Hace un año, Andrés Beleño, rey vitalicio de la piqueria, sufrió una isquemia que borró la información de gran parte de su cerebro, como las facultades para hablar y tejer su discurso y la prodigiosidad de su memoria, tan propias de su repentismo. Ahora, con terapias y el amor de los suyos, avanza en el proceso de reaprender y reescribir partes de su vida.
Siete décadas de versos y jovialidad, ingenio y gracejo, destreza rítmica y consolidación constante de su dignidad de rey se durmieron un día de abril en que su flujo sanguíneo extravió el camino y no llegó a su cerebro, morada de células que entonces fueron privadas de oxígeno y nutrientes esenciales para vivir, por lo que muchas murieron llevándose con ellas gran parte de las habilidades verbales, mentales y motrices del monarca. Un mal chiste para alguien como él, que se ha pasado la vida componiendo, cantando, bailando, viajando y ejerciendo el don sagrado de la palabra que le fue dado.
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