Edwin Andrés Altamiranda Mercado:El hombre, el compositor y el defensor del vallenato

Lo que se encuentra en el corazón no necesita ser aprendido”:
Johann Sebastian Bach (músico y compositor alemán)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

La música para muchos es un refugio sagrado, una vía de escape, un conjunto de letras y melodías que transforma los sentimientos más profundos en versos y armonías. Este arte no solo nos acompaña: nos conecta, nos eleva y nos permite expresar lo que el alma en silencio grita. Es un lenguaje universal que atraviesa las barreras del tiempo, de la cultura y del idioma.

En estas líneas quiero rendir homenaje a un gran ser humano, un alma noble cuya vida vibra al compás del acordeón. Me refiero a Edwin Andrés Altamiranda Mercado, un nombre que lleva consigo la esencia del vallenato, no como moda pasajera, sino como pasión de vida, como camino y como bandera.

Nació un viernes, 24 de agosto de 1973, en la entrañable Sincelejo, también llamada La Perla de la Sabana, capital del departamento de Sucre, enclavada en el corazón del Caribe colombiano. Hijo de Alfredo Altamiranda y Ana Delfina Mercado, Edwin creció en un entorno marcado por las transformaciones de la vida. Tras la separación de sus padres, se trasladó junto a su madre al corregimiento de Macayepo y la vereda Verruguita, en el municipio de El Carmen de Bolívar, en los místicos Montes de María.

Aquella tierra de bosques tropicales, biodiversidad exuberante y aromas silvestres fue su primer escenario, su primera musa. Allí, entre árboles y caminos de polvo, fue forjándose el carácter del hombre que años más tarde cantaría al amor, a la nostalgia, al pueblo y al alma campesina. La naturaleza, los juegos de infancia, el contacto con la tierra y con los mayores, moldearon en Edwin una personalidad sensible, respetuosa y solidaria, al tiempo que desarrollaba una temprana pasión por la música vallenata.

Desde que tiene uso de razón, el vallenato ha sido su idioma del alma. Cantaba, memorizaba letras, analizaba grabaciones, seguía de cerca los lanzamientos de los conjuntos más icónicos. En su infancia, un viejo radio fue su cómplice inseparable: mientras ayudaba a su abuela en las faenas del campo, las ondas musicales le abrían las puertas de un mundo vasto y emotivo.

A los 15 años emprendió un nuevo rumbo: llegó a Santiago de Tolú, joya del Golfo de Morrosquillo, en busca de oportunidades y cobijo entre familiares maternos y paternos. En este paraíso caribeño, aprendió a valerse por sí mismo. Acompañaba turistas, hacía mandados, conversaba, servía de guía… y se ganaba la vida con dignidad. La independencia llegó temprano, pero nunca le faltaron la sonrisa ni la palabra amable.

En Tolú también se hizo de grandes amigos. Era inquieto, curioso, comunicativo. Las tardes de fútbol en la playa bajo atardeceres que pintaban el cielo con los colores de la patria, amarillo, azul y rojo, quedaron grabadas en su memoria. Fue precisamente durante uno de esos partidos cuando, tras una entrada fuerte por disputar el balón, uno de sus amigos lo apodó “Mákina”, con “K” de Kratos, la divinidad griega de la fuerza y el poder. Y no fue en vano: Mákina ha sido, desde entonces, sinónimo de coraje, de empuje, de resiliencia. Una especie de guerrero moderno que no lucha con espadas, sino con versos.

En su vida errante, motivado por la fiebre del oro, Edwin llegó al municipio de Acandí, Chocó, en la frontera con Panamá. Allí trabajó en minas, fabricó hielo, sembró árboles frutales y plantas ornamentales, pero siempre, siempre, con el oído y el corazón atentos al eco del vallenato. Su pasión nunca cedió terreno.

Otras tierras lo vieron pasar: Curumaní, La Loma (en el Cesar), y finalmente Barranquilla, donde hoy reside. En cada lugar, una historia; en cada rostro, una canción. Su vida es un mosaico de paisajes, de emociones, de enseñanzas que brotan con naturalidad en sus letras. Edwin es un cronista de la vida sencilla, un compositor de la gente del pueblo, un sembrador de emociones en tiempos en que muchos han dejado de sentir.

En el Caribe colombiano donde el acordeón es más que un instrumento, es una forma de ser, floreció su talento como compositor. Sin títulos académicos, pero con una universidad de vivencias a cuestas, Edwin Altamiranda Mercado se ha ganado un lugar en el corazón de músicos, intérpretes y seguidores del vallenato tradicional. Su obra no se halla en bibliotecas, sino en chats de WhatsApp y grupos de Facebook, donde su voz resuena con fuerza y autenticidad.

No solo escribe canciones: es un gestor cultural incansable. Lidera el grupo “Mi Casa Vallenata”, un refugio digital donde se respira y se debate el vallenato en su forma más pura. Participa activamente en otros espacios similares, donde se defiende la raíz, la esencia, la memoria viva de la música de Francisco El Hombre.

Las tierras que ha pisado lo inspiran. Por eso, en sus letras hay amor, pasión, paisaje, nostalgia y pueblo. Sus canciones son retratos poéticos, pedacitos de alma entregados en melodía. Cada composición es una ventana abierta a su universo interior, un testimonio de su historia errante.

Gracias a “Mi Casa Vallenata”, ya ha lanzado cuatro trabajos discográficos y pronto llegará el quinto, bajo el nombre simbólico de “No hay quinto malo”. Este proyecto no solo contiene sus propias obras, sino también las de otros autores que no han tenido acceso a los grandes sellos. Su espacio se ha convertido en una vitrina de oportunidades, en un altavoz para los que empiezan, en un bastión del vallenato auténtico.

Ya suma más de 30 canciones grabadas, entre las que destacan:
‘La hija del compositor’, ‘La jáquima’, ‘Seguiré tus pasos’, ‘Los amigos de Jairo Soto’, ‘Verruguita’, ‘Macayepo’, ‘Acandí’, ‘La negra’, ‘El regreso de la negra’, ‘No ha regresado la negra’, ‘Te encontré en mi camino’, ‘Toma pa’ que lleves’, ‘La dueña de mis canciones’, ‘Tristeza al partir’, ‘Retomaré el camino’, ‘La ingrata’, ‘Te quiero a mi lado’, ‘Gozando a mi muchachita’, entre otras, interpretadas por voces como Edilson Brito, Guadis Carrasco, Rodolfo Carrasco, Fredy Hernández, Diógenes Jalaff, Jorge Brito, Carlos Correa, Mirley Rodríguez, Oswaldo Morelo, José Andrés Móvil, Eneison Salas, Cristian Álvarez y próximamente, por el gran Miguel Herrera, con la canción “Porte y elegancia”.

El “Mákina” Altamiranda nos da una lección de superación: con poca educación formal, pero con un corazón inmenso, ha demostrado que el talento no pide permiso y que la cultura también se defiende desde el barrio, desde la vereda, desde la vigilancia silenciosa. Sí, trabaja como vigilante en Barranquilla, un oficio noble y digno, pero mientras otros duermen, él escribe, sueña y compone.

Más que un compositor, Edwin es un centinela del vallenato, un narrador de historias que no necesita reflectores para brillar. Su grupo “Mi Casa Vallenata” se ha convertido en una trinchera cultural donde cada debate, cada verso y cada canción son un acto de resistencia frente al olvido.

En sus letras vive el pueblo, los amores sencillos, las penas cotidianas y las pequeñas glorias que hacen grande la vida. Su pluma no es docta, pero es sabia; no es técnica, pero es genuina. Y en un mundo donde la autenticidad se extingue, Edwin Andrés Altamiranda Mercado es un faro, un fuego que no se apaga.

«El Mákina», centinela de la noche y del canto, compositor de callejón y sentimientos, escribe por amor, por pasión, por memoria. Escribe para que el vallenato no muera, para que siga vivo, rebelde, indómito… como un acordeón que se niega a ser silenciado.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Un año sin Luis Egurrola Hinojosa en el mundo vallenato

Por: Alcibiades Nuñez

El 16 de septiembre de este año se cumplio un año de fallecido el compositor Sanjuanero Luis Aniceto Egurrola Hinojosa, “Luiso”, como cariñosamente le decían sus familiares, amigos y allegados a la familia, en el municipio de San Juan del Cesar Guajira.

Todos los amantes del vallenato, lo recordaremos ya que fue un compositor de tiempo completo y lo demostró con sus legendarias canciones “Cómo te olvido”, interpretada por el Binomio de Oro de América y otras como “Ven conmigo”, “Al final del sendero”, “Ilusiones” y “Sin saber qué me espera”, inmortalizadas y llevadas al acetato por el más grande cantautor del vallenato Diomedes Díaz, canciones emblemáticas del vallenato autentico, que, junto con Luna Sanjuanera, son poesías icónicas del Vallenato Guajiro.

Nació el 19 de julio de 1964 en el municipio de San Juan del Cesar. Hijo de María Teresa Hinojosa y Jaime Egurrola. Desde muy temprana edad, mostró sus destrezas y habilidades para componer, poesías, versos y canciones. Luiso, tenía 6 hermanos, él era el mayor de todos, ejercía como arquitecto profesional, seguido de María Angelica, Comunicadora social, Jaime Enrique, Odontólogo, María Teresa, Reina Nacional de la belleza de Colombia e ingeniera industrial, Claudia María, abogada, Ana María, psicóloga y Carlos Jaime, diseñador industrial.

Luis Egurrola creció en una familia donde su abuelo era guitarrista y musico, su madre María Teresa Hinojosa, era compositora, escritora y poeta, escribía poesías románticas a la vida, a la naturaleza, a su familia y amistades, autora del libro “Memorias Guajiras”, Luiso hizo su primera presentación en el Festival de Música Mariana, en el concurso de compositores del corregimiento de Los Pondores.

Luis Egurrola fue un compositor romántico. porque su obra está untada de romanticismo, de amor, cariño y afecto a las personas que amaba, que estimaba, a sus familiares, sus amistades, sus colegas poetas y compositores, sus canciones son una institución, son obras poéticas que plasmaban todos los sentimientos que estaba viviendo el autor en ese momento, sus letras tienen el mismo corte de entusiasmo, alegría, amores y la expresión autentica de un poeta romántico, aventurero y culto.

Luis Egurrola estaba casado con la dama sanjuanera, Julieta María Mendoza Gutiérrez, de cuya unión nacieron sus tres hijos David Santiago, Luis Carlos y Cristina, su hija mayor se llama Marianis, que reside en los Estados Unidos 

En dos oportunidades fue declarado compositor del año en el Festival Nacional de Compositores de Música Vallenata de su tierra natal San Juan del Cesar.

Además de Diomedes Diaz (quien le grabó Ven conmigo, Al final del sendero, Amor de mi juventud, Se está pasando el tiempo, Sin saber que me espera, Las verdades de mi vida, Ilusiones, Tal como soy), otros cantantes vallenatos grabaron canciones de Luis Egurrola: los Hermanos Zuleta y Jorge Oñate, con canciones como Qué hay de ti, Hay que querer, Dónde están esos amores, Lo que quieras de mí, Soñador, Las verdades de mi vida y Después del adiós, Una aventura más, Enamorado siempre, Quien sepa de amores, Me mata el dolor, Brillará otra esperanza y Dime quién eres, Una aventura más, Amor de mi juventud, Alas de mil colores, Las de los ojitos negros, Silvestre Dangond le grabo El Glu Glu, Mi primera ilusión – Armando Mendoza & Raúl «Chiche» Martínez, Cuando muera esta ilusión – Iván Villazón & Franco Argüelles, Versos de olvido, Rafael Manjarrez & Ciro Meza, En carne propia, Silvio Brito & Osmel Meriño, Mi nueva ilusión, Beto Zabaleta & Beto Villa y Lo que quieras de mí, Binomio de Oro de América.

VIAJE POR EL TIEMPO ENTRE CANTO Y POESIA

Hoy 12 de septiembre, la aurora se adentró en un rincón del alma colombiana aquel ‘paisaje de sol’ enardecido, abrió sobre la tierra y en el murmullo de los vientos, entre ‘Rumores de viejas voces’, se escucha la resonancia inmortal: un día como hoy nació la lírica historia de un hombre entrañable, querido por todos, el maestro GUSTAVO GUTIERREZ CABELLO.

Desde La Paz, mi pueblo, me uno a esta fecha que la memoria convierte, en celebración. Me inclino, con gratitud y reverencia, ante el poeta, el amigo, el colega, y evoco la travesía musical de mi paisano Jorge Oñate «El Jilguero de America» (Q.E.P.D), interprete predilecto y cómplice eterno de las canciones que nacieron del corazon de Gustavo.

Aveces me pregunto: ‘Como pudo terminar’ la grandeza de un hombre que partió en dos la historia del vallenato, para no seguir cantando las canciones de mi amigo tavo ‘No es mi culpa’, me respondió un día con serena ‘Inquietud’, sentado en el patio de su casa ‘Que la violencia no nos llegue al Valle’, porque ‘Valledupar tierra mía’ es la consentida de todos.
‘Ayayay’ ‘Sueña corazón’ ‘Mi nostalgia eres tú’.

‘Te quiero porque te quiero’ es sentir el palpitar eterno de un alma convertida en melodia. Y aunque el tiempo insista en que ‘Serás recuerdo lejano’ su esencia nunca fenece.

No ‘Lloraré’ porque un jilguero del cielo vino a decirme al oído ‘Vivo contento’, entonando ‘Morenita’ junto al Padre celestial. Y yo, con humilde devoción respondí : ‘Calma mi melancolía’. y aunque muchos afirmen que ‘El amor no es duradero’, al maestro Gutiérrez le “LLegó un amor’ para quedarse por siempre como ‘Cariño de madre’, que dibujó en nosotros un pentagrama inmortal.

En sus versos habita el tiempo. en sus canciones palpita la eternidad quien un día regaló al mundo la sentencia: el que esté golpeado por la vida que se enamore. Y yo como tantos me atreví a dictarle al corazón: ‘Enamorate’ .

Su legado es inmenso y luminoso veintidós obras musicales, cada una tallada en letras de oro. Su nombre está inscrito, con justicia y amor, en la leyenda histórica del Ruiseñor del Cesar, como el creador que mas canciones entrego a la voz inigualable de Jorge Oñate.

Hoy, el Romántico Gustavo Gutiérrez es motivo de jubilo. ‘El cariño de mi pueblo’, se eleva en aplausos agradeciendo el repertorio que trasciende en el tiempo que nos conduce, una y otra vez, a la hondura de lo humano.
Con emoción confiesa que Jorge Oñate fue el mejor intérprete de sus canciones, y con emoción aun mayor lo proclamamos nosotros: el vallenato encontró en ellos dos la conjucion perfecta entre canto y poesía.

Maestro Gustavo Gutiérrez, que Dios le conceda vida abundante, y conserve su condicion de ser ‘Sencilla y cariñosa’ para que sus versos sigan iluminando caminos y su música siga abrazando almas. Porque en cada acorde suyo, el tiempo se detiene, y la canción se convierte en plegaria, en memoria, en eternidad.

Feliz cumpleaños maestro Gustavo Gutiérrez Cabello. Salud y vida para usted, que hizo del vallenato un viaje infinito entre el canto y la poesía.

Por: Naima Luz Cotes Gutiérrez

Javier Díaz Daza: Un compositor con alma sentimental

«La música es el reflejo de los sentimientos de quien la compone»: Wolfgang Amadeus Mozart (compositor austriaco).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Cada obra musical tiene detrás una historia, ya sean vivencias personales o ajenas, arte o sucesos, siempre hay algo que permite ligar una canción a un contexto determinado. Los autores utilizan la música como medio de expresión en razón a que con ella pueden transmitir sentimientos universales que son recibidos por los oyentes. En el vallenato, existen compositores cuya obra refleja profundamente sus emociones, como es el caso de Javier Díaz Daza.

Nacido en el municipio de El Molino, un martes 27 de abril de 1965, en el sur del departamento de La Guajira, al noreste de Colombia, Javier es hijo de Néstor Pedro Díaz Morales y Ruby Esther Daza Zubiría. Según cuentan, llegó a este mundo en una casita de barro y palma: humilde, pero con mucho calor humano. Nació en una familia de molineros dedicados a las tareas del campo y la agricultura, con una marcada influencia de la música de bandas, guitarras y acordeones. Esta vena musical fue heredada de su padre, un destacado intérprete del tiple y la guitarra, así como de otros parientes como Juan Díaz (clarinetista), Benedito Díaz (cantante), Francisco «Chico» Díaz (cantante y compositor) y Tadeo Morales (acordeonista), entre otros.

A los pocos meses de nacido, su abuela materna, Marcelina Daza, lo llevó junto a su madre a la población de Manaure, conocida como «El Balcón del Cesar», un pueblo muy hermoso, rodeado de paisajes naturales y riqueza agropecuaria. Allí vivió hasta los cinco años, para luego trasladarse a Valledupar donde el pequeño Javier comenzó a tener contacto directo con la música vallenata. En la «Capital Mundial del Vallenato» ya se escuchaban en su esplendor las canciones de los juglares: Alejandro Durán, Calixto Ochoa, Abel Antonio Villa, Nicolás «Colacho» Mendoza, Alfredo Gutiérrez, Juancho Polo, entre otras estrellas de este firmamento musical.

A medida que crecía y empezaba a presenciar parrandas y festivales, trepado en el árbol de mango de la mítica plaza Alfonso López en Valledupar, su oído se fue agudizando. Prestaba cada vez más atención a las interpretaciones de esos maestros que convergían en ese tipo de escenarios naturales. Las melodías que salían de los acordeones, guitarras, cajas y guacharacas eran un deleite para este inquieto muchacho que desde ese momento soñó con crear canciones para alegrar no solo su vida, sino también la de los demás.

Durante su infancia y adolescencia, además de Manaure y Valledupar, Díaz Daza vivió en otros lugares como San Juan del Cesar y Maicao. Finalmente, a los 15 años, regresó a El Molino para conocer a su padre y hermanos. Para entonces, ya tenía un cuaderno lleno de versos que más tarde se convirtieron en sus primeras canciones. Aprendió a tocar la guitarra lo que complementó su inclinación musical. Este instrumento se convirtió en su compañero de viaje, amigo y confidente. Es su extensión, su voz, su alma. Unidos por cuerdas y sentimientos, la guitarra y él crean una sinfonía de emociones.

Entre la Sierra y el Valle de los Santos Reyes nacieron sus primeras canciones, que le cantaban a sus primeras conquistas amorosas y a la naturaleza, de una manera profundamente sentimental.

El hecho de haber vivido en diferentes lugares enriqueció su influencia musical, pues la exposición a diversos ambientes, estilos de vida y culturas fue fundamental en su obra. Nació y creció rodeado de la música y la cultura vallenata, y esa fue la chispa que encendió su pasión por la composición. Su inspiración proviene de la vida cotidiana, de las historias y leyendas de su región, de las mujeres y la naturaleza que rodean su entorno.

En el vasto universo de la música vallenata, donde sobresalen grandes maestros de la composición, Javier ha sido un gran admirador de muchos de ellos, especialmente de Leandro Díaz, Octavio Daza y Hernando Marín. Como compositor, ha sabido recoger las raíces de esta expresión musical para darles una nueva vida a través de sus propias creaciones. Fusionó su propia voz con la influencia de sus maestros, especialmente en los temas de corte romántico y sentimental.

No todos los caminos hacia la música estuvieron llenos de aplausos desde el primer intento. Para Díaz, componer canciones era más que un sueño: era su forma de entender el mundo. Desde niño, llenaba cuadernos con letras, y en su mente brotaban melodías y acordes que acompañaban sus emociones más sinceras. Pero convertir esas ideas en canciones grabadas por artistas reconocidos fue una batalla cuesta arriba.

Durante mucho tiempo, tocó puertas que no se abrían, envió canciones sin recibir respuesta e incluso fue ignorado en reuniones donde apenas lograban escuchar el primer verso. Sin embargo, estaba convencido de que había algo especial en sus letras y en el mensaje que transmitía a través de ellas. Creía en su música; incluso, cuando parecía que nadie más lo hacía.

El cambio llegó poco a poco, cuando la agrupación conformada por Marcial Luna y Gustavo Camelo, conmovidos por una de sus canciones, decidieron llevarlo a un estudio de grabación con un tema titulado «No digan nada». Aunque no fue un éxito masivo, sí fue el comienzo. Ese pequeño y significativo paso le dio visibilidad y, lo más importante: credibilidad. De ahí en adelante, otros artistas comenzaron a interesarse por su estilo sentimental, honesto y emotivo, caracterizado por su capacidad para evocar emociones con letras y melodías contadas en un lenguaje poético y musical que es a la vez sencillo y profundo. Su sello personal se distingue por ser melancólico, y sus melodías son fáciles de recordar y cantar.

Javier tiene un corazón que late al ritmo del vallenato, y un alma que se desborda de sentimientos. Es un compositor que teje historias de amor y desamor con hilos de melodías y poesías, en donde la pasión y el sentimiento se desbordan en cada nota, en cada acorde, en cada verso.

Como muchos compositores vallenatos, los festivales ha sido un escenario propicio para dar a conocer sus canciones, donde la música se convierte en un espectáculo de emociones y sentires. Festivales como los que se realizan en Valledupar, El Molino, San Juan del Cesar, Maicao, Barrancas, Villanueva y hasta Bogotá sirvieron de plataforma para que él, al igual que otros autores, pudiera mostrar sus obras musicales y darlas a conocer al público.

Díaz ha sido un músico que siempre ha sabido combinar su amor por la música con una sólida formación académica. Logró equilibrar su creatividad con la responsabilidad profesional, y se graduó como Administrador de Empresas, Especialista en Estrategias de Campañas Políticas, docente universitario, Especialista en Marketing, con varios años de experiencia en el sector público y comercial.

Después que le grabaron su primera canción, otros artistas de la música vallenata comenzaron a interesarse por sus composiciones. Temas como: «Ayúdame a olvidarte», «Himno al amor», «Un compromiso contigo», «Por poquito», «Esa noche», «Cómo lloran los hombres», «Aventurera», «Tu mejor amante», «Una mujer como tú», «En el sur me quedo», «Señor de los sueños», «A que te conquisto», «Te quedó grande el amor», entre muchas otras, hacen parte de casi un centenar de canciones que se escuchan en las voces de Alberto «Beto» Zabaleta, Marcos Díaz, Luis «El Pade» Vence, Jeiman López, Éric Escobar, Alberto «Tico» Mercado, Reinaldo «El Papi» Díaz, Janner Moreno, Nibaldo Villarreal, Los Hermanos Lora (Juan Carlos y Eduardo) e incluso del internacional cantautor y músico dominicano Wilfredo Vargas.

Hoy en día, Javier Díaz Daza, además de componer e integrar la agrupación «24 Quilates» junto a sus colegas Jeiman Casicote y Álvaro Pérez, también se dedica a otra faceta importante en la música: la de productor.

Y puede decir con entusiasmo que ha cumplido su sueño de siempre: ser compositor de música vallenata. Ha logrado algo muy importante: que sus canciones vivan en las voces de otros. Cada grabación, cada interpretación de sus temas es una prueba de que la perseverancia tiene eco. Y aunque sigue enfrentando desafíos sabe que su camino musical va en la dirección correcta. Porque, a veces, el talento necesita tiempo pero cuando se combina con pasos firmes y constancia siempre encuentra una forma de ser escuchado.

Este administrador de empresas, músico por pasión y convicción, ha encontrado su refugio en la tranquilidad de su familia, al lado de su esposa Arleth Patricia Mejía Anaya y sus hijos, Luisa Fernanda y Moisés David, en Maicao, La Guajira. Un pueblo que lo acogió como un hijo más. Porque para Javier Díaz Daza, la música es su predilección; la familia su inspiración y este lugar que escogió como su hogar, su refugio.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Gonzalo ‘El Cocha’ Molina, sigue con la nota gruesa y comida suave

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Momentos difíciles de salud vivió hace algunos días el Rey de Reyes Gonzalo Arturo ‘El Cocha’ Molina Mejía, al tener que ser trasladado de urgencia a una clínica de Valledupar donde le diagnosticaron gastritis aguda, teniendo que hacer un alto en su oficio de acordeonero en la agrupación de Poncho Zuleta.

Pasados los días y recuperado volvió a estar desempeñando su oficio en distintos escenarios de Colombia y el exterior, dándole gracias a Dios por su regreso y al acordeonero Juan José Granados, quien suplió su ausencia. Su testimonio no se hizo esperar.

“Ese fue tremendo susto, pero gracias a Dios pude superar todo y volver a la normalidad. Eso sí ahora teniendo algunas recomendaciones médicas que debo cumplir al pie de la letra”. Antes era un hombre sano, pero nunca falta un tropezón en la salud y más cuando los años avanzan estando desde muy joven dedicado a tocar su acordeón y alcanzar los máximos honores en la música vallenata.

El Rey de Reyes del Festival de la Leyenda Vallenata, segunda generación, año 1997, grabó con cuatro grandes cantantes: Diomedes Díaz, Jorge Oñate, Poncho Zuleta e Iván Villazón. También con su acordeón contribuyó en el año 1995 con el éxito mundial de la canción ‘Abriendo puertas’ que cantó la artista Gloria Estefan, lo cual le valió el Premio Grammy como mejor Álbum Tropical Latino.

También llegaron las añoranzas cuando a sus 18 años vino la más grande oportunidad de su vida al ser invitado a grabar con Diomedes Díaz, exactamente tres canciones en la producción musical ‘El mundo’. Ellas fueron ‘Se te nota en la mirada’ (Gustavo Gutiérrez Cabello), ‘Felicidad perdida’ (José Hernández Maestre) y ‘Por amor’ (Marciano Martínez Acosta). Ese fue el tiquete para grabar en los siguientes años con el mismo Diomedes Díaz, las producciones musicales ‘Vallenato’, ‘Brindo con el alma’, ‘Incontenibles’ y ‘Gracias a Dios’.

Eso no terminó ahí al traer a su memoria una canción que lo marcó de por vida y que le compusiera Diomedes Díaz, titulada. ‘El gallo y el pollo’. “Y yo voy a apostar toditas mis canciones, y hasta juego mi nombre si quiere el contendor. Y apuesto que nos llevamos pal’ valle, el premio para adornar el folclor”.

Para el hijo de Arturo Molina Gutiérrez y Estela del Socorro Mejía Muñoz, meterse en los zapatos del protagonista de esa bella canción donde ‘El Cacique de La Junta’ dijo que el pollito que había encontrado a cualquiera se lo jugaba en la valla, no fue nada fácil.

“Ese instante me sacó lágrimas cuando Diomedes me cantó la canción. No lo podía creer que ese gran cantante me dedicara una de sus canciones. Me metió en un enorme compromiso, pero gracias a Dios pude salir adelante y ser ese pollito y después el gallo que ganó. Lo hice quedar bien y siempre viviré agradecido con Diomedes, quien confió en mi talento”, dijo ‘El Cocha’ Molina.

A propósito de ‘El Cocha’, comentó de dónde venía ese apodo. “Es obra de mi mamá quien me decía “Mi Cochita linda”, para significarme su amor. También ella viendo mis inquietudes musicales me compró un acordeón de dos hileras. Mi casa estaba llena de música porque mi papá era guitarrista y compositor”.

El acordeonero a quien su esposa Julieth Peraza Torres, le escribió el libro ‘Estrella Binaria’, y tiene un museo donde se encuentra historia, música y tradición del folclor vallenato, vive lleno de espiritualidad, permitiéndole escribir oraciones donde expresa frases de aliento, esperanza y de comunión con el Altísimo.

“Señor, siempre estoy necesitando de tu amor, de tu fuerza y de tu poder por eso abro mi ser para que me llenes de todo lo bueno que tu presencia siempre brinda. Bendice Señor, cada una de las batallas que debo dar, que pueda sentir que estás a mi lado y que no debo tener angustia por nada ni por nadie. Sé que me acompañas para salir adelante. Jesús misericordioso en tí confío. Amén”.

20 años con Poncho

‘El Cocha’ Molina, le da gracias a Dios por estar durante 20 años al lado del cantante Poncho Zuleta, y haber grabado las producciones musicales ‘Colombia canta vallenato’, ‘El Nobel del amor’ y ‘Para’o en la raya». Además, grabó otro trabajo titulado ‘El juglar’’.

“Mi inicio con Poncho Zuleta fue un compromiso grande porque era ocupar el espacio que antes tenía mi maestro Emilianito Zuleta, pero he sabido salir adelante con mi acordeón para interpretar el vallenato tradicional. Siempre le doy gracias a Poncho por llevarme a la agrupación y siempre tocó como la primera vez”, indicó ‘El Cocha’ Molina.

Ahora después de los quebrantos de salud sufridos el cambio alimenticio del acordeonero es distinto, porque no puede sentarse a manteles con Poncho Zuleta, a ingerir comida adulta como armadillo, chivo, guartinaja, ñeque, conejo, filete de babilla, marisco, hicotea y gallina de monte bien aliñada, sino dieta blanda, generalmente equilibrada y saludable. De esta manera, solamente complacerá al cantante en las presentaciones con la nota gruesa de su acordeón y sin derecho a pelar pito con las comidas que requieran mayor esfuerzo digestivo.

El buen gallo volvió a la valla con todas las fuerzas para seguir corroborando la frase de Diomedes Díaz. “Vamos ‘Cocha’ que los que van alante no van lejos, si los demás se apuran”. El mensaje hacía énfasis en la importancia del esfuerzo y la capacidad de superación, incluso cuando parecía que otros tenían ventaja.

De esta manera se cierra el telón de la película del muchacho nacido en el barrio Santo Domingo de Valledupar, y con hondas raíces en el corregimiento de Patillal, donde en el guión musical aparece su amplia hoja de vida teniendo el acordeón al pecho y la sonrisa que lo identifica.