ALEJANDRO DURÁN: EL REY ETERNO DE LA MÚSICA VALLENATA

«El legado de Alejo Durán, ese gran maestro, nunca morirá porque en sus canciones con sabor a pueblo y a mujeres bonitas dejó las huellas de un hombre bueno, sincero y de un carisma inigualable»: Gabriel García Márquez (escritor y periodista colombiano).

Por: Ramiro Elías Álvarez Mercado

La música vallenata es inspiración, expresa declaraciones de amor, aflicciones del corazón, momentos de recordación, de exaltación y, en algunos casos, algo de picaresca. Es un arte que trae alegría a los corazones y nos enseña a meditar, valorar y a expresar muchas veces sentimientos y emociones que tenemos reprimidos.

En la historia del vallenato propiamente, un montón de músicos han aportado su propio toque personal y estilo, contrario a lo que vemos hoy en día: como la manifestación musical más auténtica de nuestra tierra y carta de presentación ante el mundo.

En la hacienda denominada «Las Cabezas» ubicada en jurisdicción del municipio de El Paso – Cesar, propiedad de la familia Gutiérrez de Piñeres, originaria de Mompox – Bolívar, fue donde se propició el desarrollo musical del gran juglar de la música vallenata, Alejandro Durán Díaz, quién llegó a esta existencia el día miércoles 9 de febrero de 1919, en el hogar conformado por Náfer Donato Durán Mojica y Juana Francisca Díaz Villareal.

Allí cerca a los ríos Cesar y Ariguaní, en medio de cantos de vaquería y de tamboras, fue creciendo este varón fornido, humilde y trabajador en medio de un ambiente festivo y musical, dado que sus padres, al igual que la mayoría de los moradores de ese lugar, conformaron una mezcla étnica muy singular, donde se fueron incorporando, costumbres, tradiciones, gastronomía, música, religiosidad de personas que fueron llegando de las Islas Canarias españolas, africanos carabalíes y el aporte de los indígenas chimilas, produciendo con ello una forma muy particular de convivencia, que se comenzó a reflejar en sus hábitos cotidianos, pero en particular en esa sonoridad para componer y cantar, al son de tambores y acordeones.

El Paso era un pueblo que parecía como si estuviese siempre de carnestolendas por el ambiente alegre y bullanguero de sus moradores, donde los hombres y mujeres se integraban para dar rienda a sus sentimientos de alegría, con danzas, cantos de tamboras y vaquería con instrumentos de percusión, acompañados de acordeonistas ya reconocidos y de gran valor.

Después de lo anteriormente expuesto podemos concluir que la vena musical del «Negro Alejo», como cariñosamente lo llamaban, es heredada de sus antepasados, quienes junto a su abuelo paterno, un músico conocido de nombre Juan Bautista Durán Pretelt, su padre Náfer Donato, acordeonista y su madre Juana Francisca, cantaora y bailadora de ritmo de tambora, abrieron la trocha para que él y sus hermanos conformaran una de las familias musicales más representativas de la música vallenata: Los Durán. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Alejo estaba predestinado para continuar con ese legado artístico y musical.

Su hermano mayor, Luis Felipe Durán Díaz, su tío Octavio Mendoza, gran acordeonista de la época, considerado por algunos investigadores como, un merenguero por excelencia, y su amigo Victor Julio Silva lo influenciaron de manera sustancial en la ejecución del acordeón: instrumento con el cual logró una afinidad absoluta, sintió que algo había en su corazón, y eran esos sonidos emanados de ese instrumento mágico y embrujador, como se diría en el argot popular: fue «amor a primera vista».

Durán Díaz fue un músico autodidacta o empírico, como la mayoría de los contemporáneos a su época, que fueron poco a poco, forjando un estilo propio, no sólo en la ejecución del acordeón, también en la composición y en el canto; eran artistas con impronta propia.

El lugar, el tiempo y el espacio, en que el «Negro Grande» se fue desarrollando, le sirvieron para nutrirse con la magia bucólica de esos bellísimos paisajes, donde se comenzó a gestar su fulgurante figura, quien a pesar de haber recibido el llamado celestial de la música después de dos décadas de su nacimiento, ya con la mayoría de edad, pero que lo llevaba en su sangre, desde que fue concebido por sus padres, oficio al que se dedicó por el resto de su vida, hasta que el creador lo llamó a rendir cuentas el día miércoles 15 de noviembre de 1989 en la capital del departamento de Córdoba, Montería. Como cosa curiosa nació y murió un día miércoles. Sus restos reposan en Planeta Rica – Córdoba, lugar que eligió como su tierra adoptiva, donde se convirtió en su hijo más ilustre.

Habiendo dado sus primeros pasos fue poco a poco reafirmando su estilo original que se caracterizó por una nota pausada, sin aceleres, exquisita, sencilla y con énfasis en unos bajos sonoros marcantes o de acompañamientos con los que adornaba sus bellísimas y mágicas melodías respaldadas por su voz fuerte, clara, melodiosa, con acento profundo y nostálgico, así como por las muletillas que siempre acompañaron sus interpretaciones y que hacen parte de su sello característico: «¡OA!», «¡APA!», «¡SABROSO!», lo cual lo acompañó a lo largo de su fructífera carrera musical y que le valió ser conocido como una figura del folclor colombiano, pues con su acordeón al pecho recorrió pueblos y ciudades de la Región Caribe dejando una huella imborrable. Siendo un hombre andariego y recorrido jamás se apartó de su personalidad bonachona, de estirpe campesina, sin dobleces, bondadoso y franco en todo, donde la palabra tenía más valía que un papel firmado.

Habiendo dejado las faenas agrícolas y ganaderas a un lado, con 24 años de edad comenzó a soñar con su trasegar en la vida musical, ya que en ese momento el acordeón se había convertido en su más fiel compañero, y es cuando decide salir de una vez por toda de su adorado terruño para dar a conocer su música y talento, algo que caló muy fácil y rápido en sus nacientes seguidores por donde quiera que se presentaba; porque aparte de sus dotes artísticos, tenía un carisma arrollador y seductor ante el que sucumbían todos los que escuchaban las notas mágicas y sonidos embrujadores que brotaban de su instrumento bendito. Su estampa de ébano, recia, imponente, hacía que su presencia nunca pasara desapercibida.

Después de varios años recorriendo diversos pueblos del caribe colombiano en sus famosas «corredurías» de largos meses llega a la ciudad de Barranquilla donde cristalizó uno de sus sueños: la grabación de su primer disco, en el año 1950, titulado «GÜEPAJE», paseo vallenato conocido también como «LA TRAMPA». A partir de su llegada a la pasta sonora su figura alcanza una dimensión impresionante y se consolida musicalmente con su estilo auténtico, único e irrepetible, con el que empieza a diferenciarse cada vez más de sus compañeros de oficio, no solo en la interpretación de su acordeón y voz, sino porque ya no solo se limitaba a relatar los sucesos que acontecían en los pueblos como lo hacían los demás Juglares de su época, más bien las adornaba con su criterio personal. Había pasado de lo meramente anecdótico a un mensaje más directo, contundente y profundo; su percepción del amor y las mujeres, el entorno natural que lo rodeaba, junto con la mirada filosófica de la vida, fueron los temas más frecuentes en el «Negro Durán» en su rol de compositor.

La consagración como el primer Rey Vallenato en el año 1968 le empieza a dar mucho más prestigio a la música vallenata, porque encontraron en el «Rey Negro» al más digno representante de esta expresión musical y cultural ya que encarnaba la figura del Juglar y músico completo (cantante, compositor y acordeonista), además de ser querido y casi que venerado por propios y extraños.

Ese mismo año de 1968, fue seleccionado para asistir a los Juegos Olímpicos en México y representar a Colombia en unas Olimpiadas Culturales, celebradas simultáneamente, frente a delegaciones de otros países alzándose con la medalla de oro, por sus maravillosas presentaciones musicales de nuestro Caribe colombiano, que emocionaron a los asistentes, motivo que sirvió para que fuese invitado a otros países, como Estados Unidos, donde se consagró frente a una multitudinaria asistencia en el Madison Square Garden de la ciudad de Nueva York .

Fue un Juglar que no solo interpretó sus propias creaciones, también lo hizo con obras musicales de autores de gran renombre como: Leandro Díaz, Rafael Escalona, Julio Erazo, Juancho Polo, Tobías E. Pumarejo, José Barros, Germán Serna, entre otros y lo hizo con mucha altura y calidad porque sabía imprimir con su voz y acordeón un dejo tan especial y repleto de mucho sentimiento; es decir, era capaz de sentir, vivir y transmitir el mensaje de la canción como si hubiera sido el protagonista de la historia plasmada en la letra.

Se caracterizó por ser un músico versátil que interpretó otros aires musicales, como: cumbia, porro, paseaíto, chandé y la creación de otros aires como «el porrocumbé»: fusión de porro y merecumbé, también fueron muy famosas las adaptaciones que hizo de ritmos de tamboras a música de acordeón, las que desde niño le escuchó cantar y vio bailar a su progenitora, tales como: «La candela viva», «Mi compadre se cayó», «Dime con quién andas», «Volá pajarito», entre muchas más.

El maestro Alejandro Durán fue un hombre auténtico que nunca se apartó de su idiosincrasia de origen raizal y campesino, y por donde quiera que se desplazaba siempre portaba su sombrero vueltiao, símbolo del pueblo sabanero que lo acogió con los brazos abiertos.

El hecho de haber viajado y recorrido ciudades grandes en su tierra y el exterior, jamás afectó su trato deferente y amable, siempre con esa sonrisa que iluminaba su rostro, y un cariño inmenso para sus contertulios. Siempre luchó por defender la autenticidad, nunca se envanecía ni vanagloriaba de sus éxitos, ni exigía grandes sumas de dinero, sino que lo dejaba a consideración de quienes solían buscarlo, lo que ellos estimaran. Tampoco discriminó a nadie, se consideraba un hombre común y corriente a pesar de la grandeza que encerraba, sin ínfulas de nada, solo cantando y tocando las historias, tal como las veía y sentía en su vida cotidiana.

La alegría y espontaneidad le brotaban constantemente, era algo común en él, y siendo un músico de un trajín agitado de fiestas y parrandas, nunca se le veía consumiendo licor alguno, ni siendo insolente en sus palabras, ni le afectaba su popularidad, por el contrario era de una sencillez impresionante, respetuoso con sus semejantes.

El maestro Alejo dejó un legado musical incalculable, por lo que hoy sigue siendo para muchos uno de los más grandes juglares del folclor vallenato de todos los tiempos, quien le dio la dimensión histórica a esta expresión musical provinciana que es orgullo de nuestra tierra.
Hoy por hoy se pueden escuchar sus notas sublimes, mágicas y seductoras, por medio de las distintas plataformas digitales y canales de difusión y en los festivales vallenatos que hacen a lo largo y ancho del país y en otros, como EEUU y México.

Hoy cuando celebramos otro año de su natalicio valoramos cada día los más de 40 de vida artística y más de 100 trabajos discográficos que nos regaló para la historia.
El día que su corazón dejó de latir hubo un silencio total, como si Alejo transmitiese un mensaje, de no bullicio, ni alharaca de ninguna índole, a diferencia de aquellos ídolos mediáticos de barro, figurines cuyo narcisismo no los deja ver sus propios errores, mientras sus conmilitones lo alaban y no les permiten ver su realidad, como se observa casi a diario con muchas figuras de papel.

Cuánta falta nos hace el maestro Alejandro Durán Díaz, porque este juglar se ganó el respeto y la admiración, de toda una generación que apreció la creatividad y la originalidad de alguien que cantó con su «Pedazo de acordeón», canciones evocadoras que llegaban hasta lo más profundo del alma, razón por la cual el pueblo lo erigió como «el Rey Eterno de la música vallenata

‘La tiendecita’ que Diomedes Díaz le regaló a su hermano Elver

-Hace 35 años fue creada una canción que con el correr del tiempo cambió de autor y hasta de nombre, pero hoy ostenta el título de clásico vallenato-

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

El martes 24 de mayo de 1988 la disquera CBS lanzó la producción musical ‘Ganó el folclor’, del cantautor Diomedes Díaz y el acordeonero Juancho Rois, que según los entendidos, ha sido la más vendida en la historia musical de ambos artistas.

Dentro de las 11 canciones grabadas apareció ‘Los recuerdos de ella’, un paseo de la autoría de Elver Augusto Díaz Maestre, pero 35 años después se cuenta la verdadera historia, donde Diomedes Díaz le hizo el más grande regalo a su querido hermano.

‘Los recuerdos de ella’ logró destacarse y estar a la par de otras canciones que aparecieron en ese destacado trabajo musical, tales como ‘Gaviota herida’ (Efrén Calderón), ‘El Pintor’ (Adolfo Pacheco), ‘Páginas de Oro’ (Hernán Urbina Joiro), ‘Déjame llorar’ (Reinaldo ‘El Chuto’ Díaz), ‘Ganó el folclor’ (Roberto Calderón) y ‘El Parquecito’ (Calixto Ochoa).

En esos tres minutos y 53 segundos que dura la canción, Diomedes Díaz narró una vivencia que su hermano Elver le hizo caer en cuenta, cuando de manera frecuente ‘El Cacique’, visitaba la casa de su mamá Elvira Antonia Maestre Hinojosa, ‘Mamá Vila’.

Elver, el mensajero de las frías

Elver Díaz, sentado en una banca afuera de la casa de su mamá Elvira, ubicada en el barrio San Joaquín de Valledupar, quiso recordar por primera vez aquel episodio que le ha prodigado las mayores alegrías musicales y económicas.

“Diomedes llegaba bien temprano de su casa en el barrio Los Cortijos, a la de nuestra mamá que estaba a pocas cuadras. Se venía caminando y con todas las ganas de beber. Enseguida, me tocaba la puerta de la habitación y me hacía levantar  mandándome a comprar cervezas. En cada viaje a la tienda que estaba ubicada a pocas cuadras, compraba dos cervezas y me quedaba con los vueltos”.

Elver siguió recordando aquel episodio y añadió. “Eran muchos viajes los que hacía en la mañana y parte de la tarde, hasta que un día riéndome le dije que pusiera una tienda en la casa. Que se podía tomar las cervezas bien frías recién sacadas de la nevera y no tener que estar yendo cada rato a la tienda”.

A Diomedes le sonó la idea, y cuál no sería la sorpresa de Elver que en corto tiempo entre cerveza y cerveza, sacó la canción. Después de grabada, sufrió el cambio de nombre porque los seguidores no le decían ‘Los recuerdos de ella’, sino ‘La tiendecita’. Y así se quedó.

“Diomedes después de hacer la canción me la cantó en su totalidad, me abrazó y me dijo que la canción era mía, porque yo le había dado la idea principal. Al principio no dimensioné lo que eso significaba, pero al grabarla comenzó a sonar por todas partes y las primeras regalías fueron de 400 mil pesos”, dijo Elver.

Un regalo con regalías

Lo curioso de este hecho fue que Diomedes Díaz hizo la canción, y también le montó la tienda a su mamá. “Si, la tienda fue una realidad y mi mamá le puso por nombre de ‘Los recuerdos de ella’, pero duró menos de dos años. Quebró por mucho ‘fiao’. Mi mamá, quien es de buen corazón, no sé medía para fiar y esas fueron las consecuencias”, contó Elver entre risas.

De otra parte, ha sido tanta la aceptación del tema ‘Los recuerdos de ella’, que a Elver Díaz, le han grabado 60 canciones y ninguna supera en el pago de regalías a la que le regaló su hermano.

Entre las jocosidades aparece la vez en que Diomedes Díaz al ver el éxito total de su canción, y al encontrarse con su hermano Elver, le comentó: “Te va a tocar darme parte de la plata de las regalías, porque ya te pagué las idas a la tienda”.

Enseguida, hizo un rápido recuento de su hermano Diomedes, a quien él se ha encargado de perpetuar a través de su agrupación ‘La familia de Diomedes’, con la cual atiende diversos compromisos musicales. “Puedo decir con conocimiento de causa que el cantante absorbió al compositor, a pesar de que sus canciones nunca pasan de moda porque les imprimía ese sentimiento inigualable al ser reales”.

Los dos hermanos se llamaban cariñosamente ‘Yome’ y ‘Evi’. Eran tan unidos que el primero le regaló una canción a su hermano por servir de mensajero, trayendo en sus manos unas cervezas frías. Además, nacieron con esa chispa para decirle al mundo que la música vallenata tiene la esencia del saber popular, donde se desgajan los más bellos sentimientos teniendo como aliado a un acordeón.

‘Los recuerdos de ella’, en teatro

A pesar de haber sido grabada hace tanto tiempo, la canción todavía tiene vigencia al ser llevada al teatro con el mismo nombre, ‘Los recuerdos de ella’. Esta comedia musical es dirigida por el maestro Víctor Hugo Ruiz y protagonizada por el acordeonero y productor vallenato Éibar Gutiérrez Barranco. La obra se viene presentando desde el año 2019 en Bogotá y distintas ciudades del país.

“La comedia musical vallenata se desarrolla en una tienda de pueblo donde van apareciendo esos episodios que recrearon la canción, teniendo la atención de su propietaria que lleva el nombre de Matildelina”, contó Éibar.

Bonito gesto

Al final, el cantautor Elver Augusto Díaz Maestre dejó escapar varias lágrimas de emoción al recordar a su querido hermano, quien tuvo el bonito gesto de regalarle una extraordinaria canción.

El hermano de ‘El Cacique de La Junta’ sigue pensando que lo mejor es que sus miles de seguidores se tomen con beneplácito sus cervezas bien frías recordando a Diomedes Díaz. “Porque no hay cosa más sabrosa que abrí una nevera, y destapar una cerveza pa’ curar un guayabo”.

Esas fueron las experiencias vividas que tuvo Diomedes Díaz, quien de forma muy clara lo dejó dicho. “Es el ejemplo que quiero dejarle a mis seguidores, que al amigo hay que quererlo, que cuidarlo y protegerlo”. Se las dejo ahí.

Diomedes Díaz Maestre: El cantautor de las multitudes

«La música es la literatura del corazón, que comienza donde terminan las palabras»._ Alphonse de Lamartime (compositor, poeta e historiador francés).

Por: *Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Pocas cosas son tan precisas como la interpretación de una obra musical por un buen cantante.Vocalización exacta y rigurosa que dan lugar a un agradable canto que suele llegar directamente al alma.La música tiene todo tipo de efectos en el ser humano: nos alegra, nos entristece, nos activa, nos hace bailar, nos emociona, ha acompañado a la humanidad desde sus primeros días, cuando aprendimos a utilizar sonidos y cánticos para comunicarnos entre nosotros o con las fuerzas superiores que regían nuestras vidas y que han evolucionado según lo hacía la sociedad.Las voces humanas poseen un timbre que permite distinguirlas entre sí y además poder identificar a la persona que la emite, ya sea al cantar o al hablar.

Una de esas voces privilegiadas para el canto vallenato fue la de Diomedes Díaz Maestre, quien le abrió los ojos a este mundo terrenal una alegre, festiva, radiante y fresca mañana invernal del domingo 26 de mayo de 1957, en el corregimiento de La Junta sur del departamento de La Guajira, más exactamente en las agrestes tierras de una finca llamada «Carrizal». Hijo mayor de la familia conformada por Rafael María Díaz Cataño y Elvira Maestre Hinojosa. En un hogar de campesinos humildes, nobles, trabajadores y de sanas costumbres se fue levantando este pequeño niño que con el correr del tiempo se convertiría en uno de los más grandes artistas de la música vallenata. Diomedes cuyo nombre en la mitología griega significa » *Pensamiento de Zeus*» quien fue uno de los héroes griegos más famosos al combatir en la guerra de Troya, y uno de los guerreros más poderosos en La Ilíada de Homero. Al igual que su homónimo de la mitología, Diomedes Díaz desde muy temprana edad fue un guerrero de la vida que luchó contra todo y de esa lucha constante le brotó su inclinación musical que proviene, según dicen algunos investigadores, de Luis Gregorio Maestre Acosta pariente cercano de su progenitora Elvira Maestre el cual se caracterizó por ser un gran decimero y a pesar de no haber tenido estudios, las componía y recitaba magistralmente. La cercanía con su tío Martín Maestre, acordeonista y compositor fue parte fundamental en su naciente carrera musical.Sus primeros años los vivió como cualquier niño campesino de la zona, colmada de experiencias fantásticas, contacto directo con la naturaleza, animales de corral como: vacas, chivos, caballos, cerdos, burros, muchos de estos criados por sus padres, cultivando la tierra de pancoger (yuca, plátano, malanga, maíz) que hacían parte de las viandas que servían en su mesa y que también comercializaban y era parte esencial del sustento de su familia, todo esto sumado al canto de las aves silvestres, el correr y el sonido del agua de los riachuelos, las fragancias de las flores y verdes hojas de los árboles, el olor al café matutino. Toda esa constelación de múltiples y variados olores, sonidos y paisajes fueron desarollando en él una visión del mundo muy particular, mágico y surrealista que luego plasmaría en sus canciones, ya que no solo cantaba, sino que también componía algo que lo convirtió en el _»cantautor de las multitudes»_.

El Cacique de La Junta como se le conocía en el ámbito musical, fue desde sus inicios una persona dotada de un talento histriónico que deslumbraba en cualquier escenario, donde su figura era casi que venerada por miles de seguidores en razón a esa voz e interpretación prodigiosa que le daba a las canciones, secundado por el carisma arrollador que poseía; era un ser capaz de ejercer una presencia magnética sobre las personas, que sin proponérselo captaba la atención de los demás que disfrutaban y se deleitaban de su compañía en el escenario. Su voz, carisma y comportamiento iban a tono con sus costumbres y la de su fanaticada que lo disfrutó y ovacionó en todo su esplendor, su personalidad de hombre extrovertido, lleno de impulsos, con un aura brillante y resplandeciente, cercano a su pueblo, querendón con las mujeres y amigo de la parranda fueron elementos fundamentales para su formación musical. El carisma no se comercia, más bien se construye y un artista carismático como el «Cantor Campesino» es un purificador de incentivos externos e internos que se inquieta ante lo auténtico, que no intenta ser distinto sino que se diferencia simplemente por ser quien es, sin grandes alardes, ni aspavientos, sencillamente a través de su mera presencia.Para Diomedes la música era como una revelación mayor, las inspiraciones le llegaban cuando más aislado estaba en el espacio y en el tiempo.Ese talento innato de El Cacique doblado de una inteligencia escénica y natural, que le permitía ocupar todo el escenario él sólo, le facilitaba desencuevar en cada canción el espíritu que se escondía detrás de cada palabra.No basta con tener la mejor voz para entonar una canción, hay que sentirla vivirla y apropiarse del mensaje de la misma para poder transmitirla y llegar al corazón de los que la escuchan, siendo esta una de las ventajas del hijo de la señora Elvira que sin tener la mejor voz, como otros de sus colegas, si interpretaba con mucha suficiencia sus propias canciones y cuando lo hacía con creaciones musicales de otros compositores lo logró con mucha altura y calidad, porque sabía imprimir en su voz un dejo tan especial y repleto de sentimiento; es decir, tenía la capacidad de sentir la canción como propia y transmitir magistralmente el mensaje expresado por el autor: era como un actor cuando encarna un personaje.Diomedes Díaz Maestre era un artista nato que dio rienda suelta a su talento y provocó sentimientos y emociones positivas, sus seguidores escucharán sus canciones por siempre una y otra vez y casi que instantáneamente traerán de vuelta todas las emociones, alegrías y recuerdos de momentos vividos a lo largo de los años, porque su legado musical nos ofrece un escape de la realidad, nos hace viajar a otros mundos a través de sus canciones, nos inspira con sus letras y nos conecta con nuestras emociones de un modo muy profundo. Él pudo exteriorizar su habilidad a través del arte musical y potenció todo su talento artístico con el cual llegó a un multitudinario público que lo aclamará por siempre porque las canciones de su ídolo hacen parte de la banda sonora de sus vidas.

José Barros navega en La Piragua del recuerdo

El 12 de mayo del 2007, por todos los rincones de El Banco (Magdalena), y los pueblos vecinos, no dejaron de sonar durante muchas horas las canciones del maestro José Benito Barros Palomino, como homenaje al baluarte del folclor colombiano, a quien le alcanzó la vida para disfrutar el triunfo y recibir importantes homenajes.

Su figura era tan importante, respetada e incluso venerada que todos guardaron luto y coincidieron en señalar que había partido la máxima gloria del folclor colombiano, el hombre que compuso canciones en todos los ritmos y que nunca desentonó.

Tuvo larga vida. Murió a los 92 años. Y fue una vida llena de éxitos, que se consolidaron con el Festival de la Cumbia creado en su honor. En aquella ocasión las voces, aunque roncas, no dejaron de entonar conocidas melodías que él muchos años atrás había sacado de lo más profundo de su inspiración.

¿Y cómo olvidar las palabras de Monseñor Jaime Enrique Duque Correa, cuando habló de los dones que Dios le otorga a cada ser humano? «El maestro José Barros fue un genio de la música y vocero de todo un pueblo con sus canciones. En cualquier oportunidad todos nos sentimos interpretados en sus cantos. Él, con su corazón noble y bueno fue fiel intérprete de nuestros sentimientos y por eso su consagración dentro del folclor colombiano».

La inmortalidad

La inmortalidad del maestro José Barros se escenifica a través de su obra. Para corroborar lo anterior contaba Juan Gossaín que una señora española le pidió a Gabriel García Márquez que le autografiara un ejemplar de ‘Cien años de soledad’, no sin antes decirle que lo admiraba no por la imaginación, sino por el dominio del lenguaje.

El escritor se detuvo. Le sonrió y le dijo: “En mi tierra un músico popular, refiriéndose a una antigua canoa que viajaba por el río, escribió este verso: “Ya no cruje el maderamen en el agua”. Maderamen, señora. Maderamen. ¿De qué se sorprende usted?

Exactamente, es un verso de la célebre canción ‘La Piragua’ que era propiedad del comerciante Guillermo Cubillos, esa misma que se paseaba de El Banco, viejo puerto a las playas de amor de Chimichagua donde se quedó para siempre.

El día de su partida se recordó que le tocó ser un caminante por diversos senderos del mundo donde trabajó, cantó y demostró que los pesares también se cantan, así lleguen muchas navidades negras y el pescador se niegue a ir a su faena diaria porque es fuerte el rumor a cumbia y a aguardiente.

También su familia se comprometió a enarbolar las banderas de sus cantos y del Festival de la Cumbia para que nunca mueran.

La tarde de su sepelio cayó llena de tristeza en medio de un sofocante calor y en ese momento se conoció la frase que dejó reseñada en una libreta: «Yo, el maestro José Barros, voy navegando por los mares de la muerte… en una Piragua”.

Y los abuelos nos seguirán contando por los siglos de los siglos que por el río Cesar y la ciénaga de Zapatosa navegaba una piragua, de 15 metros de largo, tres de ancho, y dos metros de altura que le construyó Lorenzo Simanca Epalza a Guillermo Cubillos, el hombre que aparece con nombre propio en ese célebre canto cuya acción musical le sigue dando la vuelta al mundo a través de una morena cumbianbera que mueve sin descanso su cadera.

Vida musical

El maestro Barros, nació el 21 de marzo de 1915 y era el menor de cinco hijos del matrimonio de Joao María Barros Traveceido, un comerciante portugués, y Eustasia Palomino. En su extensa producción musical, que se calcula en un millar de obras, compuso cumbias, paseos, porros, pasillos, boleros, tangos, currulaos, puyas, rancheras, merengues y canciones infantiles.

Entre sus más importantes canciones se cuentan ‘La Piragua’, ‘Navidad negra’, ‘El pescador’, ‘Violencia’, ‘El viajero’, ‘Las pilanderas’, ‘La llorona loca’, ‘Arbolito de Navidad’, ‘El gallo tuerto’, ‘Palmira señorial’, ‘Pesares’, ‘A la orilla del mar’, ‘El vaquero’, ‘El minero’ y ‘Momposina’, entre otras.

La entrevista

Corría el mes de junio de 1983 cuando le hice la primera entrevista al maestro José Barros, en su casa de El Banco, pero antes un amigo que lo conocía, le dijo que venía de El Espectador, y como él era gran amigo de Guillermo Cano, todo se facilitó. Habló de todo un poco y especialmente de sus canciones haciendo énfasis en ‘La Piragua’, su éxito más trascendental que tiene más de 15 versiones.

El asunto era que la crónica sería publicada en el periódico Zigzag de Chimichagua, pero para no quedar mal se mandó a Bogotá con fotos incluidas, y a los pocos días la publicó El Espectador.

El maestro Barros estaba feliz y de esa manera ingresé a ser colaborador de El Espectador, y me gané la amistad del autor de esa bella obra que dio a conocer a las playas de amor de mi querida tierra.

Después de 16 años de su partida de la vida lo mejor es recordarlo sentado a las seis de la tarde a la orilla del viejo puerto, mientras el sol se hunde en el agua y van brotando en el cielo los primeros luceros de la noche, y él al ver pasar un pescador canta con emoción sublime:

En la playa blanca

de arena caliente

hay rumor de cumbia

y olor a aguardiente.

En toda la ranchería

se ven bonitos altares,

entre millos y tambores

interpretan sus cantares.

El pescador de mi tierra,

el pescador de mi tierra.

Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

Rosalbina, amor a primera vista con Luis Enrique Martínez, ‘El Pollo Vallenato’

Crónica.

-La esposa del Rey Vallenato considerado ‘El papá de los acordeoneros’, se llevó una cantidad de historias del hombre que le dedicó canciones y le regaló mucho amor-

Por Juan Rincón Vanegas
@juanrinconv

La vida de Rosalbina Serrano de Oro, quien nació el 8 de enero de 1926 en Nervití, Bolívar, y su vida se apagó a  los 94 años, el primero de julio de 2020 en Santa Marta, después de estar viviendo los últimos años al lado de uno de sus nietos, y evocando aquellos episodios donde aparecía como protagonista de la música vallenata.

Todo comenzó en el año 1947 cuando en una fiesta en El Copey, Cesar, ella se dio las manos con el acordeonero Luis Enrique Martínez Argote, y fue amor a primavera vista. Al poco tiempo armaron viaje y se fueron de luna de miel.

Todo no fue color de rosas porque ella era menor de edad y él fue aprehendido y llevado a la cárcel del pueblo. Como el amor florecía y las alegrías del corazón estaban cerca, de común acuerdo decidieron casarse por la iglesia. El acto religioso sin mucha bulla se llevó a cabo en el cercano corregimiento de Caracolí, Cesar.

Desde ese tiempo comenzaron esos días gloriosos de la vida donde los encantos del amor eran azúcar para esas almas enamoradas, y en muchas ocasiones tuvieron algunos altibajos por las correrías de Luis Enrique Martínez, pero él siempre regresaba a la casa y encontraba a su mujer tranquila,  así a ella le hubieran contado algunas historias de escapes del sentimiento al fragor de los tragos y las notas del acordeón.

Con el paso de los años fueron llegando los hijos, dos en el hogar, Victoria y Moisés Martínez Serrano, y cinco producto de sus correrías Alberto, Alexis, Ingrid, María Luisa y Gloria.

El nieto querido

Rosalbina vivió los últimos 15 años de su vida al lado de su nieto Franklin Pérez Martínez, hijo de su hija mayor Victoria, en la Diagonal 30A No. 15-41 del barrio San Pedro Alejandrino de Santa Marta. En los últimos días, él la notaba tranquila, pero de un momento a otro el corazón no le resistió más y se le escapó la vida.

Franklin la recuerda paseándose por la casa y contando las historias de su abuelo que nunca la abandonó, así se demorara largo tiempo en las parrandas en distintos pueblos de la geografía costeña.

“Ella, contaba entre risas que mi abuelo salía a esas largas giras y demoraba mucho tiempo, tanto así que no estuvo presente el día del nacimiento de mi tío Moisés, llegando cuando ya estaba aprendiendo a caminar. Claro, siempre mandaba plata y provisiones para mantener la familia”.

También conto que su abuela se sentaba cerca a ese cuadro que está en la sala donde aparecen los dos. Eso le recordaba la celebración de sus bodas de plata en El Copey, hecho que sucedió el 8 de abril de 1972, quedando también como testimonio una canción del compositor Armando Darío Zabaleta Guevara, grababa por Jorge Oñate y los Hermanos López.

En las bodas de plata

de Luis Enrique y Rosalbina,

se hizo una fiesta muy linda

con música vallenata.

Este es un día sagrado

pa’ Luis Enrique, pa’ Rosalbina

tienen que recordarlo

mientras existan en la vida.

“Cuando mi abuela amanecía melancólica recordaba diversas facetas que vivió con mi abuelo, con quien estuvo casada por espacio de 48 años. Ya se puede imaginar lo mucho que decía y hasta de las muchas canciones que le dedicó”, manifiesta Franklin.

En el campo de las canciones se destacaron: ‘La carta’, ‘Mi negra querida’, ‘No sufras morenita’, ‘Los caprichos de Rosa’, ‘Noticias negras’ y ‘Mi negra querida’, entre otras. A ella, a quien Luis Enrique Martínez, ‘El Pollo Vallenato’ llamaba Rosita, le gustaban varias, pero se quedaba con la que le prometía nunca dejarla porque era un amor matrimonial de esos que duran toda la vida.

Así sucedió porque el hijo de Santander Martínez y Natividad Argote, nacido en El Hatico de Fonseca, La Guajira, murió a su lado el 25 de marzo de 1995 cuando contaba con 72 años.

En ese tiempo de trasegar por la vida alcanzó todos los honores, siendo el principal al coronarse como Rey Vallenato en el Sexto Festival de la Leyenda Vallenata, en el año 1973, y dejar una inmensa historia musical que se sigue manteniendo. Además, una serie de canciones clásicas  vallenatas que lo hicieron socio distinguido de Sayco.

Sin derecho al olvido

Rosalbina, la querida Rosita, en esos diálogos cortos y sinceros con su familia, solía decir que Luis Enrique, su amor eterno, le hacía mucha falta. Esa declaración la sostuvo durante 25 años hasta que Dios la llamó a su santo reino, no sin antes cumplirle la promesa dicha por él en uno de sus cantos de no guardarle luto, ni llorarlo, ni llevarle flores a la tumba y menos de echarlo al olvido.

Ella se fue tranquila, sin mucho ruido, pero con la convicción del deber cumplido ante sus hijos, sus nietos y su familia que supo del máximo valor al amor, a las buenas costumbres, a esta tabla de la vida donde Dios marca el destino y tiene la respuesta para todo. En el ambiente quedó plasmada la canción ‘La despedida’ donde se indica que el juramento es una palabra sagrada que lleva el símbolo de esperanza y fe.

Al final el nieto Franklin hace la declaración más elocuente en homenaje a su abuela Rosalbina. “Nos sigue haciendo falta porque era feliz con cada integrante de la familia conformada por mi esposa María Isabel de la Hoz, mis hijos Franklin Enrique, Farud y Luis Alejandro, quienes teníamos el deber de cuidarla, quererla y dichosos de verla hablar de esa larga vida que le regaló Dios”.

La historia de Luis Enrique y Rosalbina, estuvo matizada por cantos vallenatos, por lejanías cercanas al corazón y por  ese amor que nació a primera vista, teniendo el sello del encanto donde un acordeón ponía la nota más alta.