Rosalbina, amor a primera vista con Luis Enrique Martínez, ‘El Pollo Vallenato’

Crónica.

-La esposa del Rey Vallenato considerado ‘El papá de los acordeoneros’, se llevó una cantidad de historias del hombre que le dedicó canciones y le regaló mucho amor-

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

La vida de Rosalbina Serrano de Oro, quien nació el 8 de enero de 1926 en Nervití, Bolívar, y su vida se apagó a  los 94 años, el primero de julio de 2020 en Santa Marta, después de estar viviendo los últimos años al lado de uno de sus nietos, y evocando aquellos episodios donde aparecía como protagonista de la música vallenata.

Todo comenzó en el año 1947 cuando en una fiesta en El Copey, Cesar, ella se dio las manos con el acordeonero Luis Enrique Martínez Argote, y fue amor a primavera vista. Al poco tiempo armaron viaje y se fueron de luna de miel.

Todo no fue color de rosas porque ella era menor de edad y él fue aprehendido y llevado a la cárcel del pueblo. Como el amor florecía y las alegrías del corazón estaban cerca, de común acuerdo decidieron casarse por la iglesia. El acto religioso sin mucha bulla se llevó a cabo en el cercano corregimiento de Caracolí, Cesar.

Desde ese tiempo comenzaron esos días gloriosos de la vida donde los encantos del amor eran azúcar para esas almas enamoradas, y en muchas ocasiones tuvieron algunos altibajos por las correrías de Luis Enrique Martínez, pero él siempre regresaba a la casa y encontraba a su mujer tranquila,  así a ella le hubieran contado algunas historias de escapes del sentimiento al fragor de los tragos y las notas del acordeón.

Con el paso de los años fueron llegando los hijos, dos en el hogar, Victoria y Moisés Martínez Serrano, y cinco producto de sus correrías Alberto, Alexis, Ingrid, María Luisa y Gloria.

El nieto querido

Rosalbina vivió los últimos 15 años de su vida al lado de su nieto Franklin Pérez Martínez, hijo de su hija mayor Victoria, en la Diagonal 30A No. 15-41 del barrio San Pedro Alejandrino de Santa Marta. En los últimos días, él la notaba tranquila, pero de un momento a otro el corazón no le resistió más y se le escapó la vida.

Franklin la recuerda paseándose por la casa y contando las historias de su abuelo que nunca la abandonó, así se demorara largo tiempo en las parrandas en distintos pueblos de la geografía costeña.

“Ella, contaba entre risas que mi abuelo salía a esas largas giras y demoraba mucho tiempo, tanto así que no estuvo presente el día del nacimiento de mi tío Moisés, llegando cuando ya estaba aprendiendo a caminar. Claro, siempre mandaba plata y provisiones para mantener la familia”.

También conto que su abuela se sentaba cerca a ese cuadro que está en la sala donde aparecen los dos. Eso le recordaba la celebración de sus bodas de plata en El Copey, hecho que sucedió el 8 de abril de 1972, quedando también como testimonio una canción del compositor Armando Darío Zabaleta Guevara, grababa por Jorge Oñate y los Hermanos López.

En las bodas de plata

de Luis Enrique y Rosalbina,

se hizo una fiesta muy linda

con música vallenata.

Este es un día sagrado

pa’ Luis Enrique, pa’ Rosalbina

tienen que recordarlo

mientras existan en la vida.

“Cuando mi abuela amanecía melancólica recordaba diversas facetas que vivió con mi abuelo, con quien estuvo casada por espacio de 48 años. Ya se puede imaginar lo mucho que decía y hasta de las muchas canciones que le dedicó”, manifiesta Franklin.

En el campo de las canciones se destacaron: ‘La carta’, ‘Mi negra querida’, ‘No sufras morenita’, ‘Los caprichos de Rosa’, ‘Noticias negras’ y ‘Mi negra querida’, entre otras. A ella, a quien Luis Enrique Martínez, ‘El Pollo Vallenato’ llamaba Rosita, le gustaban varias, pero se quedaba con la que le prometía nunca dejarla porque era un amor matrimonial de esos que duran toda la vida.

Así sucedió porque el hijo de Santander Martínez y Natividad Argote, nacido en El Hatico de Fonseca, La Guajira, murió a su lado el 25 de marzo de 1995 cuando contaba con 72 años.

En ese tiempo de trasegar por la vida alcanzó todos los honores, siendo el principal al coronarse como Rey Vallenato en el Sexto Festival de la Leyenda Vallenata, en el año 1973, y dejar una inmensa historia musical que se sigue manteniendo. Además, una serie de canciones clásicas  vallenatas que lo hicieron socio distinguido de Sayco.

Sin derecho al olvido

Rosalbina, la querida Rosita, en esos diálogos cortos y sinceros con su familia, solía decir que Luis Enrique, su amor eterno, le hacía mucha falta. Esa declaración la sostuvo durante 25 años hasta que Dios la llamó a su santo reino, no sin antes cumplirle la promesa dicha por él en uno de sus cantos de no guardarle luto, ni llorarlo, ni llevarle flores a la tumba y menos de echarlo al olvido.

Ella se fue tranquila, sin mucho ruido, pero con la convicción del deber cumplido ante sus hijos, sus nietos y su familia que supo del máximo valor al amor, a las buenas costumbres, a esta tabla de la vida donde Dios marca el destino y tiene la respuesta para todo. En el ambiente quedó plasmada la canción ‘La despedida’ donde se indica que el juramento es una palabra sagrada que lleva el símbolo de esperanza y fe.

Al final el nieto Franklin hace la declaración más elocuente en homenaje a su abuela Rosalbina. “Nos sigue haciendo falta porque era feliz con cada integrante de la familia conformada por mi esposa María Isabel de la Hoz, mis hijos Franklin Enrique, Farud y Luis Alejandro, quienes teníamos el deber de cuidarla, quererla y dichosos de verla hablar de esa larga vida que le regaló Dios”.

La historia de Luis Enrique y Rosalbina, estuvo matizada por cantos vallenatos, por lejanías cercanas al corazón y por  ese amor que nació a primera vista, teniendo el sello del encanto donde un acordeón ponía la nota más alta.

Luis Enrique Martínez desafió la muerte tocando acordeón y cantando en una ‘Pijama e’ palo’

-Una historia colmada de recuerdos de un canto donde se pinta la realidad del ser humano en su ciclo de vida, donde hay que nacer, crecer, reproducirse y morir-

A finales del año 1971 el juglar Luis Enrique Martínez Argote tuvo la osadía de sentarse, tocar su acordeón y cantar dentro de un féretro, algo nunca visto en la historia de la música vallenata.

Todo eso lo hizo por sugerencia de los creativos de la disquera Codiscos para ilustrar la caratula de su segunda producción musical grabada por Gabriel Álzate,  que llevó el título de ‘La pijama e’ palo’, canción de la autoría de Camilo Namén Rapalino.

El hecho sucedió en la ciudad de Medellín y la sesión fotográfica estuvo a cargo de León Ruiz Flórez, quien se tomó su tiempo para hacerlo desde distintos ángulos, para que la diseñadora Olga Walter pudiera lograr su objetivo.

Sobre esa inusitada sesión fotográfica, el corista Joaquín Pablo Cervantes Osorio, más conocido como ‘Jhonny’ Cervantes, contó una curiosa anécdota. “Ya habíamos grabado el disco donde estuve como corista invitado y faltaba la carátula, pero convencer a Luis Enrique para que se montara en ese cajón, tocara su acordeón y cantara, no fue nada fácil. Primero, porque tenía miedo de hacerlo argumentando que eso era como llamar la muerte y segundo, por ser obeso. Entre cuatro personas lograron montarlo y hasta salió asustado en la foto”.

El corista, quien nació el 30 de junio de 1934 en Salamina, Magdalena, no recordó a todas las personas que aparecen en esa carátula, a excepción de Luis Enrique Martínez, Julián Martínez, sobrino del juglar y el guacharaquero Adalberto Mejía, pero sí recordó que todos hacían parte de la agrupación. “Eso hace más de 50 años y a mi edad no es fácil, pero lo que conté es la pura verdad”, expresó.

Para cerrar su comentario, ‘Jhonny’ Cervantes añadió. “Luis Enrique era un genio tocando el acordeón. Nada más era silbarle y cogía la nota al vuelo. Nunca he visto alguno igual, porque jugaba sacándole notas al acordeón. No más es escuchar a muchos acordeoneros en el Festival Vallenato o de otros eventos similares, y verá que priman las notas de Luis Enrique. Eso es excelente”.

La sorpresa de Camilo

El compositor Camilo Namén Rapalino ha tocado muchas veces en sus canciones el tema de la muerte, caso de la obra dedicada a su padre, Felipe Namén Fraija, titulada ‘Mi gran amigo’. “Tan bueno y tan noble como era mi padre, y la muerte infame me lo arrebató”. También en la canción ‘Encuentro con el diablo’, dijo. “Me dicen que el tres de noviembre la radio una noticia dió, y así lo gritaba la gente, un parrandero bueno se murió”.

