Eliécer Rada Serpa nació en la ciudad de Montería en el año 1963. Hijo de padres campesinos, cultivadores de la tierra, su infancia transcurrió en el entorno rural, donde se forjaron valores fundamentales y una sensibilidad especial hacia la vida y el arte. De su padre heredó el amor por la música y la composición, semillas que más adelante darían frutos en su quehacer creativo.
Desde muy temprana edad se formó como lector, teniendo contacto con grandes obras de la literatura universal. Entre los versos de autores como Unamuno, Bécquer y Mutis, fue construyendo una mirada propia y una manera distinta de expresar las ideas y los sentimientos. Sus primeros pasos en la escritura se dieron a través de cuentos, relatos y poemas cortos, hasta que, seducido por las melodías, encontró en la composición vallenata un camino definitivo.
Se formó como bachiller y posteriormente obtuvo el título de Licenciado en Ciencias de la Educación. En la actualidad se desempeña como rector de una institución educativa en la ciudad de Montería, labor que combina con su permanente vínculo con la cultura y el folclor de la región.
Dentro del ámbito musical, ha tenido actuaciones destacadas en la improvisación como verseador, siendo la décima su mayor fortaleza. Asimismo, ha ejercido en varias oportunidades el cargo de jurado en importantes festivales realizados en los departamentos de Córdoba, Sucre y Bolívar, aportando su conocimiento y experiencia al fortalecimiento de las tradiciones musicales.
En su más reciente inventario creativo registra un total de 53 canciones, de las cuales 12 han sido grabadas. La mayoría de estas obras han sido interpretadas por Fredy Hernández Moreno. Entre las excepciones se encuentra la ranchera La dama de la cantina, grabada por los Hermanos Muñoz, y el paseo Tu regreso, interpretado por el grupo El Jotismo.
Fredy Hernández ha grabado, entre otras, las siguientes composiciones de su autoría: El caminante (pasaje), Con otro amor, Gitana mía, Vuelvo al ruedo (merengue), La dama de la cantina, El fin de la historia, Pasa la página, Voy a ganar, Qué hago con los recuerdos, La totumita (merengue, de su padre), Se vale llorar y Cuál es mi pecado (merengue).
La canción «Se vale llorar», surge de una vivencia personal profunda, de momentos recientes en los que el llanto parecía imposible de contener. Al escribirla, el autor dejó fluir el alma sin reservas, dando como resultado una obra cargada de sentimiento y tristeza auténtica. En ese proceso recordó al maestro Gustavo Gutiérrez, quien tampoco se detuvo nunca a la hora de desnudar el alma en sus composiciones.
La interpretación de «Se vale llorar» en la voz de Fredy Hernández es considerada por el propio autor como una de las mejores de su carrera musical. Al escucharla, la emoción fue tal que lo llevó a las lágrimas, destacando la versión como excelente, majestuosa e impecable, fiel reflejo de la profundidad emocional de la obra.
«La música es el único placer sensual sin vicios»: Samuel Johnson (poeta y ensayista inglés)
Por Ramiro Elías Álvarez Mercado
En la música universal siempre ha existido un misterio hermoso: ese instante en que un compositor y un intérprete se reconocen sin haberse buscado. Uno escribe desde la entraña, desde una herida, la felicidad, el amor o la nostalgia; el otro toma ese verso ajeno y lo vuelve propio, lo habita, lo respira y lo entrega al mundo como si hubiese nacido en su garganta. Es un entendimiento que trasciende géneros y fronteras, una comunión donde la inspiración encuentra su destino.
La historia de la música está llena de esos matrimonios artísticos que marcaron épocas: la voz de Rocío Dúrcal convertida en eco eterno de las canciones de Juan Gabriel; Manuel Alejandro escribiendo para que Raphael desgarrara el alma con cada interpretación; Martín Urieta encontrando en Vicente Fernández al cantor perfecto de la épica ranchera; Agustín Lara eternizado en la voz profunda de Toña La Negra; Omar Alfanno viajando en el soneo elegante de Gilberto Santa Rosa; Alfredo Le Pera fundido para siempre en los tangos con Carlos Gardel; o Tite Curet Alonso diciendo verdades que Héctor Lavoe volvió inmortales.
En todos esos casos ocurrió lo mismo: cuando el verso encuentra su voz, la canción deja de ser canción y se convierte en destino.
Ese mismo fenómeno, con identidad propia y raíz caribe, ha ocurrido en el vallenato. Y en esta oportunidad me voy a referir a la alianza musical entre Rafael Enrique Manjarrés Mendoza y Alberto Luis Zabaleta Celedón. Un encuentro que no se explica con lógica, sino con destino; donde la palabra nace herida de amor y la melodía aprende a respirar con alma. Una unión que parece haber sido escrita antes de que Beto y Rafa se conocieran.
Es una de esas coincidencias raras que no obedecen al azar, sino a una afinidad profunda, casi espiritual, entre quien escribe el sentimiento y quien lo pronuncia con su canto. Ambos nacieron en el extremo norte del territorio colombiano, allí donde La Guajira se vuelve canto cotidiano y la música corre por las venas como una herencia inevitable. Beto Zabaleta vio la luz un 17 de mayo de 1957 en El Molino, pueblo pintoresco donde la voz se forma entre parrandas y silencios largos. Rafael Manjarrés nació el 24 de marzo de 1960 en La Jagua del Pilar, tierra de poetas naturales, donde la palabra aprende temprano a doler y a enamorar. Dos pueblos distintos, una misma pasión. Dos caminos que, sin saberlo, iban rumbo al mismo canto.
Pero más allá de la música, entre ellos se tejió algo aún más fuerte: una amistad profunda, un compadrazgo sincero y unos lazos de hermandad que han sabido resistir el paso del tiempo. No solo se admiran como artistas; se respetan como hombres y se quieren como hermanos de vida. Esa cercanía humana ha sido, quizás, el verdadero secreto de su permanencia: la confianza, la lealtad y el afecto que trasciende los escenarios y los estudios de grabación.
Zabaleta, intérprete de raza, genuino, portento del canto, todo terreno del vallenato, encontró en las letras de Manjarrés un espejo perfecto para su sensibilidad. Y Rafael Enrique, poeta mayor de este folclor, halló en la voz de Beto al intérprete que mejor lo entiende, lo siente y lo traduce en emoción colectiva. No se trata solo de cantar bien: se trata de comprender el alma del verso, de saber dónde duele, dónde suspira y dónde se queda callado.
La historia de esta simbiosis comenzó en 1979, cuando la agrupación Los Betos, con Zabaleta como voz líder, grabó la canción titulada “Indecisión” en el trabajo discográfico Triunfadores, con el acordeón de Beto Villa. A partir de ahí se abrió una luna de miel musical que hoy se acerca a cinco décadas, cerca de cuarenta canciones grabadas y una amistad que ha resistido el paso del tiempo, las modas y los silencios.
Desde entonces, cada etapa de esta alianza eterna ha dejado huellas imborrables en el cancionero vallenato: ‘Desenlace’, ‘Aquel amor’, ‘Vuelve’, ‘Volví a tenerla’, ‘Puñados de oro’, ‘Como cambia el tiempo’, ‘Benditos versos’, ‘A una querida amiga’, ‘Canciones lindas’, ‘Dos vidas’, ‘Mi media naranja’, ‘Vuelve corazón’, ‘Así no es ella’, ‘Mil versos de olvido’, ‘Mentira’, ‘Dueña de mi felicidad’, ‘No quiero perderte’, ‘Con toda el alma’, ‘Ausencia’, ‘Amor ciento por ciento’, ‘La vida es así’, ‘Fuiste tú’, ‘Ella es’. Cada una es una estación distinta del alma, un testimonio de cómo el tiempo también puede escribirse en canciones.
Y aunque los años siguen pasando, la confirmación de este vínculo sigue intacta, recordándonos que hay duetos que no envejecen, que solo se profundizan. Porque cuando un compositor escribe pensando en una voz, y esa voz canta como si hubiera escrito la canción, ocurre algo raro y poderoso: la música deja de ser interpretación y se convierte en verdad.
Rafa Manjarrés y Beto Zabaleta no son solo grandes figuras del vallenato, son maestros y baluartes de un folclor que se sostiene gracias a alianzas como la de ellos. Uno, poeta de versos claros con profundidad literaria; el otro, cantor que les otorga vida y memoria. Juntos han regalado un repertorio que no solo se escucha: se siente, se recuerda, se hereda.
Cuarenta y siete años después, su unión sigue siendo ejemplo de respeto, empatía y amor por la música. Un matrimonio artístico donde ninguno eclipsa al otro, porque ambos brillan desde su verdad. Una alianza musical escrita en canciones y sellada en la memoria del pueblo.
Y si esta unión eterna ha perdurado más allá de las décadas es porque descansa sobre dos pilares irrepetibles. Rafael Manjarrés no escribe canciones: construye historias. Cada verso suyo posee la arquitectura emocional de un guion de telenovela, con planteamiento, conflicto y desenlace; con personajes que aman, dudan, caen, regresan y vuelven a amar. Sus composiciones no se limitan a mencionar el amor: lo narran, lo desarrollan y lo dejan suspendido en la memoria colectiva como una escena que nunca se borra.
Beto Zabaleta, por su parte, no solo interpreta esas historias: las encarna. Su voz grave, templada, profundamente humana, es prácticamente inimitable porque no responde a fórmulas ni a técnicas impostadas, sino a una verdad interior que no se puede copiar. En su canto hay autoridad sin ruido, sentimiento sin exageración y una manera única de decir el verso que solo pertenece a quien ha vivido cada palabra antes de cantarla.
Por eso, cuando el guion perfecto de Manjarrés se encuentra con la voz irrepetible de Zabaleta, el vallenato alcanza una de sus expresiones más altas. No es solo música: es dramaturgia hecha canción, es memoria sentimental de un pueblo, es arte popular elevado a categoría de obra mayor.
Y ahí, en ese punto exacto donde el verso toma cuerpo y la voz se vuelve destino, queda sellada para siempre una alianza eterna que ya forma parte de la historia grande del folclor colombiano.
A través de Estampas Vallenatas del Folclor, conozcamos la trayectoria del cantante y compositor Álvaro Rafael Orozco Orozco, reconocido en el medioartístico como «El Cantor del Folclor» nace el día 5 de diciembre del año 1955, enun pueblo llamado Piedras de Moler, ubicado a la orilla de la Ciénaga de Zapayán, en el departamento del Magdalena. Es el menor de sus hermanos, y ciego de nacimiento.
Su infancia y adolescencia transcurre en su pueblo natal y comienza a descubrir su talento musical entre los 5 y 7 años, a través de la percusión ya que, «cualquier objeto corría el peligro de acabar convertido en tambor», sobre todo cuando en las noches se reunía a cantar con sus amigos de infancia.
A la edad de 13 años aprendió a tocar guitarra y a los 17 años se trasladó a la ciudad de Barranquilla, buscando oportunidades para surgir en el ámbito musical, además de rehabilitarse como persona en situación de discapacidad visual.
En Barranquilla ingresó al instituto nacional para ciegos (INCI) donde se rehabilitó, validando luego la primaria en el colegio americano durante 2 años, posteriormente el bachillerato completo de la libre en jornada nocturna; y en el año 1987 inicia sus estudios de derecho en la Universidad del Atlántico, obteniendo el título de abogado. Con gran perseverancia, constancia y capacitación el maestro Álvaro Orozco alcanzó grandes metas a nivel profesional.
Así mismo continuó su preparación académica, realizó unos cursos para ingresar al escalafón del magisterio. Después de estar en el escalafón participó en un concurso para docente, y al pasar el concurso fue nombrado en el magisterio como docente de guitarra. A día de hoy; transcurridos 20 años, estoy pensionado por el magisterio nacional.
En su trayectoria musical, profesionalmente inicié en el 2001, cuando grabó el primer CD, y hasta la fecha van 11 producciones, que recopilan 95 canciones. Y en el momento se encuentra grabando los sencillos de mi próximo CD.
De sus más recientes canciones publicadas se encuentra Quejas de una, un son vallenato de su autoría y de su hermano Atilio Orozco y la tremolina una puya de Álvaro Orozco, que hacen parte del nuevo trabajo musical de Mi Casa Vallenata Vol. 5, así mismo presenta su canción Un año que se va y otro que viene, de su autoría e interpretada a dúo con Martin Vicente Rivera, invitando al público amante del vallenato a disfrutar de todas sus canciones en YouTube.
A través de Estampas Vallenatas Radio conozcamos la trayectoria del cantante y compositor Álvaro Rafael Orozco Orozco, reconocido en el medio artístico como «El Cantor del Folclor» nace el día 5 de diciembre del año 1955, en un pueblo llamado Piedras de Moler, ubicado a la orilla de la Ciénaga de Zapayán, en el departamento del Magdalena. Es el menor de sus hermanos, y ciego de nacimiento
Su infancia y adolescencia transcurre en su pueblo natal y comienza a descubrir su talento musical entre los 5 y 7 años, a través de la percusión ya que, «cualquier objeto corría el peligro de acabar convertido en tambor», sobre todo cuando en las noches se reunía a cantar con sus amigos de infancia.
A la edad de 13 años aprendió a tocar guitarra y a los 17 años se trasladó a la ciudad de Barranquilla, buscando oportunidades para surgir en el ámbito musical, además de rehabilitarse como persona en situación de discapacidad visual.
En Barranquilla ingresó al instituto nacional para ciegos (INCI) donde se rehabilitó, validando luego la primaria en el colegio americano durante 2 años, posteriormente el bachillerato completo de la libre en jornada nocturna; y en el año 1987 inicia sus estudios de derecho en la Universidad del Atlántico, obteniendo el título de abogado. Con gran perseverancia, constancia y capacitación el maestro Alvaro Orozco alcanzó grandes metas a nivel profesional.
Así mismo continuó su preparación académica, realizó unos cursos para ingresar al escalafón del magisterio. Después de estar en el escalafón participó en un concurso para docente, y al pasar el concurso fue nombrado en el magisterio como docente de guitarra. A día de hoy; transcurridos 20 años, estoy pensionado por el magisterio nacional.
En su trayectoria musical, profesionalmente inicié en el 2001, cuando grabó el primer CD, y hasta la fecha van 11 producciones, que recopilan 95 canciones. Y en el momento se encuentra grabando los sencillos de mi próximo CD.
De sus más recientes canciones publicadas se encuentra Jamás te Olvidaré, un son vallenato de su autoría y Mis tres amores de la autoría de su hermano Atilio Orozco, que hacen parte del nuevo trabajo musical de Mi Casa Vallenata Vol. 4, invitando al publico amante del vallenato a disfrutar de todas sus canciones en Youtube.
Glenda Zavala Maduro nace en Aruba el 9 de diciembre, en el hogar conformado por sus padres David Maduro y Rufina Maduro. Desde muy temprana edad mostró una marcada inclinación por la música, participando en diversos festivales de canto. Recibió clases de técnica vocal con Roda Frigero, reconocida cantante de ópera en la isla.
Con apenas 8 años de edad, Glenda participó en diferentes shows en hoteles y en el canal de televisión local de Aruba, destacándose por su talento y disciplina. Ese mismo año obtuvo el primer lugar en el Festival de Canto de su escuela, logro que marcó el inicio formal de su camino artístico.
Glenda Zavala Maduro ganadora del primer lugar en Canto en su Escuela con apenas 8 años de edad
Desde niña desarrolló un profundo amor por la música vallenata, influencia heredada de su padre, quien le regalaba LP y discos de 45 rpm del inolvidable Rafael Orozco. Así nació su pasión por el folclor vallenato, lo que la motivó a participar en festivales del género, alcanzando en 2018 su primer gran reconocimiento como cantante al convertirse en la Ganadora Absoluta del Festival Vallenato de Aruba.
2018 Ganadora Festival Vallenato en Aruba
Trayectoria profesional y compositiva De profesión es funcionaria pública, desempeñándose como asistente bibliotecaria. Amante de la parranda, el buen vallenato y profundamente enamorada de Colombia, país que lleva en su corazón. Su faceta como compositora inicia en el año 2019. Con canciones vallenatas, nacidas de su inspiración, amor y pasión por el folclor que brota de su mente y su corazón.
Actualmente es presidenta de la Fundación Voces Femeninas del Folclor Internacional, lo que ha representado un gran reto y una importante meta personal. Como compositora extranjera, asume este proceso con orgullo y gratitud, destacando la cálida acogida del pueblo colombiano hacia sus obras musicales.
Obras grabadas Durante su trayectoria, hasta el año 2025, Glenda Zavala cuenta con 12 canciones grabadas. Su primera obra musical fue “Eres todo y nada”, interpretada por la cantante Concepción Ramos. Posteriormente, la cantante Ángela Orozco grabó su canción “Buscaré otro querer”, incluida en el proyecto musical Mundo Vallenato Vol. 3.
En el 2022, dentro del primer proyecto de Voces Femeninas del Folclor, la cantante Erika Berrío interpretó la obra “Homenaje a mi padre”. Para el año 2023, la cantante Darcy ‘La Monita’ Castro grabó “Un sueño vallenato”. Ese mismo año, el cantante y productor Guaidis Carrasco grabó la canción “Quiero cantar contigo”, lanzada en junio de 2023.
Posteriormente, en el Volumen 2 de Voces Femeninas del Folclor, la cantante Estrella Cantillo interpretó la obra “Asi soy yo”, mientras que Marta Solano grabó “Mi Navidad”, sumando dos nuevas canciones a su catálogo para el año 2024.
En el 2024, la artista Malbi Blanco grabó la canción “Un mundo de pasión”, y la cantante Adalexis García, en el álbum Voces Femeninas del Folclor Internacional Vol. 3, interpretó el tributo a Valledupar titulado “A mi Valle”. Cerrando ese mismo año, Glenda Zavala cumplió una de sus más grandes metas personales al grabar, por primera vez, una canción interpretada por ella misma como cantautora, titulada “Un abrazo, un folclor”.
De igual manera, el año 2025 representó un logro de enorme valor simbólico y artístico para Glenda Zavala, al tener la oportunidad de representar a su país, Aruba, clasificando con su obra musical entre mas de 260 canciones en el Festival de de la Leyenda Vallenata en Valledupar, como compositora de la canción “Te canto Valledupar”, interpretada por la artista Malbi Blanco. Esta participación fue motivo de gran satisfacción personal y profesional, logrando avanzar hasta la segunda ronda del certamen, dejando en alto el nombre de su país y reafirmando su compromiso con el folclor vallenato.
En cuanto a su superación profesional y académica tuvo un gran logro en Colombia durante el mes de junio al certificarse como compositora ante el SENA alcanzando la mayoría en puntaje para el otorgamiento de su debido certificado de aprobación, representando un gran avance en su carrera artística y siguiendo adelante con sus proyectos.
En el 2025, vivió uno de los momentos más significativos de su carrera cuando el reconocido artista Silvio Brito grabó su obra “Yo te quiero”, dándole un importante impulso a nivel nacional e internacional. Ese mismo año finaliza con la participación especial de la cantante Bau Gutiérrez, integrante de Las Diosas del Vallenato, quien grabó la canción “Tu recuerdo”, incluida en Voces Femeninas del Folclor Internacional Vol. 4.
Proyección y legado Para Glenda Zavala, este recorrido ha sido motivo de gran satisfacción y crecimiento. Destaca especialmente la realización del Primer Concierto de Voces Femeninas del Folclor Internacional en Barranquilla, en la Universidad – Fábrica de Cultura, experiencia que calificó como maravillosa e inolvidable por la conexión con el público, los compositores, las cantantes y la agrupación musical.
Hoy, con la Fundación Voces Femeninas del Folclor Internacional legalmente registrada en Colombia, Glenda Zavala continúa subiendo peldaños en la difusión del folclor vallenato, impulsando nuevos proyectos que buscan fortalecer y visibilizar a las mujeres que aman y defienden el folclor vallenato a nivel internacional.
Glenda Zavala Madura es una mujer que lucha y persevera cada día para alcanzar sus sueños demostrando así que el folclor vallenato llega a todas partes y es un patrimonio que nos une en todo el mundo sin diferencias ni nacionalidad.
«Es una expresión bonita cuando canta una mujer»: Alberto «Beto» Murgas (acordeonista y compositor vallenato).
Por Ramiro Elías Álvarez Mercado
“Mujer, tú eres Vallenato” es más que el título de un merengue: es una declaración luminosa nacida de la pluma sensible del hombre de leyes y compositor Ignacio Cantillo Vázquez, quien con visión y alma Caribe levanta un canto necesario, un espejo donde el folclor se mira y reconoce lo que siempre ha sido verdad. En las voces de Ule Rumbo, angelical y serena como un susurro del alba, e Ivo Díaz, poderoso y original como un viento que baja de la Sierra con la fuerza de la naturaleza, la obra encuentra su equilibrio perfecto. Y sobre ellos, como un vuelo de mariposa que sabe ser tormenta, el acordeón magistral del Rey de Reyes Almes Granados, fiel alumno de los juglares de antaño, le da el brillo majestuoso que solo la maestría auténtica puede ofrecer, hilando notas con la sabiduría de quien conversa con el pasado.
La canción desmonta con firmeza los viejos prejuicios que algunos todavía predican, esa idea gastada de que “pa’ cantar vallenato no ha nacido la mujer”. Cantillo no responde con rabia, sino con verdad: ¿Cómo negar voz a quien ha sido la inspiración de las más hermosas canciones que posee nuestro folclor? Desde tiempos remotos, la mujer ha sido la chispa que enciende al compositor, el silencio donde germina la melodía, la razón íntima del verso que busca refugio en el papel. Tiene todo el derecho y la herencia del alma, de cantar con su voz sonora, de expresar un amor grande, de bordar su historia en el pentagrama sentimental de la música vallenata.
Este merengue alegre celebra esa verdad innegable: cuando la mujer canta, se percibe una ternura distinta, una dulzura que no es debilidad sino revelación. Ese toque femenino que embellece el verso no adorna: transforma. El hombre que escucha esa mezcla de suavidad y embrujo corre el riesgo, bendito riesgo de enloquecer con su encanto. Cada palabra, en sus labios, se convierte en aroma, en brisa, en destello.
La canción también atraviesa otro territorio: el del acordeón, instrumento que por años fue considerado bastión exclusivo del “macho”. A quienes aún dicen que ninguna mujer puede quitarle jerarquía a un hombre tocando un fuelle, la canción les responde con la misma claridad con que canta un gallo al amanecer: no han visto a la nueva generación de acordeonistas. Mujeres que dominan el instrumento con la misma fuerza, técnica y sentimiento que cualquier rey de un festival, mujeres que tocan para competir, y para existir con verdad.
Por eso el tema invoca el nombre luminoso de la juglaresa Rita Fernández Padilla, una mujer que encarna el prototipo de los músicos completos (canta, compone e interpreta acordeón, guitarra y piano), una soñadora de tierras samarias que llegó a Valledupar a iluminar caminos. Su ejemplo abrió puertas, inspiró a muchas y dejó claro que el vallenato no crece cerrando espacios, sino abriendo todas sus orillas.
Porque en cualquier escenario, ellas se hacen sentir: tienen madera, tienen raíz, tienen tumbao. Con ese ritmo costeño que contagia y esa sensibilidad que vibra, hacen brotar canciones nuevas “como flores en abril”, llenas de vida y destino.
“Mujer, tú eres Vallenato” no es solo un homenaje: es un manifiesto poético y un acto de justicia. Afirma lo que la historia ya sabe: que la mujer no es solo musa, sino voz; no solo inspiración, sino creadora; no solo paisaje amado, sino faro y fundamento del folclor. Porque cada vez que una mujer canta o hace vibrar un acordeón, el vallenato no pierde su esencia: se engrandece, se vuelve más humano, más Caribe, más verdadero.