Carlos Fajardo Tatis: el compositor que convirtió la tristeza y el sufrimiento en canciones

“La música es la vida emocional de la mayoría de la gente”:
Leonard Cohen (cantautor, poeta y novelista canadiense)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay existencias que parecen nacidas del abismo, pero aun así se empeñan en buscar la cima. Vidas que nacen entre sombras y, sin embargo, insisten en hallar la luz. Seres que aprenden a cantar antes que a llorar, porque intuyen que en la música se esconde la forma más pura de resistir. Hombres que, en lugar de odiar, responden al dolor con canciones. Que convierten el sufrimiento en belleza, como si cada herida fuera una cuerda más del instrumento que los sostiene.
Así es la historia de Carlos Arturo Fajardo Tatis, un hombre que no solo sobrevivió al olvido, sino que lo transformó en arte.

Su historia comienza entre montañas húmedas y verdes, en Umbito, una vereda del municipio de Necoclí, Antioquia, donde la tierra huele a barro recién abierto y el aire trae consigo la sal del mar Caribe. Allí, en medio de plátanos y cocoteros, nació un martes 26 de septiembre de 1967. Aunque su registro civil fue presentado en San Pelayo, Córdoba, su alma pertenece a los montes antioqueños: al rumor del agua entre las piedras, al silbido del viento que se enreda en la vegetación, al canto de las aves que anuncian la lluvia.

Hijo de Manuel Fajardo Otero y Olga Tatis Arrieta, fue el menor de ocho hermanos. La muerte temprana de su madre y el abandono de su padre lo dejaron frente a la vida como un niño sin mapa. En su niñez y adolescencia sufrió el peso del maltrato familiar y la incomprensión de quienes debieron protegerlo. Pero aquella infancia herida no apagó su espíritu: lo templó. De esa adversidad nació una fortaleza secreta, un pulso que más tarde se transformaría en canción.

Entre labores rudas e inclemencias, cargó agua, sembró la tierra, ordeñó vacas, cortó leña. La montaña fue su escuela y su refugio. Allí aprendió que el cansancio también enseña y que el perdón alivia más que la venganza. Entre el mugido del ganado y el eco del machete, comenzó a mirar el mundo con ternura, incluso cuando dolía.

El destino lo llevó luego a Cartagena, esa ciudad donde el mar canta con voz antigua. Allí conoció la otra cara de la soledad: los andenes fríos, los cartones como abrigo, la indiferencia como rutina. Fue habitante de la calle, niño de la intemperie, sombra entre luces ajenas. Pero incluso en ese desamparo, la música lo acompañó como una llama inextinguible.

En los años más duros, trabajó en el mercado de Bazurto, limpiando verduras, cargando bultos y empacando productos bajo el sol inclemente. Entre el bullicio, los pregones y el olor a pescado fresco, comprendió que el trabajo también puede ser una forma de dignidad. Con el sudor de sus manos logró terminar los estudios primarios y avanzar parte de la secundaria, demostrando que el conocimiento no siempre nace en las aulas, sino en la voluntad.

Fue allí, en medio del ruido de los carretilleros y los gritos de los vendedores, donde aprendió a tocar la guitarra por sí mismo. Sin profesor ni partituras, fue descifrando los sonidos hasta convertirlos en compañía. La guitarra se volvió su confidente y su escudo, el puente entre su pasado de silencio y su futuro de melodías. Con ella empezó a componer sus primeras canciones, a darle forma al sentimiento, a rescatar del dolor un motivo para seguir.

Admiraba a Pedrito Fernández, el niño ranchero, y al cantautor cordobés Máximo Jiménez, cuyas letras sociales hablaban de resistencia. Aquellas voces fueron su escuela invisible. Inspirado por ellas, compuso su primera canción: “Entre Cartones”, una ranchera nacida del hambre y la orfandad, del coraje de seguir viviendo. La cantaba en los buses, mientras vendía productos para sobrevivir, y su voz temblorosa, sincera, conmovía a quienes lo escuchaban.

Años después, en un homenaje en el Colegio José Celestino Mutis, en el barrio La Esperanza, de la ciudad de Cartagena, interpretó esa canción ante un público que no pudo contener las lágrimas. Por primera vez, el dolor se convirtió en aplauso, y la calle en escenario. Ese día comenzó su segunda vida.

