Lanzamiento de «Voces Femeninas del Folclor Internacional, Volumen 5 – Volumen de Diamante»

Con gran éxito fue lanzada la producción musical «Voces Femeninas del Folclor Internacional, Volumen 5 – Volumen de Diamante», un proyecto liderado por la directora y compositora arubeña Glenda Zavala Maduro, quien reunió a destacadas voces femeninas y reconocidos compositores del género vallenato.

Esta quinta edición está conformada por 20 canciones inéditas, interpretadas por talentosas artistas que aportan su estilo y calidad vocal a esta importante producción. Entre las cantantes participantes se encuentran Karito Domínguez, Yisell «La Voz Rosa», Soliel Lobato, Aury de la Cruz, Linnett Acebey, Bau Gutiérrez, Michelle Comas, Ruth Villa, Malbi Blanco Romero, Patricia Merlano y Oveta Jiménez, entre otras destacadas representantes del folclor.

En el aspecto autoral, el volumen reúne obras de los compositores Miguel Márquez Paternina, Manuel Romero, Darío López Ecker, Carlos Simanca, Oveta Jiménez, Jader de Jesús Mercado, Eduard Méndez, Manlio Añez Durán, Héctor Romero Bayuelo, Juan Carlos Roldán, Julio Díaz Torrejano, Luis Sierra, Guadis Carrasco, Humberto Vargas Bravo, Leonel Barreto Alfonso, Linnett Acebey, Eder Araujo, Charly Rodríguez, Gustavo Pacheco y la directora del proyecto, Glenda Zavala Maduro.

El lanzamiento fue difundido a través de diferentes emisoras radiales, plataformas digitales y redes sociales, contando con el respaldo de importantes medios de divulgación del vallenato, entre ellos la página Checho Díaz Vallenato y Estampas Vallenatas del Folclor, dirigida por la licenciada Belinda Olano Barrera, contribuyendo a que esta producción llegue a un público nacional e internacional.

«Voces Femeninas del Folclor Internacional, Volumen 5 – Volumen de Diamante» representa un valioso aporte al fortalecimiento y la proyección de la mujer dentro de la música vallenata. A todas las cantantes, compositores y colaboradores que hicieron posible esta producción les auguramos los mayores éxitos en esta nueva etapa de sus carreras.

Las canciones ya se encuentran disponibles en YouTube y en las principales plataformas digitales de música.

Luis Enrique Martínez Argote: El rector de los acordeonistas vallenatos

«No es cuánto rápido puedes tocar. Es lo que dices»: Yuja Wang (pianista clásica china).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

El vallenato tiene fundadores visibles y arquitectos invisibles. Los primeros, aparecen en las fotografías, en los homenajes y en las coronas festivaleras; los segundos, habitan en la respiración secreta de la música: allí donde nace el estilo, donde se ordena el lenguaje y donde una cultura aprende a reconocerse a sí misma.

Luis Enrique Martínez Argote perteneció a esa segunda categoría.

No necesitó conservatorios, ni cátedras universitarias, ni tratados musicales. Su escuela fue el viento ardiente del Magdalena Grande, la polvareda de los caminos, las madrugadas de parranda donde el acordeón no se interpreta: se confiesa. Allí, entre pueblos dispersos y patios iluminados por mechones de kerosene, comenzó a levantar la estructura invisible de lo que hoy entendemos como acordeón vallenato moderno.

Lo llamaron “El Pollo Vallenato”, y el apodo no era casual ni folclóricamente decorativo. En distintos lugares del Caribe, el pollo fino de pelea representa bravura, resistencia y jerarquía en la cuerda. Y así era Luis Enrique frente a otros músicos: desafiante, preciso, elegante y temible en la ejecución. No necesitaba alardes. Bastaba verlo abrir el fuelle para entender que allí había un dominio distinto una autoridad musical que no venía de la fuerza, sino del conocimiento profundo del instrumento.

Porque mientras otros tocaban el acordeón, Luis Enrique ya conversaba con él.

El Pollo Vallenato no solo interpretó un instrumento, lo ordenó y lo convirtió en lenguaje eterno.

Nació el 24 de febrero de 1922 en El Hatico, jurisdicción de Fonseca, y murió el 25 de marzo de 1995 en Santa Marta. Pero las fechas resultan insuficientes cuando se habla de un hombre que no dejó únicamente canciones, sino también una escuela estética completa. Los grandes maestros no se miden por los años que vivieron, sino por las generaciones que continúan respirando su pensamiento musical.

Y Luis Enrique Martínez todavía respira en el acordeón de Colombia.

Antes de él, el acordeón vallenato caminaba casi por intuición. Había talento, inspiración campesina y oralidad popular, pero faltaba organización musical. Fue entonces cuando apareció este juglar zurdo y visionario para construir la gramática definitiva del vallenato.

Él trazó la ruta.

Inventó la introducción que anuncia la emoción antes de que llegue la palabra. Creó puentes musicales que no eran simples conexiones, también diálogos entre el canto y el silencio. Refinó el remate y el contrarremate como quien cierra un poema con exactitud perfecta. Organizó la digitación, la entrada a las estrofas, los adornos, las pausas, el acompañamiento armónico y la estructura narrativa del acordeón.

Lo que hoy parece natural en un paseo, en un merengue, en un son o en una puya, fue primero una intuición genial en las manos de Luis Enrique Martínez Argote.

Por eso me atrevo a llamarlo el rector de los acordeonistas vallenatos.

Porque todos sin excepción han pasado por su aula invisible.

El acordeón de los festivales se abre y se cierra con «El Pollo Vallenato». Sus recursos melódicos sobreviven en las introducciones modernas, en los giros armónicos, en los bajos elegantes, en las respuestas musicales que hacen hoy los nuevos intérpretes creyendo innovar sobre caminos que él había descubierto hace más de siete décadas.

Muchos estilos contemporáneos no son otra cosa que ecos sofisticados de su pensamiento musical.

Y quizá una de sus revoluciones más grandes fue haber comprendido el verdadero papel de los bajos. En una época donde muchos los ignoraban o los reducían a acompañamiento elemental, Luis Enrique los convirtió en voz y melodía. Hizo que el acordeón sonara completo, profundo, tridimensional. Comprendió que el instrumento había sido creado para usar toda su anatomía sonora y no apenas una parte de él.

Fue un adelantado de su tiempo.

El hombre que le puso mapa al fuelle. Porque sin su estructura, el acordeón seguía siendo intuición suelta. Con él, se volvió geografía, camino, escuela.

Pero además tenía algo todavía más raro: sensibilidad.

Porque la técnica sin alma produce ruido elegante; en cambio, el arte verdadero nace cuando la precisión se encuentra con la emoción. Y eso ocurría en su ejecución. Había en su pulsación una mezcla irrepetible de sabrosura, nostalgia, firmeza y melancolía campesina.

Su acordeón parecía respirar.

Por eso no fue solamente ejecutante. También fue compositor, cantante y verseador. Más del centenar de canciones nacieron de su inspiración: La tijera, Los Morrocoyos, El cimarrón, La corocito, Jardín de Fundación, La vaciladora, Mi despedida, El gallo jabao, El Pollo Vallenato, Francisco el hombre, Merenguito sabroso, entre muchas otras obras que todavía recorren las venas sentimentales del Caribe colombiano.

Y aunque en 1973 alcanzó la corona del Festival de la Leyenda Vallenata, su verdadero reinado nunca dependió de un jurado ni de una tarima. Su corona auténtica está en el oído colectivo del vallenato.

Porque después de él, todos aprendieron y siguen aprendiendo de su legado.

Emiliano Alcides Zuleta Díaz, Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza Daza, Israel Romero Ospino, Alfredo De Jesús Gutiérrez Vital, Orangel ‘El Pangue’ Maestre Socarrás, Gonzalo Arturo ‘Cocha’ Molina Mejía, Alberto «Beto» Villa Payares, Miguel López Gutiérrez, Juan Humberto Rois Zúñiga, entre tantos otros, bebieron de esa fuente melódica que hoy me permito llamar Escuela Enriquemartiana.

No una escuela de paredes y diplomas.

Una escuela espiritual.

Una manera de entender que el acordeón no es solo velocidad ni virtuosismo. Es intención, es carácter, es contar una historia con cada nota. Martínez Argote enseñó que una nota puede llorar sin perder elegancia y que un remate puede decir más que muchas palabras.

Por eso fue el papá de los acordeonistas, aunque incluso ese título parece quedarse corto.

Los padres heredan la sangre. Los rectores forman generaciones.

Hoy existen casas-museo en Fonseca y en El Copey. Hoy sus restos descansan en El Hatico bajo la admiración de quienes peregrinan buscando la memoria del juglar. Pero su verdadero monumento no está hecho de cemento, barro, yeso, o madera.

Está hecho de fuelle.

Cada vez que un joven acordeonista sube a una tarima y ejecuta una introducción elegante, cada vez que un paseo entra con precisión melódica, cada vez que un acordeón sabe cuándo acompañar, cuándo responder y cuándo callar para dejar hablar el verso, allí sigue vivo Luis Enrique Martínez.

Invisible. Magistral. Irremplazable.

Porque el vallenato no se construyó solo desde la inspiración. También necesitó pensamiento, estructura y visión artística.

Y quien organizó ese lenguaje fue él.

Hay hombres que no pasan por la historia de un instrumento: la reorganizan.
Luis Enrique no había que explicarlo mucho, bastaba escucharlo una vez para que todos los amantes de la música vallenata termináramos siguiéndolo.

El rector de los acordeonistas vallenatos no se fue.

Sigue ahí, en cada fuelle que se abre con respeto.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Si Me Ven Llorar: el adiós de Valeria Lozano para su querido e inolvidable padre.

«La música excava el cielo»: Charles Baudelaire (poeta y ensayista francés).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado.

Hay canciones que no se escriben: simplemente llegan. Golpean la puerta como un viento fuerte, arrastrando polvo de recuerdos que uno creía dormidos. En el silencio de la noche, donde la luna se desvanece en el horizonte, resuena el eco de una canción que es un adiós a la música del alma. «Si Me Ven Llorar» es un paseo vallenato sentimental, la segunda entrega autoral de Valeria Lozano, que nos lleva por un viaje a través de la memoria, donde el dolor y la nostalgia se entrelazan como el fuelle de un acordeón que llora. Pertenece a esa estirpe de cantos que nacen desde lo hondo, desde un duelo que todavía respira y que, aún así, se atreve a volverse melodía.

En esta pieza, Valeria canta no sólo con la garganta, sino con la herencia entera de su sangre. Su voz, fuerte y recia como la tierra de la que viene, pero dulce y tierna como la hija que aún se sabe niña, avanza clara entre los silencios, sosteniendo una emoción que jamás se quiebra, pero tiembla. Y en este temblor está su verdad. Vocaliza con precisión, pero también con hondura espiritual: cada verso es un lamento que se abre sin desbordarse, un dolor que se convierte en canto y no en grito.

Su padre, Pepe Lozano, un hombre de campo y de música, un parrandero amante del folclor vallenato, se hace presente en cada nota, en cada palabra. La canción es un homenaje a su legado, a su pasión por la música, a su amor por la vida. La letra es un poema a la ausencia, a la pérdida, a la búsqueda de un abrazo que ya no está. «Quedaron tantas cosas por decir / Quedaron mil canciones que cantar», canta Valeria, como si las palabras se le escaparan de las manos, como si la música fuera la única forma de retener a su padre. Y es que la música es el lenguaje universal, y en este caso, es la lengua que habla de amor, de dolor, de recuerdos.

El acordeón de Carlos Olivera es un acompañamiento perfecto; él es un acordeonista joven, pero que lleva en su interior el murmullo de los juglares. Su instrumento es un susurro que se mezcla con la voz de Valeria, creando un espacio íntimo, un lugar donde el dolor y la nostalgia se hacen uno. Sus notas sostienen la voz de Valeria como un hombro que entiende, como un viento que empuja sin invadir. La melodía es simple, pero profunda, como un río que fluye suavemente, llevando consigo los recuerdos y las emociones.

La figura de Pepe Lozano se hace presente en cada nota, en cada palabra. Un hombre que amaba la música, que amaba la vida, que amaba a su familia. Un hombre que dejó un legado, que Valeria lleva en su corazón, en su voz, en su música, en su andar.

«Si Me Ven Llorar» es más que una canción, es un adiós que sale de lo más profundo del alma, un adiós a un ser querido. Es un recordatorio de que la música es la guía del espíritu, y que el amor y el dolor son universales. Valeria Lozano nos ha regalado una letra, un poema que es un homenaje a su padre, a la música, a la vida.

Al final, «Si Me Ven Llorar» parece decirnos que lo que amamos nunca se marcha del todo: se queda suspendido en un punto secreto del espíritu, donde habitan los afectos que resisten la muerte. Allí, en esa zona donde lo visible se mezcla con lo sagrado, su voz se vuelve un puente: une el mundo de los vivos con la memoria vibrante de los que ya partieron. El acordeón de Olivera, por momentos suave y por momentos fuerte, abre una grieta luminosa por donde Pepe vuelve a asomarse. Es como si el canto fuera una oración sin templo, un rito íntimo donde la música se convierte en un territorio de encuentro. Y en ese encuentro, la tristeza deja de ser peso: se vuelve luz, se vuelve testimonio, se vuelve camino.

Así, esta canción no solo honra una ausencia: inaugura una presencia distinta. Una presencia que no toca la tierra, pero toca el alma. Una presencia que no vuelve en cuerpo, pero regresa en sonido. Y es ahí, justo ahí, donde el folclor demuestra su poder más antiguo: hacer que la vida continúe aun cuando la vida parece haberse ido. Porque mientras Valeria cante, mientras su voz tiemble con verdad, mientras el acordeón y la guitarra la envuelvan como un abrazo que no caduca, su padre seguirá parrandeando en el silencio, en la brisa, en la eternidad que sólo la música sabe abrir.

Cariñosamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado.

«Luna Sanjuanera», la canción que nació de un amor y terminó inmortalizando a Roberto Calderón.

Por Alcibiades Núñez.

Hay canciones que nacen de un encargo. Otras, de la inspiración pasajera. Pero existen algunas que parecen escritas por el destino. “Luna Sanjuanera” pertenece a esa categoría privilegiada: la de las obras que trascienden el tiempo porque fueron concebidas desde el amor, la admiración por la tierra natal y la sensibilidad de un joven compositor que apenas comenzaba a escribir su historia.

Corría el año de 1978 y Roberto Calderón daba sus primeros pasos en el universo de la composición vallenata. Aún no imaginaba que su nombre llegaría a ocupar un lugar de honor entre los grandes autores del género vallenato. Sin embargo, ya contaba con el combustible indispensable para cualquier artista: una inspiración capaz de transformar los sentimientos en poesía.

Esa inspiración tenía nombre propio: Betty Urbina, una joven molinera, inteligente, emprendedora y de gran sensibilidad humana, que cursaba estudios de Pedagogía y Bachillerato en la Escuela Normal de Señoritas de San Juan del Cesar. Su relación sentimental con Roberto coincidió con un escenario que parecía diseñado para alimentar la imaginación de cualquier compositor.

El barrio donde ella vivía era un remanso de tranquilidad. Sus jardines exhibían un prado intensamente verde, adornado con rosas multicolores, jazmines y claveles que perfumaban las tardes y las noches. Sobre aquel paisaje aparecía la inconfundible luna de San Juan, mientras las aguas diáfanas y cristalinas del río Cesar acompañaban el silencio con el murmullo de la corriente. Como si fuera poco, familiares, amigos y vecinos se reunían alrededor de las guitarras para prolongar las tertulias hasta la madrugada.

Todos esos elementos terminaron convirtiéndose en versos. Roberto tomó la guitarra y comenzó a escribir una canción que pretendía ser mucho más que una declaración de amor. Su propósito era rendir homenaje a San Juan del Cesar, el pueblo que llevaba tatuado en el alma, y exaltar la belleza de las mujeres sanjuaneras.

Inicialmente decidió bautizarla «El Cantor de San Juan». El título obedecía a una tradición muy arraigada en el vallenato: rendir tributo a la tierra natal. Carlos Huertas ya había inmortalizado a Fonseca con El Cantor de Fonseca; Calixto Ochoa había hecho lo propio con El Cantor de Valencia, dedicado a Valencia de Jesús; y Álvaro Cabas Pumarejo había compuesto El Cantor del Valle. Roberto quería seguir esa misma senda.

Pero el destino tenía preparada otra historia. Fue su hermano, Alberto «Beto» Calderón, quien escuchó la composición y lanzó una frase que cambiaría para siempre el rumbo de aquella obra: «Esa canción no se llama ‘El Cantor de San Juan’; se llama ‘Luna Sanjuanera’.» Y así quedó.

A veces una sola decisión basta para marcar la diferencia entre una buena canción y un clásico inmortal. Con Luna Sanjuanera comenzó una nueva etapa para Roberto Calderón. La obra no solo conquistó al público, sino que abrió las puertas de su prolífica carrera como compositor. Pronto, los más importantes intérpretes del vallenato empezaron a llegar hasta su casa en busca de canciones inéditas antes de viajar a los estudios de grabación.

Diomedes Díaz, Poncho Zuleta, Rafael Orozco, Jorge Oñate, Beto Zabaleta, Adaníes Díaz, Silvestre Dangond, Iván Villazón, Churo Díaz, Juan Piña, Elías Rosado, Miguel Herrera, Luis “el pade” Vence y Silvio Brito, descubrieron en Roberto una pluma privilegiada. Cada nuevo álbum era también una oportunidad para llevar una de sus composiciones al disco, convencidos de que sus letras tenían la fuerza suficiente para convertirse en éxitos.

El tiempo les dio la razón. Hoy, casi cinco décadas después, Luna Sanjuanera continúa sonando en las emisoras, en las parrandas y en las plataformas digitales. No solo representa una de las composiciones más emblemáticas de Roberto Calderón, sino también un retrato sentimental de San Juan del Cesar, de sus paisajes y de una generación que convirtió el amor cotidiano en patrimonio musical.

Las grandes canciones nunca nacen por casualidad. Detrás de ellas suele existir una historia de amor, un paisaje inolvidable o una persona capaz de despertar la inspiración.

En el caso de Luna Sanjuanera, confluyeron los tres elementos: un pueblo orgulloso de sus raíces, una noche iluminada por la luna y una mujer llamada Betty Urbina, cuya presencia silenciosa terminó convirtiéndose en una de las páginas más hermosas de la historia del vallenato colombiano

Primer Encuentro de Investigadores Científicos y Culturales del Vallenato propone la creación de los concursos de Canción Inédita Profesional y Aficionado al Festival Vallenato

La división del concurso de Canción Inédita en las categorías Profesional y Aficionado, la postulación de artículos científicos y la creación de talleres de composición fueron las principales conclusiones del Primer Encuentro de Investigadores Científicos y Culturales del Vallenato.

El evento, que se llevó a cabo en el Museo Cocha Molina de Valledupar, estuvo liderado por la gestora cultural y gerente de la entidad, Julieth Peraza. La jornada reunió a destacados folcloristas, investigadores y escritores, quienes debatieron sobre el rumbo y la preservación del género musical.

La cumbre contó con una sólida participación académica de docentes de las universidades Popular del Cesar, La Guajira, Simón Bolívar, Sergio Arboleda y la Universidad Autónoma de Nuevo León (México). Los académicos expusieron los avances de sus investigaciones en torno a las narrativas y raíces que conforman el núcleo de la identidad vallenata.

Entre los panelistas y expertos se destacaron figuras de la talla de Rosendo Romero, Tomás Darío Gutiérrez, Julio Oñate Martínez, Fausto Pérez, Jaime Maestre, Carlos Russo, Carlos Miranda, Luis Carlos López, Andrés Bustos Fierro y Roger Bermúdez. Durante la agenda se abordaron temáticas cruciales como la relación entre música y literatura, la investigación cultural, la historia de la guacharaca, el vallenato en el siglo XXI, la narrativa en la música de acordeón y la consolidación del canon vallenato.

En el componente internacional, el docente Carlos Miranda (México) expuso la ponencia “La publicación científica sobre vallenato en las revistas de alto impacto”, mientras que Andrés Bustos Fierro (Buenos Aires, Argentina) disertó sobre “La identidad como acto compositivo: transmisión cultural”.

La propuesta que generó mayor eco fue la del maestro Rosendo Romero, quien planteó la necesidad urgente de reestructurar el concurso de Canción Inédita del Festival de la Leyenda Vallenata, que tiene una categoría única. “Así como el festival tiene divisiones para acordeoneros profesionales, aficionados, infantiles y femeninos, debe evolucionar en la canción inédita. Es necesario crear las modalidades profesional y aficionado porque hoy compiten juntos, y a veces el aficionado, impulsado por influencias, termina derrotando al profesional”, argumentó Romero.

Como cierre del encuentro, la mesa de expertos aprobó la producción de un libro de investigación con capítulos inéditos desarrollados por cada ponente. Asimismo, se avaló la publicación oficial de las memorias del evento con el objetivo de blindar y consolidar un registro académico, documental e histórico de estas valiosas reflexiones folclóricas.