Javier Díaz Daza: Un compositor con alma sentimental

«La música es el reflejo de los sentimientos de quien la compone»: Wolfgang Amadeus Mozart (compositor austriaco).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Cada obra musical tiene detrás una historia, ya sean vivencias personales o ajenas, arte o sucesos, siempre hay algo que permite ligar una canción a un contexto determinado. Los autores utilizan la música como medio de expresión en razón a que con ella pueden transmitir sentimientos universales que son recibidos por los oyentes. En el vallenato, existen compositores cuya obra refleja profundamente sus emociones, como es el caso de Javier Díaz Daza.

Nacido en el municipio de El Molino, un martes 27 de abril de 1965, en el sur del departamento de La Guajira, al noreste de Colombia, Javier es hijo de Néstor Pedro Díaz Morales y Ruby Esther Daza Zubiría. Según cuentan, llegó a este mundo en una casita de barro y palma: humilde, pero con mucho calor humano. Nació en una familia de molineros dedicados a las tareas del campo y la agricultura, con una marcada influencia de la música de bandas, guitarras y acordeones. Esta vena musical fue heredada de su padre, un destacado intérprete del tiple y la guitarra, así como de otros parientes como Juan Díaz (clarinetista), Benedito Díaz (cantante), Francisco «Chico» Díaz (cantante y compositor) y Tadeo Morales (acordeonista), entre otros.

A los pocos meses de nacido, su abuela materna, Marcelina Daza, lo llevó junto a su madre a la población de Manaure, conocida como «El Balcón del Cesar», un pueblo muy hermoso, rodeado de paisajes naturales y riqueza agropecuaria. Allí vivió hasta los cinco años, para luego trasladarse a Valledupar donde el pequeño Javier comenzó a tener contacto directo con la música vallenata. En la «Capital Mundial del Vallenato» ya se escuchaban en su esplendor las canciones de los juglares: Alejandro Durán, Calixto Ochoa, Abel Antonio Villa, Nicolás «Colacho» Mendoza, Alfredo Gutiérrez, Juancho Polo, entre otras estrellas de este firmamento musical.

A medida que crecía y empezaba a presenciar parrandas y festivales, trepado en el árbol de mango de la mítica plaza Alfonso López en Valledupar, su oído se fue agudizando. Prestaba cada vez más atención a las interpretaciones de esos maestros que convergían en ese tipo de escenarios naturales. Las melodías que salían de los acordeones, guitarras, cajas y guacharacas eran un deleite para este inquieto muchacho que desde ese momento soñó con crear canciones para alegrar no solo su vida, sino también la de los demás.

Durante su infancia y adolescencia, además de Manaure y Valledupar, Díaz Daza vivió en otros lugares como San Juan del Cesar y Maicao. Finalmente, a los 15 años, regresó a El Molino para conocer a su padre y hermanos. Para entonces, ya tenía un cuaderno lleno de versos que más tarde se convirtieron en sus primeras canciones. Aprendió a tocar la guitarra lo que complementó su inclinación musical. Este instrumento se convirtió en su compañero de viaje, amigo y confidente. Es su extensión, su voz, su alma. Unidos por cuerdas y sentimientos, la guitarra y él crean una sinfonía de emociones.

Entre la Sierra y el Valle de los Santos Reyes nacieron sus primeras canciones, que le cantaban a sus primeras conquistas amorosas y a la naturaleza, de una manera profundamente sentimental.

El hecho de haber vivido en diferentes lugares enriqueció su influencia musical, pues la exposición a diversos ambientes, estilos de vida y culturas fue fundamental en su obra. Nació y creció rodeado de la música y la cultura vallenata, y esa fue la chispa que encendió su pasión por la composición. Su inspiración proviene de la vida cotidiana, de las historias y leyendas de su región, de las mujeres y la naturaleza que rodean su entorno.

En el vasto universo de la música vallenata, donde sobresalen grandes maestros de la composición, Javier ha sido un gran admirador de muchos de ellos, especialmente de Leandro Díaz, Octavio Daza y Hernando Marín. Como compositor, ha sabido recoger las raíces de esta expresión musical para darles una nueva vida a través de sus propias creaciones. Fusionó su propia voz con la influencia de sus maestros, especialmente en los temas de corte romántico y sentimental.

No todos los caminos hacia la música estuvieron llenos de aplausos desde el primer intento. Para Díaz, componer canciones era más que un sueño: era su forma de entender el mundo. Desde niño, llenaba cuadernos con letras, y en su mente brotaban melodías y acordes que acompañaban sus emociones más sinceras. Pero convertir esas ideas en canciones grabadas por artistas reconocidos fue una batalla cuesta arriba.

Durante mucho tiempo, tocó puertas que no se abrían, envió canciones sin recibir respuesta e incluso fue ignorado en reuniones donde apenas lograban escuchar el primer verso. Sin embargo, estaba convencido de que había algo especial en sus letras y en el mensaje que transmitía a través de ellas. Creía en su música; incluso, cuando parecía que nadie más lo hacía.

El cambio llegó poco a poco, cuando la agrupación conformada por Marcial Luna y Gustavo Camelo, conmovidos por una de sus canciones, decidieron llevarlo a un estudio de grabación con un tema titulado «No digan nada». Aunque no fue un éxito masivo, sí fue el comienzo. Ese pequeño y significativo paso le dio visibilidad y, lo más importante: credibilidad. De ahí en adelante, otros artistas comenzaron a interesarse por su estilo sentimental, honesto y emotivo, caracterizado por su capacidad para evocar emociones con letras y melodías contadas en un lenguaje poético y musical que es a la vez sencillo y profundo. Su sello personal se distingue por ser melancólico, y sus melodías son fáciles de recordar y cantar.

Javier tiene un corazón que late al ritmo del vallenato, y un alma que se desborda de sentimientos. Es un compositor que teje historias de amor y desamor con hilos de melodías y poesías, en donde la pasión y el sentimiento se desbordan en cada nota, en cada acorde, en cada verso.

Como muchos compositores vallenatos, los festivales ha sido un escenario propicio para dar a conocer sus canciones, donde la música se convierte en un espectáculo de emociones y sentires. Festivales como los que se realizan en Valledupar, El Molino, San Juan del Cesar, Maicao, Barrancas, Villanueva y hasta Bogotá sirvieron de plataforma para que él, al igual que otros autores, pudiera mostrar sus obras musicales y darlas a conocer al público.

Díaz ha sido un músico que siempre ha sabido combinar su amor por la música con una sólida formación académica. Logró equilibrar su creatividad con la responsabilidad profesional, y se graduó como Administrador de Empresas, Especialista en Estrategias de Campañas Políticas, docente universitario, Especialista en Marketing, con varios años de experiencia en el sector público y comercial.

Después que le grabaron su primera canción, otros artistas de la música vallenata comenzaron a interesarse por sus composiciones. Temas como: «Ayúdame a olvidarte», «Himno al amor», «Un compromiso contigo», «Por poquito», «Esa noche», «Cómo lloran los hombres», «Aventurera», «Tu mejor amante», «Una mujer como tú», «En el sur me quedo», «Señor de los sueños», «A que te conquisto», «Te quedó grande el amor», entre muchas otras, hacen parte de casi un centenar de canciones que se escuchan en las voces de Alberto «Beto» Zabaleta, Marcos Díaz, Luis «El Pade» Vence, Jeiman López, Éric Escobar, Alberto «Tico» Mercado, Reinaldo «El Papi» Díaz, Janner Moreno, Nibaldo Villarreal, Los Hermanos Lora (Juan Carlos y Eduardo) e incluso del internacional cantautor y músico dominicano Wilfredo Vargas.

Hoy en día, Javier Díaz Daza, además de componer e integrar la agrupación «24 Quilates» junto a sus colegas Jeiman Casicote y Álvaro Pérez, también se dedica a otra faceta importante en la música: la de productor.