De esa semilla florecieron nuevas canciones: “Adiós a la diosa”, “Mañosa y embustera”, “El rabo de carnero”, “El manjar”, “El rey de la alegría”, “Corazón de hielo”, “Una nueva vida”, “El guerrero del amor”, “Canto para ti”, “Me tuve que ir”, “Inocente niño”, “Ilusión de amor”, “Ya lo decidí”, “El ombliguito”, “Esclavo de tus besos”, “Nadie es perfecto”, “Hechicera”, “El Gol”, “Un Verano”, “Tu Invierno”, entre muchas más, pasando del centenar de composiciones.

Sus canciones abarcan todos los matices del alma: unas son románticas y sentimentales, escritas desde la ternura y la nostalgia; otras, jocosas y de doble sentido, herederas de la picaresca del hombre caribeño, que sabe reírse incluso de sus propias penas. En cada verso hay verdad y desparpajo, dulzura y picardía, como si la risa y el amor se dieran la mano en la misma estrofa.

En su Organización Musical KAFATA, que él mismo dirige, ha grabado varios temas en su voz, pero también han sido interpretados por artistas de distintos géneros: Darío Gómez, el Rey del Despecho; Leidy Carolina Posada, hija del legendario Luis Alberto Posada; el Rey Vallenato Manuel Vega Vázquez y su hermano Ricardo; Horacio “El Chacho” Mora, Marines Lezama, Diego Luis Lara, Osnaider Cabarcas, José Vázquez, Elías Ospino Aguilera, Los Soneros de Gamero en la voz portentosa de Isolina León, la agrupación «Luna Vallenata», conformada por las Hermanas Tatiana y Roxana Díaz, Ramy Torres, entre otros.

Carlos Fajardo es un creador versátil: puede moverse entre el vallenato, el porro, la salsa, la ranchera, la champeta o la música popular, pero su verdadera patria es la verdad. No le interesa la fama, sino la autenticidad. Su meta es que cada canción sirva para algo, que alguien, al escucharla, sienta que no está solo.

Admirador de los grandes exponentes de la música vallenata, desde los juglares como: Alejandro Durán, Leandro Díaz, Rafael Escalona, Juancho Polo, Luis Enrique Martínez, Alfredo Gutiérrez, y de los cantantes, Jorge Oñate, Rafael Orozco, Beto Zabaleta, Poncho Zuleta, entre otro, sin embrago Carlos se declara Diomedista de corazón, seguidor del estilo y la poesía de Diomedes Díaz «el Cacique de La Junta», a quien considera una fuente de inspiración inagotable por su capacidad de transformar la cotidianidad en canto, el amor en palabra y la vida en leyenda.

Su talento lo llevó a los grandes escenarios. De la mano del maestro Darío Gómez, quien grabó su tema “Una nueva vida”, llevándolo al reconocimiento nacional e internacional, confirmando que su camino, aunque silencioso, seguía creciendo como la música misma: sin prisa, pero sin pausa.

Ganó festivales como el de Arjona, con el tema “Quiero ser libre”; obtuvo el segundo lugar en Turbana y el primero en el Festival del Frito con una cumbia titulada “La más bonita”. Para él, cada tarima es un altar y cada canción, una plegaria.

De sus abuelos Marceliano Tatis, músico español avecindado en Cartagena, y José Fajardo, integrante de la Banda Bajera de San Pelayo, heredó la música como linaje.

Hoy, la historia se cierra con una justicia poética: aquel niño que un día fue nómada entre montañas y calles es ahora guía turístico en Cartagena, la ciudad que lo vio llorar y levantarse. Recorre sus plazas, murallas y calles coloniales contando historias con el mismo ritmo con que compone versos. Su voz guía a los visitantes por los caminos de piedra donde aún resuenan los tambores de la historia. Cada relato suyo tiene la cadencia de una canción y la ternura de quien ha comprendido que también se puede sanar mostrando belleza.

Porque Carlos Fajardo Tatis ya no solo canta: ahora también guía. Y en su mirada, el mar parece escucharlo.

Su vida es un espejo donde todos los que sufren pueden mirarse. Enseña que el dolor no destruye: revela. Que la pobreza puede ser semilla de grandeza. Que el arte no pertenece únicamente a los elegidos, sino también aquellos valientes y luchadores de la vida como él.

En los ojos de Carlos aún habita el niño que dormía en la calle, pero también brilla el resplandor sereno de quien ha vencido al destino. Ha demostrado que, aunque el mundo te deje sin techo, el corazón puede seguir siendo una casa donde habite la esperanza.

Hoy, Carlos Fajardo Tatis se considera un hombre feliz. No porque haya olvidado su pasado, sino porque aprendió a reconciliarse con él. Su felicidad no es una huida del dolor, sino una celebración de la vida misma, de haber sobrevivido y creado belleza a partir de la herida.

Y su mensaje, que ya no es solo suyo sino de todos los que han llorado en silencio, vibra como un eco eterno.

“No importa cuán oscuro sea el camino; mientras exista una canción, propia o ajena, el alma tendrá un motivo para seguir viviendo»:Roy Galán

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado.

Isolina León: “La Tranca” Voz, alma y esencia del bullerengue

“La música es el acto social de comunicación entre la gente, un gesto de amistad, el más fuerte que hay.”
(Malcolm Arnold, músico y compositor británico)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

El bullerengue, más que una música o una danza, es un rito de memoria viva: una práctica social, cultural y profundamente espiritual que nace del corazón del Caribe colombiano. En sus cantos resuena la historia, la resistencia y la sabiduría de los pueblos afrodescendientes que han encontrado en el tambor, la voz y el cuerpo una manera de ser, de existir, de perdurar. Y si hay una voz que encarna con autenticidad esa herencia, esa fuerza ancestral, es la de Isolina León Blanco, conocida en el universo del folclor como “La Tranca”.

Isolina nació en el corregimiento de Gamero, municipio de Mahates, en el cálido y fértil departamento de Bolívar, donde el bullerengue no se aprende: se respira. De esas tierras campesinas, sembradas de historia y dignidad, emergió su voz. Una voz que no solo canta, sino que brota como semilla viva del barro, del azadón, del sudor, del río y del monte.

Campesina pura, de hacha y machete, Isolina es una mujer de manos curtidas y alma luminosa. Cultiva la tierra, corta leña, se ha dedicado a la pesca, y ha hecho de su cotidianidad un poema de trabajo y resistencia. En ella se funden la sabiduría ancestral de las cantaoras y la nobleza silente de las mujeres del campo. Madre y abuela amorosa, ha sacado adelante a su familia con esfuerzo, dedicación y una fortaleza que asombra. Es el corazón de su casa, el sostén de los suyos y un orgullo inmenso para su terruño, que la reconoce como símbolo de lucha, talento y tradición.

Como la tranca que resguarda con firmeza las puertas de las casas caribeñas, fuerte, confiable, protectora así es la voz de Isolina León: un umbral que defiende y sostiene la tradición viva del bullerengue. Su apodo no es un mero adorno: es símbolo y testimonio de carácter, de identidad, de permanencia. De hecho, fue precisamente “La Tranca”, su primer éxito musical grabado en 1999, el tema que le dio ese nombre artístico y la catapultó a la fama. Aquella canción, vibrante y poderosa, se convirtió en la sensación durante las fiestas novembrinas de Cartagena y los carnavales de Barranquilla, abriendo para ella el camino hacia los corazones del pueblo.

Seguidora fiel de la legendaria cantora Irene Martínez, Isolina no solo aprendió de ella sino que se convirtió en una de sus alumnas más aventajadas tomando la posta de un legado musical invaluable. Hoy esa tradición vive en su garganta y en su andar. Pero su arte no se limita al bullerengue: en sus redes sociales la vemos cantar con igual maestría vallenatos, cumbias, porros y otros aires musicales que hacen parte del alma sonora del Caribe. Su versatilidad no solo asombra, sino que conecta generaciones, territorios y emociones.

Antes de que su voz sonara en escenarios, su canto ya llenaba las calles de su pueblo. Con una ponchera en la cabeza, vendía bollos y dulces que anunciaba con pregones cantados, llenos de picardía y ternura. La gente no solo compraba sus delicias: se detenía a escucharla, aplaudirla, celebrarla. Porque Isolina no vendía productos: compartía alegría, ritmo, sabor. Y ese arte natural, sin escuela, fue su primera tarima.

Dueña de una presencia imponente y una voz que parece nacer de las entrañas mismas de la tierra, Isolina no solo canta bullerengue: lo encarna. Cada nota que entona es un llamado a la memoria colectiva; cada ritmo que interpreta es una conversación entre generaciones; cada presentación es una ceremonia en la que la historia se vuelve presente y la tradición, un acto de amor.

Es, además, la voz oficial y líder de la agrupación Los Soneros de Gamero, colectivo musical que ha sabido mantener viva la herencia de sus ancestros. Con ellos ha grabado temas que son ya himnos del bullerengue: La Gozadera, El Tun Tun, Carita Pintá, El Pollerón, La Lengua, entre otros, verdaderas joyas que hacen palpitar los escenarios con su ritmo contagioso. Su alegría en escena es tan genuina que no se puede fingir ni imitar: nace de una vida vivida con pasión y con música en la piel.

Su sonrisa resplandeciente ilumina no solo su rostro, sino también los corazones de quienes la escuchan. Tiene ese carisma cálido y entrañable que desarma y abraza. Con solo una mirada, conecta. Con su risa abierta y contagiosa, enciende la fiesta, el alma y el recuerdo. Sus trajes coloridos, vibrantes como los paisajes del Caribe, hablan también de su identidad: una mujer que honra sus raíces con orgullo y elegancia. Sus labios maquillados, su piel negra y hermosa, su porte altivo y festivo, la convierten en un ícono de la estética afrocolombiana. Cada detalle en su vestimenta y en su actitud escénica es una declaración de belleza, de libertad, de dignidad.

Alcanzó la fama después de los 50 años, en un mundo que suele venerar lo efímero y olvidar lo esencial. Pero ella llegó con fuerza serena, como quien sabe que su momento está inscrito en un tiempo más sabio. Hoy, siendo una septuagenaria, continúa de pie sobre los escenarios, regalando su canto con la misma pasión del primer día, demostrando que la belleza, la fuerza y la autenticidad no tienen fecha de caducidad.

Su éxito tardío es, en realidad, un acto de justicia poética: el reconocimiento merecido a una vida entregada al arte, a la cultura y al trabajo digno. Porque la voz de Isolina León no solo se escucha: se siente, se vive, se celebra. En cada interpretación revive la herencia musical de sus ancestros, como un eco sonoro del alma afrocolombiana, que encuentra en su garganta una morada digna y luminosa.

Con cada tamborazo, con cada letra, con cada mirada, Isolina nos recuerda que el bullerengue es un acto de resistencia, pero también de ternura. Que es posible envejecer con gracia, con arte, con orgullo. Que la sabiduría no solo está en los libros, sino en los cuerpos que danzan, en las voces que cantan, en las mujeres que no se rinden.

A través de su música ha llevado la esencia del Caribe colombiano a escenarios nacionales e internacionales, posicionando su arte como una voz imprescindible en la historia del folclor. Su legado no es solo sonoro: es espiritual, cultural, estético. Es un canto a la vida que reverbera en cada comunidad que la escucha, en cada niña que sueña con cantar como ella, en cada tambor que suena con amor y dignidad.

La madurez y la experiencia se reflejan en cada uno de sus gestos, en cada movimiento acompasado de su cuerpo al ritmo del tambor. Su voz, sin embargo, sigue fresca y vibrante, como un manantial que brota desde las raíces mismas de la cultura afrocolombiana, una voz que rompe las barreras del tiempo y del olvido.

Pero para comprender verdaderamente el alma de Isolina León, hay que volver al punto de partida: Gamero, su tierra natal. No se puede hablar de “La Tranca” sin hablar de ese pequeño paraíso afrocolombiano, donde la historia se canta, se baila, se cultiva y se honra con cada amanecer. Gamero no es solo un lugar en el mapa: es un territorio espiritual, una escuela de vida, un útero musical del que han nacido grandes voces y memorias. Allí, donde la ciénaga abraza los caminos de tierra y el sol acaricia las hojas del plátano, se respira una belleza indómita y ancestral.

El paisaje natural de Gamero parece conjurado por la poesía: caños que serpentean entre los árboles, campos verdes que vibran al ritmo de las cosechas, aves que anuncian el día con sus cantos, y ese rumor del agua que acompaña la vida como un tambor secreto. Es un lugar donde la naturaleza canta, donde la tierra tiene alma y donde el bullerengue no es solo una expresión artística, sino el pulso mismo del pueblo.

Cuna de grandes exponentes de la música tradicional Gamero ha parido leyendas que hoy son patrimonio sonoro de la nación. En cada esquina se escucha un eco de tambor, una voz que entona memorias, un niño que baila, una abuela que enseña, una comunidad que celebra. La riqueza del pueblo no está en sus bienes materiales, sino en su gente, en su sabiduría, en su herencia viva. Allí, el arte no es espectáculo: es alimento espiritual, es herramienta de sanación, es legado que se hereda como se hace con la semilla o el apellido.

Y en medio de esa abundancia invisible, Isolina León, a pesar de haber sido ovacionada en escenarios nacionales e internacionales, no ha perdido su esencia. La fama no la ha despegado del suelo: la ha reafirmado en él. Sigue siendo la mujer sencilla que recoge leña, que cocina con amor, que canta en la plaza del pueblo con la misma entrega con la que lo hace frente a miles. No hay vanidad en su andar, sino gratitud. No hay distancia entre la artista y la mujer: hay coherencia, hay humildad, hay raíz.

La han visto en teatros y en tarimas, sí, pero también se le puede encontrar en su casa, conversando con vecinas, riendo con niños, hablando con los árboles. Su vida no se disfraza de fama: se adorna con autenticidad. Es la misma Isolina que caminó descalza por los caminos polvorientos, la que vendía bollos cantando, la que aprendió más de la vida que de los libros. Una mujer hecha de tierra, de río, de voz, de lucha. Una ceiba que no olvida la semilla que fue.

Gamero es cuna de cantaoras y cantaores, un bello pueblo afrodescendiente e indígena, que simboliza la resistencia negra, encallado al lado del Canal del Dique y la Ciénaga de Matuya. Es un pueblo muy rico en saberes relacionados con la pesca, la agricultura, plantas medicinales y expresiones artísticas en las que se destaca el bullerengue, la danza son de negro y los cantos fúnebres. Es una despensa folclórica de las fiestas populares de la región Caribe.

Raíz profunda, vuelo alto. A pesar de las alas que la llevaron a escenarios lejanos, su corazón sigue hundido en la tierra que la vio nacer. Sencillez y humildad, dos virtudes que la fama no pudo arrebatarle.

Como una ceiba que crece firme en la orilla del río, su espíritu sigue arraigado en la tierra que la nutrió. La fama no se le subió a la cabeza, porque su verdadera riqueza está en la simplicidad de la vida campesina.

Con las manos que una vez sembraron semillas, ahora cosecha aplausos. Pero es en el silencio del pueblo, rodeada de animales y plantas, donde encuentra la verdadera paz. Su voz es un reflejo de su alma, pura y auténtica, como el canto de los pájaros al amanecer.

Es un ejemplo vivo de que la verdadera grandeza no se mide por los escenarios que se pisan, sino por la profundidad de las raíces que se mantienen firmes en la tierra que nos vio nacer.

Atentamente, Ramiro Elías Álvarez Mercado.

Biografía Artística de José Isael Ruidíaz Quiñónez

Nacido el 30 de julio de 1951 en el municipio de Guamal, Magdalena, José Isael Ruidíaz Quiñónez es un compositor que ha sabido dejar huella en la música tradicional de la región Caribe. Criado en la vereda La Linda, jurisdicción de Los Andes, a la altura del kilómetro 17, su infancia transcurrió entre paisajes naturales que más adelante inspirarían muchas de sus composiciones.

Desde los 15 años comenzó a sentir un profundo interés por la música, etapa en la que empezó a escribir sus primeras canciones. Su debut como compositor fue con la obra “El Colibrí”, una canción que nació de su sensibilidad hacia la naturaleza, al observar cómo ese pequeño pájaro libaba el néctar de las flores. Esta obra fue grabada por el recordado maestro Julio Erazo Cuevas (Q.E.P.D.), orgullo de Guamal, quien además fue una de las principales influencias y guías en los inicios artísticos de Ruidíaz.

José Isael ha dedicado su vida a la composición de vallenato tradicional, aunque también ha incursionado en otros géneros como la música tropical, el porro, la música popular y las versiones llaneras. A lo largo de su trayectoria, que supera las cuatro décadas desde la grabación de su primera canción en 1979, ha creado un repertorio de aproximadamente 180 a 200 canciones, reafirmando su compromiso con el arte musical colombiano.

Sus obras han sido interpretadas por reconocidos artistas como Julio Erazo, Próspero Posada, Los Hermanos Martelos, Omar López Santos, Luis K. Jiménez y más recientemente por Javier Niño, conocido artísticamente como El Chavelito del Caney.

Miembro activo de SAYCO, José Isael Ruidíaz ha mantenido siempre una línea de inspiración muy clara: la naturaleza, el amor y las mujeres, temas que se entrelazan con sentimientos de nostalgia, devoción y esperanza. En sus letras transmite un mensaje de amor a Dios, respeto por la vida y el anhelo de un mundo en paz.

Para él, ser compositor en Colombia representa un reto, pero también un honor, pues considera que su misión es llevar alegría y emoción a través de sus melodías. Fiel a sus principios, deja un consejo a las nuevas generaciones:

“Que compongan con el alma y con coherencia, porque la verdadera música nace del corazón”.

Lcda. Belinda Olano Barrera
Periodista y gestora cultural
Estampas Vallenatas del Folclor

Aquella ‘Sombra perdida’ que encontró El Binomio de Oro

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Cuando el palpitar de la añoranza no se quería marchar del corazón de una adorada mujer, ella optó por dejar constancia que todo se había perdido en aquellas sombras borradas por la luz de la aurora, provocando que el día fuera perfecto.

Entonces para poner en marcha su proclama, la cantautora Rita Fernández Padilla, se sentó en el viejo piano que le regaló por allá a comienzos del siglo pasado su abuela Josefa María Padilla a su mamá María del Socorro Padilla de Fernández, haciendo el ejercicio de tocar sus teclas y, con versos que había escrito en una hoja de cuaderno, comenzar a cantar. Al terminar esa ponencia musical pensó en el título, resumiéndolo en dos palabras: ‘Sombra perdida’.

Ese sentimiento que marcó su vida lo bordó con su talento y tiempo después la canción fue llevado a la pasta sonora por Rafael Orozco e Israel Romero, El Binomio de Oro ‘De Caché’, corte uno del lado A. Ese acontecimiento sucedió el jueves 17 de abril de 1980.

Para ella no fue difícil recorrer en su pensamiento el sordo camino de la ausencia enmarcado en sombras perdidas, donde su amor no tuvo eco, muriéndose irremediablemente debajo de incontables estrellas que se negaron a alumbrar su cielo. “¿Queeeeé fuiste tú para mí? Un grito que se ahogó en la distancia, un sol que murió con la tarde. Un cielo colmado de estrellas en noches veraneras fuiste tú para mí. Tú fuiste el ave de paso, que vino a posar en mi vida. Hoy solo eres sombra perdida, vagando en recuerdos de ayer”.

Recuerdos del corazón

Rita Fernández con esa sonrisa que nunca esconde para no darle oficio a la tristeza, se transportó a aquel recuerdo. “La canción la compuse al inicio del año 1980 y no me demoré en hacerla, tampoco la aplacé para más adelante. Nació en un solo día. Tiempo después me reuní con Rafael Orozco e Israel Romero, y se las interpreté en el piano. Ellos me la hicieron repetir, les encantó y luego me prometieron grabarla. Fueron testigos de este hecho los compositores Gustavo Gutiérrez Cabello, Santander Durán Escalona y Fernando Dangond Castro”.

Estando en ese viaje rápido de la memoria, continuó: “Esa canción en el acordeón de Israel Romero y la voz de Rafael Orozco, calcó todo mi sentimiento y sigue sonando como si fuera ayer. Tengo una cantidad de anécdotas, pero me quedó cuando Rafael la cantó estando yo tocando el piano y me pude transportar al día que la hice. Vea, ya hacen 45 años”.

Cuando hasta el mapa del adiós se había perdido, no se podía dejar suelta la pregunta sobre quién hizo posible el nacimiento de esta bella canción. Ella hizo una exposición de esas que cierran todas las puertas. “Todo comenzó cuando creí en una persona pensando que era sería, transparente y con las mejores intenciones, pero no fue así. Había que cerrar esa puerta con doble candado”.

No quiso decir el nombre del protagonista, pero se le preguntó sí era un médico vallenato. Ante esto, manifestó: “Puede ser, aunque digo que a las cosas se les pierde el encanto cuando tienen tanta revelación, y por eso mis canciones cuando nacen son libres y no las dejo atadas a nada”.

De repente, confesó que el amor poco hizo cuna en su corazón, y la suma de los sentimientos no le daba el mejor resultado. “Para mí el amor fue muy difícil porque siempre prefería mi música y me la pasaba haciendo presentaciones. Entonces, saltaban los celos de los novios, y eso se convertía en un gran inconveniente. Tuve muchos pretendientes porque la música es un gran atractivo y también por mis cualidades. Al ver esos episodios les daba la espalda a esos amores”.

Al explicar ese proceso, añadió su propia conclusión. “Llegó el momento en que me di cuenta que el matrimonio no era para mí. Si estuviera casada, otra fuera la historia, y no hubiera podido llegar a concretar mi pasión por la música que me ha dado tantos honores. Estoy convencida que no todos los seres humanos se realizan de la misma manera. Definitivamente, las canciones son mis hijas y esa es mi gran realización”.

La cantautora nacida en Santa Marta, entrando en el plano de otra clase de amor, señaló: “El único amor que nunca me ha fallado es el de la música vallenata”. Calló un instante, y luego perseveró en su relato: “La música tiene un sentimiento puro, noble, generoso, espontáneo, y eso provocó que creara en 1968 la agrupación femenina ‘Las universitarias’, con la cual me presenté en el Primer Festival Vallenato, interpretando varias canciones de mi autoría”.

Sombra del ayer

Con la canción ‘Sombra perdida’ la cantautora Rita Fernández, supo curar sus heridas, romper su silencio y pensar más de dos veces en volver a cultivar amores. Siguió componiendo, pero de todas maneras esa historia no ha dejado de perseguirla porque se convirtió en un clásico del vallenato, y como lo dijo un fanático, se escucha hasta en Capernaúm. “Prefiero sentir ya tu ausencia saber que no estás en mi vida. Hoy sólo eres sombra perdida, vagando en recuerdos de ayer”.

Aunque en aquella ocasión la felicidad fue de corto vuelo y el corazón no alcanzó la máxima nota del amor, ella sigue sentada en aquel viejo piano donde nacieron bellos cantos, entre ellos el más grande homenaje a Valledupar, la tierra que le abrió sus brazos sin pedirle pasaporte.

Durante la entrevista destacó a las dos ciudades pegadas a su corazón, Santa Marta y Valledupar, a su padre Antonio María Fernández Daza, quien le marcó el camino de la música y al reconocimiento que le hicieran en el Festival de la Leyenda Vallenata del año 2019.

En la agradable charla matizada con sonrisas nunca guardó silencio, igual que aquella vez cuando el médico de la historia no quiso formularle la medicina para el mal del corazón, y ella con la magia de su inspiración en pocas horas supo convertirlo en sombra perdida.

Develado afiche promocional del 59° Festival de la Leyenda Vallenata

La Fundación Festival de la Leyenda Vallenata en un concurrido acto develó el afiche promocional del 59° Festival de la Leyenda Vallenata, que será en homenaje a Israel Romero, Rafael Orozco y El Binomio de Oro de América. El certamen se realizará del 29 de abril al 2 de mayo de 2026.

Sobre lo anterior Rodolfo Molina Araújo, presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, señaló. “Dimos a a conocer el afiche promocional e indicamos que este homenaje es más que merecido porque Israel Romero, Rafael Orozco y El Binomio de Oro de América, han sido abanderados del folclor vallenato llevando su mensaje musical por el mundo. Gracias a todos los que nos acompañan en este proceso que tendrá a Valledupar durante varios días como la vitrina musical de Colombia. Mientras tanto, como todos los años avanzamos en el propósito de conservar y promover el vallenato tradicional, tarea que se inició en el año 1968”.

Finalmente, Rodolfo Molina, anotó. “Como siempre lo decimos, este es un trabajo sin cansancio que ha arrojado grandes frutos en todos los órdenes. Tenemos como ejemplo, qué en el evento de este año, versión 58, estuvieron presentes más de 10 mil concursantes, siendo la mayoría los 243 grupos de piloneras en sus distintas categorías. También llegaron a Valledupar más de 120 mil visitantes”.

Desde el pasado 9 de julio la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, hizo el anuncio del homenaje a Israel Romero, Rafael Orozco y El Binomio de Oro de América, comenzando a trabajar en diversos aspectos, siendo el principal, el afiche promocional. En ese sentido, Israel Romero propuso incluir a Codiscos, su casa disquera, quien posee un abundante material fotográfico de los artistas. Ellos, proyectaron un borrador y la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata aplicó los estándares de manejo que se viene dando en los anteriores afiches promocionales.

Se hicieron varias reuniones entre las partes y en cabeza del presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata Rodolfo Molina, se ajustaron los pormenores y se aprobó.

Por parte de Codiscos estuvo Carlos Ortiz, director creativo y diseñador gráfico, ganador del Latín Grammy, a mejor diseño de empaque en la edición 25 de los premios, quien ha trabajado en la industria musical por más de 20 años creando portadas para distintos artistas, para que nos haga la explicación sobre el proceso de creación del afiche promocional.

De este trabajo conjunto hizo parte Rubén Darío Torres Rivera (Rudato Jr.), publicista profesional egresado de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, con amplia trayectoria en estrategia de marca, comunicación visual y gestión cultural, y quien desde hace 12 años respalda a la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata en los procesos de comunicación y promoción del evento.

Respecto al afiche promocional el diseñador gráfico Carlos Ortiz, anotó. “Para Codiscos es un honor haber contribuido con el diseño del afiche, justo cuando estamos cumpliendo 75 años. Nuestra historia está profundamente ligada al Binomio de Oro. Es una pieza única y digna de tan importante homenaje”.

En la parte superior del afiche están Israel Romero y a Rafael Orozco con un smoking negro que recuerdan sus portadas en ‘De caché’, ‘De exportación’ y ‘5 años de oro’, en una elegante, imponente y distinguida sobriedad.

En la parte inferior, trajes blancos referenciando las portadas de ‘Enamorado como siempre’, ‘Fuera de serie’, ‘De fiesta’ y ‘Somos el vallenato. Es una imagen que los muestra en una interpretación alegre, expresiva, apasionada y enmarcada por luces y espectáculo. Todo combinado creando un afiche cinematográfico que nos muestra la elegancia, la alegría inigualable, el espíritu romántico y el poder transformador de su música.

Maravilloso afiche promocional

El acordeonero Israel Romero, sobre el afiche promocional, manifestó. “Maravilloso el afiche porque quedó plasmado todo lo que nosotros representamos para la música vallenata. Muchos agradecimientos para la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata y estamos prestos a emprender esta causa que nos llevará a resaltar más y más la música vallenata. A todos los amantes del vallenato los esperamos en Valledupar”.

De igual manera, Wendy Orozco Cabello, hija del cantante Rafael Orozco, expresó. “Mi familia está súper contenta por este homenaje en el Festival de la Leyenda Vallenata. Siento que el Binomio de Oro de Rafael e Israel, y todos los que han continuado esta senda musical se lo merecen. El afiche quedó maravilloso y es un punto a favor. Les extiendo la invitación a todos”.

El acto tuvo momentos llenos de anécdotas, recuerdos y de esas canciones que siguen sonando, porque tiene la esencia del sentimiento y esa alegría que en su estilo sigue regalando el Binomio de Oro de América, quien en toda su historia ha recibido distinciones, entre los que se destacan siete Congos de Oro del Carnaval de Barranquilla, galardón en el Festival Internacional de la Orquídea en Venezuela y cuatro nominaciones al Grammy Latino Cumbia/Vallenato, entre otras.

Después de la develación del afiche promocional continúa la organización del 59° Festival de la Leyenda Vallenata que tendrá lanzamientos en distintas ciudades del país, concursos de acordeón, canción vallenata inédita, piqueria, pintura infantil, foro, concurso de pintura infantil, espectáculos musicales, los tradicionales desfiles de grupos de piloneras en sus distintas categorías y de Jeep Willys parranderos.

Valledupar nuevamente contestará presente a la cita anual de finales del mes de abril cuando es esta ocasión se escuchará el famoso verso. “El Binomio llegó con todas sus canciones que la gente escuchó en tiempos anteriores”.

Carlos Ortiz, director creativo y diseñador gráfico de Codiscos