Por: Iván Zuleta Fuentes.
Adiós al corista que le puso alma al canto vallenato: Leonidas Moya Fula
Hoy, Valledupar se viste de luto y de melodía para despedir a uno de sus hijos más queridos: Leonidas Moya Fula, quien partió de este mundo el pasado martes 27 de mayo, silenciado por las sombras de un cáncer cerebral, pero con la resonancia imborrable de su voz palpitando aún en el corazón del folclor vallenato.
En esta mañana de despedida, su cuerpo será conducido desde la Funeraria Recordar hasta la iglesia cristiana La Catedral del Reino, en el barrio Los Músicos, ese lugar donde cada calle tiene nombre de canción y cada esquina guarda una anécdota de acordeones, guitarras y versos. Luego, sus restos descansarán en paz en los Jardines del Ecce Homo, tierra sagrada donde germina la memoria de quienes cantaron con el alma.
Leonidas, de 61 años, fue más que un corista: fue un custodio del legado musical de su padre, el legendario Sergio Moya Molina, autor de La celosa, y un pilar del trío Los Hermanos Moya junto a sus hermanos Sergio y Fredy. Con su voz armoniosa y su oído fino, supo ponerle matices celestiales a los coros de gigantes como Jorge Oñate, Beto Zabaleta, Farid Ortiz y Diomedes Díaz. No era el que estaba al frente del micrófono principal, pero era quien sostenía con firmeza el andamiaje invisible de cada interpretación.
Quienes lo conocieron, no solo recuerdan su profesionalismo y talento, sino esa chispa de humanidad que encendía con una frase sencilla y afectuosa: “¿Cómo estás, pelaito?” Así saludaba a todos, como si cada alma con la que cruzara palabras fuera su amigo de toda la vida.
Hoy se apaga una voz, pero no su canto. Hoy baja el telón de un escenario, pero queda su historia resonando en cada pista grabada, en cada repercusión de tarima, en cada verso entonado en las noches bohemias de esta tierra de cantores.
Ya Leonidas venía padeciendo silenciosamente ese quebranto que lo fue deshojando como se marchita, en la sombra, una flor que no se queja. Lo supimos: resistía, pero cada día era una batalla sin alarde, un acto de coraje envuelto en el manto discreto de quien no desea preocupar a los suyos.
Y sin embargo, la ley implacable de la Parca —esa que no negocia ni posterga, que llega con puntualidad de reloj antiguo— dictó su veredicto. En esta hora precisa, como si el universo hubiese sellado en tinta eterna la página final de su existencia, lo reclamó.
No fue azar, ni castigo, ni accidente. Fue destino. Ya estaba escrito, con la caligrafía invisible del tiempo, que este era su momento de partir. Y partió. No con estrépito, sino con la silenciosa dignidad de los que han comprendido que la muerte no es el final, sino la otra cara de la vida. Su ausencia duele, sí, pero también deja una estela de memoria y sentido. Porque quienes han amado, luchado y vivido con autenticidad nunca se van del todo: habitan para siempre en los corazones que supieron reconocer su luz.
Que la paz abrace tu tumba, Leonidas Moya Fula, y que el cielo reciba a un corista que supo cantarle a la vida incluso en los silencios.
Leonidas, Valledupar te llora, pero también te canta! Que Dios te reciba en su santo seno y descansa en paz.
