Aquella ‘Sombra perdida’ que encontró El Binomio de Oro

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Cuando el palpitar de la añoranza no se quería marchar del corazón de una adorada mujer, ella optó por dejar constancia que todo se había perdido en aquellas sombras borradas por la luz de la aurora, provocando que el día fuera perfecto.

Entonces para poner en marcha su proclama, la cantautora Rita Fernández Padilla, se sentó en el viejo piano que le regaló por allá a comienzos del siglo pasado su abuela Josefa María Padilla a su mamá María del Socorro Padilla de Fernández, haciendo el ejercicio de tocar sus teclas y, con versos que había escrito en una hoja de cuaderno, comenzar a cantar. Al terminar esa ponencia musical pensó en el título, resumiéndolo en dos palabras: ‘Sombra perdida’.

Ese sentimiento que marcó su vida lo bordó con su talento y tiempo después la canción fue llevado a la pasta sonora por Rafael Orozco e Israel Romero, El Binomio de Oro ‘De Caché’, corte uno del lado A. Ese acontecimiento sucedió el jueves 17 de abril de 1980.

Para ella no fue difícil recorrer en su pensamiento el sordo camino de la ausencia enmarcado en sombras perdidas, donde su amor no tuvo eco, muriéndose irremediablemente debajo de incontables estrellas que se negaron a alumbrar su cielo. “¿Queeeeé fuiste tú para mí? Un grito que se ahogó en la distancia, un sol que murió con la tarde. Un cielo colmado de estrellas en noches veraneras fuiste tú para mí. Tú fuiste el ave de paso, que vino a posar en mi vida. Hoy solo eres sombra perdida, vagando en recuerdos de ayer”.

Recuerdos del corazón

Rita Fernández con esa sonrisa que nunca esconde para no darle oficio a la tristeza, se transportó a aquel recuerdo. “La canción la compuse al inicio del año 1980 y no me demoré en hacerla, tampoco la aplacé para más adelante. Nació en un solo día. Tiempo después me reuní con Rafael Orozco e Israel Romero, y se las interpreté en el piano. Ellos me la hicieron repetir, les encantó y luego me prometieron grabarla. Fueron testigos de este hecho los compositores Gustavo Gutiérrez Cabello, Santander Durán Escalona y Fernando Dangond Castro”.

Estando en ese viaje rápido de la memoria, continuó: “Esa canción en el acordeón de Israel Romero y la voz de Rafael Orozco, calcó todo mi sentimiento y sigue sonando como si fuera ayer. Tengo una cantidad de anécdotas, pero me quedó cuando Rafael la cantó estando yo tocando el piano y me pude transportar al día que la hice. Vea, ya hacen 45 años”.

Cuando hasta el mapa del adiós se había perdido, no se podía dejar suelta la pregunta sobre quién hizo posible el nacimiento de esta bella canción. Ella hizo una exposición de esas que cierran todas las puertas. “Todo comenzó cuando creí en una persona pensando que era sería, transparente y con las mejores intenciones, pero no fue así. Había que cerrar esa puerta con doble candado”.

No quiso decir el nombre del protagonista, pero se le preguntó sí era un médico vallenato. Ante esto, manifestó: “Puede ser, aunque digo que a las cosas se les pierde el encanto cuando tienen tanta revelación, y por eso mis canciones cuando nacen son libres y no las dejo atadas a nada”.

De repente, confesó que el amor poco hizo cuna en su corazón, y la suma de los sentimientos no le daba el mejor resultado. “Para mí el amor fue muy difícil porque siempre prefería mi música y me la pasaba haciendo presentaciones. Entonces, saltaban los celos de los novios, y eso se convertía en un gran inconveniente. Tuve muchos pretendientes porque la música es un gran atractivo y también por mis cualidades. Al ver esos episodios les daba la espalda a esos amores”.

Al explicar ese proceso, añadió su propia conclusión. “Llegó el momento en que me di cuenta que el matrimonio no era para mí. Si estuviera casada, otra fuera la historia, y no hubiera podido llegar a concretar mi pasión por la música que me ha dado tantos honores. Estoy convencida que no todos los seres humanos se realizan de la misma manera. Definitivamente, las canciones son mis hijas y esa es mi gran realización”.

La cantautora nacida en Santa Marta, entrando en el plano de otra clase de amor, señaló: “El único amor que nunca me ha fallado es el de la música vallenata”. Calló un instante, y luego perseveró en su relato: “La música tiene un sentimiento puro, noble, generoso, espontáneo, y eso provocó que creara en 1968 la agrupación femenina ‘Las universitarias’, con la cual me presenté en el Primer Festival Vallenato, interpretando varias canciones de mi autoría”.

Sombra del ayer

Con la canción ‘Sombra perdida’ la cantautora Rita Fernández, supo curar sus heridas, romper su silencio y pensar más de dos veces en volver a cultivar amores. Siguió componiendo, pero de todas maneras esa historia no ha dejado de perseguirla porque se convirtió en un clásico del vallenato, y como lo dijo un fanático, se escucha hasta en Capernaúm. “Prefiero sentir ya tu ausencia saber que no estás en mi vida. Hoy sólo eres sombra perdida, vagando en recuerdos de ayer”.

Aunque en aquella ocasión la felicidad fue de corto vuelo y el corazón no alcanzó la máxima nota del amor, ella sigue sentada en aquel viejo piano donde nacieron bellos cantos, entre ellos el más grande homenaje a Valledupar, la tierra que le abrió sus brazos sin pedirle pasaporte.

Durante la entrevista destacó a las dos ciudades pegadas a su corazón, Santa Marta y Valledupar, a su padre Antonio María Fernández Daza, quien le marcó el camino de la música y al reconocimiento que le hicieran en el Festival de la Leyenda Vallenata del año 2019.

En la agradable charla matizada con sonrisas nunca guardó silencio, igual que aquella vez cuando el médico de la historia no quiso formularle la medicina para el mal del corazón, y ella con la magia de su inspiración en pocas horas supo convertirlo en sombra perdida.

Gustavo Gutiérrez sigue comprendiendo que lo más bello es regalar ternura

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Para sentarse a escribir sobre Gustavo Enrique Gutiérrez Cabello, cuando su vida se asoma a los 86 años, es necesario poner a cabalgar lentamente las palabras para que las arrope la poesía, apareciendo aquellos versos sensibles que pulió desde su juventud estando untados de melodías logrando nacer bellas canciones. Eso es lo que se llama un milagro dirigido desde el corazón del alma.

Ahora, ‘El Flaco de Oro’ poco habla, más medita porque su experiencia lo ha puesto a sentir de cerca el cariño de su pueblo donde la brisa fresca del ayer y ese glorioso canto ‘Rumores de viejas voces’, ganadora del Festival de la Leyenda Vallenata en 1969, lo hacen darle gracias a Dios por haberle concedido el talento justo a sus pretensiones.

En aquella ocasión cantó. “Recuerdo aquellas mañanas que por las calles se oían venir, canciones que con sus versos que al despedirse querían decir. Rumores de viejas voces, de su ambiente regional, no se escucharán los gozos, de su sentido cantar. Ya se alejan las costumbres del viejo Valledupar, no dejes que otro te cambie el sentido musical”.

Es así como por la vida del cantautor Gustavo Gutiérrez Cabello, navega una pesada carga de nostalgias, unida a todos los recuerdos de sus días de parrandas y de las historias de ese amado Valledupar que lo hicieron inspirar. En ese recorrido del sentimiento aparece la frase: “Gustavo Gutiérrez canta en Valledupar cuando sale el sol, nada compara ese encanto solo tu mirar, divino mi amor”.

Esa frase hace parte del vestido de la canción ‘Confidencia’, la misma con que comienza cada una de sus presentaciones en distintos escenarios. Eso lo conllevó a darle rienda suelta al pensamiento donde los besos de todos los días conformaron la más grande cadena de amor. Entonces fue más allá, pidiendo que esos besos fueran hasta la hora de la muerte.

Gustavo Gutiérrez con sus versos nunca engañó a nadie, sino que buscó las mejores estrategias para armar el crucigrama del encanto y envolver en un canto la sensibilidad de la vida. Esa vida que dibujó a su manera teniendo los hechos calcados en su memoria.

A lo anterior le añadió nobleza, talento, carisma y sus deseos de que Valledupar volviera a ser ese remanso de dicha y paz, amenizado con un acordeón o una guitarra, teniendo a su lado una voz romántica.

Es así como la canción ‘Confidencia’ daba y daba vueltas por el entorno y había que aterrizarla para contar su historia, donde no se medía la distancia porque el camino era largo hasta que llegó a morir en el silencio de un dolor en lejanía. Después, en ese mismo entorno nacieron ‘La espina´ y ‘Ensueño’. Él no se volvió a encontrar con la protagonista, pero al tiempo direccionó su corazón naciendo otras canciones ostentando el título de romántico y soñador. También, el sol del amor le resplandeció y atrás quedó el alma herida de aquel hombre solitario.

Así es. Todo sucedió allá por Valledupar donde se escuchaba un lamento triste y la noche era larga, pa’ sollozar. A él, los destellos del amor lo fueron acostumbrando a encontrarse con las penas y a conocerlas, pero también pudo borrarlas como lo hace la lluvia con las huellas.

Desde aquella ocasión el corazón de ‘El Flaco de Oro’ se enamoró mil veces para que los versos pudieran ser guiados por el viento, llegando a un bello paisaje de sol. Es más, se regresó al pasado y notó como las costumbres se iban muriendo en el recuerdo, y entonces las enmarcó en esa nostalgia del viejo Valledupar.

En un instante de su trasegar por la vida vallenata hizo un alto en el camino y dejó de componer, hizo más de 100 canciones, pero no de cantarlas porque ellas siguen siendo guiadas por su sentimiento. Ahora, los recorridos son cercanos, pero su voz tiene el encanto del hombre que libró diversas batallas dibujadas en versos teniendo mil razones y la guitarra, su eterna compañera. Evocando más recuerdos mencionó el momento más emotivo de su carrera, al recibir el homenaje que le tributó el Festival de la Leyenda Vallenata en el 2013. “Algo maravilloso que me llenó de alegría la vida al premiar mi talento y entrega a la música vallenata”.

Dejando mi huella

Cuando los días avanzan Enrique ‘Kike’ Gutiérrez, hijo del maestro Gustavo Gutiérrez, en días pasados lo sorprendió al entregar la producción musical ‘Dejando mi huella’, donde aparecen 17 canciones de su autoría.

“Quiero dar a entender que tengo casta musical y también seguir la línea de mi papá. Es el más bello homenaje al poeta y soñador que siempre he tenido en casa, y que me enseñó a amar la música vallenata. Es una gran responsabilidad continuar con su legado. Él está muy feliz con este proyecto musical que se encuentra en las distintas plataformas digitales”, expresó ‘Kike’ Gutiérrez.

Al cierre de la historia el poeta sonrió logrando navegar por el caudaloso río de la alegría, donde descubrió que la esperanza tiene forma de canto, el cual se sobrecogió ante su presencia. Felicitaciones maestro y siga regalando ternura, aunque no es fácil emularlo cuando el corazón se desgaja lentamente, el peso del destino sobrepasa la barrera del adiós y por las manos desfilan dos aves que llenan los ojos de aquella locura feliz.

Paremos la poesía, porque mañana vuelve a salir el sol mostrando un mundo sin límites, donde la música hidrata el pensamiento y los versos del maestro Gustavo Gutiérrez, se arropan con las sábanas de la vida.

Javier Díaz Daza: Un compositor con alma sentimental

«La música es el reflejo de los sentimientos de quien la compone»: Wolfgang Amadeus Mozart (compositor austriaco).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Cada obra musical tiene detrás una historia, ya sean vivencias personales o ajenas, arte o sucesos, siempre hay algo que permite ligar una canción a un contexto determinado. Los autores utilizan la música como medio de expresión en razón a que con ella pueden transmitir sentimientos universales que son recibidos por los oyentes. En el vallenato, existen compositores cuya obra refleja profundamente sus emociones, como es el caso de Javier Díaz Daza.

Nacido en el municipio de El Molino, un martes 27 de abril de 1965, en el sur del departamento de La Guajira, al noreste de Colombia, Javier es hijo de Néstor Pedro Díaz Morales y Ruby Esther Daza Zubiría. Según cuentan, llegó a este mundo en una casita de barro y palma: humilde, pero con mucho calor humano. Nació en una familia de molineros dedicados a las tareas del campo y la agricultura, con una marcada influencia de la música de bandas, guitarras y acordeones. Esta vena musical fue heredada de su padre, un destacado intérprete del tiple y la guitarra, así como de otros parientes como Juan Díaz (clarinetista), Benedito Díaz (cantante), Francisco «Chico» Díaz (cantante y compositor) y Tadeo Morales (acordeonista), entre otros.

A los pocos meses de nacido, su abuela materna, Marcelina Daza, lo llevó junto a su madre a la población de Manaure, conocida como «El Balcón del Cesar», un pueblo muy hermoso, rodeado de paisajes naturales y riqueza agropecuaria. Allí vivió hasta los cinco años, para luego trasladarse a Valledupar donde el pequeño Javier comenzó a tener contacto directo con la música vallenata. En la «Capital Mundial del Vallenato» ya se escuchaban en su esplendor las canciones de los juglares: Alejandro Durán, Calixto Ochoa, Abel Antonio Villa, Nicolás «Colacho» Mendoza, Alfredo Gutiérrez, Juancho Polo, entre otras estrellas de este firmamento musical.

A medida que crecía y empezaba a presenciar parrandas y festivales, trepado en el árbol de mango de la mítica plaza Alfonso López en Valledupar, su oído se fue agudizando. Prestaba cada vez más atención a las interpretaciones de esos maestros que convergían en ese tipo de escenarios naturales. Las melodías que salían de los acordeones, guitarras, cajas y guacharacas eran un deleite para este inquieto muchacho que desde ese momento soñó con crear canciones para alegrar no solo su vida, sino también la de los demás.

Durante su infancia y adolescencia, además de Manaure y Valledupar, Díaz Daza vivió en otros lugares como San Juan del Cesar y Maicao. Finalmente, a los 15 años, regresó a El Molino para conocer a su padre y hermanos. Para entonces, ya tenía un cuaderno lleno de versos que más tarde se convirtieron en sus primeras canciones. Aprendió a tocar la guitarra lo que complementó su inclinación musical. Este instrumento se convirtió en su compañero de viaje, amigo y confidente. Es su extensión, su voz, su alma. Unidos por cuerdas y sentimientos, la guitarra y él crean una sinfonía de emociones.

Entre la Sierra y el Valle de los Santos Reyes nacieron sus primeras canciones, que le cantaban a sus primeras conquistas amorosas y a la naturaleza, de una manera profundamente sentimental.

El hecho de haber vivido en diferentes lugares enriqueció su influencia musical, pues la exposición a diversos ambientes, estilos de vida y culturas fue fundamental en su obra. Nació y creció rodeado de la música y la cultura vallenata, y esa fue la chispa que encendió su pasión por la composición. Su inspiración proviene de la vida cotidiana, de las historias y leyendas de su región, de las mujeres y la naturaleza que rodean su entorno.

En el vasto universo de la música vallenata, donde sobresalen grandes maestros de la composición, Javier ha sido un gran admirador de muchos de ellos, especialmente de Leandro Díaz, Octavio Daza y Hernando Marín. Como compositor, ha sabido recoger las raíces de esta expresión musical para darles una nueva vida a través de sus propias creaciones. Fusionó su propia voz con la influencia de sus maestros, especialmente en los temas de corte romántico y sentimental.

No todos los caminos hacia la música estuvieron llenos de aplausos desde el primer intento. Para Díaz, componer canciones era más que un sueño: era su forma de entender el mundo. Desde niño, llenaba cuadernos con letras, y en su mente brotaban melodías y acordes que acompañaban sus emociones más sinceras. Pero convertir esas ideas en canciones grabadas por artistas reconocidos fue una batalla cuesta arriba.

Durante mucho tiempo, tocó puertas que no se abrían, envió canciones sin recibir respuesta e incluso fue ignorado en reuniones donde apenas lograban escuchar el primer verso. Sin embargo, estaba convencido de que había algo especial en sus letras y en el mensaje que transmitía a través de ellas. Creía en su música; incluso, cuando parecía que nadie más lo hacía.

El cambio llegó poco a poco, cuando la agrupación conformada por Marcial Luna y Gustavo Camelo, conmovidos por una de sus canciones, decidieron llevarlo a un estudio de grabación con un tema titulado «No digan nada». Aunque no fue un éxito masivo, sí fue el comienzo. Ese pequeño y significativo paso le dio visibilidad y, lo más importante: credibilidad. De ahí en adelante, otros artistas comenzaron a interesarse por su estilo sentimental, honesto y emotivo, caracterizado por su capacidad para evocar emociones con letras y melodías contadas en un lenguaje poético y musical que es a la vez sencillo y profundo. Su sello personal se distingue por ser melancólico, y sus melodías son fáciles de recordar y cantar.

Javier tiene un corazón que late al ritmo del vallenato, y un alma que se desborda de sentimientos. Es un compositor que teje historias de amor y desamor con hilos de melodías y poesías, en donde la pasión y el sentimiento se desbordan en cada nota, en cada acorde, en cada verso.

Como muchos compositores vallenatos, los festivales ha sido un escenario propicio para dar a conocer sus canciones, donde la música se convierte en un espectáculo de emociones y sentires. Festivales como los que se realizan en Valledupar, El Molino, San Juan del Cesar, Maicao, Barrancas, Villanueva y hasta Bogotá sirvieron de plataforma para que él, al igual que otros autores, pudiera mostrar sus obras musicales y darlas a conocer al público.

Díaz ha sido un músico que siempre ha sabido combinar su amor por la música con una sólida formación académica. Logró equilibrar su creatividad con la responsabilidad profesional, y se graduó como Administrador de Empresas, Especialista en Estrategias de Campañas Políticas, docente universitario, Especialista en Marketing, con varios años de experiencia en el sector público y comercial.

Después que le grabaron su primera canción, otros artistas de la música vallenata comenzaron a interesarse por sus composiciones. Temas como: «Ayúdame a olvidarte», «Himno al amor», «Un compromiso contigo», «Por poquito», «Esa noche», «Cómo lloran los hombres», «Aventurera», «Tu mejor amante», «Una mujer como tú», «En el sur me quedo», «Señor de los sueños», «A que te conquisto», «Te quedó grande el amor», entre muchas otras, hacen parte de casi un centenar de canciones que se escuchan en las voces de Alberto «Beto» Zabaleta, Marcos Díaz, Luis «El Pade» Vence, Jeiman López, Éric Escobar, Alberto «Tico» Mercado, Reinaldo «El Papi» Díaz, Janner Moreno, Nibaldo Villarreal, Los Hermanos Lora (Juan Carlos y Eduardo) e incluso del internacional cantautor y músico dominicano Wilfredo Vargas.

Hoy en día, Javier Díaz Daza, además de componer e integrar la agrupación «24 Quilates» junto a sus colegas Jeiman Casicote y Álvaro Pérez, también se dedica a otra faceta importante en la música: la de productor.

Y puede decir con entusiasmo que ha cumplido su sueño de siempre: ser compositor de música vallenata. Ha logrado algo muy importante: que sus canciones vivan en las voces de otros. Cada grabación, cada interpretación de sus temas es una prueba de que la perseverancia tiene eco. Y aunque sigue enfrentando desafíos sabe que su camino musical va en la dirección correcta. Porque, a veces, el talento necesita tiempo pero cuando se combina con pasos firmes y constancia siempre encuentra una forma de ser escuchado.

Este administrador de empresas, músico por pasión y convicción, ha encontrado su refugio en la tranquilidad de su familia, al lado de su esposa Arleth Patricia Mejía Anaya y sus hijos, Luisa Fernanda y Moisés David, en Maicao, La Guajira. Un pueblo que lo acogió como un hijo más. Porque para Javier Díaz Daza, la música es su predilección; la familia su inspiración y este lugar que escogió como su hogar, su refugio.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Niño acordeonero sorprendió con su talento a Iván Villazón

El niño Daniel Villa, de 10 años, sorprendió con su talento al tocar magistralmente el acordeón en una presentación de Iván Villazón, en las fiestas de Villa Rosa, municipio de Repelón (Atlántico) el pasado fin de semana.

Villa, llegó acompañado de su señora madre Yiselis Figueroa, y subieron a tarima para pedir esa anhelada oportunidad de acompañar a Iván Villazón en una canción, quien respondió con un rotundo sí.

Villazón cantó ‘La casa en el aire’ ese clásico de Rafael Escalona, que tuvo en las notas musicales de Daniel Villa, una acertada ejecución con su pulsación firme y  la mejor inspiración.

‘El Cantor de Cantores’ elogió el talento de Daniel Villa y finalmente tuvo un fuerte abrazo de Villazón; la foto del recuerdo y un merecido aguinaldo por parte del cantante: “Sus primeros 500 mil pesos”.

El público aplaudió a Daniel Villa y elogió a Villazón, por este bonito gesto con el niño, que representa un futuro para la música vallenata.

Villazón improvisó este verso:

Digo lo que puede ser

Me llamó Iván Villazón

Y yo creo que Daniel

Será grande en este acordeón

Iván Villazón y sus acordeoneros Tuto López y Jerónimo Villazón se lucieron con su agenda de presentaciones en Talaigua Nuevo (Bolívar), Codazzi y El Copey (Cesar) y Villa Rosa, municipio de Repelón (Atlántico).

Fotos: Daniel Pachecho

Clara Elena Zuluaga Ramírez, Cantautora, sembradora de esperanza a través de la música

Nacida el 17 de julio de 1952 en El Peñol, departamento de Antioquia, Clara Elena Zuluaga Ramírez es una cantautora, compositora e intérprete colombiana que ha dedicado su vida a transformar corazones a través del arte musical, combinando su sensibilidad espiritual con una profunda vocación social y educativa.

Hija de José María Zuluaga y María Jesús Ramírez, desde muy temprana edad mostró una inclinación natural por la música y la poesía. Durante sus inicios como docente, compartía versos, coplas y canciones con colegas y estudiantes, descubriendo así el poder de la palabra y la melodía como vehículos de conexión humana. Su primer bambuco, titulado “Mi Terruño”, fue la semilla de una carrera artística llena de propósito.

A lo largo de los años, ha interpretado e integrado ritmos como pasillos, bambucos, baladas, cumbias, zambas, porros y música latinoamericana, desarrollando su talento de manera empírica con instrumentos como la guitarra, el tiple, la flauta, el piano y el charango. Aunque no tuvo acceso a una formación académica formal continua, su experiencia y sensibilidad han sido escuela suficiente para forjar una propuesta auténtica y conmovedora.

Una de sus composiciones más impactantes es “La Morenita”, inspirada en la Virgen de Guadalupe tras un viaje espiritual a México. Esta canción marcó un punto clave en su vida artística, al descubrir con certeza que su don para componer era un regalo de Dios. La figura mariana se convirtió en su guía, inspiración y símbolo de entrega, amor y fe.

Clara Elena se inspira en el dolor del mundo actual para llevar un mensaje de paz, alegría, perdón y sanación, rescatando los valores éticos y espirituales perdidos en medio del caos moderno. Desde esa misión nace su proyecto “Salvando vidas a través de la música”, una iniciativa que ha recorrido escenarios religiosos, comunales, culturales y redes sociales, buscando impactar al joven, al adulto y al adulto mayor, usando el arte como herramienta de transformación.

Para ella, el arte musical es esencial en los tiempos modernos, pues libera, refresca el alma y actúa como catalizador de enfermedades emocionales y físicas. Apoya procesos de sanación a través de la musicoterapia, útil para manejar el estrés, la ansiedad y la depresión, males comunes que afectan silenciosamente a millones. Clara insiste en que el arte puede ser medicina para el alma cuando nace desde el corazón.

También hace un llamado urgente a formar a las nuevas generaciones en el buen uso de la tecnología, sin perder la esencia intelectual y humanística, pilar necesario para construir un mundo más sensible, con raíces en la música, la cultura y la fe.

Reflexión final

“La mayor satisfacción en este recorrido musical es poder decir que todas estas experiencias vividas tienen una razón de ser: buscar el camino de la santidad en acciones sencillas.
Es un camino hacia el encuentro con Jesucristo, donde se puede vivir con alegría, aun en medio de las adversidades que son el pan de cada día.
Dios ha hecho en mí esta elección: ser testigo de su amor para anunciar el Reino de Dios, llevando un mensaje de amor y paz.
Como decía la Madre Teresa de Calcuta:
‘Si cada uno llevara la paz en el corazón, este mundo sería un paraíso’.
Todo para la gloria de Dios.
Porque es en el diario vivir y en lo que hagas con tus carismas y talentos, donde Dios se manifiesta al hombre para mostrarle su amor y su misericordia.”
(Romanos 15, 13 y siguientes)

Clara Elena Zuluaga Ramírez es más que una cantautora: es una mujer de fe, una artista del alma y una voz de consuelo en tiempos que claman por esperanza.

Redacción: Lcda. Belinda Olano Barrera

Los invitamos a disfrutar las canciones de Clara Elena Zuluaga Ramírez en su canal de Youtube:

https://youtube.com/playlistlist=PLwggN10w0BEhnquTlUrdg29fDc05Nx1WW&si=O0rh5dMEPCHQ4ZUW