Gabi Cuicchi: una voz argentina que aprendió a cantar con el corazón de Colombia

«Hay voces que nacen para cantar canciones y otras que, cuando cantan, consiguen que las canciones vuelvan a nacer»:
Ramiro Álvarez Mercado

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Algunos encuentros no necesitan de un apretón de manos ni de una conversación frente a frente para dejar una huella. A veces basta escuchar una voz, descubrir la sensibilidad que habita detrás de ella y comprender que, aunque los mapas levanten fronteras, la música se encarga de derribarlas. Eso me ocurrió al acercarme a la historia de Gabriela Cuicchi, una artista argentina que encontró en la música colombiana, y particularmente en el vallenato, la cumbia, el porro y el bullerengue, un territorio del alma donde su propia sensibilidad pudo reconocerse.

Porque la música tiene esa extraña manera de acercar las distancias: una melodía puede viajar miles de kilómetros, cruzar fronteras, atravesar montañas y mares, y llegar hasta un corazón que quizá nunca ha pisado la tierra donde nació aquella canción. Así, desde Mar del Plata, una mujer argentina fue descubriendo que en Colombia también había una parte de su propia historia musical por encontrar.

Gabriela Florencia Cuicchi nació el 23 de marzo de 1992, en la ciudad de Mar del Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina. Allí realizó sus estudios primarios en el colegio María Auxiliadora y cursó la secundaria en Nueva Pompeya.

A los 17 años se animó a tomar clases de canto. Cuatro años más tarde ingresó al Instituto Polivalente de Arte “IPA” Adolfo Ábalos, de su ciudad natal, donde realizó su formación musical y obtuvo la Tecnicatura de Canto con orientación en canto jazz.

En su familia, la música no llegó como una herencia transmitida de generación en generación. Gabi es la menor de cuatro hermanos varones y la única artista de la familia. Su madre, Patricia, fue empleada pública, y su padre, Fernando, veterinario. En su casa se escuchaba música variada, pero ninguno de sus familiares tuvo una inclinación particular hacia el arte musical. El gusto por el canto, por la música y por la historia que existe detrás de ella nació en Gabriela como una inquietud profundamente personal, como una especie de llamado interior que fue creciendo con el paso del tiempo.

Quizá por eso su historia musical tiene algo de búsqueda, de descubrimiento y también de viaje.

Cuando comenzó a cantar, sintió una profunda fascinación por las voces afroamericanas, por esas voces negras que parecían traer consigo la memoria de pueblos enteros: el blues, el jazz, el soul, el góspel. Siempre se sintió cautivada por esa energía afrodescendiente, por esa fuerza que parece convertir el dolor en canto y la historia en melodía.

Pero un día, casi como quien abre una puerta sin imaginar lo que existe detrás de ella, la canción “Los caminos de la vida”, del compositor vallenato Omar Geles Suárez, le mostró otro horizonte.

Y entonces su universo musical comenzó a ensancharse.

Gabriela Florencia se considera una mujer abierta a los diferentes sonidos, una artista de gustos musicales amplios, una exploradora permanente de melodías y culturas. Poco a poco fue encontrándose con el folclor de su propia tierra, con el rock nacional argentino, la zamba, el tango y el chamamé, géneros que analiza y que le hablan de la memoria de su país, y por supuesto, con las voces y las historias de la tierra que la vio nacer.

Siempre le ha causado una enorme curiosidad conocer aquello que se esconde detrás de las canciones: la historia de quienes las escribieron, las circunstancias que inspiraron sus letras, las melodías que las hicieron eternas y la vida de los compositores que consiguieron transformar sus experiencias en patrimonio colectivo.

Por eso también realizó algunas versiones de canciones como homenaje a la patria donde nació y nacieron sus ancestros.

Y como buena argentina, la cumbia de su país también hizo parte de ese camino. Pero la búsqueda continuaba. Y en ese andar musical terminó encontrándose con la cumbia colombiana, con sus raíces, con su riqueza, con su belleza cautivadora y, sobre todo, con Colombia, esa tierra que para muchos es reconocida como cuna y madre de la cumbia.

Desde su natal Mar del Plata, Gabriela también tuvo la oportunidad de compartir escenarios y alternar con agrupaciones colombianas durante las temporadas de verano. Aquellas experiencias terminaron reforzando aún más su admiración y su profundo gusto por la música del Caribe colombiano.

Cuando comenzó sus clases de canto, paralelamente tomó clases de guitarra y piano. Nunca pretendió convertirse en una gran guitarrista o pianista; aquellos instrumentos fueron, más bien, herramientas que le permitieron acompañarse y comprender mejor el lenguaje musical. Tiene una noción básica de ambos, pero sabe perfectamente cuál es su verdadero instrumento.

Su voz.

El canto es su manera de expresarse, su forma de decir lo que siente, de ponerle palabras a aquello que muchas veces no las tiene. Su voz está empapada de sus emociones y sentimientos, y quizá allí reside su mayor fortaleza: en entender que cantar no consiste únicamente en emitir sonidos afinados, sino en dejar que el corazón encuentre una manera de hacerse audible. En esa voz hay un brillo que le da un condimento muy especial a su interpretación, una luz que no solo canta: alumbra la canción por dentro.

