Las grandes canciones vallenatas suelen nacer de experiencias cotidianas que, al pasar por la sensibilidad del compositor, se transforman en relatos universales. Algunas cuentan amores imposibles; otras evocan nostalgias, despedidas y encuentros. También están aquellas que combinan hechos reales con elementos ficticios hasta convertir una vivencia personal en una historia capaz de permanecer durante décadas en la memoria colectiva. Ese es el caso de “Desenlace”, una obra del reconocido compositor Rafael Manjarrez Mendoza, nacido y criado en La Jagua del Pilar, La Guajira. La canción narra una historia lamentable y luctuosa que muchos oyentes han interpretado como un acontecimiento ocurrido realmente en algún centro poblado del departamento. Sin embargo, la tragedia nunca sucedió: fue el resultado de la imaginación del autor, alimentada por una situación amorosa que pudo haber terminado de manera muy distinta. Según la historia divulgada en la página de Facebook de Adoni TV, Manjarrez sostenía un romance con una hermosa joven de su tierra natal. Al concluir el bachillerato, viajó a Barranquilla con el propósito de estudiar Ingeniería Civil en la Corporación Universitaria de la Costa, conocida como la CUC. En la capital del Atlántico, mientras comenzaba su vida universitaria, conoció a otra joven que residía cerca del lugar donde se hospedaba. Rafael empezó a cortejarla hasta conquistarla. Entre ambos surgió una relación amorosa marcada por el cariño, la confianza, el respeto y la ilusión. De esta manera, el joven compositor quedó situado, quizás sin calcular plenamente las consecuencias, entre dos amores: uno en Barranquilla y otro en La Jagua del Pilar. Con la emoción propia de la juventud, Manjarrez invitó a su nueva novia a las fiestas patronales de su municipio, celebradas cada 12 de octubre en honor a la Virgen del Pilar y en el marco del Festival Vela del Marquesote. Estaba convencido de que los padres de la muchacha no le concederían el permiso, pues en aquella época no era común que una joven viajara con su novio sin la compañía o autorización estricta de su familia. Pero ocurrió lo inesperado. Cuando Rafael regresó de la universidad, encontró a la joven con los bolsos y las maletas preparadas. Había recibido el permiso y estaba lista para viajar a La Guajira. La sorpresa inicial dio paso a la preocupación. Solo entonces el compositor comprendió la magnitud del problema que había creado. En La Jagua del Pilar lo esperaba su novia guajira, quien tenía un hermano que había sido militar de alto rango y era reconocido por su carácter firme. Rafael imaginó la reacción que podría provocar su llegada al pueblo acompañado de otra mujer. Temió que aquel hombre se sintiera ofendido por el engaño y buscara vengarse al considerar que estaban jugando con los sentimientos de su hermana. En la mente del compositor comenzaron a cruzarse escenas de celos, reclamos, amenazas y muerte. De ese rompecabezas sentimental surgió el entramado narrativo de “Desenlace”. La canción no fue, entonces, la reconstrucción de una tragedia consumada, sino la representación artística de todo cuanto pudo ocurrir si Rafael hubiera emprendido aquel viaje acompañado de su novia barranquillera. Por fortuna, la realidad tomó otro rumbo. Manjarrez recurrió al diálogo, a su capacidad de persuasión y a la serenidad. Habló con la joven y logró convencerla de que no viajara a La Guajira. Así evitó una confrontación familiar y, posiblemente, un episodio de consecuencias impredecibles. La tragedia no ocurrió en las calles de La Jagua del Pilar, pero sí encontró vida en los versos y las melodías. La imaginación convirtió el miedo en poesía y un conflicto amoroso en una narración musical inolvidable. “Desenlace” fue grabada por Beto Villa y Beto Zabaleta en el álbum Orgullo guajiro, publicado en 1980. Desde entonces se consolidó como una joya clásica del vallenato y como una muestra del talento de Rafael Manjarrez para transformar una experiencia personal en una historia cargada de tensión, dramatismo y profundidad humana.
Esa es, precisamente, una de las mayores virtudes del buen compositor: saber escuchar los rumores de la vida, interpretar sus peligros y convertir en canción incluso aquello que, afortunadamente, nunca llegó a suceder.
