Nafer Durán: el juglar que hizo pensar al acordeón en modo menor

«A veces pienso que mi padre es un acordeón porque oigo sus notas cuando me mira, sonríe y respira»: Markus Zusak (escritor australiano)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado.

En el universo sonoro de la música vallenata existen hombres que no se limitan a interpretar el acordeón: terminan encarnando el espíritu mismo del juglar. Con el paso de los años dejan de ser simples músicos para transformarse en memoria viva de una tradición. Entre esas figuras mayores se levanta, con la serenidad que dan los años y la sabiduría que concede la experiencia, el maestro Nafer Santiago Durán Díaz, conocido con afecto en su tierra como Naferito.

Hablar de este maestro es hablar de una época, de una estirpe musical y de una forma limpia y auténtica de comprender el vallenato. Hay músicos que transitan por la historia y otros que, con el tiempo, terminan formando parte esencial de ella. Entre estos últimos camina todavía este juglar, con el acordeón abrazado al pecho como si fuera una prolongación de su propio corazón.

Nacido el 26 de diciembre de 1932 en El Paso, Cesar, al norte de Colombia, llegó al mundo lejos de academias y conservatorios. Su primera escuela fue la sabana abierta, los caminos polvorientos, el trabajo del campo y esas madrugadas campesinas en las que el canto de los gallos anuncia el comienzo de la jornada. En ese paisaje sencillo, entre el rumor del viento y la paciencia de la vida rural, fue creciendo una sensibilidad musical que parecía venir desde muy lejos, como si el acordeón lo estuviera aguardando desde antes de su nacimiento.

La música, en realidad, ya habitaba en su casa y en su familia. Su padre, Nafer Donato Durán Mojica, era acordeonista; su madre, Juana Francisca Díaz Villarreal, bailadora y cantaora del aire musical conocido como tambora. Su tío Octavio Mendoza, al igual que su hermano mayor Luis Felipe, también fueron destacados intérpretes del acordeón. En ese hogar donde el ritmo y la melodía formaban parte de la vida cotidiana, el destino parecía ya escrito: Naferito estaba predestinado para la música.

Además de ser hermano del legendario Alejandro Durán Díaz, el primer Rey Vallenato, lo que confirma que en aquella familia el acordeón no era simplemente un instrumento: era casi una manera natural de respirar. De esa herencia aprendió una lección esencial: el vallenato no se toca únicamente con los dedos; se vive, se siente y se cuenta como quien narra la vida misma.

Cuando en 1976 fue coronado Rey del Festival de la Leyenda Vallenata, aquel reconocimiento no recaía solamente sobre la habilidad de un intérprete. Aquella corona simbolizaba la consagración de un estilo, de una forma de tocar el acordeón que conservaba intacta la esencia campesina de la música vallenata. Naferito pertenece a esa generación de juglares que no salían al camino en busca de fama; más bien llevaban de pueblo en pueblo noticias, recuerdos y sentimientos convertidos en canciones.

Hay algo particularmente singular en su estilo: su profundo dominio del modo menor, conocido popularmente en el lenguaje musical de los pueblos como tono menor. En su tiempo fue, sin duda, el acordeonista más destacado en la ejecución de ese registro emocional dentro del vallenato tradicional. Mientras muchos intérpretes se inclinaban por los aires festivos y luminosos del repertorio alegre, Nafer Santiago se adentró con naturalidad en las zonas más íntimas del sentimiento.

Pero en su acordeón ocurría algo más profundo. No era solo sensibilidad: había también intuición musical. En sus manos el instrumento parecía pensar. Por momentos daba la impresión de que el acordeón exploraba caminos que todavía no existían dentro del lenguaje tradicional. Naferito hizo cosas en su acordeón propias de un músico adelantado a su tiempo: se aventuró por escalas, giros melódicos y modulaciones que no eran habituales entre los acordeonistas de su generación.

Nafer Durán ha sido, además, uno de esos juglares completos: de los que cantan, componen y tocan el acordeón. Un músico nacido para contar la vida, y cuyo instrumento le ha servido también para recordarla; allí, en la hondura expresiva del modo menor, su habilidad terminó hablando de la memoria del pueblo.

Había en su forma de tocar algo del espíritu del explorador. Como si, mientras muchos caminaban por senderos ya conocidos del vallenato, él se atreviera a abrir pequeñas rutas nuevas dentro de la misma tradición. Modernidades discretas, casi silenciosas, que no rompían con la raíz campesina del género, pero ampliaban su horizonte musical.

Por eso composiciones como “Sin Ti”, “Mi Patria Chica”, “Déjala Vení”, “Ariguaní”, “El Estanquillo”, “La Chimichaguera”, “La Grabadora”, “La Zoológica”, “Ojitos cautivadores” y “Clavelito” trascienden la condición de simples canciones: son estampas emocionales de la vida rural del Caribe colombiano, retratos musicales donde habitan la nostalgia, el amor y la memoria de la tierra.

Su manera de adornar las notas tiene algo de artesanía antigua. Cada giro melódico parece trabajado con paciencia, como quien talla lentamente la madera o abre surcos en la tierra con manos curtidas por el sol. Nada sobra en su estilo, nada resulta exagerado. En su acordeón habita una elegancia silenciosa que solo poseen los verdaderos maestros, aquellos que comprenden que la grandeza del arte muchas veces se encuentra en la sencillez.

La historia del vallenato también guarda un episodio significativo ligado a su nombre: fue el primer acordeonista que acompañó en una grabación al entonces joven Diomedes Díaz, cuando apenas comenzaba a abrirse camino una de las voces más influyentes que tendría este género.

Con todo, la importancia de Nafer Santiago no se limita a las grabaciones ni a las coronas obtenidas a lo largo de su trayectoria. Su legado más profundo reside en la fidelidad con la que ha defendido el espíritu original del vallenato. En tiempos donde la música suele dejarse seducir por los brillos de la industria y las distorsiones comerciales, él ha permanecido fiel a la esencia: ese vallenato que nace del campo, del trabajo cotidiano, del amor sencillo y de la nostalgia que habita en la vida rural.

Hoy, cuando el calendario de la vida lo acerca lentamente al umbral de un siglo, este juglar se parece a esos árboles antiguos que permanecen firmes en el paisaje después de haber visto pasar muchas estaciones, árboles cuya sombra protege la memoria de la tierra.

Después de haber vivido durante más de dos décadas en Valledupar, Naferito regresó hace algún tiempo a su pueblo natal, El Paso. Allí, rodeado nuevamente por la naturaleza y por la gente que lo quiere, admira y respeta, transcurre su vida en un ambiente sereno, como si el tiempo hubiera decidido caminar más despacio a su alrededor.

En ese sosiego del terruño, el marcapasos que acompaña el latido de su corazón parece haberle regalado una nueva energía. Pero más sorprendente que la resistencia de su cuerpo es la claridad de su memoria. Su lucidez sigue siendo admirable: recuerda episodios de su vida con una precisión que asombra, como si cada recuerdo estuviera guardado en algún rincón invisible del acordeón que lo ha acompañado durante toda su existencia.

Nafer Durán es, en muchos sentidos, un puente vivo entre generaciones. Un hombre que continúa conectado a los músicos y oyentes de hoy con la herencia cultural de los antepasados. Su música, al igual que su propia vida, enlaza épocas y mantiene abierta la conversación entre el pasado y el presente del vallenato.

Y quizá por eso, cuando su acordeón respira en modo menor, no solo escuchamos música: escuchamos también el paso del tiempo, los caminos de la Costa Atlántica colombiana, el viento de la sabana y la memoria de aquellos juglares que iban de pueblo en pueblo llevando la vida convertida en canción.

Porque hay músicos que pasan por el mundo dejando canciones.
Otros, muy pocos, terminan convirtiéndose ellos mismos en una leyenda.

Nafer Santiago Durán Díaz pertenece a esa escasa estirpe de juglares cuyo acordeón no solo suena: también piensa.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

¿Por qué escribo sin ser escritor?

Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*

La paradoja de la creación: un ser que se expresa a través de la palabra sin haber pasado por los templos académicos de la literatura.

¿Por qué escribo, entonces? ¿Qué fuerza misteriosa me impulsa a dejar que mis pensamientos se derramen sobre el papel, como un río que busca su cauce entre las piedras del silencio?

Quizás sea porque escribir es una forma de liberación, un intento de ordenar el caos interior, de capturar la esencia de lo que escapa, de darle nombre a lo que duele o a lo que brilla fugazmente.
Es un acto de resistencia ante el olvido, es mi manera de darle sentido a la vida, a la muerte, a la alegría y al desconsuelo.
Escribir es, para mí, un modo de respirar cuando el aire escasea.

Nací en Planeta Rica –  Córdoba, un municipio del Caribe colombiano que, aunque queda un poco lejos del mar, respira con el espíritu del trópico.
Su gente vive con el corazón abierto con esa manera tan nuestra de enfrentar la vida entre el humor y la esperanza.
Crecí hasta los doce años entre los corregimientos de Campo Bello y Pica Pica, lugares donde el tiempo parece tener otro ritmo y donde cada amanecer tiene el color de la esperanza.

Allí estaba rodeado de ganado y aves de corral, del canto de los pájaros, de cultivos y vegetación abundante.
Los caminos eran de polvo en verano y de barro en invierno, en medio de la brisa cálida de los atardeceres encendidos y rojizos, acompañados por los sonidos mágicos de la naturaleza.
La finca de mis padres fue mi primera escuela: allí aprendí a observar.
Fui un niño curioso, capaz de asombrarse ante cualquier fenómeno natural, de encontrar poesía en la forma en que el viento jugaba con los cultivos, o en el rumor del río San Jorge y la quebrada San Jerónimo que me hacían delirar de emoción con sus corrientes cantarinas.

En ese entorno sencillo y vasto los campesinos fueron mis primeros maestros.
De ellos aprendí una sabiduría que no se enseña en los libros: la del silencio, la paciencia, el respeto por la tierra.
Me enseñaron que la palabra tiene peso, que una promesa es ley, y que trabajar con las manos no impide soñar con el alma.
Sus conversaciones al atardecer, entre el humo del fogón y el aroma del café, eran lecciones de vida disfrazadas de cuentos.
Cada historia tenía raíces y cada risa era una forma de esperanza.

Mis primeras experiencias con la lectura fueron un milagro de la imaginación.
Antes de conocer la literatura formal conocí los mundos del papel barato y las ilustraciones heroicas.
Los cómics y revistas vaqueras fueron mi portal al infinito, con ellos descubrí que el hombre podía volverse héroe, que la justicia podía tener un sombrero y una estrella en el pecho, que el valor podía cabalgar entre el polvo del desierto.
Kalimán me enseñó la fuerza del pensamiento; Águila Solitaria, el coraje de la soledad y Arandú, la sabiduría del guerrero que defiende su selva y su gente.
A través de ellos comprendí que la palabra era más poderosa que la espada y que imaginar era una forma de libertad.

Luego vinieron los autores de las revistas vaqueras: Silver Kane, Marcial Lafuente, Gordon Lumas, Clark Carrados, Keith Luger.
Ellos me enseñaron el arte del suspenso, el ritmo de la acción y la intensidad del diálogo.
Sus historias, leídas a la luz temblorosa de las lámparas de petróleo, me formaron el oído narrativo y el gusto por las emociones bien contadas.

Porque la falta de luz eléctrica nunca fue una excusa; por el contrario, las lámparas de petróleo brillaban más: su luz tibia hacía que las sombras cobraran vida, que los héroes de papel se movieran en las paredes, que las palabras se convirtieran en destellos.
Bajo esa penumbra nacieron mis primeros sueños de narrador, allí aprendí que la oscuridad también puede ser una maestra luminosa.

Más tarde llegaron los autores de la literatura universal, y cada uno me dejó una huella distinta.
Gabriel García Márquez me enseñó que lo real puede ser tan mágico como un sueño y que el Caribe cabe entero en una frase.
Julio Verne me mostró que la imaginación también es un viaje, y que la ciencia puede ser una forma de poesía.
José Eustasio Rivera me reveló que el hombre, como la selva guarda dentro de sí la lucha entre la belleza y la barbarie.
Jorge Isaac me regaló la pureza del amor ideal y el valor de la ternura tan necesaria en un mundo áspero.
Ernesto Sábato me hizo descender a mis sombras, a entender que escribir también es mirarse en el abismo.
Miguel de Cervantes me enseñó que la locura puede ser una forma de sabiduría, que los soñadores son los verdaderos cuerdos del mundo.
Y Pablo Neruda me mostró que la palabra puede oler a mar, a pan, a vino, que la poesía puede nacer de lo cotidiano y elevarse hasta lo eterno.

Todo eso desarrolló mi imaginación, consolidó mi amor por la lectura y por la investigación, sin ser escritor, pero con la entrega de quien ha descubierto un fuego que no se apaga.
Porque en el fondo, escribo porque soy yo, porque siento y porque no puedo dejar de hacerlo aunque lo he intentado.

El río San Jorge y la quebrada San Jerónimo eran mis escenarios de asombro: su rumor constante me enseñó que todo fluye, que toda corriente busca su destino.
La cercanía con los campesinos me reveló la sabiduría sencilla de quienes viven de la tierra y la honran con el sudor.
En medio del trabajo y las historias junto al fogón nació mi fascinación por los relatos y por las palabras que guardan memoria.

Mi padre me inculcó tres pasiones que me acompañan hasta hoy: la lectura, los deportes y la música.
Con él aprendí a amar el fútbol y el ciclismo, que me enseñaron el valor del esfuerzo y la disciplina, pero también el arte de disfrutar la vida en movimiento.
Y me transmitió, sobre todo, el amor por la música del Caribe colombiano: el vallenato, el porro, la cumbia, el bullerengue.
Él siempre fue admirador de los grandes juglares: Alejandro Durán, Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, Enrique Díaz, Miguel Emiro Naranjo, Lucy González , «La Niña» Emilia, Juancho Polo, Alfredo Gutiérrez, Emiliano Zuleta, Leandro Díaz, Rafael Escalona, Pablo Flórez y tantos otros que, con su canto, sembraron poesía en el alma del pueblo.
De esa herencia nace también mi impulso por escribir sobre ellos, sobre nuestra música, nuestras raíces, los vinos y sabores porque todo eso hace parte de mi oficio y de mi vida.

Mi padre me enseñó que la cultura no es un lujo sino una forma de dignidad.
Y que hablar de un buen vallenato, de un vino o de un gol bien hecho, puede ser también una manera de escribir poesía.

En aquellos años la falta de luz eléctrica nos acercaba a otra forma de maravilla: la radio.
Frente a ella aprendí a imaginar. “Ver la radio” fue mi primera forma de escribir con los sentidos: creaba imágenes con las voces, rostros con los sonidos, emociones con los silencios.

No tengo formación profesional en literatura ni en escritura.
Soy un hombre empírico, un autodidacta de la palabra.
No aprendí entre pupitres ni bajo la guía de un profesor de letras, sino en las aulas del mundo, en el vaivén de la vida misma.
He aprendido escuchando el murmullo de la calle, observando la nobleza de lo simple, leyendo sin pretensiones y escribiendo sin miedo.
Mis verdaderos maestros han sido el amor, la nostalgia, la música, el silencio y el paso del tiempo.

No escribo desde la técnica, sino desde la intuición; no desde la teoría, sino desde la emoción.
Escribo como quien conversa con su sombra o con su propia historia.
A veces las palabras habladas me resultan más pesadas que las escritas.
Frente al papel, o frente a una pantalla, encuentro refugio: allí mi voz no tiembla, allí puedo pensar en calma y reconciliarme con mis pensamientos.

He vivido treinta y un años de los cincuenta y uno que tengo en Bogotá, la fría capital que me adoptó sin apagar el fuego costeño que me habita.
Allí, entre el ruido y la prisa, fue donde aprendí a escribir con más constancia, quizás para no perder el hilo de mi origen, quizás para que el Caribe siguiera vivo en mi interior.
Porque aunque vivo lejos del mar, el río y la quebrada, ellos me siguen por dentro: están en mis recuerdos, en mi acento, en la forma en que nombro el mundo.

Mi oficina es un lugar poco habitual: el TransMilenio, ese río de metal que atraviesa la ciudad.
Allí, entre el bullicio y la marea humana, encuentro el ritmo perfecto para escribir.
Es mi taller en movimiento. Escribo mientras el paisaje cambia y las estaciones se suceden como capítulos de una novela interminable.
El vaivén del bus es mi metrónomo; el murmullo de la gente, mi fuente de inspiración.

Y cuando llego a mi sitio de trabajo, el restaurante El Viejo Bandoneón, la escritura no se detiene: se transforma.
Allí, entre aromas y copas, aprendo cada día que atender a un cliente también es un arte.
Sugerir un plato o un vino se parece mucho a escribir: en ambos casos uno intenta ofrecer una experiencia, despertar los sentidos, dejar una huella.
Un buen vino, como un buen texto, debe tener cuerpo, ritmo y carácter; debe empezar suave, luego sorprender, y finalmente dejar un recuerdo que perdure.

Aunque no soy músico, me apasiona analizar las letras de las canciones.
Las escucho con detenimiento, las desarmo y las vuelvo a armar para entender lo que me transmiten.
Las califico según la hondura que dejan, según la emoción o la verdad que encierran.
En cada letra encuentro una historia, una intención, una mirada sobre el mundo que me inspira o me conmueve.

En mi niñez y adolescencia practiqué fútbol, ya no lo hago; sin embargo, sigo leyendo el juego desde mi propia óptica.
Observo la táctica como si fuera un texto, la jugada como si fuera una frase bien construida, el gol como una metáfora que estalla en belleza.
Lo mismo me ocurre con otros deportes, como el ciclismo, que admiro por su esfuerzo silencioso, por esa épica del pedal que combina soledad y resistencia.
Todo eso, al final, también es literatura en movimiento.

He escrito sobre cultores de la música del Caribe colombiano: algunos ampliamente reconocidos, otros menos conocidos, pero todos valiosos.
Mi pluma los busca, los enaltece, los devuelve al lugar que merecen.
Es mi forma de rendir tributo a quienes, con su canto, mantienen viva la memoria cultural de nuestra tierra.

Así que escribo, no porque me considere un escritor, sino porque soy un hombre que siente, que observa, que reflexiona y recuerda.
Escribo porque la vida me desborda y necesito ponerla en palabras.
Porque a veces solo al escribir entiendo lo que vivo.

Y si me preguntan: ¿por qué escribes sin ser escritor?, responderé con calma, con la serenidad de quien ha encontrado su verdad:

Escribo porque soy movimiento y pensamiento; porque, como en el fútbol, cada palabra es un pase que busca destino, una jugada que nace del corazón.
Porque escribir, al igual que vivir, es no dejar que la pelota del alma se quede quieta.

Atentamente,
*Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Estampasvallenatas.com cubriendo el festival vallenato en Valledupar

«La periodista venezolana Belinda Olano, directora de EstampasVallenatas.com, ya se encuentra en Valledupar, acreditada oficialmente por la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata para realizar el cubrimiento de este magno evento del folclor. ¡Estén atentos a nuestras transmisiones en vivo, entrevistas exclusivas y notas periodísticas que estaremos compartiendo!»

El Compositor Héctor Romero presenta sus canciones.

A través de Estampas Vallenatas tenemos el gusto de presentarles las obras musicales que hacen parte de las canciones grabadas del compositor Héctor Romero Bayuelo, las compartimos con su letra y audio respectivo para poder conocerlas y disfrutarlas completamente siendo canciones con un gran contenido poético y parrandero para el deleite de todos.

Así Así- Rodolfo Carrasco
Las Reinas del Universo
Carmen querido- José Martelo
Dame la mano-Pochi Colón
Felicidad-Wendy Romero
Gracias al Creador- Carlos Malo
Igual que aquella noche- Wendy Romero
Invítame a Salir – David Jalaff
La Velludita- Ivo Díaz
Las Reinas del Universo- Indira de la Cruz
Lo Tuve todo – Pochi Colón
No me condenes- Diógenes Jalaff
Porqué- Wendy Romero
Te quiero besar- Jorge Mario Peña
Vete- Wendy Romero
Viernes de Valeria- Eddy Junior

Aquí puedes descargar las letras del compositor Hector Romero:

Te invitamos a descargar las canciones del compositor vallenato Hector Romero Bayuelo.

«Los deseos se hacen realidad en la medida en la que luchas por ellos» Sandy Sehuanes.- Biografía

Biografía Sandy Sehuanes.

Es la población Puerto rico, Tiquisio, ubicada en el departamento de Bolívar una tierra que con sus maravillosos paisajes naturales deleita a sus visitantes disfrutando de sus hermosas quebradas y ríos. Asimismo de la gente noble amable perseverante y sobre todo trabajadora que lucha cada día por realizar sus sueños.

En el año 2000 con la venida del nuevo milenio nace una linda niña que recibe por nombre: Sandy Yulieth Sehuanes Velilla, del hogar conformado por sus padres Luis Alfredo Sehuanes Urzola y Sandra Velilla Guerra.Se levanta durante su niñez con  sus padres y  sus cuatro hermanos Mayra Alejandra, Wendy Johana, Yirlen Estefanny y Luis Carlos.

Durante su infancia en su etapa de preescolar siempre demostró su gran interés para cantar durante las actividades que se realizaban en su colegio siendo su primer escenario la institución educativa puerto rico participando activamente en los eventos más importantes como el día de las madres día de la mujer Navidad entre otros eventos que se realizaban en esta institución.

Durante esta etapa de la infancia de Sandy, surgió una gran oportunidad para hacer algo más importante y reforzar esa vocación por el canto que ya tenía es precisamente con un grupo llamado Elegancia Vallenata conformado por William Jiménez Herrera y José Alfredo Saco Guerra, quienes en una semana cultural le hacen la invitación para que cante una canción y causa impacto a través de su interpretación.

Vuelve a mi (Autor: Reinaldo «Chuto» Díaz- Canta: Sandy Sehuanes

Así con el paso del tiempo a sus 12 años es invitada a grabar una de las canciones de esta agrupación acompañada con el coro de dos niñas, canción que lleva por título “Jardinero de paz”, hermosa melodía que llenó de alegría y satisfacción a Sandy por ser su primera grabación profesional lo cual le dio ánimo y le incitó a seguir sus sueños adelante de convertirse en una gran cantante.

Posterior a esta experiencia nace una agrupación llamada “Arte Paz” conformada por niños jóvenes y adultos con la colaboración de Luis Jiménez Herrera cantautor y Edgar Saco Guerra quién ejecutaba el acordeón, ese gran sueño comenzó a expandirse por todo el pueblo según cuenta Sandy. «Caminábamos por las calles con un parlante en una carretilla y salíamos a colocar serenatas a las madres, cumpleaños y muchos eventos presentándose una gran oportunidad donde el grupo fue a cantarle al gobernador de Bolívar, Doctor Dumeck Turbay Paz quién nos hizo la donación de instrumentos para seguir adelante.

Todo esto ha sido parte de ese crecimiento y reafirmación de querer es poder para triunfar en la vida. En la actualidad Sandy estudia psicología en la universidad del Sinú en Cartagena al mismo tiempo que se dedica a promocionar su más reciente sencillo “Más que amigos” también de su autoría, fase de gran importancia siendo su primera canción grabada como cantautora.

Desde el punto de vista como compositora, Sandy Sehuanes nos cuenta que ella escribe por hechos vividos «Ya que así muchas personas sentirán mis canciones pues son cosas que pasan en la vida y por las cuales viajamos a través del tiempo»

En esta propuesta musical escribiendo mi historia vienen  un total de seis canciones con un estilo de vallenato más fresco con ese toque joven y moderno entre esas canciones se encuentran:

“No debo tener novio” (Tomás Cossio), y “Como mentirte” (José A. Chango Payares), en el acordeón de Edgar Saco Guerra, quien tuvo sus inicios al lado de Sandy, posteriormente graba “No me llames” (Arlette Dávila Martínez), “Vuelve a mí” Reinaldo Chuto Díaz, “El Don Nadie” (José Ramón Pedrozo Zerpa), y su más reciente sencillo de su autoría “Más que amigos” (Sandy Sehuanes).

Para un total de 6 canciones grabadas las cuales hacen parte de “Escribiendo mi historia” un trabajo musical cargado de talento, constancia y sobre todo centrado en alcanzar grandes metas por su proyección e interpretación vocal.

Más que amigos – Cantautora: Sandy Sehuanes

Estampas Vallenatas en entrevista con Sandy Sehuanes, nos comenta diversos aspectos sobre su vida artística y sobre su concepto del folclor Vallenato:

¿Cuál fue tu primera composición?

Sandy: Pues desde los 13 años comencé a escribir canciones, pero casi nunca terminaba esas composiciones, y puedo decir que “Más que amigos”, es mi primera composición.

¿Cómo empezaste a cantar y como ha sido el respaldo de tu familia, amigos o instituciones?

Todo comenzó en la Institución Educativa de Puerto Rico, mi padre Luis Sehuanes, ha sido mi más grande impulsador en este mundo de la música, ha puesto y ha dado todo para que mis canciones y mi voz sea escuchada en muchas partes, hechos que hasta ahora se ha logrado. Mi  familia, mis amigos han sido de gran apoyo para subir peldaños en el mundo musical.

¿Con cual personaje de la música vallenata te sientes identificada?

Sandy: Es una pregunta  complicada responder, pero siento que con Adriana Lucia, una mujer sencilla, alegre, extrovertida y con una actitud ganadora, que inició en el vallenato y que hoy se ha convertido en una gran exponente del folclor. Cuando hablo de Adriana lucia y su folclor, no me refiero solo al género vallenato, sino también a todas las manifestaciones del folclor colombiano, porro, cumbia y combinaciones de ambas, esto ha hecho esta mujer, no se ha quedado fijada en un solo género musical, sino que ha llevado a otro nivel ya otras exigencias sus registros musicales y ha exigido mucho más de sí misma.

¿Qué piensas de los efectos que produce en la juventud de hoy determinado contenido en las canciones?

Sandy: Yo soy de una época donde los avances tecnológicos, los medios de comunicación y las redes sociales han tenido gran auge, es por ello que pienso que la juventud está envuelta por manipulaciones y estereotipos sociales, que indican como debemos actuar o hablar. No estoy en contra de ningún género musical, ni de los gustos, porque cada persona es distinta y eso nos hace únicos para sobrevivir en un mundo tan disperso como este.

¿Qué opinas de las nuevas fusiones dentro del vallenato?

Sandy: Que son unas buenas estrategias para llamar la atención de más público, hacer fusiones es salirse de la burbuja o zona de confort, es romper estereotipos, y aunque al comienzo sea un poco  difícil que acepten estos géneros, porque estamos acostumbrados a escuchar que el vallenato se toca con acordeón, guacharaca y caja cuando se rompen estos esquemas y se implementan nuevos se rechazan, pero luego dan resultados.

¿Cuáles son tus metas y sueños como cantante?

Sandy: Que mi voz y las letras de mis canciones puedan ser escuchadas por muchas personas, a través de la radio, las redes sociales, y que artistas reconocidos pueden describir mi talento. Sin olvidar que si llego a tener un mayor reconocimiento, mi pueblo será el principal objetivo al general nuevos talentos.

Siendo el folclor vallenato un género tan discriminado para la mujer ¿Como ves tú las oportunidades como cantante en el mercado actual?

Sandy: Es cierto que antes el vallenato cantado por una mujer era una vergüenza para su pueblo o su comunidad en general, pero actualmente tenemos una gran inclusión en este género, la forma de pensar a cambiado y somos más racionales a la hora de expresar nuestras ideas o emociones, sabemos que cantar vallenato no es una cuestión de género, sino más bien de talento y gustos.

Es una gran responsabilidad grabar una canción del maestro Reinaldo Chuto Díaz, ¿Cómo fue recibida por el esa canción?

Sandy: Para mí es un gran honor grabar una canción del Maestro Reinaldo, pues significa un impulso gigante en esta carrera de talentos, él cree en mi talento  y esto me hace feliz, una persona con su reconocimiento en el mundo artístico y con unas maravillosas composiciones hacen que quien escuche sus canciones se sienta incluido en la historia que se está contando.

 ¿Cómo han sido las experiencias vividas en presentaciones públicas?

Sandy: He participado en concursos de canción inédita, en concursos regionales de universidades y han sido maravillosas, las personas dicen que escucharme cantar es una sensación muy linda, porque expreso sentimiento en casa una de las palabras.

¿En qué momento de tu vida ves la música como una carrera artística?

Sandy: En cada momento que subo a  un escenario o incluso cuando canto en lugares pequeños, pienso que la vida artística empieza desde el momento que un grupo de personas apoyan tu talento, porque luego ese grupo se irá multiplicando y es aquí donde crece el artista y se comienza la carrera musical.

¿Qué consejo la darías a otros jóvenes que como tú están en el medio de la música?

Sandy: Que nunca se den por vencidos, que luchen por conseguir todo lo que han soñado, que los deseos se hacen realidad en la medida en la que luchas por ellos, pues las oportunidades llegan en el momento menos esperado.

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