Después de terminar sus estudios secundarios comenzó a estudiar psicología. Sin embargo, no llegó a completar los dos primeros años. En algún momento comprendió que su alma le gritaba otra cosa. Le pedía otro camino. Le reclamaba música.

Y decidió escucharla.

Tomó entonces la determinación de hacer del arte musical su forma de vida, aun sabiendo todas las dificultades que implica vivir del arte y construir una carrera siendo una artista independiente. Continuó su formación en el Instituto Adolfo Ábalos, realizó su profesorado en música y finalmente obtuvo la tecnicatura.

Durante más de diez años participó en distintas agrupaciones musicales de su ciudad y también realizó coros para otros artistas en producciones locales. Pero Gabriela no solamente es intérprete: también se destaca como compositora. Sus propias canciones comenzaron a encontrar espacio en bares y restaurantes, lugares donde la música suele encontrarse con la vida cotidiana, con las conversaciones, con las copas y con las historias de quienes escuchan.

También hizo parte de una orquesta, llamada, «Orquesta Cumbia Grande», en la que se rendía homenaje, a través del repertorio, a grandes figuras de la música tropical y de salón colombiana de las décadas de los años 50, 60 y 70, entre ellos Lucho Bermúdez, Clímaco Sarmiento, Pacho Galán, entre otros. Allí además de cantar, interpretaba las maracas.

Y fue precisamente allí, entre canciones, ritmos y maracas, donde sin saberlo estaba naciendo una de las conexiones más fuertes de su vida artística con la música colombiana.

Ese fue el Génesis de todo.

Después de aquel recorrido decidió dar un paso al costado y emprender su propio proyecto como solista. Quería elegir sus canciones, construir su propio repertorio y encontrar una manera personal de comunicar aquello que estaba haciendo y sintiendo.

Fue a finales de 2022 cuando se dijo: “Bueno, hasta acá llego”.

Y entonces comenzó una nueva etapa.

Empezó a producir su propia música, porque Gabriela también es productora. En este camino cuenta con una persona que se ha convertido en su mano derecha, su colega y su compañero fundamental en la construcción de su proyecto artístico: el músico Martín Amenta, con quien asegura tener una gran conexión y un profundo entendimiento musical.

La primera canción que abrió este nuevo camino fue una cumbia de su autoría titulada “La cumbia quedó conmigo”, una obra en la que narra sus propias vivencias hasta ese momento, aquello que la cumbia despierta en ella y todo lo que ha aprendido a través de este género, especialmente su acercamiento, admiración y valoración de la música colombiana y de la historia que la sostiene.

Después compuso una cumbia santafesina, impregnada del estilo propio de esa provincia argentina, titulada “Mi cumbia nostalgia”.

Pero la historia no termina allí.

Su proyecto actual la encuentra trabajando en la producción de un álbum compuesto por cinco canciones clásicas del vallenato, junto a la agrupación «Gabi y La Junta Vallenata». Es una nueva aventura artística para Gabriela, pues anteriormente había trabajado principalmente con sencillos de una canción o con covers en formato de mosaicos.
Canciones vallenatas que ya se pueden escuchar en plataformas digitales: «Voy a olvidarme de mí», «Quiero que seas mi estrella», «No voy a llorar», «Los caminos de la vida», «Mi presidio» y «Tatuaje del alma».

Ahora ha decidido internarse de lleno en el universo vallenato.

Y lo hace como un homenaje nacido del respeto y la admiración hacia este género musical colombiano de origen provinciano, que ha encontrado en ella no solamente una intérprete, sino una mujer profundamente conmovida por sus historias y por la sensibilidad de sus composiciones.

En esta decisión también existe una hermosa reciprocidad.

Gabriela cuenta con una comunidad de miles de seguidores colombianos que han creído en su búsqueda artística, en su manera de hacer las cosas, con seriedad y profesionalismo. Y ese respaldo ha sido fundamental para una artista independiente que ha autogestionado sus propios proyectos y que, para la realización de este nuevo álbum, también ha contado con el apoyo financiero de sus seguidores.

Por eso este trabajo la tiene especialmente emocionada y profundamente agradecida con la gente colombiana.

Y hay algo que quizás explique por qué su voz consigue acercarse con tanta naturalidad a estas músicas.

Gabi Cuicchi es una mujer de sensibilidad a flor de piel. Tiene una particular capacidad para conectar y empatizar con aquello que la rodea. Es nostálgica, y esa nostalgia la conduce hacia la zamba de su tierra, pero también hacia los paseos vallenatos románticos, dos expresiones musicales que parecen conversar con su propia manera de sentir.

Y es allí donde aparece esa voz suya.

Una voz dulce, melódica, cálida y profundamente expresiva.

Una voz que no parece limitarse a cantar una canción, sino que se adentra en ella para buscar lo que existe detrás de las palabras. Una voz que puede acariciar una melodía y, al mismo tiempo, dejar en ella la huella de una mujer que siente intensamente aquello que interpreta.

Tal vez por eso la zamba y el paseo vallenato encuentran en su garganta un territorio propicio. Porque ambos géneros tienen algo en común con su sensibilidad: saben hablar de la nostalgia, del amor, de la ausencia, de la memoria y de esas pequeñas heridas que, cuando pasan por la música, dejan de doler para convertirse en belleza.

Pero la mirada de Gabriela va mucho más allá de Argentina y Colombia.
Con su música también ha visitado otros países como Brasil, Paraguay, Uruguay, entre otros, llevando en su voz el eco de dos pueblos y dejando en cada escenario la certeza de que el folclor latinoamericano no conoce fronteras.

Ella aprecia el folclor latinoamericano en toda su dimensión. Entiende que en las músicas de nuestros pueblos existe un patrimonio que muchas veces permanece escondido, esperando que alguien vuelva a descubrirlo.

Para ella, el folclor es la expresión de los pueblos.

Es memoria.

Es identidad.

Es la historia contada por quienes quizá nunca tuvieron un libro para escribirla.

En cada melodía, en cada instrumento, en cada letra y en cada compositor encuentra esas pequeñas perlas escondidas que hablan de quiénes somos. Por eso considera que el folclor es uno de los grandes guardianes de la identidad de los pueblos y, al mismo tiempo, uno de nuestros tesoros más valiosos.

Su misión, entonces, no es solamente cantar.

Es visibilizar.

Es mostrarle a la gente el valor inmenso de la cultura, recordarnos que nuestras raíces merecen ser admiradas, respetadas y protegidas. Es insistir en que no debemos permitir que nuestro folclor muera, porque dentro de él habitan historias que merecen ser contadas y recordadas.

Y en esa misión aparece otra faceta de Gabi que vale la pena nombrar.
«Ella no reseña canciones. Rescata memorias.»
Gabi Cuicchi es también creadora de contenido musical. De las que investigan, que llaman al compositor, que cuentan la historia detrás de la letra, los pormenores del Caribe colombiano, de Argentina y de toda Latinoamérica.
Tiene fluidez verbal, tiene carisma, y sobre todo tiene credibilidad. Porque respeta la obra, nombra al autor y entiende que el folclor no se hace viral: se hace eterno cuando alguien decide contarlo bien.
Su voz es puente. Puente entre el compositor y el oyente, entre el disco viejo y el celular nuevo. Porque Gabi comprendió algo: Latinoamérica canta con muchos acentos, pero con un solo corazón. Y ella no es «influencer» por los números. Es influencia porque cada vez que habla, alguien vuelve a valorar sus raíces.

Y también viven los nombres de tantos artistas y compositores que entregaron su vida a la cultura y a la música de estas tierras.

Por eso, cuando Gabriela Cuicchi canta una cumbia colombiana, un paseo vallenato o una canción de raíz latinoamericana, no está simplemente interpretando una melodía que nació lejos de su Mar del Plata natal.

Está tendiendo un puente.

Un puente entre el Río de la Plata y el Caribe.

Entre Argentina y Colombia.

Entre su propia historia y la historia de otros pueblos.

Entre una mujer que nació en el sur del continente y una música que nació en las entrañas del Caribe colombiano.

Y es como si brindáramos con un Malbec argentino y lo mezcláramos con el aguardiente y el ron colombiano: dos mundos distintos que al encontrarse encienden la misma celebración. Porque la música, como el buen trago, no divide: une. Y en esa mezcla nace el sabor de dos pueblos que decidieron cantarse el uno al otro.

Y quizá allí radique la verdadera grandeza de la música: en demostrarnos que las raíces pueden viajar, que los sentimientos no necesitan pasaporte y que una canción puede convertir a un extranjero en un hermano.

Hoy, mientras Gabriela prepara ese álbum de cinco clásicos vallenatos junto a «Gabi y La Junta Vallenata», su voz parece estar escribiendo una nueva página de ese largo diálogo musical entre dos naciones que, aunque separadas por la geografía, comparten una misma capacidad para cantar la vida, la nostalgia y el amor.

Y mientras la escucho, pienso que quizá la música colombiana no llegó a Gabriela Cuicchi por casualidad.

Tal vez estaba esperándola.

Porque existen canciones que uno escucha por primera vez, pero que el corazón reconoce como si las hubiera estado esperando desde siempre.

Y cuando una voz argentina encuentra su camino en el vallenato y la cumbia colombiana, no es Colombia la que viaja hasta Argentina, ni Argentina la que llega hasta Colombia: es la música, esa patria sin fronteras, la que vuelve a recordarnos que todos los pueblos del continente tienen una misma manera de sentir cuando el corazón aprende a cantar.

Con aprecio y admiración,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Ovidio Granados vivió metido en el corazón de los acordeones

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

Por más de 60 años Ovidio Enrique Granados Melo, ‘El viejo Villo’, en menos de lo que cantaba un gallo abría los acordeones, y empezaba a dar clases sobre sus elementos ocultos, sin decir cómo se reparaban. Por eso se ganó el interesante título de ‘Cirujano de los acordeones’.

Sabía esculcar a fondo el corazón de ese instrumento dando el diagnóstico adecuado y hasta el valor que tenía la reparación. Nunca pasó de 20 mil pesos. “Y me pedían rebaja”, decía jocosamente.

Como todo alumno tuvo su profesor llamado Ismael Rudas Jaramillo, quien vivía en el pueblo de Caracolicito, municipio de El Copey, Cesar. Ese trabajo le gustó tanto que en vez de dedicarse a tocar con dedicación el acordeón donde era un gran creativo, optó por repararlo con éxito absoluto, teniendo la más grande clientela. De eso vivió gran parte de su vida.

En esos diálogos sobre su oficio nunca quiso decir cuál era el secreto para llegar al punto preciso y no demorar en el arreglo del acordeón, pero entregó una pista que sus hijos lo sabían, especialmente Ovidio Raúl, quien sin duda sería el sucesor.

Para Ovidio Granados el mes de abril era bendito, no solamente por el Festival de la Leyenda Vallenata, sino porque el desfile de acordeoneros por su casa en el barrio Los Caciques de Valledupar, era grande. Todos querían que le pusiera su acordeón 10 puntos, para estar listos para los concursos o parrandas.

Cuando hablaba del Festival de la Leyenda Vallenata se emocionaba porque durante tres años fue protagonista en el concurso de acordeón profesional. Como cosa curiosa participó en tres ocasiones ocupando el segundo puesto, exactamente en los años 1968, 1975 y 1983. En esas oportunidades ganaron Alejandro Durán Díaz, Julio Enrique de la Ossa Domínguez y Julio César Rojas Buendía.

Eso lo hizo comentar. “Yo, siempre estuve ensegundao”. Claro que tiempo después vinieron grandes alegrías con los triunfos en el Festival de la Leyenda Vallenata de sus hijos Hugo Carlos, Juan José y de su hermano Almes.

Ovidio Granados, en medio del arreglo de los acordeones, tarea que también desempeñaba su fallecido hijo Eudes, hizo su incursión en la pasta sonora en tres ocasiones con Los Playoneros del Cesar y Diomedes Díaz, con quien grabó las canciones ‘Diana’ (Calixto Ochoa), ‘Las cosas del amor’ (Marciano Martínez), ‘Palmina’ (Joaquín Betín) y ‘La guajirita’ (Diomedes Díaz). También, participó en la producción musical ‘Granados, Dinastía de Reyes’, en unión de los músicos de su familia.

Para el juglar mariangolero había una frase de Gabriel García Márquez, que le gustaba porque era realidad.  “No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo escuchamos se nos arruga el sentimiento”. Todo se encerraba en las bondades emocionales de ese viejo instrumento que nunca pasa de moda regalando notas alegres, románticas y tristes.

Las añoranzas flotaban en su entorno y citó la vez cuando estuvo en Alemania, exactamente en la fábrica de acordeones Hohner, donde se maravillaron por su forma artesanal de arreglarlos con pocas herramientas. Alla, era diferente por la manera técnica de ensamblarlas. De todas maneras, ‘El viejo Villao’ demostró ser el mejor arreglador de pitos, bajos y fuelles que componen esa caja bendita.

Los recuerdos

El era un hombre serio, calmado, de poco hablar y en una entrevista entregó su concepto sobre los mejores acordeoneros citando en su orden a Luís Enrique Martínez, Calixto Ochoa, Alfredo Gutiérrez y Emiliano Zuleta Díaz. También marcó su territorio. “A mis hijos Hugo Carlos, Juan José, y a mi hermano Almes, no los meto en la lista porque tocan más bonito y son unos tigres”.

Luego pasó a las canciones que más le gustaban, haciendo un extenso recorderis. ‘Lirio rojo’ (Calixto Ochoa), ‘Matildelina’ (Leandro Díaz), ‘El cachaquito’ (Miguel Yaneth) y ‘El vicio’, de su autoría. “Si acaso me mata el vicio, me entierran con mi acordeón, porque pa’ tocar bonito, tengo que tomar el ron”.

También destacó a Mariangola, de quien anotó era el pueblo más bello del mundo y producía de todo. De ser padre de 12 hijos y de tener 21 nietos, de los cuales dos Hugo Carlos Granados Jr. y Jairo José Lobo Granados, son acordeoneros. La dinastía continua en marcha.

Rey Vallenato Vitalicio

Para Ovidio Enrique Granados Melo, la noche del sábado siete de junio de 2025 fue gloriosa porque recibió por parte de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, el título de Rey Vallenato Vitalicio.

Entonces sus palabras fueron elocuentes. “La gracia de Dios es grande y todo en su momento. Que mejor que sea en vida para alegrarme por este reconocimiento de Rey Vallenato Vitalicio. Estoy feliz y este título lo comparto con los seguidores de la dinastía Granados”.

En la despedida del juglar que dejó una inmensa huella, se exalta su nombre y su extensa tarea a favor del folclor vallenato, donde fue la figura principal de su dinastía y hasta sus últimos días estuvo como guardián de los acordeones a los que consintió como a sus hijos.

Allá en el famoso kiosko de su casa quedaron registrados miles de historias, notas de acordeones y esos versos de la canción de Calixto Ochoa, ‘Diana’ que interpretó con Diomedes Díaz. “Si acaso yo no regreso más por aquí, díganle a Diana que rece, y ruegue por mí”. Decir adiós nunca es fácil, porque el mañana no cura los recuerdos.


Un poeta un sentimiento: el día que la sangre recordó que sabía cantar

«A veces hay que subir al balcón de un pueblo para ver el patio de donde uno viene»: Ramiro Álvarez Mercado

Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*

El doctor Ignacio Cantillo Vázquez, abogado de oficio y poeta de nacimiento, me contó la historia que años después se volvió canto. «Un poeta un sentimiento», en la voz transparente de Ivo Luis Díaz y el acordeón cadencioso y pulcro del Rey de Reyes Almes Granados, no nació en un escritorio: nació en una pregunta de niño.

Fue en Manaure, “El Balcón del Cesar”. Allí donde el paisaje se asoma y el aire parece detenido para que uno escuche mejor. Ignacio tenía apenas siete años cuando fue con su madre a la finca “Bella Luz”, tierra que había sido de su abuelo materno. Y fue en ese paradisíaco lugar donde el destino le puso una voz en el camino.

De una casa vecina llegaba un murmullo que no era rezo ni queja: eran versos. Una voz mayor, gastada por el tiempo pero intacta en el don, soltaba coplas como si abriera una llave. El niño, perplejo, preguntó quién era. Y la respuesta fue doble revelación: aquel hombre era medio hermano de su abuelo materno, tío de su madre. Le decían “Chemingo”. Ese día, su madre supo por primera vez de la existencia de ese tío. Ese día, Ignacio supo que la poesía también era herencia.

Lo llevaron a conocerlo. Y vieron al poeta natural: sin título, sin escuela, sin miedo a la hoja en blanco porque no usaba hoja. Los versos le fluían como el agua de un manantial. De eso vivía. Hacía coplas por encargo para el enamorado tímido, para el que quería alabar un árbol, para el que necesitaba nombrar la vida cotidiana sin que se le quebrara en la boca. Era abogado del sentimiento ajeno: escuchaba el caso, lo alegaba en décima y ganaba.

Ignacio Cantillo Vázquez, “El Poeta Raizal”, guardó aquella escena durante décadas. La dejó quieta, como se deja el vino en la tinaja. Mientras tanto estudió leyes, aprendió a defender con códigos y artículos lo que otros defendían con versos. Pero la toga nunca le tapó la raíz. Porque hay cosas que no se escogen: se heredan.

Tal vez por eso su canto tiene ese equilibrio extraño entre la razón y el arrebato. El abogado organiza, el poeta desordena para volver a nombrar. Y en medio de los dos, “Chemingo” aparece como eslabón perdido: la prueba de que antes de la universidad hubo una universidad del patio, antes del alegato hubo la copla, antes del doctor hubo un tío abuelo que le enseñó sin saberlo que las palabras también curan.

Y cuando esa historia se hizo canción, encontró el cuerpo que necesitaba. La melodía de «Un poeta un sentimiento» no camina: se arrastra con una melancolía limpia, de las que no pesan sino que alumbran. Tiene el paso lento de quien regresa a un lugar que no existe, pero que duele igual. Cada nota parece escrita para que la nostalgia no grite: para que hable bajito, como se habla con los muertos que uno quiere.

Ahí entra Ivo Díaz. Su voz no interpreta: confiesa. Es transparente no por delgada, sino por honesta. No le pone adornos al verso porque sabe que el verso ya viene vestido. Ivo canta como si le debiera una explicación al silencio. Cada palabra la suelta con el cuidado de quien sabe que hay recuerdos que se rompen si uno sube la voz. Por eso no hay exceso, hay verdad. Y la verdad, en su garganta, suena a casa.

Y sosteniendo todo, el acordeón del Rey de Reyes Almes Granados. Pulcro, cadencioso, sin una nota que sobre. Almes no acompaña: conversa. Su fuelle respira donde la voz calla. Tiene la maestría de no competir con el verso sino de abrirle camino, como quien aparta la maleza para que pase el que sabe. En sus bajos va la tierra, en sus pitos va el viento de Manaure, y en cada fraseo va la paciencia de quien entiende que la música, como la justicia, es cosa de tiempo y de medida. Cuando Almes adorna, no adorna: recuerda.

«Un poeta un sentimiento» no es solo canción: es expediente abierto. Es la confesión de que uno no se hace solo. Que a veces basta una voz escuchada a los siete años para que, mucho tiempo después, el hombre entienda por qué escribe. Que la sangre recuerda aunque la memoria no sepa.

Porque el arte, como la justicia, llega tarde a veces. Pero llega. 
Y cuando llega, trae el nombre de todos los que hablaron antes. 
Y la música de los que supieron escucharlos.

Atentamente, 
*Ramiro Elías Álvarez Mercado*

https://youtu.be/NCEAzGYrYa8?si=V9LZwlwxIvqyNSj7

Miguel Emiro Naranjo Montes: el hombre que le puso pentagrama al viento de la Sabana

«El porro no se toca: se siembra. Y lo que se siembra con amor, algún día hace bailar al mundo»: Ramiro Álvarez Mercado

Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Hay músicas que nacen para la tarima y otras que nacen para la vida. Las primeras buscan aplauso. Las segundas, memoria.

En la sabana cordobesa, donde el calor se aprende a caminar despacio y los ríos enseñan a los hombres a no apurar el paso, la música no es adorno. Es oficio, es rito, es forma de contar lo que no cabe en palabras. Allí, el porro no se aprende en libros. Se hereda en el aire, se canta con el cuerpo, se entiende con los pies.

Y cuando una tierra produce ese tipo de sonido, tarde o temprano levanta un hombre que lo traduzca al pentagrama. Que le ponga orden a lo que siempre fue impulso. Que convierta la polvareda del ensayo en escuela, el sudor del campesino en partitura, la alegría del fandango en patrimonio.

Hoy, ese hombre es una institución inscrita en la historia, y su vida sigue sonando. Hablamos de quien hizo del porro sabanero un idioma universal sin dejar de ser monte, río y pueblo.

Nació con los pies en la tierra y  con el viento adentro.
Miguel Emiro Naranjo Montes pertenece  a los que no caminan, más bien resuenan.

Llegó a este mundo terrenal en Ciénaga de Oro, Córdoba, el 17 de mayo de 1944, un día en que el Caribe colombiano, ese territorio donde la música no se aprende, se hereda, decidió sembrar en él una semilla de bronce y aliento. Desde entonces, su vida no ha sido otra cosa que una conversación ininterrumpida entre el hombre y la trompeta, entre el silencio y la fiesta.

Pero no se puede hablar de su historia sin nombrar a Planeta Rica, Córdoba, su tierra adoptiva. Ese lugar donde el polvo de las calles parece levantarse al ritmo de una banda, donde cada esquina guarda un ensayo invisible y cada madrugada tiene memoria de porro. Allí, Miguel Emiro no solo encontró un hogar: encontró su resonancia.

El porro sabanero, ese género que no siempre se escribe en partituras sino en la piel, es la voz de la Sabana. No es música de salón ni de tarima lejana. Es música de cosecha, de río crecido, de amanecer en el corral. Nace en la cadencia del ganado que camina por los potreros, en el zapateo de la fiestas de corralejas, en el sudor del campesino que después de arar agarra el clarinete y le da forma al cansancio. El porro sabanero no apura: camina. No grita: cuenta. Tiene un compás de tierra, un aire de palma, un alma que baila sin perder la compostura. Por eso, cuando suena, no solo se mueve el cuerpo: se mueve la memoria de un pueblo.

En el universo del porro sabanero, el nombre de Miguel Emiro Naranjo Montes se ha convertido en referencia, en faro, en escuela. No por decreto: por persistencia. Porque ha sido, además, formador; un maestro en el sentido más amplio de la palabra. De esos que no solo enseñan técnica, sino que transmiten una manera de escuchar el mundo.

No fue músico por imposición. Fue músico por oído e inspiración. Su madre, Placidia María Montes, tenía voz de bolero y de rancheras, y mientras lo arrullaba en una hamaca de cepa de plátano, el niño Miguel se quedaba despierto para no perderse el concierto. Su padre, Francisco Miguel Naranjo, campesino sembrador de yuca, ñame, maíz y arroz, le trajo en una Navidad una violina. Entre el canto de la madre y el regalo del padre, el camino quedó trazado: no iba a labrar tierra, iba a labrar sonidos.

Y los labró. Primero con la dulzaina que lo hizo imprescindible en la escuela. Después con un cornetín prestado, aprendió La Diana porque un rector de la escuela procedente del Chocó le dijo que el talento no se entierra.

Pero antes de convertirse en director de banda, Miguel Emiro fue maestro de aula. Llegó siendo apenas un joven bachiller al corregimiento de Laguneta, y allí, entre salones humildes y patios donde el sol parecía quedarse a vivir, comenzó a descubrir que la música ya habitaba en los muchachos. Los escuchaba silbar porros aprendidos de la radio, repetir melodías de las fiestas patronales y golpear pupitres como si cada recreo escondiera una tambor invisible.

Fue entonces cuando entendió que la Sabana también necesitaba quien organizara sus sonidos.

Donde otros veían niños campesinos, él vio músicos en estado de semilla. Y esa mirada cambió destinos. Porque Miguel Emiro comprendió muy temprano que enseñar no era únicamente transmitir conocimientos: era despertar pertenencias, darle dirección al talento disperso, enseñarle al hijo del jornalero que también podía hablarle al mundo a través de un instrumento.

Aquella experiencia en Laguneta no solo marcó el inicio de su camino musical; marcó también el nacimiento de su vocación pedagógica. Años más tarde, esa intuición del joven maestro encontraría respaldo en la academia cuando se licenció en Español y Literatura en la Universidad de Pamplona, Norte de Santander, y posteriormente realizó una especialización en Pedagogía del Folclor. Pero antes de los títulos, ya existía el maestro. La universidad solamente vino a ponerle nombre a una misión que él ya ejercía de manera natural: enseñar desde la música y preservar la memoria cultural de su pueblo.

Y en 1966, con apenas 21 años, fundó en el corregimiento de Laguneta lo que sería su obra mayor: la Banda 19 de Marzo. No reclutó músicos: reunió hijos de campesinos y les enseñó que el porro era un oficio digno, que la trompeta, el clarinete y el redoblante también eran herramientas de labranza espiritual.

Decir que es trompetista sería quedarse corto.
Decir que es compositor, apenas rozar la superficie.
Decir que es arreglista, insinuar una parte del todo.

Porque su verdadera dimensión está en la suma: en esa capacidad de entender la música como un organismo vivo, donde cada instrumento tiene voz y cada silencio intención. Su trompeta no irrumpe: persuade. No impone: convoca. Y en esa forma de tocar hay algo antiguo, casi ceremonial, como si cada nota supiera de dónde viene.

Desde entonces, Miguel Emiro es muchos hombres en uno.
Compositor de decenas de porros y fandangos, con  alrededor de 89 grabaciones registradas antes de perder la cuenta. Arreglista que viste cada melodía con traje de gala sin quitarle las abarcas tres puntá y el sombrero vueltiao. Trompetista que cuando sopla hace que el metal recuerde que viene de la tierra. Director que convirtió una banda de pueblo en embajadora sin visa. Profesor de escuela que usó el pentagrama como tablero y enseñó que “Casa” más “Pan” podía ser el principio de Río Sinú, su porro más aclamado. Escritor y vigía del porro, fundador de la Casa Museo del Porro en Laguneta, su antigua casa donada para que las nuevas generaciones aprendan que la música también se hereda en partituras. Y gestor cultural, creador del Concurso Nacional de Bandas Folclóricas que lleva su nombre, con sede en Planeta Rica.

El maestro es un extraordinario trompetista, pero su vocación de formador lo llevó a ir mucho más allá de su instrumento. Para enseñar a nuevas generaciones tomó también el clarinete entre las manos, no con la pretensión de exhibirse como virtuoso absoluto, sino con la humildad de quien entiende que un maestro debe conocer el lenguaje de cada sonido. Del mismo modo orientó el trombón, el bombo, el redoblante y la percusión , enseñando posiciones, respiraciones, emisión del aire, golpes rítmicos y secretos básicos que luego florecían en las bandas. No necesitaba tocar cada instrumento como solista consagrado: le bastaba comprender su alma para despertar músicos.

En las escuelas, en las bandas, en los ensayos interminables bajo el sol o la sombra, su figura ha sido la de un sembrador. Y no hay siembra más compleja que la del oído: esa que tarda años en florecer, pero que, cuando lo hace, no se marchita.

Sus composiciones llevan la huella de lo vivido: no son piezas, son relatos. Cada porro suyo parece contar una historia que no necesita palabras, porque está hecha de giros melódicos, de pausas exactas, de ese pulso que solo tienen quienes han aprendido a escuchar antes de hablar.

Entre sus porros, la sabana entera cabe en un pentagrama: ‘La banqueta’, donde el pueblo se reúne a conversar con el viento. ‘El lagunetero’, homenaje a los moradores del corregimiento que fue cuna de su banda. ‘Laguneta en San Pelayo’, dos pueblos abrazándose en un tresillo. ‘Gloria’, que levanta el alma como quien levanta una bandera. ‘Volver al campo’, una promesa de regreso a la raíz. ‘El sebucán’, juego y danza enredada en notas. ‘Amelia Ricardo’, nombre de mujer que suena a río y a esperanza. ‘El veterano’, retrato del hombre que no se rinde. ‘Clarita Sáenz’, memoria hecha melodía. Cada uno es un acta de bautismo de la tierra sabanera: tiene nombres de pueblos, de aguas, de amores, de gente que él se negó a dejar en el olvido.

Hay en su obra una alegría que no es ingenua, sino conquistada. Una alegría que conoce el cansancio, la dificultad, el paso del tiempo y aun así decide quedarse. Por eso su música no solo se baila: se recuerda.

Pero si algo lo define es que no se guardó la música. Se la llevó a París, Francia, donde vivió cinco años enseñando a tocar porro a músicos franceses en La Belle Image. También a Bélgica, Grecia, España, Alemania e Inglaterra. Y cuando la Banda 19 de Marzo sonó en Europa, la prensa escribió: “Colombia con su música es mucho más”. Cambió la mirada que el mundo tenía de nosotros, nota por nota. Hoy, la banda francesa De Belle toca porro como si hubiera nacido en San Pelayo. Esa es su victoria: no conquistó, contagió.

A su madre le compuso Porro a mamá, obra que él mismo considera la mejor de su repertorio. Al río que lo vio crecer, Río Sinú. Al río que lo adoptó, Río San Jorge. Por eso la Universidad de Córdoba le otorgó el título Honoris Causa en Licenciatura en Música. Porque no solo tocó: enseñó. No solo compuso: fundó.

A lo largo de su vida ha sido muchas cosas: intérprete, creador, guía, testigo. Pero, sobre todo, puente. Puente entre generaciones, entre lo tradicional y aquello que insiste en renovarse sin perder la esencia, entre el pasado que respira en las bandas y el futuro que aprende a soplar.

Miguel Emiro es el Rey del Porro, aunque él se esconda en su prudencia infinita. Es el vigía que no dejó morir el fandango cuando las luces del mechón se apagaron y quedó solo la luna. Es el hombre que entendió que el porro también es economía, esperanza y paz.

En la actualidad, este octogenario maestro sigue retratando paisanos con la misma cámara con la que antes dirigía la banda. Continúa escribiendo antologías del porro. Continúa creyendo que el sueño permanece vigente.

Porque Miguel Emiro no hizo música para la fama. Hizo música para que no olvidáramos. Para que el hijo del campesino supiera que su apellido también podía caber en un pentagrama. Para que Europa entendiera que Colombia igualmente se pronuncia en notas musicales unidas por el sentimiento. Para que Planeta Rica supiera que adoptó a un hombre, y el hombre le devolvió un universo.

Hablar del maestro Miguel Emiro Naranjo es hablar de una forma de entender la música como destino y no como oficio. Como una vocación que no se elige: simplemente se acepta.

Y quizás ahí radique su grandeza: en haber sabido escuchar ese llamado y responderle durante toda una vida.

Este maestro no solo pasó por la música: se quedó viviendo en ella.

El porro, en sus manos, no es solamente ritmo: es archivo, escuela y patria.
Y él, Miguel Emiro Naranjo Montes, es una leyenda viviente de esta expresión musical, cultural y folclórica.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Biografia Artística Jeison Mancilla

Nacido el 4 de marzo de 1999 en Planeta Rica, Córdoba, Jeison Rafael Mancilla Sáenz es un joven cantautor que ha venido construyendo una sólida trayectoria dentro del folclor vallenato gracias a su talento, sensibilidad artística y herencia musical.

Criado en el seno de una familia humilde y amorosa, Jeison recuerda su infancia como una etapa llena de felicidad junto a sus padres y sus cuatro hermanos, siendo él, el menor del hogar. Desde muy pequeño mostró inclinación por la música, dejando huellas imborrables en su vida artística. Uno de esos primeros recuerdos ocurrió cuando tenía apenas cinco años y se presentó en el parque principal de Planeta Rica, donde fue premiado con una bicicleta tras su actuación. Más adelante, durante su etapa escolar, ocupó el primer lugar en un concurso de canción balada, reafirmando así su vocación por el canto.

La principal influencia musical de Jeison ha sido su padre, Omar Mancilla, reconocido acordeonista, cantante y compositor, de quien heredó el amor por el vallenato. También han sido pilares importantes en su formación artística sus tíos Fredy Mancilla y Amaury Mancilla, además de la inspiración de grandes figuras de la música vallenata como el maestro Enrique Díaz. Tras el fallecimiento de su padre, Jeison encontró respaldo y motivación en destacados artistas y reyes vallenatos como Fredy Sierra y Ciro Meza, así como en compositores de gran trayectoria como Marciano Martínez, Roberto Calderón y Adolfo Pacheco.

Su pasión por la composición nació desde temprana edad. A los diez años escribió su primera canción, descubriendo en las letras una manera de expresar sentimientos, experiencias y mensajes positivos. Para Jeison Mancilla, ser cantautor del folclor vallenato representa amor, identidad y compromiso con una música que le permite transmitir emociones sinceras a través de cada verso.

A lo largo de su carrera, Jeison Mancilla ha sido ganador de varios festivales vallenatos en la región de La Sabana y también ha tenido la oportunidad de presentarse en cuatro ocasiones en Valledupar, cuna del vallenato. Entre sus logros más importantes se destaca el primer lugar obtenido en el Festival Vallenato de Sahagún, acompañando al acordeonero Alberto Mario Zuleta. Asimismo, fue reconocido en La Apartada como Mejor Voz Revelación, consolidándose como una de las nuevas promesas del género vallenato.

Otro momento significativo en su trayectoria artística fue el privilegio de grabar en vida una canción inédita del maestro Romualdo Brito, titulada Un amor de pacotilla. Esta experiencia marcó profundamente su carrera, convirtiéndose en un honor interpretar una obra entregada personalmente por uno de los compositores más importantes e influyentes de la música vallenata.

Hoy, Jeison Mancilla presenta su nueva canción Al pie de tu ventana, una obra cargada de sentimiento y autenticidad con la que continúa fortaleciendo su propuesta musical y reafirmando su compromiso con las raíces del vallenato romántico y tradicional. Su voz, inspirada en las vivencias del pueblo y en el legado de su familia, busca llegar al corazón de quienes aman la música hecha con el alma.