Isolina León: “La Tranca” Voz, alma y esencia del bullerengue

“La música es el acto social de comunicación entre la gente, un gesto de amistad, el más fuerte que hay.”
(Malcolm Arnold, músico y compositor británico)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

El bullerengue, más que una música o una danza, es un rito de memoria viva: una práctica social, cultural y profundamente espiritual que nace del corazón del Caribe colombiano. En sus cantos resuena la historia, la resistencia y la sabiduría de los pueblos afrodescendientes que han encontrado en el tambor, la voz y el cuerpo una manera de ser, de existir, de perdurar. Y si hay una voz que encarna con autenticidad esa herencia, esa fuerza ancestral, es la de Isolina León Blanco, conocida en el universo del folclor como “La Tranca”.

Isolina nació en el corregimiento de Gamero, municipio de Mahates, en el cálido y fértil departamento de Bolívar, donde el bullerengue no se aprende: se respira. De esas tierras campesinas, sembradas de historia y dignidad, emergió su voz. Una voz que no solo canta, sino que brota como semilla viva del barro, del azadón, del sudor, del río y del monte.

Campesina pura, de hacha y machete, Isolina es una mujer de manos curtidas y alma luminosa. Cultiva la tierra, corta leña, se ha dedicado a la pesca, y ha hecho de su cotidianidad un poema de trabajo y resistencia. En ella se funden la sabiduría ancestral de las cantaoras y la nobleza silente de las mujeres del campo. Madre y abuela amorosa, ha sacado adelante a su familia con esfuerzo, dedicación y una fortaleza que asombra. Es el corazón de su casa, el sostén de los suyos y un orgullo inmenso para su terruño, que la reconoce como símbolo de lucha, talento y tradición.

Como la tranca que resguarda con firmeza las puertas de las casas caribeñas, fuerte, confiable, protectora así es la voz de Isolina León: un umbral que defiende y sostiene la tradición viva del bullerengue. Su apodo no es un mero adorno: es símbolo y testimonio de carácter, de identidad, de permanencia. De hecho, fue precisamente “La Tranca”, su primer éxito musical grabado en 1999, el tema que le dio ese nombre artístico y la catapultó a la fama. Aquella canción, vibrante y poderosa, se convirtió en la sensación durante las fiestas novembrinas de Cartagena y los carnavales de Barranquilla, abriendo para ella el camino hacia los corazones del pueblo.

Seguidora fiel de la legendaria cantora Irene Martínez, Isolina no solo aprendió de ella sino que se convirtió en una de sus alumnas más aventajadas tomando la posta de un legado musical invaluable. Hoy esa tradición vive en su garganta y en su andar. Pero su arte no se limita al bullerengue: en sus redes sociales la vemos cantar con igual maestría vallenatos, cumbias, porros y otros aires musicales que hacen parte del alma sonora del Caribe. Su versatilidad no solo asombra, sino que conecta generaciones, territorios y emociones.

Antes de que su voz sonara en escenarios, su canto ya llenaba las calles de su pueblo. Con una ponchera en la cabeza, vendía bollos y dulces que anunciaba con pregones cantados, llenos de picardía y ternura. La gente no solo compraba sus delicias: se detenía a escucharla, aplaudirla, celebrarla. Porque Isolina no vendía productos: compartía alegría, ritmo, sabor. Y ese arte natural, sin escuela, fue su primera tarima.

Dueña de una presencia imponente y una voz que parece nacer de las entrañas mismas de la tierra, Isolina no solo canta bullerengue: lo encarna. Cada nota que entona es un llamado a la memoria colectiva; cada ritmo que interpreta es una conversación entre generaciones; cada presentación es una ceremonia en la que la historia se vuelve presente y la tradición, un acto de amor.

Es, además, la voz oficial y líder de la agrupación Los Soneros de Gamero, colectivo musical que ha sabido mantener viva la herencia de sus ancestros. Con ellos ha grabado temas que son ya himnos del bullerengue: La Gozadera, El Tun Tun, Carita Pintá, El Pollerón, La Lengua, entre otros, verdaderas joyas que hacen palpitar los escenarios con su ritmo contagioso. Su alegría en escena es tan genuina que no se puede fingir ni imitar: nace de una vida vivida con pasión y con música en la piel.

