Una Tertulia e Integración que se hizo canto, espíritu y memoria bajo el cielo de Corozal

«El arte, cuando es bueno, es siempre entretenimiento»:
Bertolt Brecht (músico y dramaturgo alemán).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay encuentros que no suceden por azar, sino por el llamado invisible de la alegría. Son melodías secretas que la vida compone para recordarnos que la existencia, como un buen paseo vallenato, se disfruta mejor entre risas, versos y corazones dispuestos a cantar.
La amistad verdadera, esa que no se impone sino que florece, es una parranda sin hora de cierre: un espacio donde el alma se desnuda con confianza y la vida se vuelve música al compás del acordeón, la caja, la guacharaca, la trompeta, el clarinete y el redoblante.

Más que amigos, somos una manada que camina unida al ritmo del folclor que nos habita. Compartir esta tertulia fue como escuchar una canción que uno quisiera que nunca terminara.
Porque entre amigos la música es puente, es raíz, es destino. Y el vallenato, el porro y los aires del Caribe colombiano laten como un corazón colectivo que nos convoca y nos sostiene.

El jueves 20 de noviembre de 2025, Corozal parecía tener un brillo distinto, como si el pueblo supiera que algo memorable iba a ocurrir. Para mí fue un honor compartir con algunos integrantes del grupo de WhatsApp Tertulia Vallenata en una velada que trascendió lo cotidiano para convertirse en un ritual de hermandad sabanera.

La ocasión era especial: el cumpleaños del abogado, compositor y cantante Nicanor “Nica” Assia Vergara, un hombre que lleva en su voz la memoria viva del vallenato y del folclor sabanero. Un anfitrión generoso, dueño de un espacio donde la alegría entra sin pedir permiso. Su hospitalidad, bordada con sencillez y nobleza, convirtió su casa en un templo abierto al canto, a la palabra y al sentimiento. Cada gesto suyo fue una nota más en la partitura de afectos que solo los hombres de alma grande pueden interpretar.

Lo que empezó como un encuentro de amigos se transformó en un conversatorio fecundo donde la reflexión se entrelazó con la emoción. Se habló de raíces, de identidad, de la urgencia de honrar lo nuestro sin perder el eco del monte ni el polvo de la trocha. Fue un diálogo íntimo, casi filosófico, donde cada palabra encendía un candil en el pecho. Una tarde convertida en un festival del alma: sin tarimas, sin jurados, sin premios, en el que todos fuimos ganadores. Solo música, solo verdad.

Y cuando la palabra descansó para dejar pasar al sonido, ocurrió la revelación:
el maestro Samuel “Sammy” Ariza tomó el acordeón como quien toma entre los brazos a un ser amado. A su lado, su compañera Mónica Mendoza, presencia suave y luminosa, parecía custodiar cada nota. Con el fuelle al pecho, cada digitación dejaba ver el brillo de su anillo de matrimonio, chispa sagrada que recordaba su pacto de vida, de arte y de historia musical. Lo que interpretó no fue solo música: fue un rezo, una plegaria, una liturgia de excelencia. Una demostración exquisita de un músico que tiene su instrumento como una extensión de su cuerpo.

Entonces, como si el destino hubiese querido sellar el momento con grandeza, llegó el maestro Leonardo Gamarra Romero, leyenda del porro sabanero. A sus ochenta y cinco años sigue demostrando que los artistas verdaderos desafían calendarios. Nos regaló porros clásicos, cómo «Imágenes», «El Barroso Pineano», «Con la garrocha en la mano», recordándonos que la música de la sabana no envejece: se renueva en cada oído sensible que la escucha.

La noche siguió creciendo cuando irrumpió la Banda 8 de Septiembre de Sincé: clarinetes brillando como luciérnagas, trompetas levantando la brisa nocturna, el bombo estremeciendo la tierra, el redoblante marcando la columna vertebral del ritmo. Cada instrumento era un latido; cada melodía, un acto de afirmación cultural.

La escena se enriqueció con presencias de linaje musical:
Lisandrito Meza, hijo del prodigioso “Chane” Meza y nieto del legendario Lisandro Meza Márquez; y Deyson Jayk, quien honra y continúa el legado de su padre, José Jayk. Cada uno, portador de una herencia que no se hereda dormida, sino despierta, viva, urgente.

Cuando el alba comenzó a insinuarse, iniciamos el camino hacia la finca La Manuela, bautizada en honor a la hija del doctor Nica, quien junto a Nicanor Jr. son sus dos retoños. Allí, la sabana abrió su corazón como un libro sagrado. Los potreros verdes parecían oleajes detenidos, alfombras que cobran vida.
Las reses gordas y los caballos brillantes se movían con la calma de quienes saben que pertenecen a un paisaje eterno. La represa reflejaba el cielo como un espejo de Dios. El canto de grillos y ranas repetía su sinfonía mágica. Las aves de corral y los perros parecían unirse a nuestro encuentro por la tranquilidad con la que nos miraban. Y el viento traía olor a pasto fresco, a tierra bendecida, a vida plena.

Las pasturas en La Manuela no son paisajes: son presencia.Nos miran, nos reconocen, nos abrazan.

Y como todo rito Caribe necesita su pan y su fuego, llegó a la mesa lo que en nuestra región es identidad pura:

Chicharrones crujientes, dorados, casi poéticos; yuca tierna que se deshacía entre los dedos; queso costeño fresco; suero sabanero espeso y vivificante; sancocho trifásico, ese triángulo de sabores, equilibrio perfecto, entre el plátano, el ñame y la yuca, que se unen en una danza de texturas y aromas con las carnes de res, cerdo y gallina, que nos conecta con la tierra, la cultura y nuestra historia gastronómica; bocachico con sabor a ciénaga; ajonjolí, aroma de hogar antiguo; y un jugo de guayaba agria que sabía a infancia, a patio de tierra, a cielo abierto.

Cada bocado era un acto de memoria; cada sabor, un reconocimiento de quienes somos.

En ese ambiente de celebración y raíz, el licor llegó como un cómplice discreto del espíritu.
El Buchanan’s Master, con su aroma ahumado, traía consigo nieblas de Escocia y un susurro de gaitas antiguas; en cambio, la Club Colombia Dorada, fresca y alegre, nos regresaba de inmediato al calor vibrante de nuestra sabana.
Entre ambos se dio un diálogo de sabores, un puente invisible que nos hizo sentir vivos, conectados, bendecidos por la noche.

La parranda, con su música, sus voces, su licor y su hermandad, fue más que un festejo: fue un baile de almas.
Un espacio donde el tiempo se aflojó, donde las preocupaciones se desvanecieron, donde la alegría se volvió un idioma común.

El día avanzaba cuando ocurrió el momento que le dio sentido pleno a la tertulia: el doctor Nica, el hombre celebrado, tomó la palabra y su voz se volvió canto.
Su timbre, añejo y fresco a la vez, como los vinos que envejecen hacia adentro; es decir, volviéndose más exquisitos con sabores y aromas redondos e integradados. Se unió al acordeón de Sammy. Y juntos levantaron un movimiento ancestral que todavía vibra en la memoria. Fue un canto que parecía provenir de la tierra misma.

Y entonces, sin planearlo, sin anunciarlo, ocurrió el milagro sencillo que solo se da en el Caribe: todos nos volvimos cantantes.
Abrazados, hombro con hombro, cantamos como si el canto fuera nuestro idioma natural.
No hubo desafinados ni virtuosos: hubo almas.
Por un instante irrepetible fuimos la misma voz.

Así terminó la tarde en La Manuela: con el sol inclinándose como un músico cansado,
con la música flotando sobre nuestras cabezas, y con el corazón lleno de esa verdad que solo se revela en los territorios donde el tiempo camina al ritmo de los instrumentos y la vida se celebra como un milagro cotidiano.

Al lado de todos, irradiando calidez, estuvo siempre presente Adriana, esposa del doctor Nicanor, multiplicadora de sonrisas y elegancia silenciosa. También su madre Sonia y sus hermanas Beatriz, Katty y Sonia, presencias de dulzura profunda, paz y bondad.
Ellas sostuvieron la alegría del día con la fuerza suave que solo las mujeres de la sabana poseen.

Nica, Leo, Sammy, Eder y Nola: gracias por su amistad.
Gracias por recordarnos que en el Caribe colombiano, y esto lo sabe hasta la brisa, cada acorde es un pedazo de eternidad.

Y así, mientras la noche avanzaba con paso lento y la brisa de Corozal seguía murmurando antiguos secretos de la sabana, comprendimos que aquella parranda no era un festejo aislado sino un círculo sagrado donde la vida, el canto y la amistad se reconocían mutuamente. Allí, en ese rincón de la tierra costeña, entre el aroma del suero fresco, el eco del acordeón, el brillo del licor compartido y la sencillez luminosa de la comida que nace del territorio, algo mayor que nosotros mismos respiró con nosotros.

Porque en el fondo lo que celebramos no fue solo un cumpleaños ni una tertulia: celebramos el misterio de estar vivos, el milagro de encontrarnos, la fortuna de seguir siendo compañía en un mundo que a veces olvida la ternura. Cada brindis fue una plegaria; cada canción, una fogata; cada abrazo, un recordatorio de que la alegría también es un acto de resistencia espiritual.

Y mientras las estrellas parecían acercarse, inclinándose sobre el kiosco como testigos antiguos, entendimos que el Caribe no es solamente un lugar: es un modo de sentir, una forma de agradecer, una manera de mirar el mundo con la certeza de que todo vuelve, el canto, la brisa, los amigos, la memoria, porque todo lo que nace del corazón tiene vocación de eternidad.

Así cerramos el día y la noche, más el día que la siguió: con el alma encendida, con los espíritus en paz y con la conciencia íntima de que la hermandad que tejimos allí seguirá acompañándonos como una música que nunca se apaga, como un canto a la cultura y a la tierra que nos vio nacer, como un río que jamás olvida su camino hacia el mar.
Porque en el Caribe colombiano, el café se toma con historias, el viento susurra melodías y cada acorde es inmortal.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado.

«Bodas de Oro”:el bolero donde el amor se hace tiempo.

«Poder sintetizar en las cinco o seis líneas de un bolero todo lo que el bolero encierra es una verdadera proeza literaria»: Gabriel García Márquez (escritor colombiano).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay canciones que no nacen de la imaginación, sino del alma que recuerda. “Bodas de Oro”, del cantautor Hochiminh Vanegas Bermúdez, no es un simple bolero: es una plegaria al amor perseverante, una ofrenda a la memoria viva de dos corazones que se negaron a rendirse ante el desgaste del tiempo.

Su historia germina en una reunión familiar cualquiera, en una conversación que se eleva por encima del ruido cotidiano. Una amiga menciona que sus padres celebrarán sus Bodas de Oro «cincuenta años de unión» y el asombro invade el aire como una epifanía. En un mundo donde los amores se disuelven con la prisa digital, donde el compromiso parece una reliquia, esa pareja convertida en historia real irradia la belleza de lo que permanece.

Vanegas Bermúdez, hijo de una madre que supo criar sola entre batallas y silencios, encuentra en ese relato un espejo luminoso y doloroso a la vez. La historia de quienes se amaron contra todos los pronósticos, que fueron rechazados, que huyeron a la ciudad con más sueños que certezas y con más fe que recursos, se convierte en la semilla de su canción. En ese amor fugitivo, Hochiminh reconoce la dignidad de los que fundan hogar desde la carencia, de los que edifican esperanza sobre la ternura.

Aunque su esencia artística proviene del universo vallenato, Hochiminh Vanegas Bermúdez aterriza con maestría en el territorio del bolero, buscando un tono más íntimo y romántico que le permitiera a la letra respirar con la cadencia del sentimiento. En ese tránsito musical, el artista no abandona sus raíces, sino que las transforma: el acordeón se silencia para darle paso a la guitarra, que asume el papel protagónico como instrumento principal y de acompañamiento, tejiendo con sus cuerdas la nostalgia de cada verso. A su alrededor, una delicada combinación de percusión, bongó, maracas y güiros, acompasa el ritmo de la memoria, mientras el piano y el bajo aportan la hondura emocional que envuelve la melodía en un halo de eternidad. Todo el conjunto sonoro se convierte en un lenguaje de emociones donde cada nota parece latir con la historia que se canta.

Así nace este bolero: en el cruce entre la nostalgia y el homenaje, entre la carencia y la plenitud. “Hicimos hogar como linda tacita de plata”, canta, y esa metáfora resume medio siglo de trabajo y paciencia, de amor que pule su brillo con los años. No hay artificio, solo la poesía de lo cotidiano: la casa que se levanta, los hijos que crecen, las tormentas que pasan sin romper el vínculo, el amor que envejece sin marchitarse.

El bolero, género inmortal del romanticismo latinoamericano, vuelve a ser aquí lo que siempre fue: una confesión hecha melodía, una ceremonia donde la palabra se abraza con la música para resistir el olvido. Hochiminh le devuelve al bolero su poder más puro: el de recordarnos que amar no es un instante, sino una constancia; no es promesa, sino persistencia.

“Bodas de Oro” no solo celebra una pareja: celebra una ética. La del compromiso que florece en la adversidad, la del amor que se asienta no sobre la pasión fugaz, sino sobre la construcción paciente del nosotros. Ese amor que no depende del “qué dirán”, sino de la voluntad diaria de permanecer.

En su interpretación, el bolero se convierte en un ritual íntimo, en una bendición compartida. Las guitarras son las voces del tiempo, y la melodía, un abrazo a los que aún creen que el amor verdadero es el único lujo que no se compra ni se copia.

Que esta canción sirva, como desea su autor, de inspiración para los jóvenes y las parejas del siglo veloz. Que nos recuerde que el amor no se mide en años, sino en cicatrices superadas juntos; que la tecnología podrá acelerar la vida, pero nunca reemplazará el milagro de dos almas que se acompañan hasta volverse eternidad.

Porque en un mundo que olvida rápido, “Bodas de Oro” nos invita a recordar lento.
Y en ese recuerdo, el bolero vuelve a ser lo que siempre fue:
la forma más humana del amor hecho música.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado.

¿Por qué escribo sin ser escritor?

Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*

La paradoja de la creación: un ser que se expresa a través de la palabra sin haber pasado por los templos académicos de la literatura.

¿Por qué escribo, entonces? ¿Qué fuerza misteriosa me impulsa a dejar que mis pensamientos se derramen sobre el papel, como un río que busca su cauce entre las piedras del silencio?

Quizás sea porque escribir es una forma de liberación, un intento de ordenar el caos interior, de capturar la esencia de lo que escapa, de darle nombre a lo que duele o a lo que brilla fugazmente.
Es un acto de resistencia ante el olvido, es mi manera de darle sentido a la vida, a la muerte, a la alegría y al desconsuelo.
Escribir es, para mí, un modo de respirar cuando el aire escasea.

Nací en Planeta Rica –  Córdoba, un municipio del Caribe colombiano que, aunque queda un poco lejos del mar, respira con el espíritu del trópico.
Su gente vive con el corazón abierto con esa manera tan nuestra de enfrentar la vida entre el humor y la esperanza.
Crecí hasta los doce años entre los corregimientos de Campo Bello y Pica Pica, lugares donde el tiempo parece tener otro ritmo y donde cada amanecer tiene el color de la esperanza.

Allí estaba rodeado de ganado y aves de corral, del canto de los pájaros, de cultivos y vegetación abundante.
Los caminos eran de polvo en verano y de barro en invierno, en medio de la brisa cálida de los atardeceres encendidos y rojizos, acompañados por los sonidos mágicos de la naturaleza.
La finca de mis padres fue mi primera escuela: allí aprendí a observar.
Fui un niño curioso, capaz de asombrarse ante cualquier fenómeno natural, de encontrar poesía en la forma en que el viento jugaba con los cultivos, o en el rumor del río San Jorge y la quebrada San Jerónimo que me hacían delirar de emoción con sus corrientes cantarinas.

En ese entorno sencillo y vasto los campesinos fueron mis primeros maestros.
De ellos aprendí una sabiduría que no se enseña en los libros: la del silencio, la paciencia, el respeto por la tierra.
Me enseñaron que la palabra tiene peso, que una promesa es ley, y que trabajar con las manos no impide soñar con el alma.
Sus conversaciones al atardecer, entre el humo del fogón y el aroma del café, eran lecciones de vida disfrazadas de cuentos.
Cada historia tenía raíces y cada risa era una forma de esperanza.

Mis primeras experiencias con la lectura fueron un milagro de la imaginación.
Antes de conocer la literatura formal conocí los mundos del papel barato y las ilustraciones heroicas.
Los cómics y revistas vaqueras fueron mi portal al infinito, con ellos descubrí que el hombre podía volverse héroe, que la justicia podía tener un sombrero y una estrella en el pecho, que el valor podía cabalgar entre el polvo del desierto.
Kalimán me enseñó la fuerza del pensamiento; Águila Solitaria, el coraje de la soledad y Arandú, la sabiduría del guerrero que defiende su selva y su gente.
A través de ellos comprendí que la palabra era más poderosa que la espada y que imaginar era una forma de libertad.

Luego vinieron los autores de las revistas vaqueras: Silver Kane, Marcial Lafuente, Gordon Lumas, Clark Carrados, Keith Luger.
Ellos me enseñaron el arte del suspenso, el ritmo de la acción y la intensidad del diálogo.
Sus historias, leídas a la luz temblorosa de las lámparas de petróleo, me formaron el oído narrativo y el gusto por las emociones bien contadas.

Porque la falta de luz eléctrica nunca fue una excusa; por el contrario, las lámparas de petróleo brillaban más: su luz tibia hacía que las sombras cobraran vida, que los héroes de papel se movieran en las paredes, que las palabras se convirtieran en destellos.
Bajo esa penumbra nacieron mis primeros sueños de narrador, allí aprendí que la oscuridad también puede ser una maestra luminosa.

Más tarde llegaron los autores de la literatura universal, y cada uno me dejó una huella distinta.
Gabriel García Márquez me enseñó que lo real puede ser tan mágico como un sueño y que el Caribe cabe entero en una frase.
Julio Verne me mostró que la imaginación también es un viaje, y que la ciencia puede ser una forma de poesía.
José Eustasio Rivera me reveló que el hombre, como la selva guarda dentro de sí la lucha entre la belleza y la barbarie.
Jorge Isaac me regaló la pureza del amor ideal y el valor de la ternura tan necesaria en un mundo áspero.
Ernesto Sábato me hizo descender a mis sombras, a entender que escribir también es mirarse en el abismo.
Miguel de Cervantes me enseñó que la locura puede ser una forma de sabiduría, que los soñadores son los verdaderos cuerdos del mundo.
Y Pablo Neruda me mostró que la palabra puede oler a mar, a pan, a vino, que la poesía puede nacer de lo cotidiano y elevarse hasta lo eterno.

Todo eso desarrolló mi imaginación, consolidó mi amor por la lectura y por la investigación, sin ser escritor, pero con la entrega de quien ha descubierto un fuego que no se apaga.
Porque en el fondo, escribo porque soy yo, porque siento y porque no puedo dejar de hacerlo aunque lo he intentado.

El río San Jorge y la quebrada San Jerónimo eran mis escenarios de asombro: su rumor constante me enseñó que todo fluye, que toda corriente busca su destino.
La cercanía con los campesinos me reveló la sabiduría sencilla de quienes viven de la tierra y la honran con el sudor.
En medio del trabajo y las historias junto al fogón nació mi fascinación por los relatos y por las palabras que guardan memoria.

Mi padre me inculcó tres pasiones que me acompañan hasta hoy: la lectura, los deportes y la música.
Con él aprendí a amar el fútbol y el ciclismo, que me enseñaron el valor del esfuerzo y la disciplina, pero también el arte de disfrutar la vida en movimiento.
Y me transmitió, sobre todo, el amor por la música del Caribe colombiano: el vallenato, el porro, la cumbia, el bullerengue.
Él siempre fue admirador de los grandes juglares: Alejandro Durán, Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, Enrique Díaz, Miguel Emiro Naranjo, Lucy González , «La Niña» Emilia, Juancho Polo, Alfredo Gutiérrez, Emiliano Zuleta, Leandro Díaz, Rafael Escalona, Pablo Flórez y tantos otros que, con su canto, sembraron poesía en el alma del pueblo.
De esa herencia nace también mi impulso por escribir sobre ellos, sobre nuestra música, nuestras raíces, los vinos y sabores porque todo eso hace parte de mi oficio y de mi vida.

Mi padre me enseñó que la cultura no es un lujo sino una forma de dignidad.
Y que hablar de un buen vallenato, de un vino o de un gol bien hecho, puede ser también una manera de escribir poesía.

En aquellos años la falta de luz eléctrica nos acercaba a otra forma de maravilla: la radio.
Frente a ella aprendí a imaginar. “Ver la radio” fue mi primera forma de escribir con los sentidos: creaba imágenes con las voces, rostros con los sonidos, emociones con los silencios.

No tengo formación profesional en literatura ni en escritura.
Soy un hombre empírico, un autodidacta de la palabra.
No aprendí entre pupitres ni bajo la guía de un profesor de letras, sino en las aulas del mundo, en el vaivén de la vida misma.
He aprendido escuchando el murmullo de la calle, observando la nobleza de lo simple, leyendo sin pretensiones y escribiendo sin miedo.
Mis verdaderos maestros han sido el amor, la nostalgia, la música, el silencio y el paso del tiempo.

No escribo desde la técnica, sino desde la intuición; no desde la teoría, sino desde la emoción.
Escribo como quien conversa con su sombra o con su propia historia.
A veces las palabras habladas me resultan más pesadas que las escritas.
Frente al papel, o frente a una pantalla, encuentro refugio: allí mi voz no tiembla, allí puedo pensar en calma y reconciliarme con mis pensamientos.

He vivido treinta y un años de los cincuenta y uno que tengo en Bogotá, la fría capital que me adoptó sin apagar el fuego costeño que me habita.
Allí, entre el ruido y la prisa, fue donde aprendí a escribir con más constancia, quizás para no perder el hilo de mi origen, quizás para que el Caribe siguiera vivo en mi interior.
Porque aunque vivo lejos del mar, el río y la quebrada, ellos me siguen por dentro: están en mis recuerdos, en mi acento, en la forma en que nombro el mundo.

Mi oficina es un lugar poco habitual: el TransMilenio, ese río de metal que atraviesa la ciudad.
Allí, entre el bullicio y la marea humana, encuentro el ritmo perfecto para escribir.
Es mi taller en movimiento. Escribo mientras el paisaje cambia y las estaciones se suceden como capítulos de una novela interminable.
El vaivén del bus es mi metrónomo; el murmullo de la gente, mi fuente de inspiración.

Y cuando llego a mi sitio de trabajo, el restaurante El Viejo Bandoneón, la escritura no se detiene: se transforma.
Allí, entre aromas y copas, aprendo cada día que atender a un cliente también es un arte.
Sugerir un plato o un vino se parece mucho a escribir: en ambos casos uno intenta ofrecer una experiencia, despertar los sentidos, dejar una huella.
Un buen vino, como un buen texto, debe tener cuerpo, ritmo y carácter; debe empezar suave, luego sorprender, y finalmente dejar un recuerdo que perdure.

Aunque no soy músico, me apasiona analizar las letras de las canciones.
Las escucho con detenimiento, las desarmo y las vuelvo a armar para entender lo que me transmiten.
Las califico según la hondura que dejan, según la emoción o la verdad que encierran.
En cada letra encuentro una historia, una intención, una mirada sobre el mundo que me inspira o me conmueve.

En mi niñez y adolescencia practiqué fútbol, ya no lo hago; sin embargo, sigo leyendo el juego desde mi propia óptica.
Observo la táctica como si fuera un texto, la jugada como si fuera una frase bien construida, el gol como una metáfora que estalla en belleza.
Lo mismo me ocurre con otros deportes, como el ciclismo, que admiro por su esfuerzo silencioso, por esa épica del pedal que combina soledad y resistencia.
Todo eso, al final, también es literatura en movimiento.

He escrito sobre cultores de la música del Caribe colombiano: algunos ampliamente reconocidos, otros menos conocidos, pero todos valiosos.
Mi pluma los busca, los enaltece, los devuelve al lugar que merecen.
Es mi forma de rendir tributo a quienes, con su canto, mantienen viva la memoria cultural de nuestra tierra.

Así que escribo, no porque me considere un escritor, sino porque soy un hombre que siente, que observa, que reflexiona y recuerda.
Escribo porque la vida me desborda y necesito ponerla en palabras.
Porque a veces solo al escribir entiendo lo que vivo.

Y si me preguntan: ¿por qué escribes sin ser escritor?, responderé con calma, con la serenidad de quien ha encontrado su verdad:

Escribo porque soy movimiento y pensamiento; porque, como en el fútbol, cada palabra es un pase que busca destino, una jugada que nace del corazón.
Porque escribir, al igual que vivir, es no dejar que la pelota del alma se quede quieta.

Atentamente,
*Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Rosendo Romero Ospino: El Poeta que hizo del vallenato un arte del alma.

«Los poetas son hombres que han conservado sus ojos de niño»: León Daudí (escritor español)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado.

La voz de los poetas es un instrumento invisible que hace vibrar las cuerdas del alma. Donde hay poesía, hay música, y donde la música brota desde las entrañas, el espíritu se desnuda, se reconoce y se libera. Hay compositores que escriben canciones y hay otros que, como Rosendo Romero Ospino, bordan emociones con hilos de palabras, de metáforas, de ternuras silvestres y honduras humanas, en las que cada nota, cada acorde, cada verso, es un reflejo íntimo de lo que somos por dentro.

En Villanueva, La Guajira, ese rincón donde el viento sopla con sabor a cactus, a cardonales y a historia, nació este poeta mayor. Fue un domingo 14 de junio de 1953 cuando llegó al mundo en el hogar formado por Escolástico Romero y Ana Antonia “La Nuñe” Ospino. El sexto de nueve hijos, seis varones y tres mujeres, y todos los hombres, como si en el corazón les palpitara un tambor antiguo, y por su sangre corriera los fuelles de un acordeón, se dedicaron a la música. Así nació la dinastía de «Los Romero», una de las familias más representativas del vallenato: herederos de una sensibilidad que viene desde su abuelo Rosendo Romero Villarreal, y que florece con fuerza en su padre Escolástico, un verdadero juglar: compositor, cantante y acordeonista de los buenos, de los que tocaban con el alma. En Rosendo, la música no fue una opción: fue un mandato silencioso del destino, un talento sembrado en el corazón desde antes de nacer.

Villanueva no solo lo vio nacer: le dio raíces. Tierra de cafetales, de fragantes mañanas y rica en cultura; creció en el barrio «El Cafetal», cuna también de otras figuras insignes del folclor vallenato. Fue allí donde el niño Rosendo aprendió a mirar el mundo con asombro, con el alma abierta, con las manos llenas de música. No solo es poeta: también es músico de cuerpo entero, intérprete sensible del acordeón y la guitarra, esos instrumentos que abrazan y confiesan que cantan y lloran con él.

Pero lo que distingue a Romero Ospino, no es solo su linaje, sino la manera como transforma la emoción en poesía, y la poesía en canción. No es un compositor convencional. Es un artesano del verso, un jardinero de metáforas que cultiva sentimientos y los convierte en paisajes musicales usando con maestría las figuras literarias como el pintor usa sus colores: con intuición, con sabiduría, con asombro. En sus letras, el amor no es solo una emoción: es una flor que nace entre espinas, una luna que guía en la oscuridad, un suspiro que se posa en la orilla del recuerdo.

Rosendo escribe con los ojos de un niño y el alma de un sabio. En sus canciones la naturaleza es compañera del sentimiento y por eso sus versos están poblados de cielos que lloran de montañas que guardan secretos, de caminos que recuerdan besos, de flores que llevan el nombre de una mujer amada. Su poesía está viva, es cercana, y nos toca porque habla de lo esencial: del amor que duele, del deseo que espera, de la ausencia que cala hondo, de los sueños que no mueren.

Sus canciones más conocidas son verdaderos poemas con melodía. “Mi Poema” no es una simple declaración de amor, es un himno a lo que se siente cuando se ama sin condiciones, sin orgullo, sin miedo. “Noche sin Lucero” encierra la imagen perfecta de la soledad: la oscuridad del alma cuando el amor se ha ido. “Cadenas” es la confesión de quien ama con intensidad, aunque duela. “Romanza” es un canto delicado a la entrega, una caricia hecha canción. En “Fantasía” el amor se vuelve sueño, deseo que vuela más allá de la razón. «El amor es un cultivo» es la siembra de un sentimiento, el cuidado y la dedicación que requiere para florecer. Y en “Sueños de conquista” el alma se convierte en guerrera, en luchadora por esos amores imposibles que valen la vida entera. Cada título suyo es una llave que abre una emoción profunda, un rincón escondido del alma humana.

Y si algo define a Rosendo Romero es su capacidad para convertir lo cotidiano en algo sublime, lo simple en extraordinario. Es un poeta del amor, sí, pero también del paisaje, del recuerdo, del deseo. Su capacidad para entrelazar el entorno con los sentimientos lo convierte en un maestro de la sensibilidad. En “Copitos de pino” por, ejemplo, no solo nos habla del amor: lo envuelve en un lugar paradisíaco, donde cada imagen, cada metáfora, cada aroma, tiene el peso exacto de una declaración emocional. Es una canción donde el amor no se grita, se insinúa; donde no se impone, se ofrece con delicadeza. Y en “Villanuevera”, aunque canta a una mujer, canta también a su tierra, haciendo de la figura femenina un símbolo de origen, de pertenencia, de belleza que florece como flor guajira en medio del campo.

Su creación no se limita al vallenato. También ha compuesto en otros aires del Caribe colombiano, dejando su huella en la cumbia y el porro. De su inspiración brotó «Zenaida», una de las cumbias más escuchadas a nivel nacional e internacional, interpretada por Armando Hernández. En ella narra con ternura la historia de una humilde mujer vendedora de frutas, que con su canto alegraba las calles de Cartagena. En esa canción, como en tantas otras, la dignidad de lo cotidiano se transforma en canto eterno.

Otra de sus obras musicales, “Me sobran las palabras”, ha traspasado fronteras. Con millones de reproducciones en las plataformas digitales y versiones interpretadas en distintos rincones del mundo, esta canción confirma que su poesía no tiene barreras, que su arte toca corazones más allá del idioma y la geografía.

Sus canciones decembrinas son otro de sus regalos para la música. En temas como “Mensaje de navidad”, “Mil navidades”, “Luces navideñas” y “Navidad”, Rosendo nos devuelve la ternura, la esperanza, el abrazo familiar. Lo llaman con cariño “El Cantor de las Navidades”, porque sus letras hacen parte del alma de cada diciembre, cuando los afectos se vuelven canción y el tiempo se detiene por un instante para recordar lo que importa.

Su primera canción fue “La custodia del Edén”, grabada por su hermano Norberto Romero en el acordeón y la voz de Armando Moscote. Desde entonces, la grandeza de su pluma no pasó desapercibida. Grandes intérpretes del vallenato grabaron sus composiciones: Rafael Orozco, Diomedes Díaz, Beto Zabaleta, Silvio Brito, Jorge Oñate, Juan Piña, Iván Villazón, Jairo Serrano, entre muchos otros. Porque cuando una canción nace del alma, todos quieren cantarla. Además, comparte sangre con el gran Israel Romero, “El Pollo Isra”, uno de los acordeonistas más célebres del folclor colombiano y fundador del Binomio de Oro, otra joya de esta familia prodigiosa.

Rosendo Romero no solo escribió canciones: construyó un universo lírico y emocional donde caben todos los que han amado, llorado, soñado o perdido. Su música no solo entretiene: acompaña. No solo gusta: conmueve. Y en cada uno de sus versos hay una invitación a mirar la vida con ojos nuevos, con más sensibilidad, con más poesía.

No en vano, el doctor Ángel Massiris Cabeza, geógrafo, escritor e investigador, lo rebautizó como “El poeta del camino”. Y es que en muchas de sus canciones, el camino aparece como símbolo de búsqueda, de esperanza, de vida que avanza. El camino para el maestro «Chendo», como lo llaman cariñosamente sus amigos y familiares, no es solo paisaje: es destino, es tránsito del alma, es memoria que camina.

Hoy, más que nunca, su legado se alza como un faro en medio del ruido. Porque en una época donde la música muchas veces pierde su alma, las canciones de Rosendo nos recuerdan que aún existe espacio para la belleza, para el verso cuidado, para el arte que nace desde lo profundo y se queda a vivir en nosotros.

Gracias, maestro Rosendo Romero Ospino, por recordarnos que el alma también tiene guitarra, que la palabra puede ser río, viento, camino y abrazo, que en cada canción verdadera late una historia del hombre y del universo.

Gracias por enseñarnos que la belleza no muere: solo cambia de melodía.
Que en el acordeón se esconde la respiración del tiempo y en la poesía, la huella invisible de los que amaron con verdad.

Su arte no pertenece solo al vallenato:
es patrimonio del alma humana, es una brújula en medio del ruido, una lámpara que alumbra los caminos del sentimiento.

Quienes escuchamos sus versos no solo oímos música: escuchamos la vida misma queriendo decir algo antes de callar.

Por eso, Maestro, su canto permanecerá más allá del polvo y del olvido, porque la eternidad se escribe en canciones como las suyas donde el corazón se vuelve palabra y la palabra milagro.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Carlos Fajardo Tatis: el compositor que convirtió la tristeza y el sufrimiento en canciones

“La música es la vida emocional de la mayoría de la gente”:
Leonard Cohen (cantautor, poeta y novelista canadiense)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay existencias que parecen nacidas del abismo, pero aun así se empeñan en buscar la cima. Vidas que nacen entre sombras y, sin embargo, insisten en hallar la luz. Seres que aprenden a cantar antes que a llorar, porque intuyen que en la música se esconde la forma más pura de resistir. Hombres que, en lugar de odiar, responden al dolor con canciones. Que convierten el sufrimiento en belleza, como si cada herida fuera una cuerda más del instrumento que los sostiene.
Así es la historia de Carlos Arturo Fajardo Tatis, un hombre que no solo sobrevivió al olvido, sino que lo transformó en arte.

Su historia comienza entre montañas húmedas y verdes, en Umbito, una vereda del municipio de Necoclí, Antioquia, donde la tierra huele a barro recién abierto y el aire trae consigo la sal del mar Caribe. Allí, en medio de plátanos y cocoteros, nació un martes 26 de septiembre de 1967. Aunque su registro civil fue presentado en San Pelayo, Córdoba, su alma pertenece a los montes antioqueños: al rumor del agua entre las piedras, al silbido del viento que se enreda en la vegetación, al canto de las aves que anuncian la lluvia.

Hijo de Manuel Fajardo Otero y Olga Tatis Arrieta, fue el menor de ocho hermanos. La muerte temprana de su madre y el abandono de su padre lo dejaron frente a la vida como un niño sin mapa. En su niñez y adolescencia sufrió el peso del maltrato familiar y la incomprensión de quienes debieron protegerlo. Pero aquella infancia herida no apagó su espíritu: lo templó. De esa adversidad nació una fortaleza secreta, un pulso que más tarde se transformaría en canción.

Entre labores rudas e inclemencias, cargó agua, sembró la tierra, ordeñó vacas, cortó leña. La montaña fue su escuela y su refugio. Allí aprendió que el cansancio también enseña y que el perdón alivia más que la venganza. Entre el mugido del ganado y el eco del machete, comenzó a mirar el mundo con ternura, incluso cuando dolía.

El destino lo llevó luego a Cartagena, esa ciudad donde el mar canta con voz antigua. Allí conoció la otra cara de la soledad: los andenes fríos, los cartones como abrigo, la indiferencia como rutina. Fue habitante de la calle, niño de la intemperie, sombra entre luces ajenas. Pero incluso en ese desamparo, la música lo acompañó como una llama inextinguible.

En los años más duros, trabajó en el mercado de Bazurto, limpiando verduras, cargando bultos y empacando productos bajo el sol inclemente. Entre el bullicio, los pregones y el olor a pescado fresco, comprendió que el trabajo también puede ser una forma de dignidad. Con el sudor de sus manos logró terminar los estudios primarios y avanzar parte de la secundaria, demostrando que el conocimiento no siempre nace en las aulas, sino en la voluntad.

Fue allí, en medio del ruido de los carretilleros y los gritos de los vendedores, donde aprendió a tocar la guitarra por sí mismo. Sin profesor ni partituras, fue descifrando los sonidos hasta convertirlos en compañía. La guitarra se volvió su confidente y su escudo, el puente entre su pasado de silencio y su futuro de melodías. Con ella empezó a componer sus primeras canciones, a darle forma al sentimiento, a rescatar del dolor un motivo para seguir.

Admiraba a Pedrito Fernández, el niño ranchero, y al cantautor cordobés Máximo Jiménez, cuyas letras sociales hablaban de resistencia. Aquellas voces fueron su escuela invisible. Inspirado por ellas, compuso su primera canción: “Entre Cartones”, una ranchera nacida del hambre y la orfandad, del coraje de seguir viviendo. La cantaba en los buses, mientras vendía productos para sobrevivir, y su voz temblorosa, sincera, conmovía a quienes lo escuchaban.

Años después, en un homenaje en el Colegio José Celestino Mutis, en el barrio La Esperanza, de la ciudad de Cartagena, interpretó esa canción ante un público que no pudo contener las lágrimas. Por primera vez, el dolor se convirtió en aplauso, y la calle en escenario. Ese día comenzó su segunda vida.

De esa semilla florecieron nuevas canciones: “Adiós a la diosa”, “Mañosa y embustera”, “El rabo de carnero”, “El manjar”, “El rey de la alegría”, “Corazón de hielo”, “Una nueva vida”, “El guerrero del amor”, “Canto para ti”, “Me tuve que ir”, “Inocente niño”, “Ilusión de amor”, “Ya lo decidí”, “El ombliguito”, “Esclavo de tus besos”, “Nadie es perfecto”, “Hechicera”, “El Gol”, “Un Verano”, “Tu Invierno”, entre muchas más, pasando del centenar de composiciones.

Sus canciones abarcan todos los matices del alma: unas son románticas y sentimentales, escritas desde la ternura y la nostalgia; otras, jocosas y de doble sentido, herederas de la picaresca del hombre caribeño, que sabe reírse incluso de sus propias penas. En cada verso hay verdad y desparpajo, dulzura y picardía, como si la risa y el amor se dieran la mano en la misma estrofa.

En su Organización Musical KAFATA, que él mismo dirige, ha grabado varios temas en su voz, pero también han sido interpretados por artistas de distintos géneros: Darío Gómez, el Rey del Despecho; Leidy Carolina Posada, hija del legendario Luis Alberto Posada; el Rey Vallenato Manuel Vega Vázquez y su hermano Ricardo; Horacio “El Chacho” Mora, Marines Lezama, Diego Luis Lara, Osnaider Cabarcas, José Vázquez, Elías Ospino Aguilera, Los Soneros de Gamero en la voz portentosa de Isolina León, la agrupación «Luna Vallenata», conformada por las Hermanas Tatiana y Roxana Díaz, Ramy Torres, entre otros.

Carlos Fajardo es un creador versátil: puede moverse entre el vallenato, el porro, la salsa, la ranchera, la champeta o la música popular, pero su verdadera patria es la verdad. No le interesa la fama, sino la autenticidad. Su meta es que cada canción sirva para algo, que alguien, al escucharla, sienta que no está solo.

Admirador de los grandes exponentes de la música vallenata, desde los juglares como: Alejandro Durán, Leandro Díaz, Rafael Escalona, Juancho Polo, Luis Enrique Martínez, Alfredo Gutiérrez, y de los cantantes, Jorge Oñate, Rafael Orozco, Beto Zabaleta, Poncho Zuleta, entre otro, sin embrago Carlos se declara Diomedista de corazón, seguidor del estilo y la poesía de Diomedes Díaz «el Cacique de La Junta», a quien considera una fuente de inspiración inagotable por su capacidad de transformar la cotidianidad en canto, el amor en palabra y la vida en leyenda.

Su talento lo llevó a los grandes escenarios. De la mano del maestro Darío Gómez, quien grabó su tema “Una nueva vida”, llevándolo al reconocimiento nacional e internacional, confirmando que su camino, aunque silencioso, seguía creciendo como la música misma: sin prisa, pero sin pausa.

Ganó festivales como el de Arjona, con el tema “Quiero ser libre”; obtuvo el segundo lugar en Turbana y el primero en el Festival del Frito con una cumbia titulada “La más bonita”. Para él, cada tarima es un altar y cada canción, una plegaria.

De sus abuelos Marceliano Tatis, músico español avecindado en Cartagena, y José Fajardo, integrante de la Banda Bajera de San Pelayo, heredó la música como linaje.

Hoy, la historia se cierra con una justicia poética: aquel niño que un día fue nómada entre montañas y calles es ahora guía turístico en Cartagena, la ciudad que lo vio llorar y levantarse. Recorre sus plazas, murallas y calles coloniales contando historias con el mismo ritmo con que compone versos. Su voz guía a los visitantes por los caminos de piedra donde aún resuenan los tambores de la historia. Cada relato suyo tiene la cadencia de una canción y la ternura de quien ha comprendido que también se puede sanar mostrando belleza.

Porque Carlos Fajardo Tatis ya no solo canta: ahora también guía. Y en su mirada, el mar parece escucharlo.

Su vida es un espejo donde todos los que sufren pueden mirarse. Enseña que el dolor no destruye: revela. Que la pobreza puede ser semilla de grandeza. Que el arte no pertenece únicamente a los elegidos, sino también aquellos valientes y luchadores de la vida como él.

En los ojos de Carlos aún habita el niño que dormía en la calle, pero también brilla el resplandor sereno de quien ha vencido al destino. Ha demostrado que, aunque el mundo te deje sin techo, el corazón puede seguir siendo una casa donde habite la esperanza.

Hoy, Carlos Fajardo Tatis se considera un hombre feliz. No porque haya olvidado su pasado, sino porque aprendió a reconciliarse con él. Su felicidad no es una huida del dolor, sino una celebración de la vida misma, de haber sobrevivido y creado belleza a partir de la herida.

Y su mensaje, que ya no es solo suyo sino de todos los que han llorado en silencio, vibra como un eco eterno.

“No importa cuán oscuro sea el camino; mientras exista una canción, propia o ajena, el alma tendrá un motivo para seguir viviendo»:Roy Galán

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado.