Bleidys Castillo, conocida como «La Voz de Oro», es una cantante nacida en la ciudad de Santa Marta, Colombia, con una trayectoria de cuatro años en la música. A sus 30 años, se ha consolidado como una intérprete con gran carisma y una voz que evoca la esencia del vallenato femenino, inspirada principalmente por su ídolo y referente, Patricia Teherán, así como por otros grandes del género.
Su carrera musical incluye temas grabados como:
🎵 “Aún te amo” – Autoría de Álvaro Lozano 🎵 “Suerte contigo” – Composición de Alfredo Hernández 🎵 “Prueba superada” – Letra y música del compositor Darío López Ecker
Además, Bleidys ha interpretado con gran sentimiento y fuerza covers de canciones emblemáticas del vallenato romántico, tales como:
La guerrera del amor (Patricia Teherán)
Siempre conmigo (Patricia Teherán)
Compae Chemo
Su estilo combina autenticidad, pasión y una voz potente que conecta con el corazón del público.
Actualmente, se prepara para una gira internacional, con presentación confirmada en Venezuela el próximo 16 de agosto. Bleidys Castillo continúa conquistando escenarios con su energía y talento, llevando el legado del vallenato femenino a nuevas generaciones.
Los invitamos a disfrutar de Prueba Superada en Youtube:
«Para componer, sólo tienes que recordar una melodía que no se le haya ocurrido antes a nadie»: Robert Schumann (compositor, pianista y crítico musical alemán).
Por Ramiro Elías Álvarez Mercado.
La gran mayoría de los compositores se caracterizan por ayudarse de un instrumento musical para hacer sus canciones, así no sean diestros en la interpretación del mismo. Sin embargo, existen casos conocidos de grandes maestros de la composición que no sabían interpretar ningún instrumento pero eso no fue ningún impedimento para crear obras musicales, un ejemplo notable es el del mexicano José Alfredo Jiménez gran referente de la música ranchera. El vallenato no ha estado exento de este fenómeno en donde destacamos a los maestros Rafael Escalona Martínez y Jacinto Leonardi Vega Gutiérrez, lo mismo que la persona a quién dedicaremos este escrito: Antonio María Suárez Herrera, compositor que, al igual que los mencionados anteriormente, utiliza como su mejor instrumento la mente, porque ahí puede sentir una orquesta completa y luego de tener la letra, con la ayuda generalmente del silbido y las palmas les fluye una melodía que sale de forma inexplicable de su inspiración, la que luego con el respaldo de un músico que los pueda seguir, acompañar en esa composición salida de su mente creativa termina creando grandes piezas musicales. Antonio María le abrió los ojos a este mundo terrenal el día domingo 12 de febrero del año 1967 en Nervití, corregimiento del municipio del Guamo, departamento de Bolívar, al norte de Colombia. Nació en el hogar conformado por Julio Suárez Castellón, dedicado a actividades comerciales, e Isabel Herrera Mercado, ama de casa. Su vena musical se desprende de ambos apellidos porque su padre alternaba su actividad laboral con la musical, en donde se destacaba como un gran intérprete del tambor llamador, y varios de sus parientes maternos sobresalieron en el canto, la composición y la décima. Su querido terruño, Nervití ubicado a orillas del Río Magdalena, lo que le otorga un paisaje con abundantes cuerpos de agua y exuberante vegetación, describiéndose como un lugar de belleza natural, fue una fuente de inspiración constante debido a su capacidad para evocar emociones profundas, reflejar patrones rítmicos, estimular su creatividad a través de sus sonidos, colores, olores, ofreciendo para «Toño», como cariñosamente lo llaman, un lienzo amplio para la actividad musical, permitiéndole expresar ideas, sentimientos y experiencias vividas por medio de letras, melodías, armonías y ritmos. Toño Suárez desde pequeño se mostró muy inquieto en cuestiones musicales y era común verlo en cuánto evento folclórico, cultural y musical que se realizaba en su pueblo y los alrededores, la música para él era como un imán que lo atraía y eso se reflejaba en la emoción que sentía y el estado de ánimo y alegría que le despertaban los sonidos de los instrumentos y la letra de las canciones. Sus estudios primarios los realizó en la Escuela Rural de Nervití, la cual se convirtió en su primer escenario, donde empezó a mostrar su habilidad para crear versos y melodías, los cuales fueron tomados con agrado por sus compañeritos de curso. Al finalizar sus estudios primarios se traslada a la «Puerta de Oro de Colombia», Barranquilla, y realiza su bachillerato en el colegio Notre Dame, pero sin dejar de lado su pasión por la música. Después de haber compuesto algunas canciones y tocado varias puertas para que le grabaran, por fin en el año 2002 se le abrió una y fue cuando llegó a la pasta sonora un tema de su autoría titulado ‘Noches de amor’ en la voz de «Chimicho» Padilla y el acordeón de Donaldo Camacho, una agrupación denominada «Dimensión Vallenata». De ahí en adelante sus canciones empiezan a ser grabadas por distintos intérpretes de la música vallenata y su nombre se va consolidando en el ámbito artístico como «Antonio María: el compositor de la alegría». La música ha sido un elemento importante en la vida de Suárez Herrera, porque le ha servido de aliciente por medio del cual encontró un camino estético interesante para poder sortear distintos obstáculos que se le han atravesado en el camino. Antonio a lo largo de su carrera se ha caracterizado por ser un compositor polifacético porque domina y explora diversas áreas y estilos dentro de la música, mostrando una gran versatilidad en su obra. Puede crear un paseo vallenato de corte romántico con letras centradas en el amor, desamor y relaciones sentimentales pero con la misma facilidad construye versos y melodías en distintos aires del Caribe colombiano de corte picante, con temáticas de doble sentido y un picaresco humor encontrando en su paisano y maestro de Nervití, Dolcey Julio Gutiérrez De la Cruz, quien es uno de sus mayores intérpretes y el rey de este estilo que es una gloria viviente de la música colombiana y que ha denominado como «de doble vía». Temas como: ‘La fruta de mi vecina’, ‘El gordito cachón’, ‘Lengua en salsa’, ‘El Viejo Sabroso’ entre otros, en la voz y acordeón de Dolcey Gutiérrez considerado por muchos como «El Rey del carnaval de Barranquilla», porque en temporada carnavalera su música suena por todos lados. No hay emisora, fiesta de barrio, verbena, caseta y pueblos donde no se escuche y baile la música de este ícono de Colombia e hijo del carnaval. Toño Suárez dice ser admirador de distintos compositores de la música vallenata como: Gustavo Gutiérrez, Roberto Calderón, Rafael Manjarrés, Máximo Móvil, pero en particular de Leandro Díaz Duarte de quien siguió la parte poética y romántica, y Calixto Ochoa Campo a quien le admiró esa parte jocosa y picaresca que hace parte de su estilo. Sus canciones han sido llevadas a la grabación por reconocidas figuras del canto vallenato, en la que podemos destacar, a Silvio Brito, Marcos Díaz, Miguel Herrera, Luis Mateus, Nilson Acosta, Walmer Tordecilla, Los Hermanos Morelos, Los Hermanos Malo, como también unas en su propia voz y próximamente Farid Ortíz. Este técnico en ventas egresado del SENA (Servicio Nacional de Aprendizaje), fundador de la empresa Servimayorista del Aseo, tiene alrededor de 125 canciones grabadas y registradas en SAYCO hasta la fecha, las cuales se pueden escuchar en las diferentes plataformas musicales, cómo: ‘El amor de mi vida’, ‘Quiero ser barranqueño’, ‘Mi ángel de la guarda’, ‘Por amarte tanto’, ‘Regresa conmigo’, ‘Ayúdame a cambiar’, ‘La única’, ‘Los colores de mi Valle’, entre otras. También ha sido un destacado participante en los concursos de canciones inéditas en distintos festivales vallenatos que se realizan en el país, saliendo ganador en: ‘Festival de Acordeones del Río Grande de la Magdalena, Barrancabermeja’; ‘Festival del Guamo, Bolívar’; ‘Festival Indio Tayrona de Santa Marta’; ‘Festival Pedazo de Acordeón en el Paso, Cesar’; ‘Festival del Fique en La Junta, La Guajira’; ‘Festival de San Cristóbal, Bolívar’; ‘Festival de Turbo, Antioquia’; ‘Festival años dorados en Valledupar’; ‘Festival de Lorica, Córdoba’. Después de haber salido de su pueblo natal, vivió en Barranquilla y Santa Marta, para finalmente radicarse en Barrancabermeja, puerto petrolero de tierra caliente, bajo el sol implacable, donde la piel se baña en sudor, pero que no es comparable con el calor humano que recibe a diario Antonio María Suárez Herrera de los moradores de esta tierra, donde hoy en día es un hijo ilustre adoptivo , en la que su imaginación y su inspiración continúan creando letras y melodías que seguirán engrandeciendo la música vallenata y del Caribe colombiano en general
La noche del sábado siete de junio de 2025 fue gloriosa para Ovidio Enrique Granados Melo, quien conoce los acordeones hasta por dentro y les pone la tonalidad necesaria para que cumplan su objetivo. Todo un genio para arreglar acordeones.
“La gracia de Dios es grande y todo en su momento. Que mejor que sea en vida para alegrarme por este reconocimiento de Rey Vallenato Vitalicio, el cual agradezco a la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata. Estoy feliz y este reconocimiento lo comparto con los seguidores de la dinastía Granados”, señaló el juglar nacido en Mariangola, Cesar.
Al preguntarle sobre lo que había pasado esa noche, agachó su cabeza, meditó un rato y estando en ese trance por su mente pasaron nostalgias primitivas que al fin y al cabo son el motivo de su vida. “Me acordé de tantas y tantas cosas y le dí gracias a Dios por darme el oficio más bello del mundo, ese que tiene música tocada con acordeón”.
Al tener el viento a su favor contó sobre su participación en el Festival de la Leyenda Vallenata, en los años 1968, 1975 y 1983, donde se coronaron como Reyes Vallenatos Alejandro Durán, Julio de la Ossa y Julio Rojas, respectivamente. “En esas tres ocasiones ocupé el segundo puesto”.
Entonces recalcó. “Después de eso me retiré de concursar porque siempre estuve ensegundao, bien ensegundao y corría el riesgo de que me cambiaran el nombre de Ovidio Enrique, por Ovidio Segundo. Claro, que al cabo de los años mi dinastía obtuvo diversos triunfos con mis hijos Hugo Carlos y Juan José, y mi hermano Almes. Entre ellos, hay dos Reyes de Reyes”.
Dentro del campo musical el maestro ‘Villo’ Granados, hizo su incursión en la pasta sonora con ‘Los Playoneros del Cesar’, y también al lado de Diomedes Díaz, grabando las canciones ‘Diana’ (Calixto Ochoa), ‘Las cosas del amor’ (Marciano Martínez) y ‘Palmina’ (Joaquín Bettín).
El taller
En un amplio kiosco de su casa ubicada en el barrio Los Caciques de Valledupar, tiene su taller de acordeones. Ese lugar, está adornado con muchos recuerdos fotográficos donde aparecen su fallecido hijo Eudes, a quien no se cansa de añorar y su fiel compañera Nidia Antonia Córdoba Cantillo, cuya partida todavía no asimila.
Ahora su hijo Ovidio Raúl, ‘Villito’, lo acompaña en la tarea de arreglar los acordeones, dando a conocer los elementos ocultos y descubriendo donde está el daño. Es interesante el trabajo de entrar al corazón de los acordeones lleno de aluminio, plástico y cartón.
Pausadamente Ovidio Granados, dijo. “Cuando se partía un pito no me gustaba tocar el acordeón y entonces venía la reparación. Antes, para arreglar un pito, uno se demoraba casi un día, ahora se hace en menos de una hora. Todo ha cambiado en ese sentido, menos el precio, que siguen siendo los mismos 20 mil pesos”. Soltó una corta sonrisa.
Consultado sobre la manera de arreglar los pitos del acordeón, habló lo necesario. “Les aplico el secreto y quedan bien. Si lo digo perdemos el trabajo. Vea, los únicos que saben ese secreto son mis hijos, especialmente Ovidio Raúl, quien me acompaña porque sabe limar las pequeñas lengüetas de metal para que al vibrar den el sonido perfecto”.
Enseguida, contó con alegría cuando hace algunos años estuvo invitado a la fábrica Hohner en Alemania, donde se maravillaron de su trabajo artesanal. “Que dicha ir allá para ver de cerca el proceso de hechura de los acordeones. El que comenzó a elaborar los acordeones (Matthias Hohner – 1857), nunca imaginó que en Colombia le íbamos a dar el mejor uso».
Bendito vallenato
El desfile de acordeoneros por la casa de ‘Villo’ Granados nunca cesa. “Todos quieren que les ponga sus acordeones diez puntos, y cuando se acerca el Festival de la Leyenda Vallenata aumentan los compromisos.
De otra parte, el viejo ‘Villo’ siguió metido en el campo de los recuerdos y expresó que los mejores acordeoneros en todos los tiempos son Luís Enrique Martínez, Calixto Ochoa, Alfredo Gutiérrez y Emiliano Zuleta Díaz. Guardó silencio y entonces anotó. “A mis hijos Hugo Carlos, Juan José, y a mi hermano Almes, no los meto en esa lista porque tocan más bonito y son unos tigres”. La sonrisa no se hizo esperar.
Luego pasó a las canciones que más le llamaban la atención. Puso en acción su memoria y se quedó con tres. ‘Lirio rojo’ (Calixto Ochoa), ‘Inmenso amor’ (Armando Zabaleta), con la que aprendió a tocar el acordeón, y ‘El cachaquito’ (Miguel Yaneth).
Esta última obra nació en Mariangola, “El pueblo más bello del mundo”, afirmó. Siguió hablando bellezas de su pueblo que lo vió nacer hace 83 años. Enseguida comunicó que se siente orgulloso de ser el estandarte de la dinastía Granados, padre de 12 hijos, los cuales le han regalado 24 nietos.
Cuando estaba pendiente a otra pregunta, se le indagó por la canción de su autoría ‘El vicio’, anotando: “Ese merengue es el himno de la dinastía. Siempre se toca y gusta mucho”. Es así como en la canción ‘El vicio’ hizo una magnifica descripción. “Le vivo rogando a Dios que me dé una vida estable, para un hombre como yo, que no le hace mal a nadie. Soy un hombre humanitario a pesar que soy pobre, soy hijo de gente noble, distinguido y muy honrado”.
Definitivamente, la vida a Ovidio Granados vino envuelta en un cuerpo bueno, noble y que ha resistido los embates del tiempo para hoy cantar victoria, teniendo cerca un acordeón ese que conoce como la palma de su mano.
En Valledupar donde la música vallenata tiene raíces profundas, el sentimiento se viste de fiesta a finales del mes de abril y un abrazo llena el corazón, vive el juglar Ovidio Enrique Granados Melo, quien fue coronado como Rey Vallenato Vitalicio, honor que le mereció los más grandes aplausos, despertándole la felicidad.
En la ciudad de Bogotá, donde el frío obliga a la memoria a buscar abrigo en los recuerdos cálidos del Caribe, vive un hombre que no ha permitido que su alma costeña se le enfríe. Su nombre es Ramiro Elías Álvarez Mercado, y aunque sus pasos resuenan sobre los adoquines capitalinos, su corazón sigue descalzo, caminando por las calles polvorientas de Planeta Rica, Córdoba, su tierra natal, donde el tambor y el verso crecen como mangos silvestres en el patio de la casas.
Ramiro no escribe: pinta con palabras, sopla brisas con tinta, y le pone alma a los silencios del folclor. En cada línea que traza, en su pluma se siente el canto de un juglar, el silbido de una flauta de millo, la risa de un acordeón bien tocado. Leerlo es como sentarse en la puerta de una casa de bahareque a escuchar historias contadas al vaivén de una hamaca, con el olor a café recién colado y el murmullo lejano de una parranda de antaño.
Pero Ramiro no se escribe a sí mismo. Él escribe a los otros. A los que cantan y ya nadie escucha, a los que hacen versos en la sombra, a los juglares que nunca grabaron disco pero dejaron su legado en una plaza o en un taburete. Él les da nombre, rostro, alma. Es un rescatista de la cultura oral, un arqueólogo del alma caribeña, que cava con amor en los territorios del olvido para sacar a la luz a esos artistas anónimos que son parte esencial de nuestro ADN cultural.
Trabaja como sommelier en «El Viejo Bandoneón», y no es casualidad. Así como distingue aromas, texturas y memorias encerradas en una copa de vino, distingue también el espíritu del pueblo escondido en una estrofa, en una décima, en una anécdota contada a media voz. Por eso lo llamo —con el respeto que me merece— el sommelier de la vid del folclor. Porque Ramiro cata canciones sin melodías, versos sin partitura, y nos sirve en copa alta el alma del Caribe.
Escritor sin estridencias, cronista de lo esencial, compositor sin guitarra, Ramiro es una vitrina de lo auténtico. Sus palabras no se oyen en la radio, pero resuenan en la conciencia de quienes entendemos que sin memoria no hay identidad, y sin identidad no hay mañana. Su estilo tiene ecos de Gabo, de David Sánchez Juliao, de McCausland… pero es Ramiro en esencia, porque nadie camina por la orilla de un río con tanta devoción por contar las historias que fluyen con él.
Este escrito es, más que un homenaje, un agradecimiento profundo. Por no claudicar en la tarea de contar lo nuestro. Por entregarse con pasión al rescate del folclor caribeño. Por ser un puente entre generaciones, entre el pasado que no se quiere perder y el futuro que necesita saber de dónde viene.
Gracias, Ramiro, por ser palabra viva del Caribe.
Atte: Osmel Martínez, consultor en marketing branding y desarrollo comercial, músico y locutor de radio.
Rafael Ramón de León Vertel, nacido el 31 de agosto de 1963 en Ciénaga de Oro, Córdoba , conocido artísticamente como «El Señor de la Sabana».
Rafael Ramón de León Vertel, es un cantautor que ha dedicado su vida a exaltar la música sabanera y vallenata. Hijo de Rafael Emiro de León Villadiego y Elis Vertel Martínez, comenzó su camino como compositor a los 25 años de edad.
Su primera composición, ¿Para qué llorar?, fue grabada por David de Ávila y Joche Negrete, marcando el inicio de una prolífica carrera musical. Ha compuesto aproximadamente 50 canciones, de las cuales 25 han sido grabadas, 17 de ellas por otros intérpretes.
Como cantante, ha interpretado ocho de sus propias composiciones, entre ellas Volemos juntos, Juan Gorra, La ¿Ya pa’ qué?, Mi Turruguya, ¿Qué culpa tengo?, Tantas cosas, ¿Para qué quieres fiestar? y nuevamente Mi Turruguya, reafirmando su vínculo con esta última canción.
Entre los artistas que han interpretado sus canciones se encuentran David de Ávila, Edwin Ayala, Marcos Flórez, Tony González, Helbert Pinedo, Eduard Morillo y Jeison Mancilla.
Su primer trabajo discográfico como cantautor lleva por nombre Volemos juntos, una canción que compara el canto de un pájaro con el del hombre enamorado y olvidado. En esta obra, ambos encuentran en el canto la mejor forma de sanar y seguir adelante, tomados de la mano de Dios.
Conocido artísticamente como El Señor de la Sabana, Rafael admira profundamente a grandes figuras del folclor como Chiche Maestre, Rosendo Romero, Rafael Manjarrez y Roberto Calderón. Además del vallenato, ha incursionado en géneros como el porro, el son cubano y la salsa. Aunque no interpreta ningún instrumento musical, su inspiración proviene de la naturaleza, el campo, las vivencias cotidianas y el desamor.
Su mayor satisfacción como artista es escuchar sus canciones interpretadas por el público o por su propia voz, y sentir que llegan al corazón de la gente. Actualmente, sus representantes gestionan presentaciones en importantes escenarios, inicialmente en Colombia.
Su agrupación musical está conformada por su voz líder, el acordeonero Dair Dager, dos coristas, caja, conga, bajo, guitarra y guacharaca. En tarima, interpreta tanto sus composiciones como canciones de otros exponentes del vallenato y la música sabanera.
Uno de sus grandes anhelos es transmitir al mundo la riqueza del folclor sabanero, un género que ha perdido a muchos de sus máximos representantes como Miguel Durán, Miguel Durán Jr., Enrique Díaz, Yury Renals y José Jaik. Como cantautor, Rafael de León sueña con que sus canciones crucen fronteras y ayuden a mantener viva esta tradición musical con prestigio y vigencia.
Reconoce que lo más difícil en el camino artístico es consolidarse y lograr reconocimiento, pero confía plenamente en que, de la mano de Dios, todo es posible. Aunque el mercado musical es altamente competitivo, cree firmemente que con profesionalismo, buenas canciones y fe, se puede llegar muy lejos.
Valora profundamente el papel de las redes sociales como herramienta de difusión, pero también resalta la importancia de las emisoras de radio en el proceso de promoción musical.
Su mayor desafío como cantautor es consolidar su proyecto musical, darlo a conocer con todos los recursos publicitarios disponibles y dejarlo en manos de Dios, quien guía cada paso en su carrera.
A las nuevas generaciones de artistas les aconseja ser originales, crear un estilo propio, conservar la esencia de la música y producir contenidos auténticos, sin caer en lo obsceno ni en lo efímero.
Rafael de León Vertel, El Señor de la Sabana, es un apasionado defensor de la música sabanera y vallenata, que busca dejar huella con cada verso que compone.