Juan Manuel Pérez Sánchez: El Catedrático

«La música es una forma de soñar juntos y de ir a otra dimensión»: Cecilia Bartoli (mezzosoprano italiana)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Desde el ritmo primitivo de los tambores tribales hasta la resonancia melódica de una gran sinfonía universal, el poder de la música ha sido una fuerza profunda, casi mística, en la historia de la humanidad. La música es mucho más que una colección organizada de sonidos: es emoción convertida en lenguaje, es identidad hecha melodía, es memoria colectiva y experiencia compartida que atraviesa generaciones. Durante siglos, la música ha servido como un puente invisible que une culturas diversas, territorios distantes y almas que jamás se han visto pero que se reconocen en una misma vibración sonora. Su influencia en el comportamiento, en las emociones humanas y en la construcción espiritual de los pueblos no tiene comparación. La música es en esencia la forma más pura de conversación entre el corazón y el tiempo.

La música es como una autopista que une el pasado de luces y sombras con el futuro incierto, y es clave para aprender a vivir en paz con uno mismo, con quienes te rodean y con el mundo exterior; por eso hay que buscarla, seguirla y no abandonarla jamás.

En el género vallenato existen compositores que llevan en su ADN la música que parecen haber sido elegidos por el destino para traducir la vida en versos y acordes. Es justamente el caso de Juan Manuel Pérez Sánchez, hijo de Chiriguaná, municipio colombiano ubicado en el centro del departamento del Cesar, al norte del país. Un territorio que respira Caribe por cada poro de su historia, un epicentro de riqueza cultural donde las tradiciones folclóricas son herencia viva, donde la tambora es latido ancestral y donde la conexión con la majestuosa Ciénaga de Zapatosa define el carácter espiritual de su gente.

Chiriguaná es un cruce de caminos culturales donde resalta la herencia indígena y afrodescendiente manifestada en danzas, bandas de viento, cantos tradicionales, vallenato y en una fuente musical que parece no agotarse jamás. Allí, la música no es entretenimiento: es identidad, es raíz, es destino. Y fue precisamente en medio de esa riqueza sonora donde Juan Manuel abrió los ojos a la vida un viernes 23 de junio en el hogar conformado por Miguel Pérez Arévalo y Juana María Sánchez Ravadán. Su padre, compositor, decimero y poeta; su madre, cantadora de tamboras. Es decir, la música no solo estaba en su entorno: estaba en su sangre, en su herencia genética, en la memoria ancestral de su familia.

Su inclinación musical se manifestó desde muy temprana edad. A los cuatro años ya cantaba las canciones de moda que escuchaba en la radio, repitiendo melodías como si el oído hubiese nacido entrenado. A los ocho años apareció su musa por primera vez, inspirándolo a crear su primera canción: “El sentir de mi tonada”, un hecho que no puede desligarse del ambiente musical permanente de su hogar, donde la música era tan natural como el aire que se respiraba.

Juan Manuel, es el menor de ocho hermanos, pero fue quien cumplió el sueño más profundo de su padre: tener un hijo compositor. Desde ese momento contó con el respaldo absoluto de su familia. La emoción de su padre fue tan profunda que, entre lágrimas, se arrodilló, lo abrazó y le dio gracias a Dios, entendiendo que aquel niño no solo heredaba su apellido, sino también su misión musical.

Su primera gran prueba llegó cuando se presentó en el ‘Primer Encuentro de la Cultura y el Deporte’ realizado en su pueblo, en la modalidad de canción inédita. Compitió contra compositores reconocidos y, contra todo pronóstico, obtuvo el primer lugar. Ese festival se convirtió en el trampolín que lanzó al naciente artista al panorama musical. El premio sorprendió a muchos, pues hasta ese momento Juan Manuel era conocido principalmente por ser un estudiante brillante y un sobresaliente futbolista, un goleador que con su talento rompía las redes contrarias con la misma contundencia con la que luego rompería corazones a través de sus canciones.

Si algo ha caracterizado a Juan Manuel Pérez Sánchez es su disciplina para llevar de la mano su carrera musical y su formación académica. Culminó sus estudios de bachillerato en el ‘CONALCHI’ (Colegio Nacional de Bachillerato de Chiriguaná). Luego se graduó como Comunicador Social y Periodista de la Universidad Autónoma del Caribe, en Barranquilla, y posteriormente se especializó en Gobierno y Gestión Pública. Un equilibrio entre la sensibilidad artística y el pensamiento estructurado, entre la emoción del compositor y la responsabilidad del ciudadano.

Fue precisamente en su etapa universitaria cuando tuvo un acercamiento con el dos veces Rey Vallenato, Julio César Rojas Buendía que buscaba canciones para su nuevo trabajo discográfico. Sin embargo, cuando Juan Manuel llegó, la selección de temas ya estaba cerrada. Aun así, su talento dejó huella, y fue recomendado con Miguel Herrera, quien hacía pareja musical con el acordeonista Luis “El Negrito” Villa. Así lograron llevar al acetato un paseo vallenato romántico titulado “Solo tú me puedes curar”, en el año 1992. Ese momento marcó el verdadero despegue de su carrera musical.

La canción empezó a sonar en emisoras, y el nombre de Juan Manuel comenzó a recorrer los pasillos de la industria vallenata. Nacía así un compositor con identidad propia, con sensibilidad narrativa y con una profunda capacidad para convertir emociones humanas en poesía cantada. Su pluma no tardó en multiplicarse en obras que hoy hacen parte del cancionero sentimental del vallenato.

Títulos como “Despacito linda”, “90 – 60 – 90”, “Reina de reinas”, “Estás muy buena”, “Pa’ cogerte cría”, “Me quieren y no me quieren”, “Corona de espinas”, “Solterito y a la orden”, “A mi viejo”, “Carta de Navidad”, “Necesito verte”, “Quién te calentó el oído”, “Linda” y “La que me quita el sueño”, entre muchas otras composiciones, confirman la versatilidad temática de un autor capaz de navegar entre el amor romántico, la picardía caribeña, la nostalgia familiar y la reflexión existencial.

Voces consagradas del canto vallenato han llevado su obra al corazón del pueblo. En ese selecto listado se destacan leyendas como Poncho Zuleta, Jorge Oñate, Diomedes Díaz, Beto Zabaleta, Iván Villazón, Silvio Brito, Farid Ortiz, Robinson Damián, Miguel Herrera, Joaco Pertuz, Luis “El Pade” Vence y Fabián Corrales. A la vez, nuevas figuras del vallenato han encontrado en su obra una fuente viva de repertorio, entre ellos Silvestre Dangond, Peter Manjarrés y el recordado Martín Elías, demostrando que su música no pertenece a una época, sino a la esencia misma del sentimiento vallenato.

Después de graduarse y ejercer su profesión, tuvo la oportunidad de desempeñarse como profesor en la Universidad de Pamplona, en Norte de Santander, en modalidad a distancia, y posteriormente en la Universidad Popular del Cesar, en Valledupar. Fue precisamente en ese contexto académico donde el reconocido locutor Javier Fernández Maestre decidió bautizarlo con un apodo que terminaría definiendo su esencia pública y profesional: “El Catedrático”. Un nombre que no solo hace referencia a su ejercicio docente, sino a su manera de componer: con estructura, con profundidad conceptual, con narrativa emocional y con la capacidad de enseñar a través de cada verso.

Porque Pérez Sánchez no solo escribe canciones: escribe lecciones de vida envueltas en melodía. En él convergen el aula y la tarima, la teoría y el sentimiento, la academia y la sabiduría popular del Caribe profundo. Su obra demuestra que el vallenato no es solo música para bailar o enamorar, sino también un archivo emocional de los pueblos, una bitácora sentimental donde se registran alegrías, nostalgias, amores y despedidas. En ese orden de ideas, es menester destacar que el cantautor soñador tuvo la oportunidad de grabar 2 producciones musicales: una al lado del acordeonista mariangolero Marcos Jiménez, titulada ‘ Mi Mejor Jugada’ en el año 2002 y la segunda en 2005 titulada ‘De La Mano de Dios’, acompañado del Rey Vallenato 2005 Juan José Granados.
“El catedrático” Juan Manuel Pérez también ha tenido el honor de haber sido elegido en dos ocasiones como Mejor Compositor del Año en Colombia, en los años 1998 y 2002.

Juan Manuel Pérez Sánchez representa esa figura del compositor que entiende que la música es memoria viva, documento emocional y puente entre generaciones. Un hombre que nació en un territorio donde la música no se aprende: se hereda, se respira y se honra. Porque hay compositores que escriben canciones, y hay otros, como «El Catedrático», que construyen reflejos emocionales donde generaciones enteras aprenden a amar, recordar y resistir. Su obra no sólo suena: permanece. No sólo emociona: trasciende. Y mientras exista un acordeón contando historias y una voz llevando sus versos al viento del Caribe, su música seguirá latiendo, en el corazón mismo del vallenato.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Linnett Acebey despidió el 2025 con el Año viejo se vá, una obra que une a Colombia y Bolivia.

La cantautora boliviana Linnett Acebey cerró el año 2025 con una obra musical de su autoría e interpretada en su propia voz, titulada “El año viejo se va”, una canción que se consolida como un himno para despedir el año y que busca permanecer en el tiempo como un recordatorio de los mejores momentos vividos en cada etapa de nuestras vidas.

El video oficial fue realizado en dos escenarios, Bolivia y Colombia, resaltando la importancia de esta festividad tan significativa, cuando despedimos el año en compañía de nuestras familias y amistades, cargados de recuerdos, esperanza y gratitud.

“El año viejo se va” cuenta con la participación especial del acordeón del rey vallenato Beto Jamaica, aportando la esencia auténtica del folclor colombiano a esta emotiva producción. La canción fue producida musicalmente por Carlos Lengua, mientras que el video estuvo a cargo de CYVPROMUSIC y Terrigenos Films.

Desde ya, le deseamos el mayor de los éxitos a Linnett Acebey, reconocida como la pionera del vallenato en Bolivia, quien continúa dejando huella con su talento y su compromiso con la difusión de este género musical más allá de las fronteras.

Gustavo Gutiérrez sigue comprendiendo que lo más bello es regalar ternura

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Para sentarse a escribir sobre Gustavo Enrique Gutiérrez Cabello, cuando su vida se asoma a los 86 años, es necesario poner a cabalgar lentamente las palabras para que las arrope la poesía, apareciendo aquellos versos sensibles que pulió desde su juventud estando untados de melodías logrando nacer bellas canciones. Eso es lo que se llama un milagro dirigido desde el corazón del alma.

Ahora, ‘El Flaco de Oro’ poco habla, más medita porque su experiencia lo ha puesto a sentir de cerca el cariño de su pueblo donde la brisa fresca del ayer y ese glorioso canto ‘Rumores de viejas voces’, ganadora del Festival de la Leyenda Vallenata en 1969, lo hacen darle gracias a Dios por haberle concedido el talento justo a sus pretensiones.

En aquella ocasión cantó. “Recuerdo aquellas mañanas que por las calles se oían venir, canciones que con sus versos que al despedirse querían decir. Rumores de viejas voces, de su ambiente regional, no se escucharán los gozos, de su sentido cantar. Ya se alejan las costumbres del viejo Valledupar, no dejes que otro te cambie el sentido musical”.

Es así como por la vida del cantautor Gustavo Gutiérrez Cabello, navega una pesada carga de nostalgias, unida a todos los recuerdos de sus días de parrandas y de las historias de ese amado Valledupar que lo hicieron inspirar. En ese recorrido del sentimiento aparece la frase: “Gustavo Gutiérrez canta en Valledupar cuando sale el sol, nada compara ese encanto solo tu mirar, divino mi amor”.

Esa frase hace parte del vestido de la canción ‘Confidencia’, la misma con que comienza cada una de sus presentaciones en distintos escenarios. Eso lo conllevó a darle rienda suelta al pensamiento donde los besos de todos los días conformaron la más grande cadena de amor. Entonces fue más allá, pidiendo que esos besos fueran hasta la hora de la muerte.

Gustavo Gutiérrez con sus versos nunca engañó a nadie, sino que buscó las mejores estrategias para armar el crucigrama del encanto y envolver en un canto la sensibilidad de la vida. Esa vida que dibujó a su manera teniendo los hechos calcados en su memoria.

A lo anterior le añadió nobleza, talento, carisma y sus deseos de que Valledupar volviera a ser ese remanso de dicha y paz, amenizado con un acordeón o una guitarra, teniendo a su lado una voz romántica.

Es así como la canción ‘Confidencia’ daba y daba vueltas por el entorno y había que aterrizarla para contar su historia, donde no se medía la distancia porque el camino era largo hasta que llegó a morir en el silencio de un dolor en lejanía. Después, en ese mismo entorno nacieron ‘La espina´ y ‘Ensueño’. Él no se volvió a encontrar con la protagonista, pero al tiempo direccionó su corazón naciendo otras canciones ostentando el título de romántico y soñador. También, el sol del amor le resplandeció y atrás quedó el alma herida de aquel hombre solitario.

Así es. Todo sucedió allá por Valledupar donde se escuchaba un lamento triste y la noche era larga, pa’ sollozar. A él, los destellos del amor lo fueron acostumbrando a encontrarse con las penas y a conocerlas, pero también pudo borrarlas como lo hace la lluvia con las huellas.

Desde aquella ocasión el corazón de ‘El Flaco de Oro’ se enamoró mil veces para que los versos pudieran ser guiados por el viento, llegando a un bello paisaje de sol. Es más, se regresó al pasado y notó como las costumbres se iban muriendo en el recuerdo, y entonces las enmarcó en esa nostalgia del viejo Valledupar.

En un instante de su trasegar por la vida vallenata hizo un alto en el camino y dejó de componer, hizo más de 100 canciones, pero no de cantarlas porque ellas siguen siendo guiadas por su sentimiento. Ahora, los recorridos son cercanos, pero su voz tiene el encanto del hombre que libró diversas batallas dibujadas en versos teniendo mil razones y la guitarra, su eterna compañera. Evocando más recuerdos mencionó el momento más emotivo de su carrera, al recibir el homenaje que le tributó el Festival de la Leyenda Vallenata en el 2013. “Algo maravilloso que me llenó de alegría la vida al premiar mi talento y entrega a la música vallenata”.

Dejando mi huella

Cuando los días avanzan Enrique ‘Kike’ Gutiérrez, hijo del maestro Gustavo Gutiérrez, en días pasados lo sorprendió al entregar la producción musical ‘Dejando mi huella’, donde aparecen 17 canciones de su autoría.

“Quiero dar a entender que tengo casta musical y también seguir la línea de mi papá. Es el más bello homenaje al poeta y soñador que siempre he tenido en casa, y que me enseñó a amar la música vallenata. Es una gran responsabilidad continuar con su legado. Él está muy feliz con este proyecto musical que se encuentra en las distintas plataformas digitales”, expresó ‘Kike’ Gutiérrez.

Al cierre de la historia el poeta sonrió logrando navegar por el caudaloso río de la alegría, donde descubrió que la esperanza tiene forma de canto, el cual se sobrecogió ante su presencia. Felicitaciones maestro y siga regalando ternura, aunque no es fácil emularlo cuando el corazón se desgaja lentamente, el peso del destino sobrepasa la barrera del adiós y por las manos desfilan dos aves que llenan los ojos de aquella locura feliz.

Paremos la poesía, porque mañana vuelve a salir el sol mostrando un mundo sin límites, donde la música hidrata el pensamiento y los versos del maestro Gustavo Gutiérrez, se arropan con las sábanas de la vida.

VIAJE POR EL TIEMPO ENTRE CANTO Y POESIA

Hoy 12 de septiembre, la aurora se adentró en un rincón del alma colombiana aquel ‘paisaje de sol’ enardecido, abrió sobre la tierra y en el murmullo de los vientos, entre ‘Rumores de viejas voces’, se escucha la resonancia inmortal: un día como hoy nació la lírica historia de un hombre entrañable, querido por todos, el maestro GUSTAVO GUTIERREZ CABELLO.

Desde La Paz, mi pueblo, me uno a esta fecha que la memoria convierte, en celebración. Me inclino, con gratitud y reverencia, ante el poeta, el amigo, el colega, y evoco la travesía musical de mi paisano Jorge Oñate «El Jilguero de America» (Q.E.P.D), interprete predilecto y cómplice eterno de las canciones que nacieron del corazon de Gustavo.

Aveces me pregunto: ‘Como pudo terminar’ la grandeza de un hombre que partió en dos la historia del vallenato, para no seguir cantando las canciones de mi amigo tavo ‘No es mi culpa’, me respondió un día con serena ‘Inquietud’, sentado en el patio de su casa ‘Que la violencia no nos llegue al Valle’, porque ‘Valledupar tierra mía’ es la consentida de todos.
‘Ayayay’ ‘Sueña corazón’ ‘Mi nostalgia eres tú’.

‘Te quiero porque te quiero’ es sentir el palpitar eterno de un alma convertida en melodia. Y aunque el tiempo insista en que ‘Serás recuerdo lejano’ su esencia nunca fenece.

No ‘Lloraré’ porque un jilguero del cielo vino a decirme al oído ‘Vivo contento’, entonando ‘Morenita’ junto al Padre celestial. Y yo, con humilde devoción respondí : ‘Calma mi melancolía’. y aunque muchos afirmen que ‘El amor no es duradero’, al maestro Gutiérrez le “LLegó un amor’ para quedarse por siempre como ‘Cariño de madre’, que dibujó en nosotros un pentagrama inmortal.

En sus versos habita el tiempo. en sus canciones palpita la eternidad quien un día regaló al mundo la sentencia: el que esté golpeado por la vida que se enamore. Y yo como tantos me atreví a dictarle al corazón: ‘Enamorate’ .

Su legado es inmenso y luminoso veintidós obras musicales, cada una tallada en letras de oro. Su nombre está inscrito, con justicia y amor, en la leyenda histórica del Ruiseñor del Cesar, como el creador que mas canciones entrego a la voz inigualable de Jorge Oñate.

Hoy, el Romántico Gustavo Gutiérrez es motivo de jubilo. ‘El cariño de mi pueblo’, se eleva en aplausos agradeciendo el repertorio que trasciende en el tiempo que nos conduce, una y otra vez, a la hondura de lo humano.
Con emoción confiesa que Jorge Oñate fue el mejor intérprete de sus canciones, y con emoción aun mayor lo proclamamos nosotros: el vallenato encontró en ellos dos la conjucion perfecta entre canto y poesía.

Maestro Gustavo Gutiérrez, que Dios le conceda vida abundante, y conserve su condicion de ser ‘Sencilla y cariñosa’ para que sus versos sigan iluminando caminos y su música siga abrazando almas. Porque en cada acorde suyo, el tiempo se detiene, y la canción se convierte en plegaria, en memoria, en eternidad.

Feliz cumpleaños maestro Gustavo Gutiérrez Cabello. Salud y vida para usted, que hizo del vallenato un viaje infinito entre el canto y la poesía.

Por: Naima Luz Cotes Gutiérrez

Diomedes Díaz, artista de amores, dichos y cantos

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Aquel domingo 26 de mayo de 1957, día de San Felipe de Nerí y Santa Mariana de Jesús, nació Diomedes Díaz Maestre, exactamente en Carrizal, jurisdicción de La Junta, municipio de San Juan del Cesar, La Guajira.

Para llegar a este territorio se recorre un camino inhóspito que surcan dos ríos. A su alrededor, todo es dominado por animales silvestres, mientras que la brisa se pasea a sus anchas. El paisaje es acogedor, y todavía está la muestra de aquel lugar donde vino al mundo el artista más grande que ha dado la música vallenata.

Las medidas del vetusto rancho que acusa el paso de los años son de cuatro metros de ancho, por seis de largo; y aún se conservan los estantes, el techo de zinc y el piso agrietado.

En esa dimensión se encierra el tesoro que en aquel tiempo tuvo la pareja conformada por Rafael María Díaz Cataño y Elvira Antonia Maestre Hinojosa, quienes se abrieron paso con trabajo y dedicación, esperando que la vida les sonriera con su carga de 10 hijos: cinco hombres y cinco mujeres.

A pesar de que la estrella del futuro no alumbraba lo suficiente para Diomedes Díaz, con el paso de los años el joven pueblerino brilló con luz propia, y se convirtió en el artista que se impuso contra todos los pronósticos. Cantidad de veces lo vieron nadando contra la corriente, teniendo varias caídas hasta llegar a triunfar.

El primer amor

Precisamente en el recorrido por esa tierra guajira, apareció aquella mujer que fue la primera aventura de amor de Diomedes Díaz. Ella es Bertha Rosario Mejía Acosta, quien se mostró dispuesta a contar la historia. “Estando sentada en la caseta de Rosario Maestre, en La Junta, con motivo de los carnavales, sin darme cuenta, se me acercó y me estampó un beso en la espalda. Yo tenía puesta una blusa de canastica. Entonces le reclamé y me dijo que le había provocado porque yo le gustaba”.

Continuó llamando a los recuerdos. “Todo siguió de coqueteo en coqueteo y todo iba en aumento y cuando vinimos a darnos cuenta estábamos emparejados. Con decirle que él no podía llegar a mi casa y nos veíamos a escondidas porque mi mamá, (Eugenia María Acosta), no lo aceptaba, porque era un pelao parrandero y no le veía ningún futuro”.

Esos amores juveniles los destacó de la siguiente manera. “Fueron amores verdaderos con esa inocencia de antes, y que se hicieron más fuertes porque eran prohibidos. De esa unión nació Rosa Elvira, exactamente cuando el muchacho ‘Medes’, como yo lo llamaba, tenía 17 años, tres meses y 12 días de edad”. Hizo la cuenta precisa. Su hija escuchó el relato contenta y agradecida.

Los dichos de ‘El Cacique’

El artista devoto de la Virgen del Carmen dejó una estela de dichos que lo hicieron famoso a lo largo de su carrera artística. De esa cosecha, está el principal. “Como Diomedes no hay otro, ese nunca nacería, y si nace no se cría, y si se cría se vuelve loco”.

Después llegaron en serie. “Denme licor que la vida es corta y lo que no se nos va en lágrimas, se nos va en suspiros”; “Que vivan las mujeres, las dueñas de los hombres y las que nos ponen a trabajar”; “Estoy más contento que un muchacho en recreo y con el raspao en la mano”; “Denme licor que el agua es pa’ las matas”; y “Mátame guayabo, ya que el amor no pudo”, entre otros.

También muchas veces le formularon preguntas sueltas y con su inteligencia natural, contestaba. “A mi me gustan las mujeres feas porque muchos no las miran, en cambio a las bonitas, sí”. Siguiendo con el tema, señaló. “Me llaman la atención las muchachas del servicio doméstico. Ellas son buenas, nobles y sanas”.

Diomedes Díaz, sentó catedra del amor a la familia. “A los hijos hay que quererlos, a los hijos hay que cuidarlos. Porque el hijo siempre es hijo, salga bueno o salga malo”. De igual manera, dijo que la envidia era una enfermedad incurable como el cáncer. “Hay envidiosos con estilo propio y les luce”.

En medio de las historias que tuvieron ocurrencia en la vida de Diomedes Díaz, sobresale el cariño a su fanaticada hasta regalarles una canción. “Toditas mis canciones siempre se refieren al amor, pero esta vez mi inspiro pa’ cantarle a mi fanaticada. Porque un artista solo, no puede conservar su valor y hay que reconocer que ninguno nace con fama. Por eso yo con mi fanaticada, siempre contento vivo cada día, cantándoles bonitas melodías, de esas que yo compongo con el alma”.

Dos canciones

El talento innato de Diomedes Díaz, lo llevó a componer una serie de canciones donde los hechos de su vida eran los protagonistas. Incluso, le hizo una canción a su primera cana, noticia de su vejez.

A Rafael Orozco, le correspondió cantarle el tema ‘Cariñito de mi vida’, (1975), haciendo hizo un paseo por la naturaleza cuando el amor se asomaba en su pensamiento. «Ay, en tiempos de invierno a las montañas, las cubren las nubes en la cima, y se reverdecen las sabanas, se colma la fauna de alegría. Y se alegra el campesino, la esperanza lo emociona. Y yo entre más días te deliro, en invierno y verano ando ahora«.

Después gustoso Iván Villazón interpretó el tema ‘La sombra’, (1987) donde ‘El Cacique de La Junta’, pudo fotografiar en palabras ese instante de la inspiración. “Cuando he mirado mi sombra yo la comparo tal como soy. O de pronto será el sol que me dibuja en la tierra. Pa’ que comprenda que ella, siempre será lo que soy, y que de pronto me voy, y ni la sombra me queda”.

Así era el hijo el hijo de Rafael y Elvira, quien trazó su sendero desde aquellas mañanas frías en el pueblo de La Junta, donde el viento regalaba aromas lejanos y nacían los primeros versos que el pentagrama vallenato tiempo después recibió con los brazos abiertos. Diomedes, por siempre.

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