Leandro Díaz: el cardón guajiro que floreció en las sombras

“La música es el acto social de comunicación entre personas. Es un gesto de amistad. El más fuerte que existe”.
Malcolm Arnold (compositor británico)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay hombres que nacen con los ojos abiertos y jamás aprenden a mirar. Y hay otros que, privados de la luz exterior, desarrollan una visión más honda, más penetrante, más humana. Ciegos de pupilas, pero videntes de metáforas. La oscuridad es su lienzo; la imaginación, su pincel. No miran el mundo: lo imaginan y, al imaginarlo, lo hacen más bello. En esa estirpe luminosa se inscribe el nombre de Leandro José Díaz Duarte, llamado con justicia “El Homero del Vallenato”, porque, como el antiguo aedo, cantó lo que no vio y vio lo que otros nunca supieron cantar.

Leandro llegó a este mundo en el departamento de La Guajira, en el extremo noreste del territorio colombiano, donde el sol parece escribir su propio evangelio sobre la arena. Fue un hombre humilde que jamás vio el horizonte y, sin embargo, lo describió con asombrosa claridad. Como diría en una de sus canciones: “ Yo nací una mañana cualquiera allá por mi tierra, día de carnaval; pero ya yo venía con la estrella de componer y cantar a mi mal”. Ese lugar fue la Finca Alto Pino, en el área rural de Lagunita de la Sierra, corregimiento del municipio de Hatonuevo, que en ese entonces pertenecía a Barrancas. Allí, el 20 de febrero de 1928, como si el ambiente festivo presagiara su destino, llegó a este plano terrenal envuelto en la noche perpetua de la ceguera. Pero esa sombra inicial no fue sentencia: fue semilla. En él, la oscuridad no fue clausura; fue revelación. No fue un hombre sin luz: fue un hombre con una luz distinta.

Aquel entorno rural, rodeado de naturaleza viva, de verdes campos ondulantes, de animales silvestres y de corral, de flores cuyo aroma se mezclaba con el pasto recién humedecido, fue la cuna sensorial que modeló su espíritu. Aunque no podía contemplar con los ojos las aguas cristalinas o turbias de los ríos y riachuelos de su región, según la estación invernal o veraniega, las sentía con la piel de su universo íntimo. Describía el murmullo cambiante de las corrientes, el silbar del viento entre los cardones, los rumores secretos de los arroyos cuando crecían con la lluvia o se adelgazaban bajo el sol ardiente. De esos sonidos tomaba melodías; de esos aromas y brisas, metáforas. En esa creación invisible desarrolló un mundo mágico que más tarde convirtió en canciones.

Como el cardón que desafía la aridez y se levanta erguido en medio del desierto, Leandro floreció en las sombras. No conoció el verde de los cardonales ni el rojo encendido de los crepúsculos guajiros; no contempló el rostro de las mujeres que cantó con devoción ni el azul limpio del cielo. Y, sin embargo, todo eso habitó en su palabra. Porque si los ojos le fueron negados, el alma le fue concedida con creces. Mientras otros describían lo que miraban, él revelaba lo que su espíritu intuía.

Su infancia tuvo el color lúgubre de la pobreza y la incomprensión. Fue un tiempo de silencios impuestos, de caminos cuesta arriba, de una sociedad que no siempre sabía cómo abrazar la diferencia. Pero el dolor, en lugar de quebrarlo, lo templó. El niño que creció entre privaciones comenzó a descubrir que en su interior palpitaba un universo intacto. Allí empezó a forjarse el vate, el poeta lírico capaz de transformar la herida en canto y la ausencia en metáfora. Lo que la retina no capturó, lo guardó la memoria sensible del corazón.

Y aquel color sombrío y profundamente triste de su infancia, con el paso del tiempo, se tornó en una variedad de colores vivos. Lo que comenzó en penumbra terminó iluminando escenarios, festivales y corazones. El hombre que nunca vio el mundo logró que el mundo lo mirara con respeto. Esa es, quizá, su mayor paradoja y su más alta poesía.

Leandro describía la naturaleza con la precisión de quien la ha visto mil veces. Pintó el verano ardiente, el rumor de la brisa, el polvo que danza sobre los caminos, las lluvias benditas, los pueblos detenidos en el tiempo. Cantó a los amigos con gratitud sincera y a las mujeres con una mezcla de admiración y ternura que rozaba lo sagrado. En sus versos, la belleza femenina no era simple halago: era revelación. Supo cantar al amor con dulzura, al desamor con dignidad y a la soledad con una honestidad que aún conmueve. No necesitó ojos para ver el horizonte; le bastó el alma para describirlo.

En «Matilde Lina», convirtió el amor imposible en un paisaje sentimental donde la nostalgia tiene nombre propio. Matilde no es solo una mujer: es el símbolo de aquello que se ama aun sabiendo que no será. En «La Diosa Coronada», elevó la figura femenina a dimensión mitológica, demostrando que la belleza no necesita ojos cuando existe sensibilidad. En «A mí no me consuela nadie», el dolor se vuelve confesión limpia, sin artificios, como si el alma hablara sin intermediarios.

También está la súplica serena de «Olvídame», donde el adiós no es rencor, sino aceptación; la introspección casi filosófica de «Mi memoria», en la que el recuerdo se convierte en territorio de lucha interior; la fe inquebrantable de «Dios no me deja», que revela su confianza en una providencia silenciosa; y la pintura ardiente de «El verano», donde el paisaje guajiro vibra con una vitalidad que asombra viniendo de un hombre que nunca vio el sol.

Pero su memoria merece una pausa más honda. En ella se percibe el prodigio creativo de un hombre que jamás aprendió a leer ni a escribir. Su composición no pasó por el papel: pasó por la arquitectura invisible de la mente. Allí, en la memoria viva, organizaba versos, medía silencios, afinaba imágenes. Es una obra que confirma que la oralidad, cuando está sostenida por el talento, puede alcanzar alturas literarias insospechadas. La memoria fue su cuaderno; la musicalidad, su ortografía; la sensibilidad, su gramática.

La genialidad descriptiva y narrativa de Leandro alcanza otra dimensión en «Los Tocaimeros». En ese merengue vallenato logra enlazar, con asombrosa precisión rítmica y métrica, a la totalidad de los habitantes de la población de Tocaimo, mencionando más de cincuenta nombres como si levantara un censo poético de su gente. No es una simple enumeración: es una arquitectura verbal donde cada nombre encuentra su lugar exacto dentro del verso y la rima. La canción se convierte así en memoria colectiva, en retrato sonoro de una comunidad inmortalizada en la cadencia de su canto.

Algo similar ocurre en «¿Dónde?», en el que este genio creador recorre con la palabra varios pueblos de La Guajira: Barrancas, Papayal, Hatonuevo, Oreganal, Surimena, Roche, Manantial, Angostura, Las Pavas, Lagunita, entre otros. Es un itinerario sentimental y geográfico. En ese recorrido antológico, todas esas poblaciones se regodean con su presencia simbólica. Leandro las nombra en busca de una mujer que pudiera quererlo y sentencia con una frase de belleza conmovedora: “tiene Barrancas bellos caseríos donde viven mujeres que se pueden ver”. Aparentemente es una expresión sencilla, pero cobra una dimensión extraordinaria si recordamos que quien la pronuncia es un hombre que nació ciego. Allí la ironía del destino se transforma en poesía pura: habla de ver quien jamás vio y, sin embargo, nos enseña a mirar.

Pero Leandro no le cantó únicamente al amor y a la belleza; también fue cronista de la realidad social. En «Adelante» y «Soy» se percibe un tono distinto: allí habla el hombre consciente de su tiempo, el ciudadano que entiende las grietas de su entorno y decide no callar. Son cantos que invitan a la dignidad, a la afirmación del ser, a la resistencia íntima frente a la adversidad. Su voz se convierte en identidad.

Y si en esas composiciones hay firmeza y reflexión, en «La Contra» y «El Negativo» emerge el Caribe pícaro, el hombre agudo que señala inconformidades con una sonrisa ladeada. Allí la crítica se vuelve ironía, y la inconformidad se disfraza de humor inteligente.

Esa misma fuerza desafiante alcanza un punto alto en «El Bozal». Allí no solo compone: reta. Desafía a cantantes y compositores demostrando dominio técnico en la estructura de la décima, esa forma poética exigente que requiere precisión métrica y rítmica. Un hombre que no escribía sobre papel, pero que construía décimas con rigor casi académico. «El Bozal» no es solo canción: es declaración de maestría, afirmación de autoridad en el oficio.

Su canto no fue evasión: fue testimonio. No se limitó a embellecer el mundo; también lo denunció con la serenidad firme de quien conoce la intemperie.

A pesar de las adversidades, llegó a ser uno de los compositores más laureados y ovacionados del vallenato. Su nombre dejó de asociarse exclusivamente a la condición de invidente para instalarse en la memoria colectiva como sinónimo de profundidad lírica. Su obra no fue breve ni circunstancial: fue vasta y fecunda, extendida a lo largo de los años con una constancia admirable. Decenas y decenas de canciones brotaron de su memoria prodigiosa, conformando un repertorio amplio que atraviesa generaciones y permanece vivo en la voz del Caribe. La música no fue para él un simple oficio: fue destino, lenguaje y redención.

En «Cómo yo no hay dos» dejó acaso su autorretrato más hondo:

“Yo no he podido contemplar la luz
cómo lo has hecho tú en un bello amanecer,
no he podido ver el cielo azul
ni mirar la tristeza de un atardecer;
solo he vivido tratando de hallar
la forma de olvidar tantas penas de ayer
y solamente suelo recordar
aquel trágico andar de mi vida sin ver…

Acompañado de mi dolor
siempre he vivido en la oscuridad,
sin ver la luna, sin ver el sol
puse a pensar a la humanidad;
por eso es que como yo no hay dos
se los digo en mi cantar,
que las cosas que hace Dios
nadie las puede cambiar”.

Allí reconoce su condición sin victimismo y transforma la limitación en singularidad. Muchos pudieron pensar que sería un inútil, una carga para la sociedad; sin embargo, el tiempo demostró lo contrario. Aquel hombre que no vio la luz del amanecer llegó a ser profundamente útil para su pueblo, para su cultura y para la historia musical de Colombia. Su obra fue servicio, identidad y conciencia.

En esos versos no hay queja estéril, sino aceptación trascendida. No hay lamento vacío, sino conciencia del misterio. Allí está el hombre que nunca vio la luz del amanecer, pero que hizo pensar a la humanidad; el que no contempló el cielo azul, pero lo pintó con palabras; el que vivió en la oscuridad y, aun así, iluminó el corazón de un pueblo.

Y así como el cardón permanece erguido frente al viento salobre y al sol incansable de La Guajira, la obra de Leandro Díaz seguirá en pie frente al paso del tiempo. Porque mientras haya un acorde que evoque su nombre, mientras una voz entone sus versos en cualquier rincón del Caribe, seguirá floreciendo en la memoria colectiva.

Leandro no vio el paisaje guajiro, pero lo hizo eterno. No contempló el horizonte; lo ensanchó para todos. Y en la vasta geografía del vallenato, su figura permanece como ese cardón firme, austero y majestuoso que, aun en la sequía más severa, demuestra que la vida verdadera siempre encuentra la manera de florecer.

El 22 de junio de 2013, el silencio creyó llevarse su aliento; pero fue apenas el cuerpo el que descansó. Porque el alma de Leandro José Díaz Duarte, sembrada en versos y melodías, no conoce sepultura.

Y mientras un acordeón respire entre las manos de un acordeonista y una voz vuelva a pronunciar sus palabras, él seguirá cantando desde la eternidad. Porque hay hombres que mueren, y hay otros, como «El Homero del Vallenato», que se vuelven canción.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Juan Manuel Pérez Sánchez: El Catedrático

«La música es una forma de soñar juntos y de ir a otra dimensión»: Cecilia Bartoli (mezzosoprano italiana)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Desde el ritmo primitivo de los tambores tribales hasta la resonancia melódica de una gran sinfonía universal, el poder de la música ha sido una fuerza profunda, casi mística, en la historia de la humanidad. La música es mucho más que una colección organizada de sonidos: es emoción convertida en lenguaje, es identidad hecha melodía, es memoria colectiva y experiencia compartida que atraviesa generaciones. Durante siglos, la música ha servido como un puente invisible que une culturas diversas, territorios distantes y almas que jamás se han visto pero que se reconocen en una misma vibración sonora. Su influencia en el comportamiento, en las emociones humanas y en la construcción espiritual de los pueblos no tiene comparación. La música es en esencia la forma más pura de conversación entre el corazón y el tiempo.

La música es como una autopista que une el pasado de luces y sombras con el futuro incierto, y es clave para aprender a vivir en paz con uno mismo, con quienes te rodean y con el mundo exterior; por eso hay que buscarla, seguirla y no abandonarla jamás.

En el género vallenato existen compositores que llevan en su ADN la música que parecen haber sido elegidos por el destino para traducir la vida en versos y acordes. Es justamente el caso de Juan Manuel Pérez Sánchez, hijo de Chiriguaná, municipio colombiano ubicado en el centro del departamento del Cesar, al norte del país. Un territorio que respira Caribe por cada poro de su historia, un epicentro de riqueza cultural donde las tradiciones folclóricas son herencia viva, donde la tambora es latido ancestral y donde la conexión con la majestuosa Ciénaga de Zapatosa define el carácter espiritual de su gente.

Chiriguaná es un cruce de caminos culturales donde resalta la herencia indígena y afrodescendiente manifestada en danzas, bandas de viento, cantos tradicionales, vallenato y en una fuente musical que parece no agotarse jamás. Allí, la música no es entretenimiento: es identidad, es raíz, es destino. Y fue precisamente en medio de esa riqueza sonora donde Juan Manuel abrió los ojos a la vida un viernes 23 de junio en el hogar conformado por Miguel Pérez Arévalo y Juana María Sánchez Ravadán. Su padre, compositor, decimero y poeta; su madre, cantadora de tamboras. Es decir, la música no solo estaba en su entorno: estaba en su sangre, en su herencia genética, en la memoria ancestral de su familia.

Su inclinación musical se manifestó desde muy temprana edad. A los cuatro años ya cantaba las canciones de moda que escuchaba en la radio, repitiendo melodías como si el oído hubiese nacido entrenado. A los ocho años apareció su musa por primera vez, inspirándolo a crear su primera canción: “El sentir de mi tonada”, un hecho que no puede desligarse del ambiente musical permanente de su hogar, donde la música era tan natural como el aire que se respiraba.

Juan Manuel, es el menor de ocho hermanos, pero fue quien cumplió el sueño más profundo de su padre: tener un hijo compositor. Desde ese momento contó con el respaldo absoluto de su familia. La emoción de su padre fue tan profunda que, entre lágrimas, se arrodilló, lo abrazó y le dio gracias a Dios, entendiendo que aquel niño no solo heredaba su apellido, sino también su misión musical.

Su primera gran prueba llegó cuando se presentó en el ‘Primer Encuentro de la Cultura y el Deporte’ realizado en su pueblo, en la modalidad de canción inédita. Compitió contra compositores reconocidos y, contra todo pronóstico, obtuvo el primer lugar. Ese festival se convirtió en el trampolín que lanzó al naciente artista al panorama musical. El premio sorprendió a muchos, pues hasta ese momento Juan Manuel era conocido principalmente por ser un estudiante brillante y un sobresaliente futbolista, un goleador que con su talento rompía las redes contrarias con la misma contundencia con la que luego rompería corazones a través de sus canciones.

Si algo ha caracterizado a Juan Manuel Pérez Sánchez es su disciplina para llevar de la mano su carrera musical y su formación académica. Culminó sus estudios de bachillerato en el ‘CONALCHI’ (Colegio Nacional de Bachillerato de Chiriguaná). Luego se graduó como Comunicador Social y Periodista de la Universidad Autónoma del Caribe, en Barranquilla, y posteriormente se especializó en Gobierno y Gestión Pública. Un equilibrio entre la sensibilidad artística y el pensamiento estructurado, entre la emoción del compositor y la responsabilidad del ciudadano.

Fue precisamente en su etapa universitaria cuando tuvo un acercamiento con el dos veces Rey Vallenato, Julio César Rojas Buendía que buscaba canciones para su nuevo trabajo discográfico. Sin embargo, cuando Juan Manuel llegó, la selección de temas ya estaba cerrada. Aun así, su talento dejó huella, y fue recomendado con Miguel Herrera, quien hacía pareja musical con el acordeonista Luis “El Negrito” Villa. Así lograron llevar al acetato un paseo vallenato romántico titulado “Solo tú me puedes curar”, en el año 1992. Ese momento marcó el verdadero despegue de su carrera musical.

La canción empezó a sonar en emisoras, y el nombre de Juan Manuel comenzó a recorrer los pasillos de la industria vallenata. Nacía así un compositor con identidad propia, con sensibilidad narrativa y con una profunda capacidad para convertir emociones humanas en poesía cantada. Su pluma no tardó en multiplicarse en obras que hoy hacen parte del cancionero sentimental del vallenato.

Títulos como “Despacito linda”, “90 – 60 – 90”, “Reina de reinas”, “Estás muy buena”, “Pa’ cogerte cría”, “Me quieren y no me quieren”, “Corona de espinas”, “Solterito y a la orden”, “A mi viejo”, “Carta de Navidad”, “Necesito verte”, “Quién te calentó el oído”, “Linda” y “La que me quita el sueño”, entre muchas otras composiciones, confirman la versatilidad temática de un autor capaz de navegar entre el amor romántico, la picardía caribeña, la nostalgia familiar y la reflexión existencial.

Voces consagradas del canto vallenato han llevado su obra al corazón del pueblo. En ese selecto listado se destacan leyendas como Poncho Zuleta, Jorge Oñate, Diomedes Díaz, Beto Zabaleta, Iván Villazón, Silvio Brito, Farid Ortiz, Robinson Damián, Miguel Herrera, Joaco Pertuz, Luis “El Pade” Vence y Fabián Corrales. A la vez, nuevas figuras del vallenato han encontrado en su obra una fuente viva de repertorio, entre ellos Silvestre Dangond, Peter Manjarrés y el recordado Martín Elías, demostrando que su música no pertenece a una época, sino a la esencia misma del sentimiento vallenato.

Después de graduarse y ejercer su profesión, tuvo la oportunidad de desempeñarse como profesor en la Universidad de Pamplona, en Norte de Santander, en modalidad a distancia, y posteriormente en la Universidad Popular del Cesar, en Valledupar. Fue precisamente en ese contexto académico donde el reconocido locutor Javier Fernández Maestre decidió bautizarlo con un apodo que terminaría definiendo su esencia pública y profesional: “El Catedrático”. Un nombre que no solo hace referencia a su ejercicio docente, sino a su manera de componer: con estructura, con profundidad conceptual, con narrativa emocional y con la capacidad de enseñar a través de cada verso.

Porque Pérez Sánchez no solo escribe canciones: escribe lecciones de vida envueltas en melodía. En él convergen el aula y la tarima, la teoría y el sentimiento, la academia y la sabiduría popular del Caribe profundo. Su obra demuestra que el vallenato no es solo música para bailar o enamorar, sino también un archivo emocional de los pueblos, una bitácora sentimental donde se registran alegrías, nostalgias, amores y despedidas. En ese orden de ideas, es menester destacar que el cantautor soñador tuvo la oportunidad de grabar 2 producciones musicales: una al lado del acordeonista mariangolero Marcos Jiménez, titulada ‘ Mi Mejor Jugada’ en el año 2002 y la segunda en 2005 titulada ‘De La Mano de Dios’, acompañado del Rey Vallenato 2005 Juan José Granados.
“El catedrático” Juan Manuel Pérez también ha tenido el honor de haber sido elegido en dos ocasiones como Mejor Compositor del Año en Colombia, en los años 1998 y 2002.

Juan Manuel Pérez Sánchez representa esa figura del compositor que entiende que la música es memoria viva, documento emocional y puente entre generaciones. Un hombre que nació en un territorio donde la música no se aprende: se hereda, se respira y se honra. Porque hay compositores que escriben canciones, y hay otros, como «El Catedrático», que construyen reflejos emocionales donde generaciones enteras aprenden a amar, recordar y resistir. Su obra no sólo suena: permanece. No sólo emociona: trasciende. Y mientras exista un acordeón contando historias y una voz llevando sus versos al viento del Caribe, su música seguirá latiendo, en el corazón mismo del vallenato.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Cuando los versos encuentran su voz: la alianza musical entre Beto Zabaleta y Rafa Manjarrés

«La música es el único placer sensual sin vicios»: Samuel Johnson (poeta y ensayista inglés)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

En la música universal siempre ha existido un misterio hermoso: ese instante en que un compositor y un intérprete se reconocen sin haberse buscado. Uno escribe desde la entraña, desde una herida, la felicidad, el amor o la nostalgia; el otro toma ese verso ajeno y lo vuelve propio, lo habita, lo respira y lo entrega al mundo como si hubiese nacido en su garganta. Es un entendimiento que trasciende géneros y fronteras, una comunión donde la inspiración encuentra su destino.

La historia de la música está llena de esos matrimonios artísticos que marcaron épocas: la voz de Rocío Dúrcal convertida en eco eterno de las canciones de Juan Gabriel; Manuel Alejandro escribiendo para que Raphael desgarrara el alma con cada interpretación; Martín Urieta encontrando en Vicente Fernández al cantor perfecto de la épica ranchera; Agustín Lara eternizado en la voz profunda de Toña La Negra; Omar Alfanno viajando en el soneo elegante de Gilberto Santa Rosa; Alfredo Le Pera fundido para siempre en los tangos con Carlos Gardel; o Tite Curet Alonso diciendo verdades que Héctor Lavoe volvió inmortales.

En todos esos casos ocurrió lo mismo: cuando el verso encuentra su voz, la canción deja de ser canción y se convierte en destino.

Ese mismo fenómeno, con identidad propia y raíz caribe, ha ocurrido en el vallenato. Y en esta oportunidad me voy a referir a la alianza musical entre Rafael Enrique Manjarrés Mendoza y Alberto Luis Zabaleta Celedón. Un encuentro que no se explica con lógica, sino con destino; donde la palabra nace herida de amor y la melodía aprende a respirar con alma. Una unión que parece haber sido escrita antes de que Beto y Rafa se conocieran.

Es una de esas coincidencias raras que no obedecen al azar, sino a una afinidad profunda, casi espiritual, entre quien escribe el sentimiento y quien lo pronuncia con su canto. Ambos nacieron en el extremo norte del territorio colombiano, allí donde La Guajira se vuelve canto cotidiano y la música corre por las venas como una herencia inevitable. Beto Zabaleta vio la luz un 17 de mayo de 1957 en El Molino, pueblo pintoresco donde la voz se forma entre parrandas y silencios largos. Rafael Manjarrés nació el 24 de marzo de 1960 en La Jagua del Pilar, tierra de poetas naturales, donde la palabra aprende temprano a doler y a enamorar. Dos pueblos distintos, una misma pasión. Dos caminos que, sin saberlo, iban rumbo al mismo canto.

Pero más allá de la música, entre ellos se tejió algo aún más fuerte: una amistad profunda, un compadrazgo sincero y unos lazos de hermandad que han sabido resistir el paso del tiempo. No solo se admiran como artistas; se respetan como hombres y se quieren como hermanos de vida. Esa cercanía humana ha sido, quizás, el verdadero secreto de su permanencia: la confianza, la lealtad y el afecto que trasciende los escenarios y los estudios de grabación.

Zabaleta, intérprete de raza, genuino, portento del canto, todo terreno del vallenato, encontró en las letras de Manjarrés un espejo perfecto para su sensibilidad. Y Rafael Enrique, poeta mayor de este folclor, halló en la voz de Beto al intérprete que mejor lo entiende, lo siente y lo traduce en emoción colectiva. No se trata solo de cantar bien: se trata de comprender el alma del verso, de saber dónde duele, dónde suspira y dónde se queda callado.

La historia de esta simbiosis comenzó en 1979, cuando la agrupación Los Betos, con Zabaleta como voz líder, grabó la canción titulada “Indecisión” en el trabajo discográfico Triunfadores, con el acordeón de Beto Villa. A partir de ahí se abrió una luna de miel musical que hoy se acerca a cinco décadas, cerca de cuarenta canciones grabadas y una amistad que ha resistido el paso del tiempo, las modas y los silencios.

Desde entonces, cada etapa de esta alianza eterna ha dejado huellas imborrables en el cancionero vallenato: ‘Desenlace’, ‘Aquel amor’, ‘Vuelve’, ‘Volví a tenerla’, ‘Puñados de oro’, ‘Como cambia el tiempo’, ‘Benditos versos’, ‘A una querida amiga’, ‘Canciones lindas’, ‘Dos vidas’, ‘Mi media naranja’, ‘Vuelve corazón’, ‘Así no es ella’, ‘Mil versos de olvido’, ‘Mentira’, ‘Dueña de mi felicidad’, ‘No quiero perderte’, ‘Con toda el alma’, ‘Ausencia’, ‘Amor ciento por ciento’, ‘La vida es así’, ‘Fuiste tú’, ‘Ella es’. Cada una es una estación distinta del alma, un testimonio de cómo el tiempo también puede escribirse en canciones.

Y aunque los años siguen pasando, la confirmación de este vínculo sigue intacta, recordándonos que hay duetos que no envejecen, que solo se profundizan. Porque cuando un compositor escribe pensando en una voz, y esa voz canta como si hubiera escrito la canción, ocurre algo raro y poderoso: la música deja de ser interpretación y se convierte en verdad.

Rafa Manjarrés y Beto Zabaleta no son solo grandes figuras del vallenato, son maestros y baluartes de un folclor que se sostiene gracias a alianzas como la de ellos. Uno, poeta de versos claros con profundidad literaria; el otro, cantor que les otorga vida y memoria. Juntos han regalado un repertorio que no solo se escucha: se siente, se recuerda, se hereda.

Cuarenta y siete años después, su unión sigue siendo ejemplo de respeto, empatía y amor por la música. Un matrimonio artístico donde ninguno eclipsa al otro, porque ambos brillan desde su verdad. Una alianza musical escrita en canciones y sellada en la memoria del pueblo.

Y si esta unión eterna ha perdurado más allá de las décadas es porque descansa sobre dos pilares irrepetibles. Rafael Manjarrés no escribe canciones: construye historias. Cada verso suyo posee la arquitectura emocional de un guion de telenovela, con planteamiento, conflicto y desenlace; con personajes que aman, dudan, caen, regresan y vuelven a amar. Sus composiciones no se limitan a mencionar el amor: lo narran, lo desarrollan y lo dejan suspendido en la memoria colectiva como una escena que nunca se borra.

Beto Zabaleta, por su parte, no solo interpreta esas historias: las encarna. Su voz grave, templada, profundamente humana, es prácticamente inimitable porque no responde a fórmulas ni a técnicas impostadas, sino a una verdad interior que no se puede copiar. En su canto hay autoridad sin ruido, sentimiento sin exageración y una manera única de decir el verso que solo pertenece a quien ha vivido cada palabra antes de cantarla.

Por eso, cuando el guion perfecto de Manjarrés se encuentra con la voz irrepetible de Zabaleta, el vallenato alcanza una de sus expresiones más altas. No es solo música: es dramaturgia hecha canción, es memoria sentimental de un pueblo, es arte popular elevado a categoría de obra mayor.

Y ahí, en ese punto exacto donde el verso toma cuerpo y la voz se vuelve destino, queda sellada para siempre una alianza eterna que ya forma parte de la historia grande del folclor colombiano.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

«Mujer, Tú Eres Vallenato»: cuando la voz femenina despierta el folclor

«Es una expresión bonita cuando canta una mujer»: Alberto «Beto» Murgas (acordeonista y compositor vallenato).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

“Mujer, tú eres Vallenato” es más que el título de un merengue: es una declaración luminosa nacida de la pluma sensible del hombre de leyes y compositor Ignacio Cantillo Vázquez, quien con visión y alma Caribe levanta un canto necesario, un espejo donde el folclor se mira y reconoce lo que siempre ha sido verdad. En las voces de Ule Rumbo, angelical y serena como un susurro del alba, e Ivo Díaz, poderoso y original como un viento que baja de la Sierra con la fuerza de la naturaleza, la obra encuentra su equilibrio perfecto. Y sobre ellos, como un vuelo de mariposa que sabe ser tormenta, el acordeón magistral del Rey de Reyes Almes Granados, fiel alumno de los juglares de antaño, le da el brillo majestuoso que solo la maestría auténtica puede ofrecer, hilando notas con la sabiduría de quien conversa con el pasado.

La canción desmonta con firmeza los viejos prejuicios que algunos todavía predican, esa idea gastada de que “pa’ cantar vallenato no ha nacido la mujer”. Cantillo no responde con rabia, sino con verdad: ¿Cómo negar voz a quien ha sido la inspiración de las más hermosas canciones que posee nuestro folclor? Desde tiempos remotos, la mujer ha sido la chispa que enciende al compositor, el silencio donde germina la melodía, la razón íntima del verso que busca refugio en el papel. Tiene todo el derecho y la herencia del alma, de cantar con su voz sonora, de expresar un amor grande, de bordar su historia en el pentagrama sentimental de la música vallenata.

Este merengue alegre celebra esa verdad innegable: cuando la mujer canta, se percibe una ternura distinta, una dulzura que no es debilidad sino revelación. Ese toque femenino que embellece el verso no adorna: transforma. El hombre que escucha esa mezcla de suavidad y embrujo corre el riesgo, bendito riesgo de enloquecer con su encanto. Cada palabra, en sus labios, se convierte en aroma, en brisa, en destello.

La canción también atraviesa otro territorio: el del acordeón, instrumento que por años fue considerado bastión exclusivo del “macho”. A quienes aún dicen que ninguna mujer puede quitarle jerarquía a un hombre tocando un fuelle, la canción les responde con la misma claridad con que canta un gallo al amanecer: no han visto a la nueva generación de acordeonistas. Mujeres que dominan el instrumento con la misma fuerza, técnica y sentimiento que cualquier rey de un festival, mujeres que tocan para competir, y para existir con verdad.

Por eso el tema invoca el nombre luminoso de la juglaresa Rita Fernández Padilla, una mujer que encarna el prototipo de los músicos completos (canta, compone e interpreta acordeón, guitarra y piano), una soñadora de tierras samarias que llegó a Valledupar a iluminar caminos. Su ejemplo abrió puertas, inspiró a muchas y dejó claro que el vallenato no crece cerrando espacios, sino abriendo todas sus orillas.

Porque en cualquier escenario, ellas se hacen sentir: tienen madera, tienen raíz, tienen tumbao. Con ese ritmo costeño que contagia y esa sensibilidad que vibra, hacen brotar canciones nuevas “como flores en abril”, llenas de vida y destino.

“Mujer, tú eres Vallenato” no es solo un homenaje: es un manifiesto poético y un acto de justicia. Afirma lo que la historia ya sabe: que la mujer no es solo musa, sino voz; no solo inspiración, sino creadora; no solo paisaje amado, sino faro y fundamento del folclor. Porque cada vez que una mujer canta o hace vibrar un acordeón, el vallenato no pierde su esencia: se engrandece, se vuelve más humano, más Caribe, más verdadero.

Cariñosamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Una Tertulia e Integración que se hizo canto, espíritu y memoria bajo el cielo de Corozal

«El arte, cuando es bueno, es siempre entretenimiento»:
Bertolt Brecht (músico y dramaturgo alemán).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay encuentros que no suceden por azar, sino por el llamado invisible de la alegría. Son melodías secretas que la vida compone para recordarnos que la existencia, como un buen paseo vallenato, se disfruta mejor entre risas, versos y corazones dispuestos a cantar.
La amistad verdadera, esa que no se impone sino que florece, es una parranda sin hora de cierre: un espacio donde el alma se desnuda con confianza y la vida se vuelve música al compás del acordeón, la caja, la guacharaca, la trompeta, el clarinete y el redoblante.

Más que amigos, somos una manada que camina unida al ritmo del folclor que nos habita. Compartir esta tertulia fue como escuchar una canción que uno quisiera que nunca terminara.
Porque entre amigos la música es puente, es raíz, es destino. Y el vallenato, el porro y los aires del Caribe colombiano laten como un corazón colectivo que nos convoca y nos sostiene.

El jueves 20 de noviembre de 2025, Corozal parecía tener un brillo distinto, como si el pueblo supiera que algo memorable iba a ocurrir. Para mí fue un honor compartir con algunos integrantes del grupo de WhatsApp Tertulia Vallenata en una velada que trascendió lo cotidiano para convertirse en un ritual de hermandad sabanera.

La ocasión era especial: el cumpleaños del abogado, compositor y cantante Nicanor “Nica” Assia Vergara, un hombre que lleva en su voz la memoria viva del vallenato y del folclor sabanero. Un anfitrión generoso, dueño de un espacio donde la alegría entra sin pedir permiso. Su hospitalidad, bordada con sencillez y nobleza, convirtió su casa en un templo abierto al canto, a la palabra y al sentimiento. Cada gesto suyo fue una nota más en la partitura de afectos que solo los hombres de alma grande pueden interpretar.

Lo que empezó como un encuentro de amigos se transformó en un conversatorio fecundo donde la reflexión se entrelazó con la emoción. Se habló de raíces, de identidad, de la urgencia de honrar lo nuestro sin perder el eco del monte ni el polvo de la trocha. Fue un diálogo íntimo, casi filosófico, donde cada palabra encendía un candil en el pecho. Una tarde convertida en un festival del alma: sin tarimas, sin jurados, sin premios, en el que todos fuimos ganadores. Solo música, solo verdad.

Y cuando la palabra descansó para dejar pasar al sonido, ocurrió la revelación:
el maestro Samuel “Sammy” Ariza tomó el acordeón como quien toma entre los brazos a un ser amado. A su lado, su compañera Mónica Mendoza, presencia suave y luminosa, parecía custodiar cada nota. Con el fuelle al pecho, cada digitación dejaba ver el brillo de su anillo de matrimonio, chispa sagrada que recordaba su pacto de vida, de arte y de historia musical. Lo que interpretó no fue solo música: fue un rezo, una plegaria, una liturgia de excelencia. Una demostración exquisita de un músico que tiene su instrumento como una extensión de su cuerpo.

Entonces, como si el destino hubiese querido sellar el momento con grandeza, llegó el maestro Leonardo Gamarra Romero, leyenda del porro sabanero. A sus ochenta y cinco años sigue demostrando que los artistas verdaderos desafían calendarios. Nos regaló porros clásicos, cómo «Imágenes», «El Barroso Pineano», «Con la garrocha en la mano», recordándonos que la música de la sabana no envejece: se renueva en cada oído sensible que la escucha.

La noche siguió creciendo cuando irrumpió la Banda 8 de Septiembre de Sincé: clarinetes brillando como luciérnagas, trompetas levantando la brisa nocturna, el bombo estremeciendo la tierra, el redoblante marcando la columna vertebral del ritmo. Cada instrumento era un latido; cada melodía, un acto de afirmación cultural.

La escena se enriqueció con presencias de linaje musical:
Lisandrito Meza, hijo del prodigioso “Chane” Meza y nieto del legendario Lisandro Meza Márquez; y Deyson Jayk, quien honra y continúa el legado de su padre, José Jayk. Cada uno, portador de una herencia que no se hereda dormida, sino despierta, viva, urgente.

Cuando el alba comenzó a insinuarse, iniciamos el camino hacia la finca La Manuela, bautizada en honor a la hija del doctor Nica, quien junto a Nicanor Jr. son sus dos retoños. Allí, la sabana abrió su corazón como un libro sagrado. Los potreros verdes parecían oleajes detenidos, alfombras que cobran vida.
Las reses gordas y los caballos brillantes se movían con la calma de quienes saben que pertenecen a un paisaje eterno. La represa reflejaba el cielo como un espejo de Dios. El canto de grillos y ranas repetía su sinfonía mágica. Las aves de corral y los perros parecían unirse a nuestro encuentro por la tranquilidad con la que nos miraban. Y el viento traía olor a pasto fresco, a tierra bendecida, a vida plena.

Las pasturas en La Manuela no son paisajes: son presencia.Nos miran, nos reconocen, nos abrazan.

Y como todo rito Caribe necesita su pan y su fuego, llegó a la mesa lo que en nuestra región es identidad pura:

Chicharrones crujientes, dorados, casi poéticos; yuca tierna que se deshacía entre los dedos; queso costeño fresco; suero sabanero espeso y vivificante; sancocho trifásico, ese triángulo de sabores, equilibrio perfecto, entre el plátano, el ñame y la yuca, que se unen en una danza de texturas y aromas con las carnes de res, cerdo y gallina, que nos conecta con la tierra, la cultura y nuestra historia gastronómica; bocachico con sabor a ciénaga; ajonjolí, aroma de hogar antiguo; y un jugo de guayaba agria que sabía a infancia, a patio de tierra, a cielo abierto.

Cada bocado era un acto de memoria; cada sabor, un reconocimiento de quienes somos.

En ese ambiente de celebración y raíz, el licor llegó como un cómplice discreto del espíritu.
El Buchanan’s Master, con su aroma ahumado, traía consigo nieblas de Escocia y un susurro de gaitas antiguas; en cambio, la Club Colombia Dorada, fresca y alegre, nos regresaba de inmediato al calor vibrante de nuestra sabana.
Entre ambos se dio un diálogo de sabores, un puente invisible que nos hizo sentir vivos, conectados, bendecidos por la noche.

La parranda, con su música, sus voces, su licor y su hermandad, fue más que un festejo: fue un baile de almas.
Un espacio donde el tiempo se aflojó, donde las preocupaciones se desvanecieron, donde la alegría se volvió un idioma común.

El día avanzaba cuando ocurrió el momento que le dio sentido pleno a la tertulia: el doctor Nica, el hombre celebrado, tomó la palabra y su voz se volvió canto.
Su timbre, añejo y fresco a la vez, como los vinos que envejecen hacia adentro; es decir, volviéndose más exquisitos con sabores y aromas redondos e integradados. Se unió al acordeón de Sammy. Y juntos levantaron un movimiento ancestral que todavía vibra en la memoria. Fue un canto que parecía provenir de la tierra misma.

Y entonces, sin planearlo, sin anunciarlo, ocurrió el milagro sencillo que solo se da en el Caribe: todos nos volvimos cantantes.
Abrazados, hombro con hombro, cantamos como si el canto fuera nuestro idioma natural.
No hubo desafinados ni virtuosos: hubo almas.
Por un instante irrepetible fuimos la misma voz.

Así terminó la tarde en La Manuela: con el sol inclinándose como un músico cansado,
con la música flotando sobre nuestras cabezas, y con el corazón lleno de esa verdad que solo se revela en los territorios donde el tiempo camina al ritmo de los instrumentos y la vida se celebra como un milagro cotidiano.

Al lado de todos, irradiando calidez, estuvo siempre presente Adriana, esposa del doctor Nicanor, multiplicadora de sonrisas y elegancia silenciosa. También su madre Sonia y sus hermanas Beatriz, Katty y Sonia, presencias de dulzura profunda, paz y bondad.
Ellas sostuvieron la alegría del día con la fuerza suave que solo las mujeres de la sabana poseen.

Nica, Leo, Sammy, Eder y Nola: gracias por su amistad.
Gracias por recordarnos que en el Caribe colombiano, y esto lo sabe hasta la brisa, cada acorde es un pedazo de eternidad.

Y así, mientras la noche avanzaba con paso lento y la brisa de Corozal seguía murmurando antiguos secretos de la sabana, comprendimos que aquella parranda no era un festejo aislado sino un círculo sagrado donde la vida, el canto y la amistad se reconocían mutuamente. Allí, en ese rincón de la tierra costeña, entre el aroma del suero fresco, el eco del acordeón, el brillo del licor compartido y la sencillez luminosa de la comida que nace del territorio, algo mayor que nosotros mismos respiró con nosotros.

Porque en el fondo lo que celebramos no fue solo un cumpleaños ni una tertulia: celebramos el misterio de estar vivos, el milagro de encontrarnos, la fortuna de seguir siendo compañía en un mundo que a veces olvida la ternura. Cada brindis fue una plegaria; cada canción, una fogata; cada abrazo, un recordatorio de que la alegría también es un acto de resistencia espiritual.

Y mientras las estrellas parecían acercarse, inclinándose sobre el kiosco como testigos antiguos, entendimos que el Caribe no es solamente un lugar: es un modo de sentir, una forma de agradecer, una manera de mirar el mundo con la certeza de que todo vuelve, el canto, la brisa, los amigos, la memoria, porque todo lo que nace del corazón tiene vocación de eternidad.

Así cerramos el día y la noche, más el día que la siguió: con el alma encendida, con los espíritus en paz y con la conciencia íntima de que la hermandad que tejimos allí seguirá acompañándonos como una música que nunca se apaga, como un canto a la cultura y a la tierra que nos vio nacer, como un río que jamás olvida su camino hacia el mar.
Porque en el Caribe colombiano, el café se toma con historias, el viento susurra melodías y cada acorde es inmortal.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado.