Rosendo Romero Ospino: El Poeta que hizo del vallenato un arte del alma.

«Los poetas son hombres que han conservado sus ojos de niño»: León Daudí (escritor español)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado.

La voz de los poetas es un instrumento invisible que hace vibrar las cuerdas del alma. Donde hay poesía, hay música, y donde la música brota desde las entrañas, el espíritu se desnuda, se reconoce y se libera. Hay compositores que escriben canciones y hay otros que, como Rosendo Romero Ospino, bordan emociones con hilos de palabras, de metáforas, de ternuras silvestres y honduras humanas, en las que cada nota, cada acorde, cada verso, es un reflejo íntimo de lo que somos por dentro.

En Villanueva, La Guajira, ese rincón donde el viento sopla con sabor a cactus, a cardonales y a historia, nació este poeta mayor. Fue un domingo 14 de junio de 1953 cuando llegó al mundo en el hogar formado por Escolástico Romero y Ana Antonia “La Nuñe” Ospino. El sexto de nueve hijos, seis varones y tres mujeres, y todos los hombres, como si en el corazón les palpitara un tambor antiguo, y por su sangre corriera los fuelles de un acordeón, se dedicaron a la música. Así nació la dinastía de «Los Romero», una de las familias más representativas del vallenato: herederos de una sensibilidad que viene desde su abuelo Rosendo Romero Villarreal, y que florece con fuerza en su padre Escolástico, un verdadero juglar: compositor, cantante y acordeonista de los buenos, de los que tocaban con el alma. En Rosendo, la música no fue una opción: fue un mandato silencioso del destino, un talento sembrado en el corazón desde antes de nacer.

Villanueva no solo lo vio nacer: le dio raíces. Tierra de cafetales, de fragantes mañanas y rica en cultura; creció en el barrio «El Cafetal», cuna también de otras figuras insignes del folclor vallenato. Fue allí donde el niño Rosendo aprendió a mirar el mundo con asombro, con el alma abierta, con las manos llenas de música. No solo es poeta: también es músico de cuerpo entero, intérprete sensible del acordeón y la guitarra, esos instrumentos que abrazan y confiesan que cantan y lloran con él.

Pero lo que distingue a Romero Ospino, no es solo su linaje, sino la manera como transforma la emoción en poesía, y la poesía en canción. No es un compositor convencional. Es un artesano del verso, un jardinero de metáforas que cultiva sentimientos y los convierte en paisajes musicales usando con maestría las figuras literarias como el pintor usa sus colores: con intuición, con sabiduría, con asombro. En sus letras, el amor no es solo una emoción: es una flor que nace entre espinas, una luna que guía en la oscuridad, un suspiro que se posa en la orilla del recuerdo.

Rosendo escribe con los ojos de un niño y el alma de un sabio. En sus canciones la naturaleza es compañera del sentimiento y por eso sus versos están poblados de cielos que lloran de montañas que guardan secretos, de caminos que recuerdan besos, de flores que llevan el nombre de una mujer amada. Su poesía está viva, es cercana, y nos toca porque habla de lo esencial: del amor que duele, del deseo que espera, de la ausencia que cala hondo, de los sueños que no mueren.

Sus canciones más conocidas son verdaderos poemas con melodía. “Mi Poema” no es una simple declaración de amor, es un himno a lo que se siente cuando se ama sin condiciones, sin orgullo, sin miedo. “Noche sin Lucero” encierra la imagen perfecta de la soledad: la oscuridad del alma cuando el amor se ha ido. “Cadenas” es la confesión de quien ama con intensidad, aunque duela. “Romanza” es un canto delicado a la entrega, una caricia hecha canción. En “Fantasía” el amor se vuelve sueño, deseo que vuela más allá de la razón. «El amor es un cultivo» es la siembra de un sentimiento, el cuidado y la dedicación que requiere para florecer. Y en “Sueños de conquista” el alma se convierte en guerrera, en luchadora por esos amores imposibles que valen la vida entera. Cada título suyo es una llave que abre una emoción profunda, un rincón escondido del alma humana.

Y si algo define a Rosendo Romero es su capacidad para convertir lo cotidiano en algo sublime, lo simple en extraordinario. Es un poeta del amor, sí, pero también del paisaje, del recuerdo, del deseo. Su capacidad para entrelazar el entorno con los sentimientos lo convierte en un maestro de la sensibilidad. En “Copitos de pino” por, ejemplo, no solo nos habla del amor: lo envuelve en un lugar paradisíaco, donde cada imagen, cada metáfora, cada aroma, tiene el peso exacto de una declaración emocional. Es una canción donde el amor no se grita, se insinúa; donde no se impone, se ofrece con delicadeza. Y en “Villanuevera”, aunque canta a una mujer, canta también a su tierra, haciendo de la figura femenina un símbolo de origen, de pertenencia, de belleza que florece como flor guajira en medio del campo.

Su creación no se limita al vallenato. También ha compuesto en otros aires del Caribe colombiano, dejando su huella en la cumbia y el porro. De su inspiración brotó «Zenaida», una de las cumbias más escuchadas a nivel nacional e internacional, interpretada por Armando Hernández. En ella narra con ternura la historia de una humilde mujer vendedora de frutas, que con su canto alegraba las calles de Cartagena. En esa canción, como en tantas otras, la dignidad de lo cotidiano se transforma en canto eterno.

