‘Los maestros’, una protesta social convertida en canto vallenato

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

La canción ‘Los maestros’ de la autoría de Hernando José Marín Lacouture, nació de un pago atrasado que le debían en la Secretaria de Educación Municipal de San Juan del Cesar, La Guajira, al maestro Walter Luis Coronel Mendoza, más conocido como ‘Caco’ Coronel, quien laboraba en la Escuela Mixta Rural del corregimiento de El Tablazo, tierra donde también había nacido el compositor guajiro.

Todo se inició a finales del mes de  agosto de 1975 cuando Hernando Marín tenía el deseo de ir al Festival del Retorno, de Fonseca, La Guajira, pero no contaba con plata. En aquella ocasión trabajaba como tractorista y el pago no estaba próximo.

Por su memoria pasaban diversas formas de solución para poder cumplir con su propósito musical. Tener el bolsillo pelao era algo que no estaba entre en sus planes, pero primaba el deseo de seguir mostrando su talento para componer. Era  un impase que nunca falta, y más entre los que se dedican a este arte.

Estando en aquel dilema se acordó de su paisano, amigo y después compadre, el docente Walter ‘Caco’ Coronel, quien podía tener la fórmula para solucionar el problema económico. Efectivamente, la solución estaba en un pago atrasado que le debían como educador. Sin perder tiempo se alistaron y antes del mediodía, fiando el pasaje, procedieron a viajar a San Juan del Cesar.

Al llegar se encontraron con qué la pagadora de la Secretaria de Educación Municipal Micaela Romero, conocida como ‘La Comayita’, estaba en su casa. Fueron hasta allá, tocándole la puerta varias veces y no abrían. Minutos después ella lo hizo bastante molesta.

‘Caco’ Coronel le manifestó amablemente el motivo de su visita a esa hora, pero ella se limitó a decir que en su casa no pagaba. Seguidamente añadió que el cheque se lo entregaría la siguiente semana. Ante la inesperada respuesta Hernando Marín le reclamó por el tratamiento al maestro. Ella le respondió que no debía meterse en lo que no le correspondía. Desde ese momento comenzó a darle vueltas en su cabeza un nuevo canto.

Estando del otro lado, el maestro y el compositor buscaron plata prestada para llegar al destino previsto. En esa ocasión Hernando Marín se ganó en Fonseca, algunos pesos amenizando varias parrandas. El que salió ganancioso fue ‘Caco’ Coronel, quien parrandeó y llevó plata para su casa.

El compositor  estaba con el remordimiento del hecho sucedido con la pagadora, y con todos los elementos a su favor hizo el canto que años después se convirtió en el himno de los maestros de Colombia.

“Hay personas que en la vida no saben agradecer, ni les dan ese valor que en realidad se merecen. Y es aquel montón de hombres y mujeres que lucha incansablemente pa’ educar la humanidad. El maestro va a la escuela diariamente, no le importa que critiquen su aguerrida voluntad, y hay que aplaudir a esa gente tan valiente, que tienen tan mala suerte que ni les quieren pagar”.

Con su guitarra en el pecho se la cantó a Poncho y Emiliano Zuleta, quienes no dudaron en grabarla para el sello CBS. El disco salió el 18 de mayo de 1976, y acertadamente le pusieron el nombre de la canción que aparece en el corte uno del lado B.

Parranda de celebración

“Días después de salir el disco ´Los maestros’, la celebración fue grandiosa en nuestra casa de El Tablazo, donde ‘Caco’ (Coronel) lloraba, cantaba y tomaba”, contó su esposa Ruby Zúñiga Núñez, con quien tuvo tres hijos, Walter Segundo, Max Alfredo y Gueily, siendo ella ahijada de Hernando Marín y Sergio Moya Molina.

Los recuerdos de aquel momento de hace 47 años, a la profesora Ruby Zúñiga la llevó a contar su historia de amor que ni el destino pudo detener. “Siendo muy jóvenes nos ennoviamos a escondidas y tuvimos la fortuna de que nuestros padres nos mandaron a estudiar a Bogotá. Cuando regresamos nos casamos en secreto hasta que todo el mundo lo supo”. Fueron esos encuentros donde las alegrías no se ocultaron, el sentimiento voló alto y el amor tenía su propio nido.

A ‘Caco’, Coronel quien se la pasaba en su carro escuchado música tradicional vallenata, le  decían así por su padrino Luis ‘Caco’ Dávila. También su casa fue el epicentro de las más grandes parrandas en esa zona, donde asistían reconocidos cantantes, compositores y acordeoneros.

Él nació  en El Tablazo, el 26 de abril de 1949 y murió en San Juan del Cesar, el 24 de abril de 2019, debido a una cirrosis hepática, dejando el ejemplo de hombre de bien y su enseñanza en el campo educativo donde se desempeñó por espacio de  25 años.

Como recuerdo del famoso maestro quedó el saludo en la voz de Jorge Oñate en la canción ‘Qué parranda’, de la autoría de Sergio Moya Molina, grabada en el año 1976, con el acordeonero Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza. Y la parranda la vamos a hacer en El Tablazo, en la casa de mi compadre ‘Caco’ Coronel”.

El ángel del camino

Hernando José Marín Lacouture, el cantor, compositor, guitarrista y consumado parrandero, quien era conocido como ‘Él ángel del camino’, murió el miércoles cinco de septiembre de 1999, en El Bongo, Sucre, dejando una cantidad de canciones donde el sentimiento todavía se pasea adornado de versos, haciendo posible que las delicias del cariño lleguen directamente hasta el río de la ternura y una flor nazca en medio del corazón.

De igual manera, no fue la canción ‘Los maestros’, donde el compositor puso de presente el tema social, sino también en ‘La dama guajira’, ‘La ley del embudo’, ‘Canta conmigo’, ‘Plegaria del campesino’, ‘El patrón’ y ‘Castigo de Dios’, entre otras.

Precisamente en ‘Los maestros’, ese canto donde exaltó el abnegado trabajo de las personas que se dedican diariamente a educar, señaló. “Y nosotros tenemos tan negra el alma, que no le damos las gracias al humilde profesor. Y las gallinas de arriba, le echan flores a las de abajo”. Enseguida al remate del verso el cantante Poncho Zuleta, pregunto: ¿Flores?… Ay carajo.

Calixto Ochoa celebró con música el ‘Color moreno’ de su piel

-En su natalicio se recuerda a ‘El negro Cali’, quien supo darle el mejor oficio a su memoria al componer memorables cantos que se extendieron por el mundo vallenato como verdolaga en playa-

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

El Rey Vallenato del año 1970 Calixto Antonio Ochoa Campo, desde el escenario que se le mirara respiraba música y la inspiración corría por sus venas con nombres de mujer, de naturaleza, de amigos, de vida, de detalles que dibujaba con una facilidad asombrosa en su mente, hasta llegar a producir cantidades de canciones. Sumó más de mil.

De esa manera, recorrió el territorio costeño extendiéndose a toda Colombia y el exterior, siendo tanta su creatividad que con mucha decencia le puso música y letra a un menosprecio, pero con una elegancia inocultable. La canción la tituló, ‘Mi color moreno’.

El hijo de Valencia de Jesús, corregimiento de Valledupar, quien nació el martes 14 de agosto de 1934, conoció en Sincelejo a Martha Yadira Salcedo, una joven encantadora quien le llamó la atención y enseguida comenzó su estrategia de conquista.

El primer paso fue invitarla con su familia a una finca en San Marcos, Sucre, aprovechando la época de Semana Santa. Ellos aceptaron el paseo y estando allá aprovechó que la joven estaba descansando en una hamaca. Enseguida buscó un taburete sentándose a su lado. Sin dar tantas vueltas fue al grano entregándole la máxima descarga de elogios y la propuesta principal que fuera su novia.

Calixto Ochoa la subió a las estrellas declarando que era la mejor compañía para su corazón, el espejo de su alma y la delicia del sentimiento. Mejor dicho, la medicina que aliviaría sus quehaceres del mañana.

Ella lo escuchó detenidamente y al final cuando tomó la palabra le cerró todas sus intenciones amorosas concluyendo con un “No”. Además, a través de un familiar le hizo saber que no gustaba de negros.

La primera reacción de Calixto Ochoa fue preguntarse sí ese era su parecer, porqué había aceptado la invitación al paseo. Después, lo tomó con calma y al regreso a su casa agarró el acordeón y se desahogó para que la nueva canción estuviera acorde con la resonancia de su espíritu.

‘El negro Cali’, la quería

De esa manera con ese canto comenzó su relato. “Si digo que no la quise estoy mintiendo, porque en verdad yo la quería. Y si digo que la quiero también miento, porque ya la aborrecí. La trataba con decencia y me salía con grosería. Y yo no he dao los motivos para que se portara así. Porque a ella yo nunca la trataba a las patadas, ni la iba a encañonar para que me quiera. Tan decentemente como yo la trataba, y entonces porque razón se portó grosera”.

Entonces con la efervescencia del rechazo y lleno de la mayor sensibilidad le dijo. “En todo caso perdona mi gran equivocación. El otro día me contaron que me odias por el color. Mi color moreno no destiñe, pero perdona mi equivocación”.

En ese momento al cerrar el verso Calixto Ochoa demostró que estaba lleno de entendimiento y con la nobleza que siempre lo caracterizó. Pasado el tiempo y con la decepción todavía latente, supo que ella tenía una relación amorosa. Entonces volvió a sacar una nueva canción que bautizó con el nombre de ‘Negrito gracioso’.

El tema es una descarga de tristeza mezclada con desazón. “Con el hombre que se fue no la ha sabido apreciar, según me cuenta la gente creo que ya está arrepentida, pero ya después del golpe no hay para que lamentar, si todo esto le ha pasado porque ella era muy creída”.

Calixto Ochoa siguiendo con el recuento señaló. “Cuando yo la conocí no quería pisá en el suelo, y me ha despreciado a mí tan solo por el color. Tanto que me rechazaba porque yo y que era muy negro, y en el fin de la jornada le ha tocado uno peor que yo. Yo soy negrito, pero gracioso de lo poquito que se vive orgulloso”. Y remató diciendo que era malo decir que de esa agua nunca iba a beber.

‘El negro Cali’, como era conocido, produjo dos canciones para estar a paz y salvo consigo mismo. En esa oportunidad le comunicó al mundo vallenato que el color moreno nunca desteñía, siendo negrito, pero gracioso, tanto que en el calendario del recuerdo quedaron historias llenas de alegría donde el amor se recreó hasta aplaudir el destino de sus sentimientos.

La primera canción ‘Mi color moreno’, fue grabada por el propio Calixto Ochoa el 13 de junio de 1972, y después lo hizo 24 años después Diomedes Díaz con Iván Zuleta. La segunda ‘Negrito sabroso’, la grabó Calixto Ochoa en 1973.

El juglar que reflexionó sobre la vida y la comparó con un sueño concluyendo que antes de morir había que aprovecharla, contó la historia de las canciones ‘Mi color moreno’ y ‘Negrito sabroso’, la mañana del martes primero de mayo de 2012, con motivo del homenaje que se le rindió en el 45° Festival de la Leyenda Vallenata.

De Calixto no hay que hablar…

Ahora cae como anillo al dedo lo expresado por Luis Francisco ‘Geño’ Mendoza en su canción ‘Festival Vallenato’. “De Calixto no hay que hablar, su talento es conocido”. Y lo corroboró en aquella ocasión Consuelo Araujonoguera al pintarlo de pies a cabeza. “Calixto Ochoa…es extraordinario, es el representante de la clase vallenata que tiene sabor a tierra, a boñiga, a ganado, a campo, a trabajo, a sudor, a esfuerzo. Yo, diría que Calixto Ochoa, es lo más auténtico dentro de la música vallenata”.

Calixto Antonio Ochoa Campo, el juglar todoterreno, dejó ese testimonio cantado y después de su despedida de la vida que sucedió en Sincelejo, Sucre, el miércoles 18 de noviembre de 2015, a las 6:45 de la mañana, sigue siendo realidad que el color moreno no destiñe. Ahora, se evoca aquel suceso refrendando que la esencia del ser humano no está en el color de la piel, sino en el espíritu y el corazón donde palpitan los sentimientos.

José Tapia: El Eterno Guacharaquero de Alejandro Durán

Por: Ramiro Álvarez Mercado.

«La música es un arma de paz, su belleza y emotividad son capaces de desarmar aún el corazón más duro»: ( William Congreve dramaturgo y poeta inglés).

La relación entre los artistas con sus instrumentos en el arte musical, es algo único, porque los músicos tienen la capacidad de experimentar momentos emotivos y expresar sus sentimientos en gran parte gracias a sus amores inanimados, que la mayoría de las veces recobran vida cuando son interpretados de manera magistral y fue justo el caso de José Manuel Tapia Fontalvo, el eterno guacharaquero del maestro Alejandro Durán Díaz, quien siempre tuvo amores con su ideófono de fricción.
José Tapia nació un 13 de noviembre del año 1934 en un corregimiento llamado Las Palmas, municipio de San Jacinto (Bolívar). Este varón sencillo, humilde y de un corazón muy noble, incursionó a muy temprana edad en las lides musicales, siempre ejecutando la guacharaca y haciendo los coros pertinentes.

Hoy en día es recurrente observar, como los créditos al interior de una agrupación musical, recaen en el vocalista, y vemos músicos de gran talento, como se les relega, como si no formasen parte de un elenco y solamente el cantante o el acordeonista, son quienes merecen elogios.

En el año 1957 Tapia Fontalvo fue invitado por Alejandro Durán para que lo acompañase durante una presentación en el Municipio de Sahagún (Córdoba), dado que su guacharaquero titular se había enfermado. Fue esta la coyuntura que se presentó, y al observar el maestro la habilidad y la destreza del invitado, al igual que unos coros altos y afinados, se produjo una empatía, que condujo a este par de artistas a integrarse hasta que la muerte se encargó de separarlos.
Si algo distinguió a esta dupla musical, fue esa mística, entrega y entendimiento que los caracterizó, todo el tiempo que anduvieron juntos. Las canciones brotadas de las vivencias del maestro Alejo, tenían su complemento en su guacharaquero , el cual con su entusiasmo y alegría, ponía la nota picante y el sabor en todo lugar donde llegaban.

Tras el triunfo obtenido en Valledupar en el año 1968, Alejo y José Tapia, más Pablo López en la Caja, fueron escogidos para ir a México, a representar a Colombia en la parte musical, durante los Juegos Olímpicos, donde obtuvieron la medalla de oro, como los mejores exponentes del folclor, derrotando a representantes de muchísimos países y poniendo en la cúspide el nombre y la música colombiana.

Más adelante, y en virtud al reconocimiento obtenido, fueron invitados a New York para presentarse en el Mádison Square Garden, donde se dieron a conocer internacionalmente, con una apoteósica demostración.
Muchos años después, en abril de 1987, durante la celebración del primer concurso “Rey de Reyes”, en Valledupar, donde Alejo Durán llegó con el rótulo de favorito, en asocio de su eterno y fiel amigo José Tapia, ante el asombro del público que los tenía como sus preferidos, por la grandeza y admiración a su pureza vernácula, por un pequeño error de desafinación en una nota, Alejo le solicitó al Jurado públicamente que fuesen descalificados.

José Manuel Tapia Fontalvo, fue todo un artista de la música vallenata, que vivió siempre orgulloso de ser el fiel escudero de quien él consideraba el más grande juglar de la música folclórica del Caribe colombiano. Por ello, conservó durante toda su vida, como su tesoro más preciado, un álbum fotográfico, con las imágenes de su fiel y admirado, amigo y maestro, captadas en diferentes momentos artísticos y personales, pues cada una le recordaba anécdotas e historias simpáticas, muchas de ellas que se volvieron canciones.

José Tapia nunca rehusó acompañar a su maestro inseparable en sus innumerables presentaciones, a excepción de una, la del 11 de Noviembre de 1989, cuando fue invitado como jurado en el Festival de Acordeoneros y Compositores en Chinú (Córdoba), pero que ante su presencia y la petición del público de verlo tocando el maestro no pudo negarse , evento este que marcaría el final dela existencia del gran Alejo.

José Manuel asumió como suya la recomendación que días antes le había hecho el médico Omar González Anaya (amigo de Alejo) de mantenerse en absoluto reposo debido a su delicado estado de salud; lamentablemente el maestro Alejo hizo caso omiso a la recomendación y le dijo » amigo mío, usted sabe que el toro bravo muere en el ruedo», siendo vanas las súplicas de su guacharaquero y amigo para que permaneciera en casa.
Este gran hombre y leal amigo, hasta el día que condujo el féretro del gran Alejo Durán, hasta su última morada, fue quien portó su acordeón.

Sin duda alguna Tapia Fontalvo a parte de ser un gran amigo, compañero y aliado para el gran Juglar Alejandro Durán, fue el guacharaquero que desde su primer toque con este ícono de la música vallenata, dejó constancia que llegó al conjunto para hacer parte de la historia del primer Rey Vallenato. Fue ese escudero que de manera silenciosa se robó al lado del «Negro Grande del Acordeón» un protagonismo por la forma magistral y diferente como interpretaba y entendía las melodías celestiales que brotaban del instrumento bendito del «Negro» Durán.
En esta época, cuando los lazos de hermandad y amistad se han tornado efímeros y frágiles, debemos resaltar en José Manuel Tapia Fontalvo, como un gran ejemplo de fidelidad, respeto, admiración, lealtad y compañerismo, que tuvo para quien le brindó la oportunidad de ser su «eterno guacharaquero y compañero inseparable».
El 22 de febrero del año 2018 la guacharaca de José Tapia dejó de sonar y se fue al encuentro con su gran amigo y maestro Alejo Durán donde estarán haciendo una nueva pareja musical deleitando al Dios de los cielos con su maravillosa música. Y es que muchas veces no solo se va el músico … con su música, también se va la persona que ha sabido transcribir tus pensamientos y sentimientos más profundos.

La música vallenata se “curucutea” en los fuelles de un acordeón

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

“No sé que tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo escuchamos se nos arruga el sentimiento”, dijo Gabriel García Márquez, para significar las bondades emocionales que produce un buen vallenato tocado en una parranda. El Premio Nobel de Literatura, conocedor como nadie de nuestros juglares, le expresó al mundo que su libro ‘Cien años de soledad’ era un vallenato de 350 páginas.

Excelente manera para exaltar una música que nació en los corrales de distintos caseríos de la costa Caribe colombiana, que interpretaban con su acordeón hombres campesinos curtidos por el sol y las labores propias de su entorno, en cuyo descanso divulgaban cantando los mensajes de la cotidianidad.

Así nació el vallenato, que con el correr de los años fue creciendo hasta ser la identidad de Colombia, aunque para llegar a este sitial de honor fue necesario que los juglares salieran de sus pueblos para dar a conocer sus mensajes cantados con la esencia misma de la boñiga, la tierra mojada, el tinto mañanero y el amor dibujado en el rostro de una mujer.

El vallenato, es la poesía campesina que mezclada con un acordeón, una caja, una guacharaca y unos versos, hacen posible la diversificación de cuatro hermosos aires que tienen como particularidad distintas velocidades, partiendo de la lenta hasta llegar a la más veloz.

Ya lo dijo el juglar Ovidio Granados, de los pocos que le conocen el corazón a los acordeones. “Los aires vallenatos son cuatro hijos con distintos caracteres: joviales, alegres y acelerados”. Tiene toda la razón porque por años los ha tratado con toda la amabilidad.

La mejor forma de saberlo es cuando el acordeonero pone sus dedos a cabalgar en el teclado de su bendito instrumento, y salen las notas precisas de paseos, merengues, sones y puyas. Son cuatro amables hermanos que hacen posible que el folclor vallenato tenga identidad gracias a preciosas obras que son conocidas a través del paso del tiempo.

Canciones gloriosas

En la misma línea musical, ¿Quién no tiene presente al primer arquitecto-compositor que le prometió a su hija construirle una casa en el aire para que viviera bonito en las nubes con los angelitos?; o cuando dos hombres curtidos por penas y alegrías se trenzaron en un duelo de versos para decirse verdades hasta que se acabara la vaina; en fin, son tantas las historias cantadas que podemos remitirnos hasta llegar a un negro de ébano que se dio el lujo de comunicar que en un pedazo de acordeón tenía pegada su alma.

Quizá falte también traer el pensamiento del poeta ciego del vallenato, cuando en un verso hizo caminar a su adorable Matildelina, para que se efectuara el milagro y una porción de tierra sonriera. También al hombre de color moreno que nunca destiñó, diciendo que al llegar las horas de la tarde le provocaba regresar a aquel lugar donde había saboreado el amor. O sin dejar por fuera a ese compositor que prometió no ir a un pueblo porque lo mataba la tristeza. A lo lejos también el recuerdo de un hombre con una guitarra al pecho queriendo querer ver juntas a una mujer blanca con una negra, y que no existieran rencillas por el color.

Las historias de las canciones vallenatas tienen el encanto propio de las cosas que nacen benditas y con el paso del tiempo se van expandiendo como el bostezo, de boca en boca, como lo señaló el maestro Rafael Escalona.

Además de lo anterior, hay que recordar la leyenda de Francisco El Hombre, quien se enfrentó con el diablo en un memorable duelo musical. Después de largo tiempo de estar tocando el acordeón, de lado y lado, y viendo Francisco la sagacidad del diablo, optó por tocarle el credo al revés, asunto que inclinó la balanza a su favor.

Todo este recuento es preciso hacerlo, porque después de ser conocidos en la provincia diversos acordeoneros y compositores, vino un acontecimiento que le cambió la vida a estos hombres que se dedicaban a producir música esencialmente para alegrar a los amigos y a las mujeres que le tocaban su corazón.

El máximo evento

En el mes de abril del año 1968, nació en Valledupar el Festival de la Leyenda Vallenata que con el paso de los años ha sido la matriz para otros eventos del mismo género que tienen la particularidad de abrir corazones, multiplicar alegrías y tener en sus acordeoneros, compositores, verseadores, cajeros y guacharaqueros, a unos genios que se dedican a llevar correos cantados o ser simplemente cronistas musicales.

La gran fortaleza de la música vallenata es haberse anidado en Valledupar, una ciudad donde se trabaja cantando y cada año cuando al llegar el mes de abril abre sus puertas para darle la más grande bienvenida a los que llegan en busca del mejor manjar musical. Es una fiesta única que se puede definir en la siguiente frase. “A quién se le canta aquí a quién se le dan las gracias, a los que vienen de afuera o a los dueños de la casa”.

Precisamente Consuelo Araujonoguera, creadora del certamen, expresó. “Para sacar adelante el Festival de la Leyenda Vallenata han sido indispensables noches de insomnios y días sin descanso para poder hacer todo lo que está hecho, pero hoy podemos decir que, pese a que la tarea no está concluida, hemos logrado rescatar parte importantísima de nuestro pasado histórico y echar las bases de lo que ahora es, sin discusión, la mejor imagen de Valledupar y de lo que los vallenatos somos y representamos ante Colombia y ante el mundo”.

Con este recorrido de letras a las que solamente les faltaron las notas de un acordeón, se corrobora que la música vallenata es la esencia del corazón, la vitalidad del sentimiento y la alegría del alma, donde todos pueden “curucutear” o sea  buscar, para conocer de cerca la más bella realidad cantada.

Hace 50 años Consuelo Araujonoguera, publicó el primer libro sobre música vallenata

-‘La Cacica’ tuvo la visión de poner a andar través de las letras al folclor que se interpreta con acordeón, caja y guacharaca, para que hoy sea la mejor carta de presentación de Colombia ante el mundo-

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

‘La Cacica’, Consuelo Araujonoguera, no solo abanderó el nacimiento en 1968 del Festival de la Leyenda Vallenata, al lado del Expresidente Alfonso López Michelsen y del Maestro Rafael Escalona, sino que dejó para la historia su gran tesis laureada sobre los orígenes y fundamentos de la música vallenata al escribir su libro ‘Vallenatología’. (Ediciones Tercer Mundo 1973). Después salieron dos ediciones más del libro en los años 2002 (Trilogía Vallenata) y 2017.

Sobre lo anterior muy bien lo sintetizó el sacerdote Enrique Iceda. “Consuelo fue una mujer ungida por Dios. Su vida y su obra serán un ejemplo de generación en generación. Ella tuvo grandes alegrías, triunfos maravillosos y también sufrimientos que le arrancaron la vida. Consuelo fue una mujer virtuosa que se entregó a la causa de la música vallenata escribiendo un maravilloso libro, y supo darle la altura necesaria a este bello folclor que hoy recorre el mundo”.

Respecto del libro, cuya investigación duró más de 10 años, Consuelo Araujonoguera al publicarlo, indicó. “Se acepta como verdad común que los primeros acordeones ingresaron al país por vía de Riohacha, en manos de marinos europeos, más posiblemente alemanes o italianos que españoles. Se basa esta apreciación en el comprobado origen del instrumento inventado por Cyrill Demian (1772-1847) en el año de 1829 – esto es 337 años después del descubrimiento de América”.

Seguidamente hizo una anotación sobre el porqué no se quedó el acordeón en la capital de La Guajira. “Cuando los acordeones llegaron a la Alta Guajira, presumiblemente a mediados del siglo pasado (1850 o 1854), ya los guajiros contaban con sus propios medios de expresión musical, y por lo tanto es probable que rechazaran un instrumento foráneo como el acordeón, el cual siguió su paso hacía otras regiones como las que ahora se llaman media y baja Guajira, y más concretamente hacía la provincia de Valledupar donde se asentó y se quedó definitivamente”.

Consuelo Araujonoguera, también citó en su libro a los primeros acordeoneros que tuvo esta amplia zona del país y en su orden aparecen: José León Carrillo, Cristóbal Lúquez, Abraham Maestre, Agustín Montero, Francisco Moscote (Francisco El Hombre), Eusebio Zequeira, Ramón Zuleta, Fortunato ‘Fruto’ Peñaranda, Francisco ‘Chico’ Sarmiento, Luis Pitre, Francisco ‘Chico’ Bolaño, Juancito López, Fortunato Fernández, Fulgencio Martínez, Juan Muñoz, Eusebio ‘El Negro’ Ayala, Francisco ‘Pacho’ Rada y Carlos Araque. “A partir de aquí comienza la generación de los costumbristas que tuvo sus precursores en Emiliano Zuleta y Lorenzo Morales”.

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