Nafer Durán: el juglar que hizo pensar al acordeón en modo menor

«A veces pienso que mi padre es un acordeón porque oigo sus notas cuando me mira, sonríe y respira»: Markus Zusak (escritor australiano)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado.

En el universo sonoro de la música vallenata existen hombres que no se limitan a interpretar el acordeón: terminan encarnando el espíritu mismo del juglar. Con el paso de los años dejan de ser simples músicos para transformarse en memoria viva de una tradición. Entre esas figuras mayores se levanta, con la serenidad que dan los años y la sabiduría que concede la experiencia, el maestro Nafer Santiago Durán Díaz, conocido con afecto en su tierra como Naferito.

Hablar de este maestro es hablar de una época, de una estirpe musical y de una forma limpia y auténtica de comprender el vallenato. Hay músicos que transitan por la historia y otros que, con el tiempo, terminan formando parte esencial de ella. Entre estos últimos camina todavía este juglar, con el acordeón abrazado al pecho como si fuera una prolongación de su propio corazón.

Nacido el 26 de diciembre de 1932 en El Paso, Cesar, al norte de Colombia, llegó al mundo lejos de academias y conservatorios. Su primera escuela fue la sabana abierta, los caminos polvorientos, el trabajo del campo y esas madrugadas campesinas en las que el canto de los gallos anuncia el comienzo de la jornada. En ese paisaje sencillo, entre el rumor del viento y la paciencia de la vida rural, fue creciendo una sensibilidad musical que parecía venir desde muy lejos, como si el acordeón lo estuviera aguardando desde antes de su nacimiento.

La música, en realidad, ya habitaba en su casa y en su familia. Su padre, Nafer Donato Durán Mojica, era acordeonista; su madre, Juana Francisca Díaz Villarreal, bailadora y cantaora del aire musical conocido como tambora. Su tío Octavio Mendoza, al igual que su hermano mayor Luis Felipe, también fueron destacados intérpretes del acordeón. En ese hogar donde el ritmo y la melodía formaban parte de la vida cotidiana, el destino parecía ya escrito: Naferito estaba predestinado para la música.

Además de ser hermano del legendario Alejandro Durán Díaz, el primer Rey Vallenato, lo que confirma que en aquella familia el acordeón no era simplemente un instrumento: era casi una manera natural de respirar. De esa herencia aprendió una lección esencial: el vallenato no se toca únicamente con los dedos; se vive, se siente y se cuenta como quien narra la vida misma.

Cuando en 1976 fue coronado Rey del Festival de la Leyenda Vallenata, aquel reconocimiento no recaía solamente sobre la habilidad de un intérprete. Aquella corona simbolizaba la consagración de un estilo, de una forma de tocar el acordeón que conservaba intacta la esencia campesina de la música vallenata. Naferito pertenece a esa generación de juglares que no salían al camino en busca de fama; más bien llevaban de pueblo en pueblo noticias, recuerdos y sentimientos convertidos en canciones.

Hay algo particularmente singular en su estilo: su profundo dominio del modo menor, conocido popularmente en el lenguaje musical de los pueblos como tono menor. En su tiempo fue, sin duda, el acordeonista más destacado en la ejecución de ese registro emocional dentro del vallenato tradicional. Mientras muchos intérpretes se inclinaban por los aires festivos y luminosos del repertorio alegre, Nafer Santiago se adentró con naturalidad en las zonas más íntimas del sentimiento.

Pero en su acordeón ocurría algo más profundo. No era solo sensibilidad: había también intuición musical. En sus manos el instrumento parecía pensar. Por momentos daba la impresión de que el acordeón exploraba caminos que todavía no existían dentro del lenguaje tradicional. Naferito hizo cosas en su acordeón propias de un músico adelantado a su tiempo: se aventuró por escalas, giros melódicos y modulaciones que no eran habituales entre los acordeonistas de su generación.

Nafer Durán ha sido, además, uno de esos juglares completos: de los que cantan, componen y tocan el acordeón. Un músico nacido para contar la vida, y cuyo instrumento le ha servido también para recordarla; allí, en la hondura expresiva del modo menor, su habilidad terminó hablando de la memoria del pueblo.

Había en su forma de tocar algo del espíritu del explorador. Como si, mientras muchos caminaban por senderos ya conocidos del vallenato, él se atreviera a abrir pequeñas rutas nuevas dentro de la misma tradición. Modernidades discretas, casi silenciosas, que no rompían con la raíz campesina del género, pero ampliaban su horizonte musical.

Por eso composiciones como “Sin Ti”, “Mi Patria Chica”, “Déjala Vení”, “Ariguaní”, “El Estanquillo”, “La Chimichaguera”, “La Grabadora”, “La Zoológica”, “Ojitos cautivadores” y “Clavelito” trascienden la condición de simples canciones: son estampas emocionales de la vida rural del Caribe colombiano, retratos musicales donde habitan la nostalgia, el amor y la memoria de la tierra.

Su manera de adornar las notas tiene algo de artesanía antigua. Cada giro melódico parece trabajado con paciencia, como quien talla lentamente la madera o abre surcos en la tierra con manos curtidas por el sol. Nada sobra en su estilo, nada resulta exagerado. En su acordeón habita una elegancia silenciosa que solo poseen los verdaderos maestros, aquellos que comprenden que la grandeza del arte muchas veces se encuentra en la sencillez.

La historia del vallenato también guarda un episodio significativo ligado a su nombre: fue el primer acordeonista que acompañó en una grabación al entonces joven Diomedes Díaz, cuando apenas comenzaba a abrirse camino una de las voces más influyentes que tendría este género.

Con todo, la importancia de Nafer Santiago no se limita a las grabaciones ni a las coronas obtenidas a lo largo de su trayectoria. Su legado más profundo reside en la fidelidad con la que ha defendido el espíritu original del vallenato. En tiempos donde la música suele dejarse seducir por los brillos de la industria y las distorsiones comerciales, él ha permanecido fiel a la esencia: ese vallenato que nace del campo, del trabajo cotidiano, del amor sencillo y de la nostalgia que habita en la vida rural.

Hoy, cuando el calendario de la vida lo acerca lentamente al umbral de un siglo, este juglar se parece a esos árboles antiguos que permanecen firmes en el paisaje después de haber visto pasar muchas estaciones, árboles cuya sombra protege la memoria de la tierra.

Después de haber vivido durante más de dos décadas en Valledupar, Naferito regresó hace algún tiempo a su pueblo natal, El Paso. Allí, rodeado nuevamente por la naturaleza y por la gente que lo quiere, admira y respeta, transcurre su vida en un ambiente sereno, como si el tiempo hubiera decidido caminar más despacio a su alrededor.

En ese sosiego del terruño, el marcapasos que acompaña el latido de su corazón parece haberle regalado una nueva energía. Pero más sorprendente que la resistencia de su cuerpo es la claridad de su memoria. Su lucidez sigue siendo admirable: recuerda episodios de su vida con una precisión que asombra, como si cada recuerdo estuviera guardado en algún rincón invisible del acordeón que lo ha acompañado durante toda su existencia.

Nafer Durán es, en muchos sentidos, un puente vivo entre generaciones. Un hombre que continúa conectado a los músicos y oyentes de hoy con la herencia cultural de los antepasados. Su música, al igual que su propia vida, enlaza épocas y mantiene abierta la conversación entre el pasado y el presente del vallenato.

Y quizá por eso, cuando su acordeón respira en modo menor, no solo escuchamos música: escuchamos también el paso del tiempo, los caminos de la Costa Atlántica colombiana, el viento de la sabana y la memoria de aquellos juglares que iban de pueblo en pueblo llevando la vida convertida en canción.

Porque hay músicos que pasan por el mundo dejando canciones.
Otros, muy pocos, terminan convirtiéndose ellos mismos en una leyenda.

Nafer Santiago Durán Díaz pertenece a esa escasa estirpe de juglares cuyo acordeón no solo suena: también piensa.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

Leandro Díaz: el cardón guajiro que floreció en las sombras

“La música es el acto social de comunicación entre personas. Es un gesto de amistad. El más fuerte que existe”.
Malcolm Arnold (compositor británico)

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Hay hombres que nacen con los ojos abiertos y jamás aprenden a mirar. Y hay otros que, privados de la luz exterior, desarrollan una visión más honda, más penetrante, más humana. Ciegos de pupilas, pero videntes de metáforas. La oscuridad es su lienzo; la imaginación, su pincel. No miran el mundo: lo imaginan y, al imaginarlo, lo hacen más bello. En esa estirpe luminosa se inscribe el nombre de Leandro José Díaz Duarte, llamado con justicia “El Homero del Vallenato”, porque, como el antiguo aedo, cantó lo que no vio y vio lo que otros nunca supieron cantar.

Leandro llegó a este mundo en el departamento de La Guajira, en el extremo noreste del territorio colombiano, donde el sol parece escribir su propio evangelio sobre la arena. Fue un hombre humilde que jamás vio el horizonte y, sin embargo, lo describió con asombrosa claridad. Como diría en una de sus canciones: “ Yo nací una mañana cualquiera allá por mi tierra, día de carnaval; pero ya yo venía con la estrella de componer y cantar a mi mal”. Ese lugar fue la Finca Alto Pino, en el área rural de Lagunita de la Sierra, corregimiento del municipio de Hatonuevo, que en ese entonces pertenecía a Barrancas. Allí, el 20 de febrero de 1928, como si el ambiente festivo presagiara su destino, llegó a este plano terrenal envuelto en la noche perpetua de la ceguera. Pero esa sombra inicial no fue sentencia: fue semilla. En él, la oscuridad no fue clausura; fue revelación. No fue un hombre sin luz: fue un hombre con una luz distinta.

Aquel entorno rural, rodeado de naturaleza viva, de verdes campos ondulantes, de animales silvestres y de corral, de flores cuyo aroma se mezclaba con el pasto recién humedecido, fue la cuna sensorial que modeló su espíritu. Aunque no podía contemplar con los ojos las aguas cristalinas o turbias de los ríos y riachuelos de su región, según la estación invernal o veraniega, las sentía con la piel de su universo íntimo. Describía el murmullo cambiante de las corrientes, el silbar del viento entre los cardones, los rumores secretos de los arroyos cuando crecían con la lluvia o se adelgazaban bajo el sol ardiente. De esos sonidos tomaba melodías; de esos aromas y brisas, metáforas. En esa creación invisible desarrolló un mundo mágico que más tarde convirtió en canciones.

Como el cardón que desafía la aridez y se levanta erguido en medio del desierto, Leandro floreció en las sombras. No conoció el verde de los cardonales ni el rojo encendido de los crepúsculos guajiros; no contempló el rostro de las mujeres que cantó con devoción ni el azul limpio del cielo. Y, sin embargo, todo eso habitó en su palabra. Porque si los ojos le fueron negados, el alma le fue concedida con creces. Mientras otros describían lo que miraban, él revelaba lo que su espíritu intuía.

Su infancia tuvo el color lúgubre de la pobreza y la incomprensión. Fue un tiempo de silencios impuestos, de caminos cuesta arriba, de una sociedad que no siempre sabía cómo abrazar la diferencia. Pero el dolor, en lugar de quebrarlo, lo templó. El niño que creció entre privaciones comenzó a descubrir que en su interior palpitaba un universo intacto. Allí empezó a forjarse el vate, el poeta lírico capaz de transformar la herida en canto y la ausencia en metáfora. Lo que la retina no capturó, lo guardó la memoria sensible del corazón.

Y aquel color sombrío y profundamente triste de su infancia, con el paso del tiempo, se tornó en una variedad de colores vivos. Lo que comenzó en penumbra terminó iluminando escenarios, festivales y corazones. El hombre que nunca vio el mundo logró que el mundo lo mirara con respeto. Esa es, quizá, su mayor paradoja y su más alta poesía.

Leandro describía la naturaleza con la precisión de quien la ha visto mil veces. Pintó el verano ardiente, el rumor de la brisa, el polvo que danza sobre los caminos, las lluvias benditas, los pueblos detenidos en el tiempo. Cantó a los amigos con gratitud sincera y a las mujeres con una mezcla de admiración y ternura que rozaba lo sagrado. En sus versos, la belleza femenina no era simple halago: era revelación. Supo cantar al amor con dulzura, al desamor con dignidad y a la soledad con una honestidad que aún conmueve. No necesitó ojos para ver el horizonte; le bastó el alma para describirlo.

En «Matilde Lina», convirtió el amor imposible en un paisaje sentimental donde la nostalgia tiene nombre propio. Matilde no es solo una mujer: es el símbolo de aquello que se ama aun sabiendo que no será. En «La Diosa Coronada», elevó la figura femenina a dimensión mitológica, demostrando que la belleza no necesita ojos cuando existe sensibilidad. En «A mí no me consuela nadie», el dolor se vuelve confesión limpia, sin artificios, como si el alma hablara sin intermediarios.

También está la súplica serena de «Olvídame», donde el adiós no es rencor, sino aceptación; la introspección casi filosófica de «Mi memoria», en la que el recuerdo se convierte en territorio de lucha interior; la fe inquebrantable de «Dios no me deja», que revela su confianza en una providencia silenciosa; y la pintura ardiente de «El verano», donde el paisaje guajiro vibra con una vitalidad que asombra viniendo de un hombre que nunca vio el sol.

Pero su memoria merece una pausa más honda. En ella se percibe el prodigio creativo de un hombre que jamás aprendió a leer ni a escribir. Su composición no pasó por el papel: pasó por la arquitectura invisible de la mente. Allí, en la memoria viva, organizaba versos, medía silencios, afinaba imágenes. Es una obra que confirma que la oralidad, cuando está sostenida por el talento, puede alcanzar alturas literarias insospechadas. La memoria fue su cuaderno; la musicalidad, su ortografía; la sensibilidad, su gramática.

La genialidad descriptiva y narrativa de Leandro alcanza otra dimensión en «Los Tocaimeros». En ese merengue vallenato logra enlazar, con asombrosa precisión rítmica y métrica, a la totalidad de los habitantes de la población de Tocaimo, mencionando más de cincuenta nombres como si levantara un censo poético de su gente. No es una simple enumeración: es una arquitectura verbal donde cada nombre encuentra su lugar exacto dentro del verso y la rima. La canción se convierte así en memoria colectiva, en retrato sonoro de una comunidad inmortalizada en la cadencia de su canto.

Algo similar ocurre en «¿Dónde?», en el que este genio creador recorre con la palabra varios pueblos de La Guajira: Barrancas, Papayal, Hatonuevo, Oreganal, Surimena, Roche, Manantial, Angostura, Las Pavas, Lagunita, entre otros. Es un itinerario sentimental y geográfico. En ese recorrido antológico, todas esas poblaciones se regodean con su presencia simbólica. Leandro las nombra en busca de una mujer que pudiera quererlo y sentencia con una frase de belleza conmovedora: “tiene Barrancas bellos caseríos donde viven mujeres que se pueden ver”. Aparentemente es una expresión sencilla, pero cobra una dimensión extraordinaria si recordamos que quien la pronuncia es un hombre que nació ciego. Allí la ironía del destino se transforma en poesía pura: habla de ver quien jamás vio y, sin embargo, nos enseña a mirar.

Pero Leandro no le cantó únicamente al amor y a la belleza; también fue cronista de la realidad social. En «Adelante» y «Soy» se percibe un tono distinto: allí habla el hombre consciente de su tiempo, el ciudadano que entiende las grietas de su entorno y decide no callar. Son cantos que invitan a la dignidad, a la afirmación del ser, a la resistencia íntima frente a la adversidad. Su voz se convierte en identidad.

Y si en esas composiciones hay firmeza y reflexión, en «La Contra» y «El Negativo» emerge el Caribe pícaro, el hombre agudo que señala inconformidades con una sonrisa ladeada. Allí la crítica se vuelve ironía, y la inconformidad se disfraza de humor inteligente.

Esa misma fuerza desafiante alcanza un punto alto en «El Bozal». Allí no solo compone: reta. Desafía a cantantes y compositores demostrando dominio técnico en la estructura de la décima, esa forma poética exigente que requiere precisión métrica y rítmica. Un hombre que no escribía sobre papel, pero que construía décimas con rigor casi académico. «El Bozal» no es solo canción: es declaración de maestría, afirmación de autoridad en el oficio.

Su canto no fue evasión: fue testimonio. No se limitó a embellecer el mundo; también lo denunció con la serenidad firme de quien conoce la intemperie.

A pesar de las adversidades, llegó a ser uno de los compositores más laureados y ovacionados del vallenato. Su nombre dejó de asociarse exclusivamente a la condición de invidente para instalarse en la memoria colectiva como sinónimo de profundidad lírica. Su obra no fue breve ni circunstancial: fue vasta y fecunda, extendida a lo largo de los años con una constancia admirable. Decenas y decenas de canciones brotaron de su memoria prodigiosa, conformando un repertorio amplio que atraviesa generaciones y permanece vivo en la voz del Caribe. La música no fue para él un simple oficio: fue destino, lenguaje y redención.

En «Cómo yo no hay dos» dejó acaso su autorretrato más hondo:

“Yo no he podido contemplar la luz
cómo lo has hecho tú en un bello amanecer,
no he podido ver el cielo azul
ni mirar la tristeza de un atardecer;
solo he vivido tratando de hallar
la forma de olvidar tantas penas de ayer
y solamente suelo recordar
aquel trágico andar de mi vida sin ver…

Acompañado de mi dolor
siempre he vivido en la oscuridad,
sin ver la luna, sin ver el sol
puse a pensar a la humanidad;
por eso es que como yo no hay dos
se los digo en mi cantar,
que las cosas que hace Dios
nadie las puede cambiar”.

Allí reconoce su condición sin victimismo y transforma la limitación en singularidad. Muchos pudieron pensar que sería un inútil, una carga para la sociedad; sin embargo, el tiempo demostró lo contrario. Aquel hombre que no vio la luz del amanecer llegó a ser profundamente útil para su pueblo, para su cultura y para la historia musical de Colombia. Su obra fue servicio, identidad y conciencia.

En esos versos no hay queja estéril, sino aceptación trascendida. No hay lamento vacío, sino conciencia del misterio. Allí está el hombre que nunca vio la luz del amanecer, pero que hizo pensar a la humanidad; el que no contempló el cielo azul, pero lo pintó con palabras; el que vivió en la oscuridad y, aun así, iluminó el corazón de un pueblo.

Y así como el cardón permanece erguido frente al viento salobre y al sol incansable de La Guajira, la obra de Leandro Díaz seguirá en pie frente al paso del tiempo. Porque mientras haya un acorde que evoque su nombre, mientras una voz entone sus versos en cualquier rincón del Caribe, seguirá floreciendo en la memoria colectiva.

Leandro no vio el paisaje guajiro, pero lo hizo eterno. No contempló el horizonte; lo ensanchó para todos. Y en la vasta geografía del vallenato, su figura permanece como ese cardón firme, austero y majestuoso que, aun en la sequía más severa, demuestra que la vida verdadera siempre encuentra la manera de florecer.

El 22 de junio de 2013, el silencio creyó llevarse su aliento; pero fue apenas el cuerpo el que descansó. Porque el alma de Leandro José Díaz Duarte, sembrada en versos y melodías, no conoce sepultura.

Y mientras un acordeón respire entre las manos de un acordeonista y una voz vuelva a pronunciar sus palabras, él seguirá cantando desde la eternidad. Porque hay hombres que mueren, y hay otros, como «El Homero del Vallenato», que se vuelven canción.

Atentamente,
Ramiro Elías Álvarez Mercado

“El Ángel”, una historia real convertida en canción que honra el amor eterno de una madre

En el universo del folclor vallenato existen canciones que trascienden el canto y se convierten en relatos vivos de la memoria colectiva. Tal es el caso de El Ángel, una obra del compositor Juan Carlos Molina Arteta, inspirada en un hecho real ocurrido en la década de 1930, que narra el sufrimiento de una madre marcada por la separación forzada de su hijo y el dolor que la acompañó hasta la muerte.

La historia se remonta a un humilde poblado del Caribe colombiano, donde una mujer vio cómo le fue arrebatado su hijo, quien pasó a ser criado por una familia prestante y trabajadora. La ausencia, la pobreza y la angustia quebrantaron su espíritu, llevándola a una muerte silenciosa. Fue sepultada en una tumba sencilla, bajo tierra, donde solo pudo ser identificada por dos trenzas de color rojo, último vestigio de su identidad.

Años más tarde, el hijo —ya adulto—, tras recorrer distintos lugares del mundo y cargar consigo el peso de una separación temprana, regresó al pueblo que lo vio nacer en busca de su madre. Allí recibió la noticia más dolorosa: ella había fallecido tiempo atrás, reposando en condiciones precarias.

Conmovido por la tragedia y movido por el amor filial, decidió dignificar su memoria. Mandó a construir un mausoleo en el cementerio Morada de Paz, y contrató a un reconocido pintor para plasmar en la bóveda un mural que hoy es conocido como “El Ángel”. La pintura muestra a una mujer de rostro sereno, cabello rojizo y sonrisa apacible, símbolo de paz, perdón y descanso eterno. Como último deseo, el hijo pidió que, al morir, sus restos reposaran junto a los de su madre, sellando para siempre el vínculo que la vida les negó.

Esta conmovedora historia fue llevada al canto por su autor y magistralmente interpretada por Carlos Malo y Guido Malo, conocido como “El Bueno del Acordeón”. Con su inolvidable Dúo Sensacional, lograron una interpretación cargada de sentimiento y profundidad, que traspasó fronteras y conectó con lo más sensible del espíritu humano.

“El Ángel” no es solo una canción; es un testimonio histórico y emocional, una obra musical del maestro Juan Carlos Molina Arteta que reafirma la esencia del vallenato como cronista de la vida real, del amor maternal y del dolor humano. Historias como esta mantienen viva la llama de nuestro folclor y confirman que el vallenato sigue más vigente que nunca, llamado a perdurar y resplandecer en las nuevas generaciones.

Ya no es Esclava: Homenaje a la mujer (Cantautor Alvaro Orozco)

En el Mes de la Mujer rendimos un homenaje especial a todas esas mujeres que salen adelante, que luchan, perseveran y no se rinden ante las adversidades. Mujeres empoderadas que avanzan firmes hacia sus metas; madres, hijas, esposas y profesionales que, día tras día, se superan y construyen su propio camino.

Bajo el lema “Ya no es esclava”, se exalta la transformación de una mujer que en otros tiempos fue menospreciada o privada de derechos iguales a los del hombre. Hoy, la mujer se abre paso con determinación, defiende su dignidad, alcanza sus sueños y surge de manera independiente, demostrando su fortaleza y valor en todos los ámbitos de la vida.

Este mensaje se ve reflejado en esta obra musical del cantautor Álvaro Orozco, una canción que honra la esencia, la lucha y la grandeza de la mujer.

Recomienda Estampas Vallenatas, exaltando el folclor como una voz viva que también celebra la historia, el sentimiento y el empoderamiento femenino.

Jorge Oñate cantó vallenatos hasta el final de sus días

Por Juan Rincón Vanegas

@juanrinconv

La vigencia del cantante Jorge Oñate siempre fue digna de exaltación y de reconocimiento en el mundo vallenato y más que superó los 50 años de vida artística. Además, partió en dos la historia del Festival de la Leyenda Vallenata al ganar cantándole y tocándole la guacharaca al acordeonero Miguel López, quien se coronó Rey Vallenato en el año 1972. Como cajero estuvo Pablo López.

En esa ocasión Jorge Oñate interpretó las siguientes canciones: Paseo, ‘Qué dolor’ (Luis Enrique Martínez); Merengue, ‘Dina López’ (Vicente ‘Chente’ Munive); Son, ‘Riqueza no es la plata’ (Francisco ‘Pacho’ Rada); Puya, ‘La vieja Gabriela’ (Juan Muñoz). Oficiaron como jurados Graciela Arango de Tobón, Lácides Daza y Gustavo Gutiérrez Cabello.

En esa línea histórica fue el cantante que más grabó con Reyes Vallenatos: Miguel López, Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza, Raúl ‘El Chiche’ Martínez, Gonzalo ‘El Cocha’ Molina, Álvaro López, Fernando Rangel, Julián Rojas y Cristian Camilo Peña. También lo hizo con dos destacados acordeoneros: Emiliano Zuleta Díaz y Juancho Rois.

Precisamente a ‘El Jilguero de América’ cuando le hablaban de Juancho Rois, lo exaltaba y recordaba las páginas gloriosas que escribió a su lado, y canciones inmortales como ‘Mujer marchita’, ‘Lloraré’, ‘Sanjuanerita’, ‘Ruiseñor de mi Valle’, ‘Nació mi poesía’, ‘Paisaje de sol’, ‘Lirio rojo’, ‘Un hombre solo’, ‘La gordita’, ‘Al otro lado del mar’, ‘El corazón del Valle’, ‘Calma mi melancolía’, ‘Dime por qué’, ‘La contra’, ‘El cariño de mi pueblo’ y ‘Amar es un deber’, entre otras.

Cuando se le preguntaba sobre el éxito de su larga carrera musical ponía de presente el apoyo de su familia, de sus seguidores, de sus colegas y especialmente de los medios de comunicación. También llegó a esa instancia por su disciplina y amor que le tuvo a su arte.

“Cuando nací el vallenato no era comercial, de pronto se volvió comercial, pero manteniendo sus raíces. ´Nunca me he salido de la autenticidad del vallenato y de la originalidad”, aseveró en una entrevista.

Jorge Oñate, fue el cantor que regaló su voz a varias generaciones dejando estelas de alegrías y nostalgias en ese trasegar por los caminos del folclor, donde se encontró con hombres que le componían a la vida, al amor, a la naturaleza, a los amigos, y que se encargaba de llevar sus canciones a la pasta sonora. Él mimaba a los compositores que buscaba en cualquier recoveco de la geografía costeña.

Clásicos vallenatos

Hace algunos años se grabó una producción musical llamada ‘100 clásicos de la música vallenata’, y al 70 por ciento les había incluido su voz Jorge Oñate. “La verdad es que son más de 250 clásicos vallenatos a los que les puse mi voz a lo largo de mi carrera y con grandes acordeoneros”, confesó ‘El Ruiseñor del Cesar.

En una de esas entrevistas con Jorge Oñate, se intentó hacer el ejercicio de escoger un clásico vallenato grabado con cada uno de los acordeoneros que contribuyeron al otorgamiento de premios, distinciones y los más altos reconocimientos a nivel nacional e internacional.

Enseguida respondió. “Eso sí es bien difícil. Es como querer ver el sol en las noches”. De todas maneras, lo intentó y se metió solamente a buscar en las canciones grabadas con los hermanos López, señalando las siguientes: ‘Diciembre alegre’, ‘Bertha Caldera’, ‘Siniestro de Ovejas’, ‘La Paz es mi pueblo’, ‘Los tiempos cambian’, ‘Amor sensible’, ‘Mi gran amigo’, ‘Recordando mi niñez’, ‘Tiempos de la cometa’, ‘Bajo el palo e’ mango’, ‘La vieja Gabriela’, ‘Las bodas de plata’, ‘Saludo cordial’, ‘Mi canto sentimental’, ‘El cantor de Fonseca’, ‘Palabras al viento’, ‘No voy a Patillal’, ‘La Loma’, ‘Dos rosas’, ‘Rosa jardinera’, ‘La muchachita’, ‘Entre placer y penas’, ‘Marula’, ‘Alicia, la campesina’ y ‘Déjala vení’.

Se quedaron tantas canciones por fuera que se arrepintió de entregar ese listado, pero de lo que sí estuvo seguro fue de haber contribuido para que hoy la música vallenata esté enmarcada en la historia que se exalta a través de un acordeón, una caja, una guacharaca y versos donde se condensan imágenes, emociones y alegrías.

Ese era Jorge Oñate, él mismo al que hicieron cantidad de reconocimientos por su carrera artística, entregándole 25 Discos de Oro, siete de Platino y seis de Doble Platino, un Súper Congo de Oro, y el Premio Grammy Latino a la Excelencia Musical, el cual recibió en Las Vegas, Estados Unidos, el 10 de noviembre de 2010.

La canción que no grabó

La tarde del viernes 17 de enero de 2020 el compositor Hernán Gómez Barrios, le entregó a Jorge Oñate la canción en tono menor ´La voz del Jilguero’. Al escucharla hizo la promesa de grabarla, pero no se logró. Quedaron los versos dando vueltas en el recuerdo.

Un Jilguero el que trinaba sin cesar con la brisa a su favor, que gran hazaña y armonioso su canto llegaba, de su terruño hasta Valledupar. Sin su aporte el vallenato no era igual, después de él surgió un acorde perdurable, dos etapas definen al cantante y un acordeón se atrevió a desafiar. Fue el creador quien puso en las notas, la voz más bonita, mil detalles. ‘El Jilguero’, traía una misión y oxigenó este canto tan tradicional”.

El 28 de febrero de 2021 Jorge Oñate se despidió de la vida cuando sus ilusiones volaban por el homenaje que recibiría en el Festival de la Leyenda Vallenata. En medio de la despedida y con lágrimas quedaron las palabras de su esposa Nancy Zuleta. “Lo único que no puede morir es el legado dejado por Jorge Oñate”. Y no ha pasado porque se empeñó en cantar vallenatos hasta el final de sus días.