Las lágrimas del alma que Leandro Díaz convirtió en canciones

-En su triste niñez se la pasó cultivando desilusiones, adornando de penas su corazón y huyéndole al miedo de las soledades-

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

La mañana del viernes 11 de marzo del año 2011 en Bogotá no fue una mañana cualquiera. Ese día el maestro Leandro Díaz hizo un amplio repaso de las primeras etapas de su vida donde las tristezas, las agonías y las soledades lo hacían llorar frecuentemente. Lo peor era que en el horizonte no se avizoraba un panorama despejado y su mejor sonrisa era una mueca de dolor.

Todo sucedió cuando su hijo Ivo Luis Díaz dejó al cronista cuidando a su papá, mientras realizaba unas diligencias que tuvieron una duración aproximada de tres horas y media. El Maestro se encontraba en la capital del país con motivo del lanzamiento en el Teatro Mayor ‘Julio Mario Santo Domingo’ del 44° Festival de la Leyenda Vallenata, certamen en honor suyo y del maestro Lorenzo Morales.

Al regresar, se le agradeció a su hijo porque se pudo conocer hasta lo más recóndito del alma de aquel hombre que nunca pudo ver los colores de los sueños, ni la luz de la aurora cuando resucitaban los días, pero si imaginarse la sabana sonriendo cuando una bella mujer caminaba a paso firme deslumbrando sus ojos del alma, hasta hacerlo volar por la más linda melodía que en su sentimiento cada vez se hizo más grande.

Esa mañana, en el lobby del hotel, en medio de saludos y fotos de los que llegaban y salían, Leandro Díaz se desahogó. Comenzó con la frase que fue definitiva, la misma que le tiñó el corazón de esperanza alrededor de las soledades del destino. “Del otoño aprendí que las hojas se caen, pero el árbol sigue en pie”. Los presentes lo aplaudieron.

Enseguida, hizo un repaso por sus canciones, quedándose con tres que tenían un alto significado en su vida: ‘A mí no me consuela nadie’, ’Dios no me deja’ y ‘Mañana’. Para dejar constancia entonó uno de los versos de la última:

“Si mañana no puedo arreglar un son, porque mi fe y mi valor lo hayan vencido los años. Tan solo quedan versos del compositor, que demuestra su dolor y las penas que ha pasado. Las horas de tristeza, los años y los días varias noches inquietas de dolor y de agonía. Mi mente abandonada cansada de esperar, tan sólo sufre el alma lo que no vuelve jamás”.

En medio de su disertación sincera hizo énfasis en una de sus frases. “Mientras más lento se piensa, más rápido se triunfa”. Se quedó pensativo hilvanando otras ideas y aseguró: “Esa no es una frase de las que ahora llaman filosóficas, sino que puntualmente en mí se ha cumplido. Salí de mi humilde pueblo y he viajado por muchas partes llevando mis cantos”.

Talento, humildad y cordialidad

Para pasar de las tristezas a otro tema más agradable, le abrió paso a distintos conceptos de hombre curtido en el amor. Expuso una frase cuyo contenido tiene mucha fuerza emocional: “Si las mujeres no existieran, el corazón de los hombres no tuviera oficio”. Con la más inmensa calma en sus conceptos, añadió: “A las mujeres siempre las he exaltado, hasta cuando me pagaban mal, como aquella famosa gordita que la castigué cantando, porque no podía maldecirla debido a que era un acto de cobardía”. Para cerrar ese capítulo tocó un asunto que ha perdido vigencia: “El dinero acabó con el sentimiento. Ya la poesía, las flores, los cantos y los detalles pasaron a segundo plano, sin pensar que lo bello de enamorar tiene su encanto”.

Esa mañana cayó completa al recibir el despliegue de talento, humildad y cordialidad de Leandro Díaz, el guajiro nacido en una finca remota y perdida llamada Alto Pino, donde se dedicó a cultivar en versos todas sus experiencias cotidianas. Además, supo ganarle la partida a las soledades que lo acompañaron desde niño.

La historia reseña que el hombre que se convertiría en juglar nació una mañana serena, cuando la brisa de la primavera estaba por llegar. También, que una madre lloraba de pena tan sola y triste porque una condena él tenía que llevar. Lo que su mamá, María Ignacia Díaz, conocida como ‘Nacha’, nunca imaginó era cuan fuerte sería su muchacho que soportó los impases de la vida tan sólo con unos cantos que le brotaban del alma.

Las vicisitudes llenaron de tristeza a Leandro Díaz,  quien nació el lunes 20 de febrero de 1928, y se despidió de la vida el sábado 22 de junio de 2013, dejando bellos cantos que se quedaron pegados en el sentimiento de todos, debido a que los sacaba por arte de magia desde el fondo de su sentir. En fin, su vida quedó enmarcada en versos precisos, de esos que tienen el remedio para olvidar, amar y poner a Dios en primer lugar.

Contador de lágrimas

Algo que impactó durante la larga charla, matizada de manera natural con sorbos de agua que tomaba lentamente, fue cuando la memoria se conectó directamente con su corazón y contó: “En cierta ocasión lloraba tanto que las lágrimas me corrían por las mejillas, y puse mi mano en la barbilla para contarlas”. Sin demora, se le preguntó: ¿Maestro Leandro, cuántas contó? Se quedó callado, y algunos segundos después respondió: “Muchas, muchas lágrimas, pero lo cierto es que las tristezas y desprecios fueron incontables”.

De ese talante era Leandro Díaz, quien por estos días tiene su vida en la pantalla del recuerdo, siendo ese genio ciego del vallenato que caminó más allá de la oscuridad. El mismo donde sus canciones sumaron largos trayectos de nostalgias, sufrimientos y múltiples agonías.

Y no podía faltar la pregunta: ¿Maestro, cuántas veces lloró de alegría? No respondió de inmediato porque estaba buscando en el escondite de su cerebro la respuesta precisa, y la encontró: “En mi vida he tenido muchas alegrías que no superan las tristezas, pero me quedo con la canción que me dedicó mi hijo Ivo, llamada ‘Dame tu alma’, (ganadora del Festival de la Leyenda Vallenata en el año 1993), donde me hizo la más bella radiografía. Esa vez lloré de alegría cuando me la cantó al lado del acordeonero Nicolás ‘Colacho’ Mendoza”.

La añoranza de aquel mes de marzo del año 2011, calcó la inmensa calidad humana del ‘Homero del Vallenato’, quien con el paso de los años pudo llegar al paraíso del folclor vallenato, donde el silencio era su gran fortaleza y todo se resume en su memorable frase: “Soy el hombre que compongo versos cuando el pensamiento me trae melodías, soy un suspiro que se lleva el viento, soy el sentimiento de la tierra mía”…