«La música es un arma de paz, su belleza y emotividad son capaces de desarmar aún el corazón más duro»: ( William Congreve dramaturgo y poeta inglés).
La relación entre los artistas con sus instrumentos en el arte musical, es algo único, porque los músicos tienen la capacidad de experimentar momentos emotivos y expresar sus sentimientos en gran parte gracias a sus amores inanimados, que la mayoría de las veces recobran vida cuando son interpretados de manera magistral y fue justo el caso de José Manuel Tapia Fontalvo, el eterno guacharaquero del maestro Alejandro Durán Díaz, quien siempre tuvo amores con su ideófono de fricción. José Tapia nació un 13 de noviembre del año 1934 en un corregimiento llamado Las Palmas, municipio de San Jacinto (Bolívar). Este varón sencillo, humilde y de un corazón muy noble, incursionó a muy temprana edad en las lides musicales, siempre ejecutando la guacharaca y haciendo los coros pertinentes.
Hoy en día es recurrente observar, como los créditos al interior de una agrupación musical, recaen en el vocalista, y vemos músicos de gran talento, como se les relega, como si no formasen parte de un elenco y solamente el cantante o el acordeonista, son quienes merecen elogios.
En el año 1957 Tapia Fontalvo fue invitado por Alejandro Durán para que lo acompañase durante una presentación en el Municipio de Sahagún (Córdoba), dado que su guacharaquero titular se había enfermado. Fue esta la coyuntura que se presentó, y al observar el maestro la habilidad y la destreza del invitado, al igual que unos coros altos y afinados, se produjo una empatía, que condujo a este par de artistas a integrarse hasta que la muerte se encargó de separarlos. Si algo distinguió a esta dupla musical, fue esa mística, entrega y entendimiento que los caracterizó, todo el tiempo que anduvieron juntos. Las canciones brotadas de las vivencias del maestro Alejo, tenían su complemento en su guacharaquero , el cual con su entusiasmo y alegría, ponía la nota picante y el sabor en todo lugar donde llegaban.
Tras el triunfo obtenido en Valledupar en el año 1968, Alejo y José Tapia, más Pablo López en la Caja, fueron escogidos para ir a México, a representar a Colombia en la parte musical, durante los Juegos Olímpicos, donde obtuvieron la medalla de oro, como los mejores exponentes del folclor, derrotando a representantes de muchísimos países y poniendo en la cúspide el nombre y la música colombiana.
Más adelante, y en virtud al reconocimiento obtenido, fueron invitados a New York para presentarse en el Mádison Square Garden, donde se dieron a conocer internacionalmente, con una apoteósica demostración. Muchos años después, en abril de 1987, durante la celebración del primer concurso “Rey de Reyes”, en Valledupar, donde Alejo Durán llegó con el rótulo de favorito, en asocio de su eterno y fiel amigo José Tapia, ante el asombro del público que los tenía como sus preferidos, por la grandeza y admiración a su pureza vernácula, por un pequeño error de desafinación en una nota, Alejo le solicitó al Jurado públicamente que fuesen descalificados.
José Manuel Tapia Fontalvo, fue todo un artista de la música vallenata, que vivió siempre orgulloso de ser el fiel escudero de quien él consideraba el más grande juglar de la música folclórica del Caribe colombiano. Por ello, conservó durante toda su vida, como su tesoro más preciado, un álbum fotográfico, con las imágenes de su fiel y admirado, amigo y maestro, captadas en diferentes momentos artísticos y personales, pues cada una le recordaba anécdotas e historias simpáticas, muchas de ellas que se volvieron canciones.
José Tapia nunca rehusó acompañar a su maestro inseparable en sus innumerables presentaciones, a excepción de una, la del 11 de Noviembre de 1989, cuando fue invitado como jurado en el Festival de Acordeoneros y Compositores en Chinú (Córdoba), pero que ante su presencia y la petición del público de verlo tocando el maestro no pudo negarse , evento este que marcaría el final dela existencia del gran Alejo.
José Manuel asumió como suya la recomendación que días antes le había hecho el médico Omar González Anaya (amigo de Alejo) de mantenerse en absoluto reposo debido a su delicado estado de salud; lamentablemente el maestro Alejo hizo caso omiso a la recomendación y le dijo » amigo mío, usted sabe que el toro bravo muere en el ruedo», siendo vanas las súplicas de su guacharaquero y amigo para que permaneciera en casa. Este gran hombre y leal amigo, hasta el día que condujo el féretro del gran Alejo Durán, hasta su última morada, fue quien portó su acordeón.
Sin duda alguna Tapia Fontalvo a parte de ser un gran amigo, compañero y aliado para el gran Juglar Alejandro Durán, fue el guacharaquero que desde su primer toque con este ícono de la música vallenata, dejó constancia que llegó al conjunto para hacer parte de la historia del primer Rey Vallenato. Fue ese escudero que de manera silenciosa se robó al lado del «Negro Grande del Acordeón» un protagonismo por la forma magistral y diferente como interpretaba y entendía las melodías celestiales que brotaban del instrumento bendito del «Negro» Durán. En esta época, cuando los lazos de hermandad y amistad se han tornado efímeros y frágiles, debemos resaltar en José Manuel Tapia Fontalvo, como un gran ejemplo de fidelidad, respeto, admiración, lealtad y compañerismo, que tuvo para quien le brindó la oportunidad de ser su «eterno guacharaquero y compañero inseparable». El 22 de febrero del año 2018 la guacharaca de José Tapia dejó de sonar y se fue al encuentro con su gran amigo y maestro Alejo Durán donde estarán haciendo una nueva pareja musical deleitando al Dios de los cielos con su maravillosa música. Y es que muchas veces no solo se va el músico … con su música, también se va la persona que ha sabido transcribir tus pensamientos y sentimientos más profundos.
«Todo el universo tiene ritmo. Todo baila»: Maya Angelou ( poeta, escritora, cantante y activista estadounidense).
Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado.
Por medio de la música se han plasmado muchas ideas, sentimientos e ideologías que nacen de las formas de vida de un pueblo, por lo que a través de ella podemos conocer, admirar, valorar y respetar la diversidad cultural a la que hoy tenemos acceso.
Los expertos en música sostienen que «es innegable que la música y la palabra comparte algunas formas de organización y expresión, porque estos dos medios de comunicación tienen en común el ritmo, la entonación, la dinámica, que se encuentran tanto en el discurso oral, como en el discurso musical».
Una de esas expresiones musicales que hacen parte de la identidad y la cultura de un pueblo es «El Porro Sabanero» que es sinónimo de fiesta, alegría, diversión, que se mueve con su ritmo estético, cadencioso y fiestero que invade el ambiente, es una emoción que causa sensación de satisfacción y gozo experimentada sobre todo por los moradores de la gran Sabana, ubicada en la costa norte colombiana, comprendida por los departamentos de Córdoba, Sucre y gran parte de Bolivar.
Y es precisamente en uno de estos exóticos lugares, donde el martes 18 de julio del año 1940 en un hermoso día lluvioso en la sabana sucreña llegó a este mundo terrenal Leonardo Gamarra Romero, con más precisión en Sincé (Sucre), exactamente en el barrio Palacio, en el hogar conformado por Miguel Enrique Gamarra Escudero y Sara Romero Atencia: él un campesino que negociaba con productos agrícolas y compra y venta de ganado, ella una costurera y ama de casa.
Sus primeros años los vivió frente a la Casa de la Cultura de su natal Sincé, en el hogar de sus abuelos maternos Enrique Romero y Lorenza Atencia. Años más tarde a raíz de un problema de salud que aquejaba a su señora madre y por recomendaciones médicas deciden trasladarse a un sitio con más aire libre y es cuando se radican en una finca de su tía Filomena Romero, donde transcurrieron siete años de su vida y es ahí donde el pequeño Leonardo tiene contacto directo con la naturaleza y pudo apreciar en todo su esplendor sus colores, sabores, sonidos, olores y sobre todo esos aromas que se desprenden del aceite que cubre los árboles mediante la lluvia al caer sobre el suelo seco denominado por los científicos como «petricor» o simplemente olor a tierra mojada.
Todos estos fenómenos naturales, sumados al gusto por la música de su progenitor quien era un ferviente seguidor de las canciones de Carlos Gardel y Agustín Lara y en las noches de luna clara las cantaba. Leonardo, sentado en su regazo, se extasiaba con esas letras y melodías maravillosas, algo que se quedó grabado en su memoria para siempre y fue parte fundamental, una base sólida para que él se inclinara por el arte musical.
Su familia se trasladó nuevamente para Sincé y fue cuando él tuvo contacto directo con agrupaciones y bandas musicales de la región como «Los Diablos del ritmo» que llegaban al pueblo y amenizaban matrimonios, cumpleaños, fiestas populares, ‘bailes de salón’, hechos que motivaban y entusiasmaban al pequeño Leonardo quien se paraba junto a la orquesta varias horas encantado por esos sonidos mágicos que salían de los instrumentos que para él era algo desconocido.
Después de cursar sus estudios primarios en el colegio del profesor Luis Gabriel Meza en su Sincé del alma, recibe una beca para estudiar en la Escuela Industrial Juan Federico Hollman de El Carmen de Bolivar donde cursó hasta cuarto de bachillerato (lo que en la actualidad es noveno grado). Y es ahí donde empieza a crear sus primeras obras musicales, hermosas composiciones de corte costumbrista, pero con un toque poético donde narraba vivencias, conquistas amorosas y también desamores que eran como explosiones del alma, las cuales era interpretadas por grupos musicales conformados con sus compañeros de estudios, para alegrar las presentaciones del colegio y también los fines de semana.
Gamarra Romero se fue puliendo poco a poco en el arte de componer y se convirtió en un compositor genuino del acervo popular que se encaminó a poner en circulación su música de hondo calado folclórico. Años más tarde, a principios de la década del sesenta, se trasladó a la ciudad de Barranquilla con el fin de laborar, pero sin dejar de lado su amor por la música y su naciente carrera como compositor. Es precisamente en la arenosa donde conoce a Jimmy Salcedo y Víctor Gutiérrez quienes tenían la banda musical Be-Bops que le grabaron su primer tema de corte tropical titulado ‘Palma de coco’, una pieza que alcanzó gran éxito en Colombia y España. Él sigue dándose a conocer y consigue que la Sonora Sensación le grabe el tema ‘Lina’.
Leonardo Gamarra se va consolidando día tras día como buen compositor y se convierte en un poeta consumado del porro sabanero: aire musical al que le dio un toque poético y distintivo, es como un pintor que con pincel en mano pinta las más bellas imágenes del entorno que lo rodea en su diario vivir, siendo las mujeres fuente de su inspiración, acompañadas de unas dulces, sublimes, celestiales y arrulladoras melodías, magistralmente hilvanadas con letras de un altísimo contenido filosófico, poético y literario que convierten su cotidianidad en un elixir de vida.
A principios de la década de los setenta se va de Barranquilla y llega a la ‘Perla de la Sabana’: la ciudad de Sincelejo, donde sigue su ascendente carrera creativa y compone canciones con temáticas propias de su cultura sabanera como: las fiestas en corralejas y sus personajes: garrocheros, manteros, toros bravos entre otros. y es cuando surge el porro titulado ‘Con la garrocha en la mano’ uno de sus grandes éxitos grabada por la orquesta del maestro Pello Torres un homenaje al garrochero Manuel Rodríguez y posteriormente por la banda San Rafael de Chinú e interpretada por la mayoría de las bandas musicales de la sabana en cuanto evento cultural y musical se realiza en esa bellísima tierra. La fructífera carrera artística del maestro ‘Leo’, como cariñosamente lo llaman, continúa y para esa misma época le graban otros temas, como: ‘Caña y bejuco’,’Clarinetero’, el bolero ‘Sinceanita’, ‘Ecos de la montaña o (Ana María)’, entre otras.
Los temas ‘Imágenes’ y ‘Caribe triste’ son la muestra de cómo se pueden componer porros con una temática universal repletos de contenidos poéticos y filosóficos tan profundos que son dignos de admiración, aplausos y de los más grandes elogios.
En ‘El Centauro’ cuenta la historia de un legendario garrochero de las sabanas del gran Bolívar de nombre Luis Felipe Quintero Jaraba, famoso por sus faenas en el ambiente corralejero; ‘El Barroso pineano’ relata la historia de un toro bravo muy respetado en las corralejas de la región de la ganadería del señor Narciso Pineda, pero no podía dejar de lado su terruño y compone el fandango titulado ‘Sincé encantador’, un bellísimo reconocimiento a la tierra que lo vio nacer, la calidez de su gente, la belleza de sus mujeres, sus paisajes y sitios emblemáticos, las fiestas patronales y la tranquilidad que respira al caminar por sus calles, pieza musical que se convirtió en un himno para los sinceanos. Otras obras conocidas del maestro Leonardo que hacen parte de su cancionero son: ‘Buscando el sol’, ‘El Cusuba’, ‘La hija del sol’, ‘Llegó el carnaval’, ‘Ojos de fuego’, ‘Alma sabanera’, ‘Adelaida’, ‘Amor corralejero’, ‘Bello cuento’, ‘Orquídea salvaje’, ‘Jinete del tiempo’, entre muchas más. Tiene un promedio de 80 canciones grabadas y más o menos 100 que permanecen inéditas, las cuales hacen parte de su extenso repertorio.
Es fascinante escuchar las canciones que han sido grabadas por distintas orquestas y bandas musicales del gran maestro Leo, pero es más fascinante escucharlas en su propia voz a las que les imprime un sentimiento único algo que lo convierte en un cantautor acompañado de una guitarra, son interpretaciones sencillas en obra negra y al natural, pero tienen la grandeza que solo lo podría explicar esa magia que encierran los buenos compositores, nobles, elementales y espontáneos.
El aporte musical del maestro Leonardo Gamarra Romero a nivel nacional y sobre todo a la Región del Caribe colombiano es de una gran valía y calidad debido a la versatilidad de su genio creador que le permite componer con la misma facilidad un porro, una cumbia, un bolero, un pasaje, una salsa, un paseo vallenato y hasta un guaguancó. Hoy siendo un octogenario, vive tranquilamente en su parcela llamada «Las Vegas» ubicada cerca al caserío de San Luis jurisdicción del municipio de Galeras (Sucre) rodeado de la naturaleza, donde recibe la visita regular de sus siete hijos y 23 nietos. Ante este genio de la composición me pongo de hinojos y solo me resta pedirle al creador que nos lo tenga por muchos años más, porque los seres como él son capaces de conmoverse con las vivencias propias o de otras personas y utilizarlas como fuente de inspiración, para que nos siga deleitando con el manantial cristalino de su talento.
«El legado de Alejo Durán, ese gran maestro, nunca morirá porque en sus canciones con sabor a pueblo y a mujeres bonitas dejó las huellas de un hombre bueno, sincero y de un carisma inigualable»: Gabriel García Márquez (escritor y periodista colombiano).
Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado
La música vallenata es inspiración, expresa declaraciones de amor, aflicciones del corazón, momentos de recordación, de exaltación y, en algunos casos, algo de picaresca. Es un arte que trae alegría a los corazones y nos enseña a meditar, valorar y a expresar muchas veces sentimientos y emociones que tenemos reprimidos.
En la historia del vallenato propiamente, un montón de músicos han aportado su propio toque personal y estilo, contrario a lo que vemos hoy en día: como la manifestación musical más auténtica de nuestra tierra y carta de presentación ante el mundo.
En la hacienda denominada «Las Cabezas» ubicada en jurisdicción del municipio de El Paso – Cesar, propiedad de la familia Gutiérrez de Piñeres, originaria de Mompox – Bolívar, fue donde se propició el desarrollo musical del gran juglar de la música vallenata, Alejandro Durán Díaz, quién llegó a esta existencia el día miércoles 9 de febrero de 1919, en el hogar conformado por Náfer Donato Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villareal.
Allí cerca a los ríos Cesar y Ariguaní, en medio de cantos de vaquería y de tamboras, fue creciendo este varón fornido, humilde y trabajador en medio de un ambiente festivo y musical, dado que sus padres, al igual que la mayoría de los moradores de ese lugar, conformaron una mezcla étnica muy singular, donde se fueron incorporando, costumbres, tradiciones, gastronomía, música, religiosidad de personas que fueron llegando de las Islas Canarias españolas, africanos carabalíes y el aporte de los indígenas chimilas, produciendo con ello una forma muy particular de convivencia, que se comenzó a reflejar en sus hábitos cotidianos, pero en particular en esa sonoridad para componer y cantar, al son de tambores y acordeones.
El Paso era un pueblo que parecía como si estuviese siempre de carnestolendas por el ambiente alegre y bullanguero de sus moradores, donde los hombres y mujeres se integraban para dar rienda a sus sentimientos de alegría, con danzas, cantos de tamboras y vaquería con instrumentos de percusión, acompañados de acordeonistas ya reconocidos y de gran valor.
Después de lo anteriormente expuesto podemos concluir que la vena musical del «Negro Alejo», como cariñosamente lo llamaban, es heredada de sus antepasados, quienes junto a su abuelo paterno, un músico conocido de nombre Juan Bautista Durán Pretelt, su padre Náfer Donato, acordeonista y su madre Juana Francisca, cantaora y bailadora de ritmo de tambora, abrieron la trocha para que él y sus hermanos conformaran una de las familias musicales más representativas de la música vallenata: Los Durán. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Alejo estaba predestinado para continuar con ese legado artístico y musical.
Su hermano mayor, Luis Felipe Durán Díaz, su tío Octavio Mendoza, gran acordeonista de la época, considerado por algunos investigadores como, un merenguero por excelencia, y su amigo Victor Julio Silva lo influenciaron de manera sustancial en la ejecución del acordeón: instrumento con el cual logró una afinidad absoluta, sintió que algo había en su corazón, y eran esos sonidos emanados de ese instrumento mágico y embrujador, como se diría en el argot popular: fue «amor a primera vista».
Durán Díaz fue un músico autodidacta o empírico, como la mayoría de los contemporáneos a su época, que fueron poco a poco, forjando un estilo propio, no sólo en la ejecución del acordeón, también en la composición y en el canto; eran artistas con impronta propia.
El lugar, el tiempo y el espacio, en que el «Negro Grande» se fue desarrollando, le sirvieron para nutrirse con la magia bucólica de esos bellísimos paisajes, donde se comenzó a gestar su fulgurante figura, quien a pesar de haber recibido el llamado celestial de la música después de dos décadas de su nacimiento, ya con la mayoría de edad, pero que lo llevaba en su sangre, desde que fue concebido por sus padres, oficio al que se dedicó por el resto de su vida, hasta que el creador lo llamó a rendir cuentas el día miércoles 15 de noviembre de 1989 en la capital del departamento de Córdoba, Montería. Como cosa curiosa nació y murió un día miércoles. Sus restos reposan en Planeta Rica – Córdoba, lugar que eligió como su tierra adoptiva, donde se convirtió en su hijo más ilustre.
Habiendo dado sus primeros pasos fue poco a poco reafirmando su estilo original que se caracterizó por una nota pausada, sin aceleres, exquisita, sencilla y con énfasis en unos bajos sonoros marcantes o de acompañamientos con los que adornaba sus bellísimas y mágicas melodías respaldadas por su voz fuerte, clara, melodiosa, con acento profundo y nostálgico, así como por las muletillas que siempre acompañaron sus interpretaciones y que hacen parte de su sello característico: «¡OA!», «¡APA!», «¡SABROSO!», lo cual lo acompañó a lo largo de su fructífera carrera musical y que le valió ser conocido como una figura del folclor colombiano, pues con su acordeón al pecho recorrió pueblos y ciudades de la Región Caribe dejando una huella imborrable. Siendo un hombre andariego y recorrido jamás se apartó de su personalidad bonachona, de estirpe campesina, sin dobleces, bondadoso y franco en todo, donde la palabra tenía más valía que un papel firmado.
Habiendo dejado las faenas agrícolas y ganaderas a un lado, con 24 años de edad comenzó a soñar con su trasegar en la vida musical, ya que en ese momento el acordeón se había convertido en su más fiel compañero, y es cuando decide salir de una vez por toda de su adorado terruño para dar a conocer su música y talento, algo que caló muy fácil y rápido en sus nacientes seguidores por donde quiera que se presentaba; porque aparte de sus dotes artísticos, tenía un carisma arrollador y seductor ante el que sucumbían todos los que escuchaban las notas mágicas y sonidos embrujadores que brotaban de su instrumento bendito. Su estampa de ébano, recia, imponente, hacía que su presencia nunca pasara desapercibida.
Después de varios años recorriendo diversos pueblos del caribe colombiano en sus famosas «corredurías» de largos meses llega a la ciudad de Barranquilla donde cristalizó uno de sus sueños: la grabación de su primer disco, en el año 1950, titulado «GÜEPAJE», paseo vallenato conocido también como «LA TRAMPA». A partir de su llegada a la pasta sonora su figura alcanza una dimensión impresionante y se consolida musicalmente con su estilo auténtico, único e irrepetible, con el que empieza a diferenciarse cada vez más de sus compañeros de oficio, no solo en la interpretación de su acordeón y voz, sino porque ya no solo se limitaba a relatar los sucesos que acontecían en los pueblos como lo hacían los demás Juglares de su época, más bien las adornaba con su criterio personal. Había pasado de lo meramente anecdótico a un mensaje más directo, contundente y profundo; su percepción del amor y las mujeres, el entorno natural que lo rodeaba, junto con la mirada filosófica de la vida, fueron los temas más frecuentes en el «Negro Durán» en su rol de compositor.
La consagración como el primer Rey Vallenato en el año 1968 le empieza a dar mucho más prestigio a la música vallenata, porque encontraron en el «Rey Negro» al más digno representante de esta expresión musical y cultural ya que encarnaba la figura del Juglar y músico completo (cantante, compositor y acordeonista), además de ser querido y casi que venerado por propios y extraños.
Ese mismo año de 1968, fue seleccionado para asistir a los Juegos Olímpicos en México y representar a Colombia en unas Olimpiadas Culturales, celebradas simultáneamente, frente a delegaciones de otros países alzándose con la medalla de oro, por sus maravillosas presentaciones musicales de nuestro Caribe colombiano, que emocionaron a los asistentes, motivo que sirvió para que fuese invitado a otros países, como Estados Unidos, donde se consagró frente a una multitudinaria asistencia en el Madison Square Garden de la ciudad de Nueva York .
Fue un Juglar que no solo interpretó sus propias creaciones, también lo hizo con obras musicales de autores de gran renombre como: Leandro Díaz, Rafael Escalona, Julio Erazo, Juancho Polo, Tobías E. Pumarejo, José Barros, Germán Serna, entre otros y lo hizo con mucha altura y calidad porque sabía imprimir con su voz y acordeón un dejo tan especial y repleto de mucho sentimiento; es decir, era capaz de sentir, vivir y transmitir el mensaje de la canción como si hubiera sido el protagonista de la historia plasmada en la letra.
Se caracterizó por ser un músico versátil que interpretó otros aires musicales, como: cumbia, porro, paseaíto, chandé y la creación de otros aires como «el porrocumbé»: fusión de porro y merecumbé, también fueron muy famosas las adaptaciones que hizo de ritmos de tamboras a música de acordeón, las que desde niño le escuchó cantar y vio bailar a su progenitora, tales como: «La candela viva», «Mi compadre se cayó», «Dime con quién andas», «Volá pajarito», entre muchas más.
El maestro Alejandro Durán fue un hombre auténtico que nunca se apartó de su idiosincrasia de origen raizal y campesino, y por donde quiera que se desplazaba siempre portaba su sombrero vueltiao, símbolo del pueblo sabanero que lo acogió con los brazos abiertos.
El hecho de haber viajado y recorrido ciudades grandes en su tierra y el exterior, jamás afectó su trato deferente y amable, siempre con esa sonrisa que iluminaba su rostro, y un cariño inmenso para sus contertulios. Siempre luchó por defender la autenticidad, nunca se envanecía ni vanagloriaba de sus éxitos, ni exigía grandes sumas de dinero, sino que lo dejaba a consideración de quienes solían buscarlo, lo que ellos estimaran. Tampoco discriminó a nadie, se consideraba un hombre común y corriente a pesar de la grandeza que encerraba, sin ínfulas de nada, solo cantando y tocando las historias, tal como las veía y sentía en su vida cotidiana.
La alegría y espontaneidad le brotaban constantemente, era algo común en él, y siendo un músico de un trajín agitado de fiestas y parrandas, nunca se le veía consumiendo licor alguno, ni siendo insolente en sus palabras, ni le afectaba su popularidad, por el contrario era de una sencillez impresionante, respetuoso con sus semejantes.
El maestro Alejo dejó un legado musical incalculable, por lo que hoy sigue siendo para muchos uno de los más grandes juglares del folclor vallenato de todos los tiempos, quien le dio la dimensión histórica a esta expresión musical provinciana que es orgullo de nuestra tierra. Hoy por hoy se pueden escuchar sus notas sublimes, mágicas y seductoras, por medio de las distintas plataformas digitales y canales de difusión y en los festivales vallenatos que hacen a lo largo y ancho del país y en otros, como EEUU y México.
Hoy cuando celebramos otro año de su natalicio valoramos cada día los más de 40 de vida artística y más de 100 trabajos discográficos que nos regaló para la historia. El día que su corazón dejó de latir hubo un silencio total, como si Alejo transmitiese un mensaje, de no bullicio, ni alharaca de ninguna índole, a diferencia de aquellos ídolos mediáticos de barro, figurines cuyo narcisismo no los deja ver sus propios errores, mientras sus conmilitones lo alaban y no les permiten ver su realidad, como se observa casi a diario con muchas figuras de papel.
Cuánta falta nos hace el maestro Alejandro Durán Díaz, porque este juglar se ganó el respeto y la admiración, de toda una generación que apreció la creatividad y la originalidad de alguien que cantó con su «Pedazo de acordeón», canciones evocadoras que llegaban hasta lo más profundo del alma, razón por la cual el pueblo lo erigió como «el Rey Eterno de la música vallenata
-La premiación para los distintos concursos cuyas inscripciones estarán abiertas hasta el cinco de julio, superará la cifra de 84 millones de pesos-
Del 13 al 16 de julio de 2023 el corregimiento de La Loma, municipio de El Paso, Cesar, llevará a cabo el 31° Festival de Canciones Samuel Martínez en homenaje al acordeonero José López y reconocimiento a Los Nuestros.
En este sentido, Eliana de la Ossa Bravo, presidenta de la Fundación Festival de Canciones Samuel Martínez Muñoz, agradeció a la Administración Municipal de El Paso que preside Andry Aragón Villalobos y el acompañamiento de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, para lograr el objetivo de continuar exaltando la música tradicional vallenata desde la tierra del inolvidable juglar Samuel Antonio Martínez Muñoz.
«La música es la literatura del corazón, que comienza donde terminan las palabras»._ Alphonse de Lamartime (compositor, poeta e historiador francés).
Por: *Ramiro Elías Álvarez Mercado*
Pocas cosas son tan precisas como la interpretación de una obra musical por un buen cantante.Vocalización exacta y rigurosa que dan lugar a un agradable canto que suele llegar directamente al alma.La música tiene todo tipo de efectos en el ser humano: nos alegra, nos entristece, nos activa, nos hace bailar, nos emociona, ha acompañado a la humanidad desde sus primeros días, cuando aprendimos a utilizar sonidos y cánticos para comunicarnos entre nosotros o con las fuerzas superiores que regían nuestras vidas y que han evolucionado según lo hacía la sociedad.Las voces humanas poseen un timbre que permite distinguirlas entre sí y además poder identificar a la persona que la emite, ya sea al cantar o al hablar.
Una de esas voces privilegiadas para el canto vallenato fue la de Diomedes Díaz Maestre, quien le abrió los ojos a este mundo terrenal una alegre, festiva, radiante y fresca mañana invernal del domingo 26 de mayo de 1957, en el corregimiento de La Junta sur del departamento de La Guajira, más exactamente en las agrestes tierras de una finca llamada «Carrizal». Hijo mayor de la familia conformada por Rafael María Díaz Cataño y Elvira Maestre Hinojosa. En un hogar de campesinos humildes, nobles, trabajadores y de sanas costumbres se fue levantando este pequeño niño que con el correr del tiempo se convertiría en uno de los más grandes artistas de la música vallenata. Diomedes cuyo nombre en la mitología griega significa » *Pensamiento de Zeus*» quien fue uno de los héroes griegos más famosos al combatir en la guerra de Troya, y uno de los guerreros más poderosos en La Ilíada de Homero. Al igual que su homónimo de la mitología, Diomedes Díaz desde muy temprana edad fue un guerrero de la vida que luchó contra todo y de esa lucha constante le brotó su inclinación musical que proviene, según dicen algunos investigadores, de Luis Gregorio Maestre Acosta pariente cercano de su progenitora Elvira Maestre el cual se caracterizó por ser un gran decimero y a pesar de no haber tenido estudios, las componía y recitaba magistralmente. La cercanía con su tío Martín Maestre, acordeonista y compositor fue parte fundamental en su naciente carrera musical.Sus primeros años los vivió como cualquier niño campesino de la zona, colmada de experiencias fantásticas, contacto directo con la naturaleza, animales de corral como: vacas, chivos, caballos, cerdos, burros, muchos de estos criados por sus padres, cultivando la tierra de pancoger (yuca, plátano, malanga, maíz) que hacían parte de las viandas que servían en su mesa y que también comercializaban y era parte esencial del sustento de su familia, todo esto sumado al canto de las aves silvestres, el correr y el sonido del agua de los riachuelos, las fragancias de las flores y verdes hojas de los árboles, el olor al café matutino. Toda esa constelación de múltiples y variados olores, sonidos y paisajes fueron desarollando en él una visión del mundo muy particular, mágico y surrealista que luego plasmaría en sus canciones, ya que no solo cantaba, sino que también componía algo que lo convirtió en el _»cantautor de las multitudes»_.
El Cacique de La Junta como se le conocía en el ámbito musical, fue desde sus inicios una persona dotada de un talento histriónico que deslumbraba en cualquier escenario, donde su figura era casi que venerada por miles de seguidores en razón a esa voz e interpretación prodigiosa que le daba a las canciones, secundado por el carisma arrollador que poseía; era un ser capaz de ejercer una presencia magnética sobre las personas, que sin proponérselo captaba la atención de los demás que disfrutaban y se deleitaban de su compañía en el escenario. Su voz, carisma y comportamiento iban a tono con sus costumbres y la de su fanaticada que lo disfrutó y ovacionó en todo su esplendor, su personalidad de hombre extrovertido, lleno de impulsos, con un aura brillante y resplandeciente, cercano a su pueblo, querendón con las mujeres y amigo de la parranda fueron elementos fundamentales para su formación musical. El carisma no se comercia, más bien se construye y un artista carismático como el «Cantor Campesino» es un purificador de incentivos externos e internos que se inquieta ante lo auténtico, que no intenta ser distinto sino que se diferencia simplemente por ser quien es, sin grandes alardes, ni aspavientos, sencillamente a través de su mera presencia.Para Diomedes la música era como una revelación mayor, las inspiraciones le llegaban cuando más aislado estaba en el espacio y en el tiempo.Ese talento innato de El Cacique doblado de una inteligencia escénica y natural, que le permitía ocupar todo el escenario él sólo, le facilitaba desencuevar en cada canción el espíritu que se escondía detrás de cada palabra.No basta con tener la mejor voz para entonar una canción, hay que sentirla vivirla y apropiarse del mensaje de la misma para poder transmitirla y llegar al corazón de los que la escuchan, siendo esta una de las ventajas del hijo de la señora Elvira que sin tener la mejor voz, como otros de sus colegas, si interpretaba con mucha suficiencia sus propias canciones y cuando lo hacía con creaciones musicales de otros compositores lo logró con mucha altura y calidad, porque sabía imprimir en su voz un dejo tan especial y repleto de sentimiento; es decir, tenía la capacidad de sentir la canción como propia y transmitir magistralmente el mensaje expresado por el autor: era como un actor cuando encarna un personaje.Diomedes Díaz Maestre era un artista nato que dio rienda suelta a su talento y provocó sentimientos y emociones positivas, sus seguidores escucharán sus canciones por siempre una y otra vez y casi que instantáneamente traerán de vuelta todas las emociones, alegrías y recuerdos de momentos vividos a lo largo de los años, porque su legado musical nos ofrece un escape de la realidad, nos hace viajar a otros mundos a través de sus canciones, nos inspira con sus letras y nos conecta con nuestras emociones de un modo muy profundo. Él pudo exteriorizar su habilidad a través del arte musical y potenció todo su talento artístico con el cual llegó a un multitudinario público que lo aclamará por siempre porque las canciones de su ídolo hacen parte de la banda sonora de sus vidas.