En esa ocasión direccionó su canción reflexionando directamente con la única realidad de la vida, la muerte, donde una pijama e’ palo es lo único que se lleva a la hora de cerrar los ojos definitivamente.

Ante tantos recuerdos al lado del juglar Luis Enrique Martínez, a quien denominó como el mejor de todos los tiempos del vallenato, porque supo esculcar a fondo el acordeón dejando una gran escuela, manifestó. “La canción ‘La pijama e’ palo’ se la canté en Fundación, Magdalena, exactamente en el hotel Buenos Aires. En esa parranda de una vez me dijo que me la iba a grabar, y así sucedió. Lo que me sorprendió fue verlo en la carátula del disco dentro de esa pijama e’ palo. Pobre hombre que le hicieron esa gracia estando vivo”. Ese disco salió exactamente el viernes 12 de noviembre de 1971.

Continuó con su relato: “Tiempo después nos encontramos, y esa fotografía fue motivo de celebración y comentarios jocosos debido a la manera como él salió en la carátula del disco. La canción llamó la atención a pesar del tema que trata, la muerte, que a nadie le gusta”.

Enseguida, habló en detalle sobre el motivo de la canción: “La hice viendo la manera de ser de algunas personas que humillan, maltratan y son prepotentes. En fin, esa pelea constante del hombre contra el hombre, sabiendo que nuestro destino es una tumba, teniendo que dejar riquezas, familia  y demás. La lección de la canción es que en la vida debemos ser buenos, nobles y honestos. En ese sentido, cité al ganadero y parrandero Nepomuceno ‘Nepo’ Sierra, quien cumplía esos requisitos por su calidad humana”.

La gran parranda

Entre las parrandas memorables de Camilo Namén con Luis Enrique Martínez, está la que se llevó a cabo en Valledupar. “Hace muchos años invité a una parranda en mi casa a Luis Enrique Martínez, Alejo Durán y al compositor José Benito Barros. Allá llegó un rato Consuelo Araujonoguera. Lo que llamó más la atención fue cuando Luis Enrique tocó el acordeón para que José Barros cantara su bella canción ‘La piragua’, la misma de Guillermo Cubillos. Esa fue mucha emoción de ‘La Cacica’, la mamá del Vallenato”.

Entonces fue cuando a Camilo Namén, ese gigante de la composición vallenata, se le notó su lado más humano porque después de recordar ese episodio su rostro se llenó de lágrimas.

El tiempo ha pasado y la canción nunca ha perdido vigencia, porque trata la gran realidad de la vida, esa de la cual nadie se escapa. Así se inspiró el compositor, diciendo. “En la vida tenemos un cajón, una tumba fría y no sabemos dónde, pero hay una mujer escondida que está viendo todo y se llama la muerte”…

Aquella vez Luis Enrique Martínez desafió la muerte, pero ella llegó cuando menos la esperaba con sus manos silenciosas y sin preguntar nada. Él se despidió de la vida en Santa Marta la tarde del sábado 25 de marzo de1995.

Teniendo de frente esa escena de tristeza Consuelo Araujonoguera con conocimiento de causa, expresó. “Luis Enrique Martínez, mantendrá su título de “Papá de los acordeoneros”, y seguirá caminando hacía la historia grande del folclor más bello del mundo, llevado en hombros del mismo pueblo alegre que lo acompañó toda su vida”.

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Biografía Alex Medellín Mendoza (Compositor)

Alex David Medellín Mendoza, nace en Cereté-Córdoba un 23 de Febrero del año 1965 en el hogar conformado por José Miguel Medellín Urango y Niní del Carmen Mendoza García.

A nivel profesional se desempeña como docente, licenciado en Ciencias de la Educación, en la especialidad: Química y Biología, area mayor química. Egresado de la Universidad de Córdoba, agosto 2 del 91.

En su faceta como compositor se destaca por la facilidad de componer en diversos géneros musicales entre ellos:Paseo, Chandé, puya, porro, fandango, cumbia, Mapalé, Rumba,salsa, ranchera, corrido, fox, marcha militar(Himnos).

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Los dos Martín Elías, marcados por la ruta del destino

-Hace seis años murió el cantante Martín Elías Díaz, ‘El gran Martín Elías’, dejando una historia para contar y recordar a través de esas canciones a las que le puso su sello musical-

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

El destino les marcó la ruta a dos personas a quienes les pusieron el mismo nombre: Martín Elías, los cuales se despidieron de la vida a la misma edad, 26 años, y en un accidente vehicular. Martín Elías Maestre Hinojosa y Martín Elías Díaz Acosta, no escaparon de la muerte prematura.

La muerte de Martín Elías Maestre, tío de Diomedes, y quien lo encaminó por el mundo musical sucedió en Valledupar el miércoles primero de agosto de 1979, cuando venía en un carro procedente de su tierra natal La Junta, La Guajira.

Esa noche había estado parrandeando, pero en una escapada llegó hasta su casa a darle vueltas a su compañera Adriana Josefa Sarmiento y a sus tres hijos, a quienes les prometió regresar pronto con regalos, pero la muerte se le adelantó cuando contaba con 26 años.

El caso de Martín Elías Díaz Acosta, sucedió igual. Después de atender un compromiso musical en Coveñas, Sucre. Luego cuando iba en su camioneta camino a Santa Marta, tuvo un accidente que horas después le causó la muerte el viernes 14 de abril de 2017. Precisamente a la edad de 26 años.

Los dos Martín Elías estaban llenos de ilusiones, el primero tocando acordeón y componiendo canciones, y el segundo cantando y teniendo una exitosa carrera musical al lado del acordeonero Rolando Ochoa.

Para los dos, Diomedes Díaz Maestre era el hombre que los marcaba, y a quien querían sobre todas las cosas. Ellos, nunca se cansaron de exaltar su talento para cantar, componer y versear.

Martín Elías Maestre Hinojosa fue un maestro para su sobrino ‘El Cacique de La Junta’, a quien guió por el camino del folclor. En el otro capítulo, Martín Elías Díaz Acosta idolatraba a su papá y seguía sus pasos al pie de la letra. Era su prolongación musical.

En este caso se recuerda que antes de bajarse de la tarima en su última presentación le dedicó a su viejo querido un verso premonitorio:

A mi me duele papá

porque se fue de mi lado,

no me voy a preocupá

porque allá nos encontramos.

A los dos Martín Elías los marcó su amor por el vallenato, por su familia, por las cosas sencillas, pero de gran valor, cumpliendo el mismo ciclo de vida, 26 años, que es el número de la fecha de nacimiento de Diomedes Díaz, 26 de mayo de 1957.

El gran Martín Elías

Para Diomedes Díaz, el último de los hijos que tuvo con Patricia Acosta, a quien le había puesto el nombre de Martín Elías en homenaje especial a su tío querido, era inigualable. Incluso, cuando en 1990 grabó la canción ‘Llegó el verano’ de la autoría de Gustavo Gutiérrez Cabello, en una de sus animaciones lo nombró como ‘El gran Martín Elías’.

También en versos de la canción ‘Mi primera cana’ que compone el trabajo musical ‘Titulo de amor’ (1993) lo oficializó, y así se quedó para siempre.

Por ejemplo me diste una mujer

que ha sido como la madre mía,

de Luis Ángel, de Santo Rafael

de Diomedes y el gran Martín Elías.

Juntos, en el último álbum discográfico, ‘La vida del artista’, grabaron la canción ‘Ni amigos, ni novios’, De igual manera interpretaron ‘Ya viene amaneciendo’, en homenaje al folclor mexicano.

En el registro de la historia del Festival de la Leyenda Vallenata se anota el año 2004, cuando El gran Martín Elías Díaz se presentó cantándole al acordeonero Fernando Rangel Molina, alcanzando la corona de la categoría juvenil.

Fernando Rangel al recordar ese suceso festivalero expresó. “En el 2003  había ocupado el segundo puesto en acordeón juvenil, y quería tener un cantante bueno. Mi amigo, Fernando Fontalvo me lo recomendó y comenzamos a practicar desde noviembre y gracias a Dios alcanzamos el triunfo”.

En la competencia presentaron el paseo ‘Norfidia’ (Calixto Ochoa Campo), el merengue ‘La fama’ (Luis Enrique Martínez Argote), el son ‘Yo tuve un amor’ (Freddy Peralta Maestre) y la puya ‘Aquí estoy yo’ (José Dolores Bornacelli Polo).

“Ese día de la victoria Martín Elías estaba feliz, por muchas cosas, pero más porque quedó para la historia como ganador del primer Festival de la Leyenda Vallenata que se realizaba en el Parque de la Leyenda Vallenata Consuelo Araujonoguera”, narró Fernando Rangel.

El acordeonero que también alcanzó la corona profesional en el año 2012, contó que “fuimos grandes amigos y le agradecí siempre haberme acompañado para alcanzar la corona de Rey Juvenil. Me sigue doliendo su partida porque fue un grande y en corto tiempo se ganó un lugar destacado dentro del folclor vallenato”.

Orgulloso de llevar el nombre

Cuando a Martín Elías Díaz, se le indagaba por el origen de su nombre expresaba su satisfacción. “Por este tío es que llevo mi nombre, y es la vena artística de la familia. Él fue quien le inculcó a mi papá esto de la música, y de cantar. Faltó poco para que mi papá grabara con él. Mi papá nunca se olvidó de eso, es más quedó marcado para toda la vida”.

Recuerdo que un viernes santo

me regañó mi mamá,

porque yo me puse a cantar

uno de sus bonitos cantos.

…Y el gran Martín Elías partió de la vida, un viernes santo, el mismo día que una vez su abuela Elvira, regañó a su papá por estar cantando un vallenato de Poncho Zuleta.

El gran Martín Elías se fue dejando como en la canción del maestro Rafael Escalona, una honda herida, ríos de lágrimas y esos cantos que sus seguidores no se cansan de entonar. Al recordarlo, se siente un terremoto de dolor, unos latigazos de tristeza y se abre el corazón de par en par en medio de la más grande tristeza en el alma.

Enrique Díaz Tovar: “Un querido y auténtico juglar”

«Todo el mundo debería perseguir lo que es auténtico en uno mismo; esa es la manera de tener una larga vida en la música»: Björn Ulvaenus (músico y letrista sueco).

Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado

Un músico no es sólo aquel que toca un instrumento: es también aquel que a través de su instrumento toca el alma y el corazón de la gente; cuando a un músico le fluye la armonía, la melodía, es capaz de expresar sin palabras las razones que dicta su corazón. Con el arte musical lleva vida, emoción y alegría que transmite a quienes lo escuchan.

La autenticidad es sinónimo de originalidad y de expresar la propia personalidad sin complejos. Es por medio de esta cualidad que podemos mostrarnos como realmente somos. Uno de esos grandes valores de la música sabanera y vallenata que nunca renunció a esa autenticidad que lo caracterizó fue el gran Enrique Díaz Tovar. Quien nació en un humilde hogar de extracción campesina, conformado por Pablo Díaz y Martina Tovar; niño que con el correr del tiempo vendría a ser el artista de mayor popularidad en ese inmenso corredor de sabanas, montañas y ríos, que cruza desde el Atlántico hasta el Urabá antioqueño.

Este varón, nacido en Palo Alto Hicotea, corregimiento de María La Baja (Bolívar), un martes 3 de abril de 1945, fue conocido popularmente como «El Tigre de María La Baja» o «El Compae Quique». Un campesino natural y elemental como el agua; su vida transcurrió como la de cualquier joven criado en el campo, rodeado por los efluvios de la naturaleza, seducido por los sonidos, olores y hermosos paisajes que lo rodeaban, aprendiendo algunas labores agrícolas y pesqueras, actividad que hace parte de la vida cotidiana de esa pintoresca región y con muy poca formación académica.

Este músico empírico creó un estilo particular y costumbrista en la forma de ejecutar el acordeón con sus primitivas y magistrales notas lo cual complementaba con una voz recia, bien fuerte, con sabor a tierra y a negro rebelde.
Después de una difícil infancia por los limitados recursos de sus padres su estilo de vida dio un giro sorprendente: siendo un adolescente de 14 años, cuando junto a su madre optaron por radicarse en Nueva Estación, un corregimiento del municipio de Buena Vista (Córdoba), puesto que la situación económica de su entorno familiar dio un giro sustancial, lo cual le permitió un mejor modus vivendi. Y fue a partir de ese instante, cuando Díaz Tovar, se comenzó a interesar por los asuntos de la música realmente.

Inicialmente aprendió a tocar la violina, con la cual amenizaba pequeñas reuniones entre amigos y vecinos y fue a raíz de ese interés que algunos allegados tuvieron a bien comentarle a Doña Martina, su progenitora, acerca de las virtudes musicales de su hijo por lo cual ella decidió obsequiarle un acordeón sencillo de dos teclados, cuando Enrique ya contaba con 16 años de edad. Su encuentro con el instrumento arrugado fue amor a primera vista y desde el mismo instante en que lo tuvo en sus manos empezaron a brotar mágicas y embrujadoras melodías que lo enamoraron por siempre.

El “Compae Quique”, como algunos solían llamarlo, era un fiel seguidor de aquellos viejos juglares, que marcaron una época de oro con su valioso legado, tales como los maestros Alejandro Durán, Luis Enrique Martínez y Andrés Landero, exponentes de tres grandes escuelas o estilos, acordes a los lugares de donde eran oriundos o procedían: El Paso (Cesar), Fonseca (La Guajira) y San Jacinto (Bolívar) de los cuales aprendió, le sirvieron de guía, fueron su faro musical, pero también desarrollando un estilo propio en la ejecución del instrumento y el canto algo que caló profundamente en aquellas masas que veían en las crónicas y relatos que él vocalizaba, con su dejo muy acentuado, un reflejo de sus propias vivencias.

Es por ello que este músico sabanero con el correr de los días iba teniendo más adeptos, por su originalidad, ya que como el mismo constantemente lo decía: “nací musicalmente con mi estilo».
Fue en Planeta Rica (Córdoba) el lugar donde Enrique Díaz se vino a consolidar musicalmente y, al igual que el primer Rey Vallenato Alejandro Durán, se radicó hasta los últimos días de su existencia, allí se convirtió en uno de sus hijos adoptivos predilecto más ilustre.

En sus años de andariego y trovador ambulante, recorriendo los extensos caminos de la Costa Norte colombiana, se le veía a su fanaticada cada día más grande y fiel. Fueron muchos los logros musicales optenidos por Enrique , como el de Rey Sabanero del Acordeón en la ciudad de Sincelejo (Sucre) en el año 1986 e igualmente en las poblaciones antioqueñas de San Pedro de Urabá y Caucasia. En su prolífica carrera musical cuenta con más de cincuenta trabajos discográficos, cosechó numerosas simpatías por su forma de ser: auténtica, extrovertida y por donde llegaba la gente lo seguía, con fervor y pasión porque de sus cantos brotaban la esencia y el alma de ese pueblo que lo amaba y con el cual se identificaba.
Se destacó en la composición e interpretación de variados géneros musicales del Caribe colombiano como: ‘vallenato’, ‘cumbia’, ‘porro’ ‘guaracha’ ‘charanga’ y se caracterizó por ese agudo sentido que tuvo para expresar de manera jocosa, alegre, costumbrista, propia de los moradores de los pueblos de la Costa Atlántica.

Clásicos como: ‘La Caja Negra’, ‘El Rico Cují’, ‘Las Cuatro Velas’, ‘Si La Plata Se Acaba’, ‘Don Fulano’, ‘La Circular’, ‘El Merequetengue’, ‘La Pensión’, ‘Flor de La Habana’, ‘Charanga Díaz’, hacen parte de sus grandes éxitos, con los que deleitó a sus seguidores. Sin dejar de lado la famosa piqueria o contienda musical que sostuvo con su compadre de sacramento Rugero Suárez, otro destacado músico sabanero, donde quedaron éxitos para la posteridad.

Enrique Díaz, tal como lo hiciera el Maestro Alejo Durán no claudicó en su originalidad, lo cual le dio la ventaja de tener un público propio y leal, sin necesidad de acudir a las modas pasajeras o a las extravagancias de hoy en día para mantenerse vigente y vivir cómodamente en Planeta Rica (Córdoba) al lado de su esposa Elvira Peña, con la cual convivió hasta que la muerte los separó el jueves 18 de septiembre del 2014. Su voz y acordeón se callaron pero su música y legado quedarán por siempre en la mente de los amantes de esta expresión musical.

Cuando la música de acordeón (vallenata y sabanera) viene atravesando una crisis de valores porque cantantes acordeonistas y compositores se han venido alejando de las raíces, mirando sólo el dinero y desconociendo el folclor verdadero, hoy le rindo un homenaje sincero al “Tigre de María La Baja” porque nunca buscó acomodarse, como hoy en día lo hacen estos nuevos músicos que ignoran deliberadamente esa huella que marcaron, nuestros juglares para siempre.
Ante la memoria de “Quique” me agacho, me quito el sombrero y digo: “Gracias te damos, viejo querido, porque tu nombre ha quedado metido, en lo más profundo de nuestros corazones. Fuiste un varón de muchos kilates, el vocero más auténtico y raizal de todos los juglares”.