Alex David Medellín Mendoza, nace en Cereté-Córdoba un 23 de Febrero del año 1965 en el hogar conformado por José Miguel Medellín Urango y Niní del Carmen Mendoza García.
A nivel profesional se desempeña como docente, licenciado en Ciencias de la Educación, en la especialidad: Química y Biología, area mayor química. Egresado de la Universidad de Córdoba, agosto 2 del 91.
En su faceta como compositor se destaca por la facilidad de componer en diversos géneros musicales entre ellos:Paseo, Chandé, puya, porro, fandango, cumbia, Mapalé, Rumba,salsa, ranchera, corrido, fox, marcha militar(Himnos).
«Todo el mundo debería perseguir lo que es auténtico en uno mismo; esa es la manera de tener una larga vida en la música»: Björn Ulvaenus (músico y letrista sueco).
Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado
Un músico no es sólo aquel que toca un instrumento: es también aquel que a través de su instrumento toca el alma y el corazón de la gente; cuando a un músico le fluye la armonía, la melodía, es capaz de expresar sin palabras las razones que dicta su corazón. Con el arte musical lleva vida, emoción y alegría que transmite a quienes lo escuchan.
La autenticidad es sinónimo de originalidad y de expresar la propia personalidad sin complejos. Es por medio de esta cualidad que podemos mostrarnos como realmente somos. Uno de esos grandes valores de la música sabanera y vallenata que nunca renunció a esa autenticidad que lo caracterizó fue el gran Enrique Díaz Tovar. Quien nació en un humilde hogar de extracción campesina, conformado por Pablo Díaz y Martina Tovar; niño que con el correr del tiempo vendría a ser el artista de mayor popularidad en ese inmenso corredor de sabanas, montañas y ríos, que cruza desde el Atlántico hasta el Urabá antioqueño.
Este varón, nacido en Palo Alto Hicotea, corregimiento de María La Baja (Bolívar), un martes 3 de abril de 1945, fue conocido popularmente como «El Tigre de María La Baja» o «El Compae Quique». Un campesino natural y elemental como el agua; su vida transcurrió como la de cualquier joven criado en el campo, rodeado por los efluvios de la naturaleza, seducido por los sonidos, olores y hermosos paisajes que lo rodeaban, aprendiendo algunas labores agrícolas y pesqueras, actividad que hace parte de la vida cotidiana de esa pintoresca región y con muy poca formación académica.
Este músico empírico creó un estilo particular y costumbrista en la forma de ejecutar el acordeón con sus primitivas y magistrales notas lo cual complementaba con una voz recia, bien fuerte, con sabor a tierra y a negro rebelde. Después de una difícil infancia por los limitados recursos de sus padres su estilo de vida dio un giro sorprendente: siendo un adolescente de 14 años, cuando junto a su madre optaron por radicarse en Nueva Estación, un corregimiento del municipio de Buena Vista (Córdoba), puesto que la situación económica de su entorno familiar dio un giro sustancial, lo cual le permitió un mejor modus vivendi. Y fue a partir de ese instante, cuando Díaz Tovar, se comenzó a interesar por los asuntos de la música realmente.
Inicialmente aprendió a tocar la violina, con la cual amenizaba pequeñas reuniones entre amigos y vecinos y fue a raíz de ese interés que algunos allegados tuvieron a bien comentarle a Doña Martina, su progenitora, acerca de las virtudes musicales de su hijo por lo cual ella decidió obsequiarle un acordeón sencillo de dos teclados, cuando Enrique ya contaba con 16 años de edad. Su encuentro con el instrumento arrugado fue amor a primera vista y desde el mismo instante en que lo tuvo en sus manos empezaron a brotar mágicas y embrujadoras melodías que lo enamoraron por siempre.
El “Compae Quique”, como algunos solían llamarlo, era un fiel seguidor de aquellos viejos juglares, que marcaron una época de oro con su valioso legado, tales como los maestros Alejandro Durán, Luis Enrique Martínez y Andrés Landero, exponentes de tres grandes escuelas o estilos, acordes a los lugares de donde eran oriundos o procedían: El Paso (Cesar), Fonseca (La Guajira) y San Jacinto (Bolívar) de los cuales aprendió, le sirvieron de guía, fueron su faro musical, pero también desarrollando un estilo propio en la ejecución del instrumento y el canto algo que caló profundamente en aquellas masas que veían en las crónicas y relatos que él vocalizaba, con su dejo muy acentuado, un reflejo de sus propias vivencias.
