“Los juglares no se llevan sus canciones cuando parten; las dejan caminando para que el tiempo no consiga borrar sus huellas.” Ramiro Álvarez Mercado
*Por Ramiro Elías Álvarez Mercado*
El vallenato está de luto y con un vacío que no se llena con palabras. Se nos fue un hombre que llevó la música como se lleva la sangre: sin hacer ruido, pero sin poder vivir sin ella. Este 29 de septiembre de 2026, a los 93 años, murió en Valledupar el maestro Náfer Santiago Durán Díaz, nacido en El Paso, Cesar, el 26 de diciembre de 1932.
Pero escribir hoy sobre Náfer Durán no debería consistir en enumerar sus títulos. Fue Rey Vallenato en 1976, fue compositor, fue cantante, fue acordeonista, fue padre y hermano de una de las figuras fundamentales de la historia del vallenato. Todo eso es cierto, pero falta lo más importante: fue juglar. Y esa palabra contiene una forma de vivir que difícilmente cabe en una biografía.
*El Paso como raíz*
Para hablar de Náfer Santiago hay que comenzar por El Paso. No como quien ubica un punto en un mapa, sino como quien busca la raíz de un árbol. Porque él no fue un músico que simplemente nació en una tierra y después se marchó. El Paso permaneció dentro de sus entrañas durante toda su existencia. Su infancia, sus primeros aprendizajes y buena parte de la materia de sus canciones estuvieron ligados a ese territorio. Allí comenzó a familiarizarse con el acordeón. Allí aprendió que la música también podía ser conversación, que una parranda podía convertirse en relato, que una melodía podía guardar el recuerdo de una persona y que una canción podía viajar mucho más lejos que quien la había compuesto. Desde niño entendió el instrumento como parte de la vida cotidiana, no como una pieza destinada exclusivamente a un escenario, sino como un compañero de camino. Quizás por eso, cuando llegó a la vejez, seguía hablando del acordeón con la familiaridad con que se habla de un viejo amigo.
*Una familia donde la música tenía raíces*
Naferito nació en una familia vinculada profundamente con la música. Fue hijo de Náfer Donato Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villarreal, y hermano de Luis Felipe y Alejandro Durán, el inolvidable Alejo, primer Rey Vallenato. Pero sería injusto contar la historia de Náfer desde la sombra de su hermano. Los dos pertenecieron a una misma raíz, pero cada uno encontró su propio camino. Alejo escribió páginas inmortales y Náfer también lo hizo. La historia de los hermanos Durán es hermosa porque demuestra que una misma familia puede producir distintas maneras de entender la música.
*La corona llegó, pero la historia había comenzado mucho antes*
En 1976 llegó una de las grandes distinciones de su vida. Náfer Durán se coronó Rey Vallenato. Su nombre entró entonces en la historia del Festival y quedó unido para siempre a una de las páginas fundamentales del acordeón profesional. Pero una corona solamente puede señalar un momento, no puede explicar una vida entera. En 1983, su trayectoria alcanzó otra distinción significativa al ser declarado fuera de concurso en el Festival de la Leyenda Vallenata. Aquello decía algo que ninguna corona por sí sola podía decir: que ya no se estaba frente a un competidor cualquiera, se estaba frente a un maestro cuya trayectoria había adquirido otro significado.
*El lenguaje particular de Náfer*
Cuando escribí meses atrás sobre Náfer Durán, lo hice alrededor de una característica fascinante: su manera de interpretar en modalidad menor. Hoy quiero volver sobre ella, pero desde otro lugar. No para repetir aquel análisis, sino para comprender lo que esa particularidad significó en su legado. Náfer encontró en la modalidad menor un territorio donde podía expresar otra dimensión del sentimiento vallenato. En una música acostumbrada a celebrar, él encontró también espacio para la introspección. Su interpretación podía adquirir una profundidad distinta, una forma diferente de mirar la nostalgia y de convertir una melodía en pensamiento. Por eso su manera de tocar era inconfundible. Había en ella una personalidad. No necesitó apartarse de la tradición para encontrar su identidad, la encontró dentro de ella.
*Un compositor que convirtió la vida en canciones*
Náfer Durán fue también un compositor prolífico. Su repertorio contiene numerosas obras que hablan de amores, lugares y personajes. Entre sus composiciones aparecen Sin ti, Déjala vení, Con sentimiento, La Grabadora, El Estanquillo, La Chimichaguera, Ariguaní, Mi Patria Chica y Teresita. Pero más allá de la cantidad existe algo más importante: la capacidad de convertir la experiencia en canción. El compositor entrega una experiencia particular y el público la convierte en memoria colectiva.
*El juglar no era solamente el músico*
Quizás hemos reducido demasiado la palabra juglar. La usamos para referirnos a un acordeonista. Pero un juglar es algo más. Es un hombre que lleva consigo historias, que convierte la experiencia en relato, que camina con una memoria que después entrega a los demás. Náfer perteneció a esa generación que aprendió el vallenato desde la cercanía, desde el patio, desde la fiesta, desde la parranda y desde la conversación. Por eso su partida supera la tristeza familiar. Con este maestro también se va uno de los hombres que podía contar, desde su propia experiencia, cómo era ese mundo que hoy intentamos reconstruir.
*Una vida entera al lado del acordeón*
Quizás ninguna imagen explica mejor a Náfer Santiago que aquella de sus últimos años con el acordeón todavía cerca del pecho. A los 93 años seguía vinculado al instrumento que lo acompañó desde la infancia. Hay relaciones que el tiempo desgasta. La de Naferito con su acordeón parecía funcionar al revés. Mientras más años pasaban, más profunda se volvía. Eso no es simplemente longevidad artística, es fidelidad a una forma de vida, a una tierra, a una familia y a una expresión musical.
*La herencia que no cabe en una corona*
Náfer deja una familia numerosa y varios de sus hijos, nietos y bisnietos están vinculados a la música. Ese detalle tiene una importancia especial. La verdadera herencia de un músico no siempre se encuentra en las grabaciones. A veces está en las manos de sus descendientes, en las historias que escucharon y en las costumbres que decidieron conservar. Una tradición puede sobrevivir en un festival, en un disco, pero también puede sobrevivir en una casa, en un padre que enseña y en un hijo que escucha. El maestro Náfer Durán deja precisamente eso: un legado musical que no termina con su muerte.
*El Paso no pierde solamente a un músico*
Pienso en lo que significa para un pueblo despedir a uno de sus hijos más reconocidos. El menor de los Durán Díaz llevó a El Paso consigo. Lo llevó en sus canciones, en sus recuerdos y en esa manera de sentirse perteneciente a una tierra que no dejó de ser su casa. Y hoy, cuando su vida llega al final, también regresa simbólicamente a ese lugar.
*Lo que queda cuando el músico ya no está*
Ahora comienza otra etapa, la más difícil para cualquier artista. Ya no habrá nuevas interpretaciones ni otra oportunidad de preguntarle cómo entendía determinada melodía. Pero existe algo que la muerte no puede llevarse: la obra y la memoria. Las canciones de Náfer Durán seguirán disponibles para quien quiera escucharlas, su nombre continuará en la historia del Festival y los músicos seguirán encontrando en sus interpretaciones motivos para aprender. Así se construye la permanencia, de generación en generación.
*Adiós, maestro Naferito*
Hoy el vallenato despide a un juglar, El Paso despide a uno de sus hijos predilectos y la familia Durán despide a uno de sus grandes portadores de memoria. Pero las despedidas no siempre significan olvido, a veces significan comenzar a recordar de otra manera. Náfer ya no estará físicamente para poner el acordeón contra su pecho, pero sus canciones seguirán teniendo camino. Su modalidad menor seguirá hablando desde esa zona íntima donde la música deja de ser solamente sonido y comienza a convertirse en pensamiento. Por eso hoy no quisiera que la última palabra fuera muerte, prefiero que sea memoria. Porque la muerte puede llevarse al hombre, pero no necesariamente consigue llevarse aquello que el hombre sembró.
Que Dios reciba al maestro Náfer Santiago Durán Díaz y le conceda descanso después de una vida larga, intensa y entregada al folclor. Que El Paso lo recuerde con orgullo, que su familia encuentre consuelo en la obra que deja y que quienes seguimos creyendo que la música también es una forma de memoria sepamos volver a sus canciones cuando necesitemos escuchar de dónde viene una parte de lo que somos. Porque un juglar no desaparece completamente cuando muere, se queda en las canciones que alguien vuelve a escuchar. Y mientras una sola nota de Náfer Durán Díaz vuelva a sonar, su historia continuará caminando.
Naferito se fue de la vida, pero el vallenato se quedó en su memoria.
Con aprecio y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado
Etiqueta: Biografías
Gabi Cuicchi: una voz argentina que aprendió a cantar con el corazón de Colombia
«Hay voces que nacen para cantar canciones y otras que, cuando cantan, consiguen que las canciones vuelvan a nacer»:
Ramiro Álvarez Mercado
Por Ramiro Elías Álvarez Mercado
Algunos encuentros no necesitan de un apretón de manos ni de una conversación frente a frente para dejar una huella. A veces basta escuchar una voz, descubrir la sensibilidad que habita detrás de ella y comprender que, aunque los mapas levanten fronteras, la música se encarga de derribarlas. Eso me ocurrió al acercarme a la historia de Gabriela Cuicchi, una artista argentina que encontró en la música colombiana, y particularmente en el vallenato, la cumbia, el porro y el bullerengue, un territorio del alma donde su propia sensibilidad pudo reconocerse.
Porque la música tiene esa extraña manera de acercar las distancias: una melodía puede viajar miles de kilómetros, cruzar fronteras, atravesar montañas y mares, y llegar hasta un corazón que quizá nunca ha pisado la tierra donde nació aquella canción. Así, desde Mar del Plata, una mujer argentina fue descubriendo que en Colombia también había una parte de su propia historia musical por encontrar.
Gabriela Florencia Cuicchi nació el 23 de marzo de 1992, en la ciudad de Mar del Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina. Allí realizó sus estudios primarios en el colegio María Auxiliadora y cursó la secundaria en Nueva Pompeya.

A los 17 años se animó a tomar clases de canto. Cuatro años más tarde ingresó al Instituto Polivalente de Arte “IPA” Adolfo Ábalos, de su ciudad natal, donde realizó su formación musical y obtuvo la Tecnicatura de Canto con orientación en canto jazz.
En su familia, la música no llegó como una herencia transmitida de generación en generación. Gabi es la menor de cuatro hermanos varones y la única artista de la familia. Su madre, Patricia, fue empleada pública, y su padre, Fernando, veterinario. En su casa se escuchaba música variada, pero ninguno de sus familiares tuvo una inclinación particular hacia el arte musical. El gusto por el canto, por la música y por la historia que existe detrás de ella nació en Gabriela como una inquietud profundamente personal, como una especie de llamado interior que fue creciendo con el paso del tiempo.
Quizá por eso su historia musical tiene algo de búsqueda, de descubrimiento y también de viaje.
Cuando comenzó a cantar, sintió una profunda fascinación por las voces afroamericanas, por esas voces negras que parecían traer consigo la memoria de pueblos enteros: el blues, el jazz, el soul, el góspel. Siempre se sintió cautivada por esa energía afrodescendiente, por esa fuerza que parece convertir el dolor en canto y la historia en melodía.
Pero un día, casi como quien abre una puerta sin imaginar lo que existe detrás de ella, la canción “Los caminos de la vida”, del compositor vallenato Omar Geles Suárez, le mostró otro horizonte.
Y entonces su universo musical comenzó a ensancharse.
Gabriela Florencia se considera una mujer abierta a los diferentes sonidos, una artista de gustos musicales amplios, una exploradora permanente de melodías y culturas. Poco a poco fue encontrándose con el folclor de su propia tierra, con el rock nacional argentino, la zamba, el tango y el chamamé, géneros que analiza y que le hablan de la memoria de su país, y por supuesto, con las voces y las historias de la tierra que la vio nacer.
Siempre le ha causado una enorme curiosidad conocer aquello que se esconde detrás de las canciones: la historia de quienes las escribieron, las circunstancias que inspiraron sus letras, las melodías que las hicieron eternas y la vida de los compositores que consiguieron transformar sus experiencias en patrimonio colectivo.
Por eso también realizó algunas versiones de canciones como homenaje a la patria donde nació y nacieron sus ancestros.
Y como buena argentina, la cumbia de su país también hizo parte de ese camino. Pero la búsqueda continuaba. Y en ese andar musical terminó encontrándose con la cumbia colombiana, con sus raíces, con su riqueza, con su belleza cautivadora y, sobre todo, con Colombia, esa tierra que para muchos es reconocida como cuna y madre de la cumbia.
Desde su natal Mar del Plata, Gabriela también tuvo la oportunidad de compartir escenarios y alternar con agrupaciones colombianas durante las temporadas de verano. Aquellas experiencias terminaron reforzando aún más su admiración y su profundo gusto por la música del Caribe colombiano.

Cuando comenzó sus clases de canto, paralelamente tomó clases de guitarra y piano. Nunca pretendió convertirse en una gran guitarrista o pianista; aquellos instrumentos fueron, más bien, herramientas que le permitieron acompañarse y comprender mejor el lenguaje musical. Tiene una noción básica de ambos, pero sabe perfectamente cuál es su verdadero instrumento.
Su voz.
El canto es su manera de expresarse, su forma de decir lo que siente, de ponerle palabras a aquello que muchas veces no las tiene. Su voz está empapada de sus emociones y sentimientos, y quizá allí reside su mayor fortaleza: en entender que cantar no consiste únicamente en emitir sonidos afinados, sino en dejar que el corazón encuentre una manera de hacerse audible. En esa voz hay un brillo que le da un condimento muy especial a su interpretación, una luz que no solo canta: alumbra la canción por dentro.
Después de terminar sus estudios secundarios comenzó a estudiar psicología. Sin embargo, no llegó a completar los dos primeros años. En algún momento comprendió que su alma le gritaba otra cosa. Le pedía otro camino. Le reclamaba música.
Y decidió escucharla.
Tomó entonces la determinación de hacer del arte musical su forma de vida, aun sabiendo todas las dificultades que implica vivir del arte y construir una carrera siendo una artista independiente. Continuó su formación en el Instituto Adolfo Ábalos, realizó su profesorado en música y finalmente obtuvo la tecnicatura.
Durante más de diez años participó en distintas agrupaciones musicales de su ciudad y también realizó coros para otros artistas en producciones locales. Pero Gabriela no solamente es intérprete: también se destaca como compositora. Sus propias canciones comenzaron a encontrar espacio en bares y restaurantes, lugares donde la música suele encontrarse con la vida cotidiana, con las conversaciones, con las copas y con las historias de quienes escuchan.
También hizo parte de una orquesta, llamada, «Orquesta Cumbia Grande», en la que se rendía homenaje, a través del repertorio, a grandes figuras de la música tropical y de salón colombiana de las décadas de los años 50, 60 y 70, entre ellos Lucho Bermúdez, Clímaco Sarmiento, Pacho Galán, entre otros. Allí además de cantar, interpretaba las maracas.
Y fue precisamente allí, entre canciones, ritmos y maracas, donde sin saberlo estaba naciendo una de las conexiones más fuertes de su vida artística con la música colombiana.
Ese fue el Génesis de todo.
Después de aquel recorrido decidió dar un paso al costado y emprender su propio proyecto como solista. Quería elegir sus canciones, construir su propio repertorio y encontrar una manera personal de comunicar aquello que estaba haciendo y sintiendo.
Fue a finales de 2022 cuando se dijo: “Bueno, hasta acá llego”.
Y entonces comenzó una nueva etapa.
Empezó a producir su propia música, porque Gabriela también es productora. En este camino cuenta con una persona que se ha convertido en su mano derecha, su colega y su compañero fundamental en la construcción de su proyecto artístico: el músico Martín Amenta, con quien asegura tener una gran conexión y un profundo entendimiento musical.
La primera canción que abrió este nuevo camino fue una cumbia de su autoría titulada “La cumbia quedó conmigo”, una obra en la que narra sus propias vivencias hasta ese momento, aquello que la cumbia despierta en ella y todo lo que ha aprendido a través de este género, especialmente su acercamiento, admiración y valoración de la música colombiana y de la historia que la sostiene.
Después compuso una cumbia santafesina, impregnada del estilo propio de esa provincia argentina, titulada “Mi cumbia nostalgia”.
Pero la historia no termina allí.
Su proyecto actual la encuentra trabajando en la producción de un álbum compuesto por cinco canciones clásicas del vallenato, junto a la agrupación «Gabi y La Junta Vallenata». Es una nueva aventura artística para Gabriela, pues anteriormente había trabajado principalmente con sencillos de una canción o con covers en formato de mosaicos.
Canciones vallenatas que ya se pueden escuchar en plataformas digitales: «Voy a olvidarme de mí», «Quiero que seas mi estrella», «No voy a llorar», «Los caminos de la vida», «Mi presidio» y «Tatuaje del alma».
Ahora ha decidido internarse de lleno en el universo vallenato.
Y lo hace como un homenaje nacido del respeto y la admiración hacia este género musical colombiano de origen provinciano, que ha encontrado en ella no solamente una intérprete, sino una mujer profundamente conmovida por sus historias y por la sensibilidad de sus composiciones.
En esta decisión también existe una hermosa reciprocidad.
Gabriela cuenta con una comunidad de miles de seguidores colombianos que han creído en su búsqueda artística, en su manera de hacer las cosas, con seriedad y profesionalismo. Y ese respaldo ha sido fundamental para una artista independiente que ha autogestionado sus propios proyectos y que, para la realización de este nuevo álbum, también ha contado con el apoyo financiero de sus seguidores.
Por eso este trabajo la tiene especialmente emocionada y profundamente agradecida con la gente colombiana.
Y hay algo que quizás explique por qué su voz consigue acercarse con tanta naturalidad a estas músicas.
Gabi Cuicchi es una mujer de sensibilidad a flor de piel. Tiene una particular capacidad para conectar y empatizar con aquello que la rodea. Es nostálgica, y esa nostalgia la conduce hacia la zamba de su tierra, pero también hacia los paseos vallenatos románticos, dos expresiones musicales que parecen conversar con su propia manera de sentir.
Y es allí donde aparece esa voz suya.
Una voz dulce, melódica, cálida y profundamente expresiva.
Una voz que no parece limitarse a cantar una canción, sino que se adentra en ella para buscar lo que existe detrás de las palabras. Una voz que puede acariciar una melodía y, al mismo tiempo, dejar en ella la huella de una mujer que siente intensamente aquello que interpreta.
Tal vez por eso la zamba y el paseo vallenato encuentran en su garganta un territorio propicio. Porque ambos géneros tienen algo en común con su sensibilidad: saben hablar de la nostalgia, del amor, de la ausencia, de la memoria y de esas pequeñas heridas que, cuando pasan por la música, dejan de doler para convertirse en belleza.
Pero la mirada de Gabriela va mucho más allá de Argentina y Colombia.
Con su música también ha visitado otros países como Brasil, Paraguay, Uruguay, entre otros, llevando en su voz el eco de dos pueblos y dejando en cada escenario la certeza de que el folclor latinoamericano no conoce fronteras.
Ella aprecia el folclor latinoamericano en toda su dimensión. Entiende que en las músicas de nuestros pueblos existe un patrimonio que muchas veces permanece escondido, esperando que alguien vuelva a descubrirlo.
Para ella, el folclor es la expresión de los pueblos.
Es memoria.
Es identidad.
Es la historia contada por quienes quizá nunca tuvieron un libro para escribirla.
En cada melodía, en cada instrumento, en cada letra y en cada compositor encuentra esas pequeñas perlas escondidas que hablan de quiénes somos. Por eso considera que el folclor es uno de los grandes guardianes de la identidad de los pueblos y, al mismo tiempo, uno de nuestros tesoros más valiosos.
Su misión, entonces, no es solamente cantar.
Es visibilizar.
Es mostrarle a la gente el valor inmenso de la cultura, recordarnos que nuestras raíces merecen ser admiradas, respetadas y protegidas. Es insistir en que no debemos permitir que nuestro folclor muera, porque dentro de él habitan historias que merecen ser contadas y recordadas.
Y en esa misión aparece otra faceta de Gabi que vale la pena nombrar.
«Ella no reseña canciones. Rescata memorias.»
Gabi Cuicchi es también creadora de contenido musical. De las que investigan, que llaman al compositor, que cuentan la historia detrás de la letra, los pormenores del Caribe colombiano, de Argentina y de toda Latinoamérica.
Tiene fluidez verbal, tiene carisma, y sobre todo tiene credibilidad. Porque respeta la obra, nombra al autor y entiende que el folclor no se hace viral: se hace eterno cuando alguien decide contarlo bien.
Su voz es puente. Puente entre el compositor y el oyente, entre el disco viejo y el celular nuevo. Porque Gabi comprendió algo: Latinoamérica canta con muchos acentos, pero con un solo corazón. Y ella no es «influencer» por los números. Es influencia porque cada vez que habla, alguien vuelve a valorar sus raíces.
Y también viven los nombres de tantos artistas y compositores que entregaron su vida a la cultura y a la música de estas tierras.
Por eso, cuando Gabriela Cuicchi canta una cumbia colombiana, un paseo vallenato o una canción de raíz latinoamericana, no está simplemente interpretando una melodía que nació lejos de su Mar del Plata natal.
Está tendiendo un puente.
Un puente entre el Río de la Plata y el Caribe.
Entre Argentina y Colombia.
Entre su propia historia y la historia de otros pueblos.
Entre una mujer que nació en el sur del continente y una música que nació en las entrañas del Caribe colombiano.
Y es como si brindáramos con un Malbec argentino y lo mezcláramos con el aguardiente y el ron colombiano: dos mundos distintos que al encontrarse encienden la misma celebración. Porque la música, como el buen trago, no divide: une. Y en esa mezcla nace el sabor de dos pueblos que decidieron cantarse el uno al otro.
Y quizá allí radique la verdadera grandeza de la música: en demostrarnos que las raíces pueden viajar, que los sentimientos no necesitan pasaporte y que una canción puede convertir a un extranjero en un hermano.
Hoy, mientras Gabriela prepara ese álbum de cinco clásicos vallenatos junto a «Gabi y La Junta Vallenata», su voz parece estar escribiendo una nueva página de ese largo diálogo musical entre dos naciones que, aunque separadas por la geografía, comparten una misma capacidad para cantar la vida, la nostalgia y el amor.
Y mientras la escucho, pienso que quizá la música colombiana no llegó a Gabriela Cuicchi por casualidad.
Tal vez estaba esperándola.
Porque existen canciones que uno escucha por primera vez, pero que el corazón reconoce como si las hubiera estado esperando desde siempre.
Y cuando una voz argentina encuentra su camino en el vallenato y la cumbia colombiana, no es Colombia la que viaja hasta Argentina, ni Argentina la que llega hasta Colombia: es la música, esa patria sin fronteras, la que vuelve a recordarnos que todos los pueblos del continente tienen una misma manera de sentir cuando el corazón aprende a cantar.
Con aprecio y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado
Ovidio Granados vivió metido en el corazón de los acordeones
Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv
Por más de 60 años Ovidio Enrique Granados Melo, ‘El viejo Villo’, en menos de lo que cantaba un gallo abría los acordeones, y empezaba a dar clases sobre sus elementos ocultos, sin decir cómo se reparaban. Por eso se ganó el interesante título de ‘Cirujano de los acordeones’.
Sabía esculcar a fondo el corazón de ese instrumento dando el diagnóstico adecuado y hasta el valor que tenía la reparación. Nunca pasó de 20 mil pesos. “Y me pedían rebaja”, decía jocosamente.
Como todo alumno tuvo su profesor llamado Ismael Rudas Jaramillo, quien vivía en el pueblo de Caracolicito, municipio de El Copey, Cesar. Ese trabajo le gustó tanto que en vez de dedicarse a tocar con dedicación el acordeón donde era un gran creativo, optó por repararlo con éxito absoluto, teniendo la más grande clientela. De eso vivió gran parte de su vida.
En esos diálogos sobre su oficio nunca quiso decir cuál era el secreto para llegar al punto preciso y no demorar en el arreglo del acordeón, pero entregó una pista que sus hijos lo sabían, especialmente Ovidio Raúl, quien sin duda sería el sucesor.
Para Ovidio Granados el mes de abril era bendito, no solamente por el Festival de la Leyenda Vallenata, sino porque el desfile de acordeoneros por su casa en el barrio Los Caciques de Valledupar, era grande. Todos querían que le pusiera su acordeón 10 puntos, para estar listos para los concursos o parrandas.
Cuando hablaba del Festival de la Leyenda Vallenata se emocionaba porque durante tres años fue protagonista en el concurso de acordeón profesional. Como cosa curiosa participó en tres ocasiones ocupando el segundo puesto, exactamente en los años 1968, 1975 y 1983. En esas oportunidades ganaron Alejandro Durán Díaz, Julio Enrique de la Ossa Domínguez y Julio César Rojas Buendía.
Eso lo hizo comentar. “Yo, siempre estuve ensegundao”. Claro que tiempo después vinieron grandes alegrías con los triunfos en el Festival de la Leyenda Vallenata de sus hijos Hugo Carlos, Juan José y de su hermano Almes.
Ovidio Granados, en medio del arreglo de los acordeones, tarea que también desempeñaba su fallecido hijo Eudes, hizo su incursión en la pasta sonora en tres ocasiones con Los Playoneros del Cesar y Diomedes Díaz, con quien grabó las canciones ‘Diana’ (Calixto Ochoa), ‘Las cosas del amor’ (Marciano Martínez), ‘Palmina’ (Joaquín Betín) y ‘La guajirita’ (Diomedes Díaz). También, participó en la producción musical ‘Granados, Dinastía de Reyes’, en unión de los músicos de su familia.
Para el juglar mariangolero había una frase de Gabriel García Márquez, que le gustaba porque era realidad. “No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo escuchamos se nos arruga el sentimiento”. Todo se encerraba en las bondades emocionales de ese viejo instrumento que nunca pasa de moda regalando notas alegres, románticas y tristes.
Las añoranzas flotaban en su entorno y citó la vez cuando estuvo en Alemania, exactamente en la fábrica de acordeones Hohner, donde se maravillaron por su forma artesanal de arreglarlos con pocas herramientas. Alla, era diferente por la manera técnica de ensamblarlas. De todas maneras, ‘El viejo Villao’ demostró ser el mejor arreglador de pitos, bajos y fuelles que componen esa caja bendita.
Los recuerdos
El era un hombre serio, calmado, de poco hablar y en una entrevista entregó su concepto sobre los mejores acordeoneros citando en su orden a Luís Enrique Martínez, Calixto Ochoa, Alfredo Gutiérrez y Emiliano Zuleta Díaz. También marcó su territorio. “A mis hijos Hugo Carlos, Juan José, y a mi hermano Almes, no los meto en la lista porque tocan más bonito y son unos tigres”.
Luego pasó a las canciones que más le gustaban, haciendo un extenso recorderis. ‘Lirio rojo’ (Calixto Ochoa), ‘Matildelina’ (Leandro Díaz), ‘El cachaquito’ (Miguel Yaneth) y ‘El vicio’, de su autoría. “Si acaso me mata el vicio, me entierran con mi acordeón, porque pa’ tocar bonito, tengo que tomar el ron”.
También destacó a Mariangola, de quien anotó era el pueblo más bello del mundo y producía de todo. De ser padre de 12 hijos y de tener 21 nietos, de los cuales dos Hugo Carlos Granados Jr. y Jairo José Lobo Granados, son acordeoneros. La dinastía continua en marcha.
Rey Vallenato Vitalicio
Para Ovidio Enrique Granados Melo, la noche del sábado siete de junio de 2025 fue gloriosa porque recibió por parte de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, el título de Rey Vallenato Vitalicio.
Entonces sus palabras fueron elocuentes. “La gracia de Dios es grande y todo en su momento. Que mejor que sea en vida para alegrarme por este reconocimiento de Rey Vallenato Vitalicio. Estoy feliz y este título lo comparto con los seguidores de la dinastía Granados”.
En la despedida del juglar que dejó una inmensa huella, se exalta su nombre y su extensa tarea a favor del folclor vallenato, donde fue la figura principal de su dinastía y hasta sus últimos días estuvo como guardián de los acordeones a los que consintió como a sus hijos.
Allá en el famoso kiosko de su casa quedaron registrados miles de historias, notas de acordeones y esos versos de la canción de Calixto Ochoa, ‘Diana’ que interpretó con Diomedes Díaz. “Si acaso yo no regreso más por aquí, díganle a Diana que rece, y ruegue por mí”. Decir adiós nunca es fácil, porque el mañana no cura los recuerdos.


Rafael Orozco: 34 años después, la voz que sigue cantando en el alma de Colombia
Por Alcibiades Nuñez.
El 11 de junio no es una fecha cualquiera para el vallenato. Es un día que se pronuncia con nostalgia, respeto y profunda emoción. Un día en el que la memoria colectiva del Caribe colombiano vuelve inevitablemente a una de sus figuras más emblemáticas: Rafael Orozco Maestre.
Han transcurrido 34 años desde su partida, pero su voz permanece intacta en el corazón de millones de seguidores. Su legado ha demostrado que existen artistas cuya obra trasciende el tiempo y las circunstancias, convirtiéndose en patrimonio sentimental de un pueblo. Rafael Orozco es uno de ellos.
Hablar de Orozco no es únicamente hablar de música. Es hablar de disciplina, de talento, de liderazgo y de identidad cultural. Es también hablar de Zambrano, el corregimiento del municipio de San Juan del Cesar, en La Guajira, tierra de sus raíces familiares y escenario fundamental en la construcción de su historia personal.
Quienes compartieron con él coinciden en describir a un hombre de carácter firme, alejado de los excesos que suelen rodear la fama y comprometido de manera absoluta con su profesión. La responsabilidad era una exigencia permanente dentro de su agrupación. La puntualidad, el respeto y la sana convivencia no eran simples recomendaciones, sino principios inquebrantables que guiaban su trabajo diario.
Sobre los escenarios, Rafael Orozco poseía una virtud que pocos artistas logran alcanzar: conectar emocionalmente con el público. Cada presentación era una experiencia única. No se limitaba a cantar canciones; interpretaba historias, sentimientos y vivencias que reflejaban la esencia del Caribe colombiano.
A través de sus letras, habló del amor, de la familia, de la naturaleza y de las alegrías y tristezas que acompañan la vida cotidiana. Su voz transmitía cercanía, sensibilidad y autenticidad.
En apenas 17 años de carrera artística construyó una obra monumental. Más de 200 canciones forman parte de un repertorio que hoy integra la memoria musical de Colombia. Temas como Solo para ti, Dime pajarito, Estar enamorado y Te seguiré queriendo, continúan sonando con la misma fuerza de hace décadas, demostrando que las grandes canciones no envejecen.
Los reconocimientos llegaron como consecuencia natural de su éxito. Tres Congos de Oro en el Carnaval de Barranquilla, dieciséis discos de oro, dos discos de platino y numerosos galardones internacionales en Venezuela, Panamá y Estados Unidos confirmaron lo que el público ya sabía: Rafael Orozco no era simplemente una estrella del vallenato; era un fenómeno cultural.
Sin embargo, su historia resulta inseparable de la de Israel Romero, el legendario «Pollo Isra». Juntos protagonizaron una de las alianzas artísticas más exitosas de la música colombiana. Al frente de El Binomio de Oro de América revolucionaron el vallenato contemporáneo, incorporando nuevos arreglos musicales, fortaleciendo la temática romántica y proyectando el género hacia escenarios internacionales.
La combinación de la voz de Orozco y el acordeón de Romero marcó una época irrepetible. Gracias a ellos, el vallenato dejó de ser una expresión exclusivamente regional para convertirse en una manifestación artística admirada en distintos países.
Cada 11 de junio, la ausencia de Rafael Orozco vuelve a sentirse con intensidad. Su nombre sigue vivo en Valledupar, Barranquilla, en San Juan del Cesar, en La Guajira y en cada rincón donde una canción del Binomio de Oro evoca recuerdos imborrables.
Su aporte fue determinante en tres dimensiones fundamentales. Primero, porque impulsaron una etapa de modernización que amplió los horizontes musicales del género. Segundo, porque construyeron una de las épocas más brillantes y recordadas de la música vallenata. Y tercero, porque contribuyeron decisivamente a que esta expresión cultural alcanzara reconocimiento internacional.
Pero más allá de los logros artísticos, el homenaje tiene una dimensión profundamente humana. Rafael Orozco se convirtió en un símbolo que trasciende generaciones. Su trágica muerte no silenció su voz; por el contrario, la transformó en un eco permanente que continúa acompañando la historia musical de Colombia.
Treinta y cuatro años después, Rafael Orozco Maestre sigue demostrando que las leyendas no mueren. Simplemente aprenden a vivir para siempre en la memoria de su pueblo.
Un poeta un sentimiento: el día que la sangre recordó que sabía cantar
«A veces hay que subir al balcón de un pueblo para ver el patio de donde uno viene»: Ramiro Álvarez Mercado
Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*
El doctor Ignacio Cantillo Vázquez, abogado de oficio y poeta de nacimiento, me contó la historia que años después se volvió canto. «Un poeta un sentimiento», en la voz transparente de Ivo Luis Díaz y el acordeón cadencioso y pulcro del Rey de Reyes Almes Granados, no nació en un escritorio: nació en una pregunta de niño.
Fue en Manaure, “El Balcón del Cesar”. Allí donde el paisaje se asoma y el aire parece detenido para que uno escuche mejor. Ignacio tenía apenas siete años cuando fue con su madre a la finca “Bella Luz”, tierra que había sido de su abuelo materno. Y fue en ese paradisíaco lugar donde el destino le puso una voz en el camino.
De una casa vecina llegaba un murmullo que no era rezo ni queja: eran versos. Una voz mayor, gastada por el tiempo pero intacta en el don, soltaba coplas como si abriera una llave. El niño, perplejo, preguntó quién era. Y la respuesta fue doble revelación: aquel hombre era medio hermano de su abuelo materno, tío de su madre. Le decían “Chemingo”. Ese día, su madre supo por primera vez de la existencia de ese tío. Ese día, Ignacio supo que la poesía también era herencia.
Lo llevaron a conocerlo. Y vieron al poeta natural: sin título, sin escuela, sin miedo a la hoja en blanco porque no usaba hoja. Los versos le fluían como el agua de un manantial. De eso vivía. Hacía coplas por encargo para el enamorado tímido, para el que quería alabar un árbol, para el que necesitaba nombrar la vida cotidiana sin que se le quebrara en la boca. Era abogado del sentimiento ajeno: escuchaba el caso, lo alegaba en décima y ganaba.
Ignacio Cantillo Vázquez, “El Poeta Raizal”, guardó aquella escena durante décadas. La dejó quieta, como se deja el vino en la tinaja. Mientras tanto estudió leyes, aprendió a defender con códigos y artículos lo que otros defendían con versos. Pero la toga nunca le tapó la raíz. Porque hay cosas que no se escogen: se heredan.
Tal vez por eso su canto tiene ese equilibrio extraño entre la razón y el arrebato. El abogado organiza, el poeta desordena para volver a nombrar. Y en medio de los dos, “Chemingo” aparece como eslabón perdido: la prueba de que antes de la universidad hubo una universidad del patio, antes del alegato hubo la copla, antes del doctor hubo un tío abuelo que le enseñó sin saberlo que las palabras también curan.
Y cuando esa historia se hizo canción, encontró el cuerpo que necesitaba. La melodía de «Un poeta un sentimiento» no camina: se arrastra con una melancolía limpia, de las que no pesan sino que alumbran. Tiene el paso lento de quien regresa a un lugar que no existe, pero que duele igual. Cada nota parece escrita para que la nostalgia no grite: para que hable bajito, como se habla con los muertos que uno quiere.
Ahí entra Ivo Díaz. Su voz no interpreta: confiesa. Es transparente no por delgada, sino por honesta. No le pone adornos al verso porque sabe que el verso ya viene vestido. Ivo canta como si le debiera una explicación al silencio. Cada palabra la suelta con el cuidado de quien sabe que hay recuerdos que se rompen si uno sube la voz. Por eso no hay exceso, hay verdad. Y la verdad, en su garganta, suena a casa.
Y sosteniendo todo, el acordeón del Rey de Reyes Almes Granados. Pulcro, cadencioso, sin una nota que sobre. Almes no acompaña: conversa. Su fuelle respira donde la voz calla. Tiene la maestría de no competir con el verso sino de abrirle camino, como quien aparta la maleza para que pase el que sabe. En sus bajos va la tierra, en sus pitos va el viento de Manaure, y en cada fraseo va la paciencia de quien entiende que la música, como la justicia, es cosa de tiempo y de medida. Cuando Almes adorna, no adorna: recuerda.
«Un poeta un sentimiento» no es solo canción: es expediente abierto. Es la confesión de que uno no se hace solo. Que a veces basta una voz escuchada a los siete años para que, mucho tiempo después, el hombre entienda por qué escribe. Que la sangre recuerda aunque la memoria no sepa.
Porque el arte, como la justicia, llega tarde a veces. Pero llega.
Y cuando llega, trae el nombre de todos los que hablaron antes.
Y la música de los que supieron escucharlos.
Atentamente,
*Ramiro Elías Álvarez Mercado*





