Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv
Cuando el palpitar del recuerdo no se quería marchar del corazón de una adorada mujer, ella optó por dejar la más auténtica constancia de que todo se había perdido en aquellas sombras que una triste mañana borraron la luz de la aurora, provocando que el día fuera perfecto.
Para poner en marcha aquella proclama, se sentó en el viejo piano que le regaló por allá a comienzos del siglo pasado su abuela Josefa María Padilla a su mamá María del Socorro Padilla de Fernández, haciendo el ejercicio de tocar sus teclas y, con versos que había escrito en una hoja de cuaderno, comenzó a cantar. Al terminar esa ponencia musical, pensó en el título, resumiéndolo en dos palabras: ‘Sombra perdida’.
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