El 59° Festival de la Leyenda Vallenata tendrá concursantes de siete países y 19 departamentos

Queridos amigos,
tengo el gusto de presentarles esta hermosa canción titulada “No voy a llorar”, interpretada magistralmente por el maestro Silvio Brito, con el impecable acompañamiento en el acordeón de Oscar Correa. Una obra musical del talentoso compositor Eduardo Padilla Bermúdez que hoy quiero compartir con todos ustedes.Cada año aumenta el número de concursantes para el Festival de la Leyenda Vallenata que llega a su versión 59 en homenaje a Israel Romero, Rafael Orozco y El Binomio de Oro de América. Es así las cifras de inscritos son elocuentes y superaron las del año anterior en diversas categorías.

De esta manera, continúa el trabajo de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata en su misión de conservar y promover el vallenato raizal, teniendo como base principal al Festival de la Leyenda Vallenata, que ha sido pieza vital para que sus exponentes puedan mostrar su talento. Todo se inició desde el año 1968 cuando se inscribieron nueve acordeoneros. En esta ocasión lo hicieron 254 entre acordeoneros y acordeoneras.

Este año en el registro de inscritos se tiene la procedencia de siete países: Argentina, Australia, Aruba, Chile, Estados Unidos, México y Venezuela. A su vez de 19 departamentos. Antioquia, Atlántico, Arauca, Bolívar, Boyacá, Caldas, Cesar, Chocó, Córdoba, Cundinamarca, Huila, La Guajira, Magdalena, Nariño, Norte de Santander, Risaralda, Santander, Sucre y Tolima.

Mayor y menor

Entre los miles de concursantes del 59° Festival de la Leyenda Vallenata, se hizo el registro del mayor y el menor que estarán presentes en el 59° Festival de la Leyenda Vallenata.  El de mayor edad es el compositor Julio Cesar Romo Mendoza, nacido hace 78 años, 18 de noviembre de 1947, en El Piñón, Magdalena, y quien ha estado concursando en distintas oportunidades siendo protagonista de esta competencia.

El menor es el niño Jasub David Gutiérrez Lobo, nacido en Valledupar el 24 de marzo de 2019, quien cuenta con siete años y acompañará como cantante al acordeonero infantil Jostin Mateo Campo Quintero.

Cambio de instrumento musical

Como dato interesante dos concursantes no participarán en la misma categoría como lo hicieron el año pasado. Se trata de la niña guacharaquera Emelyn Fortich Arrieta, de Arjona, Bolívar, quien ahora cuenta con 9 años, y acompañó al acordeonero infantil Gabriel Alberto Ovalle Martínez. En esta oportunidad se inscribió en el concurso de acordeonera menor.  Ella tendrá el acordeón al pecho para interpretar paseos, merengues, sones puyas.

Por su parte el Rey Vallenato Juan David ‘El Pollito’ Herrera Pimentel en esta ocasión estará como cajero del acordeonero Arismalder Loperena Vega. Así mismo, dentro del Festival de la Leyenda Vallenata, tiene un récord al ganar en el año 1986 la corona de Rey Infantil, y en esa misma final acompañó en la caja al acordeonero Gregorio ‘Goyo’ Oviedo, quien ocupó el tercer puesto. El segundo lugar le correspondió a Madeleine Bolaño. El jurado de ese año lo conformaron Mario Zuleta Díaz, Rodolfo Cabas Pumarejo, Alberto Muñoz Peñaloza, Gonzalo Sierra Rodríguez y Ciro Meza Monsalvo.

Gran convocatoria

Este año los concursos de Piloneras y Pintura Infantil aumentaron considerablemente el número de inscritos. En Piloneras estarán 171 grupos mayores, 52 juveniles y 42 infantiles. El rescate de la danza tradicional de Valledupar se inició en 1981 y 13 años después se convirtió en concurso.

Por su parte, el concurso de Pintura Infantil, ‘Los niños pintan el Festival de la Leyenda Vallenata’ se inició hace 16 años con 12 estudiantes y en esta ocasión se tendrán en acción a 332. Todo un esfuerzo y dedicación por unir cultura y folclor en estos espacios del imaginario colectivo.

Gratitud

Respecto a esta numerosa convocatoria para la versión 59 del certamen el presidente de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, Rodolfo Molina Araújo, “Esta alta cifra de inscritos de siete países y 19 departamentos nos demuestra que la labor desarrollada a lo largo de los años viene arrojando los mejores frutos. Nuestra gratitud es inmensa para todos y más viendo que Valledupar se llenará de notas de acordeones, cantos y versos. Queremos agradecer a todas las autoridades por su valioso acompañamiento”.

Valledupar está preparada para volver a hacerse sentir a través de su verdadera manifestación cultural, folclórica y musical, convirtiéndose en un encuentro de tradiciones, historias y sonoridades en acordeón que se preservan a través de los cuatro aires: paseo, merengue, son y puya, junto con la piqueria y las canciones.

El concursante más pequeño
Julio Romo compositor veterano

Exitoso lanzamiento musical de “Se vale llorar”

Con gran aceptación por parte del público y del gremio musical, se realizó el lanzamiento oficial de la canción “Se vale llorar”, obra del compositor Eliecer Rada Serpa, interpretada de manera magistral por el maestro Fredy Hernández Moreno, acompañado en el acordeón por Fredy José.

El lanzamiento se llevó a cabo a través de la página de Facebook Estampas Vallenatas del Folclor, donde se contó con una amplia participación de músicos, colegas, amigos, seguidores y amantes del folclor vallenato, quienes se conectaron para respaldar este importante estreno musical.

Durante la transmisión, se dio a conocer el motivo que inspira la canción y se proyectó el video lyric oficial del tema. El compositor Eliecer Rada Serpa compartió con el público el sentimiento que lo llevó a convertir su vivencia en canción, destacando la carga humana y emocional que encierra “Se vale llorar”.

Por su parte, el cantante Fredy Hernández resaltó la importancia que tiene para él haber sido elegido para interpretar esta obra, afirmando que se trata de una canción profunda, real y cercana al sentir del pueblo.

Bajo la conducción de la periodista Belinda Olano Barrera, el espacio se extendió por una hora amena, en la que se compartieron detalles del proceso creativo, anécdotas del lanzamiento y se adelantaron los proyectos que se avecinan alrededor de este tema musical.

Finalmente, se hizo la invitación al público para buscar “Se vale llorar” en YouTube, disfrutarla y, sobre todo, sentir la sensibilidad y humanidad que transmite esta canción que hoy comienza a abrirse camino en el corazón del folclor vallenato.

Jorge Oñate cantó vallenatos hasta el final de sus días

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

La vigencia del cantante Jorge Oñate siempre fue digna de exaltación y de reconocimiento en el mundo vallenato y más que superó los 50 años de vida artística. Además, partió en dos la historia del Festival de la Leyenda Vallenata al ganar cantándole y tocándole la guacharaca al acordeonero Miguel López, quien se coronó Rey Vallenato en el año 1972. Como cajero estuvo Pablo López.

En esa ocasión Jorge Oñate interpretó las siguientes canciones: Paseo, ‘Qué dolor’ (Luis Enrique Martínez); Merengue, ‘Dina López’ (Vicente ‘Chente’ Munive); Son, ‘Riqueza no es la plata’ (Francisco ‘Pacho’ Rada); Puya, ‘La vieja Gabriela’ (Juan Muñoz). Oficiaron como jurados Graciela Arango de Tobón, Lácides Daza y Gustavo Gutiérrez Cabello.

En esa línea histórica fue el cantante que más grabó con Reyes Vallenatos: Miguel López, Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza, Raúl ‘El Chiche’ Martínez, Gonzalo ‘El Cocha’ Molina, Álvaro López, Fernando Rangel, Julián Rojas y Cristian Camilo Peña. También lo hizo con dos destacados acordeoneros: Emiliano Zuleta Díaz y Juancho Rois.

Precisamente a ‘El Jilguero de América’ cuando le hablaban de Juancho Rois, lo exaltaba y recordaba las páginas gloriosas que escribió a su lado, y canciones inmortales como ‘Mujer marchita’, ‘Lloraré’, ‘Sanjuanerita’, ‘Ruiseñor de mi Valle’, ‘Nació mi poesía’, ‘Paisaje de sol’, ‘Lirio rojo’, ‘Un hombre solo’, ‘La gordita’, ‘Al otro lado del mar’, ‘El corazón del Valle’, ‘Calma mi melancolía’, ‘Dime por qué’, ‘La contra’, ‘El cariño de mi pueblo’ y ‘Amar es un deber’, entre otras.

Cuando se le preguntaba sobre el éxito de su larga carrera musical ponía de presente el apoyo de su familia, de sus seguidores, de sus colegas y especialmente de los medios de comunicación. También llegó a esa instancia por su disciplina y amor que le tuvo a su arte.

“Cuando nací el vallenato no era comercial, de pronto se volvió comercial, pero manteniendo sus raíces. ´Nunca me he salido de la autenticidad del vallenato y de la originalidad”, aseveró en una entrevista.

Jorge Oñate, fue el cantor que regaló su voz a varias generaciones dejando estelas de alegrías y nostalgias en ese trasegar por los caminos del folclor, donde se encontró con hombres que le componían a la vida, al amor, a la naturaleza, a los amigos, y que se encargaba de llevar sus canciones a la pasta sonora. Él mimaba a los compositores que buscaba en cualquier recoveco de la geografía costeña.

Clásicos vallenatos

Hace algunos años se grabó una producción musical llamada ‘100 clásicos de la música vallenata’, y al 70 por ciento les había incluido su voz Jorge Oñate. “La verdad es que son más de 250 clásicos vallenatos a los que les puse mi voz a lo largo de mi carrera y con grandes acordeoneros”, confesó ‘El Ruiseñor del Cesar.

En una de esas entrevistas con Jorge Oñate, se intentó hacer el ejercicio de escoger un clásico vallenato grabado con cada uno de los acordeoneros que contribuyeron al otorgamiento de premios, distinciones y los más altos reconocimientos a nivel nacional e internacional.

Enseguida respondió. “Eso sí es bien difícil. Es como querer ver el sol en las noches”. De todas maneras, lo intentó y se metió solamente a buscar en las canciones grabadas con los hermanos López, señalando las siguientes: ‘Diciembre alegre’, ‘Bertha Caldera’, ‘Siniestro de Ovejas’, ‘La Paz es mi pueblo’, ‘Los tiempos cambian’, ‘Amor sensible’, ‘Mi gran amigo’, ‘Recordando mi niñez’, ‘Tiempos de la cometa’, ‘Bajo el palo e’ mango’, ‘La vieja Gabriela’, ‘Las bodas de plata’, ‘Saludo cordial’, ‘Mi canto sentimental’, ‘El cantor de Fonseca’, ‘Palabras al viento’, ‘No voy a Patillal’, ‘La Loma’, ‘Dos rosas’, ‘Rosa jardinera’, ‘La muchachita’, ‘Entre placer y penas’, ‘Marula’, ‘Alicia, la campesina’ y ‘Déjala vení’.

Se quedaron tantas canciones por fuera que se arrepintió de entregar ese listado, pero de lo que sí estuvo seguro fue de haber contribuido para que hoy la música vallenata esté enmarcada en la historia que se exalta a través de un acordeón, una caja, una guacharaca y versos donde se condensan imágenes, emociones y alegrías.

Ese era Jorge Oñate, él mismo al que hicieron cantidad de reconocimientos por su carrera artística, entregándole 25 Discos de Oro, siete de Platino y seis de Doble Platino, un Súper Congo de Oro, y el Premio Grammy Latino a la Excelencia Musical, el cual recibió en Las Vegas, Estados Unidos, el 10 de noviembre de 2010.

La canción que no grabó

La tarde del viernes 17 de enero de 2020 el compositor Hernán Gómez Barrios, le entregó a Jorge Oñate la canción en tono menor ´La voz del Jilguero’. Al escucharla hizo la promesa de grabarla, pero no se logró. Quedaron los versos dando vueltas en el recuerdo.

Un Jilguero el que trinaba sin cesar con la brisa a su favor, que gran hazaña y armonioso su canto llegaba, de su terruño hasta Valledupar. Sin su aporte el vallenato no era igual, después de él surgió un acorde perdurable, dos etapas definen al cantante y un acordeón se atrevió a desafiar. Fue el creador quien puso en las notas, la voz más bonita, mil detalles. ‘El Jilguero’, traía una misión y oxigenó este canto tan tradicional”.

El 28 de febrero de 2021 Jorge Oñate se despidió de la vida cuando sus ilusiones volaban por el homenaje que recibiría en el Festival de la Leyenda Vallenata. En medio de la despedida y con lágrimas quedaron las palabras de su esposa Nancy Zuleta. “Lo único que no puede morir es el legado dejado por Jorge Oñate”. Y no ha pasado porque se empeñó en cantar vallenatos hasta el final de sus días.

Una Tertulia e Integración que se hizo canto, espíritu y memoria bajo el cielo de Corozal

«El arte, cuando es bueno, es siempre entretenimiento»:
Bertolt Brecht (músico y dramaturgo alemán).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay encuentros que no suceden por azar, sino por el llamado invisible de la alegría. Son melodías secretas que la vida compone para recordarnos que la existencia, como un buen paseo vallenato, se disfruta mejor entre risas, versos y corazones dispuestos a cantar.
La amistad verdadera, esa que no se impone sino que florece, es una parranda sin hora de cierre: un espacio donde el alma se desnuda con confianza y la vida se vuelve música al compás del acordeón, la caja, la guacharaca, la trompeta, el clarinete y el redoblante.

Más que amigos, somos una manada que camina unida al ritmo del folclor que nos habita. Compartir esta tertulia fue como escuchar una canción que uno quisiera que nunca terminara.
Porque entre amigos la música es puente, es raíz, es destino. Y el vallenato, el porro y los aires del Caribe colombiano laten como un corazón colectivo que nos convoca y nos sostiene.

El jueves 20 de noviembre de 2025, Corozal parecía tener un brillo distinto, como si el pueblo supiera que algo memorable iba a ocurrir. Para mí fue un honor compartir con algunos integrantes del grupo de WhatsApp Tertulia Vallenata en una velada que trascendió lo cotidiano para convertirse en un ritual de hermandad sabanera.

La ocasión era especial: el cumpleaños del abogado, compositor y cantante Nicanor “Nica” Assia Vergara, un hombre que lleva en su voz la memoria viva del vallenato y del folclor sabanero. Un anfitrión generoso, dueño de un espacio donde la alegría entra sin pedir permiso. Su hospitalidad, bordada con sencillez y nobleza, convirtió su casa en un templo abierto al canto, a la palabra y al sentimiento. Cada gesto suyo fue una nota más en la partitura de afectos que solo los hombres de alma grande pueden interpretar.

Lo que empezó como un encuentro de amigos se transformó en un conversatorio fecundo donde la reflexión se entrelazó con la emoción. Se habló de raíces, de identidad, de la urgencia de honrar lo nuestro sin perder el eco del monte ni el polvo de la trocha. Fue un diálogo íntimo, casi filosófico, donde cada palabra encendía un candil en el pecho. Una tarde convertida en un festival del alma: sin tarimas, sin jurados, sin premios, en el que todos fuimos ganadores. Solo música, solo verdad.

Y cuando la palabra descansó para dejar pasar al sonido, ocurrió la revelación:
el maestro Samuel “Sammy” Ariza tomó el acordeón como quien toma entre los brazos a un ser amado. A su lado, su compañera Mónica Mendoza, presencia suave y luminosa, parecía custodiar cada nota. Con el fuelle al pecho, cada digitación dejaba ver el brillo de su anillo de matrimonio, chispa sagrada que recordaba su pacto de vida, de arte y de historia musical. Lo que interpretó no fue solo música: fue un rezo, una plegaria, una liturgia de excelencia. Una demostración exquisita de un músico que tiene su instrumento como una extensión de su cuerpo.

Entonces, como si el destino hubiese querido sellar el momento con grandeza, llegó el maestro Leonardo Gamarra Romero, leyenda del porro sabanero. A sus ochenta y cinco años sigue demostrando que los artistas verdaderos desafían calendarios. Nos regaló porros clásicos, cómo «Imágenes», «El Barroso Pineano», «Con la garrocha en la mano», recordándonos que la música de la sabana no envejece: se renueva en cada oído sensible que la escucha.

La noche siguió creciendo cuando irrumpió la Banda 8 de Septiembre de Sincé: clarinetes brillando como luciérnagas, trompetas levantando la brisa nocturna, el bombo estremeciendo la tierra, el redoblante marcando la columna vertebral del ritmo. Cada instrumento era un latido; cada melodía, un acto de afirmación cultural.

La escena se enriqueció con presencias de linaje musical:
Lisandrito Meza, hijo del prodigioso “Chane” Meza y nieto del legendario Lisandro Meza Márquez; y Deyson Jayk, quien honra y continúa el legado de su padre, José Jayk. Cada uno, portador de una herencia que no se hereda dormida, sino despierta, viva, urgente.

Cuando el alba comenzó a insinuarse, iniciamos el camino hacia la finca La Manuela, bautizada en honor a la hija del doctor Nica, quien junto a Nicanor Jr. son sus dos retoños. Allí, la sabana abrió su corazón como un libro sagrado. Los potreros verdes parecían oleajes detenidos, alfombras que cobran vida.
Las reses gordas y los caballos brillantes se movían con la calma de quienes saben que pertenecen a un paisaje eterno. La represa reflejaba el cielo como un espejo de Dios. El canto de grillos y ranas repetía su sinfonía mágica. Las aves de corral y los perros parecían unirse a nuestro encuentro por la tranquilidad con la que nos miraban. Y el viento traía olor a pasto fresco, a tierra bendecida, a vida plena.

Las pasturas en La Manuela no son paisajes: son presencia.Nos miran, nos reconocen, nos abrazan.

Y como todo rito Caribe necesita su pan y su fuego, llegó a la mesa lo que en nuestra región es identidad pura:

Chicharrones crujientes, dorados, casi poéticos; yuca tierna que se deshacía entre los dedos; queso costeño fresco; suero sabanero espeso y vivificante; sancocho trifásico, ese triángulo de sabores, equilibrio perfecto, entre el plátano, el ñame y la yuca, que se unen en una danza de texturas y aromas con las carnes de res, cerdo y gallina, que nos conecta con la tierra, la cultura y nuestra historia gastronómica; bocachico con sabor a ciénaga; ajonjolí, aroma de hogar antiguo; y un jugo de guayaba agria que sabía a infancia, a patio de tierra, a cielo abierto.

Cada bocado era un acto de memoria; cada sabor, un reconocimiento de quienes somos.

En ese ambiente de celebración y raíz, el licor llegó como un cómplice discreto del espíritu.
El Buchanan’s Master, con su aroma ahumado, traía consigo nieblas de Escocia y un susurro de gaitas antiguas; en cambio, la Club Colombia Dorada, fresca y alegre, nos regresaba de inmediato al calor vibrante de nuestra sabana.
Entre ambos se dio un diálogo de sabores, un puente invisible que nos hizo sentir vivos, conectados, bendecidos por la noche.

La parranda, con su música, sus voces, su licor y su hermandad, fue más que un festejo: fue un baile de almas.
Un espacio donde el tiempo se aflojó, donde las preocupaciones se desvanecieron, donde la alegría se volvió un idioma común.

El día avanzaba cuando ocurrió el momento que le dio sentido pleno a la tertulia: el doctor Nica, el hombre celebrado, tomó la palabra y su voz se volvió canto.
Su timbre, añejo y fresco a la vez, como los vinos que envejecen hacia adentro; es decir, volviéndose más exquisitos con sabores y aromas redondos e integradados. Se unió al acordeón de Sammy. Y juntos levantaron un movimiento ancestral que todavía vibra en la memoria. Fue un canto que parecía provenir de la tierra misma.

Y entonces, sin planearlo, sin anunciarlo, ocurrió el milagro sencillo que solo se da en el Caribe: todos nos volvimos cantantes.
Abrazados, hombro con hombro, cantamos como si el canto fuera nuestro idioma natural.
No hubo desafinados ni virtuosos: hubo almas.
Por un instante irrepetible fuimos la misma voz.

Así terminó la tarde en La Manuela: con el sol inclinándose como un músico cansado,
con la música flotando sobre nuestras cabezas, y con el corazón lleno de esa verdad que solo se revela en los territorios donde el tiempo camina al ritmo de los instrumentos y la vida se celebra como un milagro cotidiano.

Al lado de todos, irradiando calidez, estuvo siempre presente Adriana, esposa del doctor Nicanor, multiplicadora de sonrisas y elegancia silenciosa. También su madre Sonia y sus hermanas Beatriz, Katty y Sonia, presencias de dulzura profunda, paz y bondad.
Ellas sostuvieron la alegría del día con la fuerza suave que solo las mujeres de la sabana poseen.

Nica, Leo, Sammy, Eder y Nola: gracias por su amistad.
Gracias por recordarnos que en el Caribe colombiano, y esto lo sabe hasta la brisa, cada acorde es un pedazo de eternidad.

Y así, mientras la noche avanzaba con paso lento y la brisa de Corozal seguía murmurando antiguos secretos de la sabana, comprendimos que aquella parranda no era un festejo aislado sino un círculo sagrado donde la vida, el canto y la amistad se reconocían mutuamente. Allí, en ese rincón de la tierra costeña, entre el aroma del suero fresco, el eco del acordeón, el brillo del licor compartido y la sencillez luminosa de la comida que nace del territorio, algo mayor que nosotros mismos respiró con nosotros.

Porque en el fondo lo que celebramos no fue solo un cumpleaños ni una tertulia: celebramos el misterio de estar vivos, el milagro de encontrarnos, la fortuna de seguir siendo compañía en un mundo que a veces olvida la ternura. Cada brindis fue una plegaria; cada canción, una fogata; cada abrazo, un recordatorio de que la alegría también es un acto de resistencia espiritual.

Y mientras las estrellas parecían acercarse, inclinándose sobre el kiosco como testigos antiguos, entendimos que el Caribe no es solamente un lugar: es un modo de sentir, una forma de agradecer, una manera de mirar el mundo con la certeza de que todo vuelve, el canto, la brisa, los amigos, la memoria, porque todo lo que nace del corazón tiene vocación de eternidad.

Así cerramos el día y la noche, más el día que la siguió: con el alma encendida, con los espíritus en paz y con la conciencia íntima de que la hermandad que tejimos allí seguirá acompañándonos como una música que nunca se apaga, como un canto a la cultura y a la tierra que nos vio nacer, como un río que jamás olvida su camino hacia el mar.
Porque en el Caribe colombiano, el café se toma con historias, el viento susurra melodías y cada acorde es inmortal.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado.

Gregorio Javier Gutiérrez Tocora, es el nuevo Rey Vallenato Aficionado 2025

En una final llena de emociones, Gregorio Javier Gutiérrez Tocora, logró quedarse con la corona, de Rey Vallenato de Aficionado del 58 Festival de la Leyenda Vallenata, quien se quedó con el título tras una destacada presentación sobre la tarima ‘Colacho’ Mendoza del Parque de la Leyenda Vallenata ‘Consuelo Araujonoguera’.

“Gracias a Dios y a toda la gente que me apoyó, gracias infinitas. A mi madre que está en el cielo, sé que también es un sueño para ella. Y sé que todo se logra con disciplina. Tenía 8 años de estar participando en las categorías juvenil y aficionado y hoy me llevo mi primera corona”, fueron las primeras palabras de Gregorio Javier, el joven de 28 años, natural de Riohacha, La Guajira, tras quedarse con el triunfo.

El nuevo Rey Aficionado estuvo acompañado en la caja por José Cubillos y en la guacharaca por Luis Gabriel Acosta, e interpretó el paseo ‘Morenita’, de Leandro Díaz, el merengue ‘El Corregido’ de Calixto Ochoa, la puya ‘Con Dios y la Virgen’, de su autoría, y el son ‘Marisela’, de Luis Enrique Martínez.
El segundo lugar quedó en manos del acordeonero Juan Sebastián López y el tercer lugar fue para Juan Miguel Martínez.

La gran final, que se celebró ante un público masivo y entusiasta, reunió a los cinco finalistas del concurso de acordeón aficionado: David de Jesús Cañas Rojas, Gregorio Javier Gutiérrez Tocora, Juan Sebastián López Pereira, Juan Miguel Martínez Figueroa y Edwin Rafael Medina Orozco. Cada uno de ellos demostró su destreza interpretando los cuatro aires del vallenato tradicional: paseo, merengue, son y puya.