La obra cumbre de nuestro admirado nobel Gabriel García Márquez es posterior a toda esa labor que desarrollaron nuestros juglares y que cantaban como hablaban los abuelos de él.
Yo conozco el flojo aunque lo vea sudao” Tomás Gregorio Hinojosa Mendoza.
Se ha vuelto una constante en los medios impresos, radio y televisión, en lo que tiene que ver sobre la narrativa vallenata, la diatriba sabanera liderada por creadores, periodistas, músicos y gestores cultores, quienes recurren a diversos temas en procura de mostrar su
desacuerdo con el tratamiento que reciben por parte “de los vallenatos” al interior del Festival de la Leyenda Vallenata, que al decir de los quejosos es un desarraigo para con ellos.
Todo comenzó en 1969 con la participación de los músicos Andrés Landero, Alfredo Gutiérrez y Lisandro Meza en ese Festival y se reafirmó con el lanzamiento en 1973 del libro ‘Vallenatología’, de Consuelo Araújo Noguera, lo que dio pie a muchas polémicas que bien vale la pena retrotraer, en procura de encontrarle la sinrazón de las mismas.
En esos dimes y diretes se han construido unas premisas, que es necesario analizar para lograr poner en su cruda realidad qué tanto de verdad tiene lo que ellos argumentan, situación que ha tomado un tono reiterado, que no ha podido ser subsanado, pese a que han habido gestos de mano tendida que ellos no valoran, convirtiendo en “enemigo” todo lo que provenga de nuestra provincia y tenga el sello de Consuelo, Rafael, Gabriel y Alfonso.
Hipólito segundo Herrera Villa nace en Agustin, Codazzi, Departamento del Cesar, Colombia, el 17 de noviembre de 1963 en el hogar conformado por sus padres Mélida Elena Villa Rosado y Francisco Manuel Herrera Sánchez.
Entre los recuerdos de su niñez y adolescencia como todo joven travieso se montaba en un palo de mango que había en casa de su tía Berta Villa a comer mango y cantar, que era lo que más le gustaba.
Durante su juventud comienza con un grupo llamado «Los Originales del Vallenato», es a partir de ese momento cuando comenzó hacer presentaciones en el medio artístico en casetas y parrandas en casa de sus amigos llevando serenatas.
En estos momentos difíciles Dios también se manifiesta uniendo corazones y talentos para expresarse a través de esta canción, la cual lleva por nombre: «Ayúdame» de la autoría del maestro Marcos Díaz y con la participación de grandes artistas que bajo la producción de Carlos Huertas han hecho realidad una canción que es un llamado a la solidaridad, el amor y la ayuda sobre todo con esta situación que atraviesan nuestros artistas.
Desde que inmigrantes alemanes trajeron el instrumento a Latinoamérica a finales del siglo XIX, el acordeón ha sido parte esencial del folclor en todo el continente: puente y punto de encuentro entre ambas culturas.
La música siempre ha sido un buen indicador de procesos de transculturación, y pocos ejemplos son tan representativos como el del acordeón. En la turbulenta época de la Latinoamérica republicana, la historia de este instrumento, compuesto de un fuelle y dos cajas de madera, resalta por la manera en que fue adoptado a lo largo del continente desde que pobladores alemanes lo trajeron a finales del siglo XIX.
Siete (7) son las canciones de Rafael Escalona Martínez (1927-2009) compuestas en 1950. Siete canciones que en el curso de este año irán cumpliendo setenta (70); súmese a esto la sana superstición que nos dice que el siete es el número perfecto, que empieza con la creación. Apenas oportuno para dar una mirada analítica a esas siete canciones del más grande juglar de la música vallenata. Esas canciones son: “Mala suerte”, “El mejoral”, “El gavilán rastrero”, “La historia”, “Las dos hermanas”, “La golondrina” y “El general Dangond”, según la clasificación que hace Consuelo Araujo Noguera en su amena biografía Rafael Escalona, el hombre y el mito, Planeta – 1988. Obra canónica que el maestro pudo revisar.
Me ocuparé, para este comentario, de algunos ejes temáticos en esa muestra del gran universo de canciones de Rafael Escalona. Vale precisar que para esa época (1950) Escalona le cantaba (que fue su manera de contar) a una provincia que abarcaba el Magdalena Grande, con epicentro en la pequeña villa de Valledupar. Territorios donde el único medio de transporte era el burro, la mula y el caballo. En ese contexto nace el vallenato, con su instrumento emblema, el acordeón, que dicen entró por Riohacha. Por generación espontánea van surgiendo los juglares, con el mítico Francisco el Hombre, como la génesis, hacia finales del siglo XIX; y en 1943 Rafael Escalona, cuando irrumpe con su primera composición, “El profe Castañeda”.
Escalona reúne características del juglar medieval; adoptando recursos estilísticos análogos, algunas canciones comienzan así: Dígale a Chema Maestre/ también a Turo Molina/ que yo me voy pa’ La Guajira (Mala suerte). Y allá en Codazzi a mí me dijeron/ los que conocen al general/ que en las batallas no tuvo miedo/ y El Molino lo ve llorar. (El general Dangond). Ahí está el juglar en su naturaleza trashumante, que va por cada lugar llevando con sus cantos una noticia, un recado; al tiempo que, si la ocasión lo permite, la conquista de un amor: En la ceiba e’ Villanueva/ canta un gavilán bajito/ y es diciendo que se lleva/ a una paloma que ha visto. (El gavilán rastrero).
El amor es uno de los temas recurrentes en estos cantos; el amor en la más variopinta filosofía; ahí está, por ejemplo la antítesis, que viene desde Petrarca, del que encuentra gozo en el dolor: Yo no puedo olvidar a esa mujer/ que me hizo tanto tiempo padecer. / Yo no puedo olvidar aquel amor/ que me dejó sangrando el corazón. (La historia). O cuando la paradoja amorosa se resuelve en una dialéctica inconclusa: Yo hice un bien pero me fue muy mal/ hice un mal pero me fue peor. / Y ahora no hago bien ni mal/ pa’ ve si me va mejor. (El mejoral). Este título del canto, es una bella perla de la época; en efecto, el mejoral era el medicamento que en la tradición popular curaba todo: desde un torturante dolor de muela, hasta una pena de amor.
La religiosidad popular, representada en la única iglesia de la época: la católica, funge casi como un talismán para alcanzar propósitos, en donde lo sagrado y lo profano se tocan: Arriba en las estrellas/ donde está el reino de Dios/ allá quisiera estar yo. (La golondrina). Me rezan de compasión/ para que mi alma no pene/ por falta de una oración. …una cruz sobre mi tumba/ para que vean que fui cristiano (Mala suerte). Asimismo, la muerte fue una compañera de viaje desde la primera juventud, como una hermandad, sin importar el tiempo: yo sé que un amor sincero/ puede ocasionar la muerte. (El mejoral). y alguna persona dirá/ el pobre Escalona murió ya. (Mala suerte).
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Finalmente, otro testimonio de la época es el tránsito libre de colombianos hacia Venezuela, cuando ese país era la Arabia latinoamericana, en virtud de su gran riqueza petrolera, en contraste con una Colombia empobrecida y violenta. Y no solo era un destino económico; en sus cantos Escalona nos dice que hasta para la cura de desengaños y desdichas era el bálsamo: Me fui para Venezuela/ decepcionado de Valledupar. Es muy triste que hoy no se tenga suficiente memoria de esta patria solidaria, que muchos colombianos abrazaron como la “tierra prometida”, así lo registra Rafael Escalona en varios de sus cantos.