El joven artista Haffit David realizó un histórico lanzamiento de su álbum ‘Zúmbalo’ el pasado fin de semana en las playas de Riohacha, frente al centro cultural, ante una multitud que coreó cada una de las canciones de esta exitosa producción musical.
La euforia se desató cuando Haffit apareció en el escenario vestido de rojo y con megáfono en mano, interpretando el éxito ‘Hoy se bebe’ frente al mar Caribe.
Durante dos horas consecutivas, el cantante y su acordeonero, Dani Maestre, derrocharon energía al interpretar en vivo las 15 canciones del álbum, que lidera los listados musicales de la radio.
Éxitos como ‘Póngase seria’, ‘Quillera’, ‘Bájate de esa nube’, ‘Ahora es cuando’ y ‘Buena y sana’ retumbaron en un escenario con una producción de alto nivel con diferentes vestuarios, escenografías, formatos, efectos especiales, juegos de luces y un despliegue visual impecable.
Con este masivo respaldo, el pueblo riohachero ratificó el fenómeno musical de Haffit David y Dani Maestre, consolidando a ‘Zúmbalo’ como el álbum del momento en La Guajira y toda Colombia.
«La voz del campo que cantó al amor con ternura, al pueblo con dignidad y a la injusticia con valentía»: Ramiro Elías Álvarez
Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*
Los grandes compositores no escriben únicamente canciones; escriben la biografía emocional de un pueblo. Por eso, en su obra el amor encuentra refugio, las costumbres conservan su memoria, la picaresca celebra la alegría de vivir y la inconformidad recuerda que el arte también tiene la misión de interpelar a la sociedad. Hernando José Marín Lacouture entendió eso mejor que nadie.
No todos los hombres nacen para dejar una huella; algunos llegan al mundo con la extraña misión de darle voz a quienes nunca fueron escuchados. Marín Lacouture perteneció a ese tipo de creadores capaces de transformar la vida cotidiana en poesía, la inconformidad en filosofía y el dolor colectivo en canciones que terminaron convirtiéndose en patrimonio sentimental del pueblo vallenato. Su obra no fue únicamente una sucesión de éxitos musicales: fue una manera de entender la existencia, de cuestionar las injusticias, de exaltar la belleza de la tierra y de recordarnos que el folclor también puede ser un acto de conciencia.
Nacido el primero de septiembre de 1944 entre los paisajes rurales de El Tablazo, jurisdicción de San Juan del Cesar, en La Guajira, el barro fue su primera escuela y la naturaleza su primer libro de poesía. Fue, además, un destacado intérprete de la guitarra. No fue un virtuoso de academia, pero sí un artesano de las cuerdas. Con su guitarra dialogaba: la acariciaba para arrullar un romance, la golpeaba para denunciar una injusticia, la hacía llorar para contar una despedida. Con ese instrumento de cuerdas se apoyaba para hacer sus letras y melodías. Las noches, el monte y el silencio eran sus maestros, y en cada rasgueo encontraba la nota exacta para vestir un sentimiento.
Y esa misma autenticidad la tenía en la voz. Aunque no era una voz «perfecta» técnicamente, era una voz con alma. Una voz que no cantaba para lucirse, sino para transmitir. Y cuando Hernando cantaba, el mensaje llegaba contundente, directo al pecho. Por eso terminó siendo no solo compositor: fue cantautor. Un hombre que escribía, componía, interpretaba y defendía sus propias verdades con guitarra en mano.
Antes de conquistar las parrandas y los escenarios, conoció el esfuerzo del campesino, el calor de los sembrados y el lenguaje silencioso de los árboles, del viento y de los caminos. Quizá por eso sus versos nunca sonaron artificiales: llevaban el aroma de la tierra recién labrada y la autenticidad de quien escribía desde la experiencia y no desde la imaginación distante.
La poesía de Hernando José nunca necesitó esconderse detrás de palabras grandilocuentes. Descubrió que la belleza también habita en la sencillez, en el paisaje guajiro, en la amistad, en el amor y en los pequeños acontecimientos de la vida. Su inspiración no conocía fronteras: unas veces enamoraba con versos románticos, otras retrataba la cotidianidad del Caribe, arrancaba sonrisas con su ingenio o despertaba conciencias con su inconformidad frente a las injusticias. Su sensibilidad florece en obras como «Villanueva mía», un himno de pertenencia; «El Girasol», donde la naturaleza se convierte en metáfora de la esperanza; «Lluvia de verano», cargada de nostalgia y delicadeza; «Lo que siento», un homenaje a la nobleza y a la resiliencia, donde expresa su deseo de transformar el dolor y la tristeza en cantos alegres para ocultar sus penas; «El Ángel del Camino», donde el sentimiento camina con la espiritualidad; y «La Creciente», esa canción dedicada a la conquista amorosa.
Su pluma, sin embargo, no se conformó con cantarle al amor. Comprendió que la poesía pierde parte de su sentido cuando permanece indiferente frente al sufrimiento humano. Entonces apareció el Hernando Marín filósofo y contestatario, el compositor que hizo de la música una tribuna para denunciar las desigualdades y defender la dignidad de los más humildes.
En «Los Maestros» levantó un sentido homenaje y, a la vez, un reclamo por la precaria situación laboral y el mal pago que vivían los profesores. Su letra expresa la falta de garantías de los gobiernos para con los educadores y convierte el agradecimiento en denuncia. En «La Ley del Embudo» lanzó una dura crítica a la desigualdad y a la injusticia social. Tomó el famoso dicho popular para señalar que la ley siempre es «ancha para unos y angosta para otros», favoreciendo a los más poderosos y oprimiendo a la clase más vulnerable. En «Canta conmigo», más que una canción festiva, dejó una plegaria social por la paz. Denuncia la violencia y hace un llamado a la reconciliación, expresando que con armas no se logran milagros sociales y abogando por el diálogo sin distingo de razas ni colores. Y en «Campesino parrandero», por medio de la cotidianidad desnudó la realidad del hombre del campo, reivindicando su forma de ser frente a la indiferencia de las élites urbanas.
Sus canciones jamás señalaron desde el resentimiento, sino desde una profunda conciencia social alimentada por la compasión y la esperanza.
Pero Hernando también fue poeta del amor. Y en esa faceta nos dejó «Tempestad».
«Tempestad» es Hernando Marín en su estado más elemental: comparando el clima con el corazón. El maestro no canta un despecho. Canta una fuerza de la naturaleza. Si en el cielo truena, en su pecho también. Si en la cordillera las nubes están espesas y va a llover, en su alma también está por desatarse algo.
Y ahí está la frase que lo explica todo: *»La lluvia tiene derecho a la tierra, mi amor al tuyo lo tiene también»* No pide permiso. Así como la lluvia moja porque debe mojar, el amor llega porque tiene que llegar.
Pero el verso que desarma es este: *»Siento en mis ojos la corriente del Cesar cuando se crece porque me pongo a llorar»* Hernando no dice «lloro mucho». Dice que sus lágrimas son río crecido. Que el dolor y la emoción le desbordan como el Cesar en invierno. Convirtió su llanto en geografía.
Y cierra con una verdad de hombre de pueblo: *»Uno se enamora muchas veces, ay una mujer que tiene para el hombre tempestad»* Esa es la mujer-huracán. La que te estremece como se estremece el monte, la que no escampa. «Tempestad» no habla de tristeza. Habla de intensidad. De ese amor que no pregunta, que no espera, que simplemente cae.
Poseía, además, esa picaresca inteligente tan característica del Caribe colombiano. Sabía reírse de las contradicciones humanas y convertir el humor en una elegante forma de crítica. Tenía la capacidad de narrar las debilidades del ser humano con ironía y una enorme riqueza narrativa, logrando que el oyente sonriera mientras, casi sin advertirlo, terminaba reflexionando sobre sí mismo.
Su grandeza también puede medirse por la cantidad de voces que encontraron en sus composiciones un camino hacia la inmortalidad. Su estilo, marcado por rasgos de rebeldía, romance y costumbrismo, se volvió universo en la garganta de los más grandes.
Rafael Orozco le dio vida eterna a «La Creciente», «Déjame quererte», «Yo no sé», «Luz Mary», «Recuerdos» y «Juramento». Jorge Oñate engrandeció «Lo que siento», «Campesino parrandero», «Locura de amor», «Destino», «Tú no sabes amar» y «Sanjuanerita». Diomedes Díaz convirtió en clásicos «Canta conmigo», «Acompáñame», «El gavilán mayor», «Lluvia de verano», «Ventana de cristal» y «El invencible». Poncho Zuleta se hizo presente en «Bebiendo yo», «Mis muchachitas», «El girasol», «La vecina de Chavita», «Los maestros» y «El arbolito». Beto Zabaleta encontró en Marín a uno de sus compositores más certeros, con «La ley del embudo», «Desengañado», «Malas y buenas», «El enfermo», «Rina», «A mi guajira», «Olvida esa pena» y «Lágrimas de sangre». Y la voz morena del vallenato, Silvio Brito, dejó una estela de éxitos como «El ángel del camino», «Sentencia», «El mocoso», «Pecadora», «Tempestad», «Enamorados», «Los años», «Mal de amores» y «Villanueva mía».
Y así, muchos otros grandes intérpretes comprendieron que aquellas letras trascendían el simple entretenimiento para convertirse en auténticos testimonios de la identidad caribe.
Resulta admirable que un hombre con escasa formación académica alcanzara semejante profundidad literaria. A pesar de que no llegó a ser sexagenario, como lo deseó y plasmó en una de sus canciones, ya se había convertido en un maestro de la composición. Demostró que la sensibilidad no se gradúa en las universidades, sino en la escuela de la vida; que la poesía puede brotar de unas manos curtidas por el trabajo del campo y por las cuerdas de una guitarra, con la misma fuerza con la que nace de la pluma de los grandes escritores.
Hernando Marín perdió la vida en un fatal accidente automovilístico el 5 de septiembre de 1999 en carreteras del departamento de Sucre. Pero la muerte no pudo con él, porque los versos verdaderos no se entierran.
Hernando José Marín Lacouture terminó siendo mucho más que un extraordinario compositor vallenato. Fue cronista del Caribe, defensor de los olvidados, poeta del paisaje, filósofo de la cotidianidad y conciencia crítica de un pueblo que encontró en sus canciones una voz para expresar aquello que muchas veces callaba.
Hoy su obra sigue viva porque sigue siendo necesaria. Mientras haya amor que cantar, injusticias que nombrar, costumbres que preservar y risas que compartir, la voz de Hernando Marín seguirá sonando en cada parranda, en cada protesta y en cada rincón del Caribe. Él no escribió para su tiempo: escribió para todos los tiempos. Y por eso el pueblo no lo recuerda: lo sigue cantando.
Javier Enrique Payares Castro nació el 25 de febrero de 1964 en Lorica, Córdoba. Aunque inició su camino como compositor en una etapa poco convencional de su vida, fue a los 45 años cuando descubrió el talento que llevaba dentro y escribió su primera obra musical, El Humilde, marcando así el comienzo de una fructífera carrera dentro del folclor vallenato.
Inspirado por sus vivencias, sus raíces y el amor por la música, Javier ha logrado consolidarse como un compositor de letras auténticas, cargadas de sentimiento y sencillez. Además de escribir, también ha incursionado como intérprete de sus propias canciones, debutando con Aquí Estoy Yo, tema que refleja su esencia artística y su compromiso con el vallenato.
Desde hace 19 años se encuentra radicado en España, donde ha construido una nueva etapa de su vida. Sin embargo, la distancia nunca ha sido un obstáculo para mantener vivo el amor por su tierra. A pesar de vivir en otra cultura y en un espacio geográfico muy diferente a su amada Colombia, Javier Payares nunca ha olvidado sus raíces. Lleva el folclor vallenato en el corazón, lo vive, lo siente y lo proyecta a través de cada una de sus composiciones, convirtiéndose en un fiel embajador de la música colombiana desde el exterior.
Hasta la fecha, 30 obras musicales de su autoría han sido grabadas por destacados intérpretes del género y por el propio compositor. Entre ellas se destacan: Una Fecha Especial, interpretada por Jhonny Salgado; Me Voy pa Cali, por Alberto Miranda; Puyando el Burro, por Big Baxxy; Ni Novios Ni Amigos por el reconocido cantante Miguel Herrera, Que Me Mate el Cacho, Está Enganchada, Mi Mejor Regalo y Belinda la Periodista, grabadas por Carlos Correa; Cuando Me Muera, Nido de Palomas, Las Bonitas y las Feítas y Propio, por Eusebio Guerrero; Perseverancia y Camperín con Mucho Swing, por Álvaro El Bárbaro; Desilusión, junto a Pello Lara; La Bonita y la Fea, con autoría compartida con Eliezer Hernández; además de numerosas interpretaciones realizadas por el propio Javier Payares Castro, entre ellas El Traidor, Isabela, Fiesta Agradera, La Sabrosa, La Sigo Queriendo, No Dejes que Me Muera, No Tiene Comparación, La Vejez No Viene Sola, Las Agraderas, Es Mi Mujer, El Humilde, Mi Tierra Linda y No Te Detengas.
Aunque no ejecuta ningún instrumento musical, Javier ha demostrado que el verdadero talento nace de la inspiración y la sensibilidad para escribir. Su pluma ha enriquecido el repertorio vallenato con canciones que exaltan el amor, la familia, la vida cotidiana y las tradiciones de su tierra.
Con humildad, perseverancia y un profundo amor por la composición, Javier Enrique Payares Castro continúa escribiendo nuevas historias convertidas en canciones, con el firme propósito de seguir aportando al crecimiento y preservación del vallenato, demostrando que el amor por la música y por la tierra donde se nace no conoce fronteras.
Alberto Santos Romero es un reconocido compositor y empresario colombiano de música vallenata, nacido en el municipio de Agustín Codazzi, departamento del Cesar. Avalado por SAYCO, ha construido una importante trayectoria dentro del folclor vallenato gracias a su talento para convertir en canciones los sentimientos, las vivencias y la riqueza cultural del Caribe colombiano.
Es hijo de Venancio Santos Cuesta y Jenny Romero, y proviene de una familia trabajadora que le inculcó los valores del esfuerzo, la disciplina y el amor por sus raíces. Su sensibilidad artística y su pasión por la composición tienen una marcada influencia de la familia Romero, por la línea materna, de donde heredó su vena musical y la inspiración para desarrollar su vocación como compositor.
Desde sus inicios, Alberto Santos Romero ha encontrado inspiración en el amor, la amistad, la familia y los paisajes del Caribe colombiano, elementos que se reflejan en cada una de sus composiciones. Sus canciones buscan alimentar el corazón y el espíritu, conservando la esencia del vallenato y transmitiendo mensajes cargados de sentimiento, identidad y autenticidad.
Su talento ha sido reconocido por importantes intérpretes del género vallenato, quienes han llevado sus obras a diferentes escenarios y producciones musicales. Entre sus composiciones más representativas se destacan La Gran Quinceañera, grabada por el maestro Marcos Díaz; La Gran Boda, grabada por Mono Zabaleta; La Gran Dedicación, interpretada por Iván Villazón; Mi Riohacha del Alma, grabada por Haffit David; El Gran Día, una emotiva canción dedicada a las madres e interpretada por Elder Dayán; El Premio Mayor, grabada por Gaby García y Limedes Romero; El Canto de la Sirena, interpretada por Luis Mario Torres, Corazón Curado, llevada al público por Silvio Brito, El Gran Hombre, interpretada por Roiland Rosado; Nunca es Tarde, en la voz de Rodrigo Scala.
Cada una de estas obras refleja la sensibilidad de un compositor que ha sabido plasmar en sus letras historias de amor, gratitud, esperanza, familia y el profundo sentimiento por su tierra, consolidando un legado musical que enriquece el repertorio del folclor vallenato.
Además de su labor como compositor, Alberto Santos Romero se ha destacado como empresario, aportando al fortalecimiento y la difusión de la música vallenata, siempre comprometido con la preservación de las tradiciones y el impulso de nuevos proyectos culturales.
Con una trayectoria respaldada por la calidad de sus composiciones y el reconocimiento de destacados artistas del género, Alberto Santos Romero continúa escribiendo páginas importantes en la historia del vallenato, dejando un legado que exalta la identidad cultural del Caribe colombiano y enaltece el patrimonio musical de Colombia
Les dejamos algunas de las canciones disponibles en Youtube y en todas las plataformas digitales: