«Bodas de Oro”:el bolero donde el amor se hace tiempo.

«Poder sintetizar en las cinco o seis líneas de un bolero todo lo que el bolero encierra es una verdadera proeza literaria»: Gabriel García Márquez (escritor colombiano).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay canciones que no nacen de la imaginación, sino del alma que recuerda. “Bodas de Oro”, del cantautor Hochiminh Vanegas Bermúdez, no es un simple bolero: es una plegaria al amor perseverante, una ofrenda a la memoria viva de dos corazones que se negaron a rendirse ante el desgaste del tiempo.

Su historia germina en una reunión familiar cualquiera, en una conversación que se eleva por encima del ruido cotidiano. Una amiga menciona que sus padres celebrarán sus Bodas de Oro «cincuenta años de unión» y el asombro invade el aire como una epifanía. En un mundo donde los amores se disuelven con la prisa digital, donde el compromiso parece una reliquia, esa pareja convertida en historia real irradia la belleza de lo que permanece.

Vanegas Bermúdez, hijo de una madre que supo criar sola entre batallas y silencios, encuentra en ese relato un espejo luminoso y doloroso a la vez. La historia de quienes se amaron contra todos los pronósticos, que fueron rechazados, que huyeron a la ciudad con más sueños que certezas y con más fe que recursos, se convierte en la semilla de su canción. En ese amor fugitivo, Hochiminh reconoce la dignidad de los que fundan hogar desde la carencia, de los que edifican esperanza sobre la ternura.

Aunque su esencia artística proviene del universo vallenato, Hochiminh Vanegas Bermúdez aterriza con maestría en el territorio del bolero, buscando un tono más íntimo y romántico que le permitiera a la letra respirar con la cadencia del sentimiento. En ese tránsito musical, el artista no abandona sus raíces, sino que las transforma: el acordeón se silencia para darle paso a la guitarra, que asume el papel protagónico como instrumento principal y de acompañamiento, tejiendo con sus cuerdas la nostalgia de cada verso. A su alrededor, una delicada combinación de percusión, bongó, maracas y güiros, acompasa el ritmo de la memoria, mientras el piano y el bajo aportan la hondura emocional que envuelve la melodía en un halo de eternidad. Todo el conjunto sonoro se convierte en un lenguaje de emociones donde cada nota parece latir con la historia que se canta.

Así nace este bolero: en el cruce entre la nostalgia y el homenaje, entre la carencia y la plenitud. “Hicimos hogar como linda tacita de plata”, canta, y esa metáfora resume medio siglo de trabajo y paciencia, de amor que pule su brillo con los años. No hay artificio, solo la poesía de lo cotidiano: la casa que se levanta, los hijos que crecen, las tormentas que pasan sin romper el vínculo, el amor que envejece sin marchitarse.

El bolero, género inmortal del romanticismo latinoamericano, vuelve a ser aquí lo que siempre fue: una confesión hecha melodía, una ceremonia donde la palabra se abraza con la música para resistir el olvido. Hochiminh le devuelve al bolero su poder más puro: el de recordarnos que amar no es un instante, sino una constancia; no es promesa, sino persistencia.

“Bodas de Oro” no solo celebra una pareja: celebra una ética. La del compromiso que florece en la adversidad, la del amor que se asienta no sobre la pasión fugaz, sino sobre la construcción paciente del nosotros. Ese amor que no depende del “qué dirán”, sino de la voluntad diaria de permanecer.

En su interpretación, el bolero se convierte en un ritual íntimo, en una bendición compartida. Las guitarras son las voces del tiempo, y la melodía, un abrazo a los que aún creen que el amor verdadero es el único lujo que no se compra ni se copia.

Que esta canción sirva, como desea su autor, de inspiración para los jóvenes y las parejas del siglo veloz. Que nos recuerde que el amor no se mide en años, sino en cicatrices superadas juntos; que la tecnología podrá acelerar la vida, pero nunca reemplazará el milagro de dos almas que se acompañan hasta volverse eternidad.

Porque en un mundo que olvida rápido, “Bodas de Oro” nos invita a recordar lento.
Y en ese recuerdo, el bolero vuelve a ser lo que siempre fue:
la forma más humana del amor hecho música.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado.

¿Por qué escribo sin ser escritor?

Por *Ramiro Elías Álvarez Mercado*

La paradoja de la creación: un ser que se expresa a través de la palabra sin haber pasado por los templos académicos de la literatura.

¿Por qué escribo, entonces? ¿Qué fuerza misteriosa me impulsa a dejar que mis pensamientos se derramen sobre el papel, como un río que busca su cauce entre las piedras del silencio?

Quizás sea porque escribir es una forma de liberación, un intento de ordenar el caos interior, de capturar la esencia de lo que escapa, de darle nombre a lo que duele o a lo que brilla fugazmente.
Es un acto de resistencia ante el olvido, es mi manera de darle sentido a la vida, a la muerte, a la alegría y al desconsuelo.
Escribir es, para mí, un modo de respirar cuando el aire escasea.

Nací en Planeta Rica –  Córdoba, un municipio del Caribe colombiano que, aunque queda un poco lejos del mar, respira con el espíritu del trópico.
Su gente vive con el corazón abierto con esa manera tan nuestra de enfrentar la vida entre el humor y la esperanza.
Crecí hasta los doce años entre los corregimientos de Campo Bello y Pica Pica, lugares donde el tiempo parece tener otro ritmo y donde cada amanecer tiene el color de la esperanza.

Allí estaba rodeado de ganado y aves de corral, del canto de los pájaros, de cultivos y vegetación abundante.
Los caminos eran de polvo en verano y de barro en invierno, en medio de la brisa cálida de los atardeceres encendidos y rojizos, acompañados por los sonidos mágicos de la naturaleza.
La finca de mis padres fue mi primera escuela: allí aprendí a observar.
Fui un niño curioso, capaz de asombrarse ante cualquier fenómeno natural, de encontrar poesía en la forma en que el viento jugaba con los cultivos, o en el rumor del río San Jorge y la quebrada San Jerónimo que me hacían delirar de emoción con sus corrientes cantarinas.

En ese entorno sencillo y vasto los campesinos fueron mis primeros maestros.
De ellos aprendí una sabiduría que no se enseña en los libros: la del silencio, la paciencia, el respeto por la tierra.
Me enseñaron que la palabra tiene peso, que una promesa es ley, y que trabajar con las manos no impide soñar con el alma.
Sus conversaciones al atardecer, entre el humo del fogón y el aroma del café, eran lecciones de vida disfrazadas de cuentos.
Cada historia tenía raíces y cada risa era una forma de esperanza.

Mis primeras experiencias con la lectura fueron un milagro de la imaginación.
Antes de conocer la literatura formal conocí los mundos del papel barato y las ilustraciones heroicas.
Los cómics y revistas vaqueras fueron mi portal al infinito, con ellos descubrí que el hombre podía volverse héroe, que la justicia podía tener un sombrero y una estrella en el pecho, que el valor podía cabalgar entre el polvo del desierto.
Kalimán me enseñó la fuerza del pensamiento; Águila Solitaria, el coraje de la soledad y Arandú, la sabiduría del guerrero que defiende su selva y su gente.
A través de ellos comprendí que la palabra era más poderosa que la espada y que imaginar era una forma de libertad.

Luego vinieron los autores de las revistas vaqueras: Silver Kane, Marcial Lafuente, Gordon Lumas, Clark Carrados, Keith Luger.
Ellos me enseñaron el arte del suspenso, el ritmo de la acción y la intensidad del diálogo.
Sus historias, leídas a la luz temblorosa de las lámparas de petróleo, me formaron el oído narrativo y el gusto por las emociones bien contadas.

Porque la falta de luz eléctrica nunca fue una excusa; por el contrario, las lámparas de petróleo brillaban más: su luz tibia hacía que las sombras cobraran vida, que los héroes de papel se movieran en las paredes, que las palabras se convirtieran en destellos.
Bajo esa penumbra nacieron mis primeros sueños de narrador, allí aprendí que la oscuridad también puede ser una maestra luminosa.

Más tarde llegaron los autores de la literatura universal, y cada uno me dejó una huella distinta.
Gabriel García Márquez me enseñó que lo real puede ser tan mágico como un sueño y que el Caribe cabe entero en una frase.
Julio Verne me mostró que la imaginación también es un viaje, y que la ciencia puede ser una forma de poesía.
José Eustasio Rivera me reveló que el hombre, como la selva guarda dentro de sí la lucha entre la belleza y la barbarie.
Jorge Isaac me regaló la pureza del amor ideal y el valor de la ternura tan necesaria en un mundo áspero.
Ernesto Sábato me hizo descender a mis sombras, a entender que escribir también es mirarse en el abismo.
Miguel de Cervantes me enseñó que la locura puede ser una forma de sabiduría, que los soñadores son los verdaderos cuerdos del mundo.
Y Pablo Neruda me mostró que la palabra puede oler a mar, a pan, a vino, que la poesía puede nacer de lo cotidiano y elevarse hasta lo eterno.

Todo eso desarrolló mi imaginación, consolidó mi amor por la lectura y por la investigación, sin ser escritor, pero con la entrega de quien ha descubierto un fuego que no se apaga.
Porque en el fondo, escribo porque soy yo, porque siento y porque no puedo dejar de hacerlo aunque lo he intentado.

El río San Jorge y la quebrada San Jerónimo eran mis escenarios de asombro: su rumor constante me enseñó que todo fluye, que toda corriente busca su destino.
La cercanía con los campesinos me reveló la sabiduría sencilla de quienes viven de la tierra y la honran con el sudor.
En medio del trabajo y las historias junto al fogón nació mi fascinación por los relatos y por las palabras que guardan memoria.

Mi padre me inculcó tres pasiones que me acompañan hasta hoy: la lectura, los deportes y la música.
Con él aprendí a amar el fútbol y el ciclismo, que me enseñaron el valor del esfuerzo y la disciplina, pero también el arte de disfrutar la vida en movimiento.
Y me transmitió, sobre todo, el amor por la música del Caribe colombiano: el vallenato, el porro, la cumbia, el bullerengue.
Él siempre fue admirador de los grandes juglares: Alejandro Durán, Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, Enrique Díaz, Miguel Emiro Naranjo, Lucy González , «La Niña» Emilia, Juancho Polo, Alfredo Gutiérrez, Emiliano Zuleta, Leandro Díaz, Rafael Escalona, Pablo Flórez y tantos otros que, con su canto, sembraron poesía en el alma del pueblo.
De esa herencia nace también mi impulso por escribir sobre ellos, sobre nuestra música, nuestras raíces, los vinos y sabores porque todo eso hace parte de mi oficio y de mi vida.

Mi padre me enseñó que la cultura no es un lujo sino una forma de dignidad.
Y que hablar de un buen vallenato, de un vino o de un gol bien hecho, puede ser también una manera de escribir poesía.

En aquellos años la falta de luz eléctrica nos acercaba a otra forma de maravilla: la radio.
Frente a ella aprendí a imaginar. “Ver la radio” fue mi primera forma de escribir con los sentidos: creaba imágenes con las voces, rostros con los sonidos, emociones con los silencios.

No tengo formación profesional en literatura ni en escritura.
Soy un hombre empírico, un autodidacta de la palabra.
No aprendí entre pupitres ni bajo la guía de un profesor de letras, sino en las aulas del mundo, en el vaivén de la vida misma.
He aprendido escuchando el murmullo de la calle, observando la nobleza de lo simple, leyendo sin pretensiones y escribiendo sin miedo.
Mis verdaderos maestros han sido el amor, la nostalgia, la música, el silencio y el paso del tiempo.

No escribo desde la técnica, sino desde la intuición; no desde la teoría, sino desde la emoción.
Escribo como quien conversa con su sombra o con su propia historia.
A veces las palabras habladas me resultan más pesadas que las escritas.
Frente al papel, o frente a una pantalla, encuentro refugio: allí mi voz no tiembla, allí puedo pensar en calma y reconciliarme con mis pensamientos.

He vivido treinta y un años de los cincuenta y uno que tengo en Bogotá, la fría capital que me adoptó sin apagar el fuego costeño que me habita.
Allí, entre el ruido y la prisa, fue donde aprendí a escribir con más constancia, quizás para no perder el hilo de mi origen, quizás para que el Caribe siguiera vivo en mi interior.
Porque aunque vivo lejos del mar, el río y la quebrada, ellos me siguen por dentro: están en mis recuerdos, en mi acento, en la forma en que nombro el mundo.

Mi oficina es un lugar poco habitual: el TransMilenio, ese río de metal que atraviesa la ciudad.
Allí, entre el bullicio y la marea humana, encuentro el ritmo perfecto para escribir.
Es mi taller en movimiento. Escribo mientras el paisaje cambia y las estaciones se suceden como capítulos de una novela interminable.
El vaivén del bus es mi metrónomo; el murmullo de la gente, mi fuente de inspiración.

Y cuando llego a mi sitio de trabajo, el restaurante El Viejo Bandoneón, la escritura no se detiene: se transforma.
Allí, entre aromas y copas, aprendo cada día que atender a un cliente también es un arte.
Sugerir un plato o un vino se parece mucho a escribir: en ambos casos uno intenta ofrecer una experiencia, despertar los sentidos, dejar una huella.
Un buen vino, como un buen texto, debe tener cuerpo, ritmo y carácter; debe empezar suave, luego sorprender, y finalmente dejar un recuerdo que perdure.

Aunque no soy músico, me apasiona analizar las letras de las canciones.
Las escucho con detenimiento, las desarmo y las vuelvo a armar para entender lo que me transmiten.
Las califico según la hondura que dejan, según la emoción o la verdad que encierran.
En cada letra encuentro una historia, una intención, una mirada sobre el mundo que me inspira o me conmueve.

En mi niñez y adolescencia practiqué fútbol, ya no lo hago; sin embargo, sigo leyendo el juego desde mi propia óptica.
Observo la táctica como si fuera un texto, la jugada como si fuera una frase bien construida, el gol como una metáfora que estalla en belleza.
Lo mismo me ocurre con otros deportes, como el ciclismo, que admiro por su esfuerzo silencioso, por esa épica del pedal que combina soledad y resistencia.
Todo eso, al final, también es literatura en movimiento.

He escrito sobre cultores de la música del Caribe colombiano: algunos ampliamente reconocidos, otros menos conocidos, pero todos valiosos.
Mi pluma los busca, los enaltece, los devuelve al lugar que merecen.
Es mi forma de rendir tributo a quienes, con su canto, mantienen viva la memoria cultural de nuestra tierra.

Así que escribo, no porque me considere un escritor, sino porque soy un hombre que siente, que observa, que reflexiona y recuerda.
Escribo porque la vida me desborda y necesito ponerla en palabras.
Porque a veces solo al escribir entiendo lo que vivo.

Y si me preguntan: ¿por qué escribes sin ser escritor?, responderé con calma, con la serenidad de quien ha encontrado su verdad:

Escribo porque soy movimiento y pensamiento; porque, como en el fútbol, cada palabra es un pase que busca destino, una jugada que nace del corazón.
Porque escribir, al igual que vivir, es no dejar que la pelota del alma se quede quieta.

Atentamente,
*Ramiro Elías Álvarez Mercado*

Tomás Martínez Montenegro: ¡El Curucutiador!

«La cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y vivir»: Milan Kundera (escritor, dramaturgo, ensayista y poeta checo)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

En la vasta y palpitante geografía del Caribe colombiano, donde los vientos arrullan con cantos antiguos y el sol dora las raíces de la tierra, hay almas que no solo habitan el arte: lo respiran, lo encarnan, lo hacen carne viva. Una de esas almas luminosas es la de Tomás Martínez Montenegro: caminante de la palabra y del ritmo, sembrador de memoria, tejedor de identidades.

Escritor apasionado, investigador cultural incansable, compositor de música vallenata y de otros aires del trópico; pero más allá de los títulos, es un hombre que escucha el murmullo del pasado y lo transforma en canto.

Su obra, más que una expresión individual, es un puente de tierra y tiempo, un eco que enlaza generaciones con un hilo invisible pero poderoso: el de la tradición viva.

No fue el azar quien lo bautizó con ese nombre curioso y entrañable: “El Curucutiador”. No lo define un diccionario, sino el alma popular, que reconoce en él a quien husmea entre las raíces, al que curiosea en los pliegues de la historia, al que busca con hambre tierna y terquedad poética lo que otros dejan pasar. «Curucutear», en su universo, es más que mirar: es descubrir, es escarbar en el silencio para encontrar voces. Si le das una palabra, te devuelve un relato; si le das una pausa, te escribe un poema. Tiene el espíritu de un gato curioso y el corazón de un niño que aún no se resigna al olvido.

Nació un domingo, el 8 de marzo de 1981, como si el calendario mismo le hiciera un guiño al arte y a la sensibilidad. Fue en el Hospital Santander Herrera de Pivijay, Magdalena, donde el Caribe colombiano canta bajito en los patios y las madres aún acunan con coplas. Pero su verdadera infancia, la que se escribe con mayúsculas en el alma, transcurrió entre las calles polvorientas del corregimiento de Sabanas, en el municipio de El Piñón. Allí vivió hasta los once años, entre juegos de tierra, cantos de grillos, lluvias dulces y la brisa cómplice que le hablaba al oído.

Fue el primogénito del amor sencillo y profundo de Cira María Montenegro Cantillo y José del Carmen Martínez de la Cruz, campesinos de manos callosas y corazón abierto, sembradores de vida que supieron enseñar, con su ejemplo silencioso, el valor de la tierra, la dignidad del trabajo, el milagro cotidiano del maíz que florece. En ese hogar de afectos humildes y raíces hondas, Tomás aprendió a escuchar el lenguaje secreto del mundo.

Su primer contacto con las letras fue en la escuela Las Vásquez, llamada así por el apellido de sus fundadoras. Allí, entre pupitres sencillos y pizarras de tiza, comenzó su travesía por el abecedario de la vida. Fue también el lugar donde despertó su amor por la lectura, la investigación y los cantos vallenatos que ya vibraban en su sangre gracias a su padre, ferviente seguidor de Los Hermanos Zuleta. Aquella música que brotaba de las casetas y los radiotransistores no era solo melodía: era historia viva, poesía campesina, mapa del alma costeña.

Cursó hasta cuarto de primaria en la Escuela Rural Mixta de Sabanas, donde guarda un recuerdo especial de la profesora Emma Pizarro, maestra de las que dejan huella, a quien aún conserva en su afecto y memoria. Luego, su camino lo llevó de regreso a Pivijay, donde culminó el quinto grado en la Escuela Urbana de Varones No. 1, y más tarde la secundaria en el Colegio Nacional de Bachillerato (hoy Liceo Pivijay), donde no tardó en destacarse por su inteligencia aguda y sensibilidad singular.

Pero Tomás no es solo un académico ni un artista de libreta. Es un curador de lo intangible, un cronista de lo que se siente más que de lo que se dice. A la par de su formación profesional, ha dedicado su vida a escribir, componer, investigar y preservar la cultura costeña, esa herencia mestiza y luminosa que habita en cada esquina del Caribe. Sus raíces campesinas no son un recuerdo, son el faro que guía su palabra. El contacto íntimo con la naturaleza, con la sencillez de la vida rural, con los silencios que también narran, ha sido la savia que nutre sus libros, sus canciones, su mirada.

El vallenato, más que música, ha sido para él una forma de estar en el mundo. Desde niño, esas letras cargadas de historia y envueltas en melodías que saben a campo y a calle le marcaron el alma. De esa pasión nació el compositor que hoy habita en él. Sus canciones no son artificios: son ventanas abiertas al alma popular, reflejos de su gente, de su pueblo, de su infancia. Tienen el perfume del campo y el ritmo del corazón costeño. Son, como él mismo, una mezcla de tierra y cielo, de lágrima y carcajada, de pasado y presente.

Luego se traslada a la ciudad de Bucaramanga para adelantar sus estudios universitarios y se gradúa de Ingeniero Industrial, con Especialización en Gerencia de Proyectos y un MBA en Administración y Gestión de Empresas.

La llegada a la llamada «Ciudad Bonita» lo marcó profundamente porque pudo apreciar el contraste radical entre el Caribe y la región andina. El cambio geográfico, cultural y emocional le provocó tristeza y melancolía y fue precisamente ese duelo con la nostalgia lo que lo impulsó a escribir un libro sobre la cultura costeña. Para Tomás, la cultura no es solo geografía: es identidad, es herencia, es una forma de respirar el mundo.

Es entonces cuando crea la página “Cultura Costeña: palabras, dichos, costumbres y creencias”, un espacio digital de rescate, de memoria, de exaltación de lo nuestro. Su motivación: escudriñar y descifrar esas huellas culturales y paleontológicas del lenguaje y la tradición oral, que están a la vista, en el habla, el imaginario colectivo, la música y las letras. Todo ello nace de su nostalgia, sí, pero también de una voluntad profunda por preservar y dignificar la vida del pueblo.

A esto suma una intención académica: insertar fundamentos historiográficos y lingüísticos al conocimiento popular, para demostrar que la oralidad también posee valor documental y profundidad intelectual. Sostiene que cuando uno vive en un pueblo, está bajo el embrujo macondiano, y eso muchas veces no permite vislumbrar la riqueza que se tiene.

Estas y muchas más razones nos confirman que Tomás Martínez Montenegro seguirá curucutiando, porque su gente se reconoce en sus libros, en sus canciones, en sus publicaciones. Su diálogo constante con lectores y seguidores le ha permitido descubrir la mayéutica socrática: preguntar para que otros encuentren la verdad que yace en su interior. Ese ejercicio se ha convertido en una sinergia del conocimiento, gestado colectivamente, en red, desde el corazón del pueblo.

El Curucutiador aprendió a escudriñar las raíces del alma costeña, nuestra herencia bucólica y rupestre. Y aunque su arte brota de su propia sensibilidad, también es fruto de una herencia literaria: su tío materno Julio Montenegro, compositor, poeta y escritor, y sus primos Rafael Montenegro García, relator costumbrista de corte picaresco, y Nelman Montenegro López, narrador de cuentos e historias populares.

Tomás Martínez nació con el don de contar historias. Las vive, las canta, las transforma en puentes hacia la memoria colectiva. Es un escritor de raíces profundas, un investigador incansable de los saberes ancestrales, un compositor de versos que se hacen vallenato en el corazón de la gente, un creador de contenido que honra lo cotidiano, lo auténtico, lo nuestro. En cada una de sus facetas, es un guardián de la cultura, un tejedor de identidades que, con sensibilidad y amor, le da voz a las tradiciones que habitan en la entraña del Caribe colombiano.

Libros publicados: ‘Homenaje al Pueblo de la Cultura Costeña’ (Tomo 1 y 2).

En proceso: Obra lingüística e histórica con cerca de 300 expresiones raizales del dialecto Costeñol.

Relatos costumbristas e investigaciones destacadas:

  • Durmiendo en la iglesia de Corralviejo.
  • Descifrando la expresión «Apa ‘o’a» de Alejandro Durán.
  • Quedar con los crespos hechos: origen, usos y variantes en la cultura costeña colombiana.
  • Un hombre fuera de tiempo: Nelman Montenegro.
  • El bohemio: Manuel del Cristo Martínez de la Cruz.
  • Un personaje del pueblo: Augusto César Montenegro Ternera.
  • El Saca Muelas’ sonrisa hasta la eternidad, entre muchos más.

Canciones (grabadas e inéditas): Más de 60 composiciones; entre ellas, ‘Soy de pueblo’, ‘Amor de costumbre’, ‘La bendecida’, ‘Noche de tangas’, ‘Vallenato en gaitas’, ‘Navidad en el pueblo’, ‘El mechón’, ‘El machete’, ‘El Paso de Los Durán’, ‘El pueblo es la inspiración’, ‘El sabanero de oro’, ‘La danza del río’, entre otras joyas musicales.

Intérpretes destacados,
cantantes: Daniel Camilo Baquero Romero, Carlos Alvarado Rodríguez, Horacio «El Chacho» Mora, José de la Cruz, Carlos Mario de la Cruz, José Yancy, Elías Figueroa.
Acordeoneros: Eris Puentes, Xavier Kammerer Ramos, José Martín de la Cruz.

Festivales y premios:

  • Festival Río Grande de la Magdalena (2021) – Primer lugar en canción inédita.
  • Festival La Perla del Norte (2022) – Tercer lugar.

Participaciones en El Banco, Valledupar, Pivijay, Urumita, La Loma, entre otros.

Eventos literarios y publicaciones:

  • Antología Internacional «Entre la guerra y la paz» (2022).
  • Antología «Tejiendo memoria» (2021).
  • Feria del Libro “Déjame leer en paz” (2022) – Barrancabermeja.
  • Festival Autóctono III (2025) – Piedecuesta, Santander.

Tomás Martínez Montenegro es más que un nombre en las páginas del folclor, es un eco que vibra entre las palmas y el polvo del camino. Es un farol encendido en la noche del olvido. Es artesano de la palabra y de la nota, cantor de la memoria y del alma, alquimista del pasado y sembrador de futuro.

En su pluma, la cultura se hace río; en su voz, la historia canta; en su corazón, el pueblo encuentra refugio. Él no solo escribe, consagra. No solo compone, honra. No solo investiga, revela.

Escritor de la memoria viva, compositor del alma popular, investigador de los silencios heredados, gestor del espíritu comunitario y creador digital de un archivo emocional que no cabe en bibliotecas.

Tomás es verbo y raíz. Es tambor y verso. Es pueblo, es tierra, es viento, es fuego. Es Caribe que no se olvida.
Es, en definitiva, el Curucutiador eterno, custodio de lo nuestro, sembrador de identidad, cantor de la verdad profunda que solo los que aman su origen logran convertir en poesía.

Atentamente, Ramiro Elías Álvarez Mercado.

Porte y Elegancia: Un canto al renacer del amor en clave de sentimiento vallenato

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado.

«Porte y Elegancia», del compositor Edwin Andrés “Mákina” Altamiranda Mercado, es un paseo vallenato que retrata, con profunda sensibilidad, el viaje emocional de un hombre marcado por el dolor de una separación amorosa. La letra, cargada de nostalgia y reflexión, nos sumerge en el duelo sentimental de alguien que, tras perder un amor, creyó cerrado para siempre el capítulo del enamoramiento.

Sin embargo, la vida le tenía reservada una nueva oportunidad: un reencuentro con el amor, esta vez encarnado en una mujer que, con su porte y elegancia, despierta nuevamente su corazón adormecido.

La interpretación vocal del maestro Miguel Herrera le imprime a la canción un carácter auténtico, lleno de matices emocionales.
Su voz, clara y poderosa, transmite con sinceridad el dolor del pasado y la sorpresa de un nuevo amor, logrando conectar profundamente con quien la escucha.

En cuanto a la melodía y los arreglos, el acordeón a cargo de Eneison Salas juega un papel protagónico en la narrativa musical. Desde los primeros compases, el instrumento de pitos y bajos se convierte en el hilo conductor de la historia: inicia con un lamento melódico que evoca el desconsuelo del protagonista. Al principio, el acordeón llora. Casi se arrastra, como quien aún no encuentra consuelo. Pero, poco a poco, se eleva, se transforma, florece. Y en ese florecer, con notas delicadas pero firmes, dibuja el rostro de esa nueva mujer, que no solo enamora por su belleza, sino por su porte y elegancia, por su manera de llegar sin buscar protagonismo y quedarse sin pedir permiso.

Conforme avanza la canción, los arreglos se tornan más cálidos y esperanzadores, reflejando el resurgir del amor. Los matices en los pases del acordeón, su digitación precisa y emotiva, y la armonización con la caja y la guacharaca logran ese equilibrio perfecto entre tristeza y renacimiento que caracteriza las piezas del vallenato romántico.

«Porte y Elegancia» no es solo una canción de amor; es una declaración de que el corazón, aunque herido, siempre tiene la capacidad de volver a sentir. Una obra que honra la esencia del vallenato narrativo, donde la música y el mensaje se funden para contar historias que todos, de una u otra forma, hemos vivido.

Javier Díaz Daza: Un compositor con alma sentimental

«La música es el reflejo de los sentimientos de quien la compone»: Wolfgang Amadeus Mozart (compositor austriaco).

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Cada obra musical tiene detrás una historia, ya sean vivencias personales o ajenas, arte o sucesos, siempre hay algo que permite ligar una canción a un contexto determinado. Los autores utilizan la música como medio de expresión en razón a que con ella pueden transmitir sentimientos universales que son recibidos por los oyentes. En el vallenato, existen compositores cuya obra refleja profundamente sus emociones, como es el caso de Javier Díaz Daza.

Nacido en el municipio de El Molino, un martes 27 de abril de 1965, en el sur del departamento de La Guajira, al noreste de Colombia, Javier es hijo de Néstor Pedro Díaz Morales y Ruby Esther Daza Zubiría. Según cuentan, llegó a este mundo en una casita de barro y palma: humilde, pero con mucho calor humano. Nació en una familia de molineros dedicados a las tareas del campo y la agricultura, con una marcada influencia de la música de bandas, guitarras y acordeones. Esta vena musical fue heredada de su padre, un destacado intérprete del tiple y la guitarra, así como de otros parientes como Juan Díaz (clarinetista), Benedito Díaz (cantante), Francisco «Chico» Díaz (cantante y compositor) y Tadeo Morales (acordeonista), entre otros.

A los pocos meses de nacido, su abuela materna, Marcelina Daza, lo llevó junto a su madre a la población de Manaure, conocida como «El Balcón del Cesar», un pueblo muy hermoso, rodeado de paisajes naturales y riqueza agropecuaria. Allí vivió hasta los cinco años, para luego trasladarse a Valledupar donde el pequeño Javier comenzó a tener contacto directo con la música vallenata. En la «Capital Mundial del Vallenato» ya se escuchaban en su esplendor las canciones de los juglares: Alejandro Durán, Calixto Ochoa, Abel Antonio Villa, Nicolás «Colacho» Mendoza, Alfredo Gutiérrez, Juancho Polo, entre otras estrellas de este firmamento musical.

A medida que crecía y empezaba a presenciar parrandas y festivales, trepado en el árbol de mango de la mítica plaza Alfonso López en Valledupar, su oído se fue agudizando. Prestaba cada vez más atención a las interpretaciones de esos maestros que convergían en ese tipo de escenarios naturales. Las melodías que salían de los acordeones, guitarras, cajas y guacharacas eran un deleite para este inquieto muchacho que desde ese momento soñó con crear canciones para alegrar no solo su vida, sino también la de los demás.

Durante su infancia y adolescencia, además de Manaure y Valledupar, Díaz Daza vivió en otros lugares como San Juan del Cesar y Maicao. Finalmente, a los 15 años, regresó a El Molino para conocer a su padre y hermanos. Para entonces, ya tenía un cuaderno lleno de versos que más tarde se convirtieron en sus primeras canciones. Aprendió a tocar la guitarra lo que complementó su inclinación musical. Este instrumento se convirtió en su compañero de viaje, amigo y confidente. Es su extensión, su voz, su alma. Unidos por cuerdas y sentimientos, la guitarra y él crean una sinfonía de emociones.

Entre la Sierra y el Valle de los Santos Reyes nacieron sus primeras canciones, que le cantaban a sus primeras conquistas amorosas y a la naturaleza, de una manera profundamente sentimental.

El hecho de haber vivido en diferentes lugares enriqueció su influencia musical, pues la exposición a diversos ambientes, estilos de vida y culturas fue fundamental en su obra. Nació y creció rodeado de la música y la cultura vallenata, y esa fue la chispa que encendió su pasión por la composición. Su inspiración proviene de la vida cotidiana, de las historias y leyendas de su región, de las mujeres y la naturaleza que rodean su entorno.

En el vasto universo de la música vallenata, donde sobresalen grandes maestros de la composición, Javier ha sido un gran admirador de muchos de ellos, especialmente de Leandro Díaz, Octavio Daza y Hernando Marín. Como compositor, ha sabido recoger las raíces de esta expresión musical para darles una nueva vida a través de sus propias creaciones. Fusionó su propia voz con la influencia de sus maestros, especialmente en los temas de corte romántico y sentimental.

No todos los caminos hacia la música estuvieron llenos de aplausos desde el primer intento. Para Díaz, componer canciones era más que un sueño: era su forma de entender el mundo. Desde niño, llenaba cuadernos con letras, y en su mente brotaban melodías y acordes que acompañaban sus emociones más sinceras. Pero convertir esas ideas en canciones grabadas por artistas reconocidos fue una batalla cuesta arriba.

Durante mucho tiempo, tocó puertas que no se abrían, envió canciones sin recibir respuesta e incluso fue ignorado en reuniones donde apenas lograban escuchar el primer verso. Sin embargo, estaba convencido de que había algo especial en sus letras y en el mensaje que transmitía a través de ellas. Creía en su música; incluso, cuando parecía que nadie más lo hacía.

El cambio llegó poco a poco, cuando la agrupación conformada por Marcial Luna y Gustavo Camelo, conmovidos por una de sus canciones, decidieron llevarlo a un estudio de grabación con un tema titulado «No digan nada». Aunque no fue un éxito masivo, sí fue el comienzo. Ese pequeño y significativo paso le dio visibilidad y, lo más importante: credibilidad. De ahí en adelante, otros artistas comenzaron a interesarse por su estilo sentimental, honesto y emotivo, caracterizado por su capacidad para evocar emociones con letras y melodías contadas en un lenguaje poético y musical que es a la vez sencillo y profundo. Su sello personal se distingue por ser melancólico, y sus melodías son fáciles de recordar y cantar.

Javier tiene un corazón que late al ritmo del vallenato, y un alma que se desborda de sentimientos. Es un compositor que teje historias de amor y desamor con hilos de melodías y poesías, en donde la pasión y el sentimiento se desbordan en cada nota, en cada acorde, en cada verso.

Como muchos compositores vallenatos, los festivales ha sido un escenario propicio para dar a conocer sus canciones, donde la música se convierte en un espectáculo de emociones y sentires. Festivales como los que se realizan en Valledupar, El Molino, San Juan del Cesar, Maicao, Barrancas, Villanueva y hasta Bogotá sirvieron de plataforma para que él, al igual que otros autores, pudiera mostrar sus obras musicales y darlas a conocer al público.

Díaz ha sido un músico que siempre ha sabido combinar su amor por la música con una sólida formación académica. Logró equilibrar su creatividad con la responsabilidad profesional, y se graduó como Administrador de Empresas, Especialista en Estrategias de Campañas Políticas, docente universitario, Especialista en Marketing, con varios años de experiencia en el sector público y comercial.

Después que le grabaron su primera canción, otros artistas de la música vallenata comenzaron a interesarse por sus composiciones. Temas como: «Ayúdame a olvidarte», «Himno al amor», «Un compromiso contigo», «Por poquito», «Esa noche», «Cómo lloran los hombres», «Aventurera», «Tu mejor amante», «Una mujer como tú», «En el sur me quedo», «Señor de los sueños», «A que te conquisto», «Te quedó grande el amor», entre muchas otras, hacen parte de casi un centenar de canciones que se escuchan en las voces de Alberto «Beto» Zabaleta, Marcos Díaz, Luis «El Pade» Vence, Jeiman López, Éric Escobar, Alberto «Tico» Mercado, Reinaldo «El Papi» Díaz, Janner Moreno, Nibaldo Villarreal, Los Hermanos Lora (Juan Carlos y Eduardo) e incluso del internacional cantautor y músico dominicano Wilfredo Vargas.

Hoy en día, Javier Díaz Daza, además de componer e integrar la agrupación «24 Quilates» junto a sus colegas Jeiman Casicote y Álvaro Pérez, también se dedica a otra faceta importante en la música: la de productor.

Y puede decir con entusiasmo que ha cumplido su sueño de siempre: ser compositor de música vallenata. Ha logrado algo muy importante: que sus canciones vivan en las voces de otros. Cada grabación, cada interpretación de sus temas es una prueba de que la perseverancia tiene eco. Y aunque sigue enfrentando desafíos sabe que su camino musical va en la dirección correcta. Porque, a veces, el talento necesita tiempo pero cuando se combina con pasos firmes y constancia siempre encuentra una forma de ser escuchado.

Este administrador de empresas, músico por pasión y convicción, ha encontrado su refugio en la tranquilidad de su familia, al lado de su esposa Arleth Patricia Mejía Anaya y sus hijos, Luisa Fernanda y Moisés David, en Maicao, La Guajira. Un pueblo que lo acogió como un hijo más. Porque para Javier Díaz Daza, la música es su predilección; la familia su inspiración y este lugar que escogió como su hogar, su refugio.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado