Gustavo Gutiérrez sigue comprendiendo que lo más bello es regalar ternura

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Para sentarse a escribir sobre Gustavo Enrique Gutiérrez Cabello, cuando su vida se asoma a los 86 años, es necesario poner a cabalgar lentamente las palabras para que las arrope la poesía, apareciendo aquellos versos sensibles que pulió desde su juventud estando untados de melodías logrando nacer bellas canciones. Eso es lo que se llama un milagro dirigido desde el corazón del alma.

Ahora, ‘El Flaco de Oro’ poco habla, más medita porque su experiencia lo ha puesto a sentir de cerca el cariño de su pueblo donde la brisa fresca del ayer y ese glorioso canto ‘Rumores de viejas voces’, ganadora del Festival de la Leyenda Vallenata en 1969, lo hacen darle gracias a Dios por haberle concedido el talento justo a sus pretensiones.

En aquella ocasión cantó. “Recuerdo aquellas mañanas que por las calles se oían venir, canciones que con sus versos que al despedirse querían decir. Rumores de viejas voces, de su ambiente regional, no se escucharán los gozos, de su sentido cantar. Ya se alejan las costumbres del viejo Valledupar, no dejes que otro te cambie el sentido musical”.

Es así como por la vida del cantautor Gustavo Gutiérrez Cabello, navega una pesada carga de nostalgias, unida a todos los recuerdos de sus días de parrandas y de las historias de ese amado Valledupar que lo hicieron inspirar. En ese recorrido del sentimiento aparece la frase: “Gustavo Gutiérrez canta en Valledupar cuando sale el sol, nada compara ese encanto solo tu mirar, divino mi amor”.

Esa frase hace parte del vestido de la canción ‘Confidencia’, la misma con que comienza cada una de sus presentaciones en distintos escenarios. Eso lo conllevó a darle rienda suelta al pensamiento donde los besos de todos los días conformaron la más grande cadena de amor. Entonces fue más allá, pidiendo que esos besos fueran hasta la hora de la muerte.

Gustavo Gutiérrez con sus versos nunca engañó a nadie, sino que buscó las mejores estrategias para armar el crucigrama del encanto y envolver en un canto la sensibilidad de la vida. Esa vida que dibujó a su manera teniendo los hechos calcados en su memoria.

A lo anterior le añadió nobleza, talento, carisma y sus deseos de que Valledupar volviera a ser ese remanso de dicha y paz, amenizado con un acordeón o una guitarra, teniendo a su lado una voz romántica.

Es así como la canción ‘Confidencia’ daba y daba vueltas por el entorno y había que aterrizarla para contar su historia, donde no se medía la distancia porque el camino era largo hasta que llegó a morir en el silencio de un dolor en lejanía. Después, en ese mismo entorno nacieron ‘La espina´ y ‘Ensueño’. Él no se volvió a encontrar con la protagonista, pero al tiempo direccionó su corazón naciendo otras canciones ostentando el título de romántico y soñador. También, el sol del amor le resplandeció y atrás quedó el alma herida de aquel hombre solitario.

Así es. Todo sucedió allá por Valledupar donde se escuchaba un lamento triste y la noche era larga, pa’ sollozar. A él, los destellos del amor lo fueron acostumbrando a encontrarse con las penas y a conocerlas, pero también pudo borrarlas como lo hace la lluvia con las huellas.

Desde aquella ocasión el corazón de ‘El Flaco de Oro’ se enamoró mil veces para que los versos pudieran ser guiados por el viento, llegando a un bello paisaje de sol. Es más, se regresó al pasado y notó como las costumbres se iban muriendo en el recuerdo, y entonces las enmarcó en esa nostalgia del viejo Valledupar.

En un instante de su trasegar por la vida vallenata hizo un alto en el camino y dejó de componer, hizo más de 100 canciones, pero no de cantarlas porque ellas siguen siendo guiadas por su sentimiento. Ahora, los recorridos son cercanos, pero su voz tiene el encanto del hombre que libró diversas batallas dibujadas en versos teniendo mil razones y la guitarra, su eterna compañera. Evocando más recuerdos mencionó el momento más emotivo de su carrera, al recibir el homenaje que le tributó el Festival de la Leyenda Vallenata en el 2013. “Algo maravilloso que me llenó de alegría la vida al premiar mi talento y entrega a la música vallenata”.

Dejando mi huella

Cuando los días avanzan Enrique ‘Kike’ Gutiérrez, hijo del maestro Gustavo Gutiérrez, en días pasados lo sorprendió al entregar la producción musical ‘Dejando mi huella’, donde aparecen 17 canciones de su autoría.

“Quiero dar a entender que tengo casta musical y también seguir la línea de mi papá. Es el más bello homenaje al poeta y soñador que siempre he tenido en casa, y que me enseñó a amar la música vallenata. Es una gran responsabilidad continuar con su legado. Él está muy feliz con este proyecto musical que se encuentra en las distintas plataformas digitales”, expresó ‘Kike’ Gutiérrez.

Al cierre de la historia el poeta sonrió logrando navegar por el caudaloso río de la alegría, donde descubrió que la esperanza tiene forma de canto, el cual se sobrecogió ante su presencia. Felicitaciones maestro y siga regalando ternura, aunque no es fácil emularlo cuando el corazón se desgaja lentamente, el peso del destino sobrepasa la barrera del adiós y por las manos desfilan dos aves que llenan los ojos de aquella locura feliz.

Paremos la poesía, porque mañana vuelve a salir el sol mostrando un mundo sin límites, donde la música hidrata el pensamiento y los versos del maestro Gustavo Gutiérrez, se arropan con las sábanas de la vida.

Un año sin Luis Egurrola Hinojosa en el mundo vallenato

Por: Alcibiades Nuñez

El 16 de septiembre de este año se cumplio un año de fallecido el compositor Sanjuanero Luis Aniceto Egurrola Hinojosa, “Luiso”, como cariñosamente le decían sus familiares, amigos y allegados a la familia, en el municipio de San Juan del Cesar Guajira.

Todos los amantes del vallenato, lo recordaremos ya que fue un compositor de tiempo completo y lo demostró con sus legendarias canciones “Cómo te olvido”, interpretada por el Binomio de Oro de América y otras como “Ven conmigo”, “Al final del sendero”, “Ilusiones” y “Sin saber qué me espera”, inmortalizadas y llevadas al acetato por el más grande cantautor del vallenato Diomedes Díaz, canciones emblemáticas del vallenato autentico, que, junto con Luna Sanjuanera, son poesías icónicas del Vallenato Guajiro.

Nació el 19 de julio de 1964 en el municipio de San Juan del Cesar. Hijo de María Teresa Hinojosa y Jaime Egurrola. Desde muy temprana edad, mostró sus destrezas y habilidades para componer, poesías, versos y canciones. Luiso, tenía 6 hermanos, él era el mayor de todos, ejercía como arquitecto profesional, seguido de María Angelica, Comunicadora social, Jaime Enrique, Odontólogo, María Teresa, Reina Nacional de la belleza de Colombia e ingeniera industrial, Claudia María, abogada, Ana María, psicóloga y Carlos Jaime, diseñador industrial.

Luis Egurrola creció en una familia donde su abuelo era guitarrista y musico, su madre María Teresa Hinojosa, era compositora, escritora y poeta, escribía poesías románticas a la vida, a la naturaleza, a su familia y amistades, autora del libro “Memorias Guajiras”, Luiso hizo su primera presentación en el Festival de Música Mariana, en el concurso de compositores del corregimiento de Los Pondores.

Luis Egurrola fue un compositor romántico. porque su obra está untada de romanticismo, de amor, cariño y afecto a las personas que amaba, que estimaba, a sus familiares, sus amistades, sus colegas poetas y compositores, sus canciones son una institución, son obras poéticas que plasmaban todos los sentimientos que estaba viviendo el autor en ese momento, sus letras tienen el mismo corte de entusiasmo, alegría, amores y la expresión autentica de un poeta romántico, aventurero y culto.

Luis Egurrola estaba casado con la dama sanjuanera, Julieta María Mendoza Gutiérrez, de cuya unión nacieron sus tres hijos David Santiago, Luis Carlos y Cristina, su hija mayor se llama Marianis, que reside en los Estados Unidos 

En dos oportunidades fue declarado compositor del año en el Festival Nacional de Compositores de Música Vallenata de su tierra natal San Juan del Cesar.

Además de Diomedes Diaz (quien le grabó Ven conmigo, Al final del sendero, Amor de mi juventud, Se está pasando el tiempo, Sin saber que me espera, Las verdades de mi vida, Ilusiones, Tal como soy), otros cantantes vallenatos grabaron canciones de Luis Egurrola: los Hermanos Zuleta y Jorge Oñate, con canciones como Qué hay de ti, Hay que querer, Dónde están esos amores, Lo que quieras de mí, Soñador, Las verdades de mi vida y Después del adiós, Una aventura más, Enamorado siempre, Quien sepa de amores, Me mata el dolor, Brillará otra esperanza y Dime quién eres, Una aventura más, Amor de mi juventud, Alas de mil colores, Las de los ojitos negros, Silvestre Dangond le grabo El Glu Glu, Mi primera ilusión – Armando Mendoza & Raúl «Chiche» Martínez, Cuando muera esta ilusión – Iván Villazón & Franco Argüelles, Versos de olvido, Rafael Manjarrez & Ciro Meza, En carne propia, Silvio Brito & Osmel Meriño, Mi nueva ilusión, Beto Zabaleta & Beto Villa y Lo que quieras de mí, Binomio de Oro de América.

VIAJE POR EL TIEMPO ENTRE CANTO Y POESIA

Hoy 12 de septiembre, la aurora se adentró en un rincón del alma colombiana aquel ‘paisaje de sol’ enardecido, abrió sobre la tierra y en el murmullo de los vientos, entre ‘Rumores de viejas voces’, se escucha la resonancia inmortal: un día como hoy nació la lírica historia de un hombre entrañable, querido por todos, el maestro GUSTAVO GUTIERREZ CABELLO.

Desde La Paz, mi pueblo, me uno a esta fecha que la memoria convierte, en celebración. Me inclino, con gratitud y reverencia, ante el poeta, el amigo, el colega, y evoco la travesía musical de mi paisano Jorge Oñate «El Jilguero de America» (Q.E.P.D), interprete predilecto y cómplice eterno de las canciones que nacieron del corazon de Gustavo.

Aveces me pregunto: ‘Como pudo terminar’ la grandeza de un hombre que partió en dos la historia del vallenato, para no seguir cantando las canciones de mi amigo tavo ‘No es mi culpa’, me respondió un día con serena ‘Inquietud’, sentado en el patio de su casa ‘Que la violencia no nos llegue al Valle’, porque ‘Valledupar tierra mía’ es la consentida de todos.
‘Ayayay’ ‘Sueña corazón’ ‘Mi nostalgia eres tú’.

‘Te quiero porque te quiero’ es sentir el palpitar eterno de un alma convertida en melodia. Y aunque el tiempo insista en que ‘Serás recuerdo lejano’ su esencia nunca fenece.

No ‘Lloraré’ porque un jilguero del cielo vino a decirme al oído ‘Vivo contento’, entonando ‘Morenita’ junto al Padre celestial. Y yo, con humilde devoción respondí : ‘Calma mi melancolía’. y aunque muchos afirmen que ‘El amor no es duradero’, al maestro Gutiérrez le “LLegó un amor’ para quedarse por siempre como ‘Cariño de madre’, que dibujó en nosotros un pentagrama inmortal.

En sus versos habita el tiempo. en sus canciones palpita la eternidad quien un día regaló al mundo la sentencia: el que esté golpeado por la vida que se enamore. Y yo como tantos me atreví a dictarle al corazón: ‘Enamorate’ .

Su legado es inmenso y luminoso veintidós obras musicales, cada una tallada en letras de oro. Su nombre está inscrito, con justicia y amor, en la leyenda histórica del Ruiseñor del Cesar, como el creador que mas canciones entrego a la voz inigualable de Jorge Oñate.

Hoy, el Romántico Gustavo Gutiérrez es motivo de jubilo. ‘El cariño de mi pueblo’, se eleva en aplausos agradeciendo el repertorio que trasciende en el tiempo que nos conduce, una y otra vez, a la hondura de lo humano.
Con emoción confiesa que Jorge Oñate fue el mejor intérprete de sus canciones, y con emoción aun mayor lo proclamamos nosotros: el vallenato encontró en ellos dos la conjucion perfecta entre canto y poesía.

Maestro Gustavo Gutiérrez, que Dios le conceda vida abundante, y conserve su condicion de ser ‘Sencilla y cariñosa’ para que sus versos sigan iluminando caminos y su música siga abrazando almas. Porque en cada acorde suyo, el tiempo se detiene, y la canción se convierte en plegaria, en memoria, en eternidad.

Feliz cumpleaños maestro Gustavo Gutiérrez Cabello. Salud y vida para usted, que hizo del vallenato un viaje infinito entre el canto y la poesía.

Por: Naima Luz Cotes Gutiérrez

Javier Díaz Daza: Un compositor con alma sentimental

«La música es el reflejo de los sentimientos de quien la compone»: Wolfgang Amadeus Mozart (compositor austriaco).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Cada obra musical tiene detrás una historia, ya sean vivencias personales o ajenas, arte o sucesos, siempre hay algo que permite ligar una canción a un contexto determinado. Los autores utilizan la música como medio de expresión en razón a que con ella pueden transmitir sentimientos universales que son recibidos por los oyentes. En el vallenato, existen compositores cuya obra refleja profundamente sus emociones, como es el caso de Javier Díaz Daza.

Nacido en el municipio de El Molino, un martes 27 de abril de 1965, en el sur del departamento de La Guajira, al noreste de Colombia, Javier es hijo de Néstor Pedro Díaz Morales y Ruby Esther Daza Zubiría. Según cuentan, llegó a este mundo en una casita de barro y palma: humilde, pero con mucho calor humano. Nació en una familia de molineros dedicados a las tareas del campo y la agricultura, con una marcada influencia de la música de bandas, guitarras y acordeones. Esta vena musical fue heredada de su padre, un destacado intérprete del tiple y la guitarra, así como de otros parientes como Juan Díaz (clarinetista), Benedito Díaz (cantante), Francisco «Chico» Díaz (cantante y compositor) y Tadeo Morales (acordeonista), entre otros.

A los pocos meses de nacido, su abuela materna, Marcelina Daza, lo llevó junto a su madre a la población de Manaure, conocida como «El Balcón del Cesar», un pueblo muy hermoso, rodeado de paisajes naturales y riqueza agropecuaria. Allí vivió hasta los cinco años, para luego trasladarse a Valledupar donde el pequeño Javier comenzó a tener contacto directo con la música vallenata. En la «Capital Mundial del Vallenato» ya se escuchaban en su esplendor las canciones de los juglares: Alejandro Durán, Calixto Ochoa, Abel Antonio Villa, Nicolás «Colacho» Mendoza, Alfredo Gutiérrez, Juancho Polo, entre otras estrellas de este firmamento musical.

A medida que crecía y empezaba a presenciar parrandas y festivales, trepado en el árbol de mango de la mítica plaza Alfonso López en Valledupar, su oído se fue agudizando. Prestaba cada vez más atención a las interpretaciones de esos maestros que convergían en ese tipo de escenarios naturales. Las melodías que salían de los acordeones, guitarras, cajas y guacharacas eran un deleite para este inquieto muchacho que desde ese momento soñó con crear canciones para alegrar no solo su vida, sino también la de los demás.

Durante su infancia y adolescencia, además de Manaure y Valledupar, Díaz Daza vivió en otros lugares como San Juan del Cesar y Maicao. Finalmente, a los 15 años, regresó a El Molino para conocer a su padre y hermanos. Para entonces, ya tenía un cuaderno lleno de versos que más tarde se convirtieron en sus primeras canciones. Aprendió a tocar la guitarra lo que complementó su inclinación musical. Este instrumento se convirtió en su compañero de viaje, amigo y confidente. Es su extensión, su voz, su alma. Unidos por cuerdas y sentimientos, la guitarra y él crean una sinfonía de emociones.

Entre la Sierra y el Valle de los Santos Reyes nacieron sus primeras canciones, que le cantaban a sus primeras conquistas amorosas y a la naturaleza, de una manera profundamente sentimental.

El hecho de haber vivido en diferentes lugares enriqueció su influencia musical, pues la exposición a diversos ambientes, estilos de vida y culturas fue fundamental en su obra. Nació y creció rodeado de la música y la cultura vallenata, y esa fue la chispa que encendió su pasión por la composición. Su inspiración proviene de la vida cotidiana, de las historias y leyendas de su región, de las mujeres y la naturaleza que rodean su entorno.

En el vasto universo de la música vallenata, donde sobresalen grandes maestros de la composición, Javier ha sido un gran admirador de muchos de ellos, especialmente de Leandro Díaz, Octavio Daza y Hernando Marín. Como compositor, ha sabido recoger las raíces de esta expresión musical para darles una nueva vida a través de sus propias creaciones. Fusionó su propia voz con la influencia de sus maestros, especialmente en los temas de corte romántico y sentimental.

No todos los caminos hacia la música estuvieron llenos de aplausos desde el primer intento. Para Díaz, componer canciones era más que un sueño: era su forma de entender el mundo. Desde niño, llenaba cuadernos con letras, y en su mente brotaban melodías y acordes que acompañaban sus emociones más sinceras. Pero convertir esas ideas en canciones grabadas por artistas reconocidos fue una batalla cuesta arriba.

Durante mucho tiempo, tocó puertas que no se abrían, envió canciones sin recibir respuesta e incluso fue ignorado en reuniones donde apenas lograban escuchar el primer verso. Sin embargo, estaba convencido de que había algo especial en sus letras y en el mensaje que transmitía a través de ellas. Creía en su música; incluso, cuando parecía que nadie más lo hacía.

El cambio llegó poco a poco, cuando la agrupación conformada por Marcial Luna y Gustavo Camelo, conmovidos por una de sus canciones, decidieron llevarlo a un estudio de grabación con un tema titulado «No digan nada». Aunque no fue un éxito masivo, sí fue el comienzo. Ese pequeño y significativo paso le dio visibilidad y, lo más importante: credibilidad. De ahí en adelante, otros artistas comenzaron a interesarse por su estilo sentimental, honesto y emotivo, caracterizado por su capacidad para evocar emociones con letras y melodías contadas en un lenguaje poético y musical que es a la vez sencillo y profundo. Su sello personal se distingue por ser melancólico, y sus melodías son fáciles de recordar y cantar.

Javier tiene un corazón que late al ritmo del vallenato, y un alma que se desborda de sentimientos. Es un compositor que teje historias de amor y desamor con hilos de melodías y poesías, en donde la pasión y el sentimiento se desbordan en cada nota, en cada acorde, en cada verso.

Como muchos compositores vallenatos, los festivales ha sido un escenario propicio para dar a conocer sus canciones, donde la música se convierte en un espectáculo de emociones y sentires. Festivales como los que se realizan en Valledupar, El Molino, San Juan del Cesar, Maicao, Barrancas, Villanueva y hasta Bogotá sirvieron de plataforma para que él, al igual que otros autores, pudiera mostrar sus obras musicales y darlas a conocer al público.

Díaz ha sido un músico que siempre ha sabido combinar su amor por la música con una sólida formación académica. Logró equilibrar su creatividad con la responsabilidad profesional, y se graduó como Administrador de Empresas, Especialista en Estrategias de Campañas Políticas, docente universitario, Especialista en Marketing, con varios años de experiencia en el sector público y comercial.

Después que le grabaron su primera canción, otros artistas de la música vallenata comenzaron a interesarse por sus composiciones. Temas como: «Ayúdame a olvidarte», «Himno al amor», «Un compromiso contigo», «Por poquito», «Esa noche», «Cómo lloran los hombres», «Aventurera», «Tu mejor amante», «Una mujer como tú», «En el sur me quedo», «Señor de los sueños», «A que te conquisto», «Te quedó grande el amor», entre muchas otras, hacen parte de casi un centenar de canciones que se escuchan en las voces de Alberto «Beto» Zabaleta, Marcos Díaz, Luis «El Pade» Vence, Jeiman López, Éric Escobar, Alberto «Tico» Mercado, Reinaldo «El Papi» Díaz, Janner Moreno, Nibaldo Villarreal, Los Hermanos Lora (Juan Carlos y Eduardo) e incluso del internacional cantautor y músico dominicano Wilfredo Vargas.

Hoy en día, Javier Díaz Daza, además de componer e integrar la agrupación «24 Quilates» junto a sus colegas Jeiman Casicote y Álvaro Pérez, también se dedica a otra faceta importante en la música: la de productor.

Y puede decir con entusiasmo que ha cumplido su sueño de siempre: ser compositor de música vallenata. Ha logrado algo muy importante: que sus canciones vivan en las voces de otros. Cada grabación, cada interpretación de sus temas es una prueba de que la perseverancia tiene eco. Y aunque sigue enfrentando desafíos sabe que su camino musical va en la dirección correcta. Porque, a veces, el talento necesita tiempo pero cuando se combina con pasos firmes y constancia siempre encuentra una forma de ser escuchado.

Este administrador de empresas, músico por pasión y convicción, ha encontrado su refugio en la tranquilidad de su familia, al lado de su esposa Arleth Patricia Mejía Anaya y sus hijos, Luisa Fernanda y Moisés David, en Maicao, La Guajira. Un pueblo que lo acogió como un hijo más. Porque para Javier Díaz Daza, la música es su predilección; la familia su inspiración y este lugar que escogió como su hogar, su refugio.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Gonzalo ‘El Cocha’ Molina, sigue con la nota gruesa y comida suave

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Momentos difíciles de salud vivió hace algunos días el Rey de Reyes Gonzalo Arturo ‘El Cocha’ Molina Mejía, al tener que ser trasladado de urgencia a una clínica de Valledupar donde le diagnosticaron gastritis aguda, teniendo que hacer un alto en su oficio de acordeonero en la agrupación de Poncho Zuleta.

Pasados los días y recuperado volvió a estar desempeñando su oficio en distintos escenarios de Colombia y el exterior, dándole gracias a Dios por su regreso y al acordeonero Juan José Granados, quien suplió su ausencia. Su testimonio no se hizo esperar.

“Ese fue tremendo susto, pero gracias a Dios pude superar todo y volver a la normalidad. Eso sí ahora teniendo algunas recomendaciones médicas que debo cumplir al pie de la letra”. Antes era un hombre sano, pero nunca falta un tropezón en la salud y más cuando los años avanzan estando desde muy joven dedicado a tocar su acordeón y alcanzar los máximos honores en la música vallenata.

El Rey de Reyes del Festival de la Leyenda Vallenata, segunda generación, año 1997, grabó con cuatro grandes cantantes: Diomedes Díaz, Jorge Oñate, Poncho Zuleta e Iván Villazón. También con su acordeón contribuyó en el año 1995 con el éxito mundial de la canción ‘Abriendo puertas’ que cantó la artista Gloria Estefan, lo cual le valió el Premio Grammy como mejor Álbum Tropical Latino.

También llegaron las añoranzas cuando a sus 18 años vino la más grande oportunidad de su vida al ser invitado a grabar con Diomedes Díaz, exactamente tres canciones en la producción musical ‘El mundo’. Ellas fueron ‘Se te nota en la mirada’ (Gustavo Gutiérrez Cabello), ‘Felicidad perdida’ (José Hernández Maestre) y ‘Por amor’ (Marciano Martínez Acosta). Ese fue el tiquete para grabar en los siguientes años con el mismo Diomedes Díaz, las producciones musicales ‘Vallenato’, ‘Brindo con el alma’, ‘Incontenibles’ y ‘Gracias a Dios’.

Eso no terminó ahí al traer a su memoria una canción que lo marcó de por vida y que le compusiera Diomedes Díaz, titulada. ‘El gallo y el pollo’. “Y yo voy a apostar toditas mis canciones, y hasta juego mi nombre si quiere el contendor. Y apuesto que nos llevamos pal’ valle, el premio para adornar el folclor”.

Para el hijo de Arturo Molina Gutiérrez y Estela del Socorro Mejía Muñoz, meterse en los zapatos del protagonista de esa bella canción donde ‘El Cacique de La Junta’ dijo que el pollito que había encontrado a cualquiera se lo jugaba en la valla, no fue nada fácil.

“Ese instante me sacó lágrimas cuando Diomedes me cantó la canción. No lo podía creer que ese gran cantante me dedicara una de sus canciones. Me metió en un enorme compromiso, pero gracias a Dios pude salir adelante y ser ese pollito y después el gallo que ganó. Lo hice quedar bien y siempre viviré agradecido con Diomedes, quien confió en mi talento”, dijo ‘El Cocha’ Molina.

A propósito de ‘El Cocha’, comentó de dónde venía ese apodo. “Es obra de mi mamá quien me decía “Mi Cochita linda”, para significarme su amor. También ella viendo mis inquietudes musicales me compró un acordeón de dos hileras. Mi casa estaba llena de música porque mi papá era guitarrista y compositor”.

El acordeonero a quien su esposa Julieth Peraza Torres, le escribió el libro ‘Estrella Binaria’, y tiene un museo donde se encuentra historia, música y tradición del folclor vallenato, vive lleno de espiritualidad, permitiéndole escribir oraciones donde expresa frases de aliento, esperanza y de comunión con el Altísimo.

“Señor, siempre estoy necesitando de tu amor, de tu fuerza y de tu poder por eso abro mi ser para que me llenes de todo lo bueno que tu presencia siempre brinda. Bendice Señor, cada una de las batallas que debo dar, que pueda sentir que estás a mi lado y que no debo tener angustia por nada ni por nadie. Sé que me acompañas para salir adelante. Jesús misericordioso en tí confío. Amén”.

20 años con Poncho

‘El Cocha’ Molina, le da gracias a Dios por estar durante 20 años al lado del cantante Poncho Zuleta, y haber grabado las producciones musicales ‘Colombia canta vallenato’, ‘El Nobel del amor’ y ‘Para’o en la raya». Además, grabó otro trabajo titulado ‘El juglar’’.

“Mi inicio con Poncho Zuleta fue un compromiso grande porque era ocupar el espacio que antes tenía mi maestro Emilianito Zuleta, pero he sabido salir adelante con mi acordeón para interpretar el vallenato tradicional. Siempre le doy gracias a Poncho por llevarme a la agrupación y siempre tocó como la primera vez”, indicó ‘El Cocha’ Molina.

Ahora después de los quebrantos de salud sufridos el cambio alimenticio del acordeonero es distinto, porque no puede sentarse a manteles con Poncho Zuleta, a ingerir comida adulta como armadillo, chivo, guartinaja, ñeque, conejo, filete de babilla, marisco, hicotea y gallina de monte bien aliñada, sino dieta blanda, generalmente equilibrada y saludable. De esta manera, solamente complacerá al cantante en las presentaciones con la nota gruesa de su acordeón y sin derecho a pelar pito con las comidas que requieran mayor esfuerzo digestivo.

El buen gallo volvió a la valla con todas las fuerzas para seguir corroborando la frase de Diomedes Díaz. “Vamos ‘Cocha’ que los que van alante no van lejos, si los demás se apuran”. El mensaje hacía énfasis en la importancia del esfuerzo y la capacidad de superación, incluso cuando parecía que otros tenían ventaja.

De esta manera se cierra el telón de la película del muchacho nacido en el barrio Santo Domingo de Valledupar, y con hondas raíces en el corregimiento de Patillal, donde en el guión musical aparece su amplia hoja de vida teniendo el acordeón al pecho y la sonrisa que lo identifica.