Otra de sus obras musicales, “Me sobran las palabras”, ha traspasado fronteras. Con millones de reproducciones en las plataformas digitales y versiones interpretadas en distintos rincones del mundo, esta canción confirma que su poesía no tiene barreras, que su arte toca corazones más allá del idioma y la geografía.

Sus canciones decembrinas son otro de sus regalos para la música. En temas como “Mensaje de navidad”, “Mil navidades”, “Luces navideñas” y “Navidad”, Rosendo nos devuelve la ternura, la esperanza, el abrazo familiar. Lo llaman con cariño “El Cantor de las Navidades”, porque sus letras hacen parte del alma de cada diciembre, cuando los afectos se vuelven canción y el tiempo se detiene por un instante para recordar lo que importa.

Su primera canción fue “La custodia del Edén”, grabada por su hermano Norberto Romero en el acordeón y la voz de Armando Moscote. Desde entonces, la grandeza de su pluma no pasó desapercibida. Grandes intérpretes del vallenato grabaron sus composiciones: Rafael Orozco, Diomedes Díaz, Beto Zabaleta, Silvio Brito, Jorge Oñate, Juan Piña, Iván Villazón, Jairo Serrano, entre muchos otros. Porque cuando una canción nace del alma, todos quieren cantarla. Además, comparte sangre con el gran Israel Romero, “El Pollo Isra”, uno de los acordeonistas más célebres del folclor colombiano y fundador del Binomio de Oro, otra joya de esta familia prodigiosa.

Rosendo Romero no solo escribió canciones: construyó un universo lírico y emocional donde caben todos los que han amado, llorado, soñado o perdido. Su música no solo entretiene: acompaña. No solo gusta: conmueve. Y en cada uno de sus versos hay una invitación a mirar la vida con ojos nuevos, con más sensibilidad, con más poesía.

No en vano, el doctor Ángel Massiris Cabeza, geógrafo, escritor e investigador, lo rebautizó como “El poeta del camino”. Y es que en muchas de sus canciones, el camino aparece como símbolo de búsqueda, de esperanza, de vida que avanza. El camino para el maestro «Chendo», como lo llaman cariñosamente sus amigos y familiares, no es solo paisaje: es destino, es tránsito del alma, es memoria que camina.

Hoy, más que nunca, su legado se alza como un faro en medio del ruido. Porque en una época donde la música muchas veces pierde su alma, las canciones de Rosendo nos recuerdan que aún existe espacio para la belleza, para el verso cuidado, para el arte que nace desde lo profundo y se queda a vivir en nosotros.

Gracias, maestro Rosendo Romero Ospino, por recordarnos que el alma también tiene guitarra, que la palabra puede ser río, viento, camino y abrazo, que en cada canción verdadera late una historia del hombre y del universo.

Gracias por enseñarnos que la belleza no muere: solo cambia de melodía.
Que en el acordeón se esconde la respiración del tiempo y en la poesía, la huella invisible de los que amaron con verdad.

Su arte no pertenece solo al vallenato:
es patrimonio del alma humana, es una brújula en medio del ruido, una lámpara que alumbra los caminos del sentimiento.

Quienes escuchamos sus versos no solo oímos música: escuchamos la vida misma queriendo decir algo antes de callar.

Por eso, Maestro, su canto permanecerá más allá del polvo y del olvido, porque la eternidad se escribe en canciones como las suyas donde el corazón se vuelve palabra y la palabra milagro.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Carlos Fajardo Tatis: el compositor que convirtió la tristeza y el sufrimiento en canciones

“La música es la vida emocional de la mayoría de la gente”:
Leonard Cohen (cantautor, poeta y novelista canadiense)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay existencias que parecen nacidas del abismo, pero aun así se empeñan en buscar la cima. Vidas que nacen entre sombras y, sin embargo, insisten en hallar la luz. Seres que aprenden a cantar antes que a llorar, porque intuyen que en la música se esconde la forma más pura de resistir. Hombres que, en lugar de odiar, responden al dolor con canciones. Que convierten el sufrimiento en belleza, como si cada herida fuera una cuerda más del instrumento que los sostiene.
Así es la historia de Carlos Arturo Fajardo Tatis, un hombre que no solo sobrevivió al olvido, sino que lo transformó en arte.

Su historia comienza entre montañas húmedas y verdes, en Umbito, una vereda del municipio de Necoclí, Antioquia, donde la tierra huele a barro recién abierto y el aire trae consigo la sal del mar Caribe. Allí, en medio de plátanos y cocoteros, nació un martes 26 de septiembre de 1967. Aunque su registro civil fue presentado en San Pelayo, Córdoba, su alma pertenece a los montes antioqueños: al rumor del agua entre las piedras, al silbido del viento que se enreda en la vegetación, al canto de las aves que anuncian la lluvia.

Hijo de Manuel Fajardo Otero y Olga Tatis Arrieta, fue el menor de ocho hermanos. La muerte temprana de su madre y el abandono de su padre lo dejaron frente a la vida como un niño sin mapa. En su niñez y adolescencia sufrió el peso del maltrato familiar y la incomprensión de quienes debieron protegerlo. Pero aquella infancia herida no apagó su espíritu: lo templó. De esa adversidad nació una fortaleza secreta, un pulso que más tarde se transformaría en canción.

Entre labores rudas e inclemencias, cargó agua, sembró la tierra, ordeñó vacas, cortó leña. La montaña fue su escuela y su refugio. Allí aprendió que el cansancio también enseña y que el perdón alivia más que la venganza. Entre el mugido del ganado y el eco del machete, comenzó a mirar el mundo con ternura, incluso cuando dolía.

El destino lo llevó luego a Cartagena, esa ciudad donde el mar canta con voz antigua. Allí conoció la otra cara de la soledad: los andenes fríos, los cartones como abrigo, la indiferencia como rutina. Fue habitante de la calle, niño de la intemperie, sombra entre luces ajenas. Pero incluso en ese desamparo, la música lo acompañó como una llama inextinguible.

En los años más duros, trabajó en el mercado de Bazurto, limpiando verduras, cargando bultos y empacando productos bajo el sol inclemente. Entre el bullicio, los pregones y el olor a pescado fresco, comprendió que el trabajo también puede ser una forma de dignidad. Con el sudor de sus manos logró terminar los estudios primarios y avanzar parte de la secundaria, demostrando que el conocimiento no siempre nace en las aulas, sino en la voluntad.

Fue allí, en medio del ruido de los carretilleros y los gritos de los vendedores, donde aprendió a tocar la guitarra por sí mismo. Sin profesor ni partituras, fue descifrando los sonidos hasta convertirlos en compañía. La guitarra se volvió su confidente y su escudo, el puente entre su pasado de silencio y su futuro de melodías. Con ella empezó a componer sus primeras canciones, a darle forma al sentimiento, a rescatar del dolor un motivo para seguir.

Admiraba a Pedrito Fernández, el niño ranchero, y al cantautor cordobés Máximo Jiménez, cuyas letras sociales hablaban de resistencia. Aquellas voces fueron su escuela invisible. Inspirado por ellas, compuso su primera canción: “Entre Cartones”, una ranchera nacida del hambre y la orfandad, del coraje de seguir viviendo. La cantaba en los buses, mientras vendía productos para sobrevivir, y su voz temblorosa, sincera, conmovía a quienes lo escuchaban.

Años después, en un homenaje en el Colegio José Celestino Mutis, en el barrio La Esperanza, de la ciudad de Cartagena, interpretó esa canción ante un público que no pudo contener las lágrimas. Por primera vez, el dolor se convirtió en aplauso, y la calle en escenario. Ese día comenzó su segunda vida.

De esa semilla florecieron nuevas canciones: “Adiós a la diosa”, “Mañosa y embustera”, “El rabo de carnero”, “El manjar”, “El rey de la alegría”, “Corazón de hielo”, “Una nueva vida”, “El guerrero del amor”, “Canto para ti”, “Me tuve que ir”, “Inocente niño”, “Ilusión de amor”, “Ya lo decidí”, “El ombliguito”, “Esclavo de tus besos”, “Nadie es perfecto”, “Hechicera”, “El Gol”, “Un Verano”, “Tu Invierno”, entre muchas más, pasando del centenar de composiciones.

Sus canciones abarcan todos los matices del alma: unas son románticas y sentimentales, escritas desde la ternura y la nostalgia; otras, jocosas y de doble sentido, herederas de la picaresca del hombre caribeño, que sabe reírse incluso de sus propias penas. En cada verso hay verdad y desparpajo, dulzura y picardía, como si la risa y el amor se dieran la mano en la misma estrofa.

En su Organización Musical KAFATA, que él mismo dirige, ha grabado varios temas en su voz, pero también han sido interpretados por artistas de distintos géneros: Darío Gómez, el Rey del Despecho; Leidy Carolina Posada, hija del legendario Luis Alberto Posada; el Rey Vallenato Manuel Vega Vázquez y su hermano Ricardo; Horacio “El Chacho” Mora, Marines Lezama, Diego Luis Lara, Osnaider Cabarcas, José Vázquez, Elías Ospino Aguilera, Los Soneros de Gamero en la voz portentosa de Isolina León, la agrupación «Luna Vallenata», conformada por las Hermanas Tatiana y Roxana Díaz, Ramy Torres, entre otros.

Carlos Fajardo es un creador versátil: puede moverse entre el vallenato, el porro, la salsa, la ranchera, la champeta o la música popular, pero su verdadera patria es la verdad. No le interesa la fama, sino la autenticidad. Su meta es que cada canción sirva para algo, que alguien, al escucharla, sienta que no está solo.

Admirador de los grandes exponentes de la música vallenata, desde los juglares como: Alejandro Durán, Leandro Díaz, Rafael Escalona, Juancho Polo, Luis Enrique Martínez, Alfredo Gutiérrez, y de los cantantes, Jorge Oñate, Rafael Orozco, Beto Zabaleta, Poncho Zuleta, entre otro, sin embrago Carlos se declara Diomedista de corazón, seguidor del estilo y la poesía de Diomedes Díaz «el Cacique de La Junta», a quien considera una fuente de inspiración inagotable por su capacidad de transformar la cotidianidad en canto, el amor en palabra y la vida en leyenda.

Su talento lo llevó a los grandes escenarios. De la mano del maestro Darío Gómez, quien grabó su tema “Una nueva vida”, llevándolo al reconocimiento nacional e internacional, confirmando que su camino, aunque silencioso, seguía creciendo como la música misma: sin prisa, pero sin pausa.

Ganó festivales como el de Arjona, con el tema “Quiero ser libre”; obtuvo el segundo lugar en Turbana y el primero en el Festival del Frito con una cumbia titulada “La más bonita”. Para él, cada tarima es un altar y cada canción, una plegaria.

De sus abuelos Marceliano Tatis, músico español avecindado en Cartagena, y José Fajardo, integrante de la Banda Bajera de San Pelayo, heredó la música como linaje.

Hoy, la historia se cierra con una justicia poética: aquel niño que un día fue nómada entre montañas y calles es ahora guía turístico en Cartagena, la ciudad que lo vio llorar y levantarse. Recorre sus plazas, murallas y calles coloniales contando historias con el mismo ritmo con que compone versos. Su voz guía a los visitantes por los caminos de piedra donde aún resuenan los tambores de la historia. Cada relato suyo tiene la cadencia de una canción y la ternura de quien ha comprendido que también se puede sanar mostrando belleza.

Porque Carlos Fajardo Tatis ya no solo canta: ahora también guía. Y en su mirada, el mar parece escucharlo.

Su vida es un espejo donde todos los que sufren pueden mirarse. Enseña que el dolor no destruye: revela. Que la pobreza puede ser semilla de grandeza. Que el arte no pertenece únicamente a los elegidos, sino también aquellos valientes y luchadores de la vida como él.

En los ojos de Carlos aún habita el niño que dormía en la calle, pero también brilla el resplandor sereno de quien ha vencido al destino. Ha demostrado que, aunque el mundo te deje sin techo, el corazón puede seguir siendo una casa donde habite la esperanza.

Hoy, Carlos Fajardo Tatis se considera un hombre feliz. No porque haya olvidado su pasado, sino porque aprendió a reconciliarse con él. Su felicidad no es una huida del dolor, sino una celebración de la vida misma, de haber sobrevivido y creado belleza a partir de la herida.

Y su mensaje, que ya no es solo suyo sino de todos los que han llorado en silencio, vibra como un eco eterno.

“No importa cuán oscuro sea el camino; mientras exista una canción, propia o ajena, el alma tendrá un motivo para seguir viviendo»:Roy Galán

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado.

Isolina León: “La Tranca” Voz, alma y esencia del bullerengue

“La música es el acto social de comunicación entre la gente, un gesto de amistad, el más fuerte que hay.”
(Malcolm Arnold, músico y compositor británico)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

El bullerengue, más que una música o una danza, es un rito de memoria viva: una práctica social, cultural y profundamente espiritual que nace del corazón del Caribe colombiano. En sus cantos resuena la historia, la resistencia y la sabiduría de los pueblos afrodescendientes que han encontrado en el tambor, la voz y el cuerpo una manera de ser, de existir, de perdurar. Y si hay una voz que encarna con autenticidad esa herencia, esa fuerza ancestral, es la de Isolina León Blanco, conocida en el universo del folclor como “La Tranca”.

Isolina nació en el corregimiento de Gamero, municipio de Mahates, en el cálido y fértil departamento de Bolívar, donde el bullerengue no se aprende: se respira. De esas tierras campesinas, sembradas de historia y dignidad, emergió su voz. Una voz que no solo canta, sino que brota como semilla viva del barro, del azadón, del sudor, del río y del monte.

Campesina pura, de hacha y machete, Isolina es una mujer de manos curtidas y alma luminosa. Cultiva la tierra, corta leña, se ha dedicado a la pesca, y ha hecho de su cotidianidad un poema de trabajo y resistencia. En ella se funden la sabiduría ancestral de las cantaoras y la nobleza silente de las mujeres del campo. Madre y abuela amorosa, ha sacado adelante a su familia con esfuerzo, dedicación y una fortaleza que asombra. Es el corazón de su casa, el sostén de los suyos y un orgullo inmenso para su terruño, que la reconoce como símbolo de lucha, talento y tradición.

Como la tranca que resguarda con firmeza las puertas de las casas caribeñas, fuerte, confiable, protectora así es la voz de Isolina León: un umbral que defiende y sostiene la tradición viva del bullerengue. Su apodo no es un mero adorno: es símbolo y testimonio de carácter, de identidad, de permanencia. De hecho, fue precisamente “La Tranca”, su primer éxito musical grabado en 1999, el tema que le dio ese nombre artístico y la catapultó a la fama. Aquella canción, vibrante y poderosa, se convirtió en la sensación durante las fiestas novembrinas de Cartagena y los carnavales de Barranquilla, abriendo para ella el camino hacia los corazones del pueblo.

Seguidora fiel de la legendaria cantora Irene Martínez, Isolina no solo aprendió de ella sino que se convirtió en una de sus alumnas más aventajadas tomando la posta de un legado musical invaluable. Hoy esa tradición vive en su garganta y en su andar. Pero su arte no se limita al bullerengue: en sus redes sociales la vemos cantar con igual maestría vallenatos, cumbias, porros y otros aires musicales que hacen parte del alma sonora del Caribe. Su versatilidad no solo asombra, sino que conecta generaciones, territorios y emociones.

Antes de que su voz sonara en escenarios, su canto ya llenaba las calles de su pueblo. Con una ponchera en la cabeza, vendía bollos y dulces que anunciaba con pregones cantados, llenos de picardía y ternura. La gente no solo compraba sus delicias: se detenía a escucharla, aplaudirla, celebrarla. Porque Isolina no vendía productos: compartía alegría, ritmo, sabor. Y ese arte natural, sin escuela, fue su primera tarima.

Dueña de una presencia imponente y una voz que parece nacer de las entrañas mismas de la tierra, Isolina no solo canta bullerengue: lo encarna. Cada nota que entona es un llamado a la memoria colectiva; cada ritmo que interpreta es una conversación entre generaciones; cada presentación es una ceremonia en la que la historia se vuelve presente y la tradición, un acto de amor.

Es, además, la voz oficial y líder de la agrupación Los Soneros de Gamero, colectivo musical que ha sabido mantener viva la herencia de sus ancestros. Con ellos ha grabado temas que son ya himnos del bullerengue: La Gozadera, El Tun Tun, Carita Pintá, El Pollerón, La Lengua, entre otros, verdaderas joyas que hacen palpitar los escenarios con su ritmo contagioso. Su alegría en escena es tan genuina que no se puede fingir ni imitar: nace de una vida vivida con pasión y con música en la piel.

Su sonrisa resplandeciente ilumina no solo su rostro, sino también los corazones de quienes la escuchan. Tiene ese carisma cálido y entrañable que desarma y abraza. Con solo una mirada, conecta. Con su risa abierta y contagiosa, enciende la fiesta, el alma y el recuerdo. Sus trajes coloridos, vibrantes como los paisajes del Caribe, hablan también de su identidad: una mujer que honra sus raíces con orgullo y elegancia. Sus labios maquillados, su piel negra y hermosa, su porte altivo y festivo, la convierten en un ícono de la estética afrocolombiana. Cada detalle en su vestimenta y en su actitud escénica es una declaración de belleza, de libertad, de dignidad.

Alcanzó la fama después de los 50 años, en un mundo que suele venerar lo efímero y olvidar lo esencial. Pero ella llegó con fuerza serena, como quien sabe que su momento está inscrito en un tiempo más sabio. Hoy, siendo una septuagenaria, continúa de pie sobre los escenarios, regalando su canto con la misma pasión del primer día, demostrando que la belleza, la fuerza y la autenticidad no tienen fecha de caducidad.

Su éxito tardío es, en realidad, un acto de justicia poética: el reconocimiento merecido a una vida entregada al arte, a la cultura y al trabajo digno. Porque la voz de Isolina León no solo se escucha: se siente, se vive, se celebra. En cada interpretación revive la herencia musical de sus ancestros, como un eco sonoro del alma afrocolombiana, que encuentra en su garganta una morada digna y luminosa.

Con cada tamborazo, con cada letra, con cada mirada, Isolina nos recuerda que el bullerengue es un acto de resistencia, pero también de ternura. Que es posible envejecer con gracia, con arte, con orgullo. Que la sabiduría no solo está en los libros, sino en los cuerpos que danzan, en las voces que cantan, en las mujeres que no se rinden.

A través de su música ha llevado la esencia del Caribe colombiano a escenarios nacionales e internacionales, posicionando su arte como una voz imprescindible en la historia del folclor. Su legado no es solo sonoro: es espiritual, cultural, estético. Es un canto a la vida que reverbera en cada comunidad que la escucha, en cada niña que sueña con cantar como ella, en cada tambor que suena con amor y dignidad.

La madurez y la experiencia se reflejan en cada uno de sus gestos, en cada movimiento acompasado de su cuerpo al ritmo del tambor. Su voz, sin embargo, sigue fresca y vibrante, como un manantial que brota desde las raíces mismas de la cultura afrocolombiana, una voz que rompe las barreras del tiempo y del olvido.

Pero para comprender verdaderamente el alma de Isolina León, hay que volver al punto de partida: Gamero, su tierra natal. No se puede hablar de “La Tranca” sin hablar de ese pequeño paraíso afrocolombiano, donde la historia se canta, se baila, se cultiva y se honra con cada amanecer. Gamero no es solo un lugar en el mapa: es un territorio espiritual, una escuela de vida, un útero musical del que han nacido grandes voces y memorias. Allí, donde la ciénaga abraza los caminos de tierra y el sol acaricia las hojas del plátano, se respira una belleza indómita y ancestral.

El paisaje natural de Gamero parece conjurado por la poesía: caños que serpentean entre los árboles, campos verdes que vibran al ritmo de las cosechas, aves que anuncian el día con sus cantos, y ese rumor del agua que acompaña la vida como un tambor secreto. Es un lugar donde la naturaleza canta, donde la tierra tiene alma y donde el bullerengue no es solo una expresión artística, sino el pulso mismo del pueblo.

Cuna de grandes exponentes de la música tradicional Gamero ha parido leyendas que hoy son patrimonio sonoro de la nación. En cada esquina se escucha un eco de tambor, una voz que entona memorias, un niño que baila, una abuela que enseña, una comunidad que celebra. La riqueza del pueblo no está en sus bienes materiales, sino en su gente, en su sabiduría, en su herencia viva. Allí, el arte no es espectáculo: es alimento espiritual, es herramienta de sanación, es legado que se hereda como se hace con la semilla o el apellido.

Y en medio de esa abundancia invisible, Isolina León, a pesar de haber sido ovacionada en escenarios nacionales e internacionales, no ha perdido su esencia. La fama no la ha despegado del suelo: la ha reafirmado en él. Sigue siendo la mujer sencilla que recoge leña, que cocina con amor, que canta en la plaza del pueblo con la misma entrega con la que lo hace frente a miles. No hay vanidad en su andar, sino gratitud. No hay distancia entre la artista y la mujer: hay coherencia, hay humildad, hay raíz.

La han visto en teatros y en tarimas, sí, pero también se le puede encontrar en su casa, conversando con vecinas, riendo con niños, hablando con los árboles. Su vida no se disfraza de fama: se adorna con autenticidad. Es la misma Isolina que caminó descalza por los caminos polvorientos, la que vendía bollos cantando, la que aprendió más de la vida que de los libros. Una mujer hecha de tierra, de río, de voz, de lucha. Una ceiba que no olvida la semilla que fue.

Gamero es cuna de cantaoras y cantaores, un bello pueblo afrodescendiente e indígena, que simboliza la resistencia negra, encallado al lado del Canal del Dique y la Ciénaga de Matuya. Es un pueblo muy rico en saberes relacionados con la pesca, la agricultura, plantas medicinales y expresiones artísticas en las que se destaca el bullerengue, la danza son de negro y los cantos fúnebres. Es una despensa folclórica de las fiestas populares de la región Caribe.

Raíz profunda, vuelo alto. A pesar de las alas que la llevaron a escenarios lejanos, su corazón sigue hundido en la tierra que la vio nacer. Sencillez y humildad, dos virtudes que la fama no pudo arrebatarle.

Como una ceiba que crece firme en la orilla del río, su espíritu sigue arraigado en la tierra que la nutrió. La fama no se le subió a la cabeza, porque su verdadera riqueza está en la simplicidad de la vida campesina.

Con las manos que una vez sembraron semillas, ahora cosecha aplausos. Pero es en el silencio del pueblo, rodeada de animales y plantas, donde encuentra la verdadera paz. Su voz es un reflejo de su alma, pura y auténtica, como el canto de los pájaros al amanecer.

Es un ejemplo vivo de que la verdadera grandeza no se mide por los escenarios que se pisan, sino por la profundidad de las raíces que se mantienen firmes en la tierra que nos vio nacer.

Atentamente, Ramiro Elías Álvarez Mercado.

Biografía Artística de José Isael Ruidíaz Quiñónez

Nacido el 30 de julio de 1951 en el municipio de Guamal, Magdalena, José Isael Ruidíaz Quiñónez es un compositor que ha sabido dejar huella en la música tradicional de la región Caribe. Criado en la vereda La Linda, jurisdicción de Los Andes, a la altura del kilómetro 17, su infancia transcurrió entre paisajes naturales que más adelante inspirarían muchas de sus composiciones.

Desde los 15 años comenzó a sentir un profundo interés por la música, etapa en la que empezó a escribir sus primeras canciones. Su debut como compositor fue con la obra “El Colibrí”, una canción que nació de su sensibilidad hacia la naturaleza, al observar cómo ese pequeño pájaro libaba el néctar de las flores. Esta obra fue grabada por el recordado maestro Julio Erazo Cuevas (Q.E.P.D.), orgullo de Guamal, quien además fue una de las principales influencias y guías en los inicios artísticos de Ruidíaz.

José Isael ha dedicado su vida a la composición de vallenato tradicional, aunque también ha incursionado en otros géneros como la música tropical, el porro, la música popular y las versiones llaneras. A lo largo de su trayectoria, que supera las cuatro décadas desde la grabación de su primera canción en 1979, ha creado un repertorio de aproximadamente 180 a 200 canciones, reafirmando su compromiso con el arte musical colombiano.

Sus obras han sido interpretadas por reconocidos artistas como Julio Erazo, Próspero Posada, Los Hermanos Martelos, Omar López Santos, Luis K. Jiménez y más recientemente por Javier Niño, conocido artísticamente como El Chavelito del Caney.

Miembro activo de SAYCO, José Isael Ruidíaz ha mantenido siempre una línea de inspiración muy clara: la naturaleza, el amor y las mujeres, temas que se entrelazan con sentimientos de nostalgia, devoción y esperanza. En sus letras transmite un mensaje de amor a Dios, respeto por la vida y el anhelo de un mundo en paz.

Para él, ser compositor en Colombia representa un reto, pero también un honor, pues considera que su misión es llevar alegría y emoción a través de sus melodías. Fiel a sus principios, deja un consejo a las nuevas generaciones:

“Que compongan con el alma y con coherencia, porque la verdadera música nace del corazón”.

Lcda. Belinda Olano Barrera
Periodista y gestora cultural
Estampas Vallenatas del Folclor

Tomás Martínez Montenegro: ¡El Curucutiador!

«La cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y vivir»: Milan Kundera (escritor, dramaturgo, ensayista y poeta checo)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

En la vasta y palpitante geografía del Caribe colombiano, donde los vientos arrullan con cantos antiguos y el sol dora las raíces de la tierra, hay almas que no solo habitan el arte: lo respiran, lo encarnan, lo hacen carne viva. Una de esas almas luminosas es la de Tomás Martínez Montenegro: caminante de la palabra y del ritmo, sembrador de memoria, tejedor de identidades.

Escritor apasionado, investigador cultural incansable, compositor de música vallenata y de otros aires del trópico; pero más allá de los títulos, es un hombre que escucha el murmullo del pasado y lo transforma en canto.

Su obra, más que una expresión individual, es un puente de tierra y tiempo, un eco que enlaza generaciones con un hilo invisible pero poderoso: el de la tradición viva.

No fue el azar quien lo bautizó con ese nombre curioso y entrañable: “El Curucutiador”. No lo define un diccionario, sino el alma popular, que reconoce en él a quien husmea entre las raíces, al que curiosea en los pliegues de la historia, al que busca con hambre tierna y terquedad poética lo que otros dejan pasar. «Curucutear», en su universo, es más que mirar: es descubrir, es escarbar en el silencio para encontrar voces. Si le das una palabra, te devuelve un relato; si le das una pausa, te escribe un poema. Tiene el espíritu de un gato curioso y el corazón de un niño que aún no se resigna al olvido.

Nació un domingo, el 8 de marzo de 1981, como si el calendario mismo le hiciera un guiño al arte y a la sensibilidad. Fue en el Hospital Santander Herrera de Pivijay, Magdalena, donde el Caribe colombiano canta bajito en los patios y las madres aún acunan con coplas. Pero su verdadera infancia, la que se escribe con mayúsculas en el alma, transcurrió entre las calles polvorientas del corregimiento de Sabanas, en el municipio de El Piñón. Allí vivió hasta los once años, entre juegos de tierra, cantos de grillos, lluvias dulces y la brisa cómplice que le hablaba al oído.

Fue el primogénito del amor sencillo y profundo de Cira María Montenegro Cantillo y José del Carmen Martínez de la Cruz, campesinos de manos callosas y corazón abierto, sembradores de vida que supieron enseñar, con su ejemplo silencioso, el valor de la tierra, la dignidad del trabajo, el milagro cotidiano del maíz que florece. En ese hogar de afectos humildes y raíces hondas, Tomás aprendió a escuchar el lenguaje secreto del mundo.

Su primer contacto con las letras fue en la escuela Las Vásquez, llamada así por el apellido de sus fundadoras. Allí, entre pupitres sencillos y pizarras de tiza, comenzó su travesía por el abecedario de la vida. Fue también el lugar donde despertó su amor por la lectura, la investigación y los cantos vallenatos que ya vibraban en su sangre gracias a su padre, ferviente seguidor de Los Hermanos Zuleta. Aquella música que brotaba de las casetas y los radiotransistores no era solo melodía: era historia viva, poesía campesina, mapa del alma costeña.

Cursó hasta cuarto de primaria en la Escuela Rural Mixta de Sabanas, donde guarda un recuerdo especial de la profesora Emma Pizarro, maestra de las que dejan huella, a quien aún conserva en su afecto y memoria. Luego, su camino lo llevó de regreso a Pivijay, donde culminó el quinto grado en la Escuela Urbana de Varones No. 1, y más tarde la secundaria en el Colegio Nacional de Bachillerato (hoy Liceo Pivijay), donde no tardó en destacarse por su inteligencia aguda y sensibilidad singular.

Pero Tomás no es solo un académico ni un artista de libreta. Es un curador de lo intangible, un cronista de lo que se siente más que de lo que se dice. A la par de su formación profesional, ha dedicado su vida a escribir, componer, investigar y preservar la cultura costeña, esa herencia mestiza y luminosa que habita en cada esquina del Caribe. Sus raíces campesinas no son un recuerdo, son el faro que guía su palabra. El contacto íntimo con la naturaleza, con la sencillez de la vida rural, con los silencios que también narran, ha sido la savia que nutre sus libros, sus canciones, su mirada.

El vallenato, más que música, ha sido para él una forma de estar en el mundo. Desde niño, esas letras cargadas de historia y envueltas en melodías que saben a campo y a calle le marcaron el alma. De esa pasión nació el compositor que hoy habita en él. Sus canciones no son artificios: son ventanas abiertas al alma popular, reflejos de su gente, de su pueblo, de su infancia. Tienen el perfume del campo y el ritmo del corazón costeño. Son, como él mismo, una mezcla de tierra y cielo, de lágrima y carcajada, de pasado y presente.

Luego se traslada a la ciudad de Bucaramanga para adelantar sus estudios universitarios y se gradúa de Ingeniero Industrial, con Especialización en Gerencia de Proyectos y un MBA en Administración y Gestión de Empresas.

La llegada a la llamada «Ciudad Bonita» lo marcó profundamente porque pudo apreciar el contraste radical entre el Caribe y la región andina. El cambio geográfico, cultural y emocional le provocó tristeza y melancolía y fue precisamente ese duelo con la nostalgia lo que lo impulsó a escribir un libro sobre la cultura costeña. Para Tomás, la cultura no es solo geografía: es identidad, es herencia, es una forma de respirar el mundo.

Es entonces cuando crea la página “Cultura Costeña: palabras, dichos, costumbres y creencias”, un espacio digital de rescate, de memoria, de exaltación de lo nuestro. Su motivación: escudriñar y descifrar esas huellas culturales y paleontológicas del lenguaje y la tradición oral, que están a la vista, en el habla, el imaginario colectivo, la música y las letras. Todo ello nace de su nostalgia, sí, pero también de una voluntad profunda por preservar y dignificar la vida del pueblo.

A esto suma una intención académica: insertar fundamentos historiográficos y lingüísticos al conocimiento popular, para demostrar que la oralidad también posee valor documental y profundidad intelectual. Sostiene que cuando uno vive en un pueblo, está bajo el embrujo macondiano, y eso muchas veces no permite vislumbrar la riqueza que se tiene.

Estas y muchas más razones nos confirman que Tomás Martínez Montenegro seguirá curucutiando, porque su gente se reconoce en sus libros, en sus canciones, en sus publicaciones. Su diálogo constante con lectores y seguidores le ha permitido descubrir la mayéutica socrática: preguntar para que otros encuentren la verdad que yace en su interior. Ese ejercicio se ha convertido en una sinergia del conocimiento, gestado colectivamente, en red, desde el corazón del pueblo.

El Curucutiador aprendió a escudriñar las raíces del alma costeña, nuestra herencia bucólica y rupestre. Y aunque su arte brota de su propia sensibilidad, también es fruto de una herencia literaria: su tío materno Julio Montenegro, compositor, poeta y escritor, y sus primos Rafael Montenegro García, relator costumbrista de corte picaresco, y Nelman Montenegro López, narrador de cuentos e historias populares.

Tomás Martínez nació con el don de contar historias. Las vive, las canta, las transforma en puentes hacia la memoria colectiva. Es un escritor de raíces profundas, un investigador incansable de los saberes ancestrales, un compositor de versos que se hacen vallenato en el corazón de la gente, un creador de contenido que honra lo cotidiano, lo auténtico, lo nuestro. En cada una de sus facetas, es un guardián de la cultura, un tejedor de identidades que, con sensibilidad y amor, le da voz a las tradiciones que habitan en la entraña del Caribe colombiano.

Libros publicados: ‘Homenaje al Pueblo de la Cultura Costeña’ (Tomo 1 y 2).

En proceso: Obra lingüística e histórica con cerca de 300 expresiones raizales del dialecto Costeñol.

Relatos costumbristas e investigaciones destacadas:

  • Durmiendo en la iglesia de Corralviejo.
  • Descifrando la expresión «Apa ‘o’a» de Alejandro Durán.
  • Quedar con los crespos hechos: origen, usos y variantes en la cultura costeña colombiana.
  • Un hombre fuera de tiempo: Nelman Montenegro.
  • El bohemio: Manuel del Cristo Martínez de la Cruz.
  • Un personaje del pueblo: Augusto César Montenegro Ternera.
  • El Saca Muelas’ sonrisa hasta la eternidad, entre muchos más.

Canciones (grabadas e inéditas): Más de 60 composiciones; entre ellas, ‘Soy de pueblo’, ‘Amor de costumbre’, ‘La bendecida’, ‘Noche de tangas’, ‘Vallenato en gaitas’, ‘Navidad en el pueblo’, ‘El mechón’, ‘El machete’, ‘El Paso de Los Durán’, ‘El pueblo es la inspiración’, ‘El sabanero de oro’, ‘La danza del río’, entre otras joyas musicales.

Intérpretes destacados,
cantantes: Daniel Camilo Baquero Romero, Carlos Alvarado Rodríguez, Horacio «El Chacho» Mora, José de la Cruz, Carlos Mario de la Cruz, José Yancy, Elías Figueroa.
Acordeoneros: Eris Puentes, Xavier Kammerer Ramos, José Martín de la Cruz.

Festivales y premios:

  • Festival Río Grande de la Magdalena (2021) – Primer lugar en canción inédita.
  • Festival La Perla del Norte (2022) – Tercer lugar.

Participaciones en El Banco, Valledupar, Pivijay, Urumita, La Loma, entre otros.

Eventos literarios y publicaciones:

  • Antología Internacional «Entre la guerra y la paz» (2022).
  • Antología «Tejiendo memoria» (2021).
  • Feria del Libro “Déjame leer en paz” (2022) – Barrancabermeja.
  • Festival Autóctono III (2025) – Piedecuesta, Santander.

Tomás Martínez Montenegro es más que un nombre en las páginas del folclor, es un eco que vibra entre las palmas y el polvo del camino. Es un farol encendido en la noche del olvido. Es artesano de la palabra y de la nota, cantor de la memoria y del alma, alquimista del pasado y sembrador de futuro.

En su pluma, la cultura se hace río; en su voz, la historia canta; en su corazón, el pueblo encuentra refugio. Él no solo escribe, consagra. No solo compone, honra. No solo investiga, revela.

Escritor de la memoria viva, compositor del alma popular, investigador de los silencios heredados, gestor del espíritu comunitario y creador digital de un archivo emocional que no cabe en bibliotecas.

Tomás es verbo y raíz. Es tambor y verso. Es pueblo, es tierra, es viento, es fuego. Es Caribe que no se olvida.
Es, en definitiva, el Curucutiador eterno, custodio de lo nuestro, sembrador de identidad, cantor de la verdad profunda que solo los que aman su origen logran convertir en poesía.

Atentamente, Ramiro Elías Álvarez Mercado.