El 16 de septiembre de este año se cumplio un año de fallecido el compositor Sanjuanero Luis Aniceto Egurrola Hinojosa, “Luiso”, como cariñosamente le decían sus familiares, amigos y allegados a la familia, en el municipio de San Juan del Cesar Guajira.
Todos los amantes del vallenato, lo recordaremos ya que fue un compositor de tiempo completo y lo demostró con sus legendarias canciones “Cómo te olvido”, interpretada por el Binomio de Oro de América y otras como “Ven conmigo”, “Al final del sendero”, “Ilusiones” y “Sin saber qué me espera”, inmortalizadas y llevadas al acetato por el más grande cantautor del vallenato Diomedes Díaz, canciones emblemáticas del vallenato autentico, que, junto con Luna Sanjuanera, son poesías icónicas del Vallenato Guajiro.
Nació el 19 de julio de 1964 en el municipio de San Juan del Cesar. Hijo de María Teresa Hinojosa y Jaime Egurrola. Desde muy temprana edad, mostró sus destrezas y habilidades para componer, poesías, versos y canciones. Luiso, tenía 6 hermanos, él era el mayor de todos, ejercía como arquitecto profesional, seguido de María Angelica, Comunicadora social, Jaime Enrique, Odontólogo, María Teresa, Reina Nacional de la belleza de Colombia e ingeniera industrial, Claudia María, abogada, Ana María, psicóloga y Carlos Jaime, diseñador industrial.
Luis Egurrola creció en una familia donde su abuelo era guitarrista y musico, su madre María Teresa Hinojosa, era compositora, escritora y poeta, escribía poesías románticas a la vida, a la naturaleza, a su familia y amistades, autora del libro “Memorias Guajiras”, Luiso hizo su primera presentación en el Festival de Música Mariana, en el concurso de compositores del corregimiento de Los Pondores.
Luis Egurrola fue un compositor romántico. porque su obra está untada de romanticismo, de amor, cariño y afecto a las personas que amaba, que estimaba, a sus familiares, sus amistades, sus colegas poetas y compositores, sus canciones son una institución, son obras poéticas que plasmaban todos los sentimientos que estaba viviendo el autor en ese momento, sus letras tienen el mismo corte de entusiasmo, alegría, amores y la expresión autentica de un poeta romántico, aventurero y culto.
Luis Egurrola estaba casado con la dama sanjuanera, Julieta María Mendoza Gutiérrez, de cuya unión nacieron sus tres hijos David Santiago, Luis Carlos y Cristina, su hija mayor se llama Marianis, que reside en los Estados Unidos
En dos oportunidades fue declarado compositor del año en el Festival Nacional de Compositores de Música Vallenata de su tierra natal San Juan del Cesar.
Además de Diomedes Diaz (quien le grabó Ven conmigo, Al final del sendero, Amor de mi juventud, Se está pasando el tiempo, Sin saber que me espera, Las verdades de mi vida, Ilusiones, Tal como soy), otros cantantes vallenatos grabaron canciones de Luis Egurrola: los Hermanos Zuleta y Jorge Oñate, con canciones como Qué hay de ti, Hay que querer, Dónde están esos amores, Lo que quieras de mí, Soñador, Las verdades de mi vida y Después del adiós, Una aventura más, Enamorado siempre, Quien sepa de amores, Me mata el dolor, Brillará otra esperanza y Dime quién eres, Una aventura más, Amor de mi juventud, Alas de mil colores, Las de los ojitos negros, Silvestre Dangond le grabo El Glu Glu, Mi primera ilusión – Armando Mendoza & Raúl «Chiche» Martínez, Cuando muera esta ilusión – Iván Villazón & Franco Argüelles, Versos de olvido, Rafael Manjarrez & Ciro Meza, En carne propia, Silvio Brito & Osmel Meriño, Mi nueva ilusión, Beto Zabaleta & Beto Villa y Lo que quieras de mí, Binomio de Oro de América.
Hoy 12 de septiembre, la aurora se adentró en un rincón del alma colombiana aquel ‘paisaje de sol’ enardecido, abrió sobre la tierra y en el murmullo de los vientos, entre ‘Rumores de viejas voces’, se escucha la resonancia inmortal: un día como hoy nació la lírica historia de un hombre entrañable, querido por todos, el maestro GUSTAVO GUTIERREZ CABELLO.
Desde La Paz, mi pueblo, me uno a esta fecha que la memoria convierte, en celebración. Me inclino, con gratitud y reverencia, ante el poeta, el amigo, el colega, y evoco la travesía musical de mi paisano Jorge Oñate «El Jilguero de America» (Q.E.P.D), interprete predilecto y cómplice eterno de las canciones que nacieron del corazon de Gustavo.
Aveces me pregunto: ‘Como pudo terminar’ la grandeza de un hombre que partió en dos la historia del vallenato, para no seguir cantando las canciones de mi amigo tavo ‘No es mi culpa’, me respondió un día con serena ‘Inquietud’, sentado en el patio de su casa ‘Que la violencia no nos llegue al Valle’, porque ‘Valledupar tierra mía’ es la consentida de todos. ‘Ayayay’ ‘Sueña corazón’ ‘Mi nostalgia eres tú’.
‘Te quiero porque te quiero’ es sentir el palpitar eterno de un alma convertida en melodia. Y aunque el tiempo insista en que ‘Serás recuerdo lejano’ su esencia nunca fenece.
No ‘Lloraré’ porque un jilguero del cielo vino a decirme al oído ‘Vivo contento’, entonando ‘Morenita’ junto al Padre celestial. Y yo, con humilde devoción respondí : ‘Calma mi melancolía’. y aunque muchos afirmen que ‘El amor no es duradero’, al maestro Gutiérrez le “LLegó un amor’ para quedarse por siempre como ‘Cariño de madre’, que dibujó en nosotros un pentagrama inmortal.
En sus versos habita el tiempo. en sus canciones palpita la eternidad quien un día regaló al mundo la sentencia: el que esté golpeado por la vida que se enamore. Y yo como tantos me atreví a dictarle al corazón: ‘Enamorate’ .
Su legado es inmenso y luminoso veintidós obras musicales, cada una tallada en letras de oro. Su nombre está inscrito, con justicia y amor, en la leyenda histórica del Ruiseñor del Cesar, como el creador que mas canciones entrego a la voz inigualable de Jorge Oñate.
Hoy, el Romántico Gustavo Gutiérrez es motivo de jubilo. ‘El cariño de mi pueblo’, se eleva en aplausos agradeciendo el repertorio que trasciende en el tiempo que nos conduce, una y otra vez, a la hondura de lo humano. Con emoción confiesa que Jorge Oñate fue el mejor intérprete de sus canciones, y con emoción aun mayor lo proclamamos nosotros: el vallenato encontró en ellos dos la conjucion perfecta entre canto y poesía.
Maestro Gustavo Gutiérrez, que Dios le conceda vida abundante, y conserve su condicion de ser ‘Sencilla y cariñosa’ para que sus versos sigan iluminando caminos y su música siga abrazando almas. Porque en cada acorde suyo, el tiempo se detiene, y la canción se convierte en plegaria, en memoria, en eternidad.
Feliz cumpleaños maestro Gustavo Gutiérrez Cabello. Salud y vida para usted, que hizo del vallenato un viaje infinito entre el canto y la poesía.
«La música es el reflejo de los sentimientos de quien la compone»: Wolfgang Amadeus Mozart (compositor austriaco).
Por Ramiro Elías Álvarez Mercado
Cada obra musical tiene detrás una historia, ya sean vivencias personales o ajenas, arte o sucesos, siempre hay algo que permite ligar una canción a un contexto determinado. Los autores utilizan la música como medio de expresión en razón a que con ella pueden transmitir sentimientos universales que son recibidos por los oyentes. En el vallenato, existen compositores cuya obra refleja profundamente sus emociones, como es el caso de Javier Díaz Daza.
Nacido en el municipio de El Molino, un martes 27 de abril de 1965, en el sur del departamento de La Guajira, al noreste de Colombia, Javier es hijo de Néstor Pedro Díaz Morales y Ruby Esther Daza Zubiría. Según cuentan, llegó a este mundo en una casita de barro y palma: humilde, pero con mucho calor humano. Nació en una familia de molineros dedicados a las tareas del campo y la agricultura, con una marcada influencia de la música de bandas, guitarras y acordeones. Esta vena musical fue heredada de su padre, un destacado intérprete del tiple y la guitarra, así como de otros parientes como Juan Díaz (clarinetista), Benedito Díaz (cantante), Francisco «Chico» Díaz (cantante y compositor) y Tadeo Morales (acordeonista), entre otros.
A los pocos meses de nacido, su abuela materna, Marcelina Daza, lo llevó junto a su madre a la población de Manaure, conocida como «El Balcón del Cesar», un pueblo muy hermoso, rodeado de paisajes naturales y riqueza agropecuaria. Allí vivió hasta los cinco años, para luego trasladarse a Valledupar donde el pequeño Javier comenzó a tener contacto directo con la música vallenata. En la «Capital Mundial del Vallenato» ya se escuchaban en su esplendor las canciones de los juglares: Alejandro Durán, Calixto Ochoa, Abel Antonio Villa, Nicolás «Colacho» Mendoza, Alfredo Gutiérrez, Juancho Polo, entre otras estrellas de este firmamento musical.
A medida que crecía y empezaba a presenciar parrandas y festivales, trepado en el árbol de mango de la mítica plaza Alfonso López en Valledupar, su oído se fue agudizando. Prestaba cada vez más atención a las interpretaciones de esos maestros que convergían en ese tipo de escenarios naturales. Las melodías que salían de los acordeones, guitarras, cajas y guacharacas eran un deleite para este inquieto muchacho que desde ese momento soñó con crear canciones para alegrar no solo su vida, sino también la de los demás.
Durante su infancia y adolescencia, además de Manaure y Valledupar, Díaz Daza vivió en otros lugares como San Juan del Cesar y Maicao. Finalmente, a los 15 años, regresó a El Molino para conocer a su padre y hermanos. Para entonces, ya tenía un cuaderno lleno de versos que más tarde se convirtieron en sus primeras canciones. Aprendió a tocar la guitarra lo que complementó su inclinación musical. Este instrumento se convirtió en su compañero de viaje, amigo y confidente. Es su extensión, su voz, su alma. Unidos por cuerdas y sentimientos, la guitarra y él crean una sinfonía de emociones.
Entre la Sierra y el Valle de los Santos Reyes nacieron sus primeras canciones, que le cantaban a sus primeras conquistas amorosas y a la naturaleza, de una manera profundamente sentimental.
El hecho de haber vivido en diferentes lugares enriqueció su influencia musical, pues la exposición a diversos ambientes, estilos de vida y culturas fue fundamental en su obra. Nació y creció rodeado de la música y la cultura vallenata, y esa fue la chispa que encendió su pasión por la composición. Su inspiración proviene de la vida cotidiana, de las historias y leyendas de su región, de las mujeres y la naturaleza que rodean su entorno.
En el vasto universo de la música vallenata, donde sobresalen grandes maestros de la composición, Javier ha sido un gran admirador de muchos de ellos, especialmente de Leandro Díaz, Octavio Daza y Hernando Marín. Como compositor, ha sabido recoger las raíces de esta expresión musical para darles una nueva vida a través de sus propias creaciones. Fusionó su propia voz con la influencia de sus maestros, especialmente en los temas de corte romántico y sentimental.
No todos los caminos hacia la música estuvieron llenos de aplausos desde el primer intento. Para Díaz, componer canciones era más que un sueño: era su forma de entender el mundo. Desde niño, llenaba cuadernos con letras, y en su mente brotaban melodías y acordes que acompañaban sus emociones más sinceras. Pero convertir esas ideas en canciones grabadas por artistas reconocidos fue una batalla cuesta arriba.
Durante mucho tiempo, tocó puertas que no se abrían, envió canciones sin recibir respuesta e incluso fue ignorado en reuniones donde apenas lograban escuchar el primer verso. Sin embargo, estaba convencido de que había algo especial en sus letras y en el mensaje que transmitía a través de ellas. Creía en su música; incluso, cuando parecía que nadie más lo hacía.
El cambio llegó poco a poco, cuando la agrupación conformada por Marcial Luna y Gustavo Camelo, conmovidos por una de sus canciones, decidieron llevarlo a un estudio de grabación con un tema titulado «No digan nada». Aunque no fue un éxito masivo, sí fue el comienzo. Ese pequeño y significativo paso le dio visibilidad y, lo más importante: credibilidad. De ahí en adelante, otros artistas comenzaron a interesarse por su estilo sentimental, honesto y emotivo, caracterizado por su capacidad para evocar emociones con letras y melodías contadas en un lenguaje poético y musical que es a la vez sencillo y profundo. Su sello personal se distingue por ser melancólico, y sus melodías son fáciles de recordar y cantar.
Javier tiene un corazón que late al ritmo del vallenato, y un alma que se desborda de sentimientos. Es un compositor que teje historias de amor y desamor con hilos de melodías y poesías, en donde la pasión y el sentimiento se desbordan en cada nota, en cada acorde, en cada verso.
Como muchos compositores vallenatos, los festivales ha sido un escenario propicio para dar a conocer sus canciones, donde la música se convierte en un espectáculo de emociones y sentires. Festivales como los que se realizan en Valledupar, El Molino, San Juan del Cesar, Maicao, Barrancas, Villanueva y hasta Bogotá sirvieron de plataforma para que él, al igual que otros autores, pudiera mostrar sus obras musicales y darlas a conocer al público.
Díaz ha sido un músico que siempre ha sabido combinar su amor por la música con una sólida formación académica. Logró equilibrar su creatividad con la responsabilidad profesional, y se graduó como Administrador de Empresas, Especialista en Estrategias de Campañas Políticas, docente universitario, Especialista en Marketing, con varios años de experiencia en el sector público y comercial.
Después que le grabaron su primera canción, otros artistas de la música vallenata comenzaron a interesarse por sus composiciones. Temas como: «Ayúdame a olvidarte», «Himno al amor», «Un compromiso contigo», «Por poquito», «Esa noche», «Cómo lloran los hombres», «Aventurera», «Tu mejor amante», «Una mujer como tú», «En el sur me quedo», «Señor de los sueños», «A que te conquisto», «Te quedó grande el amor», entre muchas otras, hacen parte de casi un centenar de canciones que se escuchan en las voces de Alberto «Beto» Zabaleta, Marcos Díaz, Luis «El Pade» Vence, Jeiman López, Éric Escobar, Alberto «Tico» Mercado, Reinaldo «El Papi» Díaz, Janner Moreno, Nibaldo Villarreal, Los Hermanos Lora (Juan Carlos y Eduardo) e incluso del internacional cantautor y músico dominicano Wilfredo Vargas.
Hoy en día, Javier Díaz Daza, además de componer e integrar la agrupación «24 Quilates» junto a sus colegas Jeiman Casicote y Álvaro Pérez, también se dedica a otra faceta importante en la música: la de productor.
Y puede decir con entusiasmo que ha cumplido su sueño de siempre: ser compositor de música vallenata. Ha logrado algo muy importante: que sus canciones vivan en las voces de otros. Cada grabación, cada interpretación de sus temas es una prueba de que la perseverancia tiene eco. Y aunque sigue enfrentando desafíos sabe que su camino musical va en la dirección correcta. Porque, a veces, el talento necesita tiempo pero cuando se combina con pasos firmes y constancia siempre encuentra una forma de ser escuchado.
Este administrador de empresas, músico por pasión y convicción, ha encontrado su refugio en la tranquilidad de su familia, al lado de su esposa Arleth Patricia Mejía Anaya y sus hijos, Luisa Fernanda y Moisés David, en Maicao, La Guajira. Un pueblo que lo acogió como un hijo más. Porque para Javier Díaz Daza, la música es su predilección; la familia su inspiración y este lugar que escogió como su hogar, su refugio.
Momentos difíciles de salud vivió hace algunos días el Rey de Reyes Gonzalo Arturo ‘El Cocha’ Molina Mejía, al tener que ser trasladado de urgencia a una clínica de Valledupar donde le diagnosticaron gastritis aguda, teniendo que hacer un alto en su oficio de acordeonero en la agrupación de Poncho Zuleta.
Pasados los días y recuperado volvió a estar desempeñando su oficio en distintos escenarios de Colombia y el exterior, dándole gracias a Dios por su regreso y al acordeonero Juan José Granados, quien suplió su ausencia. Su testimonio no se hizo esperar.
“Ese fue tremendo susto, pero gracias a Dios pude superar todo y volver a la normalidad. Eso sí ahora teniendo algunas recomendaciones médicas que debo cumplir al pie de la letra”. Antes era un hombre sano, pero nunca falta un tropezón en la salud y más cuando los años avanzan estando desde muy joven dedicado a tocar su acordeón y alcanzar los máximos honores en la música vallenata.
El Rey de Reyes del Festival de la Leyenda Vallenata, segunda generación, año 1997, grabó con cuatro grandes cantantes: Diomedes Díaz, Jorge Oñate, Poncho Zuleta e Iván Villazón. También con su acordeón contribuyó en el año 1995 con el éxito mundial de la canción ‘Abriendo puertas’ que cantó la artista Gloria Estefan, lo cual le valió el Premio Grammy como mejor Álbum Tropical Latino.
También llegaron las añoranzas cuando a sus 18 años vino la más grande oportunidad de su vida al ser invitado a grabar con Diomedes Díaz, exactamente tres canciones en la producción musical ‘El mundo’. Ellas fueron ‘Se te nota en la mirada’ (Gustavo Gutiérrez Cabello), ‘Felicidad perdida’ (José Hernández Maestre) y ‘Por amor’ (Marciano Martínez Acosta). Ese fue el tiquete para grabar en los siguientes años con el mismo Diomedes Díaz, las producciones musicales ‘Vallenato’, ‘Brindo con el alma’, ‘Incontenibles’ y ‘Gracias a Dios’.
Eso no terminó ahí al traer a su memoria una canción que lo marcó de por vida y que le compusiera Diomedes Díaz, titulada. ‘El gallo y el pollo’. “Y yo voy a apostar toditas mis canciones, y hasta juego mi nombre si quiere el contendor. Y apuesto que nos llevamos pal’ valle, el premio para adornar el folclor”.
Para el hijo de Arturo Molina Gutiérrez y Estela del Socorro Mejía Muñoz, meterse en los zapatos del protagonista de esa bella canción donde ‘El Cacique de La Junta’ dijo que el pollito que había encontrado a cualquiera se lo jugaba en la valla, no fue nada fácil.
“Ese instante me sacó lágrimas cuando Diomedes me cantó la canción. No lo podía creer que ese gran cantante me dedicara una de sus canciones. Me metió en un enorme compromiso, pero gracias a Dios pude salir adelante y ser ese pollito y después el gallo que ganó. Lo hice quedar bien y siempre viviré agradecido con Diomedes, quien confió en mi talento”, dijo ‘El Cocha’ Molina.
A propósito de ‘El Cocha’, comentó de dónde venía ese apodo. “Es obra de mi mamá quien me decía “Mi Cochita linda”, para significarme su amor. También ella viendo mis inquietudes musicales me compró un acordeón de dos hileras. Mi casa estaba llena de música porque mi papá era guitarrista y compositor”.
El acordeonero a quien su esposa Julieth Peraza Torres, le escribió el libro ‘Estrella Binaria’, y tiene un museo donde se encuentra historia, música y tradición del folclor vallenato, vive lleno de espiritualidad, permitiéndole escribir oraciones donde expresa frases de aliento, esperanza y de comunión con el Altísimo.
“Señor, siempre estoy necesitando de tu amor, de tu fuerza y de tu poder por eso abro mi ser para que me llenes de todo lo bueno que tu presencia siempre brinda. Bendice Señor, cada una de las batallas que debo dar, que pueda sentir que estás a mi lado y que no debo tener angustia por nada ni por nadie. Sé que me acompañas para salir adelante. Jesús misericordioso en tí confío. Amén”.
20 años con Poncho
‘El Cocha’ Molina, le da gracias a Dios por estar durante 20 años al lado del cantante Poncho Zuleta, y haber grabado las producciones musicales ‘Colombia canta vallenato’, ‘El Nobel del amor’ y ‘Para’o en la raya». Además, grabó otro trabajo titulado ‘El juglar’’.
“Mi inicio con Poncho Zuleta fue un compromiso grande porque era ocupar el espacio que antes tenía mi maestro Emilianito Zuleta, pero he sabido salir adelante con mi acordeón para interpretar el vallenato tradicional. Siempre le doy gracias a Poncho por llevarme a la agrupación y siempre tocó como la primera vez”, indicó ‘El Cocha’ Molina.
Ahora después de los quebrantos de salud sufridos el cambio alimenticio del acordeonero es distinto, porque no puede sentarse a manteles con Poncho Zuleta, a ingerir comida adulta como armadillo, chivo, guartinaja, ñeque, conejo, filete de babilla, marisco, hicotea y gallina de monte bien aliñada, sino dieta blanda, generalmente equilibrada y saludable. De esta manera, solamente complacerá al cantante en las presentaciones con la nota gruesa de su acordeón y sin derecho a pelar pito con las comidas que requieran mayor esfuerzo digestivo.
El buen gallo volvió a la valla con todas las fuerzas para seguir corroborando la frase de Diomedes Díaz. “Vamos ‘Cocha’ que los que van alante no van lejos, si los demás se apuran”. El mensaje hacía énfasis en la importancia del esfuerzo y la capacidad de superación, incluso cuando parecía que otros tenían ventaja.
De esta manera se cierra el telón de la película del muchacho nacido en el barrio Santo Domingo de Valledupar, y con hondas raíces en el corregimiento de Patillal, donde en el guión musical aparece su amplia hoja de vida teniendo el acordeón al pecho y la sonrisa que lo identifica.
Hace 70 años Alejandro Durán Díaz rescató una canción que estaba dando vueltas por la población de Chimichagua y sus alrededores, llevándola con total aceptación a la pasta sonora. Se trata de ‘La candela viva’ de la autoría del agricultor, compositor, cantador y tocador de tambora Heriberto Pretel Medina.
Todo nació a raíz de un incendio ocurrido en horas de la tarde del miércoles 14 de febrero de 1923, en la casa de Luís Roberto León. La conflagración se originó en la hoy calle sexta con carrera cuarta, esquina.
La canción tiene más de 15 versiones, iniciando con Alejo Durán en el año 1955, dejando el registro de este acontecimiento que no pasó inadvertido porque contó la realidad de ese hecho que dejó muchas pérdidas materiales.
“Fuego, fuego, fuego, la candela viva. Que allá viene la candela, la candela viva. Que ya viene por el higuerón, la candela viva. Que yo ví que me llevaba, la candela viva. Que yo ví que me enterraba, la candela viva. Fuego ya que me quemo, la candela viva. Que se quema Chimichagua, la candela viva”.
Todo comenzó cuando aquella tarde Ana María Flórez asaba panochas, galletas y almojábanas en un horno de barro. De repente, la brisa provocó que salieran chispas llegando hasta el techo de palma y comenzó el incendio que acabó con la mayoría de casas del pequeño pueblo.
El viejo Heriberto Pretel Medina, negro bonachón, enamorador, alegre y compositor innato quien vivió gran parte de su vida en Plata Perdida, actual corregimiento de Chimichagua, Cesar, supo darle el toque musical a esa historia triste. Además, de su autoría son las canciones ‘La perra’, ‘Mi compadre se cayó’, ‘La palomita’, ‘La pava echá’, ‘Dime por quién lloras’, ‘Vuela pajarito’ y ‘Los pozos brillantes’, entre otras,
De sus diálogos constantes sobre sus canciones siempre agradecía a su compadre Alejo Durán, por haberlas llevado a la pasta sonora porque no se quedaron en su garganta y tampoco en el olvido, sino que fueron conocidas en muchas partes. Se alegraba cuando las escuchaba por las emisoras, en las radiolas y los picós.
Alejo Durán quien al lado de su hermano Náfer frecuentaban a Chimichagua, debido a su cercana amistad con el ganadero Marcelino Daza y su señora Encarnación ‘Chon’ Morales, conocía la mayoría de esas canciones porque su señora madre Juana Francisca Díaz Villarreal, era una reconocida cantadora de tambora en toda esa amplia región.
Respecto a la famosa canción el folclorista, docente, músico e investigador Hernán Martínez Argüelles, aseveró. “Esta es una obra que identifica a Chimichagua, como también ‘La Piragua’ de José Benito Barros Palomino y diversas canciones de Camilo Namén Rapalino. De generación en generación se ha conocido que ‘La candela viva’, es del juglar Heriberto Pretel Medina, y siempre hemos estado agradecidos con Alejo Durán, a quien se le abona haberla grabado. Eso vale mucho”.
El viejo “Heribe”, así se le llamaba, murió el domingo 14 de agosto de 1988, hace 37 años, a la edad de 89 años, y paradójicamente en su sepelio el sacerdote Guillermo Ramírez Gómez, no dejó sonar las tamboras argumentando que el difunto debía descansar en paz. Esas son las paradojas de la vida cuando no se pudo despedir con la música que dejó e hizo con pasión folclórica.
La candela de Jorgito y Totó
El cantante Jorge Celedón y la cantadora ‘Sonia Bazanta Vides, más conocida como ‘Totó, la Momposina’, grabaron en el año 2013 ‘La candela viva’, guardando la autenticidad folclórica para continuar siendo ícono de la música colombiana.
Cabe anotar que ‘Totó La Momposina’ ya la había grabado años atrás, incluso, se entrevistó en Chimichagua con su autor el 26 de junio de 1979, fecha que coincidió con la realización del Primer Festival de Danzas y Tamboras, evento declarado Patrimonio Cultural del Cesar en 1985 y hace siete años no se realiza.
El juglar Heriberto Pretel Medina dejó su impronta a través de sus sencillas canciones que hoy tienen el más grande reconocimiento. Además, en sus últimos días se la pasaba sentado en una mecedora dialogando con el silencio y evocando aquellas épocas donde fue testigo del incendio más grande sucedido en Chimichagua, cuando su compadre Trino Lima se cayó estando borracho, de la perra que casi lo muerde y aquella vez que se la pasaba llorando por una mujer, hecho donde se le aceleraba el corazón y la tristeza no pedía permiso para llegar.
De igual manera, se escucha el eco cuando El Ballet de Colombia de Sonia Osorio, interpretó y bailó ‘La candela viva’ en Moscú, capital de Rusia, aproximadamente a 10.545 kilómetros de Chimichagua, Cesar, donde se inspiró Heriberto Pretel, para que ese acontecimiento sucediera tan lejos. Era la maravilla de la música auténtica nacida en el corazón del folclor.
En esta ocasión no se pudo evitar el recorrido lleno de nostalgias, de recuerdos cercanos y de esa canción que nos regresa al lugar donde nacimos, regalando incontables alegrías a través de sus bailadores, músicos y gestores culturales, a quienes hay que aplaudir porque en medio de muchas dificultades han sostenido este bello folclor. Definitivamente, hasta las lágrimas se sumergen en la complejidad de las emociones humanas.
Gracias al Rey Vallenato Alejo Durán, a Jorge Celedón, ‘Totó La Momposina’, Alfredo Gutiérrez, Lizandro Meza, El Binomio de Oro, Juan Piña – Orangel ‘Pangue’ Maestre, Moisés Ángulo, Adriana Lucía, Los soneros de Gamero, Verónica Verdecia Ustáriz y mucho más, por no permitir que ‘La candela viva’ se redujera simplemente a cenizas.