Adalberto Llinás: cuando la ciencia y el vallenato dialogan con el alma

El doctor Adalberto Llinás, médico y polímata, ha logrado armonizar de manera admirable el rigor de la ciencia con la sensibilidad del arte. Hablar de Llinás es referirse a un hombre que supo unir dos universos que muchos consideran distantes: la disciplina de la medicina y la magia imperecedera del vallenato. Médico de profesión, pero artista de corazón, su trayectoria vital ha estado guiada por una pasión profunda y constante por la cultura, el arte y las tradiciones del Caribe colombiano.

Nacido en Sabanalarga, llegó desde muy temprana edad a Barranquilla, ciudad donde se formó académicamente en el Colegio Americano y posteriormente como profesional en la Universidad del Norte. Fue en ese entorno caribeño, rico en sonidos y expresiones populares, donde descubrió en el vallenato mucho más que un género musical: encontró un lenguaje de identidad, memoria colectiva y resistencia cultural.

Esa vocación lo llevó a convertirse en compositor, entregándole al folclor vallenato un legado de obras que han trascendido en la voz y el talento de reconocidos intérpretes como Los Hermanos Lora, David Henríquez, José Martelo, El Sinsonte de Cuba, Checho Bula y la Chequeré Orquesta. Cada interpretación confirma que su inspiración logra tocar fibras profundas del sentir popular, conectando emociones, recuerdos y vivencias.

Su recorrido por los escenarios vallenatos ha estado marcado por importantes logros y reconocimientos. La participación en certámenes como el Festival del Cóndor Legendario, donde fue finalista en dos ocasiones, y el Festival Vallenato de Sabanalarga, ratifica su talento creativo y su capacidad para conquistar públicos exigentes con letras cargadas de sentimiento, autenticidad y verdad.

En el año 2025, la región le rindió un merecido homenaje en el Festival de los Corregimientos, exaltando no solo al compositor, sino también al gestor cultural comprometido con la promoción, preservación y difusión del vallenato. Más que un reconocimiento, fue el abrazo sincero de una comunidad que valora su aporte a la identidad cultural del Caribe.

La obra musical de Adalberto Llinás es un viaje sonoro que evoca paisajes, nostalgias y alegrías. Sus letras, profundamente poéticas, reflejan el espíritu de un Caribe vibrante, donde la medicina sana el cuerpo y la música cura el alma.

Por ello, cada vez que una de sus canciones cobra vida en la voz de un intérprete, no solo se escucha un vallenato: se percibe la esencia de un hombre que ha dedicado su vida a cuidar, inspirar y enaltecer la existencia humana.

Adalberto Llinás es, sin duda, un símbolo de cómo la ciencia y el arte pueden caminar de la mano, demostrando que el vallenato no es solo música, sino historia viva, raíz profunda y corazón del pueblo.

Voces femeninas del folclor: el relámpago que abrió el cielo del vallenato

«Lucha por las cosas que te importan, pero hazlo de una manera que lleve a otros a unirse a ti»: Ruth Bader Ginsburg (abogada y jurista estadounidense)

Hay nacimientos tan silenciosos que parecen un susurro, y, sin embargo, cambian la historia. Hay cantos que no esperan aplauso, pero abren caminos. Y hay mujeres que, aun sin escenario, ya traen dentro de sí un pedazo de eternidad. Así comenzó esta historia: como un relámpago tibio, como una grieta luminosa en el cielo sonoro del vallenato, un género que durante décadas se narró con voces masculinas, dejando a la mujer al borde del relato: musa, susurro, rumor, sombra. Pero ninguna sombra es suficiente para apagar a quien nació destinada a cantar.

El vallenato, esa música que es memoria, viento y herida, tenía una deuda profunda. Las mujeres componían en silencio, tocaban en patios sin testigos, cantaban en amaneceres que nadie grabó. Sin embargo, la vida tiene un modo misterioso de honrar a quien insiste, y esa insistencia tomó forma el día en que la compositora arubeña Glenda Zavala Maduro decidió que ya era hora de romper el cerco, que las mujeres tenían canto de historia y un derecho legítimo a ocupar el lugar que siempre les perteneció.

Glenda, presidenta del proyecto, comprendió que ningún folclor puede llamarse completo si margina la mitad de su alma, y por ello fundó un hogar musical para las mujeres: un espacio donde cantar no fuera un permiso, sino una declaración de existencia. A su lado, y haciendo latir esta visión con una fuerza inquebrantable, apareció la licenciada venezolana y mujer de micrófono Belinda Olano, vicepresidenta del proyecto y directora de Estampas Vallenatas, una voz firme y amorosa que convirtió la difusión del folclor en un acto de militancia cultural. Desde su emisora, desde su página, desde su pasión por Colombia, la música y la identidad, Belinda se volvió puente, altavoz y raíz. Una guardiana del proyecto, una luz que lo mantiene vivo, vibrante y creciente.

Pero este sueño no germinó solo en voces femeninas. Hubo también un grupo de hombres, compositores sensibles, respetuosos y convencidos que ofrecieron sus obras como un acto de fe en la igualdad y en la belleza compartida. Hombres que entendieron que apoyar a la mujer no quiebra la tradición: la fortalece. Entre ellos brillan Manlio Enrique Añez, Álvaro Pérez Vergara, Julio Díaz Torrejano, José Abuabara, Darío López Ecker, Eustorgio García, Charly Rodríguez, Raúl “El Peke” Torres, Miguel Márquez Paternina, Leonardo Díaz, Alex Medellín, Alberto Sánchez Plaza, Nicolás “Colacho” Araújo, José Mercado Porras, Eduardo Méndez, Héctor Romero Bayuelo, Guadis Carrasco, Víctor Teherán, Leonel Barreto y otros que apostaron por un sueño que no pertenece a un género, sino al folclor entero.

Junto a ellos, los acordeonistas guardianes del tiempo y del alma vallenata dieron vida al pulso esencial de cada canción con una entrega impecable y mucho profesionalismo. En las grabaciones del proyecto han dejado su huella. Marcos Jiménez, Jader Aldana, Dairo Meriño y Yovany Ortega, sumándose al trabajo de producción en Estudios Helber Pinedo en Montería, Córdoba, MG Studios–Guadis Carrasco Productions en Sincelejo, Sucre. Y LP producciones de Raúl «El Peke» Torres, Valledupar, Cesar. Cada uno sopló en el fuelle con respeto y devoción, honrando el instrumento que une al vallenato con la historia.

Y aunque este proyecto tiene muchas raíces, su verdadero corazón lo tejen las voces femeninas que ya no cantan desde el patio sino desde la historia. Son ellas: Karito Domínguez, Michelle Comas, Ángela Orozco, Érika Berrío, Miriam Negrete, Monita Castro, Estrella Cantillo, Malbi Blanco, Marta Solano, Mirley Rodríguez, Jacque Romero, Linnett Acebey, Gisseth Molinares, Adaléxis García, Aury de la Cruz, Patricia Merlano, Bau Gutiérrez, Yissell “La Voz Rosa”, Naima Luz Cotes y Nataliana Vargas. Cada una aporta un matiz, una raíz distinta, una emoción nueva al árbol madre del folclor.

Cuando una mujer canta vallenato con seriedad y respeto por el arte, algo en el universo se acomoda. Se endereza una verdad antigua, se alivia una memoria cansada, se rescata una raíz que parecía dormida. Su voz no solo interpreta: funda. Su acordeón no solo suena: convoca. Y sus composiciones no solo cuentan una historia: la reescribe desde adentro. Voces Femeninas del Folclor no es, entonces, un proyecto musical. Es un gesto de justicia. Es una reparación espiritual. Es un acto de memoria y también de futuro. Lo que empezó como una chispa para darle figuración a la mujer en el canto y la composición vallenata, hoy es una realidad innegable: una fundación internacional con cuatro trabajos discográficos, nacidos del sacrificio, la terquedad luminosa y el amor profundo por el folclor.

Este movimiento no se detiene porque no pertenece a una persona, sino a un legado; porque no depende del favor de nadie, sino del derecho de todas; porque mientras exista una mujer con un verso atorado en el pecho, el vallenato tendrá un camino por abrir. Y de esta manera, Voces Femeninas del Folclor se alza hoy como un faro, un relámpago que sigue abriendo el cielo, una constelación que crece con cada acorde, con cada garganta, con cada mujer que decide cantar su verdad. El vallenato ya no puede contarse sin ellas, ni debe, ni quiere. Porque el futuro del folclor, ese que late entre el río, el viento y la tierra caliente del Caribe colombiano también tiene voz de mujer. Una voz que ya no pide espacio: lo ocupa. Una voz que ya no espera permiso: funda destino. Una voz que no solo canta: transforma. Y en ese canto, finalmente, el vallenato recupera su alma completa. Porque el día en que la mujer abrió el cielo del vallenato, el folclor entendió que su destino también podía iluminarse. Que la tradición no se quiebra cuando la mujer entra: se perfecciona. Que la música no pierde pureza cuando una voz femenina la nombra: por el contrario, gana verdad.

Y mientras exista una mujer dispuesta a cantar su propio universo, el vallenato seguirá ascendiendo como un astro nuevo, eterno y rebelde.

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Iván Celín Viloria, un guardián del canto vallenato tradicional

Desde la tierra de grandes juglares, La Paz, Cesar, emerge la voz íntima y sensible de Iván Celín Viloria, un compositor que ha hecho del sentimiento su brújula creativa. Su historia en el folclor vallenato comenzó en 2015, cuando el amor por Sandra Daza Martínez encendió en él la necesidad de escribir versos que trascendieran la palabra hablada. Así nacieron sus primeras canciones, marcando el inicio de un camino musical guiado por la emoción y la poesía.

Ivan Celín reconoce en los grandes maestros del vallenato romántico y lírico sus principales influencias, especialmente aquellos cuyo legado se conoce como la Tradición Musical de Patillal. De ese linaje heredó la importancia de la melodía bien trazada, la rima precisa y la narración profunda, elementos que hoy distinguen cada una de sus obras.

Aunque asegura que escoger una sola canción es casi imposible, destaca el paseo “Lo Que Vale Un Sentimiento”, interpretado por Luis Fernando Mercado Daza y producido por Harold Santana, como una de las piezas que mejor reflejan su esencia. Su obra ha sido interpretada por artistas como Luis Ochoa Maestre, Jimmy Murgas Guerra, Canario Pacheco, Freddy Peralta Maestre, Mayo Castro y, más recientemente, Gilberto Mejía Suárez.

El estilo de Iván Celín se mueve entre el amor, el desamor y las vivencias cotidianas, siempre con profundo respeto por la mujer, la amistad y el entorno. Para él, cada canción es una historia que nace primero desde la melodía —su faro creativo— y luego toma forma en versos que evocan su tierra aun cuando esté lejos de ella. “Con solo cerrar los ojos, puedo sentir su magia y así llega la inspiración”, afirma.

Actualmente, el compositor trabaja en su undécimo álbum, que llevará por nombre “Un Canto a la Vida”. Esta producción se abre con un paseo alegre y festivo, pensado para convertirse en un canto de cumpleaños universal, dedicado a celebrar la existencia con vallenato del alma.

Su mayor sueño es que sus versos sigan llegando a la gente de la provincia y a nuevos públicos más allá de sus fronteras, transmitiendo el sentir que los inspira. Y su mensaje para quienes escuchan su obra es claro y profundo: que disfruten, atesoren y compartan las emociones que sus canciones despierten. “La mayor satisfacción de un compositor es ver la reacción emocional del público”, expresa con gratitud.

Fiel defensor del vallenato tradicional, Iván Celín Viloria continúa escribiendo con el corazón en la mano y el folclor en la memoria, entregando a cada oyente un pedazo de su alma hecha melodía.

Les compartimos el canal de Youtube donde pueden encontrar sus obras musicales:

Voces Femeninas del Folclor (Biografía)

Voces femeninas del folclor nace un 12 de noviembre del 2022 con el firme propósito de darle la oportunidad a mujeres cantantes y compositores de Colombia e internacionales para dar a conocer su talento y expandir la cultura a nivel mundial.

Es por este motivo que la compositora arubeña Glenda Zavala le nace la idea de apoyar a muchas mujeres que no poseen los recursos para grabar una canción, uniendo fuerzas con los compositores y de esta manera hacer posible este gran sueño.

El primer lanzamiento de Voces Femeninas del Folclor se realizó con un total de 12 canciones como invitadas en la interpretación  de 5 cantantes de Colombia y Venezuela: Michelle Comas, Karito Domínguez, Miriam Negrete, Ángela Orozco y Erika Berrío. Se contó con la participación de doce compositores qué aportaron sus canciones con una variedad de estilos. entre ellos: Manlio Enrique Añez, Álvaro Pérez Vergara, Humberto Vargas Bravo, Darío López Ecker, José Abuabara, Edwin Benítez Julio Díaz Torrejano, Eder Jiménez, Guadis Carrasco, José Mercado Porras, Glenda Zavala Maduro e Indira Fernández. Está producción fue realizada en los estudios del maestro Guadis Carrasco en Sincelejo, Sucre. 

En la segunda Producción Musical con un total de 13 canciones en diferentes estilos musicales, de la cual hicieron parte 11 compositores: Alex Medellín, Carmelo Pérez, Charly Rodríguez, Eustorgio García, Helber Pinedo, Glenda Zavala, Humberto Vargas, José Mercado Porras, José Olaya, Juancho Roldán y Manlio Añez. Complementándose con el talento de las cantantes Monita Castro, Estrella Cantillo, Malbi Blanco, Marta Solano, Michelle Comas, Mirley Rodríguez y Jacque Romero. La Producción fue realizada en los estudios del maestro Helber Pinedo en la Ciudad de Montería- Córdoba.

En la tercera producción musical participaron un total de 14 canciones, cada una representada por su respectivo compositor. Entre ellos destacan: Julio Díaz Torrejano, Carlos Simanca Torres, Eustorgio García, Glenda Zavala (directora del proyecto), Charly Rodríguez, Héctor Romero Bayuelo, Raúl “El Peke” Torres, Nicolás “Colacho” Araújo, Manlio Áñez Durán, Ray Palacios, Alberto Sánchez Plaza, Eduard Méndez, Alex Medellín y Juan Carlos Roldán.

Esta producción contó además con la participación de cinco cantantes, entre ellas la artista boliviana Linnett Acebey, así como Giseth Molinares, Malbi Blanco, Adaléxis García y Aury de la Cruz, quienes aportaron su talento para dar vida a este importante proyecto musical.

En la cuarta producción de Voces Femeninas del Folclor, cuyo lanzamiento oficial tuvo lugar el 18 de septiembre, se presentaron 13 canciones, respaldadas por el talento de 13 compositores. Entre ellos destacan: Víctor Teherán, Leonel Barreto, Héctor Romero Bayuelo, Darío López Ecker, la cantautora Naima Luz Cotes, Charly Rodríguez, Miguel Márquez Paternina, Leonardo Díaz, Juan Carlos Roldán, la homenajeada de este volumen, la compositora Yolanda Ariño, así como Julio Díaz-Torrejano, Raúl El PekeTorres, Glenda Zavala (Directora) y Linnett Acebey, también en calidad de cantautora.

Para esta producción musical participaron siete destacadas voces femeninas, quienes dieron vida y sentimiento a cada obra seleccionada. Ellas fueron: Malbi Blanco Romero, Patricia Merlano, Bau Gutiérrez, Yisell La Voz Rosa, Naima Luz Cotes (cantautora), Nataliana Vargas y Linnett Acebey (cantautora). En conjunto, estas artistas aportaron su estilo y sensibilidad para engrandecer este proyecto musical del año 2025.

El gran compromiso de este proyecto musical es seguir apoyando todo el talento que poseen muchas mujeres y compositores que no han tenido la oportunidad de surgir y darse a conocer, abriendo de esta manera una nueva puerta y reconociendo su talento en el mundo de la música.

Voces Femeninas del Folclore Internacional Vol. 4: Un lanzamiento lleno de poesía, sentimiento y tradición

El pasado 27 de noviembre se llevó a cabo el lanzamiento del Volumen 4 de Voces Femeninas del Folclor Internacional, con un gran concierto realizado en la Universidad Fábrica de Cultura de Barranquilla. Durante la presentación, el público pudo disfrutar de trece canciones pertenecientes a esta nueva producción musical, interpretadas por talentosas voces femeninas y respaldadas por la inspiración de destacados compositores.

El concierto también incluyó un homenaje a la compositora Yolanda Ariño, en el que se presentó una obra del Volumen 3, interpretada magistralmente por Aury de la Cruz como invitada especial, en dos canciones de Yolanda Ariño y el compositor Charly Rodríguez respectivamente.

En el intermedio del concierto se hizo una pausa para la entrega de reconocimientos a las cantantes, tambien a los compositores un detalle especial y a la maestra Yolanda Ariño otorgados por la Fundación Voces Femeninas del Folclor Internacional bajo la presidencia de la compositora Arubeña Glenda Zavala y en la Vicepresidencia de la periodista Belinda Olano.

El ambiente fue ameno y emotivo. Cada interpretación estuvo cargada de talento, armonía y ese sentimiento poético que caracteriza al folclor. El cierre fue “con broche de oro” con la obra “El Rescate del Folclor”, en ritmo de puya, interpretada por Malbi Blanco Romero, canción del compositor Víctor Teherán que llenó de energía al público.

La presentación oficial del concierto estuvo a cargo de la agrupación de Iván Ovalle, con Marco Jiménez en el acordeón y el maestro Tito Castilla en la caja, aportando ese toque auténtico de la música vallenata.

Fue, en definitiva, una tarde maravillosa en Barranquilla, llena de cultura, tradición y folclor. Voces Femeninas del Folclor reafirma su compromiso de seguir adelante con nuevas producciones y canciones interpretadas por mujeres que enaltecen y mantienen viva la esencia de la música vallenata.

Lcda. Belinda Olano Barrera
Nota de prensa

Una Tertulia e Integración que se hizo canto, espíritu y memoria bajo el cielo de Corozal

«El arte, cuando es bueno, es siempre entretenimiento»:
Bertolt Brecht (músico y dramaturgo alemán).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay encuentros que no suceden por azar, sino por el llamado invisible de la alegría. Son melodías secretas que la vida compone para recordarnos que la existencia, como un buen paseo vallenato, se disfruta mejor entre risas, versos y corazones dispuestos a cantar.
La amistad verdadera, esa que no se impone sino que florece, es una parranda sin hora de cierre: un espacio donde el alma se desnuda con confianza y la vida se vuelve música al compás del acordeón, la caja, la guacharaca, la trompeta, el clarinete y el redoblante.

Más que amigos, somos una manada que camina unida al ritmo del folclor que nos habita. Compartir esta tertulia fue como escuchar una canción que uno quisiera que nunca terminara.
Porque entre amigos la música es puente, es raíz, es destino. Y el vallenato, el porro y los aires del Caribe colombiano laten como un corazón colectivo que nos convoca y nos sostiene.

El jueves 20 de noviembre de 2025, Corozal parecía tener un brillo distinto, como si el pueblo supiera que algo memorable iba a ocurrir. Para mí fue un honor compartir con algunos integrantes del grupo de WhatsApp Tertulia Vallenata en una velada que trascendió lo cotidiano para convertirse en un ritual de hermandad sabanera.

La ocasión era especial: el cumpleaños del abogado, compositor y cantante Nicanor “Nica” Assia Vergara, un hombre que lleva en su voz la memoria viva del vallenato y del folclor sabanero. Un anfitrión generoso, dueño de un espacio donde la alegría entra sin pedir permiso. Su hospitalidad, bordada con sencillez y nobleza, convirtió su casa en un templo abierto al canto, a la palabra y al sentimiento. Cada gesto suyo fue una nota más en la partitura de afectos que solo los hombres de alma grande pueden interpretar.

Lo que empezó como un encuentro de amigos se transformó en un conversatorio fecundo donde la reflexión se entrelazó con la emoción. Se habló de raíces, de identidad, de la urgencia de honrar lo nuestro sin perder el eco del monte ni el polvo de la trocha. Fue un diálogo íntimo, casi filosófico, donde cada palabra encendía un candil en el pecho. Una tarde convertida en un festival del alma: sin tarimas, sin jurados, sin premios, en el que todos fuimos ganadores. Solo música, solo verdad.

Y cuando la palabra descansó para dejar pasar al sonido, ocurrió la revelación:
el maestro Samuel “Sammy” Ariza tomó el acordeón como quien toma entre los brazos a un ser amado. A su lado, su compañera Mónica Mendoza, presencia suave y luminosa, parecía custodiar cada nota. Con el fuelle al pecho, cada digitación dejaba ver el brillo de su anillo de matrimonio, chispa sagrada que recordaba su pacto de vida, de arte y de historia musical. Lo que interpretó no fue solo música: fue un rezo, una plegaria, una liturgia de excelencia. Una demostración exquisita de un músico que tiene su instrumento como una extensión de su cuerpo.

Entonces, como si el destino hubiese querido sellar el momento con grandeza, llegó el maestro Leonardo Gamarra Romero, leyenda del porro sabanero. A sus ochenta y cinco años sigue demostrando que los artistas verdaderos desafían calendarios. Nos regaló porros clásicos, cómo «Imágenes», «El Barroso Pineano», «Con la garrocha en la mano», recordándonos que la música de la sabana no envejece: se renueva en cada oído sensible que la escucha.

La noche siguió creciendo cuando irrumpió la Banda 8 de Septiembre de Sincé: clarinetes brillando como luciérnagas, trompetas levantando la brisa nocturna, el bombo estremeciendo la tierra, el redoblante marcando la columna vertebral del ritmo. Cada instrumento era un latido; cada melodía, un acto de afirmación cultural.

La escena se enriqueció con presencias de linaje musical:
Lisandrito Meza, hijo del prodigioso “Chane” Meza y nieto del legendario Lisandro Meza Márquez; y Deyson Jayk, quien honra y continúa el legado de su padre, José Jayk. Cada uno, portador de una herencia que no se hereda dormida, sino despierta, viva, urgente.

Cuando el alba comenzó a insinuarse, iniciamos el camino hacia la finca La Manuela, bautizada en honor a la hija del doctor Nica, quien junto a Nicanor Jr. son sus dos retoños. Allí, la sabana abrió su corazón como un libro sagrado. Los potreros verdes parecían oleajes detenidos, alfombras que cobran vida.
Las reses gordas y los caballos brillantes se movían con la calma de quienes saben que pertenecen a un paisaje eterno. La represa reflejaba el cielo como un espejo de Dios. El canto de grillos y ranas repetía su sinfonía mágica. Las aves de corral y los perros parecían unirse a nuestro encuentro por la tranquilidad con la que nos miraban. Y el viento traía olor a pasto fresco, a tierra bendecida, a vida plena.

Las pasturas en La Manuela no son paisajes: son presencia.Nos miran, nos reconocen, nos abrazan.

Y como todo rito Caribe necesita su pan y su fuego, llegó a la mesa lo que en nuestra región es identidad pura:

Chicharrones crujientes, dorados, casi poéticos; yuca tierna que se deshacía entre los dedos; queso costeño fresco; suero sabanero espeso y vivificante; sancocho trifásico, ese triángulo de sabores, equilibrio perfecto, entre el plátano, el ñame y la yuca, que se unen en una danza de texturas y aromas con las carnes de res, cerdo y gallina, que nos conecta con la tierra, la cultura y nuestra historia gastronómica; bocachico con sabor a ciénaga; ajonjolí, aroma de hogar antiguo; y un jugo de guayaba agria que sabía a infancia, a patio de tierra, a cielo abierto.

Cada bocado era un acto de memoria; cada sabor, un reconocimiento de quienes somos.

En ese ambiente de celebración y raíz, el licor llegó como un cómplice discreto del espíritu.
El Buchanan’s Master, con su aroma ahumado, traía consigo nieblas de Escocia y un susurro de gaitas antiguas; en cambio, la Club Colombia Dorada, fresca y alegre, nos regresaba de inmediato al calor vibrante de nuestra sabana.
Entre ambos se dio un diálogo de sabores, un puente invisible que nos hizo sentir vivos, conectados, bendecidos por la noche.

La parranda, con su música, sus voces, su licor y su hermandad, fue más que un festejo: fue un baile de almas.
Un espacio donde el tiempo se aflojó, donde las preocupaciones se desvanecieron, donde la alegría se volvió un idioma común.

El día avanzaba cuando ocurrió el momento que le dio sentido pleno a la tertulia: el doctor Nica, el hombre celebrado, tomó la palabra y su voz se volvió canto.
Su timbre, añejo y fresco a la vez, como los vinos que envejecen hacia adentro; es decir, volviéndose más exquisitos con sabores y aromas redondos e integradados. Se unió al acordeón de Sammy. Y juntos levantaron un movimiento ancestral que todavía vibra en la memoria. Fue un canto que parecía provenir de la tierra misma.

Y entonces, sin planearlo, sin anunciarlo, ocurrió el milagro sencillo que solo se da en el Caribe: todos nos volvimos cantantes.
Abrazados, hombro con hombro, cantamos como si el canto fuera nuestro idioma natural.
No hubo desafinados ni virtuosos: hubo almas.
Por un instante irrepetible fuimos la misma voz.

Así terminó la tarde en La Manuela: con el sol inclinándose como un músico cansado,
con la música flotando sobre nuestras cabezas, y con el corazón lleno de esa verdad que solo se revela en los territorios donde el tiempo camina al ritmo de los instrumentos y la vida se celebra como un milagro cotidiano.

Al lado de todos, irradiando calidez, estuvo siempre presente Adriana, esposa del doctor Nicanor, multiplicadora de sonrisas y elegancia silenciosa. También su madre Sonia y sus hermanas Beatriz, Katty y Sonia, presencias de dulzura profunda, paz y bondad.
Ellas sostuvieron la alegría del día con la fuerza suave que solo las mujeres de la sabana poseen.

Nica, Leo, Sammy, Eder y Nola: gracias por su amistad.
Gracias por recordarnos que en el Caribe colombiano, y esto lo sabe hasta la brisa, cada acorde es un pedazo de eternidad.

Y así, mientras la noche avanzaba con paso lento y la brisa de Corozal seguía murmurando antiguos secretos de la sabana, comprendimos que aquella parranda no era un festejo aislado sino un círculo sagrado donde la vida, el canto y la amistad se reconocían mutuamente. Allí, en ese rincón de la tierra costeña, entre el aroma del suero fresco, el eco del acordeón, el brillo del licor compartido y la sencillez luminosa de la comida que nace del territorio, algo mayor que nosotros mismos respiró con nosotros.

Porque en el fondo lo que celebramos no fue solo un cumpleaños ni una tertulia: celebramos el misterio de estar vivos, el milagro de encontrarnos, la fortuna de seguir siendo compañía en un mundo que a veces olvida la ternura. Cada brindis fue una plegaria; cada canción, una fogata; cada abrazo, un recordatorio de que la alegría también es un acto de resistencia espiritual.

Y mientras las estrellas parecían acercarse, inclinándose sobre el kiosco como testigos antiguos, entendimos que el Caribe no es solamente un lugar: es un modo de sentir, una forma de agradecer, una manera de mirar el mundo con la certeza de que todo vuelve, el canto, la brisa, los amigos, la memoria, porque todo lo que nace del corazón tiene vocación de eternidad.

Así cerramos el día y la noche, más el día que la siguió: con el alma encendida, con los espíritus en paz y con la conciencia íntima de que la hermandad que tejimos allí seguirá acompañándonos como una música que nunca se apaga, como un canto a la cultura y a la tierra que nos vio nacer, como un río que jamás olvida su camino hacia el mar.
Porque en el Caribe colombiano, el café se toma con historias, el viento susurra melodías y cada acorde es inmortal.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado.