Lorenzo Morales, el errante enamorado del folclor vallenato

-Hace 12 años murió en Valledupar el juglar nacido en el pueblo de Guacoche, desde donde proyectó su talento hasta llegar a la cúspide del folclor, añadiéndole el amor a las mujeres-

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

A Lorenzo Miguel Morales Herrera, ‘Moralito’,  cuando lo sacudía la inspiración tomaba su acordeón y cantaba. Luego al tener la canción regada en su memoria se dedicaba a escribirla para no olvidarla.

En cierta ocasión a una paisana de Guacoche, Cesar, le cantó su más reciente canto. Ella se emocionó con el detalle y le pidió al juglar le regalara la letra. Él buscó la hoja en su baúl y se la trajo.

Al leerla le dijo. “Moralito, yo sé que tu no has estudiado mucho, pero hay algunas palabras mal escritas”. Enseguida se las  enumeró: “conoser, carive, hacabá, banidad, yegamos y vonita”.

Lorenzo miró para todos lados y entonces muy serio le regaló una lección de sabiduría natural, de esas que no tienen vuelta de hoja. “Vea señorita, el vallenato no tiene ortografía. Tiene es canto y melodía”. Ella para no pasar la pena ante la contundente respuesta, le pidió que se la volviera a cantar.

Años después al recordar esa anécdota dijo que estudió poco y no fue un dechado con el castellano, porque antes poco se estudiaba, porque se aprendía era a trabajar para forjarse un futuro en la vida.

Enseguida hizo una exposición sobre como aprendió a leer y medio a escribir. “La verdad es que en mi tierra estudié poco y mi profesor fue Enrique Bracho, pero al poco tiempo se casó y me dejó iniciado. Se fue lejos y de ahí en adelante medio miraba al diccionario que nunca se ha equivocado con el significado de las palabras”.

Sus estudios terminaron al poco tiempo de iniciados, porque se metió en el mundo del acordeón que le enseñó a tocar su hermano Agustín Gutiérrez Morales. “Con él aprendí las primeras notas y como tenía la vocación para el acordeón me fuí solito y no me paró nadie”. Entonces entra en el mundo del jugoso fruto que le sacó a ese instrumento que cayó en las manos precisas.

El rey de las mujeres

“Pasaba horas y horas tocando mi acordeón hasta que pude sacarle buenas notas con las canciones de esa época, dándome a conocer”. Frenó en seco y a los pocos segundos continuó. “Eso me ayudó para la conquista de encantadoras mujeres a las que les regalé canciones, saliendo favorecida inicialmente mi primera novia. Se llamaba Paulina Calvo y con ella tuve mi primer hijo de nombre Miguel Morales Calvo”.

Desde ese instante las canciones de ‘Moralito’ con nombre de mujer se convirtieron en su carta de presentación, hasta convertirse en piropos cantados donde los sentimientos no daban tantas vueltas, sino que caían en la nota precisa.

Se puso a sacar la cuenta y no alcanzó a enumerarlas, pero si a conceptuar. “Con ellas salí bien librado. Una mujer llama mucho la atención. Las idolatré, fuí un vencedor y donde ponía el ojo casi nunca fallaba”. No contento con esa declaración, añadió. “Las mujeres son la vitamina de la vida y el adorno del corazón”. Por su mente hicieron el recorrido esos tiempos idos donde con su acordeón sentó cátedra de amor.

En otra faceta, su compañera Ana Romero, lo ajuició, según sus palabras, Lorenzo Morales en ese tiempo se ganó el título del ‘Rey de las mujeres’. “Lo que no tenía en estatura, lo tenía para conquistar”, señaló Ana. Además contó que él tuvo muchas mujeres que hasta lo peleaban y solamente en Guacoche tuvo cuatro de asiento, lo que ahora llaman oficiales.

En aquel tiempo le propuso que viviera solamente con ella y le daba los hijos que quisiera. “Eso me dio resultado porque cayó en mis redes y tuvimos 17 hijos”. La ventana del amor para Lorenzo y Ana se abrió de par en par dejando que la brisa aumentara las ansias de amar en medio de los cantos donde solamente se valía soñar.

Lorenzo Morales y Ana Romero, unidos hasta la muerte

Consagrado al folclor

El juglar vivió una vida consagrada al folclor y en los últimos años varias enfermedades lo llevaron a una silla de ruedas, desde donde impartía instrucciones. Desde ahí se la pasaba cantando, tocando su acordeón, contando su vida y las historias de sus canciones, siendo la principal ‘El errante’, donde pensando en una mujer expresó que viviría de esa manera porque le había causado demencia y hasta el corazón le titilaba sabiendo que la criminal era la ausencia.

A pesar de ser un juglar completo, tocaba, cantaba y componía, la canción no siendo suya, que lo catapultó fue ‘La gota fría’, que narra la piqueria que nunca tuvo con su compadre Emiliano Zuleta Baquero.

Sobre este tema, al que se refirió en muchas ocasiones, anotó. “Al que le van a dar le guardan, y mi compadre Emiliano con su canción se quiso salir con la suya, pero al final gané, aunque con el bolsillo pelao. Nunca peleamos, fuimos excelentes amigos y compañeros de parranda”.

Al final sobre este tema indicó. “Esas son jocosidades de las canciones y en este caso fuí solamente el protagonista porque porque mi compadre Emiliano no es que fuera tacaño, sino olvidadizo”.

El juglar Lorenzo Morales dejó de tocar su acordeón por una promesa que le hizo precisamente a su compadre Emiliano Antonio Zuleta Baquero. La promesa consistía en que si alguno de los dos moría, el otro silenciaba su acordeón y así se cumplió. Con el más grande dolor ‘Moralito’ dejó de tocar lo que más amaba, su acordeón, el domingo 30 de octubre de 2005.

Moralito’ dejó de tocar su acordeón, pero nunca se le olvidó regalarles piropos a las mujeres, así tuviera 97 años, que no era inconveniente para halagarlas y ponerlas en el más alto pedestal.

Precisamente, estando en Bogotá con motivo del lanzamiento del 44° Festival de la Leyenda Vallenata del año 2011, donde fue homenajeado al lado del maestro Leandro Díaz, una joven periodista lo entrevistó y al verla tan bonita, exclamó. “Esa es mucha vitamina, lástima que no pueda tomármela”.

Lorenzo Morales, quien murió el 26 de agosto de 2011, era un adornador del encanto de las mujeres y nunca dejó de ser un errante enamorado, así ella tuviera el rostro indiferente ante el ancho relámpago de la vida.

Calixto Ochoa celebró con música el ‘Color moreno’ de su piel

-En su natalicio se recuerda a ‘El negro Cali’, quien supo darle el mejor oficio a su memoria al componer memorables cantos que se extendieron por el mundo vallenato como verdolaga en playa-

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

El Rey Vallenato del año 1970 Calixto Antonio Ochoa Campo, desde el escenario que se le mirara respiraba música y la inspiración corría por sus venas con nombres de mujer, de naturaleza, de amigos, de vida, de detalles que dibujaba con una facilidad asombrosa en su mente, hasta llegar a producir cantidades de canciones. Sumó más de mil.

De esa manera, recorrió el territorio costeño extendiéndose a toda Colombia y el exterior, siendo tanta su creatividad que con mucha decencia le puso música y letra a un menosprecio, pero con una elegancia inocultable. La canción la tituló, ‘Mi color moreno’.

El hijo de Valencia de Jesús, corregimiento de Valledupar, quien nació el martes 14 de agosto de 1934, conoció en Sincelejo a Martha Yadira Salcedo, una joven encantadora quien le llamó la atención y enseguida comenzó su estrategia de conquista.

El primer paso fue invitarla con su familia a una finca en San Marcos, Sucre, aprovechando la época de Semana Santa. Ellos aceptaron el paseo y estando allá aprovechó que la joven estaba descansando en una hamaca. Enseguida buscó un taburete sentándose a su lado. Sin dar tantas vueltas fue al grano entregándole la máxima descarga de elogios y la propuesta principal que fuera su novia.

Calixto Ochoa la subió a las estrellas declarando que era la mejor compañía para su corazón, el espejo de su alma y la delicia del sentimiento. Mejor dicho, la medicina que aliviaría sus quehaceres del mañana.

Ella lo escuchó detenidamente y al final cuando tomó la palabra le cerró todas sus intenciones amorosas concluyendo con un “No”. Además, a través de un familiar le hizo saber que no gustaba de negros.

La primera reacción de Calixto Ochoa fue preguntarse sí ese era su parecer, porqué había aceptado la invitación al paseo. Después, lo tomó con calma y al regreso a su casa agarró el acordeón y se desahogó para que la nueva canción estuviera acorde con la resonancia de su espíritu.

‘El negro Cali’, la quería

De esa manera con ese canto comenzó su relato. “Si digo que no la quise estoy mintiendo, porque en verdad yo la quería. Y si digo que la quiero también miento, porque ya la aborrecí. La trataba con decencia y me salía con grosería. Y yo no he dao los motivos para que se portara así. Porque a ella yo nunca la trataba a las patadas, ni la iba a encañonar para que me quiera. Tan decentemente como yo la trataba, y entonces porque razón se portó grosera”.

Entonces con la efervescencia del rechazo y lleno de la mayor sensibilidad le dijo. “En todo caso perdona mi gran equivocación. El otro día me contaron que me odias por el color. Mi color moreno no destiñe, pero perdona mi equivocación”.

En ese momento al cerrar el verso Calixto Ochoa demostró que estaba lleno de entendimiento y con la nobleza que siempre lo caracterizó. Pasado el tiempo y con la decepción todavía latente, supo que ella tenía una relación amorosa. Entonces volvió a sacar una nueva canción que bautizó con el nombre de ‘Negrito gracioso’.

El tema es una descarga de tristeza mezclada con desazón. “Con el hombre que se fue no la ha sabido apreciar, según me cuenta la gente creo que ya está arrepentida, pero ya después del golpe no hay para que lamentar, si todo esto le ha pasado porque ella era muy creída”.

Calixto Ochoa siguiendo con el recuento señaló. “Cuando yo la conocí no quería pisá en el suelo, y me ha despreciado a mí tan solo por el color. Tanto que me rechazaba porque yo y que era muy negro, y en el fin de la jornada le ha tocado uno peor que yo. Yo soy negrito, pero gracioso de lo poquito que se vive orgulloso”. Y remató diciendo que era malo decir que de esa agua nunca iba a beber.

‘El negro Cali’, como era conocido, produjo dos canciones para estar a paz y salvo consigo mismo. En esa oportunidad le comunicó al mundo vallenato que el color moreno nunca desteñía, siendo negrito, pero gracioso, tanto que en el calendario del recuerdo quedaron historias llenas de alegría donde el amor se recreó hasta aplaudir el destino de sus sentimientos.

La primera canción ‘Mi color moreno’, fue grabada por el propio Calixto Ochoa el 13 de junio de 1972, y después lo hizo 24 años después Diomedes Díaz con Iván Zuleta. La segunda ‘Negrito sabroso’, la grabó Calixto Ochoa en 1973.

El juglar que reflexionó sobre la vida y la comparó con un sueño concluyendo que antes de morir había que aprovecharla, contó la historia de las canciones ‘Mi color moreno’ y ‘Negrito sabroso’, la mañana del martes primero de mayo de 2012, con motivo del homenaje que se le rindió en el 45° Festival de la Leyenda Vallenata.

De Calixto no hay que hablar…

Ahora cae como anillo al dedo lo expresado por Luis Francisco ‘Geño’ Mendoza en su canción ‘Festival Vallenato’. “De Calixto no hay que hablar, su talento es conocido”. Y lo corroboró en aquella ocasión Consuelo Araujonoguera al pintarlo de pies a cabeza. “Calixto Ochoa…es extraordinario, es el representante de la clase vallenata que tiene sabor a tierra, a boñiga, a ganado, a campo, a trabajo, a sudor, a esfuerzo. Yo, diría que Calixto Ochoa, es lo más auténtico dentro de la música vallenata”.

Calixto Antonio Ochoa Campo, el juglar todoterreno, dejó ese testimonio cantado y después de su despedida de la vida que sucedió en Sincelejo, Sucre, el miércoles 18 de noviembre de 2015, a las 6:45 de la mañana, sigue siendo realidad que el color moreno no destiñe. Ahora, se evoca aquel suceso refrendando que la esencia del ser humano no está en el color de la piel, sino en el espíritu y el corazón donde palpitan los sentimientos.

La música vallenata se “curucutea” en los fuelles de un acordeón

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

“No sé que tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo escuchamos se nos arruga el sentimiento”, dijo Gabriel García Márquez, para significar las bondades emocionales que produce un buen vallenato tocado en una parranda. El Premio Nobel de Literatura, conocedor como nadie de nuestros juglares, le expresó al mundo que su libro ‘Cien años de soledad’ era un vallenato de 350 páginas.

Excelente manera para exaltar una música que nació en los corrales de distintos caseríos de la costa Caribe colombiana, que interpretaban con su acordeón hombres campesinos curtidos por el sol y las labores propias de su entorno, en cuyo descanso divulgaban cantando los mensajes de la cotidianidad.

Así nació el vallenato, que con el correr de los años fue creciendo hasta ser la identidad de Colombia, aunque para llegar a este sitial de honor fue necesario que los juglares salieran de sus pueblos para dar a conocer sus mensajes cantados con la esencia misma de la boñiga, la tierra mojada, el tinto mañanero y el amor dibujado en el rostro de una mujer.

El vallenato, es la poesía campesina que mezclada con un acordeón, una caja, una guacharaca y unos versos, hacen posible la diversificación de cuatro hermosos aires que tienen como particularidad distintas velocidades, partiendo de la lenta hasta llegar a la más veloz.

Ya lo dijo el juglar Ovidio Granados, de los pocos que le conocen el corazón a los acordeones. “Los aires vallenatos son cuatro hijos con distintos caracteres: joviales, alegres y acelerados”. Tiene toda la razón porque por años los ha tratado con toda la amabilidad.

La mejor forma de saberlo es cuando el acordeonero pone sus dedos a cabalgar en el teclado de su bendito instrumento, y salen las notas precisas de paseos, merengues, sones y puyas. Son cuatro amables hermanos que hacen posible que el folclor vallenato tenga identidad gracias a preciosas obras que son conocidas a través del paso del tiempo.

Canciones gloriosas

En la misma línea musical, ¿Quién no tiene presente al primer arquitecto-compositor que le prometió a su hija construirle una casa en el aire para que viviera bonito en las nubes con los angelitos?; o cuando dos hombres curtidos por penas y alegrías se trenzaron en un duelo de versos para decirse verdades hasta que se acabara la vaina; en fin, son tantas las historias cantadas que podemos remitirnos hasta llegar a un negro de ébano que se dio el lujo de comunicar que en un pedazo de acordeón tenía pegada su alma.

Quizá falte también traer el pensamiento del poeta ciego del vallenato, cuando en un verso hizo caminar a su adorable Matildelina, para que se efectuara el milagro y una porción de tierra sonriera. También al hombre de color moreno que nunca destiñó, diciendo que al llegar las horas de la tarde le provocaba regresar a aquel lugar donde había saboreado el amor. O sin dejar por fuera a ese compositor que prometió no ir a un pueblo porque lo mataba la tristeza. A lo lejos también el recuerdo de un hombre con una guitarra al pecho queriendo querer ver juntas a una mujer blanca con una negra, y que no existieran rencillas por el color.

Las historias de las canciones vallenatas tienen el encanto propio de las cosas que nacen benditas y con el paso del tiempo se van expandiendo como el bostezo, de boca en boca, como lo señaló el maestro Rafael Escalona.

Además de lo anterior, hay que recordar la leyenda de Francisco El Hombre, quien se enfrentó con el diablo en un memorable duelo musical. Después de largo tiempo de estar tocando el acordeón, de lado y lado, y viendo Francisco la sagacidad del diablo, optó por tocarle el credo al revés, asunto que inclinó la balanza a su favor.

Todo este recuento es preciso hacerlo, porque después de ser conocidos en la provincia diversos acordeoneros y compositores, vino un acontecimiento que le cambió la vida a estos hombres que se dedicaban a producir música esencialmente para alegrar a los amigos y a las mujeres que le tocaban su corazón.

El máximo evento

En el mes de abril del año 1968, nació en Valledupar el Festival de la Leyenda Vallenata que con el paso de los años ha sido la matriz para otros eventos del mismo género que tienen la particularidad de abrir corazones, multiplicar alegrías y tener en sus acordeoneros, compositores, verseadores, cajeros y guacharaqueros, a unos genios que se dedican a llevar correos cantados o ser simplemente cronistas musicales.

La gran fortaleza de la música vallenata es haberse anidado en Valledupar, una ciudad donde se trabaja cantando y cada año cuando al llegar el mes de abril abre sus puertas para darle la más grande bienvenida a los que llegan en busca del mejor manjar musical. Es una fiesta única que se puede definir en la siguiente frase. “A quién se le canta aquí a quién se le dan las gracias, a los que vienen de afuera o a los dueños de la casa”.

Precisamente Consuelo Araujonoguera, creadora del certamen, expresó. “Para sacar adelante el Festival de la Leyenda Vallenata han sido indispensables noches de insomnios y días sin descanso para poder hacer todo lo que está hecho, pero hoy podemos decir que, pese a que la tarea no está concluida, hemos logrado rescatar parte importantísima de nuestro pasado histórico y echar las bases de lo que ahora es, sin discusión, la mejor imagen de Valledupar y de lo que los vallenatos somos y representamos ante Colombia y ante el mundo”.

Con este recorrido de letras a las que solamente les faltaron las notas de un acordeón, se corrobora que la música vallenata es la esencia del corazón, la vitalidad del sentimiento y la alegría del alma, donde todos pueden “curucutear” o sea  buscar, para conocer de cerca la más bella realidad cantada.

Hace 50 años Consuelo Araujonoguera, publicó el primer libro sobre música vallenata

-‘La Cacica’ tuvo la visión de poner a andar través de las letras al folclor que se interpreta con acordeón, caja y guacharaca, para que hoy sea la mejor carta de presentación de Colombia ante el mundo-

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

‘La Cacica’, Consuelo Araujonoguera, no solo abanderó el nacimiento en 1968 del Festival de la Leyenda Vallenata, al lado del Expresidente Alfonso López Michelsen y del Maestro Rafael Escalona, sino que dejó para la historia su gran tesis laureada sobre los orígenes y fundamentos de la música vallenata al escribir su libro ‘Vallenatología’. (Ediciones Tercer Mundo 1973). Después salieron dos ediciones más del libro en los años 2002 (Trilogía Vallenata) y 2017.

Sobre lo anterior muy bien lo sintetizó el sacerdote Enrique Iceda. “Consuelo fue una mujer ungida por Dios. Su vida y su obra serán un ejemplo de generación en generación. Ella tuvo grandes alegrías, triunfos maravillosos y también sufrimientos que le arrancaron la vida. Consuelo fue una mujer virtuosa que se entregó a la causa de la música vallenata escribiendo un maravilloso libro, y supo darle la altura necesaria a este bello folclor que hoy recorre el mundo”.

Respecto del libro, cuya investigación duró más de 10 años, Consuelo Araujonoguera al publicarlo, indicó. “Se acepta como verdad común que los primeros acordeones ingresaron al país por vía de Riohacha, en manos de marinos europeos, más posiblemente alemanes o italianos que españoles. Se basa esta apreciación en el comprobado origen del instrumento inventado por Cyrill Demian (1772-1847) en el año de 1829 – esto es 337 años después del descubrimiento de América”.

Seguidamente hizo una anotación sobre el porqué no se quedó el acordeón en la capital de La Guajira. “Cuando los acordeones llegaron a la Alta Guajira, presumiblemente a mediados del siglo pasado (1850 o 1854), ya los guajiros contaban con sus propios medios de expresión musical, y por lo tanto es probable que rechazaran un instrumento foráneo como el acordeón, el cual siguió su paso hacía otras regiones como las que ahora se llaman media y baja Guajira, y más concretamente hacía la provincia de Valledupar donde se asentó y se quedó definitivamente”.

Consuelo Araujonoguera, también citó en su libro a los primeros acordeoneros que tuvo esta amplia zona del país y en su orden aparecen: José León Carrillo, Cristóbal Lúquez, Abraham Maestre, Agustín Montero, Francisco Moscote (Francisco El Hombre), Eusebio Zequeira, Ramón Zuleta, Fortunato ‘Fruto’ Peñaranda, Francisco ‘Chico’ Sarmiento, Luis Pitre, Francisco ‘Chico’ Bolaño, Juancito López, Fortunato Fernández, Fulgencio Martínez, Juan Muñoz, Eusebio ‘El Negro’ Ayala, Francisco ‘Pacho’ Rada y Carlos Araque. “A partir de aquí comienza la generación de los costumbristas que tuvo sus precursores en Emiliano Zuleta y Lorenzo Morales”.

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Abierta convocatoria para el afiche promocional del 57° Festival de la Leyenda Vallenata

-La fecha del certamen festivalero será del 30 de abril al 4 de mayo de 2024-

La Fundación Festival de la Leyenda Vallenata anuncia que del 24 de julio al 31 de agosto de 2023, estará abierta la convocatoria para la creación del afiche promocional del 57º Festival de la Leyenda Vallenata, que se realizará del 30 de abril al 4 de mayo de 2024, y será en homenaje al cantante Iván Villazón Aponte, ‘La Voz Tenor’.

Con esta convocatoria se busca darles la mayor importancia a los pintores, publicistas, ilustradores, diseñadores gráficos, artistas plásticos y profesionales afines, para que sobresalgan con su arte a través del folclor vallenato. Ellos, podrán participar con una propuesta y el ganador recibirá un premio de $3.500.000 de pesos.

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