«A veces hay que subir al balcón de un pueblo para ver el patio de donde uno viene»: Ramiro Álvarez Mercado
Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*
El doctor Ignacio Cantillo Vázquez, abogado de oficio y poeta de nacimiento, me contó la historia que años después se volvió canto. «Un poeta un sentimiento», en la voz transparente de Ivo Luis Díaz y el acordeón cadencioso y pulcro del Rey de Reyes Almes Granados, no nació en un escritorio: nació en una pregunta de niño.
Fue en Manaure, “El Balcón del Cesar”. Allí donde el paisaje se asoma y el aire parece detenido para que uno escuche mejor. Ignacio tenía apenas siete años cuando fue con su madre a la finca “Bella Luz”, tierra que había sido de su abuelo materno. Y fue en ese paradisíaco lugar donde el destino le puso una voz en el camino.
De una casa vecina llegaba un murmullo que no era rezo ni queja: eran versos. Una voz mayor, gastada por el tiempo pero intacta en el don, soltaba coplas como si abriera una llave. El niño, perplejo, preguntó quién era. Y la respuesta fue doble revelación: aquel hombre era medio hermano de su abuelo materno, tío de su madre. Le decían “Chemingo”. Ese día, su madre supo por primera vez de la existencia de ese tío. Ese día, Ignacio supo que la poesía también era herencia.
Lo llevaron a conocerlo. Y vieron al poeta natural: sin título, sin escuela, sin miedo a la hoja en blanco porque no usaba hoja. Los versos le fluían como el agua de un manantial. De eso vivía. Hacía coplas por encargo para el enamorado tímido, para el que quería alabar un árbol, para el que necesitaba nombrar la vida cotidiana sin que se le quebrara en la boca. Era abogado del sentimiento ajeno: escuchaba el caso, lo alegaba en décima y ganaba.
Ignacio Cantillo Vázquez, “El Poeta Raizal”, guardó aquella escena durante décadas. La dejó quieta, como se deja el vino en la tinaja. Mientras tanto estudió leyes, aprendió a defender con códigos y artículos lo que otros defendían con versos. Pero la toga nunca le tapó la raíz. Porque hay cosas que no se escogen: se heredan.
Tal vez por eso su canto tiene ese equilibrio extraño entre la razón y el arrebato. El abogado organiza, el poeta desordena para volver a nombrar. Y en medio de los dos, “Chemingo” aparece como eslabón perdido: la prueba de que antes de la universidad hubo una universidad del patio, antes del alegato hubo la copla, antes del doctor hubo un tío abuelo que le enseñó sin saberlo que las palabras también curan.
Y cuando esa historia se hizo canción, encontró el cuerpo que necesitaba. La melodía de «Un poeta un sentimiento» no camina: se arrastra con una melancolía limpia, de las que no pesan sino que alumbran. Tiene el paso lento de quien regresa a un lugar que no existe, pero que duele igual. Cada nota parece escrita para que la nostalgia no grite: para que hable bajito, como se habla con los muertos que uno quiere.
Ahí entra Ivo Díaz. Su voz no interpreta: confiesa. Es transparente no por delgada, sino por honesta. No le pone adornos al verso porque sabe que el verso ya viene vestido. Ivo canta como si le debiera una explicación al silencio. Cada palabra la suelta con el cuidado de quien sabe que hay recuerdos que se rompen si uno sube la voz. Por eso no hay exceso, hay verdad. Y la verdad, en su garganta, suena a casa.
Y sosteniendo todo, el acordeón del Rey de Reyes Almes Granados. Pulcro, cadencioso, sin una nota que sobre. Almes no acompaña: conversa. Su fuelle respira donde la voz calla. Tiene la maestría de no competir con el verso sino de abrirle camino, como quien aparta la maleza para que pase el que sabe. En sus bajos va la tierra, en sus pitos va el viento de Manaure, y en cada fraseo va la paciencia de quien entiende que la música, como la justicia, es cosa de tiempo y de medida. Cuando Almes adorna, no adorna: recuerda.
«Un poeta un sentimiento» no es solo canción: es expediente abierto. Es la confesión de que uno no se hace solo. Que a veces basta una voz escuchada a los siete años para que, mucho tiempo después, el hombre entienda por qué escribe. Que la sangre recuerda aunque la memoria no sepa.
Porque el arte, como la justicia, llega tarde a veces. Pero llega.
Y cuando llega, trae el nombre de todos los que hablaron antes.
Y la música de los que supieron escucharlos.
Atentamente,
*Ramiro Elías Álvarez Mercado*
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Miguel Emiro Naranjo Montes: el hombre que le puso pentagrama al viento de la Sabana
«El porro no se toca: se siembra. Y lo que se siembra con amor, algún día hace bailar al mundo»: Ramiro Álvarez Mercado
Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*
Hay músicas que nacen para la tarima y otras que nacen para la vida. Las primeras buscan aplauso. Las segundas, memoria.
En la sabana cordobesa, donde el calor se aprende a caminar despacio y los ríos enseñan a los hombres a no apurar el paso, la música no es adorno. Es oficio, es rito, es forma de contar lo que no cabe en palabras. Allí, el porro no se aprende en libros. Se hereda en el aire, se canta con el cuerpo, se entiende con los pies.
Y cuando una tierra produce ese tipo de sonido, tarde o temprano levanta un hombre que lo traduzca al pentagrama. Que le ponga orden a lo que siempre fue impulso. Que convierta la polvareda del ensayo en escuela, el sudor del campesino en partitura, la alegría del fandango en patrimonio.
Hoy, ese hombre es una institución inscrita en la historia, y su vida sigue sonando. Hablamos de quien hizo del porro sabanero un idioma universal sin dejar de ser monte, río y pueblo.
Nació con los pies en la tierra y con el viento adentro.
Miguel Emiro Naranjo Montes pertenece a los que no caminan, más bien resuenan.
Llegó a este mundo terrenal en Ciénaga de Oro, Córdoba, el 17 de mayo de 1944, un día en que el Caribe colombiano, ese territorio donde la música no se aprende, se hereda, decidió sembrar en él una semilla de bronce y aliento. Desde entonces, su vida no ha sido otra cosa que una conversación ininterrumpida entre el hombre y la trompeta, entre el silencio y la fiesta.
Pero no se puede hablar de su historia sin nombrar a Planeta Rica, Córdoba, su tierra adoptiva. Ese lugar donde el polvo de las calles parece levantarse al ritmo de una banda, donde cada esquina guarda un ensayo invisible y cada madrugada tiene memoria de porro. Allí, Miguel Emiro no solo encontró un hogar: encontró su resonancia.
El porro sabanero, ese género que no siempre se escribe en partituras sino en la piel, es la voz de la Sabana. No es música de salón ni de tarima lejana. Es música de cosecha, de río crecido, de amanecer en el corral. Nace en la cadencia del ganado que camina por los potreros, en el zapateo de la fiestas de corralejas, en el sudor del campesino que después de arar agarra el clarinete y le da forma al cansancio. El porro sabanero no apura: camina. No grita: cuenta. Tiene un compás de tierra, un aire de palma, un alma que baila sin perder la compostura. Por eso, cuando suena, no solo se mueve el cuerpo: se mueve la memoria de un pueblo.
En el universo del porro sabanero, el nombre de Miguel Emiro Naranjo Montes se ha convertido en referencia, en faro, en escuela. No por decreto: por persistencia. Porque ha sido, además, formador; un maestro en el sentido más amplio de la palabra. De esos que no solo enseñan técnica, sino que transmiten una manera de escuchar el mundo.
No fue músico por imposición. Fue músico por oído e inspiración. Su madre, Placidia María Montes, tenía voz de bolero y de rancheras, y mientras lo arrullaba en una hamaca de cepa de plátano, el niño Miguel se quedaba despierto para no perderse el concierto. Su padre, Francisco Miguel Naranjo, campesino sembrador de yuca, ñame, maíz y arroz, le trajo en una Navidad una violina. Entre el canto de la madre y el regalo del padre, el camino quedó trazado: no iba a labrar tierra, iba a labrar sonidos.
Y los labró. Primero con la dulzaina que lo hizo imprescindible en la escuela. Después con un cornetín prestado, aprendió La Diana porque un rector de la escuela procedente del Chocó le dijo que el talento no se entierra.
Pero antes de convertirse en director de banda, Miguel Emiro fue maestro de aula. Llegó siendo apenas un joven bachiller al corregimiento de Laguneta, y allí, entre salones humildes y patios donde el sol parecía quedarse a vivir, comenzó a descubrir que la música ya habitaba en los muchachos. Los escuchaba silbar porros aprendidos de la radio, repetir melodías de las fiestas patronales y golpear pupitres como si cada recreo escondiera una tambor invisible.
Fue entonces cuando entendió que la Sabana también necesitaba quien organizara sus sonidos.
Donde otros veían niños campesinos, él vio músicos en estado de semilla. Y esa mirada cambió destinos. Porque Miguel Emiro comprendió muy temprano que enseñar no era únicamente transmitir conocimientos: era despertar pertenencias, darle dirección al talento disperso, enseñarle al hijo del jornalero que también podía hablarle al mundo a través de un instrumento.
Aquella experiencia en Laguneta no solo marcó el inicio de su camino musical; marcó también el nacimiento de su vocación pedagógica. Años más tarde, esa intuición del joven maestro encontraría respaldo en la academia cuando se licenció en Español y Literatura en la Universidad de Pamplona, Norte de Santander, y posteriormente realizó una especialización en Pedagogía del Folclor. Pero antes de los títulos, ya existía el maestro. La universidad solamente vino a ponerle nombre a una misión que él ya ejercía de manera natural: enseñar desde la música y preservar la memoria cultural de su pueblo.
Y en 1966, con apenas 21 años, fundó en el corregimiento de Laguneta lo que sería su obra mayor: la Banda 19 de Marzo. No reclutó músicos: reunió hijos de campesinos y les enseñó que el porro era un oficio digno, que la trompeta, el clarinete y el redoblante también eran herramientas de labranza espiritual.
Decir que es trompetista sería quedarse corto.
Decir que es compositor, apenas rozar la superficie.
Decir que es arreglista, insinuar una parte del todo.
Porque su verdadera dimensión está en la suma: en esa capacidad de entender la música como un organismo vivo, donde cada instrumento tiene voz y cada silencio intención. Su trompeta no irrumpe: persuade. No impone: convoca. Y en esa forma de tocar hay algo antiguo, casi ceremonial, como si cada nota supiera de dónde viene.
Desde entonces, Miguel Emiro es muchos hombres en uno.
Compositor de decenas de porros y fandangos, con alrededor de 89 grabaciones registradas antes de perder la cuenta. Arreglista que viste cada melodía con traje de gala sin quitarle las abarcas tres puntá y el sombrero vueltiao. Trompetista que cuando sopla hace que el metal recuerde que viene de la tierra. Director que convirtió una banda de pueblo en embajadora sin visa. Profesor de escuela que usó el pentagrama como tablero y enseñó que “Casa” más “Pan” podía ser el principio de Río Sinú, su porro más aclamado. Escritor y vigía del porro, fundador de la Casa Museo del Porro en Laguneta, su antigua casa donada para que las nuevas generaciones aprendan que la música también se hereda en partituras. Y gestor cultural, creador del Concurso Nacional de Bandas Folclóricas que lleva su nombre, con sede en Planeta Rica.
El maestro es un extraordinario trompetista, pero su vocación de formador lo llevó a ir mucho más allá de su instrumento. Para enseñar a nuevas generaciones tomó también el clarinete entre las manos, no con la pretensión de exhibirse como virtuoso absoluto, sino con la humildad de quien entiende que un maestro debe conocer el lenguaje de cada sonido. Del mismo modo orientó el trombón, el bombo, el redoblante y la percusión , enseñando posiciones, respiraciones, emisión del aire, golpes rítmicos y secretos básicos que luego florecían en las bandas. No necesitaba tocar cada instrumento como solista consagrado: le bastaba comprender su alma para despertar músicos.
En las escuelas, en las bandas, en los ensayos interminables bajo el sol o la sombra, su figura ha sido la de un sembrador. Y no hay siembra más compleja que la del oído: esa que tarda años en florecer, pero que, cuando lo hace, no se marchita.
Sus composiciones llevan la huella de lo vivido: no son piezas, son relatos. Cada porro suyo parece contar una historia que no necesita palabras, porque está hecha de giros melódicos, de pausas exactas, de ese pulso que solo tienen quienes han aprendido a escuchar antes de hablar.
Entre sus porros, la sabana entera cabe en un pentagrama: ‘La banqueta’, donde el pueblo se reúne a conversar con el viento. ‘El lagunetero’, homenaje a los moradores del corregimiento que fue cuna de su banda. ‘Laguneta en San Pelayo’, dos pueblos abrazándose en un tresillo. ‘Gloria’, que levanta el alma como quien levanta una bandera. ‘Volver al campo’, una promesa de regreso a la raíz. ‘El sebucán’, juego y danza enredada en notas. ‘Amelia Ricardo’, nombre de mujer que suena a río y a esperanza. ‘El veterano’, retrato del hombre que no se rinde. ‘Clarita Sáenz’, memoria hecha melodía. Cada uno es un acta de bautismo de la tierra sabanera: tiene nombres de pueblos, de aguas, de amores, de gente que él se negó a dejar en el olvido.
Hay en su obra una alegría que no es ingenua, sino conquistada. Una alegría que conoce el cansancio, la dificultad, el paso del tiempo y aun así decide quedarse. Por eso su música no solo se baila: se recuerda.
Pero si algo lo define es que no se guardó la música. Se la llevó a París, Francia, donde vivió cinco años enseñando a tocar porro a músicos franceses en La Belle Image. También a Bélgica, Grecia, España, Alemania e Inglaterra. Y cuando la Banda 19 de Marzo sonó en Europa, la prensa escribió: “Colombia con su música es mucho más”. Cambió la mirada que el mundo tenía de nosotros, nota por nota. Hoy, la banda francesa De Belle toca porro como si hubiera nacido en San Pelayo. Esa es su victoria: no conquistó, contagió.
A su madre le compuso Porro a mamá, obra que él mismo considera la mejor de su repertorio. Al río que lo vio crecer, Río Sinú. Al río que lo adoptó, Río San Jorge. Por eso la Universidad de Córdoba le otorgó el título Honoris Causa en Licenciatura en Música. Porque no solo tocó: enseñó. No solo compuso: fundó.
A lo largo de su vida ha sido muchas cosas: intérprete, creador, guía, testigo. Pero, sobre todo, puente. Puente entre generaciones, entre lo tradicional y aquello que insiste en renovarse sin perder la esencia, entre el pasado que respira en las bandas y el futuro que aprende a soplar.
Miguel Emiro es el Rey del Porro, aunque él se esconda en su prudencia infinita. Es el vigía que no dejó morir el fandango cuando las luces del mechón se apagaron y quedó solo la luna. Es el hombre que entendió que el porro también es economía, esperanza y paz.
En la actualidad, este octogenario maestro sigue retratando paisanos con la misma cámara con la que antes dirigía la banda. Continúa escribiendo antologías del porro. Continúa creyendo que el sueño permanece vigente.
Porque Miguel Emiro no hizo música para la fama. Hizo música para que no olvidáramos. Para que el hijo del campesino supiera que su apellido también podía caber en un pentagrama. Para que Europa entendiera que Colombia igualmente se pronuncia en notas musicales unidas por el sentimiento. Para que Planeta Rica supiera que adoptó a un hombre, y el hombre le devolvió un universo.
Hablar del maestro Miguel Emiro Naranjo es hablar de una forma de entender la música como destino y no como oficio. Como una vocación que no se elige: simplemente se acepta.
Y quizás ahí radique su grandeza: en haber sabido escuchar ese llamado y responderle durante toda una vida.
Este maestro no solo pasó por la música: se quedó viviendo en ella.
El porro, en sus manos, no es solamente ritmo: es archivo, escuela y patria.
Y él, Miguel Emiro Naranjo Montes, es una leyenda viviente de esta expresión musical, cultural y folclórica.
Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

A los 99 años parte, Ana Bermúdez Daza, la madre del compositor “Yeyo” Núñez
Por Alcibiades Nuñez.
Hay mujeres que nacen para dejar huellas imborrables en la historia de sus familias y de sus pueblos. Mujeres que, sin ocupar cargos públicos ni aparecer en grandes titulares, terminan convirtiéndose en símbolo de lucha, dignidad y amor infinito. Así fue Ana Dolores Bermúdez Daza, quien falleció a los 99 años dejando un profundo vacío en el corazón de sus hijos, nietos, familiares y amigos.
La noticia de su partida ha causado tristeza en quienes conocieron a esta mujer noble y trabajadora, especialmente en el reconocido compositor Aurelio “Yeyo” Núñez, quien hoy despide a la madre que no solo le dio la vida, sino también las enseñanzas y valores que marcaron su camino humano y artístico.
Doña Ana Dolores pertenecía a esa generación de mujeres fuertes que hicieron de la necesidad una oportunidad para salir adelante. En tiempos difíciles, cuando el sacrificio era parte de la cotidianidad, levantó a su familia con esfuerzo, disciplina y una admirable capacidad de emprendimiento. Su vida giró alrededor del trabajo honrado y del bienestar de sus hijos: Heriberto, Yunis, Alfredo, Federico, Alida, Aurelio, Dariel y Omaida (QEPD).
Con una visión emprendedora poco común para su época, viajaba hasta Maicao para adquirir mercancías que luego comercializaba en San Juan del Cesar y Zambrano. Aquella actividad comercial no solo representaba el sustento de su hogar, sino también una escuela de responsabilidad y compromiso para sus hijos, especialmente Alida y Aurelio, quienes colaboraban en la distribución de los productos y en el cobro de la cartera de clientes.
Detrás de cada venta y de cada jornada de trabajo existía una madre que luchaba silenciosamente para ofrecerle un mejor futuro a su familia. Nunca buscó reconocimientos, porque su mayor satisfacción era ver a sus hijos crecer como personas de bien.
Quienes compartieron con ella la recuerdan como una mujer cariñosa, amable y cordial. Su sonrisa sincera y su disposición permanente para ayudar hicieron de su hogar un refugio de afecto y solidaridad. Fue una madre que educó con el ejemplo, enseñando que la honestidad, el respeto y la perseverancia son las mayores riquezas que puede tener un ser humano.
La historia de doña Ana Dolores también refleja la grandeza de muchas madres guajiras y caribeñas que, desde el anonimato, construyeron familias enteras a punta de sacrificios y esperanza. Mujeres capaces de convertir las dificultades en oportunidades y de sostener sus hogares con valentía admirable.
Hoy, la partida de doña Ana Dolores Bermúdez Daza enluta profundamente a la familia Núñez Bermúdez y a todos aquellos que tuvieron el privilegio de conocerla. Sin embargo, más allá del dolor, queda la inmensa gratitud por una vida ejemplar y por un legado humano que seguirá vivo en cada consejo, en cada recuerdo y en cada enseñanza sembrada a lo largo de casi un siglo de existencia.
Porque hay seres humanos que nunca mueren del todo. Permanecen eternamente en la memoria de quienes aprendieron de su bondad, de su lucha y de su amor incondicional. Ana Dolores Bermúdez Daza fue, sin duda, una de esas mujeres extraordinarias.

Desde hace 40 años ‘Ausencia sentimental’ no se borra del corazón vallenato
Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv
“Ya comienza el Festival, vinieron a invitarme, ya se van los provincianos que estudian conmigo, ayer tarde que volvieron preferí negarme, pa’ no tene’ que contarle a nadie mis motivos. Yo que me muero por ir y es mi deber quedarme, me quedo en la Capital por cosas del destino”.
Cuando el compositor Rafael Manjarréz tomó su guitarra e interpretó las primeras líneas de su canción ‘Ausencia sentimental’, un terremoto de tristeza sacudió todo su ser y fue por una poderosa razón que escondía en su interior.
“Pensar que no iba al Festival Vallenato era algo que sabía, pero no asimilaba porque todos esperábamos integrarnos y sentir de cerca a nuestra amada música vallenata con todo lo que eso significa”, expresó lleno de añoranzas.
El compositor también se alegró cuando recordó que su canción ganadora la noche del miércoles 30 de abril del año 1986, fue declarada mediante el Acuerdo No. 03 del martes 16 de marzo de 2010, como himno del Festival de la Leyenda Vallenata.
Las razones que tuvo la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata se fundamentaron en que ‘Ausencia sentimental’ se convirtió en corto tiempo en el más grande mensaje lleno de miles de recuerdos para los que se encontraban ausentes, y no podían llegar a finales de abril hasta la Capital Mundial del Vallenato.
Rafa, como todos lo llaman, sobre este hecho anotó. “El reconocimiento siempre ha sido motivo de complacencia para mí, y el agradecimiento será eterno para la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, para los que les llena mi canción, especialmente a los ausentes por diversos motivos, tal como me sucedió a mí”.
Reflejo nostálgico
La canción ‘Ausencia sentimental’ es el reflejo de una fiel nostalgia donde el silencio se amarra a los recuerdos apareciendo sueños despiertos, y hasta una melodía se calca en el alma. Es el himno del guayabo, ese que no produce el trago, sino que permite andar por los caminos recorridos por el compositor a la distancia hasta caer en cuenta que “hay cosas que hasta que no se viven no se saben”.
Yendo más al fondo de la composición, ella tiene sabor a parranda, a música, a encuentro con amigos, a paseos en el balneario ‘Hurtado’; ingredientes que la incrustaron en el corazón de un pueblo como la más querida de las canciones inéditas. Es así como personas, lugares y hechos hacen parte vital de la estructura de la inspiración que nació muy lejos de Valledupar, pero cuando fue escuchada por la multitud se sembró para siempre en la plaza Alfonso López, al lado del legendario palo e’ mango.
La canción sigue dejando regados pedazos del alma vallenata porque muchas de las personas por quienes pregunta el compositor partieron hacia la eternidad. Ellas, siguen presentes en la memoria de todos desde que la voz del cantante Silvio Brito y el acordeón del Rey Vallenato Orangel “El Pangue” Maestre, la divulgaron por los medios de comunicación, y se metió en los que saben que “el que nunca ha estado ausente no ha sufrío un guayabo”.
En ese sentido, Rafael Manjarrez resumió su historia cantada. “Aquella ocasión fueron demasiados hechos que llenaron mi sentimiento por no estar presente en el Festival Vallenato. ¿Se imagina, estando en Bogotá y que llegaran a invitarme? Pudo más la razón que el corazón y me tocó encerrarme porque la melancolía era grande. Entonces dejé fluir mi tristeza en la soledad de mi habitación, naciendo la canción que me ha dado inmensas satisfacciones y una cantidad de anécdotas».