Su sonrisa resplandeciente ilumina no solo su rostro, sino también los corazones de quienes la escuchan. Tiene ese carisma cálido y entrañable que desarma y abraza. Con solo una mirada, conecta. Con su risa abierta y contagiosa, enciende la fiesta, el alma y el recuerdo. Sus trajes coloridos, vibrantes como los paisajes del Caribe, hablan también de su identidad: una mujer que honra sus raíces con orgullo y elegancia. Sus labios maquillados, su piel negra y hermosa, su porte altivo y festivo, la convierten en un ícono de la estética afrocolombiana. Cada detalle en su vestimenta y en su actitud escénica es una declaración de belleza, de libertad, de dignidad.

Alcanzó la fama después de los 50 años, en un mundo que suele venerar lo efímero y olvidar lo esencial. Pero ella llegó con fuerza serena, como quien sabe que su momento está inscrito en un tiempo más sabio. Hoy, siendo una septuagenaria, continúa de pie sobre los escenarios, regalando su canto con la misma pasión del primer día, demostrando que la belleza, la fuerza y la autenticidad no tienen fecha de caducidad.

Su éxito tardío es, en realidad, un acto de justicia poética: el reconocimiento merecido a una vida entregada al arte, a la cultura y al trabajo digno. Porque la voz de Isolina León no solo se escucha: se siente, se vive, se celebra. En cada interpretación revive la herencia musical de sus ancestros, como un eco sonoro del alma afrocolombiana, que encuentra en su garganta una morada digna y luminosa.

Con cada tamborazo, con cada letra, con cada mirada, Isolina nos recuerda que el bullerengue es un acto de resistencia, pero también de ternura. Que es posible envejecer con gracia, con arte, con orgullo. Que la sabiduría no solo está en los libros, sino en los cuerpos que danzan, en las voces que cantan, en las mujeres que no se rinden.

A través de su música ha llevado la esencia del Caribe colombiano a escenarios nacionales e internacionales, posicionando su arte como una voz imprescindible en la historia del folclor. Su legado no es solo sonoro: es espiritual, cultural, estético. Es un canto a la vida que reverbera en cada comunidad que la escucha, en cada niña que sueña con cantar como ella, en cada tambor que suena con amor y dignidad.

La madurez y la experiencia se reflejan en cada uno de sus gestos, en cada movimiento acompasado de su cuerpo al ritmo del tambor. Su voz, sin embargo, sigue fresca y vibrante, como un manantial que brota desde las raíces mismas de la cultura afrocolombiana, una voz que rompe las barreras del tiempo y del olvido.

Pero para comprender verdaderamente el alma de Isolina León, hay que volver al punto de partida: Gamero, su tierra natal. No se puede hablar de “La Tranca” sin hablar de ese pequeño paraíso afrocolombiano, donde la historia se canta, se baila, se cultiva y se honra con cada amanecer. Gamero no es solo un lugar en el mapa: es un territorio espiritual, una escuela de vida, un útero musical del que han nacido grandes voces y memorias. Allí, donde la ciénaga abraza los caminos de tierra y el sol acaricia las hojas del plátano, se respira una belleza indómita y ancestral.

El paisaje natural de Gamero parece conjurado por la poesía: caños que serpentean entre los árboles, campos verdes que vibran al ritmo de las cosechas, aves que anuncian el día con sus cantos, y ese rumor del agua que acompaña la vida como un tambor secreto. Es un lugar donde la naturaleza canta, donde la tierra tiene alma y donde el bullerengue no es solo una expresión artística, sino el pulso mismo del pueblo.

Cuna de grandes exponentes de la música tradicional Gamero ha parido leyendas que hoy son patrimonio sonoro de la nación. En cada esquina se escucha un eco de tambor, una voz que entona memorias, un niño que baila, una abuela que enseña, una comunidad que celebra. La riqueza del pueblo no está en sus bienes materiales, sino en su gente, en su sabiduría, en su herencia viva. Allí, el arte no es espectáculo: es alimento espiritual, es herramienta de sanación, es legado que se hereda como se hace con la semilla o el apellido.

Y en medio de esa abundancia invisible, Isolina León, a pesar de haber sido ovacionada en escenarios nacionales e internacionales, no ha perdido su esencia. La fama no la ha despegado del suelo: la ha reafirmado en él. Sigue siendo la mujer sencilla que recoge leña, que cocina con amor, que canta en la plaza del pueblo con la misma entrega con la que lo hace frente a miles. No hay vanidad en su andar, sino gratitud. No hay distancia entre la artista y la mujer: hay coherencia, hay humildad, hay raíz.

La han visto en teatros y en tarimas, sí, pero también se le puede encontrar en su casa, conversando con vecinas, riendo con niños, hablando con los árboles. Su vida no se disfraza de fama: se adorna con autenticidad. Es la misma Isolina que caminó descalza por los caminos polvorientos, la que vendía bollos cantando, la que aprendió más de la vida que de los libros. Una mujer hecha de tierra, de río, de voz, de lucha. Una ceiba que no olvida la semilla que fue.

Gamero es cuna de cantaoras y cantaores, un bello pueblo afrodescendiente e indígena, que simboliza la resistencia negra, encallado al lado del Canal del Dique y la Ciénaga de Matuya. Es un pueblo muy rico en saberes relacionados con la pesca, la agricultura, plantas medicinales y expresiones artísticas en las que se destaca el bullerengue, la danza son de negro y los cantos fúnebres. Es una despensa folclórica de las fiestas populares de la región Caribe.

Raíz profunda, vuelo alto. A pesar de las alas que la llevaron a escenarios lejanos, su corazón sigue hundido en la tierra que la vio nacer. Sencillez y humildad, dos virtudes que la fama no pudo arrebatarle.

Como una ceiba que crece firme en la orilla del río, su espíritu sigue arraigado en la tierra que la nutrió. La fama no se le subió a la cabeza, porque su verdadera riqueza está en la simplicidad de la vida campesina.

Con las manos que una vez sembraron semillas, ahora cosecha aplausos. Pero es en el silencio del pueblo, rodeada de animales y plantas, donde encuentra la verdadera paz. Su voz es un reflejo de su alma, pura y auténtica, como el canto de los pájaros al amanecer.

Es un ejemplo vivo de que la verdadera grandeza no se mide por los escenarios que se pisan, sino por la profundidad de las raíces que se mantienen firmes en la tierra que nos vio nacer.

Atentamente, Ramiro Elías Álvarez Mercado.

Biografía Artística de José Isael Ruidíaz Quiñónez

Nacido el 30 de julio de 1951 en el municipio de Guamal, Magdalena, José Isael Ruidíaz Quiñónez es un compositor que ha sabido dejar huella en la música tradicional de la región Caribe. Criado en la vereda La Linda, jurisdicción de Los Andes, a la altura del kilómetro 17, su infancia transcurrió entre paisajes naturales que más adelante inspirarían muchas de sus composiciones.

Desde los 15 años comenzó a sentir un profundo interés por la música, etapa en la que empezó a escribir sus primeras canciones. Su debut como compositor fue con la obra “El Colibrí”, una canción que nació de su sensibilidad hacia la naturaleza, al observar cómo ese pequeño pájaro libaba el néctar de las flores. Esta obra fue grabada por el recordado maestro Julio Erazo Cuevas (Q.E.P.D.), orgullo de Guamal, quien además fue una de las principales influencias y guías en los inicios artísticos de Ruidíaz.

José Isael ha dedicado su vida a la composición de vallenato tradicional, aunque también ha incursionado en otros géneros como la música tropical, el porro, la música popular y las versiones llaneras. A lo largo de su trayectoria, que supera las cuatro décadas desde la grabación de su primera canción en 1979, ha creado un repertorio de aproximadamente 180 a 200 canciones, reafirmando su compromiso con el arte musical colombiano.

Sus obras han sido interpretadas por reconocidos artistas como Julio Erazo, Próspero Posada, Los Hermanos Martelos, Omar López Santos, Luis K. Jiménez y más recientemente por Javier Niño, conocido artísticamente como El Chavelito del Caney.

Miembro activo de SAYCO, José Isael Ruidíaz ha mantenido siempre una línea de inspiración muy clara: la naturaleza, el amor y las mujeres, temas que se entrelazan con sentimientos de nostalgia, devoción y esperanza. En sus letras transmite un mensaje de amor a Dios, respeto por la vida y el anhelo de un mundo en paz.

Para él, ser compositor en Colombia representa un reto, pero también un honor, pues considera que su misión es llevar alegría y emoción a través de sus melodías. Fiel a sus principios, deja un consejo a las nuevas generaciones:

“Que compongan con el alma y con coherencia, porque la verdadera música nace del corazón”.

Lcda. Belinda Olano Barrera
Periodista y gestora cultural
Estampas Vallenatas del Folclor

Tomás Martínez Montenegro: ¡El Curucutiador!

«La cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y vivir»: Milan Kundera (escritor, dramaturgo, ensayista y poeta checo)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

En la vasta y palpitante geografía del Caribe colombiano, donde los vientos arrullan con cantos antiguos y el sol dora las raíces de la tierra, hay almas que no solo habitan el arte: lo respiran, lo encarnan, lo hacen carne viva. Una de esas almas luminosas es la de Tomás Martínez Montenegro: caminante de la palabra y del ritmo, sembrador de memoria, tejedor de identidades.

Escritor apasionado, investigador cultural incansable, compositor de música vallenata y de otros aires del trópico; pero más allá de los títulos, es un hombre que escucha el murmullo del pasado y lo transforma en canto.

Su obra, más que una expresión individual, es un puente de tierra y tiempo, un eco que enlaza generaciones con un hilo invisible pero poderoso: el de la tradición viva.

No fue el azar quien lo bautizó con ese nombre curioso y entrañable: “El Curucutiador”. No lo define un diccionario, sino el alma popular, que reconoce en él a quien husmea entre las raíces, al que curiosea en los pliegues de la historia, al que busca con hambre tierna y terquedad poética lo que otros dejan pasar. «Curucutear», en su universo, es más que mirar: es descubrir, es escarbar en el silencio para encontrar voces. Si le das una palabra, te devuelve un relato; si le das una pausa, te escribe un poema. Tiene el espíritu de un gato curioso y el corazón de un niño que aún no se resigna al olvido.

Nació un domingo, el 8 de marzo de 1981, como si el calendario mismo le hiciera un guiño al arte y a la sensibilidad. Fue en el Hospital Santander Herrera de Pivijay, Magdalena, donde el Caribe colombiano canta bajito en los patios y las madres aún acunan con coplas. Pero su verdadera infancia, la que se escribe con mayúsculas en el alma, transcurrió entre las calles polvorientas del corregimiento de Sabanas, en el municipio de El Piñón. Allí vivió hasta los once años, entre juegos de tierra, cantos de grillos, lluvias dulces y la brisa cómplice que le hablaba al oído.

Fue el primogénito del amor sencillo y profundo de Cira María Montenegro Cantillo y José del Carmen Martínez de la Cruz, campesinos de manos callosas y corazón abierto, sembradores de vida que supieron enseñar, con su ejemplo silencioso, el valor de la tierra, la dignidad del trabajo, el milagro cotidiano del maíz que florece. En ese hogar de afectos humildes y raíces hondas, Tomás aprendió a escuchar el lenguaje secreto del mundo.

Su primer contacto con las letras fue en la escuela Las Vásquez, llamada así por el apellido de sus fundadoras. Allí, entre pupitres sencillos y pizarras de tiza, comenzó su travesía por el abecedario de la vida. Fue también el lugar donde despertó su amor por la lectura, la investigación y los cantos vallenatos que ya vibraban en su sangre gracias a su padre, ferviente seguidor de Los Hermanos Zuleta. Aquella música que brotaba de las casetas y los radiotransistores no era solo melodía: era historia viva, poesía campesina, mapa del alma costeña.

Cursó hasta cuarto de primaria en la Escuela Rural Mixta de Sabanas, donde guarda un recuerdo especial de la profesora Emma Pizarro, maestra de las que dejan huella, a quien aún conserva en su afecto y memoria. Luego, su camino lo llevó de regreso a Pivijay, donde culminó el quinto grado en la Escuela Urbana de Varones No. 1, y más tarde la secundaria en el Colegio Nacional de Bachillerato (hoy Liceo Pivijay), donde no tardó en destacarse por su inteligencia aguda y sensibilidad singular.

Pero Tomás no es solo un académico ni un artista de libreta. Es un curador de lo intangible, un cronista de lo que se siente más que de lo que se dice. A la par de su formación profesional, ha dedicado su vida a escribir, componer, investigar y preservar la cultura costeña, esa herencia mestiza y luminosa que habita en cada esquina del Caribe. Sus raíces campesinas no son un recuerdo, son el faro que guía su palabra. El contacto íntimo con la naturaleza, con la sencillez de la vida rural, con los silencios que también narran, ha sido la savia que nutre sus libros, sus canciones, su mirada.

El vallenato, más que música, ha sido para él una forma de estar en el mundo. Desde niño, esas letras cargadas de historia y envueltas en melodías que saben a campo y a calle le marcaron el alma. De esa pasión nació el compositor que hoy habita en él. Sus canciones no son artificios: son ventanas abiertas al alma popular, reflejos de su gente, de su pueblo, de su infancia. Tienen el perfume del campo y el ritmo del corazón costeño. Son, como él mismo, una mezcla de tierra y cielo, de lágrima y carcajada, de pasado y presente.

Luego se traslada a la ciudad de Bucaramanga para adelantar sus estudios universitarios y se gradúa de Ingeniero Industrial, con Especialización en Gerencia de Proyectos y un MBA en Administración y Gestión de Empresas.

La llegada a la llamada «Ciudad Bonita» lo marcó profundamente porque pudo apreciar el contraste radical entre el Caribe y la región andina. El cambio geográfico, cultural y emocional le provocó tristeza y melancolía y fue precisamente ese duelo con la nostalgia lo que lo impulsó a escribir un libro sobre la cultura costeña. Para Tomás, la cultura no es solo geografía: es identidad, es herencia, es una forma de respirar el mundo.

Es entonces cuando crea la página “Cultura Costeña: palabras, dichos, costumbres y creencias”, un espacio digital de rescate, de memoria, de exaltación de lo nuestro. Su motivación: escudriñar y descifrar esas huellas culturales y paleontológicas del lenguaje y la tradición oral, que están a la vista, en el habla, el imaginario colectivo, la música y las letras. Todo ello nace de su nostalgia, sí, pero también de una voluntad profunda por preservar y dignificar la vida del pueblo.

A esto suma una intención académica: insertar fundamentos historiográficos y lingüísticos al conocimiento popular, para demostrar que la oralidad también posee valor documental y profundidad intelectual. Sostiene que cuando uno vive en un pueblo, está bajo el embrujo macondiano, y eso muchas veces no permite vislumbrar la riqueza que se tiene.

Estas y muchas más razones nos confirman que Tomás Martínez Montenegro seguirá curucutiando, porque su gente se reconoce en sus libros, en sus canciones, en sus publicaciones. Su diálogo constante con lectores y seguidores le ha permitido descubrir la mayéutica socrática: preguntar para que otros encuentren la verdad que yace en su interior. Ese ejercicio se ha convertido en una sinergia del conocimiento, gestado colectivamente, en red, desde el corazón del pueblo.

El Curucutiador aprendió a escudriñar las raíces del alma costeña, nuestra herencia bucólica y rupestre. Y aunque su arte brota de su propia sensibilidad, también es fruto de una herencia literaria: su tío materno Julio Montenegro, compositor, poeta y escritor, y sus primos Rafael Montenegro García, relator costumbrista de corte picaresco, y Nelman Montenegro López, narrador de cuentos e historias populares.

Tomás Martínez nació con el don de contar historias. Las vive, las canta, las transforma en puentes hacia la memoria colectiva. Es un escritor de raíces profundas, un investigador incansable de los saberes ancestrales, un compositor de versos que se hacen vallenato en el corazón de la gente, un creador de contenido que honra lo cotidiano, lo auténtico, lo nuestro. En cada una de sus facetas, es un guardián de la cultura, un tejedor de identidades que, con sensibilidad y amor, le da voz a las tradiciones que habitan en la entraña del Caribe colombiano.

Libros publicados: ‘Homenaje al Pueblo de la Cultura Costeña’ (Tomo 1 y 2).

En proceso: Obra lingüística e histórica con cerca de 300 expresiones raizales del dialecto Costeñol.

Relatos costumbristas e investigaciones destacadas:

  • Durmiendo en la iglesia de Corralviejo.
  • Descifrando la expresión «Apa ‘o’a» de Alejandro Durán.
  • Quedar con los crespos hechos: origen, usos y variantes en la cultura costeña colombiana.
  • Un hombre fuera de tiempo: Nelman Montenegro.
  • El bohemio: Manuel del Cristo Martínez de la Cruz.
  • Un personaje del pueblo: Augusto César Montenegro Ternera.
  • El Saca Muelas’ sonrisa hasta la eternidad, entre muchos más.

Canciones (grabadas e inéditas): Más de 60 composiciones; entre ellas, ‘Soy de pueblo’, ‘Amor de costumbre’, ‘La bendecida’, ‘Noche de tangas’, ‘Vallenato en gaitas’, ‘Navidad en el pueblo’, ‘El mechón’, ‘El machete’, ‘El Paso de Los Durán’, ‘El pueblo es la inspiración’, ‘El sabanero de oro’, ‘La danza del río’, entre otras joyas musicales.

Intérpretes destacados,
cantantes: Daniel Camilo Baquero Romero, Carlos Alvarado Rodríguez, Horacio «El Chacho» Mora, José de la Cruz, Carlos Mario de la Cruz, José Yancy, Elías Figueroa.
Acordeoneros: Eris Puentes, Xavier Kammerer Ramos, José Martín de la Cruz.

Festivales y premios:

  • Festival Río Grande de la Magdalena (2021) – Primer lugar en canción inédita.
  • Festival La Perla del Norte (2022) – Tercer lugar.

Participaciones en El Banco, Valledupar, Pivijay, Urumita, La Loma, entre otros.

Eventos literarios y publicaciones:

  • Antología Internacional «Entre la guerra y la paz» (2022).
  • Antología «Tejiendo memoria» (2021).
  • Feria del Libro “Déjame leer en paz” (2022) – Barrancabermeja.
  • Festival Autóctono III (2025) – Piedecuesta, Santander.

Tomás Martínez Montenegro es más que un nombre en las páginas del folclor, es un eco que vibra entre las palmas y el polvo del camino. Es un farol encendido en la noche del olvido. Es artesano de la palabra y de la nota, cantor de la memoria y del alma, alquimista del pasado y sembrador de futuro.

En su pluma, la cultura se hace río; en su voz, la historia canta; en su corazón, el pueblo encuentra refugio. Él no solo escribe, consagra. No solo compone, honra. No solo investiga, revela.

Escritor de la memoria viva, compositor del alma popular, investigador de los silencios heredados, gestor del espíritu comunitario y creador digital de un archivo emocional que no cabe en bibliotecas.

Tomás es verbo y raíz. Es tambor y verso. Es pueblo, es tierra, es viento, es fuego. Es Caribe que no se olvida.
Es, en definitiva, el Curucutiador eterno, custodio de lo nuestro, sembrador de identidad, cantor de la verdad profunda que solo los que aman su origen logran convertir en poesía.

Atentamente, Ramiro Elías Álvarez Mercado.

Porte y Elegancia: Un canto al renacer del amor en clave de sentimiento vallenato

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado.

«Porte y Elegancia», del compositor Edwin Andrés “Mákina” Altamiranda Mercado, es un paseo vallenato que retrata, con profunda sensibilidad, el viaje emocional de un hombre marcado por el dolor de una separación amorosa. La letra, cargada de nostalgia y reflexión, nos sumerge en el duelo sentimental de alguien que, tras perder un amor, creyó cerrado para siempre el capítulo del enamoramiento.

Sin embargo, la vida le tenía reservada una nueva oportunidad: un reencuentro con el amor, esta vez encarnado en una mujer que, con su porte y elegancia, despierta nuevamente su corazón adormecido.

La interpretación vocal del maestro Miguel Herrera le imprime a la canción un carácter auténtico, lleno de matices emocionales.
Su voz, clara y poderosa, transmite con sinceridad el dolor del pasado y la sorpresa de un nuevo amor, logrando conectar profundamente con quien la escucha.

En cuanto a la melodía y los arreglos, el acordeón a cargo de Eneison Salas juega un papel protagónico en la narrativa musical. Desde los primeros compases, el instrumento de pitos y bajos se convierte en el hilo conductor de la historia: inicia con un lamento melódico que evoca el desconsuelo del protagonista. Al principio, el acordeón llora. Casi se arrastra, como quien aún no encuentra consuelo. Pero, poco a poco, se eleva, se transforma, florece. Y en ese florecer, con notas delicadas pero firmes, dibuja el rostro de esa nueva mujer, que no solo enamora por su belleza, sino por su porte y elegancia, por su manera de llegar sin buscar protagonismo y quedarse sin pedir permiso.

Conforme avanza la canción, los arreglos se tornan más cálidos y esperanzadores, reflejando el resurgir del amor. Los matices en los pases del acordeón, su digitación precisa y emotiva, y la armonización con la caja y la guacharaca logran ese equilibrio perfecto entre tristeza y renacimiento que caracteriza las piezas del vallenato romántico.

«Porte y Elegancia» no es solo una canción de amor; es una declaración de que el corazón, aunque herido, siempre tiene la capacidad de volver a sentir. Una obra que honra la esencia del vallenato narrativo, donde la música y el mensaje se funden para contar historias que todos, de una u otra forma, hemos vivido.

Aquella ‘Sombra perdida’ que encontró El Binomio de Oro

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Cuando el palpitar de la añoranza no se quería marchar del corazón de una adorada mujer, ella optó por dejar constancia que todo se había perdido en aquellas sombras borradas por la luz de la aurora, provocando que el día fuera perfecto.

Entonces para poner en marcha su proclama, la cantautora Rita Fernández Padilla, se sentó en el viejo piano que le regaló por allá a comienzos del siglo pasado su abuela Josefa María Padilla a su mamá María del Socorro Padilla de Fernández, haciendo el ejercicio de tocar sus teclas y, con versos que había escrito en una hoja de cuaderno, comenzar a cantar. Al terminar esa ponencia musical pensó en el título, resumiéndolo en dos palabras: ‘Sombra perdida’.

Ese sentimiento que marcó su vida lo bordó con su talento y tiempo después la canción fue llevado a la pasta sonora por Rafael Orozco e Israel Romero, El Binomio de Oro ‘De Caché’, corte uno del lado A. Ese acontecimiento sucedió el jueves 17 de abril de 1980.

Para ella no fue difícil recorrer en su pensamiento el sordo camino de la ausencia enmarcado en sombras perdidas, donde su amor no tuvo eco, muriéndose irremediablemente debajo de incontables estrellas que se negaron a alumbrar su cielo. “¿Queeeeé fuiste tú para mí? Un grito que se ahogó en la distancia, un sol que murió con la tarde. Un cielo colmado de estrellas en noches veraneras fuiste tú para mí. Tú fuiste el ave de paso, que vino a posar en mi vida. Hoy solo eres sombra perdida, vagando en recuerdos de ayer”.

Recuerdos del corazón

Rita Fernández con esa sonrisa que nunca esconde para no darle oficio a la tristeza, se transportó a aquel recuerdo. “La canción la compuse al inicio del año 1980 y no me demoré en hacerla, tampoco la aplacé para más adelante. Nació en un solo día. Tiempo después me reuní con Rafael Orozco e Israel Romero, y se las interpreté en el piano. Ellos me la hicieron repetir, les encantó y luego me prometieron grabarla. Fueron testigos de este hecho los compositores Gustavo Gutiérrez Cabello, Santander Durán Escalona y Fernando Dangond Castro”.

Estando en ese viaje rápido de la memoria, continuó: “Esa canción en el acordeón de Israel Romero y la voz de Rafael Orozco, calcó todo mi sentimiento y sigue sonando como si fuera ayer. Tengo una cantidad de anécdotas, pero me quedó cuando Rafael la cantó estando yo tocando el piano y me pude transportar al día que la hice. Vea, ya hacen 45 años”.

Cuando hasta el mapa del adiós se había perdido, no se podía dejar suelta la pregunta sobre quién hizo posible el nacimiento de esta bella canción. Ella hizo una exposición de esas que cierran todas las puertas. “Todo comenzó cuando creí en una persona pensando que era sería, transparente y con las mejores intenciones, pero no fue así. Había que cerrar esa puerta con doble candado”.

No quiso decir el nombre del protagonista, pero se le preguntó sí era un médico vallenato. Ante esto, manifestó: “Puede ser, aunque digo que a las cosas se les pierde el encanto cuando tienen tanta revelación, y por eso mis canciones cuando nacen son libres y no las dejo atadas a nada”.

De repente, confesó que el amor poco hizo cuna en su corazón, y la suma de los sentimientos no le daba el mejor resultado. “Para mí el amor fue muy difícil porque siempre prefería mi música y me la pasaba haciendo presentaciones. Entonces, saltaban los celos de los novios, y eso se convertía en un gran inconveniente. Tuve muchos pretendientes porque la música es un gran atractivo y también por mis cualidades. Al ver esos episodios les daba la espalda a esos amores”.

Al explicar ese proceso, añadió su propia conclusión. “Llegó el momento en que me di cuenta que el matrimonio no era para mí. Si estuviera casada, otra fuera la historia, y no hubiera podido llegar a concretar mi pasión por la música que me ha dado tantos honores. Estoy convencida que no todos los seres humanos se realizan de la misma manera. Definitivamente, las canciones son mis hijas y esa es mi gran realización”.

La cantautora nacida en Santa Marta, entrando en el plano de otra clase de amor, señaló: “El único amor que nunca me ha fallado es el de la música vallenata”. Calló un instante, y luego perseveró en su relato: “La música tiene un sentimiento puro, noble, generoso, espontáneo, y eso provocó que creara en 1968 la agrupación femenina ‘Las universitarias’, con la cual me presenté en el Primer Festival Vallenato, interpretando varias canciones de mi autoría”.

Sombra del ayer

Con la canción ‘Sombra perdida’ la cantautora Rita Fernández, supo curar sus heridas, romper su silencio y pensar más de dos veces en volver a cultivar amores. Siguió componiendo, pero de todas maneras esa historia no ha dejado de perseguirla porque se convirtió en un clásico del vallenato, y como lo dijo un fanático, se escucha hasta en Capernaúm. “Prefiero sentir ya tu ausencia saber que no estás en mi vida. Hoy sólo eres sombra perdida, vagando en recuerdos de ayer”.

Aunque en aquella ocasión la felicidad fue de corto vuelo y el corazón no alcanzó la máxima nota del amor, ella sigue sentada en aquel viejo piano donde nacieron bellos cantos, entre ellos el más grande homenaje a Valledupar, la tierra que le abrió sus brazos sin pedirle pasaporte.

Durante la entrevista destacó a las dos ciudades pegadas a su corazón, Santa Marta y Valledupar, a su padre Antonio María Fernández Daza, quien le marcó el camino de la música y al reconocimiento que le hicieran en el Festival de la Leyenda Vallenata del año 2019.

En la agradable charla matizada con sonrisas nunca guardó silencio, igual que aquella vez cuando el médico de la historia no quiso formularle la medicina para el mal del corazón, y ella con la magia de su inspiración en pocas horas supo convertirlo en sombra perdida.