Y puede decir con entusiasmo que ha cumplido su sueño de siempre: ser compositor de música vallenata. Ha logrado algo muy importante: que sus canciones vivan en las voces de otros. Cada grabación, cada interpretación de sus temas es una prueba de que la perseverancia tiene eco. Y aunque sigue enfrentando desafíos sabe que su camino musical va en la dirección correcta. Porque, a veces, el talento necesita tiempo pero cuando se combina con pasos firmes y constancia siempre encuentra una forma de ser escuchado.

Este administrador de empresas, músico por pasión y convicción, ha encontrado su refugio en la tranquilidad de su familia, al lado de su esposa Arleth Patricia Mejía Anaya y sus hijos, Luisa Fernanda y Moisés David, en Maicao, La Guajira. Un pueblo que lo acogió como un hijo más. Porque para Javier Díaz Daza, la música es su predilección; la familia su inspiración y este lugar que escogió como su hogar, su refugio.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Gonzalo ‘El Cocha’ Molina, sigue con la nota gruesa y comida suave

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Momentos difíciles de salud vivió hace algunos días el Rey de Reyes Gonzalo Arturo ‘El Cocha’ Molina Mejía, al tener que ser trasladado de urgencia a una clínica de Valledupar donde le diagnosticaron gastritis aguda, teniendo que hacer un alto en su oficio de acordeonero en la agrupación de Poncho Zuleta.

Pasados los días y recuperado volvió a estar desempeñando su oficio en distintos escenarios de Colombia y el exterior, dándole gracias a Dios por su regreso y al acordeonero Juan José Granados, quien suplió su ausencia. Su testimonio no se hizo esperar.

“Ese fue tremendo susto, pero gracias a Dios pude superar todo y volver a la normalidad. Eso sí ahora teniendo algunas recomendaciones médicas que debo cumplir al pie de la letra”. Antes era un hombre sano, pero nunca falta un tropezón en la salud y más cuando los años avanzan estando desde muy joven dedicado a tocar su acordeón y alcanzar los máximos honores en la música vallenata.

El Rey de Reyes del Festival de la Leyenda Vallenata, segunda generación, año 1997, grabó con cuatro grandes cantantes: Diomedes Díaz, Jorge Oñate, Poncho Zuleta e Iván Villazón. También con su acordeón contribuyó en el año 1995 con el éxito mundial de la canción ‘Abriendo puertas’ que cantó la artista Gloria Estefan, lo cual le valió el Premio Grammy como mejor Álbum Tropical Latino.

También llegaron las añoranzas cuando a sus 18 años vino la más grande oportunidad de su vida al ser invitado a grabar con Diomedes Díaz, exactamente tres canciones en la producción musical ‘El mundo’. Ellas fueron ‘Se te nota en la mirada’ (Gustavo Gutiérrez Cabello), ‘Felicidad perdida’ (José Hernández Maestre) y ‘Por amor’ (Marciano Martínez Acosta). Ese fue el tiquete para grabar en los siguientes años con el mismo Diomedes Díaz, las producciones musicales ‘Vallenato’, ‘Brindo con el alma’, ‘Incontenibles’ y ‘Gracias a Dios’.

Eso no terminó ahí al traer a su memoria una canción que lo marcó de por vida y que le compusiera Diomedes Díaz, titulada. ‘El gallo y el pollo’. “Y yo voy a apostar toditas mis canciones, y hasta juego mi nombre si quiere el contendor. Y apuesto que nos llevamos pal’ valle, el premio para adornar el folclor”.

Para el hijo de Arturo Molina Gutiérrez y Estela del Socorro Mejía Muñoz, meterse en los zapatos del protagonista de esa bella canción donde ‘El Cacique de La Junta’ dijo que el pollito que había encontrado a cualquiera se lo jugaba en la valla, no fue nada fácil.

“Ese instante me sacó lágrimas cuando Diomedes me cantó la canción. No lo podía creer que ese gran cantante me dedicara una de sus canciones. Me metió en un enorme compromiso, pero gracias a Dios pude salir adelante y ser ese pollito y después el gallo que ganó. Lo hice quedar bien y siempre viviré agradecido con Diomedes, quien confió en mi talento”, dijo ‘El Cocha’ Molina.

A propósito de ‘El Cocha’, comentó de dónde venía ese apodo. “Es obra de mi mamá quien me decía “Mi Cochita linda”, para significarme su amor. También ella viendo mis inquietudes musicales me compró un acordeón de dos hileras. Mi casa estaba llena de música porque mi papá era guitarrista y compositor”.

El acordeonero a quien su esposa Julieth Peraza Torres, le escribió el libro ‘Estrella Binaria’, y tiene un museo donde se encuentra historia, música y tradición del folclor vallenato, vive lleno de espiritualidad, permitiéndole escribir oraciones donde expresa frases de aliento, esperanza y de comunión con el Altísimo.

“Señor, siempre estoy necesitando de tu amor, de tu fuerza y de tu poder por eso abro mi ser para que me llenes de todo lo bueno que tu presencia siempre brinda. Bendice Señor, cada una de las batallas que debo dar, que pueda sentir que estás a mi lado y que no debo tener angustia por nada ni por nadie. Sé que me acompañas para salir adelante. Jesús misericordioso en tí confío. Amén”.

20 años con Poncho

‘El Cocha’ Molina, le da gracias a Dios por estar durante 20 años al lado del cantante Poncho Zuleta, y haber grabado las producciones musicales ‘Colombia canta vallenato’, ‘El Nobel del amor’ y ‘Para’o en la raya». Además, grabó otro trabajo titulado ‘El juglar’’.

“Mi inicio con Poncho Zuleta fue un compromiso grande porque era ocupar el espacio que antes tenía mi maestro Emilianito Zuleta, pero he sabido salir adelante con mi acordeón para interpretar el vallenato tradicional. Siempre le doy gracias a Poncho por llevarme a la agrupación y siempre tocó como la primera vez”, indicó ‘El Cocha’ Molina.

Ahora después de los quebrantos de salud sufridos el cambio alimenticio del acordeonero es distinto, porque no puede sentarse a manteles con Poncho Zuleta, a ingerir comida adulta como armadillo, chivo, guartinaja, ñeque, conejo, filete de babilla, marisco, hicotea y gallina de monte bien aliñada, sino dieta blanda, generalmente equilibrada y saludable. De esta manera, solamente complacerá al cantante en las presentaciones con la nota gruesa de su acordeón y sin derecho a pelar pito con las comidas que requieran mayor esfuerzo digestivo.

El buen gallo volvió a la valla con todas las fuerzas para seguir corroborando la frase de Diomedes Díaz. “Vamos ‘Cocha’ que los que van alante no van lejos, si los demás se apuran”. El mensaje hacía énfasis en la importancia del esfuerzo y la capacidad de superación, incluso cuando parecía que otros tenían ventaja.

De esta manera se cierra el telón de la película del muchacho nacido en el barrio Santo Domingo de Valledupar, y con hondas raíces en el corregimiento de Patillal, donde en el guión musical aparece su amplia hoja de vida teniendo el acordeón al pecho y la sonrisa que lo identifica.

Alejo Durán no permitió que ‘La candela viva’ se apagara

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Hace 70 años Alejandro Durán Díaz rescató una canción que estaba dando vueltas por la población de Chimichagua y sus alrededores, llevándola con total aceptación a la pasta sonora. Se trata de ‘La candela viva’ de la autoría del agricultor, compositor, cantador y tocador de tambora Heriberto Pretel Medina.

Todo nació a raíz de un incendio ocurrido en horas de la tarde del miércoles 14 de febrero de 1923, en la casa de Luís Roberto León. La conflagración se originó en la hoy calle sexta con carrera cuarta, esquina.

La canción tiene más de 15 versiones, iniciando con Alejo Durán en el año 1955, dejando el registro de este acontecimiento que no pasó inadvertido porque contó la realidad de ese hecho que dejó muchas pérdidas materiales.

Fuego, fuego, fuego, la candela viva. Que allá viene la candela, la candela viva. Que ya viene por el higuerón, la candela viva. Que yo ví que me llevaba, la candela viva. Que yo ví que me enterraba, la candela viva. Fuego ya que me quemo, la candela viva. Que se quema Chimichagua, la candela viva”.

Todo comenzó cuando aquella tarde Ana María Flórez asaba panochas, galletas y almojábanas en un horno de barro. De repente, la brisa provocó que salieran chispas llegando hasta el techo de palma y comenzó el incendio que acabó con la mayoría de casas del pequeño pueblo.

El viejo Heriberto Pretel Medina, negro bonachón, enamorador, alegre y compositor innato quien vivió gran parte de su vida en Plata Perdida, actual corregimiento de Chimichagua, Cesar, supo darle el toque musical a esa historia triste. Además, de su autoría son las canciones ‘La perra’, ‘Mi compadre se cayó’, ‘La palomita’, ‘La pava echá’, ‘Dime por quién lloras’, ‘Vuela pajarito’ y ‘Los pozos brillantes’, entre otras,

De sus diálogos constantes sobre sus canciones siempre agradecía a su compadre Alejo Durán, por haberlas llevado a la pasta sonora porque no se quedaron en su garganta y tampoco en el olvido, sino que fueron conocidas en muchas partes. Se alegraba cuando las escuchaba por las emisoras, en las radiolas y los picós.

Alejo Durán quien al lado de su hermano Náfer frecuentaban a Chimichagua, debido a su cercana amistad con el ganadero Marcelino Daza y su señora Encarnación ‘Chon’ Morales, conocía la mayoría de esas canciones porque su señora madre Juana Francisca Díaz Villarreal, era una reconocida cantadora de tambora en toda esa amplia región.

Respecto a la famosa canción el folclorista, docente, músico e investigador Hernán Martínez Argüelles, aseveró. “Esta es una obra que identifica a Chimichagua, como también ‘La Piragua’ de José Benito Barros Palomino y diversas canciones de Camilo Namén Rapalino. De generación en generación se ha conocido que ‘La candela viva’, es del juglar Heriberto Pretel Medina, y siempre hemos estado agradecidos con Alejo Durán, a quien se le abona haberla grabado. Eso vale mucho”.

El viejo “Heribe”, así se le llamaba, murió el domingo 14 de agosto de 1988, hace 37 años, a la edad de 89 años, y paradójicamente en su sepelio el sacerdote Guillermo Ramírez Gómez, no dejó sonar las tamboras argumentando que el difunto debía descansar en paz. Esas son las paradojas de la vida cuando no se pudo despedir con la música que dejó e hizo con pasión folclórica.

La candela de Jorgito y Totó

El cantante Jorge Celedón y la cantadora ‘Sonia Bazanta Vides, más conocida como ‘Totó, la Momposina’, grabaron en el año 2013 ‘La candela viva’, guardando la autenticidad folclórica para continuar siendo ícono de la música colombiana.

Cabe anotar que ‘Totó La Momposina’ ya la había grabado años atrás, incluso, se entrevistó en Chimichagua con su autor el 26 de junio de 1979, fecha que coincidió con la realización del Primer Festival de Danzas y Tamboras, evento declarado Patrimonio Cultural del Cesar en 1985 y hace siete años no se realiza.

El juglar Heriberto Pretel Medina dejó su impronta a través de sus sencillas canciones que hoy tienen el más grande reconocimiento. Además, en sus últimos días se la pasaba sentado en una mecedora dialogando con el silencio y evocando aquellas épocas donde fue testigo del incendio más grande sucedido en Chimichagua, cuando su compadre Trino Lima se cayó estando borracho, de la perra que casi lo muerde y aquella vez que se la pasaba llorando por una mujer, hecho donde se le aceleraba el corazón y la tristeza no pedía permiso para llegar.

De igual manera, se escucha el eco cuando El Ballet de Colombia de Sonia Osorio, interpretó y bailó ‘La candela viva’ en Moscú, capital de Rusia, aproximadamente a 10.545 kilómetros de Chimichagua, Cesar, donde se inspiró Heriberto Pretel, para que ese acontecimiento sucediera tan lejos. Era la maravilla de la música auténtica nacida en el corazón del folclor.

En esta ocasión no se pudo evitar el recorrido lleno de nostalgias, de recuerdos cercanos y de esa canción que nos regresa al lugar donde nacimos, regalando incontables alegrías a través de sus bailadores, músicos y gestores culturales, a quienes hay que aplaudir porque en medio de muchas dificultades han sostenido este bello folclor. Definitivamente, hasta las lágrimas se sumergen en la complejidad de las emociones humanas.

Gracias al Rey Vallenato Alejo Durán, a Jorge Celedón, ‘Totó La Momposina’, Alfredo Gutiérrez, Lizandro Meza, El Binomio de Oro, Juan Piña – Orangel ‘Pangue’ Maestre, Moisés Ángulo, Adriana Lucía, Los soneros de Gamero, Verónica Verdecia Ustáriz y mucho más, por no permitir que ‘La candela viva’ se redujera simplemente a cenizas.

20 años sin Kaleth Morales, el ‘Rey de la Nueva Ola’ vallenata

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Las palabras de Miguel Morales, padre del cantautor Kaleth Morales, son muy elocuentes. “Hijo, el dolor y la tristeza siguen intactos. Te amo hijo, que Dios te tenga en la gloria”. Todo se encierra en un adiós eterno que no tiene olvido, tampoco ausencia porque el recuerdo permanece en primera fila.

Hace 20 años, 24 de agosto de 2005, la noticia de su muerte sacudió el sentimiento del mundo vallenato porque el muchacho, quien contaba con 21 años, se había ganado un amplio espacio musical por su carisma, talento, espontaneidad con el ingrediente de tener la melodía justa a la letra de sus canciones, las cuales contaban con el toque preciso para imponerse de manera rápida.

Es así como comenzaron a escucharse obras de su autoría como ‘Pin pon pan’, ‘Vivo en el limbo’, ‘De millón a cero’, ‘Todo de cabeza’, ‘Siete palabras’, ‘Mis cinco sentidos’, ‘La hora de la verdad’, ‘Mary’, ‘Ella es mi todo’, ‘Se va a formar’, ‘El guante’, ‘Destrozaste mi alma’, ‘Reina de mis sueños’, ‘Novios cruzados’, y ‘Anónimo’, entre otras.

De esta manera el hijo de Miguel Morales y Nevis Troya, hermano de Kanner, Keyner y Eva Sandrith y padre de Katrinalieth y Samuel, dejó una huella imborrable en su familia y en el mundo de la música vallenata, convirtiéndose en un artista triunfante que era solicitado en distintos escenarios.

Entonces el médico quien culminó sus estudios de medicina en la Universidad del Sinú de Cartagena, no se ponía su bata, tampoco asistía al consultorio para recetar o mandar exámenes, sino que se convirtió en el ‘Rey de la Nueva Ola’ vallenata. Sin esperarlo, en corto tiempo revolucionó todo con su estilo fresco y talento indiscutible. Su fórmula fue meterse en ese mundo donde nunca estuvo solo sino acompañado por multitudes que coreaban sus canciones, siendo la principal ‘Vivo en el limbo’.

Kaleth Miguel Morales Troya, quien nació el 9 de junio de 1984 en Valledupar, recibió el mayor reconocimiento por sus composiciones que se hicieron famosas gracias a la interpretación de varios artistas. Además, logró enamorar al público con su voz, convirtiéndose en uno de los jóvenes exponentes de la música vallenata.

Ha pasado el tiempo y se recuerdan las palabras del cantante Silvestre Dangond. “Con Kaleth compartimos muchas cosas y hasta grabamos un tema a dúo ‘Se vá a formar’. En verdad fue un compadre ejemplar y el más grande Silvestrista. Él dejó una marca al hacer fusiones musicales con una fuerza arrolladora”.

En viva voz

En varias ocasiones Kaleth Morales, tuvo a bien entregar sus conceptos sobre su carrera musical que arrancó a toda velocidad y se detuvo inesperadamente. Todo era alegría, cantos y proyectos que marcaba desde su memoria para estar en los primeros lugares. Era un dechado de virtudes encontrando el camino ideal para llegar lejos.

“No me considero revolucionario, ni rey porque solamente presenté mis canciones y estas han calado en todos los gustos. Tampoco es una propuesta musical, son canciones que hice a mi manera, a mi estilo y he tenido la fortuna que se han pegado por sí solas”.

“Siempre me he preguntado que tiene ‘Vivo en el limbo’ que se impuso, pero creo que por su ritmo pegajoso y letra sencilla. Esa canción me abrió las puertas, y es más, he dejado por un rato mi profesión de médico para apostarle a la música, una pasión que encontré en el mundo vallenato, un mundo que conozco”.

“Espero sostenerme, pero no es fácil. A mi lado tengo a grandes cantantes que admiro y merecen todo mi respeto. Lo cierto es que la música es para alegrar el corazón, el alma y se receta cantando”.

Kaleth Morales desde niño era inquieto porque donde vivían sus padres, primero en el barrio Los Fundadores y después en el Primero de Mayo de Valledupar, era frecuentado por músicos día y noche. Él solamente escuchaba y grababa ese entorno, sin saber que los años siguientes sería protagonista al seguirle los pasos a su padre Miguel Morales. Además, añadirle ser compositor. Ese que traspasaba las fronteras del corazón donde se miraba con los ojos del alma.

La anécdota

Su inesperada y trágica muerte fracturó todo el entorno de la música porque sus canciones tenían la esencia del imaginario vallenato. En ese sentido sus canciones eran pegajosas. Es así como en cierta ocasión el maestro Enrique Díaz, estaba haciendo una presentación en tarima y una joven comenzó a jalarle la bota del pantalón solicitándole a gritos una canción de Kaleth Morales. “Maestro, maestro, por favor ‘Vivo en el limbo’. Esa canción es muy bonita”. Ante ese clamor el acordeonero Enrique Díaz, paró el conjunto y le dijo. “Vea, muchachita, si tú vives en el limbo, yo vivo en Planeta Rica”.

La historia de Kaleth Morales sigue en línea recta y cada aniversario de su despedida de la vida, es motivo para añadirle una nueva añoranza, visitar su tumba y su padre interpretar varias de sus canciones, teniendo motivos para llorar. De igual manera, darle gracias al ‘Kaletismo’, ese sentimiento que se renueva cada vez que se escuchan sus cantos.

Definitivamente, cuando un hijo se muere, se desprende un pedazo del alma, pero su memoria se fortalece apareciendo los versos que pintan el recuerdo en toda su dimensión. Entonces, desfila ‘Siete palabras’, aquella canción de Kaleth Morales, donde una de ellas es “Sueños”, cayendo el tiempo con calma al escucharse una melodía triste, acompañada de los latidos quebrados del corazón donde la noche en un cerrar y abrir de ojos se hace día.

Niño acordeonero sorprendió con su talento a Iván Villazón

El niño Daniel Villa, de 10 años, sorprendió con su talento al tocar magistralmente el acordeón en una presentación de Iván Villazón, en las fiestas de Villa Rosa, municipio de Repelón (Atlántico) el pasado fin de semana.

Villa, llegó acompañado de su señora madre Yiselis Figueroa, y subieron a tarima para pedir esa anhelada oportunidad de acompañar a Iván Villazón en una canción, quien respondió con un rotundo sí.

Villazón cantó ‘La casa en el aire’ ese clásico de Rafael Escalona, que tuvo en las notas musicales de Daniel Villa, una acertada ejecución con su pulsación firme y  la mejor inspiración.

‘El Cantor de Cantores’ elogió el talento de Daniel Villa y finalmente tuvo un fuerte abrazo de Villazón; la foto del recuerdo y un merecido aguinaldo por parte del cantante: “Sus primeros 500 mil pesos”.

El público aplaudió a Daniel Villa y elogió a Villazón, por este bonito gesto con el niño, que representa un futuro para la música vallenata.

Villazón improvisó este verso:

Digo lo que puede ser

Me llamó Iván Villazón

Y yo creo que Daniel

Será grande en este acordeón

Iván Villazón y sus acordeoneros Tuto López y Jerónimo Villazón se lucieron con su agenda de presentaciones en Talaigua Nuevo (Bolívar), Codazzi y El Copey (Cesar) y Villa Rosa, municipio de Repelón (Atlántico).

Fotos: Daniel Pachecho