El alma que respira en un bandoneón: filosofía del adiós en Rocnid Tango”

«No hay tango viejo ni tango nuevo. El tango es uno sólo. Tal vez la única diferencia está en los que lo hacen bien y los que lo hacen mal»: Aníbal «Pichuco» Troilo (bandoneonista, compositor y director de orquesta de tango argentino)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay músicas que parecen venir de otra vida. No se escuchan: se sienten, se respiran, se recuerdan. En ellas vibra algo más que sonido: vibra el alma. El tango pertenece a ese linaje de músicas que no pasan, que se quedan flotando entre los adoquines húmedos, los faroles apagados y las memorias que se niegan a morir. Es el idioma de la nostalgia, una filosofía que se escribe con voz quebrada y compás dolido.

Desde San Juan, tierra gaucha y de horizontes abiertos, nació Rocnid Tango, cantor y bandoneonista que más tarde llevó el pulso del Río de la Plata a otras latitudes. En su viaje, el tango cruzó los Andes con él y encontró en Bogotá una nueva patria del sentimiento. Allí, entre la niebla y la altura, su bandoneón sigue respirando como si aún oliera el puerto y las madrugadas del viejo Buenos Aires. Rocnid no interpreta un género: custodia un espíritu. Donde suena su voz, suena también la memoria de una nación entera.

Su música es un puente entre mundos: la raíz criolla de su infancia sanjuanina, el pulso arrabalero del tango, y la vitalidad cosmopolita de Bogotá. De esa fusión nace una obra que no repite el pasado, sino que lo renueva con sensibilidad contemporánea. Y entre todas sus composiciones, “Tu sabrás qué harás de mí” se erige como una joya donde confluyen melancolía, ritmo y lucidez.

La pieza es una fusión delicada de tango y foxtrot, géneros que en apariencia se contradicen, pero que Rocnid hace convivir con naturalidad. El tango aporta la profundidad emocional, la pena contenida, el tiempo suspendido; el foxtrot, en cambio, introduce una leve oscilación, una ironía rítmica, un impulso de movimiento. Así, la tristeza se vuelve danzable y el dolor, elegante. En esta alquimia musical, Rocnid encuentra su voz más propia: la de quien llora bailando y piensa sintiendo.

La letra, de un lirismo desnudo, es un diálogo entre el hombre y su propio corazón. “Corazón, no me lastimes más”, dice, como si hablara a un amigo que no puede callar. “Deja ya de rezongar, inquieto bandoneón”, suplica luego, revelando esa comunión entre el músico y su instrumento, entre la razón y la melancolía. En Rocnid, el bandoneón no es acompañamiento: es conciencia sonora. Cada nota parece reflexionar, cada silencio parece comprender.

El sentimentalismo del texto, ese amor perdido que aún perfuma todo lo que existe, se entrelaza con la agilidad del ritmo, creando un contraste tan humano como el propio tango. Mientras la letra llora, el compás sonríe; mientras la voz recuerda, la música avanza. Es la eterna paradoja del alma argentina: el lamento que no se rinde, la herida que no deja de bailar.

“Lo mejor fue haberte amado cuando lo hice yo sin ti”, confiesa el cantor, y en ese verso se condensa toda la sabiduría del desengaño. No hay reproche, sólo claridad. El amor, incluso no correspondido, fue un acto de plenitud. Ese gesto de aceptar la pérdida con belleza, de hacer del dolor una forma de verdad, es lo que eleva el tango a una categoría filosófica: una metafísica del sentimiento.

En la interpretación de Rocnid, la voz y el bandoneón se funden hasta volverse una sola respiración. No hay artificio: hay alma. Su ejecución no busca el virtuosismo, sino la verdad; no la perfección, sino la emoción justa. Y en esa honestidad reside su grandeza. Rocnid no toca para demostrar, sino para decir. No canta para olvidar, sino para recordar con dignidad.

Cuando la canción se apaga, y resuena la última súplica “Aquí te estaré esperando, tú sabrás qué harás de mí”, queda suspendida en el aire una nostalgia antigua, una sombra de Buenos Aires que se proyecta sobre las montañas de Bogotá. Y en ese eco, el oyente puede oír algo más que música: puede oír el tiempo, la distancia, la memoria de un país que vibra en un fuelle.

Porque en cada nota que surge del bandoneón de Rocnid, revive un Buenos Aires que ya no está: las luces de San Telmo bajo la garúa, los cafés del centro con olor a vino y despedida, los pasos solitarios en el empedrado húmedo de la madrugada. Allí, entre ecos del pasado y bruma del presente, Rocnid Tango sigue tocando. Su bandoneón respira, su voz confiesa, y el alma del tango, esa criatura indómita y eterna, vuelve a nacer, esta vez en Bogotá, como si el viejo Buenos Aires hubiera encontrado refugio en las montañas de la capital colombiana.

Atentamente, Ramiro Elías Álvarez Mercado

Lanzamiento de «Voces Femeninas del Folclor Internacional, Volumen 5 – Volumen de Diamante»

Con gran éxito fue lanzada la producción musical «Voces Femeninas del Folclor Internacional, Volumen 5 – Volumen de Diamante», un proyecto liderado por la directora y compositora arubeña Glenda Zavala Maduro, quien reunió a destacadas voces femeninas y reconocidos compositores del género vallenato.

Esta quinta edición está conformada por 20 canciones inéditas, interpretadas por talentosas artistas que aportan su estilo y calidad vocal a esta importante producción. Entre las cantantes participantes se encuentran Karito Domínguez, Yisell «La Voz Rosa», Soliel Lobato, Aury de la Cruz, Linnett Acebey, Bau Gutiérrez, Michelle Comas, Ruth Villa, Malbi Blanco Romero, Patricia Merlano y Oveta Jiménez, entre otras destacadas representantes del folclor.

En el aspecto autoral, el volumen reúne obras de los compositores Miguel Márquez Paternina, Manuel Romero, Darío López Ecker, Carlos Simanca, Oveta Jiménez, Jader de Jesús Mercado, Eduard Méndez, Manlio Añez Durán, Héctor Romero Bayuelo, Juan Carlos Roldán, Julio Díaz Torrejano, Luis Sierra, Guadis Carrasco, Humberto Vargas Bravo, Leonel Barreto Alfonso, Linnett Acebey, Eder Araujo, Charly Rodríguez, Gustavo Pacheco y la directora del proyecto, Glenda Zavala Maduro.

El lanzamiento fue difundido a través de diferentes emisoras radiales, plataformas digitales y redes sociales, contando con el respaldo de importantes medios de divulgación del vallenato, entre ellos la página Checho Díaz Vallenato y Estampas Vallenatas del Folclor, dirigida por la licenciada Belinda Olano Barrera, contribuyendo a que esta producción llegue a un público nacional e internacional.

«Voces Femeninas del Folclor Internacional, Volumen 5 – Volumen de Diamante» representa un valioso aporte al fortalecimiento y la proyección de la mujer dentro de la música vallenata. A todas las cantantes, compositores y colaboradores que hicieron posible esta producción les auguramos los mayores éxitos en esta nueva etapa de sus carreras.

Las canciones ya se encuentran disponibles en YouTube y en las principales plataformas digitales de música.

«Luna Sanjuanera», la canción que nació de un amor y terminó inmortalizando a Roberto Calderón.

Por Alcibiades Núñez.

Hay canciones que nacen de un encargo. Otras, de la inspiración pasajera. Pero existen algunas que parecen escritas por el destino. “Luna Sanjuanera” pertenece a esa categoría privilegiada: la de las obras que trascienden el tiempo porque fueron concebidas desde el amor, la admiración por la tierra natal y la sensibilidad de un joven compositor que apenas comenzaba a escribir su historia.

Corría el año de 1978 y Roberto Calderón daba sus primeros pasos en el universo de la composición vallenata. Aún no imaginaba que su nombre llegaría a ocupar un lugar de honor entre los grandes autores del género vallenato. Sin embargo, ya contaba con el combustible indispensable para cualquier artista: una inspiración capaz de transformar los sentimientos en poesía.

Esa inspiración tenía nombre propio: Betty Urbina, una joven molinera, inteligente, emprendedora y de gran sensibilidad humana, que cursaba estudios de Pedagogía y Bachillerato en la Escuela Normal de Señoritas de San Juan del Cesar. Su relación sentimental con Roberto coincidió con un escenario que parecía diseñado para alimentar la imaginación de cualquier compositor.

El barrio donde ella vivía era un remanso de tranquilidad. Sus jardines exhibían un prado intensamente verde, adornado con rosas multicolores, jazmines y claveles que perfumaban las tardes y las noches. Sobre aquel paisaje aparecía la inconfundible luna de San Juan, mientras las aguas diáfanas y cristalinas del río Cesar acompañaban el silencio con el murmullo de la corriente. Como si fuera poco, familiares, amigos y vecinos se reunían alrededor de las guitarras para prolongar las tertulias hasta la madrugada.

Todos esos elementos terminaron convirtiéndose en versos. Roberto tomó la guitarra y comenzó a escribir una canción que pretendía ser mucho más que una declaración de amor. Su propósito era rendir homenaje a San Juan del Cesar, el pueblo que llevaba tatuado en el alma, y exaltar la belleza de las mujeres sanjuaneras.

Inicialmente decidió bautizarla «El Cantor de San Juan». El título obedecía a una tradición muy arraigada en el vallenato: rendir tributo a la tierra natal. Carlos Huertas ya había inmortalizado a Fonseca con El Cantor de Fonseca; Calixto Ochoa había hecho lo propio con El Cantor de Valencia, dedicado a Valencia de Jesús; y Álvaro Cabas Pumarejo había compuesto El Cantor del Valle. Roberto quería seguir esa misma senda.

Pero el destino tenía preparada otra historia. Fue su hermano, Alberto «Beto» Calderón, quien escuchó la composición y lanzó una frase que cambiaría para siempre el rumbo de aquella obra: «Esa canción no se llama ‘El Cantor de San Juan’; se llama ‘Luna Sanjuanera’.» Y así quedó.

A veces una sola decisión basta para marcar la diferencia entre una buena canción y un clásico inmortal. Con Luna Sanjuanera comenzó una nueva etapa para Roberto Calderón. La obra no solo conquistó al público, sino que abrió las puertas de su prolífica carrera como compositor. Pronto, los más importantes intérpretes del vallenato empezaron a llegar hasta su casa en busca de canciones inéditas antes de viajar a los estudios de grabación.

Diomedes Díaz, Poncho Zuleta, Rafael Orozco, Jorge Oñate, Beto Zabaleta, Adaníes Díaz, Silvestre Dangond, Iván Villazón, Churo Díaz, Juan Piña, Elías Rosado, Miguel Herrera, Luis “el pade” Vence y Silvio Brito, descubrieron en Roberto una pluma privilegiada. Cada nuevo álbum era también una oportunidad para llevar una de sus composiciones al disco, convencidos de que sus letras tenían la fuerza suficiente para convertirse en éxitos.

El tiempo les dio la razón. Hoy, casi cinco décadas después, Luna Sanjuanera continúa sonando en las emisoras, en las parrandas y en las plataformas digitales. No solo representa una de las composiciones más emblemáticas de Roberto Calderón, sino también un retrato sentimental de San Juan del Cesar, de sus paisajes y de una generación que convirtió el amor cotidiano en patrimonio musical.

Las grandes canciones nunca nacen por casualidad. Detrás de ellas suele existir una historia de amor, un paisaje inolvidable o una persona capaz de despertar la inspiración.

En el caso de Luna Sanjuanera, confluyeron los tres elementos: un pueblo orgulloso de sus raíces, una noche iluminada por la luna y una mujer llamada Betty Urbina, cuya presencia silenciosa terminó convirtiéndose en una de las páginas más hermosas de la historia del vallenato colombiano

Primer Encuentro de Investigadores Científicos y Culturales del Vallenato propone la creación de los concursos de Canción Inédita Profesional y Aficionado al Festival Vallenato

La división del concurso de Canción Inédita en las categorías Profesional y Aficionado, la postulación de artículos científicos y la creación de talleres de composición fueron las principales conclusiones del Primer Encuentro de Investigadores Científicos y Culturales del Vallenato.

El evento, que se llevó a cabo en el Museo Cocha Molina de Valledupar, estuvo liderado por la gestora cultural y gerente de la entidad, Julieth Peraza. La jornada reunió a destacados folcloristas, investigadores y escritores, quienes debatieron sobre el rumbo y la preservación del género musical.

La cumbre contó con una sólida participación académica de docentes de las universidades Popular del Cesar, La Guajira, Simón Bolívar, Sergio Arboleda y la Universidad Autónoma de Nuevo León (México). Los académicos expusieron los avances de sus investigaciones en torno a las narrativas y raíces que conforman el núcleo de la identidad vallenata.

Entre los panelistas y expertos se destacaron figuras de la talla de Rosendo Romero, Tomás Darío Gutiérrez, Julio Oñate Martínez, Fausto Pérez, Jaime Maestre, Carlos Russo, Carlos Miranda, Luis Carlos López, Andrés Bustos Fierro y Roger Bermúdez. Durante la agenda se abordaron temáticas cruciales como la relación entre música y literatura, la investigación cultural, la historia de la guacharaca, el vallenato en el siglo XXI, la narrativa en la música de acordeón y la consolidación del canon vallenato.

En el componente internacional, el docente Carlos Miranda (México) expuso la ponencia “La publicación científica sobre vallenato en las revistas de alto impacto”, mientras que Andrés Bustos Fierro (Buenos Aires, Argentina) disertó sobre “La identidad como acto compositivo: transmisión cultural”.

La propuesta que generó mayor eco fue la del maestro Rosendo Romero, quien planteó la necesidad urgente de reestructurar el concurso de Canción Inédita del Festival de la Leyenda Vallenata, que tiene una categoría única. “Así como el festival tiene divisiones para acordeoneros profesionales, aficionados, infantiles y femeninos, debe evolucionar en la canción inédita. Es necesario crear las modalidades profesional y aficionado porque hoy compiten juntos, y a veces el aficionado, impulsado por influencias, termina derrotando al profesional”, argumentó Romero.

Como cierre del encuentro, la mesa de expertos aprobó la producción de un libro de investigación con capítulos inéditos desarrollados por cada ponente. Asimismo, se avaló la publicación oficial de las memorias del evento con el objetivo de blindar y consolidar un registro académico, documental e histórico de estas valiosas reflexiones folclóricas.

El orgullo de decir «Soy Sanjuanero» mucho más que la cuna de compositores, donde nació el alma del vallenato.

Por Alcibiades Núñez.

Hay pueblos que se distinguen por sus paisajes, otros por su riqueza económica y algunos por los hechos que marcaron la historia de un país. Pero existen lugares privilegiados cuya mayor fortuna ha sido el talento de su gente. San Juan del Cesar, pertenece a esa categoría excepcional. Allí la música no es un oficio; es una manera de vivir y entender la vida.

Hace más de veintiocho años tuve el privilegio de conocer a uno de los grandes compositores del folclor vallenato: Máximo Móvil Mendoza, «El Indio de Oro». Más allá de su extraordinaria obra musical, descubrí a un hombre sencillo, respetuoso, carismático y profundamente enamorado de su tierra. Era de esos personajes que enseñaban sin proponérselo, porque hablaban con la autoridad que solo otorgan la experiencia y el amor por las raíces.

Las conversaciones que compartimos en la tradicional Plaza Santander y la Virgencita, siguen vivas en mi memoria. Allí no solo se hablaba de canciones; se hablaba de historia, de cultura, de identidad y de la enorme responsabilidad de preservar una tradición que ha llevado el nombre de San Juan del Cesar por toda Colombia y más allá de sus fronteras.

Aquellas tertulias eran verdaderas cátedras del vallenato. En ellas aparecían los nombres de quienes convirtieron a este municipio en la auténtica Cuna de Compositores: Diomedes Díaz, Juancho Rois, Marciano Martínez, Octavio Daza, Colacho Mendoza, Hernando Marín, Sergio Moya, Isaac Carrillo, Hernán Urbina Joiro, Luis Egurrola, Roberto, Efrén y Amílcar Calderón, Fellin Gámez, Silvio Brito, Aurelio Núñez, Franklin Moya, Deimer Marín, Leonardi Vega, Alex Duarte, Jesús Alberto Villero, Alexander Oñate, Miromel Mendoza, Franco Arguelle, Mauro Millán, Armando Mendoza, Emerson Plata, José Amiro Bermúdez, Yoni Gámez, Heriberto Bermúdez y muchos otros artistas que continúan llevando el folclor vallenato a escenarios nacionales e internacionales.

Cada uno de ellos representa una página de la historia musical del Caribe colombiano. Juntos han construido un patrimonio que no pertenece únicamente a La Guajira, sino a toda Colombia.

Por eso no sorprende caminar por San Juan del Cesar y escuchar, en cualquier esquina, a un joven abrazando un acordeón, mientras interpreta clásicos como Luna Sanjuanera, La Juntera, Te regalo mis triunfos, Vallenato y Guajiro, Gaviota Herida, como aquel pajarito, Esperanza, la Guaireñita, decidí cambiar, no se qué tienes tu, la huella de tu amor, un amor tan grande, Ven conmigo o Tú eres la reina. Allí, la música nace con la misma naturalidad con que florecen los árboles después de la lluvia. Las plazas, las calles y los parques se convierten en escuelas abiertas donde las nuevas generaciones aprenden el lenguaje del acordeón, de la caja y de la guacharaca.

Ese es el verdadero patrimonio de San Juan del Cesar: una cultura que se transmite de generación en generación sin necesidad de manuales, porque vive en la memoria colectiva de su pueblo.

Cada vez que visito otra ciudad y alguien me pregunta de dónde soy, respondo con orgullo que nací en la tierra de los compositores, de los acordeoneros, de los poetas y de los verseadores. No es una expresión de vanidad; es el reconocimiento a una comunidad que ha sabido convertir el arte en su principal carta de presentación.

Hoy, cuando tantas tradiciones enfrentan el riesgo del olvido, vale la pena recordar que proteger el vallenato es también proteger una parte esencial de la identidad colombiana. San Juan del Cesar no solo le ha regalado canciones al país; le ha entregado historias, sentimientos y una manera única de narrar la vida.

Tal vez el mejor homenaje que podemos hacerles a maestros como Máximo Móvil Mendoza sea comprender que su legado no termina en los discos ni en los festivales. Vive en cada niño que aprende a tocar un acordeón, en cada compositor que escribe inspirado por su tierra y en cada colombiano que reconoce que el vallenato sigue siendo una de las expresiones culturales más auténticas de nuestra nación.

Porque mientras en San Juan del Cesar haya un niño abrazando un acordeón, un compositor escribiendo versos o un cantor dispuesto a narrar la vida a través de una canción, el espíritu del vallenato jamás morirá. Seguirá latiendo con la fuerza de sus raíces, honrando la memoria de sus maestros y recordándole a Colombia que, en esta tierra bendecida por Dios y el talento, la música no solo se interpreta: se vive, se siente y se hereda.