Hizo un alto en el camino y luego siguió. “De ahí la frase donde digo que encerrado y temblando escribí una letra que detallaba mi tristeza, mi ausencia sentimental”. Esa frase fue la base para esbozar todo su trasegar por un hecho que lo tenía en una tierra lejana, pero queriendo estar en Valledupar. Claro, que les hizo una petición a sus compañeros para que le llevaran algunas razones. Esas razones que solamente cabían en el marco de su corazón.
Definitivamente, la canción es la identidad sonora del Festival de la Leyenda Vallenata, y la que hace que las lágrimas no se apuren en salir, los recuerdos estén en primera fila y en estos días el ambiente tenga la marca de la ausencia. Rafa como el poeta, solamente le regaló eternidad a esa experiencia de versos untados de melodía.
El agradecimiento
El compositor y abogado Rafael Enrique Manjarréz Mendoza, oriundo de La Jagua del Pilar, La Guajira, agradeció el detalle de convocarlo a repasar aquella historia que ahora se hace más real, teniendo en cuenta esta fecha donde los acordeones suenan sin cesar, las canciones cuelgan en el oído del folclor y se asoman los sentimientos flotando en el ayer.
Después de cuatro décadas que el jurado integrado por Isaac ‘Tijito’ Carrillo Vega, Roberto Calderón Cujia, Marina Quintero y Humberto Díaz Daza, declarara como ganadora a la canción ‘Ausencia sentimental’ cantada por el propio compositor teniendo el seudónimo de ‘Uno de tantos’, con el acordeón de Gustavo Maestre, sigue escuchándose como se hizo por primera vez en el teatro Cesar. “Ya comienza el Festival y vinieron a invitarme. Ya se van los provincianos que estudian conmigo”. …Y como paradoja de la vida, es la única ‘Ausencia sentimental’ que nunca ha quedado sola y por ende no se borra del corazón vallenato.


El gran Martín Elías’, comenzó a cantar desde los seis años
Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv
Diomedes Diaz a través de sus canciones hizo mención de sus padres, esposa, hijos, ahijados, amigos y todo lo que giraba en su entorno. Hasta le cantó a su primera cana y pudo sacar de su memoria a un cóndor herido para que se curara del dolor de amor.
En ese proceso tuvo gran deferencia con el hijo menor que tuvo con su esposa Patricia Isabel Acosta Solano, a quien desde que nació el 18 de junio de 1990, dijo que se llamaría ‘El gran Martín Elías’ en homenaje a su tío y papá musical Martín Elías Maestre Hinojosa.
Diomedes supo la noticia de la llegada al mundo de su hijo en una de sus presentaciones musicales y enseguida manifestó que se iba a llamar ‘El gran Martín Elías’. Esa era su decisión, pero al momento de registrarlo, el notario le explicó que debía ser nada más Martín Elías. ‘El Cacique de La Junta’ insistió e insistió hasta ponerse bravo. Al final quedó registrado como Martín Elías, pero su papá siempre lo llamó como quería, contrariando al registro civil y después a la cédula de ciudadanía.
En los registros sonoros de sus grabaciones, año 1990, en la canción ‘Llegó el verano’ de la autoría de Gustavo Gutiérrez, en una de sus animaciones lo nombró como ‘El gran Martín Elías’. También en versos de la canción ‘Mi primera cana’ que hizo parte del trabajo musical ‘Titulo de amor’ (1993) lo oficializó, y así se quedó para siempre. “Por ejemplo, me diste una mujer que ha sido como la madre mía, de Luis Ángel, de Santo Rafael de Diomedes y El gran Martín Elías”.
La primera vez que Martín Elías subió a una tarima fue a los seis años porque su papá lo llevó a cantar a una presentación realizada en Valledupar, pero su aparición en la pasta sonora sucedió a los 11 años por iniciativa de su tío Elver Díaz, quien era el director del grupo ‘La familia de Diomedes’.
En esa ocasión grabó la canción ‘Amor inocente’ del compositor Gaby Arregocés. Siguió grabando con la agrupación familiar hasta que se unió con el acordeonero Rolando Ochoa y después con Juancho de la Espriella, regresando nuevamente con el hijo de Calixto Ochoa. En total grabó nueve producciones musicales.
Diomedes tenía a su hijo ‘El gran Martín Elías’ en un lugar destacado. Lo adoraba tanto que siempre lo tuvo en cuenta en sus grabaciones, incluso en su última producción musical ‘La vida del artista’ grabaron la canción ‘Ni amigos, ni novios’. Es así como quedaron para la historia cantos, versos, lugares y hechos donde la inspiración tuvo su nido con el apellido Díaz.
Vida rápida
En su corta carrera musical el amor visitó a Martín Elías bien temprano y se casó con Claudia Isabel Varón Sánchez, conocida como ‘Caya’, el seis de julio de 2007. De esa unión nació Martín Elías Díaz Varón, el 14 de noviembre de ese mismo año. Después se separó y se casó el 24 de octubre de 2014 con Dayana Jaimes García, de cuya unión nació el 21 de mayo de 2015, su hija Paula Elena, ‘La Purri’, como solía llamarla su progenitor.
Todo lo de Martín Elías Díaz fue rápido y de esa manera también corrió a despedirse de la vida, el viernes 14 de abril de 2017, sin una segunda oportunidad porque la gloria se le había adelantado a la velocidad de un rayo, quedando para el recuerdo momentos felices y tristes como cuando el hijo despidió al padre el 22 de diciembre de 2013 y pocos días después manifestó: “Mi papá me dijo en un sueño que no lo llorara”.
En esa cadena de episodios gracias al lente de Hernando Vergara, aparece la fotografía de Diomedes Díaz con ‘El gran Martín Elías’ sentado en sus piernas, ese joven que se paseó por el universo vallenato dejando un mensaje de alegría donde los retazos del sentimiento cantado los bordaba con amor. “Martín Elías fuiste grande, nadie te va a remplazar, y ahora cantas con tu padre en el coro celestial”.
Llevando la bandera
Pasados los años Martín Elías Jr. está consolidando su carrera musical vallenata honrando el legado de su padre, con presentaciones y grabaciones propias. Muy bien lo ha venido señalando. “La historia continúa por medio de mi cantar, y voy a seguir los pasos que dejó mi papá”. Hace pocos días también dejó sentada una significativa frase. “Te amaré, así pasen mil años”.
Entre los recuerdos de su papá, manifestó que lo llamaba “El negrito” y de sus canciones grabadas se queda con ‘El látigo’, ‘El boom del momento’, ‘Ábrete’ y ‘10 razones para amarte’. Seguidamente añadió, “A mi papá lo sigo recordando por su bella manera de tratarme y por el último regalo que me hizo que fue una manilla”.
En otro contexto todavía Rodrigo Contreras, el único testigo del accidente que le costó la vida a Martín Elías a unos siete kilómetros de San Onofre hacía Tolú, Sucre, en un sector rural conocido como ‘Aguas negras’, recuerda el hecho. “Me encontraba junto a dos de mis hijos sentado en la terraza. El día despuntaba, cuando de pronto ví un carro blanco acercarse, luego veinte metros antes de llegar al frente de mi casa el tiempo pareció detenerse y sucedió una escena de segundos, pero que parecieron horas; escenas marcadas que uno ni se imagina poder vivir”.
Continuó diciendo. “Salí corriendo con el ánimo de ayudar; decir en ese momento que sabía de quien se trataba, seria mentir. Cinco minutos después apareció el acordeonero Rolando Ochoa, y fue quien identificó a los accidentados. Después se supo de la muerte de Martín Elías”.
Nueve años sin el artista carismático, querendón y que supo ganarse un lugar propio en la historia del vallenato. En su tumba se vuelven a repetir lágrimas, cantos, recuerdos y la tristeza que no se mide en palabras, sino en el vacío que dejó.