Es por ello que este músico sabanero con el correr de los días iba teniendo más adeptos, por su originalidad, ya que como el mismo constantemente lo decía: “nací musicalmente con mi estilo». Fue en Planeta Rica (Córdoba) el lugar donde Enrique Díaz se vino a consolidar musicalmente y, al igual que el primer Rey Vallenato Alejandro Durán, se radicó hasta los últimos días de su existencia, allí se convirtió en uno de sus hijos adoptivos predilecto más ilustre.
En sus años de andariego y trovador ambulante, recorriendo los extensos caminos de la Costa Norte colombiana, se le veía a su fanaticada cada día más grande y fiel. Fueron muchos los logros musicales optenidos por Enrique , como el de Rey Sabanero del Acordeón en la ciudad de Sincelejo (Sucre) en el año 1986 e igualmente en las poblaciones antioqueñas de San Pedro de Urabá y Caucasia. En su prolífica carrera musical cuenta con más de cincuenta trabajos discográficos, cosechó numerosas simpatías por su forma de ser: auténtica, extrovertida y por donde llegaba la gente lo seguía, con fervor y pasión porque de sus cantos brotaban la esencia y el alma de ese pueblo que lo amaba y con el cual se identificaba. Se destacó en la composición e interpretación de variados géneros musicales del Caribe colombiano como: ‘vallenato’, ‘cumbia’, ‘porro’ ‘guaracha’ ‘charanga’ y se caracterizó por ese agudo sentido que tuvo para expresar de manera jocosa, alegre, costumbrista, propia de los moradores de los pueblos de la Costa Atlántica.
Clásicos como: ‘La Caja Negra’, ‘El Rico Cují’, ‘Las Cuatro Velas’, ‘Si La Plata Se Acaba’, ‘Don Fulano’, ‘La Circular’, ‘El Merequetengue’, ‘La Pensión’, ‘Flor de La Habana’, ‘Charanga Díaz’, hacen parte de sus grandes éxitos, con los que deleitó a sus seguidores. Sin dejar de lado la famosa piqueria o contienda musical que sostuvo con su compadre de sacramento Rugero Suárez, otro destacado músico sabanero, donde quedaron éxitos para la posteridad.
Enrique Díaz, tal como lo hiciera el Maestro Alejo Durán no claudicó en su originalidad, lo cual le dio la ventaja de tener un público propio y leal, sin necesidad de acudir a las modas pasajeras o a las extravagancias de hoy en día para mantenerse vigente y vivir cómodamente en Planeta Rica (Córdoba) al lado de su esposa Elvira Peña, con la cual convivió hasta que la muerte los separó el jueves 18 de septiembre del 2014. Su voz y acordeón se callaron pero su música y legado quedarán por siempre en la mente de los amantes de esta expresión musical.
Cuando la música de acordeón (vallenata y sabanera) viene atravesando una crisis de valores porque cantantes acordeonistas y compositores se han venido alejando de las raíces, mirando sólo el dinero y desconociendo el folclor verdadero, hoy le rindo un homenaje sincero al “Tigre de María La Baja” porque nunca buscó acomodarse, como hoy en día lo hacen estos nuevos músicos que ignoran deliberadamente esa huella que marcaron, nuestros juglares para siempre. Ante la memoria de “Quique” me agacho, me quito el sombrero y digo: “Gracias te damos, viejo querido, porque tu nombre ha quedado metido, en lo más profundo de nuestros corazones. Fuiste un varón de muchos kilates, el vocero más auténtico y raizal de todos los juglares”.
Es hermoso poder expresar a través de la interpretación de una canción todo el sentimiento, aún siendo un género diferente al propio de la región dónde has nacido, conozcamos la historia de María Mora Carrillo, cantante de vallenato nacida en el interior de Colombia.
María Mora Carrillo, nació en Quetame, Cundinamarca un 7 de diciembre de 1981, sus padres son campesinos: Leovigildo Mora Romero y Aura Stella Carrillo Clavijo, muy orgullosa de sus raíces desde niña María se sintió inclinada por la música le gustaba cantar rancheras y música tropical en el colegio rural donde cursaba primaria siendo estimulada por su maestra Luz Marina Saavedra quien también le dio mucho ánimo para seguir cantando.
