacido en San Pelayo. Esa es su victoria: no conquistó, contagió.

A su madre le compuso Porro a mamá, obra que él mismo considera la mejor de su repertorio. Al río que lo vio crecer, Río Sinú. Al río que lo adoptó, Río San Jorge. Por eso la Universidad de Córdoba le otorgó el título Honoris Causa en Licenciatura en Música. Porque no solo tocó: enseñó. No solo compuso: fundó.

A lo largo de su vida ha sido muchas cosas: intérprete, creador, guía, testigo. Pero, sobre todo, puente. Puente entre generaciones, entre lo tradicional y aquello que insiste en renovarse sin perder la esencia, entre el pasado que respira en las bandas y el futuro que aprende a soplar.

Miguel Emiro es el Rey del Porro, aunque él se esconda en su prudencia infinita. Es el vigía que no dejó morir el fandango cuando las luces del mechón se apagaron y quedó solo la luna. Es el hombre que entendió que el porro también es economía, esperanza y paz.

En la actualidad, este octogenario maestro sigue retratando paisanos con la misma cámara con la que antes dirigía la banda. Continúa escribiendo antologías del porro. Continúa creyendo que el sueño permanece vigente.

Porque Miguel Emiro no hizo música para la fama. Hizo música para que no olvidáramos. Para que el hijo del campesino supiera que su apellido también podía caber en un pentagrama. Para que Europa entendiera que Colombia igualmente se pronuncia en notas musicales unidas por el sentimiento. Para que Planeta Rica supiera que adoptó a un hombre, y el hombre le devolvió un universo.

Hablar del maestro Miguel Emiro Naranjo es hablar de una forma de entender la música como destino y no como oficio. Como una vocación que no se elige: simplemente se acepta.

Y quizás ahí radique su grandeza: en haber sabido escuchar ese llamado y responderle durante toda una vida.

Este maestro no solo pasó por la música: se quedó viviendo en ella.

El porro, en sus manos, no es solamente ritmo: es archivo, escuela y patria.
Y él, Miguel Emiro Naranjo Montes, es una leyenda viviente de esta expresión musical, cultural y folclórica.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Luis Durán Escorcia: la herencia que canta en la sangre

«La música es suficiente para toda una vida, pero una vida no es suficiente para toda la música»: Serguéi Rajmáninov (músico, pianista y director de orquesta ruso)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

En la geografía espiritual del vallenato, donde la memoria se vuelve canto y el canto se transforma en destino, hay nombres que no solo pertenecen a una tradición: la prolongan como un río que insiste en su cauce. Así ocurre con Luis Durán Escorcia, nacido el viernes 12 de febrero de 1960 en El Paso, Cesar, un territorio al norte de Colombia donde el viento parece aprender primero a silbar melodías antes que a guardar silencio.

Hijo del maestro Nafer Durán y sobrino del legendario Alejandro Durán, integrante de una de las familias más representativas de la música vallenata: los Durán, su historia no empieza con él; lo atraviesa desde mucho antes de su nacimiento. Es heredero de juglares que no solo hicieron historia, también la sembraron como una manera de entender el mundo; la vida como relato cantado, el dolor convertido en verso necesario, la alegría asumida como una forma de resistencia.

Dentro de esa estirpe, Luis no repite: continúa con conciencia; no es eco, es una voz que reconoce su origen para orientar su canto. Hablar de su herencia musical implica entender que, en su caso, no se trata únicamente de una filiación familiar, sino de una transmisión profunda de sensibilidad. En la tradición de los Durán, el vallenato no es únicamente un género: es una ética del sentir. De Nafer, la sobriedad expresiva; de Alejandro, la raíz juglaresca que conecta con la tierra y la oralidad. En Luis confluyen esas corrientes, pero filtradas por su propia experiencia, lo que le permite construir una obra que respeta la tradición sin quedar atrapada en ella. Su música no mira el pasado con nostalgia inmóvil: lo conversa, lo interpreta y lo proyecta hacia nuevas sensibilidades.

En esa misma línea de herencias que no siempre se nombran, pero que resuenan, también se percibe en algunas de sus canciones la influencia de la tambora, esa manifestación cultural que late como memoria rítmica de su pueblo, El Paso. No es un aprendizaje académico ni una adopción consciente: es una huella que habita en la sangre, heredada de su abuela paterna, Juana Francisca Díaz, y de un linaje que hizo de la celebración una forma de existencia. Allí, en ese pulso festivo que atraviesa generaciones, se origina una alegría que no es superficial, pero sí profundamente identitaria; una energía que se filtra en ciertas composiciones como un eco del territorio, como si el tambor ancestral siguiera marcando el compás invisible de su sensibilidad.

Sin embargo, su destino no se limitó a la música. Como ingeniero civil, formado con disciplina y rigor, aprendió a construir desde la materia lo que en la música levanta desde el alma. Hay en ello una dualidad reveladora: mientras el ingeniero edifica estructuras que desafían el tiempo, el compositor levanta emociones que lo trascienden. Dos formas de permanencia, dos maneras de dejar huella que, lejos de contradecirse, dialogan en su vida con naturalidad.

Su formación académica inició en la escuela John F. Kennedy de Santa Marta, continuó en el colegio Hugo J. Bermúdez de la misma ciudad y se consolidó profesionalmente en la Corporación Universitaria de la Costa (C.U.C.), en Barranquilla, donde se forjó como ingeniero civil. Ese recorrido no solo evidencia disciplina intelectual, también revela una personalidad capaz de habitar distintos mundos sin perder coherencia.

Su obra musical, extendida en decenas de canciones, ha encontrado morada en algunas de las voces más representativas del vallenato. Intérpretes como Jorge Oñate, Diomedes Díaz, Silvio Brito, Iván Villazón, Poncho Zuleta, Farid Ortiz, Beto Zabaleta, Peter Manjarrés, Ivo Díaz, Robinson Damián, Carlos Malo y Martín Elías han sido vehículos de su sensibilidad. Sin embargo, es en la voz de Jorge Oñate donde su poesía parece encontrar un cauce privilegiado, como si entre compositor e intérprete existiera una complicidad silenciosa que convierte cada canción en una forma compartida de destino.

Canciones como “El amor de mi vida”, “Orgulloso de ti”, “Unidos de nuevo”, “Me mata el dolor”, “Qué es lo que quieren”, “La negra de dos amores”, “La enamorada”, “Tanto como la adoraba”, “Del rey es la reina”, “No llores”, “Tanto como la quería”, “El que busca encuentra”, “Mi corazón eres tú”, “Árbol deshojado”, “Cómo quieres que te olvide”, “Gracias a Dios”, “La más linda” o “El bohemio”, entre muchas otras, no son únicamente composiciones: son fragmentos de existencia traducidos en melodía. En ellas habita una mirada que no le teme a la emoción directa, que entiende el amor como una verdad vulnerable y el desamor como una forma de conocimiento.

Aunque sabe pulsar el acordeón, instrumento que en el vallenato no es objeto, es lenguaje, lo hace con la humildad de quien no busca protagonismo en la ejecución, más bien cuida el espíritu de la parranda. Toca, por decirlo así, para sostener la noche, para que la fiesta no se apague, para que la conversación entre amigos conserve la música como fondo y como sentido. No es el acordeonista de oficio: es el músico que comprende que el vallenato no siempre exige virtuosismo, requiere autenticidad.

Además, su condición de cantautor reafirma su vínculo integral con la música: no solo escribe, también interpreta su propio universo. Ha dejado testimonio de ello en trabajos discográficos como “La Piquería”, “De Parranda con Luis Durán Escorcia”, “Ahora canto mejor”, “Volvió mi canto”, “Vida y obra de Nafer Durán” y “Mi mejor momento”, donde su voz se convierte en extensión natural del verso y en afirmación de su identidad artística.

Hay, en todo ello, una dimensión menos visible pero igualmente profunda: Durán Escorcia representa la continuidad de una memoria que no se archiva, se canta. Su obra no se limita a registrar emociones individuales; también recoge una experiencia colectiva donde el vallenato funciona como archivo vivo de la región Caribe. En sus canciones persiste la conversación entre generaciones, el diálogo entre lo vivido y lo heredado, entre lo íntimo y lo comunitario.

Luis Durán Escorcia encarna, en esencia, una forma de fidelidad: a la tradición que lo antecede, a la palabra que lo habita y al sentimiento que lo impulsa. En él, la música vallenata no es una nostalgia detenida, es una memoria en movimiento, una revelación constante donde la vida se manifiesta en cada canción. Porque hay compositores que escriben canciones, y hay otros, como él, que escriben la vida para que otros la canten.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Máximo Movil “El Indio de Oro”: el hombre que sembró canciones en la memoria del vallenato.

«En los pueblos donde canta el acordeón, los compositores no escriben canciones: escriben la memoria sentimental de su tierra»: Ramiro Álvarez Mercado

Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Hay compositores que escriben canciones y hay otros que terminan escribiendo la memoria de un lugar. En el sur de La Guajira, donde la brisa atraviesa sabanas abiertas, un oasis de contraste paisajístico, en el que se destaca el valle del río Cesar, tierras verdes y fértiles, manantiales cristalinos y balnearios naturales, contrastando con el desierto típico del departamento, nacen a veces hombres destinados a contar la vida en forma de canción.

Uno de ellos fue Máximo Rafael Movil Mendoza, conocido en el universo vallenato como “El Indio de Oro”: un compositor que convirtió la experiencia cotidiana, la bohemia, las mujeres y la parranda en versos que hoy forman parte del corazón mismo del vallenato.

Nació el 29 de mayo de 1935 en Guamachal, corregimiento del municipio de San Juan del Cesar, en La Guajira, al norte del territorio colombiano, hijo de Máximo Manuel Movil y Rosa Ermelinda Mendoza. Su infancia estuvo marcada por la sencillez del campo y por la presencia de su abuela Cornelia Epieyú Orcasitas, mujer perteneciente a la etnia Wayúu, tejedora de hamacas y pellones. Fue ella quien, sin saberlo, lo crió entre los hilos invisibles de la tradición y la memoria ancestral, como si cada tejido fuera también una forma silenciosa de contar historias. La abuela Cornelia, con su sabiduría ancestral, le enseñó a escuchar el susurro del viento, el canto de los pájaros y el ritmo de la lluvia, elementos que más tarde se reflejarían en sus composiciones.

Su formación académica fue escasa pero la vida se encargó de darle otra clase de sabiduría. Se convirtió en un autodidacta del mundo, un hombre que aprendió escuchando, observando y caminando los senderos de la provincia. Antes de que la música lo hiciera conocido, conoció el peso del trabajo y la dignidad de los oficios humildes: fue aserrador de madera, agricultor y chofer.

De trato amable, buen conversador y de mirada tranquila, parecía uno de esos hombres que llevan historias guardadas detrás de cada silencio. En las letras de Máximo Movil habitan la bohemia, el amor, las mujeres y la parranda. Se destacó entre los grandes cultores del merengue: uno de los cuatro aires fundamentales de la música vallenata, un aire que, con el paso del tiempo, los nuevos exponentes del género graban cada vez menos, como si la modernidad fuera olvidando uno de los latidos más alegres del vallenato.

La historia lo registra también como ganador del Primer Festival de Compositores de Música Vallenata en San Juan del Cesar, en el año 1977, con el tema “Penas de mi tierra”, una canción que parecía contener la nostalgia profunda de un compositor que convirtió la vida sencilla en eternidad cantada.

Su destino dentro del vallenato comenzó a abrirse cuando el primer Rey de Reyes de la Leyenda Vallenata, Nicolás «Colacho» Mendoza, le grabó su primera canción titulada «Cecilia Mercedes»: un encuentro mágico que despertó el interés de otra luminaria del universo vallenato, el maestro Alfredo Gutiérrez Vital, el tres veces Rey Vallenato con su acordeón maravilloso le dio vida a “Mujeres que me dejaron”, la segunda canción que lo llevó a conquistar el corazón de los vallenateros. A partir de ese momento su obra empezó a recorrer el país en las voces de algunos de los intérpretes más grandes de esta expresión musical, como Jorge Oñate, Diomedes Díaz, Poncho Zuleta, Beto Zabaleta, Iván Villazón, Rafael Orozco, Miguel Herrera, Silvio Brito, Elías Rosado, Juan Piña, entre muchos otros que encontraron en su inspiración un caudal de historias para cantar.

De su pluma nacieron composiciones que hoy forman parte del repertorio sentimental del vallenato: ‘Aunque sufriendo te olvido’, ‘El firme’, ‘La vecina’, ‘Gallo de riña’, ‘Mujer conforme’, ‘El errante’, ‘Viernes cultural’, ‘Mujeres de mi recuerdo’, ‘El gallo chino’, ‘La vida del artista’, ‘El sobrecito’, ‘Presentimiento’, ‘Que me mate el dolor»,  ‘Pedacito de mi cielo’, ‘Mensaje aventurero’, ‘Mi huerto’, ‘El pájaro pescador’, ‘Cecilia Mercedes’, ‘Pulso a pulso’, ‘El visitante’, ‘Ni lo intentes’, Compartiendo un pena, ‘De fiesta mi pueblo’, ‘Así es como vivo yo’, entre muchas otras canciones donde el amor, la nostalgia y la vida de la región quedaron sembradas para siempre en la memoria musical de Colombia.

Este poeta popular con su escasa formación académica pero con inmensa sabiduría vital, convirtió la vida cotidiana en un cancionero eterno. Sus obras musicales, nacidas del campo, la calle, el entorno y el corazón, son aplaudidas y admiradas porque hablan con la voz honesta y auténtica del terruño. Demostrando que la verdadera poesía muchas veces no reside en las aulas sino en el sentimiento.

Máximo fue uno de esos compositores que no aprendieron poesía en los libros, lo hizo en el trasegar de la vida misma. Sus versos nacieron de la conversación de la gente de las historias contadas en las parrandas y de esa sensibilidad que solo poseen quienes saben escuchar el alma del entorno que lo rodea.

Porque en el vallenato hay hombres que escriben canciones y hay otros que terminan escribiendo la historia emocional de la tierra en la que nacieron y crecieron. Máximo Rafael Móvil Mendoza se convirtió en uno de ellos. Y quizá por eso, cuando sus canciones vuelven a sonar entre acordeones y parrandas pareciera que el tiempo se detuviera un instante para recordarnos que la verdadera riqueza de un compositor no está en la fama sino en la capacidad de convertir la vida sencilla en eternidad cantada.

El 4 de enero de 2002, aquejado por diversas dolencias que finalmente desencadenaron en un paro cardíaco, el corazón de este compositor insigne dejó de latir. Ese corazón que muchas veces fue golpeado por el desamor y la incomprensión pero que también conoció la alegría profunda que le producían sus canciones cuando encontraban eco en la voz de la gente.

Pero los compositores verdaderos no mueren del todo. Porque cuando un público sigue cantando sus canciones ese hombre continúa viviendo en la memoria colectiva, viajando de parranda en parranda, de acordeón en acordeón y de voz en voz. San Juan del Cesar, con su belleza encantadora, su riqueza musical y el cariño de sus coterráneos, sigue siendo el territorio donde esa memoria respira.

Allí, entre la música y el paisaje, todavía parece escucharse el eco de los versos del Indio de Oro, como si el vallenato se encargara de recordarnos que hay compositores cuya verdadera patria termina siendo su canción.Y es entonces cuando comprendemos que algunos hombres no nacen solamente para vivir su tiempo lo hacen para quedarse habitando en la partitura de la memoria musical colectiva de su público.

Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado