Jorge Oñate cantó vallenatos hasta el final de sus días

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

La vigencia del cantante Jorge Oñate siempre fue digna de exaltación y de reconocimiento en el mundo vallenato y más que superó los 50 años de vida artística. Además, partió en dos la historia del Festival de la Leyenda Vallenata al ganar cantándole y tocándole la guacharaca al acordeonero Miguel López, quien se coronó Rey Vallenato en el año 1972. Como cajero estuvo Pablo López.

En esa ocasión Jorge Oñate interpretó las siguientes canciones: Paseo, ‘Qué dolor’ (Luis Enrique Martínez); Merengue, ‘Dina López’ (Vicente ‘Chente’ Munive); Son, ‘Riqueza no es la plata’ (Francisco ‘Pacho’ Rada); Puya, ‘La vieja Gabriela’ (Juan Muñoz). Oficiaron como jurados Graciela Arango de Tobón, Lácides Daza y Gustavo Gutiérrez Cabello.

En esa línea histórica fue el cantante que más grabó con Reyes Vallenatos: Miguel López, Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza, Raúl ‘El Chiche’ Martínez, Gonzalo ‘El Cocha’ Molina, Álvaro López, Fernando Rangel, Julián Rojas y Cristian Camilo Peña. También lo hizo con dos destacados acordeoneros: Emiliano Zuleta Díaz y Juancho Rois.

Precisamente a ‘El Jilguero de América’ cuando le hablaban de Juancho Rois, lo exaltaba y recordaba las páginas gloriosas que escribió a su lado, y canciones inmortales como ‘Mujer marchita’, ‘Lloraré’, ‘Sanjuanerita’, ‘Ruiseñor de mi Valle’, ‘Nació mi poesía’, ‘Paisaje de sol’, ‘Lirio rojo’, ‘Un hombre solo’, ‘La gordita’, ‘Al otro lado del mar’, ‘El corazón del Valle’, ‘Calma mi melancolía’, ‘Dime por qué’, ‘La contra’, ‘El cariño de mi pueblo’ y ‘Amar es un deber’, entre otras.

Cuando se le preguntaba sobre el éxito de su larga carrera musical ponía de presente el apoyo de su familia, de sus seguidores, de sus colegas y especialmente de los medios de comunicación. También llegó a esa instancia por su disciplina y amor que le tuvo a su arte.

“Cuando nací el vallenato no era comercial, de pronto se volvió comercial, pero manteniendo sus raíces. ´Nunca me he salido de la autenticidad del vallenato y de la originalidad”, aseveró en una entrevista.

Jorge Oñate, fue el cantor que regaló su voz a varias generaciones dejando estelas de alegrías y nostalgias en ese trasegar por los caminos del folclor, donde se encontró con hombres que le componían a la vida, al amor, a la naturaleza, a los amigos, y que se encargaba de llevar sus canciones a la pasta sonora. Él mimaba a los compositores que buscaba en cualquier recoveco de la geografía costeña.

Clásicos vallenatos

Hace algunos años se grabó una producción musical llamada ‘100 clásicos de la música vallenata’, y al 70 por ciento les había incluido su voz Jorge Oñate. “La verdad es que son más de 250 clásicos vallenatos a los que les puse mi voz a lo largo de mi carrera y con grandes acordeoneros”, confesó ‘El Ruiseñor del Cesar.

En una de esas entrevistas con Jorge Oñate, se intentó hacer el ejercicio de escoger un clásico vallenato grabado con cada uno de los acordeoneros que contribuyeron al otorgamiento de premios, distinciones y los más altos reconocimientos a nivel nacional e internacional.

Enseguida respondió. “Eso sí es bien difícil. Es como querer ver el sol en las noches”. De todas maneras, lo intentó y se metió solamente a buscar en las canciones grabadas con los hermanos López, señalando las siguientes: ‘Diciembre alegre’, ‘Bertha Caldera’, ‘Siniestro de Ovejas’, ‘La Paz es mi pueblo’, ‘Los tiempos cambian’, ‘Amor sensible’, ‘Mi gran amigo’, ‘Recordando mi niñez’, ‘Tiempos de la cometa’, ‘Bajo el palo e’ mango’, ‘La vieja Gabriela’, ‘Las bodas de plata’, ‘Saludo cordial’, ‘Mi canto sentimental’, ‘El cantor de Fonseca’, ‘Palabras al viento’, ‘No voy a Patillal’, ‘La Loma’, ‘Dos rosas’, ‘Rosa jardinera’, ‘La muchachita’, ‘Entre placer y penas’, ‘Marula’, ‘Alicia, la campesina’ y ‘Déjala vení’.

Se quedaron tantas canciones por fuera que se arrepintió de entregar ese listado, pero de lo que sí estuvo seguro fue de haber contribuido para que hoy la música vallenata esté enmarcada en la historia que se exalta a través de un acordeón, una caja, una guacharaca y versos donde se condensan imágenes, emociones y alegrías.

Ese era Jorge Oñate, él mismo al que hicieron cantidad de reconocimientos por su carrera artística, entregándole 25 Discos de Oro, siete de Platino y seis de Doble Platino, un Súper Congo de Oro, y el Premio Grammy Latino a la Excelencia Musical, el cual recibió en Las Vegas, Estados Unidos, el 10 de noviembre de 2010.

La canción que no grabó

La tarde del viernes 17 de enero de 2020 el compositor Hernán Gómez Barrios, le entregó a Jorge Oñate la canción en tono menor ´La voz del Jilguero’. Al escucharla hizo la promesa de grabarla, pero no se logró. Quedaron los versos dando vueltas en el recuerdo.

Un Jilguero el que trinaba sin cesar con la brisa a su favor, que gran hazaña y armonioso su canto llegaba, de su terruño hasta Valledupar. Sin su aporte el vallenato no era igual, después de él surgió un acorde perdurable, dos etapas definen al cantante y un acordeón se atrevió a desafiar. Fue el creador quien puso en las notas, la voz más bonita, mil detalles. ‘El Jilguero’, traía una misión y oxigenó este canto tan tradicional”.

El 28 de febrero de 2021 Jorge Oñate se despidió de la vida cuando sus ilusiones volaban por el homenaje que recibiría en el Festival de la Leyenda Vallenata. En medio de la despedida y con lágrimas quedaron las palabras de su esposa Nancy Zuleta. “Lo único que no puede morir es el legado dejado por Jorge Oñate”. Y no ha pasado porque se empeñó en cantar vallenatos hasta el final de sus días.

Tomás Martínez Montenegro: ¡El Curucutiador!

«La cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y vivir»: Milan Kundera (escritor, dramaturgo, ensayista y poeta checo)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

En la vasta y palpitante geografía del Caribe colombiano, donde los vientos arrullan con cantos antiguos y el sol dora las raíces de la tierra, hay almas que no solo habitan el arte: lo respiran, lo encarnan, lo hacen carne viva. Una de esas almas luminosas es la de Tomás Martínez Montenegro: caminante de la palabra y del ritmo, sembrador de memoria, tejedor de identidades.

Escritor apasionado, investigador cultural incansable, compositor de música vallenata y de otros aires del trópico; pero más allá de los títulos, es un hombre que escucha el murmullo del pasado y lo transforma en canto.

Su obra, más que una expresión individual, es un puente de tierra y tiempo, un eco que enlaza generaciones con un hilo invisible pero poderoso: el de la tradición viva.

No fue el azar quien lo bautizó con ese nombre curioso y entrañable: “El Curucutiador”. No lo define un diccionario, sino el alma popular, que reconoce en él a quien husmea entre las raíces, al que curiosea en los pliegues de la historia, al que busca con hambre tierna y terquedad poética lo que otros dejan pasar. «Curucutear», en su universo, es más que mirar: es descubrir, es escarbar en el silencio para encontrar voces. Si le das una palabra, te devuelve un relato; si le das una pausa, te escribe un poema. Tiene el espíritu de un gato curioso y el corazón de un niño que aún no se resigna al olvido.

Nació un domingo, el 8 de marzo de 1981, como si el calendario mismo le hiciera un guiño al arte y a la sensibilidad. Fue en el Hospital Santander Herrera de Pivijay, Magdalena, donde el Caribe colombiano canta bajito en los patios y las madres aún acunan con coplas. Pero su verdadera infancia, la que se escribe con mayúsculas en el alma, transcurrió entre las calles polvorientas del corregimiento de Sabanas, en el municipio de El Piñón. Allí vivió hasta los once años, entre juegos de tierra, cantos de grillos, lluvias dulces y la brisa cómplice que le hablaba al oído.

Fue el primogénito del amor sencillo y profundo de Cira María Montenegro Cantillo y José del Carmen Martínez de la Cruz, campesinos de manos callosas y corazón abierto, sembradores de vida que supieron enseñar, con su ejemplo silencioso, el valor de la tierra, la dignidad del trabajo, el milagro cotidiano del maíz que florece. En ese hogar de afectos humildes y raíces hondas, Tomás aprendió a escuchar el lenguaje secreto del mundo.

Su primer contacto con las letras fue en la escuela Las Vásquez, llamada así por el apellido de sus fundadoras. Allí, entre pupitres sencillos y pizarras de tiza, comenzó su travesía por el abecedario de la vida. Fue también el lugar donde despertó su amor por la lectura, la investigación y los cantos vallenatos que ya vibraban en su sangre gracias a su padre, ferviente seguidor de Los Hermanos Zuleta. Aquella música que brotaba de las casetas y los radiotransistores no era solo melodía: era historia viva, poesía campesina, mapa del alma costeña.

Cursó hasta cuarto de primaria en la Escuela Rural Mixta de Sabanas, donde guarda un recuerdo especial de la profesora Emma Pizarro, maestra de las que dejan huella, a quien aún conserva en su afecto y memoria. Luego, su camino lo llevó de regreso a Pivijay, donde culminó el quinto grado en la Escuela Urbana de Varones No. 1, y más tarde la secundaria en el Colegio Nacional de Bachillerato (hoy Liceo Pivijay), donde no tardó en destacarse por su inteligencia aguda y sensibilidad singular.

Pero Tomás no es solo un académico ni un artista de libreta. Es un curador de lo intangible, un cronista de lo que se siente más que de lo que se dice. A la par de su formación profesional, ha dedicado su vida a escribir, componer, investigar y preservar la cultura costeña, esa herencia mestiza y luminosa que habita en cada esquina del Caribe. Sus raíces campesinas no son un recuerdo, son el faro que guía su palabra. El contacto íntimo con la naturaleza, con la sencillez de la vida rural, con los silencios que también narran, ha sido la savia que nutre sus libros, sus canciones, su mirada.

El vallenato, más que música, ha sido para él una forma de estar en el mundo. Desde niño, esas letras cargadas de historia y envueltas en melodías que saben a campo y a calle le marcaron el alma. De esa pasión nació el compositor que hoy habita en él. Sus canciones no son artificios: son ventanas abiertas al alma popular, reflejos de su gente, de su pueblo, de su infancia. Tienen el perfume del campo y el ritmo del corazón costeño. Son, como él mismo, una mezcla de tierra y cielo, de lágrima y carcajada, de pasado y presente.

Luego se traslada a la ciudad de Bucaramanga para adelantar sus estudios universitarios y se gradúa de Ingeniero Industrial, con Especialización en Gerencia de Proyectos y un MBA en Administración y Gestión de Empresas.

La llegada a la llamada «Ciudad Bonita» lo marcó profundamente porque pudo apreciar el contraste radical entre el Caribe y la región andina. El cambio geográfico, cultural y emocional le provocó tristeza y melancolía y fue precisamente ese duelo con la nostalgia lo que lo impulsó a escribir un libro sobre la cultura costeña. Para Tomás, la cultura no es solo geografía: es identidad, es herencia, es una forma de respirar el mundo.

Es entonces cuando crea la página “Cultura Costeña: palabras, dichos, costumbres y creencias”, un espacio digital de rescate, de memoria, de exaltación de lo nuestro. Su motivación: escudriñar y descifrar esas huellas culturales y paleontológicas del lenguaje y la tradición oral, que están a la vista, en el habla, el imaginario colectivo, la música y las letras. Todo ello nace de su nostalgia, sí, pero también de una voluntad profunda por preservar y dignificar la vida del pueblo.

A esto suma una intención académica: insertar fundamentos historiográficos y lingüísticos al conocimiento popular, para demostrar que la oralidad también posee valor documental y profundidad intelectual. Sostiene que cuando uno vive en un pueblo, está bajo el embrujo macondiano, y eso muchas veces no permite vislumbrar la riqueza que se tiene.

Estas y muchas más razones nos confirman que Tomás Martínez Montenegro seguirá curucutiando, porque su gente se reconoce en sus libros, en sus canciones, en sus publicaciones. Su diálogo constante con lectores y seguidores le ha permitido descubrir la mayéutica socrática: preguntar para que otros encuentren la verdad que yace en su interior. Ese ejercicio se ha convertido en una sinergia del conocimiento, gestado colectivamente, en red, desde el corazón del pueblo.

El Curucutiador aprendió a escudriñar las raíces del alma costeña, nuestra herencia bucólica y rupestre. Y aunque su arte brota de su propia sensibilidad, también es fruto de una herencia literaria: su tío materno Julio Montenegro, compositor, poeta y escritor, y sus primos Rafael Montenegro García, relator costumbrista de corte picaresco, y Nelman Montenegro López, narrador de cuentos e historias populares.

Tomás Martínez nació con el don de contar historias. Las vive, las canta, las transforma en puentes hacia la memoria colectiva. Es un escritor de raíces profundas, un investigador incansable de los saberes ancestrales, un compositor de versos que se hacen vallenato en el corazón de la gente, un creador de contenido que honra lo cotidiano, lo auténtico, lo nuestro. En cada una de sus facetas, es un guardián de la cultura, un tejedor de identidades que, con sensibilidad y amor, le da voz a las tradiciones que habitan en la entraña del Caribe colombiano.

Libros publicados: ‘Homenaje al Pueblo de la Cultura Costeña’ (Tomo 1 y 2).

En proceso: Obra lingüística e histórica con cerca de 300 expresiones raizales del dialecto Costeñol.

Relatos costumbristas e investigaciones destacadas:

  • Durmiendo en la iglesia de Corralviejo.
  • Descifrando la expresión «Apa ‘o’a» de Alejandro Durán.
  • Quedar con los crespos hechos: origen, usos y variantes en la cultura costeña colombiana.
  • Un hombre fuera de tiempo: Nelman Montenegro.
  • El bohemio: Manuel del Cristo Martínez de la Cruz.
  • Un personaje del pueblo: Augusto César Montenegro Ternera.
  • El Saca Muelas’ sonrisa hasta la eternidad, entre muchos más.

Canciones (grabadas e inéditas): Más de 60 composiciones; entre ellas, ‘Soy de pueblo’, ‘Amor de costumbre’, ‘La bendecida’, ‘Noche de tangas’, ‘Vallenato en gaitas’, ‘Navidad en el pueblo’, ‘El mechón’, ‘El machete’, ‘El Paso de Los Durán’, ‘El pueblo es la inspiración’, ‘El sabanero de oro’, ‘La danza del río’, entre otras joyas musicales.

Intérpretes destacados,
cantantes: Daniel Camilo Baquero Romero, Carlos Alvarado Rodríguez, Horacio «El Chacho» Mora, José de la Cruz, Carlos Mario de la Cruz, José Yancy, Elías Figueroa.
Acordeoneros: Eris Puentes, Xavier Kammerer Ramos, José Martín de la Cruz.

Festivales y premios:

  • Festival Río Grande de la Magdalena (2021) – Primer lugar en canción inédita.
  • Festival La Perla del Norte (2022) – Tercer lugar.

Participaciones en El Banco, Valledupar, Pivijay, Urumita, La Loma, entre otros.

Eventos literarios y publicaciones:

  • Antología Internacional «Entre la guerra y la paz» (2022).
  • Antología «Tejiendo memoria» (2021).
  • Feria del Libro “Déjame leer en paz” (2022) – Barrancabermeja.
  • Festival Autóctono III (2025) – Piedecuesta, Santander.

Tomás Martínez Montenegro es más que un nombre en las páginas del folclor, es un eco que vibra entre las palmas y el polvo del camino. Es un farol encendido en la noche del olvido. Es artesano de la palabra y de la nota, cantor de la memoria y del alma, alquimista del pasado y sembrador de futuro.

En su pluma, la cultura se hace río; en su voz, la historia canta; en su corazón, el pueblo encuentra refugio. Él no solo escribe, consagra. No solo compone, honra. No solo investiga, revela.

Escritor de la memoria viva, compositor del alma popular, investigador de los silencios heredados, gestor del espíritu comunitario y creador digital de un archivo emocional que no cabe en bibliotecas.

Tomás es verbo y raíz. Es tambor y verso. Es pueblo, es tierra, es viento, es fuego. Es Caribe que no se olvida.
Es, en definitiva, el Curucutiador eterno, custodio de lo nuestro, sembrador de identidad, cantor de la verdad profunda que solo los que aman su origen logran convertir en poesía.

Atentamente, Ramiro Elías Álvarez Mercado.

Javier Díaz Daza: Un compositor con alma sentimental

«La música es el reflejo de los sentimientos de quien la compone»: Wolfgang Amadeus Mozart (compositor austriaco).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Cada obra musical tiene detrás una historia, ya sean vivencias personales o ajenas, arte o sucesos, siempre hay algo que permite ligar una canción a un contexto determinado. Los autores utilizan la música como medio de expresión en razón a que con ella pueden transmitir sentimientos universales que son recibidos por los oyentes. En el vallenato, existen compositores cuya obra refleja profundamente sus emociones, como es el caso de Javier Díaz Daza.

Nacido en el municipio de El Molino, un martes 27 de abril de 1965, en el sur del departamento de La Guajira, al noreste de Colombia, Javier es hijo de Néstor Pedro Díaz Morales y Ruby Esther Daza Zubiría. Según cuentan, llegó a este mundo en una casita de barro y palma: humilde, pero con mucho calor humano. Nació en una familia de molineros dedicados a las tareas del campo y la agricultura, con una marcada influencia de la música de bandas, guitarras y acordeones. Esta vena musical fue heredada de su padre, un destacado intérprete del tiple y la guitarra, así como de otros parientes como Juan Díaz (clarinetista), Benedito Díaz (cantante), Francisco «Chico» Díaz (cantante y compositor) y Tadeo Morales (acordeonista), entre otros.

A los pocos meses de nacido, su abuela materna, Marcelina Daza, lo llevó junto a su madre a la población de Manaure, conocida como «El Balcón del Cesar», un pueblo muy hermoso, rodeado de paisajes naturales y riqueza agropecuaria. Allí vivió hasta los cinco años, para luego trasladarse a Valledupar donde el pequeño Javier comenzó a tener contacto directo con la música vallenata. En la «Capital Mundial del Vallenato» ya se escuchaban en su esplendor las canciones de los juglares: Alejandro Durán, Calixto Ochoa, Abel Antonio Villa, Nicolás «Colacho» Mendoza, Alfredo Gutiérrez, Juancho Polo, entre otras estrellas de este firmamento musical.

A medida que crecía y empezaba a presenciar parrandas y festivales, trepado en el árbol de mango de la mítica plaza Alfonso López en Valledupar, su oído se fue agudizando. Prestaba cada vez más atención a las interpretaciones de esos maestros que convergían en ese tipo de escenarios naturales. Las melodías que salían de los acordeones, guitarras, cajas y guacharacas eran un deleite para este inquieto muchacho que desde ese momento soñó con crear canciones para alegrar no solo su vida, sino también la de los demás.

Durante su infancia y adolescencia, además de Manaure y Valledupar, Díaz Daza vivió en otros lugares como San Juan del Cesar y Maicao. Finalmente, a los 15 años, regresó a El Molino para conocer a su padre y hermanos. Para entonces, ya tenía un cuaderno lleno de versos que más tarde se convirtieron en sus primeras canciones. Aprendió a tocar la guitarra lo que complementó su inclinación musical. Este instrumento se convirtió en su compañero de viaje, amigo y confidente. Es su extensión, su voz, su alma. Unidos por cuerdas y sentimientos, la guitarra y él crean una sinfonía de emociones.

Entre la Sierra y el Valle de los Santos Reyes nacieron sus primeras canciones, que le cantaban a sus primeras conquistas amorosas y a la naturaleza, de una manera profundamente sentimental.

El hecho de haber vivido en diferentes lugares enriqueció su influencia musical, pues la exposición a diversos ambientes, estilos de vida y culturas fue fundamental en su obra. Nació y creció rodeado de la música y la cultura vallenata, y esa fue la chispa que encendió su pasión por la composición. Su inspiración proviene de la vida cotidiana, de las historias y leyendas de su región, de las mujeres y la naturaleza que rodean su entorno.

En el vasto universo de la música vallenata, donde sobresalen grandes maestros de la composición, Javier ha sido un gran admirador de muchos de ellos, especialmente de Leandro Díaz, Octavio Daza y Hernando Marín. Como compositor, ha sabido recoger las raíces de esta expresión musical para darles una nueva vida a través de sus propias creaciones. Fusionó su propia voz con la influencia de sus maestros, especialmente en los temas de corte romántico y sentimental.

No todos los caminos hacia la música estuvieron llenos de aplausos desde el primer intento. Para Díaz, componer canciones era más que un sueño: era su forma de entender el mundo. Desde niño, llenaba cuadernos con letras, y en su mente brotaban melodías y acordes que acompañaban sus emociones más sinceras. Pero convertir esas ideas en canciones grabadas por artistas reconocidos fue una batalla cuesta arriba.

Durante mucho tiempo, tocó puertas que no se abrían, envió canciones sin recibir respuesta e incluso fue ignorado en reuniones donde apenas lograban escuchar el primer verso. Sin embargo, estaba convencido de que había algo especial en sus letras y en el mensaje que transmitía a través de ellas. Creía en su música; incluso, cuando parecía que nadie más lo hacía.

El cambio llegó poco a poco, cuando la agrupación conformada por Marcial Luna y Gustavo Camelo, conmovidos por una de sus canciones, decidieron llevarlo a un estudio de grabación con un tema titulado «No digan nada». Aunque no fue un éxito masivo, sí fue el comienzo. Ese pequeño y significativo paso le dio visibilidad y, lo más importante: credibilidad. De ahí en adelante, otros artistas comenzaron a interesarse por su estilo sentimental, honesto y emotivo, caracterizado por su capacidad para evocar emociones con letras y melodías contadas en un lenguaje poético y musical que es a la vez sencillo y profundo. Su sello personal se distingue por ser melancólico, y sus melodías son fáciles de recordar y cantar.

Javier tiene un corazón que late al ritmo del vallenato, y un alma que se desborda de sentimientos. Es un compositor que teje historias de amor y desamor con hilos de melodías y poesías, en donde la pasión y el sentimiento se desbordan en cada nota, en cada acorde, en cada verso.

Como muchos compositores vallenatos, los festivales ha sido un escenario propicio para dar a conocer sus canciones, donde la música se convierte en un espectáculo de emociones y sentires. Festivales como los que se realizan en Valledupar, El Molino, San Juan del Cesar, Maicao, Barrancas, Villanueva y hasta Bogotá sirvieron de plataforma para que él, al igual que otros autores, pudiera mostrar sus obras musicales y darlas a conocer al público.

Díaz ha sido un músico que siempre ha sabido combinar su amor por la música con una sólida formación académica. Logró equilibrar su creatividad con la responsabilidad profesional, y se graduó como Administrador de Empresas, Especialista en Estrategias de Campañas Políticas, docente universitario, Especialista en Marketing, con varios años de experiencia en el sector público y comercial.

Después que le grabaron su primera canción, otros artistas de la música vallenata comenzaron a interesarse por sus composiciones. Temas como: «Ayúdame a olvidarte», «Himno al amor», «Un compromiso contigo», «Por poquito», «Esa noche», «Cómo lloran los hombres», «Aventurera», «Tu mejor amante», «Una mujer como tú», «En el sur me quedo», «Señor de los sueños», «A que te conquisto», «Te quedó grande el amor», entre muchas otras, hacen parte de casi un centenar de canciones que se escuchan en las voces de Alberto «Beto» Zabaleta, Marcos Díaz, Luis «El Pade» Vence, Jeiman López, Éric Escobar, Alberto «Tico» Mercado, Reinaldo «El Papi» Díaz, Janner Moreno, Nibaldo Villarreal, Los Hermanos Lora (Juan Carlos y Eduardo) e incluso del internacional cantautor y músico dominicano Wilfredo Vargas.

Hoy en día, Javier Díaz Daza, además de componer e integrar la agrupación «24 Quilates» junto a sus colegas Jeiman Casicote y Álvaro Pérez, también se dedica a otra faceta importante en la música: la de productor.

Y puede decir con entusiasmo que ha cumplido su sueño de siempre: ser compositor de música vallenata. Ha logrado algo muy importante: que sus canciones vivan en las voces de otros. Cada grabación, cada interpretación de sus temas es una prueba de que la perseverancia tiene eco. Y aunque sigue enfrentando desafíos sabe que su camino musical va en la dirección correcta. Porque, a veces, el talento necesita tiempo pero cuando se combina con pasos firmes y constancia siempre encuentra una forma de ser escuchado.

Este administrador de empresas, músico por pasión y convicción, ha encontrado su refugio en la tranquilidad de su familia, al lado de su esposa Arleth Patricia Mejía Anaya y sus hijos, Luisa Fernanda y Moisés David, en Maicao, La Guajira. Un pueblo que lo acogió como un hijo más. Porque para Javier Díaz Daza, la música es su predilección; la familia su inspiración y este lugar que escogió como su hogar, su refugio.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Grupos ganadores de Piloneras en las categorías Mayores, Juveniles e Infantiles

Los grupos de Piloneras se tomaron durante dos días, abril 29 y 30, una extensa calle de Valledupar para darle la bienvenida a la versión 58 del Festival de la Leyenda Vallenata en homenaje al Rey Vallenato Omar Geles.

Todo se llenó de fiesta y música donde se disfrutaron dos espectaculares Desfiles de Piloneras, en las categorías Infantil, Juvenil y Mayores.

Durante el desfile de Piloneras categoría mayor, el cantante Peter Manjarrés, acompañado de su acordeonero Luis José Villa, sorprendió a los asistentes interpretando sus mejores éxitos desde un tráiler adornado con flores. Peter Manjarres es un icono del Festival de la Leyenda Vallenata, por su amor y sus canciones, que nos recuerdan lo bella y única que es Valledupar.

La danza del Pilón Vallenato, se desarrolló con maestría por los entusiastas grupos, que cautivaron a miles de espectadores propios y visitantes, los cuales se dejaron llevar del ritmo contagioso y colorido despliegue de vestuarios y accesorios.

En medio de la competencia amistosa y el fervor festivo, el Desfile de Piloneras se volvió a consolidar como uno de los momentos más esperados y emocionantes del Festival de la Leyenda Vallenata, celebrando la música, la danza y la identidad de un pueblo que late al ritmo del folclor vallenato.

Definitivamente, el Desfile de Piloneras estuvo llenó de color, tradición y un sinfín de emociones donde se sentó un precedente y Valledupar fue testigo una vez más de la alegría y la emoción que permitió admirar la danza del Pilón, cargada de identidad y sentimiento.





Ganadores

El listado de los ganadores en las categorías Mayor, Juvenil e Infantil, donde este año se tuvo la mayor acogida a través de 243 grupos inscritos, (Mayores, 156; Juveniles, 53 e Infantiles, 34), es el siguiente.

Polineras Mayores
1.- Fundación artística Nabusimake
2.- El Pilón De Migue
3.-  Río Luna

En Valledupar, el seis (6) de mayo de 2025, se reunieron en las instalaciones de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, las personas quienes obraron como jurados del Concurso de Piloneros y Piloneras Categoría Mayores, con el fin de dirimir el empate que se presentó en dicho concurso en el tercer puesto, dado que los grupos Pilón Cañahuate y Río Luna, obtuvieron 40,75 puntos cada uno.

El jurado integrado por Jesualdo Hernández, Nidio Quiroz, Stalin Galvis, Milton Avendaño, Rosana Cabas, Solangel Saurith, Mary Saurith, Nidia Galvis y Lucelys Medina, dejó consignada en el acta el siguiente texto. “En nuestras experiencia y criterios, la presentación realizada por cada uno de los dos (2) grupos, observamos que de acuerdo con los reglamentos estipulados en el manual del concurso para Piloneros y Piloneras de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, para los ítems de expresión corporal, coreografía, originalidad, vestuario, acompañamiento musical y armonía; como jurados, decidimos otorgar el tercer puesto al grupo Rió Luna”.

Piloneras Juveniles
1.- Los caminos de la vida
2.- Institución educativa Nacional Loperena
3.- Pilón Joseumar

Piloneras Infantiles
1.- Hogar del Niño
2.- Los pequeños del balcón
3.- Piloneritos Colsafa

Listado de Acordeoneros profesionales que pasaron a la Semifinal

La Fundación Festival de la Leyenda Vallenata entrega los 15 semifinalistas del concurso de Acordeón Profesional.

La primera y segunda ronda fue mucha de altura entre los contrincantes y tuvo una respuesta favorable del público que colmó la plaza Alfonso López.

Continúa la competencia hasta llegar a la jornada final donde cinco acordeoneros buscarán la corona de Rey Profesional.