María Mora viene de una familia donde hay talento musical siendo intérpretes de la música llanera ademas tocan guitarra y otros instrumentos, entre sus más lindos recuerdos está su abuelo paterno quién tocaba el tiple y la bandola , a lo cual se suma también el interés de María de aprender a tocar acordeón para lo cual recibe clases en la actualidad teniendo un excelente profesor como lo es el maestro Beto Jamaica Rey Vallenato 2006.
A través de Estampas Vallenatas damos a conocer el talento femenino del folclor vallenato Ángely Carrasco Padilla, nacida en Sincelejo, Sucre, el 6 de febrero de 2009 hija del reconocido compositor Guadis Carrasco.
Angely durante su cotidianidad combina sus estudios con su hobbie de cantar, escribir poemas y sus clases de inglés. Desde muy pequeña ha tenido la inclinación musical, Sus Inicios en este medio fueron cantando baladas y luego vallenatos.
«En la casa de Alto Pino se oyó por primera vez, el leve llanto de un niño que acababa de nacer» Leandro Díaz.
Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado.
El talento es una cualidad que puede permitirnos desarrollar un alto nivel de competitividad en cualquier ámbito profesional.
Alguien que supo explotar ese don que Dios le dio, el cual le fue beneficioso para el resto de su existencia, con el que descubrió su gran pasión por la música, actividad que fue perfeccionando poco a poco sumado a la perseverancia y la dedicación que se convirtieron en sus mejores armas para poder alcanzar el éxito como compositor de la música vallenata, fue el gran maestro Leandro Díaz, unas fantásticas herramientas sin las cuales incluso el más talentoso nunca podría triunfar en la vida.
Ninguna de las personas que le conocieron a temprana edad, le auguraban un buen futuro, dada su limitación visual. No obstante ello, el destino le tenía deparada cosas muy grandes, que solo con el correr de los años, se habrían de enterar quienes desde pequeño lo conocieron y fueron escépticos de que algún día obtuviera algún tipo de logro. Quizás no comprendieron que aquello de lo cual carecía (visión) le sería compensado de otra manera: una agudeza auditiva extraordinaria de tal manera que todo lo que ocurría en derredor era percibido por él, dando con ello vuelo a su imaginación.
Un lunes 20 de febrero del año 1928, en una alegre mañana de ambiente festivo por los carnavales que se festejaban en esa región del Caribe colombiano, llegó a este mundo un niño invidente en el hogar conformado por Abel Rafael Duarte y María Ignacia «Nacha» Díaz, a quien se le bautizó con el nombre de Leandro José Díaz Duarte, llevando por delante el apellido de su progenitora, nació exactamente en una finca llamada Alto Pino, ubicada en el municipio de Barrancas en el centro del departamento de la exótica Guajira.
Como era de esperarse, sus primeros años de vida transcurrieron en el campo, rodeado de la naturaleza, las fragancias de las flores y árboles nativos, el canto de los pájaros, el correr de las aguas de los riachuelos, el brincolear de las aves de corral, el mugir de las vacas, el olor a café matutino, el dulce aroma de las frutas maduras. Toda esa constelación de múltiples y variados sonidos y olores, fueron desarrollando en el pequeño Leandro, una cosmovisión muy particular, un mundo mágico y surrealista, que soñaba con vivir y dar a conocer.
Ese mundo en el que se sumergía diariamente le fue dando motivos para inspirarse. Inspiraciones que más tarde se habrían de traducir en cantos muy originales, productos de sus vivencias y una sensibilidad extraordinaria que fue desarrollando cada vez mayor y mejor.
Puede afirmarse, sin lugar a dudas, que este niño invidente se convirtió en un cronista muy agudo de la realidad que lo circundaba, pues a todo el que lo visitaba a su humilde morada, le solía preguntar por múltiples cosas, sumado a los libros, novelas y cuentos que le leía y narraba su tía Erotida, quien fue parte fundamental en el desarrollo imaginativo y literario de este genio de la composición, motivo por el cual mantenía enterado de los sucesos ocurridos en su región. Y ni que hablar de las damas, que empezó a tratar con dulzura, encanto y admiración, ellas fueron de gran inspiración y musas de muchos de sus cantos, aunque siempre se dolió a si mismo de sus penas, porque muchas veces se sintió muy solo y rechazado, tal como lo expresó en su célebre canción titulada ‘A MI NO ME CONSUELA NADIE’.
Muy a pesar suyo, de no haber tenido una formación académica, fue todo un visionario de los problemas que padece nuestra sociedad, motivo este que lo condujo a expresarse con cierta rebeldía, ante hechos que no consentía o no eran de su agrado. También se manifestó en otras áreas de la vida cotidiana, ya fueran estos de carácter amoroso, social, político o económico. Peleó con todo y contra todos, manteniendo un diálogo permanente con la vida, la muerte, el amor, el desamor, táctica a la cual lidió con sus versos certeros, cargados de unas sublimes, mágicas y embrujadoras melodías y textos pletóricos de filosofía, poesía, pedagogía. Además de lo anterior fue un auténtico rey de la metáfora y otras figuras literarias, ya que con una precisión asombrosa, creó expresiones idiomáticas no comunes que causaban admiración, como fue el caso del clásico de la música vallenata titulado ‘LA DIOSA CORONADA’ a quien el premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez denominó como «el vallenato más lindo de Macondo», donde una de sus frases «En adelanto van estos lugares: ya tienen su Diosa Coronada», sirvió como epígrafe de una de sus magistrales obras literarias ‘EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA’.
La influencia de este maestro conocido como «El Homero del Vallenato» en la música de Francisco el Hombre, está entre el romanticismo clásico de una riqueza melódica exquisita, fuerza en la composición, combinada perfectamente con su precisión idiomática y un grafismo verdaderamente asombroso.
Tuvo un sentido práctico de la vida, vivió intensamente su mundo interior, mientras que otros esperaban la luz eléctrica o solar, él siempre se conformó con la iluminación espiritual y una luz interna con mucha fuerza que lo hizo salir y darle brillo a su mundo de tinieblas. Díaz Duarte tuvo la particularidad de convertir el sufrimiento en un crisol, con el cual templó su condición poética y el talento que el Supremo Creador le concedió. Muchas de sus canciones nacieron en esos momentos en los que el deseo se desbordaba y el amor parecía ser lo único que contaba. Por esa razón su música constituye un retrato o el vivo reflejo de sus experiencias personales y del deseo de amar donde no había espacio para la ficción, más bien eran como un desahogo de su interior, que se convertían en explosiones del alma. Hablar de este gran maestro, es hacer referencia a un hombre con una inteligencia increíble, la cual era muy común sentirla al escuchar sus frases muy originales, esencia de unos verdaderos pensamientos filosóficos, tales como los siguientes:
» Mientras más lento se piensa, más rápido se triunfa»
» Si las mujeres no existieran el corazón de los hombres no tuviera oficio»
» A las mujeres siempre las he exaltado, hasta cuando me pagan mal»
» Dios no me puso los ojos en la cara, porque se demoró poniéndomelos en el alma»
» Yo no soy compositor, soy un pensador que le pone melodía a los pensamientos»
Leandro Díaz fue un manantial inagotable de talento, que con sus canciones alegró el corazón de los amantes de la música vallenata. Rodeado del amor de su familia y miles de amigos, hombres y mujeres que admiraron su legado poético-musical se marchó de este mundo terrenal el sábado 22 de junio de 2013 en la ciudad de Valledupar. Partió dejando una historia musical invaluable que hace parte de la Banda Sonora de esta expresión musical, cultural y folclórica, que es la música vallenata, cómo olvidar que vino a este mundo a brindar alegría con sus canciones. Como dice el título de una de sus últimas composiciones ‘COMO YO NO HAY DOS’. Se nos fue el hombre, pero le abrió paso a la leyenda.
Con el gran Leandro Díaz podemos aplicar la frase del escritor mexicano Miguel Ángel Ruíz Macías que dice: «No vemos la verdad porque estamos ciegos. Lo que nos ciega son todas esas falsas creencias que tenemos en la mente».
«Nada es más triste que un recuerdo felíz». Jairo Enrique Soto Hernández.